Capítulo 15: Recordando el pasado (I parte)

Soy Sesshomaru Taisho, tengo treinta años, agente secreto de la central de inteligencia japonesa. Hermano mayor de un bueno para nada. Hijo de dos valiosos agentes de la misma organización, uno caído en acción y la otra, aún viva pero no interesada en mi existencia, ya que solo le importa su trabajo. Esposo falso de una odiosa mujer llamada Mei, la cual es una copia en menor grado de su vil padre. Y lo más importante; soy un hombre que sabe manipular situaciones para tener lo que desea. No importa el cómo o el por qué, pero lo consigo.

Siempre.

No importan las consecuencias.

Ni sangre, sudor o lágrimas.

Aunque esos tres puntos no los sufriré yo, sino mis víctimas.

Tras una misión de casi cinco años, finalmente he concluido mi labor. Ha caído nuestro objetivo, el cual será enjuiciado y condenado, aunque su familia mueva cielo, mar y tierra para evitarlo. Es lo que hago, me infiltro en su círculo e inyecto el veneno que acabará con su organización, tarde o temprano. Sin embargo, algo empaña el logro alcanzado. ¿Por qué no me siento completamente satisfecho? No puedo comprenderlo en su totalidad. O quizás sí, pero intento descartarlo cada vez que la idea irrumpe mis pensamientos.

Tras una hora de viaje en automóvil, al fin hemos llegado a la ciudad de Tokio. Si hubiese conducido, habríamos llegado en menor tiempo, pero el idiota de Kobayashi ha insistido en hacerlo él. Incompetente, ni para manejar sirve. Observo en silencio el caminar despreocupado de la muchedumbre por las calles que avanzamos. Algunos están pendientes de su celular, otros sonríen ante algún comentario gracioso de su acompañante, mientras algunos solo fingen atención a lo que escuchan. El vehículo se detiene ante la luz roja del semáforo, y dos ancianos caminan de la mano mientras avanzan a paso lento por las líneas blancas que demarcan la vía del peatón. Es algo cursi, pero poco visto en la época actual. Desvío la mirada de esos dos anónimos personajes, y centro mi atención en algún punto que no sean ellos cuando la luz verde nos da el cede para avanzar.

-Ha sido un largo y agotador día, ¿verdad, señor Sesshomaru? –Intenta integrarme a su aburrida conversación, Aoyama, quien se gira sobre el asiento del copiloto para darme cara-

-Nada que no haya soportado antes. –Respondo lo más cortante que puedo, dándole a entender rápidamente que no deseo tal cosa -

-Déjale, Aoyama. –Sugiere Kobayashi dándome una mirada de reojo a través del espejo retrovisor- Debe estar agotado por la redada, la audiencia y el viaje.

-Ni modo. –Se resigna el aludido, sentándose correctamente en su lugar y retomando la charla con el conductor, quien no demora en retomar el hilo de la conversación-

En silencio, admito que ese individuo tiene razón. Ha sido una jornada extenuante en varios sentidos. Había olvidado lo agotador que era estar presente en un tribunal y presentar los cargos correspondientes ante un juez. La sien comienza a punzar con insistencia, debido al cansancio acumulado. Casi dos días sin dormir pasan la cuenta, y si a eso le sumamos la poca hidratación y casi escasa alimentación en las pasadas horas, es más que comprensible que esté experimentando molestias físicas. Aunque, eso no es problema ya que he pasado por situaciones mucho peores. Sé que puedo con ello. Sin embargo, quiero cerrarles la boca a los dos idiotas que me acompañan desde que apresamos a Masayoshi Higurashi. ¡No han dejado de hablar en horas! Reúno la poca paciencia que dispongo, y cierro los ojos intentado bloquear el sonido de sus voces. Lo cual es técnicamente imposible, ya que se asemejan a dos viejas chismosas deleitándose con el último suceso interesante del barrio.

Diez minutos después, desciendo del vehículo en el cual nos trasladábamos, para observar momentáneamente el imponente edificio frente a nosotros. Una llamativa edificación de veinte pisos de pulcros vidrios polarizados, el cual contiene a más de quinientos empleados en sus instalaciones, los cuales fingen trabajar para una corredora de propiedades. Pues, la verdad es que esta es solo una de las tantas oficinas de la central de inteligencia, la cual se disfrazaba para distraer al público común y corriente.

