Nota al inicio: No suelo hacer esto pero, como este capítulo es un pelo más largo de lo que acostumbro a ofrecerles, me pareció prudente avisar que así es. También creo que debo advertir, sobre todo a aquellos Inukag shippers que sean muy sencibles, que este capítulo es un poco difícil, así que por favor ¡no me maten!, soy una buena persona ¡lo juro!

Flores de cementerio.

[Hiciste crecer flores en mis pulmones, y aunque son hermosas...no puedo respirar]


VI.

Dalia.


El viento de primavera soplaba armoniosamente, tan fresco que le enfriaba las mejillas. Abrió perezosamente sus ojos, se quitó del rostro los mechones plateados de su cabello que el viento hacía bailar, cosquilleando cerca de su nariz. Alzó su vista hacia arriba, notando el quieto movimiento de las altas ramas del árbol que amablemente le brindaba sombra para protegerse del sol de aquella tarde y él aprovechaba para recostar su espalda en el firme tronco de madera.

Un agudo ronquido llamó su atención haciendo que bajara su vista hacia su izquierda. En el suelo, a unos cuantos pasos de él y resguardándose bajo el mismo árbol, Shippo y Kirara dormían a pierna suelta, sin la más mínima preocupación.

—InuYasha —una jovial voz femenina le nombró, haciendo que sus sentidos terminaran de despabilarse, volteó a su derecha y la vio de pie a unos pasos del lugar donde él y sus pequeños amigos descansaban. Kagome le sonreía como un sol mientras sostenía entre sus brazos lo que parecían ser unas flores de un vibrante color rojo—. ¿Sango-chan y Miroku-sama aún no han regresado?

El chico de ojos dorados parpadeó unas cuantas de veces, tratando de apartar la sensación de encandilamiento que le provocó el verla sonreír, e hizo una mueca tratando de fingir pereza al mismo tiempo que llevaba ambas manos detrás de su nuca, poniendo un poco más de peso en el tronco del árbol—. No, aún no —contestó con un bufido, recordando que su par de amigos habían ido a un pueblo no muy lejano de ahí en busca de provisiones, para así tomar un respiro después de una ardua mañana buscando a su enemigo—. Apuesto que los habitantes de esa aldea no son ningunos tontos y no le han creído ninguna de sus patrañas al abusivo de Miroku.

Kagome no pudo evitar soltar una bonita risa que hizo un eco en toda la cabeza del hanyou, llenándolo de una melódica paz, ante ese comentario que intentó acallar con una de sus manos, provocando que un par de las flores que cargaba en sus brazos cayeran y terminaran aterrizando en sus pies.

—¿Qué llevas ahí? —preguntó con curiosidad, no parecía algo que pudiesen comer.

—Ah, encontré un arbusto lleno de camelias a unos pasos de aquí y no pude evitar traerlas conmigo —le respondió la chica de ojos de un color similar al ébano, la vio arrodillarse cerca de él al mismo tiempo que levantaba las flores que había tirado en su descuido—. Son muy bonitas, ¿no te parece?

InuYasha arqueó una ceja denotando su escepticismo—. ¿Tienen algún uso medicinal o algo así? —continuó con su interrogatorio, a veces Kagome hacía o decía cosas que le costaba mucho entender. Era una chica tan extraña en verdad.

—No. Ninguno en realidad —confesó Kagome sin desistir en su buen humor ni por un momento, a pesar que el medio demonio frunció el entrecejo un poco molesto, cada vez entendía menos las intenciones de la muchacha frente a él—. Solo las recolecté porque recordé que, cuando era pequeña, mi abuelo solía contarme una leyenda sobre estas flores.

—¿Una leyenda? —preguntó irguiendo su espalda ligeramente del respaldo que mantenía en el tronco de madera. Demostrando su repentino interés que provocó en la joven frente a él una sonrisa satisfecha.

Kagome asintió suavemente con un movimiento de su cabeza—. Me contó que Susanowo, el dios del mar, luchó contra una horrible serpiente de ocho cabezas usando un rayo de sol como espada —comenzó al mismo tiempo que colocaba una a una las flores en su regazo, resguardándolos en la cuna que se formaba en sus muslos cubiertos con la tela de su falda color verde—; cuando logró matarla, bañó su espada con su sangre y fue hasta su amada, clavó el rayo de sol ensangrentado en el suelo y brotaron de ahí las camelias.

—¿Qué dices?, ¿de la sangre de ese monstruo salieron flores?, vaya mentira —acusó para nada convencido de eso. Era imposible que, de la sangre, germinaran camelias.

—Bueno creo que, más que eso, nacieron del amor que el dios quería demostrarle a su mujer después de luchar por ella pues, por culpa de ese demonio, estuvo a punto de perderla —contestó ella dirigiendo su mirada a las flores que había dejado en su regazo, acariciando uno de los rojos pétalos con sus delgados dedos. InuYasha se perdió un momento en esa imagen, un poco celoso de esas flores, pero pronto regresó a sí mismo cuando la escuchó hablar de nuevo—. Mi abuelo también me dijo que, por esa leyenda, estas flores para muchos representa al amor puro. ¿No crees que es maravilloso, InuYasha?

