Flores de cementerio.
[Hiciste crecer flores en mis pulmones, y aunque son hermosas...no puedo respirar]
V.
Loto.
El alegre cantar de las aves saludando a la mañana apenas y era audible por sobre el ruido de sus sólidas pisadas sobre el manto de hierba verde que cubría el suelo no representaban ni la mitad de toda la furia que le recorría el cuerpo de arriba a abajo, su respiración era irregular y en su cabeza solo se repetía una palabra una y otra vez.
Idiota, idiota, idiota…
—¡Sango! —el monje Miroku la llamó al tiempo que aceleró su andar para alcanzarla, los aros de su báculo sagrado bailaron en su lugar provocando un sonido metálico—. ¡Sango, espera!
—¡Regresaré a la aldea en cuanto ese grandísimo idiota se haya terminado de largar! —la exterminadora se defendió cuando sintió la mano del monje rodear su muñeca en un intento por detenerla—. ¡No quiero volver a ver la cara de InuYasha nunca más!
—Por favor, Sango —empezó Miroku para luego soltar un derrotista suspiro—, sabes que esto ya es bastante difícil para que lo compliquemos más.
—¡Después de lo que hizo Kagome-chan!, él...él —la voz de Sango se entrecortaba
—Precisamente por el sacrificio que ha hecho Kagome-sama es que debemos seguir esta nueva estrategia —el monje intentaba sonar lo más tranquilo que podía con la esperanza de transmitirle esa tranquilidad a Sango.
Ella soltó una risa burlona acompañada de un suspiro—Estrategia, sí claro —agregó con ironía bajando su mirada hacia el suelo.
Miroku se mordió los labios en un intento de calmar su repentina incomodidad, aplicó un poco más de fuerza en el agarre que mantenía alrededor de la muñeca de Sango.
—Antes de correr tras de ti, InuYasha me pidió una cosa —Sango no se movió de su lugar ni levantó su derrotada mirada. Decidió escuchar al monje por tratarse de él, aunque no quería saber nada que viniese de InuYasha—: me pidió que no nos olvidemos de las razones por las que estamos luchando.
Esas palabras se sintieron como si de un momento a otro el brillante sol se apagara dejando de calentar su cabeza, alzó su vista hacia el cielo, abrió la boca como si fuera un pez fuera del agua y sus ojos se abrieron hasta el límite.
Tienes miedo, tanto miedo. Si das un paso en falso se marchará de nuevo, ¿verdad?, quieres recuperar a tu hermano con vida o morir junto a él.
Su cuerpo se volvió tan pesado que simplemente se desplomó cayendo sobre sus muslos, obligando al monje a soltarla para no lastimar su muñeca. Se mordió con frustración los labios y bajó nuevamente la mirada. Pensó que había logrado olvidarse de las funestas palabras que le dirigió Kao esa noche que se habían enfrentado a él, pero ahora salían nuevamente a la superficie. Ahora volvían a quemar su corazón.
Su vena más férrea y analítica, aquella que le recordaba que era una bien instruida exterminadora de demonios, le hizo preguntarse si acaso este sufrimiento constante por culpa de unas palabras tan dolorosas como un látigo eran parte de los poderes sobrenaturales de Kao. Como cuando una serpiente encarna sus colmillos para inyectarle veneno a su víctima. Todo parecía indicar que era así.
Apretó sus puños sobre su regazo en un intento por disipar la mala sensación que provocó en ella recordar la desgraciada voz de Kao golpeando las paredes de su mente como un tortuoso eco, estaba decidida a no dejarse vencer por él.
Sus ojos se abrieron con sorpresa cuando sintió el peso de una mano posándose con cariño sobre su hombro derecho, alzó por última vez la mirada para encontrarse con la amable expresión en el rostro del monje Miroku arrodillado frente a ella para estar a su misma altura.
—Esperemos a que Kagome-sama regrese de su casa —Miroku habló con suavidad—. Lo demás lo iremos enfrentando conforme vaya sucediendo.
Sango podía sentir sus ojos acuosos y su nariz arder ligeramente por su llanto contenido pero, aún con todas esas sensaciones invadiendo su rostro, dibujó en sus labios una ligera sonrisa.