Sin esperar a esos dos pelmazos, entro al lugar, ignorando al guardia de turno como de costumbre. Aún no me explico cómo este viejo fósil sigue trabajando y no disfruta del retiro. Del bolsillo de mi chaqueta saco una tarjeta de identificación que deposito sobre un lector láser, en el cual el scanner libera mi acceso hacia el interior. Gracias a eso, puedo ingresar al elevador que me llevará al último piso. Kobayashi y Aoyama, alcanzan a entrar al interior del ascensor casi corriendo de manera patética. ¿Por qué no me dejan en paz de una maldita vez? Parecen dos mascotas odiosas siguiendo mis pasos. ¿Qué sigue después? ¿Darles una galleta de premio por su fidelidad? Son más patéticos que mi asistente, Jaken. O tal vez no tanto.

Mantener la compostura nunca ha sido difícil para mi, pero estoy a punto de perderla. Estoy cansado, hambriento y algo sediento, con un humor de perros y estos idiotas no se dan cuenta que quiero estar solo, maldición. El sonido de campanillas me deja saber que he llegado a destino.

Al fin estoy de regreso.

De vuelta al agujero en el cual he pasado gran parte de mi vida.

El bullicio del vigésimo piso cesa cuando el elevador abre sus puertas. La gran mayoría desvía la mirada hacia mi posición. Patéticos seres. La agencia no está igual que años atrás; está más equipada y moderna que entonces, con caras nuevas y jóvenes trabajando detrás de un cubículo compartido. Otras no tanto.

No muchos tenemos el privilegio de tener nuestro propio despacho, en donde puedes trabajar alejado del bullicioso ambiente que se vive día a día al intentar recabar la mayor información posible para nuestros propósitos.

Los aplausos no tardan en aparecer junto con los típicos comentarios: "¡Al fin lo tienes donde querías, eh!", "¡Ya era hora, muchacho!", "¡Buen trabajo!"

¡Me tienen hasta la coronilla con sus vacías felicitaciones!

Ya sé que hice un buen trabajo, y no es necesario que lo repitan en cada departamento por el cual debo pasar para llegar a mi despacho. Fue una misión demorosa, pero mortalmente efectiva. Me hago paso entre la molestosa muchedumbre, ignorándoles tanto como puedo y en más de una ocasión he dejado libre mi expresión de hastío y desagrado a quienes se acercan más de lo debido. Siento ganas de estamparle la cara en el mesón al próximo que me alabe por simplemente hacer mi labor. Mantengo el ritmo imperturbable de mi caminar, el cual muchos me han reprochado a lo largo de los años, ya que dicen que derrocha suficiencia. Y están en lo cierto, nadie está a mi altura, menos ahora. Además, ¿creen que me interesa si se sienten mal por ello? Pues, es más que evidente la respuesta: no.

Noto las miradas de mis antiguos compañeros; algunas son de simpatía, otros de simple envidia. Era de esperar de unas ratas como esas. También están los novatos, los cuales desearían estar a toda costa en mi lugar. Supiesen esos mocosos que no es nada fácil como ellos pueden imaginar. Al principio la idea de pertenecer a la central de inteligencia es totalmente excitante, pero luego te das cuenta que no es un cuento de hadas.

La vida real no es como estar en una jodida película de acción o videojuego donde gozas de vidas extras.

1) No tienes chalecos antibalas si hay un tiroteo improvisado.

2) Nadie te auxiliará si algo se sale de contexto.

3) No te quedas con la chica bonita.

4) Siempre debes estar cinco pasos antes que tu enemigo, o este te matará.

5) Estás condenado a la soledad y al instinto de supervivencia.

Si no tienes claro esos puntos, estás muerto.

Los odiosos agentes aún siguen mis pasos como unas sombras silenciosas. Kobayashi y Aoyama, son los mismos tipos que han visto el escándalo del tribunal por parte de las mujeres Higurashi, y sé que esto llegará a oídos de mi supervisor. Ya puedo escuchar su reprochador cuestionamiento; "¿Por qué dejaste libre a esa mocosa? Ha golpeado a un agente, y eso mancha nuestra imagen y bla bla bla…". Detengo mi caminar y con un solo gesto, les advierto que se retiren de mi vista. Tengo ganas de mandar al carajo a la mitad de la central y de golpear algo en este mismo instante, y no me emociona mancharme las manos con basuras como ellos.

Al fin, esos dos comprenden el mensaje y prosigo mi camino sin perder más tiempo. Necesito llegar pronto a la oficina y encerrarme allí hasta el final del turno. Requiero de espacio. Estar lo más lejos posible de la molesta presencia de mis colegas. ¿Desde cuándo los pasillos de la agencia son tan extensos? Tal vez siempre lo fueron y nunca les presté la suficiente atención. Quizás influya en mi percepción, la incomodidad de la situación. Algo que pocas veces he experimentado en mi vida.