Los ojos de Kagome, cuando alzó su vista hasta él, brillaban con alegría y hacían un perfecto juego con su sonrisa y sus mejillas de color rosado. InuYasha tuvo que arrugar su nariz ante la incomodidad de sentir sus propias mejillas enrojecerse, cerró los ojos al mismo tiempo que apartaba su cara hacia otro lado.

—Pero qué tonterías dices —bufó cruzándose de brazos y apretando los labios, dándole un aspecto refunfuñando—. Nada de eso tiene algún sentido. Las flores son flores y ya, no nacen de la sangre y mucho menos tienen algún significado.

Escuchó a la chica resoplar con fastidio, le pareció oírla decir que el problema era que él era un insensible pero, para ser sincero, la voz de Kagome fue como un eco lejano. Como si se estuviera alejando de él hasta desaparecer.

Un fuerte dolor en el pecho le robó todo el aire y lo obligó a despertar abruptamente. El sol de esa tarde de primavera, así como la sonrisa de Kagome, se había esfumado, aunque aparentemente él aún estaba con su espalda recostada sobre el firme tronco de madera de un árbol en medio de un solitario bosque. Ahora el manto oscuro de una sofocante noche de verano era todo lo que le recibía cuando observó a su alrededor.

Talló su ojo izquierdo con su mano, en un ademán de molestia por el sabor amargo que su sueño le había dejado en su boca, a pesar que mientras estuvo dormido parecía tener un sabor extremadamente dulce. Tratando de reconocer lo que fuera estudió con su vista, limitada a solo lo que la luz de la luna y las estrellas podían regalarle, todo lo que estuviera frente a él: los leños enrojecidos de una fogata a punto de morir, los restos de espinas y escamas del par de pescados que fueron su cena de esa noche y un cuenco con agua lo suficiente para dos personas.

Tuvo que contener un jadeo culpa del pesado escalofrío que le recorrió el cuerpo cuando sintió un ligero movimiento en su pecho, bajó su mirada y el rostro apaciblemente dormido de Kikyo le dio la bienvenida. La sacerdotisa se acurrucaba celosamente en su torso, aferrándose incoscientemente a sus ropas de color rojo mientras él le abrazaba la espalda.

Maldijo una y otra vez la sensación amarga que viajó desde la boca de su estómago hasta su garganta, produciéndole intranquilidad. ¿Qué clase de juego macabro le estaba jugando su mente con esa clase de recuerdos donde aparecía Kagome cuando en realidad despertaba con Kikyo en sus brazos?

Desde la pasada noche de luna nueva, y aquel beso que correspondió a Kikyo, la relación de ambos parecía estar tomando el cauce que había perdido hace tanto tiempo. Aún cuando no podía evitar sentirse ansioso o nervioso, quizá era terquedad suya pero de verdad estaba luchando contra todo eso, de todos modos sentía que Kikyo lo merecía.

Lo único que quería era que dejara de sentirse como un error.

Apretó los ojos con frustración e hizo su cabeza hacia atrás, dejándola chocar levemente con el duro tronco de madera. Abrió despacio sus párpados y dirigió su vista hasta la copa del árbol, en un intento muy absurdo de evitar mirar a Kikyo, quien parecía totalmente ajena a la aflicción que le quemaba el pecho. En un intento absurdo de no sentir esa sensación de asfixia.

Lo único que quería...era dejar de soñar con Kagome.

-o-

—¿Estás segura que está bien si me marcho,no les haré falta? —Kagome no podía evitar sentirse culpable, afianzando su mochila amarilla en su espalda en un intento por deshacerse de la incomodidad que le invadía. Estaba de pie a unos cuantos del pozo devorador de huesos que le llevaba a su época, frente a ella su amiga exterminadora de demonios, Sango, la escuchaba atentamente.

Sango se encogió de hombros y le sonrió, el sol del recién amanecer le coloreaba sus cabellos castaños de un tono rojizo—. Hemos buscado por varios días el escondite de Naraku y no hemos podido dar con su escondite —le animó sin borrar la sonrisa de sus labios que le marcaban unos adorables hoyuelos en sus mejillas—. Nosotros entendemos que tienes que regresar a tu casa.

Kagome hizo una ligera mueca de malestar. Habían viajado al norte, tal y como habían acordado con InuYasha y, a pesar de seguir las instrucciones que las shikigamis de Kikyo marcaron y tratar de examinar todo el área por varios días, no habían encontrado nada relevante.

—Houshi-sama sugirió viajar nuevamente al norte y buscar en áreas cercanas a donde InuYasha nos indicó —Sango continuó con la conversación, logrando llamar poderosamente su atención—. Haremos eso mientras estás en tu casa, en tres días vendré aquí con Kirara para llevarte con nosotros.

La chica de cabello azabache asintió con un movimiento de su cabeza—. Sí. Muchas gracias, Sango —la sonrisa que intentó forzar en su rostro apenas y dibujaba una curvatura en sus labios. Dio un par de pasos hacia atrás y giró su cuerpo con dirección al pozo, preparándose para saltar—. Entonces será mejor que me vaya, cuídense mucho, Sango-chan.

