Flores de cementerio.
[Hiciste crecer flores en mis pulmones, y aunque son hermosas...no puedo respirar]
IV.
Crisantemo.
InuYasha cargó a Kagome en sus brazos con tanto que cualquiera pensaría que tenía miedo que se rompiera en pedazos, el sentir su piel tan fría como un bloque de hielo era un recuerdo permanente de su fracaso. Se aferró a ella por un momento antes de, con ayuda de Sango, subirla al lomo de Kirara, después la cubrió con la parte superior de su túnica de ratas de fuego para así evitar que su cuerpo perdiera más calor con el rocío del alba.
Estando en el punto más oscuro de la madrugada, ya sólo quedaba esperar el amanecer.
Para cuando llegaron a la aldea los primeros rayos del sol ya se asomaban en el horizonte, Kaede les permitió pasar a su cabaña sin hacer muchas preguntas, ya habría tiempo para eso después, en ese preciso momento cada segundo que pudiesen ganar para Kagome era lo más importante.
La recostó sobre el futón que la anciana sacerdotisa le indicó, le retiró temerosamente su túnica, ahora de unos tonos más oscuros de lo normal por la sangre de la chica, y su corazón se detuvo: con la luz de la mañana que se colaba por las ventanas, la piel de Kagome, normalmente de un tono rosado y saludable, ahora se veía pálida con grandes motes púrpuras en las zonas más cercanas a sus descomunales heridas. El medio demonio afianzó su agarre a la tela de sus ropas en un mediocre intento por contener de nuevo el escozor que nacía desde su pecho.
—Será mejor que esperemos afuera, InuYasha —la voz de Miroku se escuchaba tremendamente lejana a pesar que el monje estaba de pie justo a su izquierda—. Kaede-sama debe revisar todo el cuerpo de Kagome-sama.
—No voy a moverme de aquí —declaró InuYasha tan firme como le era posible sin perder la compostura.
—Yo me quedaré aquí, ayudaré a Kaede-sama —Sango se acercó a él con cautela, su tono era suave y condescendiente en su intento titánico por convencerlo—. No me separaré de Kagome-chan, te lo prometo.
Soltó un suspiro tan pesado que le lastimó la amplitud de su pecho, no quería moverse de ahí, no quería apartar a Kagome de su vista, pero no era el momento de encapricharse con quedarse. Colocó la tela ensangrentada sobre su hombro, dio un par de pasos hacia atrás con dirección a la salida.
—Si Kagome necesita cualquier cosa, por más insignificante que sea, estaré aquí afuera —InuYasha se dirigió directamente a Sango al mismo tiempo que apartaba de su camino la cortina de palma seca que protegía el umbral de la entrada.
La exterminadora acató con un firme movimiento de su cabeza—. Iré a buscarte, no te preocupes —respondió satisfecha de conseguir que su amigo entendiera la gravedad del asunto.
Apenas InuYasha salió de la cabaña y lo escucharon alejarse, Sango y Miroku soltaron al mismo tiempo una fuerte exhalación de alivio.
—Mejor voy a hacerle compañía —declaró el monje tomando la misma dirección que InuYasha hacia afuera de la choza de madera—. Yo también estaré aquí si necesitan algo.
—Gracias, Houshi-sama —Sango le dedicó una sonrisa fugaz y sinceramente exhausta, el monje cruzó la salida y ella dirigió su mirada hacia la anciana Kaede quien ya había comenzado a lavar las heridas más visibles en el cuerpo de Kagome. Sango se arrodilló a su lado, tomó un paño limpio que hundió en el cuenco de agua fría que la sacerdotisa a cargo había dejado cerca de ella y comenzó a limpiar con suma precaución los cortes profundos en el brazo derecho de su amiga.
—Seguramente fue horrible —habló la anciana Kaede después de pesados segundos de tortuoso silencio mientras enjugaba su trozo de tela en el agua limpia que se tornó poco a poco en carmesí.
Sango sintió sus ojos arder así que los cerró con fuerza, dejó ir todo el aire en su pecho y abrió sus párpados con pesar.