De la nada, aparece mi ayudante, Jaken, quien aparta a unos cuantos novatos de un solo empujón para llegar a mi lado, sin importarle sus quejas en el proceso. Con voz agitada y acomodando su anticuado corbatín, pregunta con zalamería:

-¿Necesita algo, jefe bonito? –Sus ojos brillan con dedicación, y su mano tiembla al sostener la pluma. No sé si es por intimidación u otra cosa-

-Café cargado y un emparedado, ya sabes cuál. –Ordeno con monotonía, abriendo la puerta de la oficina, y observo de reojo como el diminuto sujeto anota rápidamente mi petición- No quiero llamadas, y que nadie me moleste en lo que termino los informes.

-Como ordene, señor Sesshomaru. –Afirma con su calva cabeza- Regreso en un momento.

En un parpadeo desaparece de mi vista y puedo cerrar la puerta con pestillo. ¡Al fin algo de silencio! Siento un breve instante de privacidad y relajo. Hace tiempo no estaba en este lugar. Durante toda la misión, debía estar apartado de la central para no levantar sospechas por los continuos viajes a la ciudad de Tokio. Así que debía rendir los informes desde Fujisawa a mi supervisor, Izumi, el cual me presionó el último jodido año para finiquitar todo esto.

Si, al fin terminó todo.

Y no sé cómo sentirme por ello.

Nada terminó como planeé al comienzo de todo este lío.

Me quito la chaqueta y la lanzo al sillón negro que adorna el lugar, quedando en una camisa blanca que he usado desde el día anterior. Necesito una larga ducha, un café cargado para alejar el cansancio y finiquitar mis informes. Tomo asiento y me doy el tiempo para analizar cada objeto sobre el escritorio que está frente a mi. Carpetas, bolígrafos, hojas esparcidas en una esquina, una tarjeta con dedicatoria y un teléfono celular que me obligué a mantener apagado para no recibir las llamadas que sabía de antemano que tendría de cierta persona.

Concéntrate. Hay trabajo que finiquitar.

Saco un juego de llaves dentro de mi bolsillo y meto una de ellas en la cerradura del cajón de en medio para tener en mi poder el expediente familiar de los Higurashi. Mi mejilla vuelve a cosquillar cuando su fotografía cae sobre el escritorio. La expresión de su rostro en este pedazo de papel es tan diferente al que me dedicó un par de horas atrás.

Rin, maldita mocosa.

Aparto la carpeta y sostengo aquella imagen entre mis manos. Me detengo a mirarla, sin prestar atención cuanto tiempo le dedico a este absurdo sentir que no deja concentrarme. La yema de mi dedo pulgar, por simple inercia, recorre su cabello negro y la curvatura de su dulce rostro. Este se detiene en sus delgados labios, repasando delicadamente en su tímida sonrisa juvenil.

-Han cambiado tantas cosas.

Ni siquiera sé por qué he dicho eso. No había necesidad de hablar, pero es la simple verdad. No soy el mismo sujeto de antaño. Desde temprana edad siempre obtuve lo que quise. Excepto ser hijo único, obviamente. En ese punto, mi padre no me dio en el gusto tras formar una nueva familia con Izayoi, su nueva esposa. Tuve comodidades, afecto, atención y todo lo que un niño necesitaba acorde a cada etapa de crecimiento. En el tema afectivo, también había una excepción, y eso se debía a que mi madre, Irasue, no era una persona afectiva. Hasta el día de hoy lo sigue siendo. Solía decirme que el tener sentimientos te convierte en un ser débil, y que yo no estaba hecho para esa bajeza del ser humano.

-Estás hecho para cosas extraordinarias, Sesshomaru. –Dijo un día que nos quedamos en aquella cabaña que solíamos utilizar de vez en cuando con mi padre en vacaciones- Algún día lo comprobarás, hijo mio.

-¿Por qué estás tan segura de ello? –Cuestioné-

-Porque eres la mezcla perfecta entre mi frío juicio y la fuerza de tu padre. –Contestó viendo como Izayoi cargaba con evidente cariño al llorón de su bebé recién nacido-

Al principio creí que sus dichos eran sandeces, sin embargo, con el pasar del tiempo lo fui comprobando. Hubo una época en que el cariño que me daba mi padre, me era totalmente innecesario y huía de sus gestos débiles. ¿Por qué simplemente no me dejaba en paz si ya tenía otro juguete? Mi hermano menor, Inuyasha, significaba una molestia, ya que mi padre parecía más distraído y embobado que de costumbre. Si, ese pequeño estorbo lo había idiotizado.