—Kagome-chan —su amiga le detuvo abruptamente antes que ella diera un último paso hacia el pozo, Kagome giró levemente su cabeza para poder observar de nuevo a la chica justo atrás de ella—. Es muy probable que, cuando regreses, InuYasha y Kikyo ya estén aquí con sus propias novedades. Estás consciente de eso, ¿verdad?

La manera en la que tuvo que luchar para mantenerse de pie a pesar de los escalofríos que la invadieron, tan potentes como para romperle las piernas a cualquiera, le pareció toda una proeza. Cerró los ojos y tomó todo el aire que pudo para después dejarlo escapar suavemente.

—También es probable… —Sango prosiguió al darse cuenta que no recibiría una respuesta inmediata, Kagome la escuchó tomar aire como si buscara valor para continuar—. Que la relación de ellos dos ahora…

—Estoy consciente, Sango-chan, de todo eso...estoy consciente y, de verdad, no me afecta —Kagome cortó de tajo, regresando su mirada hacia enfrente, dándole la espalda a la exterminadora—. No te preocupes por eso, por favor.

—¡Por supuesto que me preocupa!, ¡por supuesto que te afecta! —Sango cerró sus manos en puños, en señal de frustración—. Kagome-chan, tú…

—Te agradezco mucho, Sango-chan —volteó a ver a su amiga con una sonrisa que evidentemente era falsa—. Créeme, por favor, voy a estar bien. ¿Sabes?, ahora mismo estoy muy bien.

La exterminadora bajó la mirada, sintiéndose un fracaso, levantó la mirada apenas escuchó la apertura del portal en el fondo del pozo, anunciándole que su amiga había saltado dentro. Los bordes de madera parecieron destellar en una luz azul por un segundo e inmediatamente se apagaron, hubiese quedado todo en silencio si no fuese por las aves a lo lejos cantando alegremente al día que estaba comenzando.

Dio un suspiro tan pesado que sintió su pecho dolerle, a veces su amiga podía ser tan o más testaruda que el mismo InuYasha.

-o-

Fue hasta el séptimo día de su viaje que por fin encontraron la que parecía ser la entrada a una cripta abandonada, con la espesa neblina causada por el húmedo clima de esa mañana era difícil distinguir si era un lugar realmente deshabitado, aunque sin lugar a dudas la peste de Naraku se adhería fuertemente a todas las paredes.

InuYasha frunció el ceño, tratando de asimilar la mala espina que le provocaba aquel lugar. Dirigió su vista hacia su derecha, donde una analítica Kikyo observaba el acceso a la fría caverna quizá ya planeando cien formas de hacerle frente a lo que sea que los estuviera esperando bajo esas viejas y mohosas escaleras.

Sería una mentira si negara que lo sacó de balance la forma en que Kikyo le sonrió cuando se dio cuenta que él la estaba observando—. ¿Entramos, InuYasha?

Él pasó saliva tan lentamente que le quemó, asintió con un firme movimiento de su cabeza y caminó unos pasos delante de ella. Procurando así ser él el primero en recibir cualquier ataque, si acaso iban a caer en alguna trampa—. Vamos —le indicó con determinación.

Bajaron los helados escalones uno a uno, con cuidado de no resbalar, el ambiente en el interior de esa bóveda de fría y húmeda piedra era tan gélido como el propio invierno. Conforme más avanzaba, más podía percibir el desagradable olor de Naraku, aquella repugnante mezcla de carne chamuscada, sangre de demonio e insectos machacados.

Llegaron hasta el centro de la cripta, la cual estaba tenuemente iluminada con antorchas encendidas, evidente señal que alguien los estaba esperando. Kikyo se quitó el arco de la espalda y tomó una flecha de su carcaj, previniendo cualquier movimiento enemigo, InuYasha hizo lo propio sujetando la empuñadura de su espada.

Estudio con su vista todo a su alrededor hasta que vio una extraña forma adherida a una de las paredes. Se acercó cautelosamente, parecía ser un demonio clavado a la piedra fría de la cripta, por su falta de pulso y por la manera inerte en la que el ser miraba hacia el suelo, InuYasha adivinó de inmediato que estaba muerto pero, ¿por qué ese cadáver olía exactamente igual que Naraku?, ¿Era un ejemplar fallido de otra de sus extensiones?

—InuYasha —Kikyo le llamó pidiendo su atención, el semi demonio dirigió su vista hacia la sacerdotisa y alzó su mirada hacia el techo tal y como ella se lo indicó con un ademán de su mano: el techo estaba lleno de picas tan filosas que, de caer, sin duda les perforarían la carne.

Los ojos de InuYasha se abrieron tan violentamente que sus cuencas dolieron, ese ser con la misma peste de Naraku era solo un sucio señuelo y toda esa cripta…

Un grito tan agudo como gutural le heló por completo la sangre. Tanto InuYasha como Kikyo dirigieron su atención a la criatura clavada en la pared. La expresión de dolor de aquel demonio era desgarradora, además sus gritos eran tan chirriantes que le lastimaba los oídos y hacían temblar por completo la caverna.