—Lo fue —corroboró con apenas un hilo de voz.
-o-
Los días siguientes pasaban tan lentos que parecía una especie de tormento enviado por alguna clase de dios cruel y retorcido que disfrutaba carcomiendo la cordura de InuYasha viendo como Kagome, a pesar de los intensos cuidados de Sango y la vieja Kaede, seguía sin despertar; aunque era un alivio notar cómo su piel comenzaba poco a poco a tomar su natural tono rosáceo, además de corroborar que su cuerpo estaba más cálido cada vez que la anciana sacerdotisa le pedía ayuda para levantarla y así cambiarle los vendajes.
—¿Fue tan terrible como lo temías? —le cuestionó el monje Miroku al tercer día de aquella tortura, después de verlo salir de un salto del pozo devorador de huesos. InuYasha dirigió su mirada hacia Miroku y Shippo quienes se resguardaban de la copiosa lluvia que caía esa mañana bajo uno de los árboles cercanos al pozo.
InuYasha agachó la cabeza con pesar esperando que, de alguna manera, el agua fría que caía sobre su cabeza se llevara con ella toda la vergüenza que fue para él presentarse ante la familia de Kagome y contarles todo lo que había pasado. Explicarle sus heridas a su madre lo hizo sentirse como el pedazo de basura más grande que pudiese existir. ¿Es que iba a descubrir más y más formas en las que había fallado?
—Fue peor —sentenció haciéndose escuchar por sobre las gotas de lluvia que golpeaban sordamente su cuerpo y el suelo.
-o-
No fue difícil para ella adivinar dónde se encontraba cuando despertó y un fuerte aroma a hierbas medicinales le llenó el sentido del olfato, si se concentraba un poco más también podía escuchar el crispar de los leños ardiendo en el centro de la cabaña, el caldo de verduras hirviendo en él fuego o la generosa lluvia que caía sobre el techo de madera que la resguardaba.
—Qué buen susto nos has dado, Kagome-chan —el timbre de voz de Sango era dulce, sonaba gratamente aliviada de verla despertar, Kagome enfocó su vista en su amiga quien vestía su ropa de civil con la tela de los brazos remangada para tener así más libertad. La sonrisa de la exterminadora confirmaba su alegría de verla recobrar el conocimiento.
—Sango-chan —su garganta estaba tan seca que el sólo nombrar a su amiga le provocó un ligero escozor que intentó aligerar carraspeando suavemente—. ¿Cu...Cuánto tiempo he…?
—Estuviste desmayada tres días —Sango le respondió entendiendo de inmediato cuál era su pregunta—. Hemos estado todos muy al pendiente de ti, sobretodo InuYasha.
—¿InuYasha? —preguntó Kagome con una sombra de incredulidad al mismo tiempo que, con dificultad, intentó incorporarse hasta que logró sentarse sobre el futón donde permanecía acostada.
—Kagome… —escuchar a InuYasha nombrarla fue como si un rayo le cayera directo en la cabeza y le recorriera la espina dorsal obligándola a dirigir su vista hacia el umbral de la entrada donde lo vio de pie. Sus ojos dorados estaban fijos en ella de una manera tan profunda que le provocó otro par de escalofríos no dejándole más remedio que esquivarle nuevamente la mirada.
Kagome pasó saliva lentamente tratando de asimilar el pesado e incómodo silencio que envolvió el lugar, él también parecía aliviado por verla despierta. Apretó con fuerza la sábana que la cubría haciendo nudos en ella con una repentina vergüenza.
-o-
Los primeros días después de despertar fue complicado para ella soportar el dolor cada vez que intentaba realizar el mínimo movimiento, por eso estaba infinitamente agradecida con Sango y la anciana Kaede quienes estaban ahí para ayudarla a realizar tareas simples como darse un baño o cambiarse de ropa, el que ellas estuvieran presentes le ayudaba a distraerse de ver las terribles heridas que le adornaban casi todo el cuerpo. También la distraían de las heridas que no podían verse, aquellas que laceraban su mente y su corazón.