A la edad de diez años, mi vida dio un giro totalmente inesperado. Mi madre, sin decir palabra, me llevó a un lugar en donde potenciarían mis habilidades. Ella decía a menudo que era muy ágil de mente y que estaba perdiéndome al asistir a una escuela común. ¿Una escuela de superdotados tal vez? Me parecía lógico, debido a que aprendí a leer y a escribir antes de los cuatro años, resolvía enigmas matemáticos y mensajes ocultos que mi madre solía dejar en una cartulina pegada al refrigerador todas las mañanas. No tenía mucha opción. Los resolvía o me mataba de hambre por quedar sin almuerzo al no poder identificar su localización.

Recuerdo que aquella mañana de otoño, entramos a una bodega sucia por el polvo e infestada de ratas. Dudé entre seguirla y salir de ahí, pero decidí seguir la primera opción. Nos colocamos sobre una plataforma y ella apretó un pequeño botón en el piso empolvado. Esa estructura descendió unos metros bajo la superficie. Debajo estaba la más grande organización que pude ver en mi corta vida. Era una de las tantas agencias del centro de inteligencia japonesa. Irasue, tan imperturbable como siempre, avanzó por el pasillo sin siquiera esperarme o tomarme de la mano. Al final llegamos a la oficina de su superior y me presentó como un posible recluta.

-Tiene todo lo que se requiere y más, señor Izumi. –Recalcó con orgullo la mujer que estaba a mi lado, sin apartar la mirada de ese hombre que no me dejaba de analizar a través de los cristales de sus anteojos-

-¿Qué edad tiene? –Preguntó acomodándose en su sillón y dejando de lado una pila de carpetas sobre su escritorio de metal-

-Hoy cumplió diez años.

-Es muy viejo. –Retiró la mirada de mi y la centró en sus carpetas nuevamente-

-Haga una prueba y verá que la edad no tiene nada que ver.

-Si es tan bueno como dices, ¿por qué no lo trajiste antes, eh?

-Porque su padre no lo deseaba. –Respondió sin inmutarse- Sabe cómo es de sentimental en ocasiones.

-Espero no le traiga un problema en el futuro a Inu. –Siguió leyendo expedientes- Es un buen elemento.

-Inu no Taisho y yo, somos los mejores de esta unidad, y lo sabe. Sin nosotros, muchas misiones fallarían. –Insistió ella sutilmente, creando un palpitante ambiente de tensión entre ellos- Imagine la calidad que tiene este muchacho en sus genes.

-Necesito la autorización de Inu para reclutarle en caso de que apruebe.

-¿Acaso el gobierno necesitó la autorización de los nuestros para requerir nuestros servicios? Usted sabe que no. –Contraatacó audazmente mi madre- Solo nos tomó como objetos ya que éramos huérfanos. A cambio de ello, se nos brindó identidad, entrenamiento, sabiduría, un techo y tres comidas diarias.

-Es diferente.

-Claro. –Concordó con el hombre frente a nosotros- La diferencia es que yo lo traigo voluntariamente y sé de lo que es capaz. Lo que no, lo puede aprender con el paso del tiempo.

Jaque mate.

Era más que notorio el desagrado que sintió Izumi hacia mi. Podía ver en sus ojos grises lo evidente, pero aun así, aceptó a regañadientes una prueba para ver mis habilidades. Mentiría al decir que fue sencillo. Fue complicado en todo sentido de la palabra. Era increíble el simple hecho de poner a prueba todo tu cuerpo y mente, al borde de la tortura, donde crees que puedes volverte loco o morir por lo duro que es. Soportar calor o frío extremo. Dolor. Hambre. Sed. Cansancio. Aunque jamás pedí clemencia o me quejé. No. No sería débil. Soportaría lo necesario y más para que me aceptaran. Era un reto personal el lograr ingresar a la central de inteligencia y llegar a lo más alto.

Alcanzar el éxito y saborearlo hasta hartarme.

Dos golpes en la puerta me trajeron a la realidad, dejando a un lado los primeros recuerdos que tengo en esta organización. Escondo la fotografía de aquella singular mocosa debajo del teclado del computador, para que nadie la note. Poniéndome de pie, me dirijo a la entrada y dejo pasar al hombre que sostiene graciosamente una bandeja entre sus pequeñas manos y que tiene su libreta asomada en el bolsillo de su chaqueta, a punto de caer. Jaken, deja lo solicitado en el escritorio, todo ordenado minuciosamente junto a unas servilletas.