Maldita sea…

Una de las picas del suelo cayó tan cerca de él que apenas y pudo saltar lejos de ella. Apenas la punta se clavó con violencia en el suelo, de este comenzó a desprenderse un fétido y pesado humo color púrpura. El veneno de Naraku.

—Ugh, ¡Kikyo! —la nombró al tiempo que se cubrió la nariz con la manga de sus ropas, aunque ya comenzaba a sentirse mareado, aquella criatura volvió a vociferar un terrorífico grito que volvió a cimbrar la cueva donde estaban atrapados.

Podía escuchar la pesada lluvia de lanzas creadas con la piedra de la cripta cayendo desde el techo, sus sentidos sobrehumanos le ayudaban a esquivarlos a tiempo al mismo tiempo que obligaba a su sentido del olfato a, entre todo ese apestoso miasma, intentar buscar el aroma a lavandas, ese perfume que sólo era de Kikyo.

La desesperación le bombeaba en el pecho tan violentamente que era incluso doloroso.

No podía dejar que Kikyo muriera de nuevo, esto no podía llegar hasta aquí.

Porque eso también significaba que el sacrificio de Kagome era completamente en vano.

-o-

—He estado investigando un poco sobre ti, Higurashi Kagome-san —escuchó una voz masculina nombrarla obligando a levantar su mirada de la libreta de apuntes que su amiga Ayumi amablemente le había prestado para conseguir ponerse al corriente con sus clases.

Sentada en el suelo en uno de los, al menos eso pensó, solitarios pasillos de su escuela a la hora que la gran mayoría de sus compañeros pasaban lo que quedaba de la tarde en sus clubes extracurriculares, la silueta frente a ella lucía mucho más alta de lo que probablemente era. Subió su vista hasta encontrarse con unos ojos verdes que brillaron con intensidad apenas notaron que lograron llamar su atención.

—Taiki-kun —lo llamó con un hilo de voz, el chico de cabello cobrizo se arrodilló cerca de ella para poder verla apropiadamente a los ojos sonriéndole satisfecho por encontrarla, Kagome ladeó su cabeza con evidente curiosidad—. ¿A qué te refieres con que has investigado sobre mí?

Taiki desvió su mirada con un poco de vergüenza reflejada en su rostro, especialmente en sus mejillas que se entintaron suavemente de rojo—. Bueno, a decir verdad, el lunes siguiente a nuestra visita al café estuve buscándote por toda la escuela y no te encontré. —Taiki regresó su mirada hacia ella al mismo tiempo que llevaba una de sus manos hasta su nuca y sonrió apenado—. Llegué a pensar que la pasaste tan mal que me estabas evitando a toda costa. Lo cual hubiera sido terrible porque yo me divertí muchísimo.

Kagome sintió su quijada caer suavemente con una mezcla entre sorpresa y vergüenza. Aún sentada sobre el suelo, retrajo sus rodillas y abrazó contra su pecho la libreta de apuntes.

—Discúlpame, por favor, no era mi intención que pensaras eso —se balanceó sobre sus muslos en un intento por sentirse más cómoda.

Taiki simplemente relajó su espalda en un ademán despreocupado—. Ahora lo sé —le aclaró con tranquilidad—. Lamento mucho estés pasando por tantas enfermedades tan seguido, no debe ser nada fácil.

Instintivamente dibujó una suave sonrisa en sus labios, recordando que esa era la mentira recurrente que utilizaba su abuelo para justificar sus faltas a la escuela—. Sí, es un poco difícil, pero mira —complementó animadamente al mismo tiempo que levantaba la libreta que le había prestado Ayumi. No sabía muy bien por qué, pero de pronto ya no se sentía tan incómoda —. Intento con todas mis ganas seguir al corriente, y mis amigas me ayudan mucho con eso.

—Eso siempre es de agradecer, ¿no es así? Contar con buenos amigos —la sonrisa de Taiki era tan amplia como sincera, Kagome llevó la libreta de entre sus brazos contra su pecho, la abrazó aprensivamente y afirmó con un suave movimiento de su cabeza. No solo pensó en sus amistades de esa, su época, sino también en sus amigos de la era Sengoku. Pensó en Sango, en Miroku, en Shippo.

En InuYasha...

—No la pasé nada mal ese viernes contigo, Taiki-kun —de pronto sintió la necesidad de aclararlo—. Yo también me divertí muchísimo.

Los ojos verdes del chico frente a ella parecieron brillar de emoción—. Bueno, eso es todavía mejor —Kagome lo vio ponerse de pie al mismo tiempo que le ofrecía su mano para que ella hiciera lo mismo—. No creo que sea bueno para tu salud estar en el suelo tan frío, yo voy rumbo a mi turno en la biblioteca. Puedes estudiar allá, creo que estarás mucho más cómoda.

Aceptó de buena gana su invitación tomando su mano, la cual era delgada y un poco fría, lo soltó apenas se puso de pie. Sintiéndose de pronto muy fuera de lugar. El joven de cabellos cobrizos la miró con curiosidad por un instante pero volvió a curvar sus labios en una sonrisa intentando así que ella se relajara, lo consiguió casi de inmediato pues Kagome se sintió libre de relajar los labios para después caminar a su lado cuando Taiki inició su viaje con dirección a la salida principal del colegio.