—Lo haremos —corroboró sintiendo su espalda más ligera—. Enfrentaremos lo que venga.
Saldrían adelante al lado de sus amigos como siempre lo hacían.
Ahora no iba a ser diferente.
¿Verdad?
-o-
El espacio oscuro y completamente en silencio en el que parecía encontrarse tal vez para otras personas podría ser motivo suficiente para sentirse asustado o desesperado pero, para ella, el sitio le transmitía una paz que incluso le sabía un poco a egoísmo. Porque, por algún motivo, sentía que era mejor permanecer en aquel misterioso lugar que regresar a donde se supone que debería estar. Donde sabía que había personas que la esperaban.
Intentó mover su cuerpo pero este le dolió en protesta, como si cientos de agujas diminutas comenzaran a pinchar su cuerpo de manera desordenada. No. Esa sensación otra vez no, rogó con desesperación. Un ruego que parecía desvanecerse en el viento, pues no importaba cuántas veces suplicara que no la torturara más, incluso sentía como si la carcomiera con mucha más fuerza.
Soy un ser que vive del dolor.
Notó su cabeza saturarse con imágenes que no pudo reconocer de ningún lado, pero tenían toda la pinta de ser recuerdos: los colores naranjas de un bello atardecer que coloreaban las tranquilas aguas donde, una barca en movimiento, provocaba suaves olas que distorsionan el reflejo de los árboles que rodeaban lo que parecía ser el más pacífico lago que había visto jamás; la sensación de ser sostenida cuando estuvo a punto de caer, el anhelo, una infinita ilusión a un futuro que promete un sosiego con el que ha soñado desde la infancia; el roce de unos labios contra otros, compartiendo calidez, se da cuenta inmediatamente que es un beso...
Conozco tu dolor.
Todas esas memorias parecen regar una esperanza, una segunda oportunidad. Entonces fue capaz de entenderlo. No eran sus memorias, no era su corazón el que atesoraba esa ilusión.
Era el de Kikyo.
Por alguna razón, podía ver dentro del corazón de Kikyo.
Lo pudo ver claramente: dentro de Kikyo había nacido una nueva esperanza de un futuro con InuYasha...
Amor no correspondido.
Una luz circular se encendió desde abajo de ella haciéndose cada vez más grande, como si se tratara de una ola, iluminando todo a su paso. Bajó su mirada hasta su regazo dándose cuenta así que se encontraba de rodillas rodeada completamente por un campo de flores de campanilla. El intenso color violeta de las flores le llenaba la vista y el olor dulzón que despedían le empalagaba la nariz, atosigando su mente.
Podría ser el jardín perfecto pero lo único que desentonaba ahí era ella, como si fuese una flor diferente y marchita, como si fuese una mala hierba que estuviese estropeando el paisaje.
Pronto le asaltó un arranque de ansiedad que golpeó violentamente su pecho, un instinto de supervivencia en su ser le pidió a gritos que se levantara de aquel espacio que evidentemente estaba invadiendo y así salir corriendo para salvar su vida antes de acabar rompiéndose en pedazos.
Haré de las flores tu cementerio.
El agudo campanear del reloj despertador fue el bote salvavidas que la sacó de la profundidad. Abrió los ojos con violencia, tomó una gran bocanada de aire y levantó su cuerpo hasta quedar sentada sobre la mullida base que era su cama. Su pecho subía y bajaba tan fuertemente con su pesada respiración que llegaba a dolerle, se aferró un momento a las suaves sábanas que le cubrían el regazo antes de estirar su brazo hasta su mesita de noche para desactivar de un simple golpe la ahora desesperante alarma que no dejaba de sonar.
Dio un hondo suspiro al mismo tiempo que llevó ambas manos hasta su cienes masajeando sutilmente, sentía como si alguien le hubiese estado golpeando violentamente con un martillo. No tenía idea de cómo era tener una resaca pero probablemente era muy parecido a esto.