-Te llamaré si requiero algo. –Anticipo a su próxima pregunta, manteniendo la puerta abierta para que salga de una buena vez-

-Su madre ha dejado mensaje. –Saca de su libreta una hoja, la cual contiene una breve dedicatoria. La extiende y espera una respuesta que nunca llega.-

Comprende el evidente mensaje de "déjame solo" y no tarda en abandonar el lugar para que pueda cerrar nuevamente la puerta con seguro. Sin moverme de mi sitio, leo la nota y no me extraña en absoluto lo que dice con una desordenada letra: "Hasta que al fin lo concluiste. Demoraste". Que madre más singular y dedicada. Esto es un sarcasmo, ya que cualquier persona en su lugar daría una felicitación o pediría que me contactara con ella para darle detalles. Irasue, en cambio, solo recalca que demoré más de lo necesario. En nuestro último encuentro en el restaurante me lo repitió hasta hartarse, pues nuestro nombre y eficacia estaba siendo cuestionado por la tardanza.

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-¿Acaso estás loca, Irasue? ¡Contempla las consecuencias de tus ideas! –Increpó mi padre a la inmutable mujer que me observaba desde el umbral de la puerta, cuando me encontraba recostado sobre una camilla de la enfermería, víctima de una hipotermia. Mi corazón y sistema respiratorio dejaron de funcionar correctamente al descender mi temperatura corporal por debajo de lo normal, lo cual había provocado una descompensación- ¡No deseo que mi hijo pase por esto!

-¿Y que sea un futuro debilucho como tu segundo hijo? –Contestó ella con ironía- No me mires de esa forma, sabes que será así. Sesshomaru está hecho para mejores cosas y lo sabes perfectamente.

-¡Él merece una vida normal, maldita sea! –Golpeó la madera del velador con notoria molestia- ¡No quiero que mis hijos vivan lo que nosotros hemos pasado!

-Preocúpate de lo que él desea, no lo que tú quieres. –Se encogió de hombros, restándole importancia al asunto- Pregúntale y deja de hacer un escándalo innecesario.

-¡De seguro le has metido cucarachas en la cabeza y te sigue el juego! –Reprochó mi padre, enfrentándola ante una silenciosa Izayoi que observaba la escena atónita, pues mi padre no solía alzar la voz más de lo necesario y siempre se mostraba como un hombre sumamente relajado- ¡Esto se acaba aquí mismo!

-Deseo hacer esto. –Hablé con el mayor tono de convicción que mi condición me permitía-

-Sesshomaru…

-Es mi vida. –Aclaré, sentándome en la cama en la cual llevaba un buen tiempo recostado desde que me habían trasladado desde la cámara de entrenamiento- No te entrometas.

-¿Entiendes los riesgos? –Intervino por primera vez Izayoi, con el mismo tono maternal y comprensivo de siempre. Sí que eran totalmente opuestas con mi madre- Esto no es sencillo y sé que comienzas a darte cuenta de ello.

-No me subestimes.

-No lo hago, pequeño. –Sonrió tomándome de la mano y acariciándola con sus delgados y tibios dedos femeninos- Nunca lo haría. Solo que estás a tiempo aún de tener algo que nunca hemos podido disfrutar: una vida, común y corriente. Crecer y rodearte de personas acorde a cada etapa de tu vida, estudiar lo que sea que quieras, tener amistades, salir a fiestas, amar sin restricciones, tener una familia sin el miedo de que un enemigo te halle y los lastime.

-No deseo tal cosa. –Contesté sin un rastro de duda en mi voz- No me interesa enamorarme y tener una familia algún día.

-¿Y quién lo desea a tu edad? –Rió divertida aquella mujer- Pero, lo más probable, es que algún día lo experimentes. Solo mira un momento a tus padres. –Desvié la mirada hacia ellos, tal cual Izayoi hacía en el momento- Ellos son unos de los mejores agentes de la central, y hasta ellos sintieron algo el uno por el otro en el pasado. De esa unión tan particular, naciste tú, Sesshomaru. A pesar de la fría coraza de tu madre, sé que algo en su interior se removería si alguien te dañase. Lo mismo pasa con tu padre, y sería mucho más devastador debido a que es más expresivo que ella.

-Estaré bien. –Dije sosteniendo firme mi deseo- Lo verán.