-o-

Tuvo que contener las muchas ganas que tenía de tirar a patadas la puerta corrediza de la solitaria pagoda que encontró en las profundidades del bosque, después de lograr escapar de la que su enemigo había planeado que sería su tumba y la de Kikyo.

Abrió la puerta tan desesperado que no supo de dónde sacó la paciencia para cerrarla de nuevo una vez entraron, bajó su mirada hasta su pecho: la mujer en sus brazos permanecía inconsciente, con su cuerpo cada vez más frío y con una atroz herida en el costado derecho de su abdomen que no paraba de sangrar, manchando tanto sus ropas como las del hanyo.

—Inu...Yasha —la sacerdotisa pareció entrar en sí cuando el medio demonio la depositó con cuidado en una cama improvisada con paja y sábanas viejas.

—No hables —le ordenó, pero sonaba más como si fuera una súplica—. Tengo que detener el sangrado.

Se alejó unos pasos de ella y buscó en toda la choza de madera algo que pudiera utilizar para curar las heridas de Kikyo. Todo parecía indicar que era un sitio que solía utilizarse para realizar ritos o rezos, pues pudo encontrar suficiente agua limpia en un pequeño barril, botellas de madera repletas de licor para rituales y sábanas que, aunque ya polvosas, eran bastante útiles para improvisar unos vendajes.

Se arrodilló a un lado de Kikyo y rasgó una de las sábanas para así tener un par de trapos. Uno lo sumergió en el agua fría y otro lo bañó con el licor. No era para nada un experto en tratar heridas, después de todo las suyas solían curarse rápidamente y por sí solas. Sólo tenía en mente lo que Kagome solía hacer cuando llegó a necesitarlo.

Movió su cabeza de derecha a izquierda repetidamente, tratando de alejar de su cabeza pensamientos que ahora mismo no venían al caso y enfocó su vista en las ropas de Kikyo, que solían ser de un pulcro color blanco, ahora completamente pintadas del carmín de su sangre. Pasó saliva tan lentamente que la garganta le quemó, sabía muy bien que tenía que quitarle esa tela maltrecha para poder observar bien su herida para limpiarla y curarla correctamente.

Sus manos temblaban cuando acercó sus dedos hasta la empapada tela y la retiró siendo lo más cuidadoso posible, descubriendo por completo el torso del cuerpo femenino postrado frente a él. Apartó su vista tan rápido como pudo cuando, al tirar la tela ensangrentada hacia un lado, también liberó los pechos de Kikyo.

Cerró los ojos un minuto y soltó un resoplido que llamaba a la cordura. Tomó el paño humedecido con agua y, sin mirar hacia otra parte, comenzó a limpiar toda la sangre que se había extendido por el abdomen y el costado del cuerpo femenino, teniendo cuidado de no presionar fuertemente sobre la herida y eso le causara algún dolor.

En un descuido, sus dedos tocaron la piel de la sacerdotisa en lugar de la tela que ya se había tornado de color rojo. Un espasmo de preocupación le hizo levantar su vista hasta el rostro de Kikyo, estaba sudando muchísimo y su temperatura estaba subiendo casi sin control. Tratando de mantenerse tranquilo, buscó a su alrededor la ya rasgada tela de una de las sábanas y la rompió una vez más para obtener un tercer trapo que, tan rápido como pudo, sumergió en el agua fría y la colocó sobre la frente de la sacerdotisa, cuidando que el cabello de su flequillo no interfiriera en su labor, haciéndolo a un lado con su mano libre.

—Él quería esto —la voz de Kikyo era ronca y débil

—No hace falta que lo digas —intentó cortar la conversación. Se sentía tremendamente frustrado por no haber sido capaz de protegerla.

—No quería matarme, quería comprobar que soy nuevamente una humana —ella insistió.

—Si no dejas de hablar vas a comenzar a delirar por la fiebre —InuYasha le advirtió una última vez, volviendo su vista hacia su herida, buscando a tientas el paño empapado con alcohol—. Necesito curar tu herida, tendrás que aguantar un poco.

Kikyo gimió de dolor cuando el alcohol hizo contacto con su piel lastimada pero InuYasha siguió con su labor, procurando presionar un poco con el paño hecho un casi una bola entre sus dedos.

—Espero que con eso baste —habló más consigo mismo que con la chica a la que le curaba las heridas. Tomó una nueva sábana y comenzó a destrozarla en tiras con ayuda de sus filosas garras, para así conseguir lo más cercano a unas vendas. Con los vendajes listos para colocarlos en la herida, tomó a Kikyo de los hombros y la levantó con cuidado. Con la intención de ayudarla a sentarse. Seguramente en ese lugar encontraría ropa nueva para ella, pensó en un intento vago de obviar su desnudez.

Su cuerpo entero se paralizó cuando sintió los brazos de Kikyo rodear su cuello, abrazándose a él con tanto desespero que InuYasha tuvo que colocar sus manos sobre el futón improvisado, colocando sus brazos a cada costado de la cintura de la sacerdotisa.