—Ese sueño otra vez… —murmuró para sí misma con un tono de voz tan agotado que dejaba en claro que el dormir no le había servido para nada. Apretó los labios forzando una sonrisa en un intento por animarse repitiendo que, por lo menos hasta que volviera a dormir, la pesadilla ya había terminado.
En un repentino impulso de energía se levantó de su cama, se colocó frente a su ventana con el propósito de abrir las cortinas color rosa para dejar que el sol comenzara a iluminar su habitación. Apenas levantó el pestillo y abrió la ventana una suave brisa de la mañana le rozó las mejillas, la sensación fue tan refrescante que se permitió cerrar un momento sus ojos mientras el viento jugueteaba con los mechones de su cabello.
Abrió despacio sus párpados enfocando su vista en los árboles que rodeaban su casa especialmente en el Goshinboku, el más grande y viejo de todos.
No, no se había terminado. En un mundo en el que tendría que aprender a vivir sin estar al lado de InuYasha, como siempre lo había deseado, la pesadilla apenas había comenzado. Pero estaba decidida a despertar, porque eso quería más que nada en el mundo.
No iba a dejar que ese jardín, ese cementerio repleto de flores, se la comiera viva.
-o-
Solo se concentró en garabatear figurines sin forma en la esquina derecha de su libreta mientras descansaba su cabeza sobre su mano izquierda, en un gesto de evidente aburrimiento y un completo desconocimiento de lo que sea que estuvieran cotilleando sus amigas quienes rodeaban su pupitre como tres tiburones esperando a que ella pusiera un pie fuera de su solitaria barca para arrancárselo de una mordida.
—Pero bueno, Kagome-chan, ¿tú qué piensas? —la voz de Eri apenas y se escuchó en el mar de sus pensamientos
—Mmm… —ella siguió dibujando líneas desordenadas su lapicera sobre la hoja de su libreta sin prestar verdadera atención.
—¿Kagome-chan? —Eri la llamó de nuevo, esta vez en un tono de voz más alto en un intento de despertar a su amiga del visible ensoñamiento en el que estaba atrapada. Kagome levantó su vista y parpadeó un par de veces dando a su rostro cierto aspecto de ingenuidad—. ¿Escuchaste lo que dije?
—¿Sobre qué? —soltó sin pensar mucho en su respuesta, Eri soltó un suspiro de derrota que provocó tanto en Yuka como en Ayumi una risita, divertidas por la escena.
—De lo que estamos hablando, Kagome-chan —empezó Ayumi después de calmar su risa—, es sobre Hojo-kun y su nueva novia, una chica de segundo año. Eri te preguntaba sobre tu opinión al respecto.
Kagome bajó su lapicera y ladeó inocentemente su cabeza—. Pues solo puedo pensar que estoy muy feliz por Hojo-kun. Es un buen chico, después de todo. Sinceramente le deseo lo mejor —concluyó alzando sus hombros en un ademán de quitarse el peso de ese asunto de la espalda.
—Yo también me alegro por él —intervino Yuka con su característica energía—. Es bueno ver que logró dejar atrás ese gusto hacia ti que, por tus sentimientos, no podías corresponderle, ¿no es así, Kagome-chan?
Los ojos de Kagome se abrieron tanto que llegó a pensar que saldrían botando de su cara. Bajó la mirada hasta su regazo concentrando su vista en las mallas que se había colocado bajo su falda escolar para esconder las aún notables heridas en sus piernas, su corazón latió fuertemente golpeando su pecho y sus manos se aferraron a la tela verde de su uniforme.
—Logró salir adelante… —murmuró apenas moviendo los labios. Cuánta envidia sentía por su buen amigo.
Eri soltó un jadeo de terror y sorpresa—. ¡Kagome-chan! —el trío de chicas colocaron casi al mismo tiempo sus manos sobre el pupitre que rodeaban provocando un estruendo que obligó a Kagome levantar nuevamente la mirada—, ¡¿no me digas que ahora te arrepientes de dejar libre a Hojo-kun?!