—InuYasha ha traído esto para ti —Sango la sacó del mar de sus pensamientos cuando colocó frente a ella su mochila amarilla llena de cosas provenientes de su época, bastó hurgar un poco por la superficie para darse cuenta que estaba hasta el tope de sus libros escolares, medicamentos para el dolor o para la cicatrización de heridas, vendas nuevas e inclusive diferentes tipos de comida—. Ha ido constantemente a tu casa para darle noticias a tu familia sobre el avance en tu salud.
—¿Ha sido así? —preguntó en parte para continuar vanamente con la conversación de su amiga, en parte por sincera curiosidad. Desde el día que había despertado, y desde que ella había impuesto una barrera invisible con InuYasha en el momento en el que le apartó la mirada, el medio demonio apenas y se aparecía por ahí. Ya habían pasado cuatro días desde entonces.
—Sí, Kagome-chan —confirmó la exterminadora con firmeza, no entendiendo a qué se debía tanta desconfianza por parte de su amiga—. Todos hemos estado preocupados por ti pero InuYasha apenas y ha podido dormir.
—Debe sentirse terriblemente culpable, ¿no es verdad? —la forma tan desdeñosa con la que Kagome continuó con la conversación le congeló la sangre a la exterminadora. Kagome estaba tan distante con todos, pero la manera tan insensible con la que se refería a InuYasha hacía que la exterminadora diera las gracias por la suerte de no ser él.
Para el décimo día después de despertar, los hematomas en los brazos y piernas de Kagome ya habían bajado su tonalidad, señal que estaban sanando correctamente, además que ya era capaz de realizar pequeñas caminatas, primero dentro de la cabaña con ayuda de Sango, después en los alrededores de la aldea acompañada por InuYasha quien, a pesar del tormentoso silencio que existía entre los dos, sujetaba fuertemente su mano para que así no perdiera el equilibrio.
—Por ahora ha estado bien —InuYasha habló con cautela deteniéndose bajo la sombra de un árbol a un lado del riachuelo que alimentaba los plantíos de arroz de la aldea—. Descansa, no está bien que te esfuerces de más.
Kagome acató con un movimiento de cabeza y, tomándose su tiempo, se sentó sobre el frío césped recostando con cuidado su espalda en el tronco del frondoso árbol que les brindaba un fresco refugio del inclemente sol de ese medio día de verano.
InuYasha se sentó unos pasos a su lado, estudiando con la mirada a la callada chica frente a él, el medio demonio frunció el ceño tratando de no explotar por toda la frustración que le provocaba todo este asunto. No solamente había tenido que lidiar con la pesadilla de ver a Kagome mal herida, ahora ella parecía haberle declarado la guerra y eso de verdad lo estaba asfixiando.
Ojalá fuera solo una expresión, pero la indiferencia con la que lo estaba tratando Kagome recientemente provocaba en él una furia que no conocía hasta entonces haciendo que su garganta literalmente le quemara, como si se tratara de diminutas garras que estuvieran rasgando su carne impidiéndole tomar aire, ahorcándole desde adentro.
No tenía la menor idea de qué carajos se le había metido a Kagome en la cabeza pero no estaba dispuesto a tolerarlo un solo segundo más.
—¿Vas a explicarme de una maldita vez qué está pasando contigo, Kagome? —exigió tan brusco como siempre, al diablo las delicadezas.
—¿A qué te refieres? —Kagome por fin le estaba dirigiendo la palabra y lo estaba mirando a los ojos, pero era tan distante como si no llevasen todo este tiempo conociéndose.
—¡Ya deja de fingir, sabes perfectamente a qué me refiero! —vociferó bastante harto, apretó los labios aturdidos y el resto de sus palabras, junto a la sensación en su garganta, parecieron desvanecerse cuando Kagome por fin endulzó su mirada sonriéndole suavemente.