—¿K-Kikyo? —preguntó aturdido mientras ella parecía intentar jalarlo hacia ella mientras él se aferró a la sábana bajo ellos, negándose a caer sobre su cuerpo. Su cabello plateado caía a cada lado de su cabeza y parecía mezclarse con los mechones oscuros del cabello de Kikyo que terminaba de caer como cascada sobre su espalda.

—Te amo —la voz de Kikyo fue como un eco en un espacio vacío, abrió tanto sus ojos que sus cuencas le dolieron. Sintió como ella se aferró más al abrazo que mantenía en él, haciendo que su pecho desnudo tocara su torso, haciendo totalmente imposible no sentir sus formas redondas aún a través de su propia ropa—. De verdad. InuYasha. Te amo.

El hanyo cerró con tanta fuerza los ojos que pensó que llegaría a lastimarse, se aferró con toda su voluntad a las sábanas del futón que sintió sus garras agujerar la tela. No. Esto no estaba bien. Kikyo estaba herida, había perdido bastante sangre como para hacerla caer en fiebre y ya estaba comenzando a delirar. Sí, eso era.

¿Era eso?, ¿qué estaba pasando con él? No. Necesitaba controlarse, él no iba a aprovecharse así de ella.

Su mente era un verdadero caos cuando sintió los brazos de Kikyo debilitarse, dejando de aferrarse a su cuello. El cuerpo de la sacerdotisa cayó hacia atrás e hubiese caído violentamente contra el suelo si InuYasha no la hubiese atrapado en el aire.

Con cuidado volvió a recostarla sobre el futón ahora maltrecho, llevó sus manos hasta las mejillas de Kikyo, dándose cuenta que la fiebre aún mantenía una alta temperatura en su cuerpo.

Aún aturdido por lo que acababa de pasar, se levantó con cuidado intentando no despertarla, buscó una nueva sábana y cubrió el cuerpo de Kikyo con ella, soltando un pesado suspiro cuando lo hizo. Tomó del suelo el paño ahora seco que se suponía debía estar en su frente y, que en medio del incómodo ajetreo de hace un momento, había terminado por caérsele. Volvió a hundirlo en el agua fría, exprimiendo el exceso, y lo colocó nuevamente en la frente de Kikyo. Ella ya respiraba con normalidad, dormía como si no hubiese provocado un maldito tifón hace apenas unos segundos.

Se llevó ambas manos hasta sus sienes, mierda, mierda, mil veces mierda. Le dolía la cabeza como si alguien lo estuviera estrellando contra una fría pared de piedra. Se levantó de un salto y salió de la pagoda en busca de aire fresco.

El aún cálido sol del atardecer lo recibió, coloreando su piel ligeramente de tonalidades anaranjadas pero, aún así, no podía sentir nada que no fuera millones de escalofríos cimbrando su cuerpo desde los pies hasta la cabeza.

La declaración de Kikyo era sincera, eso lo sabía de sobra. Ella no necesitaba que se lo jurara. El problema fue él, ella quería con toda su desesperación que él le respondiera, ella quería que él...su piel volvió a ponerse de gallina de solo pensar en eso.

"Te amo"

Pero él no respondió, sencillamente fue incapaz. ¿Por qué?

Dirigió su mirada hacia el sol que ya comenzaba a marcharse. Por alguna razón recordó su sueño de varias noches atrás. Aquel donde recordó comparar el sol con la sonrisa de Kagome.

"InuYasha, ¿puedo permanecer a su lado?"

Su pecho comenzó a subir y a bajar con desespero, como si de pronto fuera un pez fuera del agua e intentase con todas sus ganas alcanzar una bocanada de vida. ¿Qué era esa sensación?, ¿una reacción tardía al veneno de Naraku?

"Más que eso, nacieron del amor que el dios quería demostrarle a su mujer...pues estuvo a punto de perderla"

Una ácida sensación comenzó a cortarle de forma tan dolorosa desde el pecho hasta la garganta, obligándolo a comenzar a toser , llevó una de sus manos hasta su cuello y con la otra cubrió su boca sin poder dejar de toser, llegando incluso a tener fuertes arcadas.

"No lo hice por ti...adiós InuYasha"

Cuando aquellas extrañas cuchillas dejaron de lacerar el interior de su garganta no fue capaz de sentirse tranquilo porque la espesa sensación en la palma de su mano simplemente hizo eso algo simplemente imposible.

"Las flores son flores y ya. No nacen de la sangre"

Alejó su mano de su boca y la elevó lo suficiente para poder observar con claridad. Justo de su palma goteaba, de un rojo intenso y viscoso, una mancha de sangre.

Su sangre.

-o-

El resto de la tarde se le fue como agua entre los dedos, pensó que se sentiría una molestia para Taiki pero fue todo lo contrario. Además, con la época de exámenes tan cercana, la biblioteca estaba tan llena que su amigo apenas y tenía tiempo para acercarle a preguntarle si necesitaba algo pues iba de aquí a allá acomodando libros, orientando a otros usuarios del lugar o registrando nuevos préstamos en la base de datos de la biblioteca. A Kagome le pareció admirable que, aún con tanto trabajo encima, Taiki parecía no decaer en su ánimo ni por un instante.