—No, ¡por supuesto que no! —se defendió frunciendo el ceño y alzando firmemente su voz, pero de inmediato volvió a bajar la guardia agachando nuevamente su cabeza, sus amigas se acercaron más a ella queriendo entender su comportamiento—. Solo pensaba en que admiro la fuerza de Hojo-kun, quisiera una poca para mí.
—¿Por qué? —Yuka arrugó el entrecejo pero su semblante suspicaz cambió por uno asustado casi de inmediato—. N-no me digas que…
—Tu novio y tú… —añadió Ayumi al ver que Yuka no podía continuar con la oración.
Kagome levantó su vista hacia sus amigas dibujando en su rostro una melancólica sonrisa—. Creo que es mejor para todos si dejan de referirse a él como "mi novio".
Vio a sus tres amigas quedarse tan pálidas que parecían talladas en piedra, ella por instinto tomó todo el aire que sus pulmones le permitieron. Ahora sí que el trío de tiburones iban a sacudir violentamente su barca hasta tirarla y devorarla con sus preguntas.
Fue como un regalo del cielo el que su profesor entrara al salón de clases justo en ese momento, a sus amigas no les quedó más remedio que dar un par de pasos hacia atrás con rumbo a sus respectivos pupitres.
Por primera vez en varios días, su suspiro fue de alivio.
-o-
El sol ya había comenzado a esconderse entre las montañas del horizonte, coloreando el cielo de distintos tonos de naranja por eso, cuando ella sugirió descansar él no puso ninguna objeción, incluso se ofreció a buscar algo de comer para ambos.
Pudo darse cuenta que Kikyo aún no estaba del todo acostumbrada a ser nuevamente una humana por completo así que le pareció bien no presionarla demasiado, además esa noche era de luna nueva así que mientras menos se toparan con situaciones que los pusiera en peligro, era mejor. También el inicio de su viaje hacia el sur había sido tan pesado por culpa del silencio interminable entre ellos dos que agradeció esta oportunidad para que ambos pudieran relajarse.
Sosteniendo un par de desafortunados conejos por las orejas se acercó a paso apacible de regreso al claro en medio de la profundidad del bosque donde Kikyo le esperaba, la vio sentada debajo de uno de los árboles que rodeaban el espacio donde InuYasha había encendido una fogata que les ayudaría a pasar más tranquilamente su noche.
La mirada de la sacerdotisa estaba perdida en el melocotón que sostenía entre ambas manos, parecía verlo como si se tratara de un objeto peligroso, InuYasha bajó más su vista notando en el regazo de la sacerdotisa el resto de frutos que él había cortado para ella antes de ir a cazar la que sería la cena de ambos.
InuYasha se colocó frente a la fogata, justo del lado opuesto a Kikyo para así poder observar directamente a la mujer frente a él, se arrodilló cerca del fuego y colocó el par de animales en el suelo.
—Anda, cómelo —la animó al notar su exagerada desconfianza en el inocente fruto, Kikyo le dirigió una mirada llena de curiosidad, casi como la de una niña—. He escuchado que en esta temporada tienen buen sabor.
No pudo evitar hacer una mueca de incomodidad al recordar de quién había escuchado ese dato, bufó fastidiado y tomó de nuevo a una de sus presas con la intención de desollarla para colocarla en el fuego. La manera en que la sacerdotisa bajó nuevamente su vista hasta el melocotón lo intrigó, la vio llevar el fruto hasta su boca e hincarle una sustanciosa mordida que provocó que el jugo en el interior se le resbalara de entre la comisura de los labios.
Su corazón dio un vuelco al notar como Kikyo alejó despacio el fruto de su rostro y, con su mano libre, limpió el líquido que corría como un hilo hacia su barbilla. Se quedó en silencio cuando la sacerdotisa llevó sus dedos hasta sus labios, sus mejillas femeninas se pintaron suavemente de rosa y sus ojos avellana parecieron bailar en un brillo cristalino.
InuYasha dejó a un lado el cuerpo sin vida de la que sería su cena, se puso silenciosamente de pie y caminó hasta la sacerdotisa frente a él, rodeando la fogata que los separaba.