—Yo solo...quería darte las gracias InuYasha —el tono que estaba usando Kagome era condescendiente pero InuYasha no terminaba de convencerse de la actitud de la chica para con él—. Sé que has estado muy preocupado por mí y yo...no quiero que te sientas más así. Ahora que me siento mejor tú también podrás estar más tranquilo, ¿no es así?
Cuando Kagome terminó de hablar volvió a evitar su mirada. Suficiente para que toda la frustración volviese a rasguñarle el pecho subiendo como lava por su faringe.
—No te he pedido eso, Kagome —murmuró tratando de disipar la tensión que se aglomeraba en el pecho—. No soporto más lo rara que te has comportado desde que…
—¿Sabes una cosa, InuYasha? —la mirada de Kagome se dirigió al cielo, haciendo que sus ojos brillaran con el reflejo del agua del riachuelo que corría con calma frente a ellos—. He...he escuchado que en esta temporada los melocotones tienen un sabor extraordinario, ¿podrías conseguir unos cuantos para mí?
Si no fuera porque no estaba de pie, seguramente hubiera terminado perdiendo el equilibrio por la manera tan abrupta y descarada en la que Kagome había cambiado de tema. Lo había descolocado totalmente.
Ella le estaba dejando claro que no quería hablar con él. Que no le iba a confiar lo que sea que estuviera bailando en esa maldita cabeza dura suya.
El fuego que le quemaba la garganta ahora le estaba dejando un amargo sabor en el paladar.
-o-
El manto oscuro de la noche ya había terminado de tomar protagonismo el cielo ahora decorado por infinitas estrellas y una luna cubierta casi por completo por la sombra que cada mes la hacía desaparecer. Aún con esa limitada iluminación, para él no significó ningún tipo de reto ubicar en los alrededores de la aldea el árbol con el mayor número de melocotones listos para ser comidos. Su olor dulce y suavemente ácido era fácil de rastrear.
El sonido de sus pisadas acercándose hasta el árbol hacían un ruido amortiguado por la verde hierba que cubría el suelo bajo sus pies, cuando estuvo lo suficientemente cerca estiró su brazo a la rama más baja y arrancó uno a uno los frutos que tenía a su alcance colocándolos en la improvisada cuna que era su antebrazo sobre su estómago.
Los frutos maduros hicieron un ruido sordo cuando cayeron sin miramientos al suelo, los ojos de InuYasha se abrieron más de lo normal mientras su cuerpo era cimbrado por fuertes escalofríos que le recorrían desde la cabeza hasta la punta de los pies, todo este manojo de nervios por una sola razón, un solo perfume que de pronto le invadió los sentidos.
Lavandas…
Sintió su mandíbula tensarse y cerró sus manos en puños, clavando suavemente sus garras en las palmas de sus manos.
¿Qué hacía ella aquí?
De pronto se sintió mareado, probablemente era una mala idea ir hasta ella y averiguar por él mismo qué buscaba tan cerca de la aldea que hace muchos años fue su hogar pero de pronto entró en razón, él sabía muy bien a qué había venido.
Se dejó guiar por aquel delicado aroma, limpio, fresco, sin aquella dolorosa mezcla a tierra de camposanto, pasando de largo los ya abandonados melocotones en el suelo que ya comenzaban a ser invadidos por hormigas que poco a poco comenzaban a devorarlos.
-o-
Fue sinceramente extraño, casi nostálgico, el verla debajo del Goshinboku sin estar rodeada por sus serpientes albinas o por aquellos grandes orbes de luz de las almas que solían alimentar su cuerpo hecho de barro pero, si lo pensaba bien, era lógico que ya no los necesitara más.
Gracias a Kagome no dependía de robar almas para aferrarse a un mundo donde ya no pertenecía.
Gracias a Kagome…
Pertenecía de nueva cuenta a este mundo.
—Kikyo… —masculló apenas moviendo sus labios. La nombrada sacerdotisa dirigió su vista hasta él, endulzando su semblante y curvando sus labios con una sobria sonrisa. InuYasha tuvo que parpadear unas cuantas veces para despabilarse de esa repentina imagen de Kikyo sonriéndole, parecía tan irreal.