—¿Mucho trabajo? —se permitió ser irónica cuando su amigo de cabello rojizo se puso de pie frente a la mesa que ella estaba utilizando para estudiar y lo vio, por primera vez en toda la tarde, soltar una pesada exhalación de cansancio.

Taiki sonrió y rascó la punta de su nariz tratando de parecer lo más relajado que podía—. Es lo normal en esta época. Nadie quiere reprobar sus exámenes, ¿no? —admitió bajando sus manos en señal de sentirse más relajado—. Lo bueno es que, por hoy, la jornada ya terminó. Puedo acompañarte a tu casa, si quieres, ya es un poco tarde.

Kagome aceptó su ofrecimiento con un quieto movimiento de su cabeza, bajó su mirada hacia los libros que había estado utilizando, los cerró con delicadeza y comenzó a apilarlos a un lado para que Taiki pudiera llevarlos a su lugar.

—Me da gusto ver que te sientes cómoda aquí, Higurashi-san, por favor ven cada que lo desees —le invitó en un tono de voz más suave del que ella ya se estaba acostumbrado a escuchar de él—. Me encantaría que llegaras a ver este lugar...como una especie de refugio para ti.

Sus ojos se abrieron más de la cuenta y alzó su vista hasta el rostro de Taiki, él le sonreía calidamente. Como si intentara transmitirle su tranquilidad.

—¿Por qué?, Taiki-kun —su voz salió en un hilo apenas audible—. ¿Por qué estás haciendo todo esto por mí?

Vio el par de ojos de esmeralda parpadear unas cuantas veces, asimilando su pregunta, Taiki alejó un momento su vista de la de ella, sonrojándose suavemente en el proceso—. Bueno, ¿sabes?, entendí algo muy interesante la noche que te conocí y la respuesta que me diste cuando te pregunté sobre Hojo-san y tu relación con él.

—¿Cuando te dije que sólo éramos amigos? —ladeó suavemente su cabeza, sin entender muy bien la relevancia de esa información. Taiki volvió a fijar su mirada en ella, haciendo que ella se encogiera levemente en su lugar, él sacó suavemente la silla que estaba justo frente a ella para así poder sentarse y estar a su misma altura.

—Era evidente que le gustabas. A ver, no soy su amigo ni nada pero cualquiera que estuviera tres minutos en la misma habitación con él podía notarlo —Taiki se encogió de hombros, como si ese dato fuera de verdad muy evidente—. Hojo-san será todo lo popular que quiera, pero es bastante ingenuo. Creía que, brindándote su amistad y aparentando no querer nada más, iba a ser suficiente. Lo único que consiguió es el resultado que ya conocemos, ¿no?

Kagome bajó su mirada, sintiéndose un poco responsable de haber hecho sufrir a su amigo Hojo, aun cuando sabía que no era su culpa—. Sí, creo que tienes razón —se mordió los labios un poco fastidiada, aún cuando él se le hubiera declarado, probablemente le hubiera dicho que no.

—Bueno, yo no quiero eso —Taiki habló tan de golpe que la obligó a levantar su mirada nuevamente, con un escalofrío recorriendo su espalda—. Fue una de las razones por las que estuve buscándote todos estos días, creo que es mejor si soy claro contigo.

—Taiki-kun… —su voz fue tan baja que temió no haber sido escuchada.

—Realmente me gustas, Higurashi-san —habló diciendo las palabras que Kagome estaba rezando por que no pronunciara. Lo vio colocar ambas manos sobre la mesa de madera y hacer una reverencia lo más solemne que pudo aún sentado frente a ella—. Si acaso no tienes nada más para mi que tu amistad te prometo respetarlo pero, si crees que tengo una oportunidad, ¡por favor acepta mis intenciones!

Si el tiempo no se detuvo en ese momento, para ella pareció que sí, el frío que invadió el lugar de pronto sopló tan gélido que le erizó la piel y borró todos los pensamientos de su cabeza.

Bajó su mirada hasta su regazo y juntó sus manos frotando sus dedos con ansiedad. Si pensaba en negarse, ¿por qué le estaba costando tanto? Que él entrara en su vida como un amigo era una cosa, se divertía con él a su lado. De alguna manera, en ese simple par de ocasiones que habían convivido, había venido a traerle un poco de calma a la tormenta en la que se había transformado su vida después que InuYasha se marchó con Kikyo.

¿Él se había transformado en una especie de refugio para ella?

A pesar de todo el amor que sentía, y probablemente seguiría sintiendo, por InuYasha, él probablemente jamás iba a corresponder como ella lo quisiera, además, Sango ya había vaticinado lo que le esperaba apenas volviera a cruzar el pozo hacia aquella época tan lejana a la suya.

Demasiadas preguntas en su cabeza para que en ese instante tuvieran una respuesta. Pero, después de todo, quizá la oportunidad que le pedía Taiki no era solamente para él.

—¿Higurashi-san? —Taiki levantó su mirada, por primera vez desde que lo conocía su semblante no dejaba ver su siempre buen ánimo, a pesar que le dibujó una sonrisa en un intento por hacerle entender que él comprendía su silencio y estaba dispuesto a dar un paso hacia atrás.