—Kikyo, ¿te sientes bien? —inquirió cautelosamente, arrodillándose frente a ella para poder verla a los ojos. Kikyo, quien desde que notó que se acercaba a ella no había dejado de mirarlo, enterneció su semblante con un aura de aflicción. Esa melancolía en el semblante de la sacerdotisa le supo a una añoranza del pasado, como cuando se conocieron.
—Desde que era una niña, amaba el sabor de los melocotones, cada temporada los esperaba con ansias —comenzó a explicarse con profunda calma, InuYasha se quedó en su sitio escuchando en silencio—. Por eso, después de nuestro terrible primer encuentro cuando la bruja Urasue me resucitó en un cuerpo de barro, apenas tuve la oportunidad de tener uno en mis manos lo comí con afán pero...lo único que llenó mi boca fue una espantosa sensación de ceniza y un sabor a azufre.
No fue capaz de sostenerle más la mirada así que enfocó su vista en el resto de melocotones que descansaban sobre los muslos de Kikyo. Era muy difícil darse cuenta de todo el calvario que ella había pasado no solamente al morir asfixiada por el odio que Naraku les hizo sentir a los dos, sino también cuando aquella bruja, Urasue, la trajo de vuelta en pro de sus ambiciones egoístas.
—¿Eras incapaz de comer cualquier cosa? —preguntó suavemente, sintiendo pesar en cada palabra.
—Yo no pertenecía más a este mundo, no tenía derecho a disfrutar lo que éste le brindaba a los vivos —le respondió secamente, tomando de nuevo esa postura fría y distante que se había vuelto tan común en ella desde que resucitó.
InuYasha tuvo que morderse los labios en un intento por contener su malestar por lo que Kikyo estaba narrando, en cierta forma se sentía responsable haber sido tan insensible a su sufrimiento; desde que él había despertado del sello que lo mantuvo dormido su vida no había hecho más que mejorar. Le sabía terrible reconocer que incluso había llegado a sentirse feliz...
Después de que había conocido a Kagome…
No lo hice por ti…
De nuevo esa sensación pesada en su pecho comenzaba a burbujear, aquella que le provocó el desdén de Kagome. Aclaró su garganta tratando de tragar lo que sea que estuviera rasgando por dentro.
Un fuerte palpitar le recorrió todo el cuerpo y percibió su cuerpo un poco más pesado, notó de inmediato los mechones de su cabello que descansaban en su hombro cambiar del plateado a un tono tan oscuro como la noche que había terminado de caer. Levantó ambas manos hasta su vista solo para corroborar que sus filosas garras también habían desaparecido. Exhaló con resignación, la luna nueva hacía acto de presencia una vez más.
El delicado roce de unos delgados dedos sobre su mejilla lo descolocaron por completo, abrió sus ojos con sorpresa y alzó su mirada hasta encontrarse con la de Kikyo. En el rostro de la sacerdotisa ya no había un solo indicio de frialdad, sus pupilas se dilataron suavemente, además brillaban tanto que parecía a punto de llorar.
—¿Kikyo…?
—Nunca antes había visto tu forma humana —Kikyo contenía el quiebre en su voz.
A InuYasha se le escapó el aire en un jadeo de asombro, era verdad. Kikyo jamás había conocido esta parte tan vulnerable de él, ¿por qué se había sentido tan confiado de pasar esa noche como si nada?, ¿se había acostumbrado tanto a la presencia de sus amigos cerca de él en las noches de luna nueva? ¿A la presencia de Kagome?
No lo hice por ti…
—¿Te ha parecido una tontería algo de lo que he dicho, InuYasha? —la pregunta de Kikyo lo hizo despertar de su ensimismamiento
—No —clavó su mirada en la suya tratando de transmitirle su total sinceridad—. Jamás podría parecerme una tontería, Kikyo.
Contuvo la respiración y se negó a hacerse hacia atrás cuando su mente se lo exigió a gritos, en lugar de eso cerró los ojos y permitió que Kikyo se acercara más íntimamente a él posando sus labios sobre los suyos. Por los viejos recuerdos, por la oportunidad que ahora tenían de crear nuevos, se preguntó si esto estaba bien.