—Discúlpame por no venir antes —Kikyo se acercó unos cuantos pasos hacia él, InuYasha se quedó quieto en su lugar, conteniendo por un momento la respiración, la sacerdotisa bajó la mirada hasta sus delgadas manos abriendo y cerrando sus dedos suavemente—. He necesitado tiempo para asimilar todo lo que pasó y...supuse que tú también lo necesitabas.
Kikyo volvió a fijar su mirada en la suya de manera tan directa que le clavó los pies en el suelo. Se veía tan distinta a la última vez que la vio pues su piel ya no se veía pálida o agrietada, por el contrario incluso podía notar suaves tonos rosas primero enmarcando sus pómulos y luego entintando sus labios.
Avergonzado por la desfachatez con la que estaba estudiando los rasgos de la mujer frente a él, se sintió incapaz de sostenerle más tiempo la mirada, cerró fuertemente los párpados y respiró profundamente intentando centrarse, pésima idea pues lo único que consiguió fue llenar su nariz con el aroma de Kikyo.
—Lo que necesito… —habló despacio, eligiendo muy bien cada palabra antes de hablar. Labor colosal considerando lo muy acostumbrado que estaba a decir las cosas justo como las pensaba sin detenerse mucho a pensarlas. El medio demonio volvió a abrir despacio sus ojos fijando de nuevo su atención en la sacerdotisa —. Lo que necesito, Kikyo, es que me expliques qué es lo que pasó entre Kagome y tú con todo ese asunto del ritual para...para convertirte nuevamente en una humana.
Kikyo dejó escapar un largo suspiro antes de responder—. Se trata de una técnica peligrosa, fue creada para mantener con vida el mayor tiempo posible a los longevos sabios de la antigüedad. Pero por su evidente crueldad, terminó por prohibirse hace mucho tiempo hasta que terminó siendo solo una leyenda
La sacerdotisa giró su vista hasta el tronco del Goshinboku invitando a InuYasha a hacer lo mismo, ambos enfocaron su atención en la cicatriz marcada en la madera donde la corteza exterior parecía no poder sanarse.
—No solo era considerada un peligro por lo que significaba para la persona elegida para ser el sacrificio —prosiguió Kikyo luego de una pequeña pausa. InuYasha arrugó el entrecejo con molestia recordando las heridas en el cuerpo de Kagome—. También porque, durante el proceso del ritual, el sacrificio no sólo entregaba sino también recibía. Obtenía acceso total a los pensamientos del sabio a quien estaba salvando, a sus intenciones, a su mente...a su corazón. Descubría secretos que se supone que debían mantenerse así, secretos.
InuYasha dejó escapar el aire de sus pulmones en un jadeo de sorpresa al mismo tiempo que apartó su mirada del árbol sagrado, sus ojos se abrieron más de la cuenta enfocándose nuevamente en Kikyo quién aún miraba con pesar la herida en el árbol donde lo había sellado hace cincuenta años.
—Por favor no pienses que estoy siendo ingrata con Kagome, todo lo contrario, incluso debo confesar que me he sentido una egoísta de tanto que le he agradecido lo que ha hecho por mí. Incluso creo que también lo ha hecho por ti —la voz de Kikyo se mantuvo en un tono tranquilo cuando apartó su mirada del tronco del Goshinboku y ahora volvía a él. El color avellana en los ojos de Kikyo brillaba aún en la oscuridad de la noche—. Pero ahora más que nunca debo ser precavida. Naraku seguramente ya sabe que ha perdido una gran ventaja y no debe estar nada contento con esa idea.
El rostro de Kikyo pasó de dulce a duro como una piedra apenas mencionó el nombre de aquel maldito ser que le había arrebatado todo.
—¿Y cuáles son tus planes ahora, Kikyo? —azuzó InuYasha asimilando cada palabra que salía de la boca de la mujer a unos cuantos pasos de él. Kikyo apretó suavemente los labios y dirigió su vista hacia el interior del bosque.