-Realmente deseo eso. –Separó sus manos de las mías, y pude leer en su expresión de que se encontraba decepcionada de mi respuesta- Es igual de terco que ustedes dos. –Se dirigió a los dos aludidos que fingieron demencia, cada uno a su manera por su puesto-

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Mi cuerpo reaccionaba positivamente gracias a la cafeína y al emparedado que me trajo mi asistente minutos atrás. Acomodándome en el asiento, me recuerdo que mi vida es lo que siempre desee que fuera. Al menos lo fue hasta antes de esta misión: ordenada, exitosa y sin pormenores que me desviaran de mis objetivos. Ser un oficial de inteligencia no era algo que muchos podían gozar y menos estar en una posición tan privilegiada en la jerarquía a tan corta edad. Para ello, cualquier aspirante debía tener sangre fría, sobrellevar la adrenalina y ser extremadamente calculador. Bueno, todas esas cualidades las poseía por naturaleza y el puesto era completamente mío tal como lo anhelé desde mis inicios. No dudaba en aniquilar a mis enemigos. Sabía manejar situaciones de tensión y persecución –sobre todo cuando había victimas involucradas en actos de terrorismo- y siempre analizaba meticulosamente las situaciones para llegar al éxito y evitar las bajas en la misión.

La mediocridad no era opción.

Mucho menos la debilidad.

A tal punto llegaba esa obsesión contra ese punto, que no deseaba involucrarme sentimentalmente con una persona. El sentir te hace débil, humano, patético. Eso no me lo podía permitir en mi carrera. También el pensar en que algún líder terrorista o mafioso hiriera a alguien para llegar a mi –o vengarse-, era algo que no estaba dispuesto a tolerar nuevamente. Aunque, no me negaba de vez en cuando a una relación de una noche con una atractiva mujer. Sin emociones de por medio, solo un buen sexo.

Un inevitable escalofrío recorre mi columna al recordar el suceso que marcó un antes y un después en esta agencia. A la edad de veintidós años, me encontraba en pleno interrogatorio, donde acechaba a una rata que podía brindarnos valiosa información en el caso que nos unía con mi padre: un peligroso delincuente, traficante de drogas y órganos, llamado Naraku Wakahisa. Ellos llevaban infiltrados por más de un año en sus círculos más cercanos y todo daba luces de que podríamos concluir la misión en un corto tiempo si éramos lo suficientemente eficaces en encontrar un punto débil, el cual no lográbamos hallar. Izumi entró a la sala y con un solo gesto me hizo saber que debía acompañarle. Su gesto de pocos amigos me hizo saber que por algún motivo estaba mosqueado y que se iba a desquitar conmigo de alguna forma. Desquitándome de antemano, le propiné un último y certero golpe al sujeto que se hallaba sentado y amarrado en una silla de metal para que no pudiese huir.

-Un regalo para que no me extrañes mientras regreso. –Comenté mientras limpiaba mi mano ensangrentada con un pañuelo- Encárgate, Sango. –Ordené mientras me encaminaba a la salida-

-No tienes que decirlo. –Respondía la mujer que se arremangaba la blusa y preparaba sus implementos para jugar- Veamos, qué tengo aquí.

-¡Ya les dije que no sé nada! –Insistía el sujeto que se movía inútilmente en su asiento, llamando mi atención visual por breves segundos- ¿Por qué no me dejan ir de una vez?

-Lo veremos en unos minutos. –Le sujetó la barbilla mientras ella sonreía angelicalmente- Déjame los detalles a mi.

-¡NO, POR FAVOR!

Fue lo último que pude escuchar antes de salir de la sala insonora que solíamos ocupar para esas interrogaciones. Al avanzar por los pasillos, varios de mis compañeros me dedicaban miradas extrañas. En ellas había dolor y cierta compasión. ¿Qué rayos les sucedía? Al entrar en la oficina de mi supervisor, la cual años después me pertenecería, este me pidió que cerrara la puerta tras de mi y que tomara asiento. Su tono de voz no era arrogante como de costumbre, sino que estaba algo apagado a comparación de otros días. Su semblante duro cambió mientras se apoyaba sobre el escritorio.

-No es fácil lo que te diré, Sesshomaru. –Comenzó a hablar después de un innecesario silencio- Y si deseas tomarte unos días libres, estás autorizado…

-Dígalo sin rodeos, Izumi. –Corté su rollo harto de tanta ceremonia- ¿Qué sucede?

-Hemos tenido un llamado hace un par de minutos. –Hablaba notoriamente afectado por algo que ni siquiera podía imaginar- Eran tu padre e Izayoi. Se comunicaron por radio, mientras iban huyendo por la autopista. De algún modo, Naraku les descubrió esta noche.

El mensaje era más que obvio. Manteniendo la serenidad de siempre, no dudé en preguntar:

-¿Cómo han muerto?

-Les han dado alcance en la autopista. Los impactaron y como resultado han volcado. –Contestó quitándose las gafas con gesto cansado- Lo hemos escuchado todo.

-¿Qué han dicho?

-No es necesario que sepas los detalles…

-He dicho que quiero saber lo que ha ocurrido. –Alcé levemente mi tono de voz, dejando más que evidente una amenaza silenciosa entre medio, arrugando la tela de mi pantalón de manera inconsciente- Quiero saber hasta el último detalle.