Sus labios eran cálidos, totalmente diferente a la gélida sensación que fue la primera vez que lo besó después de resucitar, aquella noche que intentó arrastrarlo con ella al otro mundo. El simple roce se hizo más profundo haciendo que él percibiera el ligero rastro ácido del melocotón en la boca de Kikyo.
Si se suponía que debía invadirlo la emoción, ¿por qué se estaba sintiendo vacío? ¿Por qué le sabía a mentira?, ¿por qué sentía que este no era el camino correcto?
Irónicamente, ahora entendía a lo que Kikyo se refería cuando habló de la sensación de ceniza y sabor a azufre…
-o-
La biblioteca cercana a su escuela fue el único lugar donde sus amigas no la buscaron después que escapó de ellas apenas las clases terminaron, lo cual le vino como anillo al dedo pues así tuvo la oportunidad, no solo de estudiar en silencio para conseguir ponerse al corriente con sus materias, sino también de lograr distraerse del mar de problemas que se le estaba por venir encima apenas regresara a la era Sengoku.
—Am, ¿disculpa? —una desconocida voz intentó llamar educadamente su atención, Kagome levantó suavemente su vista del libro que estaba leyendo encontrándose de frente con un chico alto de cabello cobrizo y ojos color verde, lo vio sonreírle con vergüenza al mismo tiempo que llevaba una de sus manos hasta su nuca—. Me apena mucho interrumpirte pero estamos a punto de cerrar y, bueno, no sería muy educado de mi parte dejarte aquí encerrada.
Kagome jadeo de sorpresa y dirigió su vista hacia una de las ventanas del establecimiento, notando una oscuridad percudida por las interminables luces de la ciudad.
—Lo siento mucho —se disculpó al mismo tiempo que dejó el libro sobre la mesa y se puso torpemente de pie—. No me había dado cuenta que era tan tarde.
El desconocido chico le dedicó una alegre sonrisa—. No pasa nada, es muy normal que eso pase por aquí —bajó sus ojos verdes hasta el libro que ella acababa de soltar, señalándolo quietamente con su dedo índice—. Puedes llevártelo si quieres. Si no estás registrada puedo darte de alta en un momento, no me tomará ni cinco minutos.
—¡Ah, no, no! —negó con un movimiento de su cabeza, sonriendo torpemente—, tengo este libro es solo que...lo dejé en otra parte. Espero recuperarlo este fin de semana.
Se mordió el labio inferior con incomodidad, ese había sido uno de los libros que InuYasha le había llevado a la era Sengoku mientras estuvo recuperándose de sus heridas. Quizá no había sido muy inteligente de su parte huir despavorida de regreso a su casa sin llevarse ninguna de sus cosas.
—Bien, entonces este vendrá conmigo —continuó con optimismo el aún desconocido frente a ella tomando el libro con su mano derecha.
—Muchas gracias —Kagome hizo una suave reverencia, pretendiendo ser educada.
—Tú eres Higurashi del grupo A, ¿no es verdad? —preguntó el chico de ojos verdes, al parecer ella no era del todo una desconocida para él—. Creo que te he visto una o dos veces con Hojo-san.
—¿Estás en el grupo B, con él? —preguntó en un intento por reconocerle de algún lado, él asintió sin dejar de sonreír y ella le regresó la sonrisa sintiéndose apenada—. Perdóname, no creo recordarte.
—Está bien. Él es el popular, yo soy el raro que trabaja medio tiempo en la biblioteca a dos cuadras del colegio —le quitó peso al asunto con humor, permitiendo así que Kagome se relajara—. Igual y te sigue sin sonar de nada pero me llamo Murata Taiki.
—Ahora voy a recordarlo, Murata-san —le respondió Kagome agradecida de ahora conocer su nombre.
—Solo Taiki, está bien —ofreció el ahora identificado Taiki siguió levantando el resto de libros que había en la mesa de al lado, Kagome acató con un suave movimiento de su cabeza—. ¿Sabes?, por las veces que te había visto con Hojo-san solía pensar que ustedes estaban saliendo o algo así.