—Les ordené investigar a Kosho y Asuka sobre los últimos rumores con entorno a Naraku. Lograron encontrar una guarida en el norte y otra en el sur —Respondió Kikyo con voz clara y firme.
InuYasha asintió comprendiendo lo que eso significaba: una de esas guaridas era solo un señuelo y la otra la verdadera. Ahora debían averiguar cuál era cuál.
—InuYasha —la voz de Kikyo resonó por toda su cabeza, cuando volvió del mar de sus pensamientos se dio cuenta que ella estaba de nueva cuenta frente a él, más cerca de lo que hubiera esperado—. Hay algo que necesito pedirte…
-o-
Su regreso a la aldea le pareció el camino más largo que jamás había recorrido, caminó con la mirada enfocada en sus pies hasta que un golpe de aroma a jazmines le obligó a levantar su vista.
—Kagome… —susurró asimilando la sorpresa de encontrarse con ella a la mitad del camino—. ¿Qué estás…?
—No lo hice por ti —su sentencia fue tan firme que fue como el frío disparo de una flecha contra su pecho. Todos sus sentidos quedaron poderosamente aturdidos y lo entendió de inmediato: Kagome había escuchado toda su conversación con Kikyo—. La decisión que tomé, estas heridas en mi cuerpo. Deja de sentirte culpable por ellas. No fuiste tú la razón.
—¡No tienes idea de qué es lo que siento!, ¡no te atrevas a catalogarlo como culpa! —le espetó a la defensiva, la frialdad de Kagome le estaba provocando una pesada sensación en el pecho que amenazaba con explotar—. Fuiste tú quien insistió en ayudar a Kikyo, ¡yo te dije que no lo hicieras!
El cuerpo de Kagome temblaba como si, en lugar de una sofocante noche de verano, estuvieran en medio de una tormenta invernal que igualmente estaba congelando a InuYasha desde los pies hasta las orejas. La frustración le invadió el cuerpo como un rayo que le partía por la mitad, la chica frente a él por fin le sostenía la mirada sin esconderse pero sus ojos brillaban con algo muy parecido a la furia que él mismo sentía dentro de su pecho.
—Te lo dije, no podíamos darnos el lujo de perder a Kikyo. Kohaku sigue en manos de Naraku, torturando a Sango-chan. La maldición en la mano de Miroku-sama. No lo hice por Kikyo, InuYasha. ¡No lo hice por ti! —lo único que pudo escucharse después en medio del silencio de la noche era la respiración de ambos, tan errática como fuerte, conteniendo todo lo que les hacía falta gritar.
Sé que has estado muy preocupado por mí y yo...no quiero que te sientas más así.
Eso le había dicho esa misma mañana y ahora se lo decía con más claridad: no quería sus atenciones, no quería que se preocupara por ella, no quería nada de él. La escuchó soltar un pesado suspiro mientras cerraba con pesadez sus ojos, quizá buscando tranquilizarse.
—Supongo que..ya no importa —masculló con cautela, agachando la cabeza—. No importa.
InuYasha también bajó la mirada, el silencio era tan lúgubre que ni siquiera se podía escuchar a la más pequeña cigarra entonando su música para la luna. Su mente había quedado en blanco, no sabía qué más podría decirle si de igual manera a ella parecía no importarle más.
Sus sentidos se despertaron cuando escuchó sus pisadas acercándose a él pero volvieron a desvanecerse cuando ella lo pasó de largo, entendió que su destino era el pozo devorador de huesos. Con toda la voluntad que le quedaba en el cuerpo logró sujetarla del brazo antes que se alejara por completo de él, ella no volteó a mirarlo ni por un instante, aún con su cabeza hacia abajo.
—Si lo que dices es verdad...si es que lo hiciste por ellos, entonces permanece con ellos —se sentía tan derrotado que su voz apenas y era audible. Sabía que la estaba haciendo esclava de sus propias palabras y, por alguna razón, no se sentía responsable de eso.