Izumi, con la mala gana de costumbre, colocó la grabación de fondo y pude oír las últimas palabras con vida de mi padre. La tensión de la persecución era palpante y logré identificar sin dificultad la preocupación y desesperación en su voz.

-¡Aquí llamando a central! ¡Reportándose, Taisho-Izayoi! –Comenzaba diciendo con notable agitación- ¡Naraku nos descubrió! ¡Sus hombres vienen tras nosotros! ¡Dos camionetas Suzuki Grand Vitara, negro y plateado, 2010! ¡Nos encontramos en el kilómetro cuarenta de la autopista central! ¡Solicito apoyo inmediato!

-Aquí, respondiendo, central. –Respondió la mujer de fondo- Se despacha a dos unidades a autopista señalada.

-¡Dense prisa, casi nos alcan…! –Insistía mi padre- ¡Cuidado, Izayoi!

El sonido del impacto vehicular fue estremecedor. En mi mente quedaba grabado con fuego caliente la resonancia del metal destruyéndose en el asfalto, al igual que los vidrios de aquel vehículo. No me imagino cuantas veces giraron sobre la carretera, ni cuales fueron los verdaderos daños debido a la velocidad a la cual manejaban. Ni siquiera era capaz de mover un músculo. Con lo que dijo después, pude saber que ya no tenía la radio en sus manos, sino que intentaba reanimar a su esposa que yacía a su lado.

-¡Despierta! ¡Izayoi, por favor! ¡Tienes que huir! –Silencio y respiración agitada- ¡Déjenla, bastardos! ¡Que la suelten! ¡Déjenla ir!

-Inu…ya…sha. –Se escuchó una débil voz femenina-

Seis impactos de bala se escucharon de fondo y la radio que transmitía el suceso, finalizaba con un chirrido, dando a saber que la habían destruido al finalizar su cometido. Por primera vez en mi vida, sentí asco al imaginar lo acontecido. Mierda. Cualquiera lloraría en mi lugar, pero simplemente no podía. Era un bastardo insensible. Solo había asco y unas ganas enormes de destruir algo.

-Cuando los hombres llegaron al lugar, ya era demasiado tarde. –Comentó de forma vacía- Los habían ultimado con tres impactos de bala en la sien.

-¿Qué harán con la prensa?

-Hemos manipulado la escena del crimen junto con la policía y el forense local. –Informa Izumi cuando apaga la grabadora- Se ha hecho pasar como un accidente automovilístico. Uno fatal que afectó a un matrimonio que regresaba a la ciudad de Tokio tras un viaje. Todo por culpa de un conductor ebrio que murió también en el incidente.

-¿A quién pondrán como conductor?

-¿Eso importa?

-Realmente no. –Me incorporé y di un par de pasos hacia la salida- Ahora tengo trabajo que hacer.

-Sesshomaru. –Me detuvo momentáneamente al cogerme del hombro- Lamento tu pérdida. Toda la unidad lo hace.

-Ellos sabían los riesgos. –Contesté sin demostrar pesar- Todos estamos conscientes de lo que nos espera si nos confiamos demasiado. Sea por error nuestro o porque una rata nos delata.

-Toma una semana de descanso. –Ordenó mi supervisor al ver mi falta de reacción- Prepara los funerales de ambos y encárgate de tu hermano. Él no es como tú y estará más afectado.

-No es mi problema. Ya tiene diecisiete años, es casi un hombre. –Respondí atravesando el umbral de la puerta- Deberá superarlo algún día.

Al regresar a la sala de interrogatorios, Sango le retiraba al hombre que aún mantenía convulsiones, una esponja mojada de la boca y la dejaba a un lado de dos tenazas conectadas a una red de corriente. Si bien normalmente disfrutaba de estos momentos, viendo lo sádica que puede llegar a ser una mujer con rostro dulce, ahora necesitaba descargar mi furia. Si, ya no era asco lo que sentía, sino odio. En el rostro de aquel sujeto se reflejaba el rostro burlesco de Naraku, quien me sonreía de medio lado, recordándome que había logrado su cometido: eliminar a Inu no Taisho e Izayoi.

Ni siquiera supe de dónde provenía la fuerza casi sobrehumana con la cual impactaba a ese tipo. No importó el sonido crujiente de mis nudillos o de su nariz. Tampoco el manchar mi blanca camisa con su sangre rojiza. Menos el casi desfigurar su rostro. Quería matarlo con mis propias manos. Si bien no era un maldito sentimental, esto ameritaba venganza. Él pagaría por la muerte de ellos, aquella que fue totalmente deshonrosa. Ellos merecían más. En un combate frente a frente, mi padre hubiera acabado con esa sabandija en un chistar de dedos.