—Sólo somos amigos —respondió Kagome animada a seguir con la conversación, por alguna razón no se sentía asediada o incómoda con eso—. Además, escuché que ahora tiene formalmente una novia.
—Sí, esa es la comidilla del momento, ¿no? —bromeó Taiki logrando que Kagome dejara escapar una divertida risita—. ¿Vas rumbo a tu casa? La semana pasada abrieron un café a unas calles de aquí, es una de esas franquicias americanas que parecen estar de moda. Pensé ir a conocerlo apenas terminara aquí, ¿te gustaría ir conmigo?
Kagome no pudo evitar abrir sus ojos con sorpresa. Taiki pareció notar su repentina incomodidad así que volvió a sonreírle tratando de aligerar el ambiente.
—Descuida, es viernes de paga así que yo invito —insistió terminando de apilar entre sus manos los libros que había levantado de todas las mesas.
Su primer instinto le dijo que se negara a su invitación, que lo hiciera de la manera más educada e indolora posible pero, por alguna razón, no quería hacerle caso a esa voz en su cabeza que le decía que no estaba bien aceptar, que debía regresar a su casa y descansar pues mañana sería un fin de semana complicado en la época feudal.
—¿Eso es un no? —Taiki preguntó cortésmente sin abandonar su buen humor, no parecía ofendido ni decepcionado.
Kagome le sonrió animadamente—. Me encantaría tomar un café contigo, Taiki-kun —respondió por fin. Taiki se aferró a la montaña de libros en sus brazos con energía.
—¡Genial! —soltó vivazmente—. Sólo iré a organizar a estos bribones e iremos allá, ¿está bien?
Ella simplemente asintió y él se alejó a paso veloz de entre los pasillos perdiéndose entre las tantas estanterías repletas de libros, yendo de aquí a allá mientras organizaba los volúmenes en sus manos.
Lograr salir adelante.
Escuchar esa frase esa mañana había provocado un agujero en su pecho, pero ahora se sentía diferente. Estaba bien distraerse, estaba bien formar una nueva amistad con, según sus palabras, el raro chico de la biblioteca. No había nada malo o impuro. No había segundas intenciones dentro de ella. Solo tres palabras que se sentían como profundos latidos en su pecho.
Lograr salir adelante...
N.A: Disfruté muchísimo redactar este capítulo, fue una curiosa mezcla entre denso y liviano que por alguna razón se sintió refrescante. Quiero aprovechar los momentos que se sientan livianos en este fic porque, debo advertir, puede que no se den mucho así que espero que para ustedes también sean un descanso después de tanto angst que ya hemos pasado y lo que estamos a punto de pasar.
Ah, lo había olvidado en mis notas del capítulo pasado pero quería que supieran la razón por la que se llamó Crisantemo: el crisantemo en el lenguaje de las flores tiene distintos significados según su color. Para este capítulo me enfoqué principalmente en los crisantemos amarillos cuyo significado es "Amor desdeñado/menospreciado" creo que embona muy bien sobre todo en la penúltima parte en la discusión que tienen InuYasha y Kagome y cómo él termina interpretando todo.
Soy muy distraída, perdón, de hecho debo confesar que basé la escena de Kagome garabateando sin prestar real atención a sus amigas en experiencias propias xD
Ahora, este capítulo se llama Loto: la flor de loto tiene un simbolismo espiritual muy importante, significa la paz y tranquilidad que los seres humanos tanto anhelamos, en algunas ocasiones también se le relaciona con el renacimiento. Por eso, en un capítulo donde quise plasmar las ganas de Kagome de salir adelante, me pareció que embonaba muy bien.
El hanahaki en este capítulo pudo no presentarse pero, quiero advertir, está a punto de reventar.
Ah, una ultima cosa, el nombre del nuevo amigo de Kagome (Taiki) quiere decir "grandes esperanzas", ¿lo será?
Muchísimas gracias por todos y cada uno de sus comentarios. Son todos tan hermosos y con verdadero contenido que me motivan a actualizar lo más pronto que me es posible. ¡Créanme que los atesoro en el corazón!
Nos leemos en el próximo capítulo.
-Kao.