Kagome se liberó de un tirón del agarre que él mantenía en su brazo, InuYasha enroscó lentamente los dedos ante el repentino espacio vacío.
—Sé cuál es mi deber, InuYasha, siempre lo he sabido —le respondió sin levantar la voz, se dio cuenta que ella también estaba agotada de toda esta mierda.
—Viajarán al norte —le indicó sin ninguna otra emoción en sus palabras—. Kikyo y yo viajaremos al sur.
—Adiós InuYasha —Kagome cortó de golpe y la escuchó emprender nuevamente su camino a paso firme, alejándose de él.
Apretó los puños con tanta fuerza que sus garras se encarnaron en la piel de sus palmas, sintiendo la sangre colarse entre sus dedos. En su pecho pareció crearse una sustancia espesa que subía como aceite hirviendo por su garganta. Amenazando, una vez más, con asfixiarlo.
Con un demonio, para él sería tan fácil alcanzar a aquella necia muchacha de un solo salto y arreglar las cosas. Como siempre lo hacían cuando discutían. Pero no.
Ella no quiere eso, ella lo quiere lejos.
Necesita carraspear un momento su garganta intentando liberarse de la molesta sensación, como si algo quisiera escapar de dentro de él.
A ella no le importa…
No le importa...
-o-
Supo de inmediato que ya se encontraba del otro lado del pozo cuando ya no escuchaba el cuchichear de ningún animal nocturno en los alrededores, además que los destellos de las incontables estrellas ya no se asomaban más al levantar su vista desde el fondo, ahora solo podía divisar entre la oscuridad, el techo de madera de la vieja pagoda ubicada en el templo de su familia.
Bajó nuevamente su cabeza, podía sentir su pecho comenzar a subir y bajar con agitación, su cuerpo estaba temblando de nuevo pero ella había perdido toda fuerza como para intentar contenerse.
Podía sentir como su corazón se caía a pedazos, le dolía tanto pero sabía que era mejor matarlo de golpe que sufrir una muerte lenta viendo a InuYasha marchándose con Kikyo.
Sus ojos le ardían tanto y todo se veía acuoso, sin poderlo contenerlo más sintió frías lágrimas comenzar a bañarle las mejillas.
Por eso le había mentido.
Por eso…
Se llevó las manos hasta su cara pero sus dedos le temblaban tanto que empezó a rasguñarse con desespero, comenzó a faltarle el aire mientras su llanto era cada vez menos contenible.
Su llanto casi parecían gritos cuando perdió la fuerza de sus piernas desplomándose con tanta fuerza sobre el frío suelo del pozo que sintió sus rodillas lastimarse y sus aún no curados moretones comenzaron a dolerle en protesta por tan brusca caída.
Apartó sus manos de su rostro y las bajó hasta el suelo, dejando salir cada lágrima dentro de ella que caían como lluvia en la tierra infértil del antiguo depósito de cadáveres.
El peso de las consecuencias de sus decisiones la iba a perseguir por lo que le quedara de vida…
N.A: Antes que nada quiero agradecerles por los comentarios tan bonitos que me han dejado en esta historia. De verdad que los he leído una y otra vez de lo encantadores que son! Espero que este capítulo les guste y así poder seguir conociendo que opinan sobre mi historia.
Uff, debo confesar que, si bien sabía que este fic iba a ser desgastante por todo el asunto del angst, lo está siendo mucho más de lo que planee. En este capítulo sobre todo la última parte de este capítulo. Vaya que lo sufrí.
Espero no estarlos confundiendo mucho con la actitud de Kagome en este capítulo, sé que no ha quedado del todo claro pero más adelante iré iluminando poco a poco lo que ocurre en su necia cabeza xD
También había recibido mensajes por privado que me preguntaban sobre quién recaería el hanahaki y no quise dar muchas pistas para no arruinarlo, en este capítulo ya queda más claro, ¿verdad? ;)
Nos leemos muy pronto y de nuevo mil gracias por sus comentarios!
-Kao