-¡Sesshomaru! –Escuché el chillido de Sango quien intentaba apartarme sin éxito- ¡Ya detente!

Cuando lo dejé libre de mis golpes, el hombre estaba tirado y quieto en el piso. Ya no respiraba y su rostro estaba repleto de sangre al igual que mis puños hinchados. En cosa de segundos fui expulsado del lugar por tres hombres que me llevaban a rastras.

Dos días después de lo ocurrido, se realizaba el funeral de las víctimas fatales de ese lamentable accidente en carretera. Mentiría al decir que algo no se removió en mi pecho al ver al penoso de mi hermano, llorando de rodillas por sus padres. Gritaba por justicia, pero no había nada qué hacer, debido a que el conductor había fallecido en el accidente por culpa de su ebriedad. ¿Qué haría con este mocoso de ahora en adelante? Se suponía que yo estaba estudiando una carrera universitaria y que estaba a un año de titularme. No podía llevarlo a la agencia central y que supiera la verdad. Sería un suicidio. Inuyasha era muy boca floja y no tardaría en decirle a alguien a lo que se dedicaba su hermano mayor. Y por qué sus padres estaban muertos. No, eso no lo permitiría. Primero lo mataba.

-Yo me encargaré del muchacho. –Apareció mi madre, sosteniendo dos rosas blancas en su mano izquierda y vistiendo de negro, acorde la situación- Una vez en la universidad será pan comido.

-¿Qué pasará con el trabajo?

-Me retiraré por un tiempo. Creo que los restaurantes traen mucho dinero cuando son finos…e información valiosa en algunos casos. –Informó viendo como ambos ataúdes descendían bajo tierra lentamente- Además, le he prometido a Irasue que si algo les pasaba, yo cuidaría a su hijo hasta la mayoría de edad.

-No creí que tuvieses esos códigos con ella.

-Izayoi me agradaba, al contrario de lo que muchos creen. –Hablaba en voz baja, con absoluta discreción- Lo de tu padre y yo, simplemente fue momentáneo. Confundimos sentimientos y como resultado saliste tú.

Genial. Al fin admitió a viva voz que fui un error en su vida.

-Pero, no me arrepiento de ello. –Aclaró- Simplemente, no fui la madre que necesitabas. Ni siquiera lo soy el día de hoy. Es mi naturaleza. Sin embargo, estoy al pendiente de cada cosa que ocurre contigo y me siento orgullosa de cuán lejos has llegado. –No pude evitar observarla, más ella no deseó hacer contacto visual conmigo en ningún momento- En cambio, esa odiosa mujer te dio todo el cariño que yo no podía brindarte. Te amaba como un hijo más, y aunque nunca se lo dije, estoy agradecida de ello. –Y lo que nunca esperé ver, ocurrió; una lágrima recorrió el contorno de su blanquecina mejilla, la cual borró rápidamente su rastro- La conocí desde que llegó a la agencia, y supe que era especial. Quizás no era la más temeraria o eficiente, pero estaba llena de vida. Y vi que entre Inu no Taisho y ella hubo una conexión inmediata desde el primer momento en que se vieron. Debí odiarla por querer robarme al que era mi hombre, pero no. La odié por no poder detestarla. Y mírenla ahora, finalizar su vida de esa forma. En un "accidente".

-Silencio. –Ordené al ver que Inuyasha se ponía de pie con dificultad de aquel lugar en que había estado arrodillado por casi media hora-

-No me hagas callar. –Su voz se recompuso, dejando de lado la ironía de su última frase, acercándose a las tumbas cuando fueron depositadas en el fondo del agujero. Dejó caer ambas rosas y se devolvió momentáneamente a mi lado, acercándose a mi oído para murmurar- Izumi manda sus sinceras condolencias, y además dice que tienes el caso "Mercado negro".

Es lo que deseaba escuchar.

-Ven aquí, mocoso. –Tomó del brazo a Inuyasha y lo apartó de las tumbas que comenzaban a ser cubiertas con tierra- Vamos a casa.

-¿Por qué debo ir con usted, señora Irasue? –Cuestionó hecho pedazos mi hermano-

-Me encargaré de ti de ahora en adelante. –Informó sacándolo de aquel lugar y encaminándolo hacia su vehículo- Se lo debo a tu madre.

-Gracias. –Inuyasha se detuvo, y en forma de agradecimiento y respeto hizo una leve reverencia-

Naraku, no sabes con quién te has metido.

Eres mio, hijo de perra.