—Kagome —contestó volviendo a bajar su mirada hasta su regazo—. Está bien si me llamas solo me llamas...Kagome.

Cuando volvió a alzar su vista se encontró con los ojos verdes de Taiki tan abiertos que le daban un aire sorprendido e inocente, parecían estar brillando de asombro.

—¿E-eso quiere decir…? —su pregunta, a pesar de sonar esperanzada, también parecía cautelosa, como si no quisiera dar un paso en falso.

—Podemos... —sus palabras se amontonaban en su garganta, se humedeció suavemente los labios en un intento de encontrar valor—. ¿Podemos intentarlo poco a poco?

Dirigió una última vez sus ojos hacía Taiki, él soltó una exhalación de alivio al mismo tiempo que parecía reír en una mezcla de emoción y nerviosismo.

—Iremos tan lento como tú quieras, Kagome-chan —le aseguró sin intentar ocultar su alegría, Kagome lo vio acercar sus manos hasta el centro de la mesa así que ella lo imitó.

El roce de ambos fue inocente y tímido, como si él le estuviera pidiendo permiso para tomarla firmemente de la mano, en respuesta ella se acercó un poco más y permitió que sus dedos se entrelazaran.

Ambos sonrieron; ella apenas y curvando los labios, ocultando el vendaval que se estaba formando en su pecho, él tan amplia y sinceramente que podría iluminar sin problemas la habitación donde ahora solo estaban ellos dos.

-o-

Antes de aquella noche su itinerario solía ser: escuela - tareas - no morir en la era Sengoku - volver a la escuela y hacer sus tareas atrasadas. Pensó que agregar a Taiki en ese ya complicado horario iba a ser más una desventaja que un beneficio. Pero al parecer estaba equivocada.

Taiki respetaba sus espacios en el colegio, y tampoco alardeaba entre sus clases que ella había aceptado salir con él, aunque no podía ocultar la gran alegría que lo invadía cada vez que se reunían durante sus descansos para compartir el almuerzo. Además, sería ella una mentirosa si negara que, de alguna manera, la idea de encontrarse con él cada vez que iba a la escuela le hacía sentirse un poco más contenta, sobre todo si era después de pasar algunos días en la época feudal, donde la ausencia de InuYasha jamás pasaba desapercibida por ella. Siempre dolía igual.

Al terminar sus clases, iban juntos a la biblioteca donde, mientras él trabajaba, ella aprovechaba para ponerse tranquilamente al corriente con sus clases. Al terminar su jornada, la acompañaba hasta el pie de las escaleras del templo Higurashi. Ruta que comenzaron a recorrer tomados de la mano desde una vez que él le preguntó si estaba bien hacerlo así. Ella respondió que sí, aunque aún le era difícil acostumbrarse a su mano tan delgada y fría.

No supo exactamente cuándo sucedió, pero el paso de Taiki de ser "un pretendiente" a ser "su novio" pareció ser sencillamente natural: fue amable cuando ella le presentó a sus amigas y tremendamente educado cuando fue el turno de conocer a su familia. También comenzó a hablarle de él a sus amigos en el Sengoku pues, aunque quizá jamás llegasen a conocerlo, creyó correcto que al menos supieran de él.

—¿Y crees llegar a sentir algo por él, Kagome-chan? —Sango le hizo esa pregunta que, sabía bien, nadie más se había atrevido a hacerle. Kagome dirigió su mirada hacia su amiga, ambas permanecían sentadas una al lado de la otra frente a la fogata que habían encendido para pasar lo más cómodamente posible aquella noche.

Kagome abrazó sus rodillas, en un intento inconsciente de parecer un caparazón—. Ya es muy preciado para mí —contestó luego de unos segundos de silencio. Sango dibujó una mueca en su rostro, quizá no muy convencida de su respuesta.

—¿Y qué harás cuando regrese InuYasha?, ¿se lo contarás? —la exterminadora parecía decidida a no quedarse con ninguna duda esa noche.

Se abrazó con mucha más fuerza que antes y elevó su mirada hacia el cielo tan repleto de estrellas que eran capaces de iluminar con suavidad las copas de los árboles.

—Supongo que tarde o temprano se enterará —respondió tratando de ignorar la pesada sensación que se acumuló en su pecho—. Y, no sé, no creo que deba afectarle.

Ese último pensamiento le dolía más que la ausencia del hanyo, pero no había nada más que hacer sino enfrentarlo.

-o-

—Oh, espero que Hiroki-san esté bien —respondió Kagome a la anécdota que Taiki le contó sobre un aparatoso percance que tuvo su compañera de trabajo en la biblioteca.

Caminaban uno al lado del otro con rumbo al templo Higurashi después de pasar toda la tarde del sábado paseando por la ciudad. Mientras andaban de la mano, la otra la empuñaba cada uno en su respectivo cono de helado.

—Bueno, a pesar de todos los libros que le cayeron encima, no se hizo daño realmente —continuó el pelirrojo al mismo tiempo que daba una saboreada más a su helado de vainilla—. En fin, eso le enseñará que, si tenemos una escalera para alcanzar los peldaños más altos de los libreros, es por una poderosa razón.

Taiki se encogió de hombros al mismo tiempo que Kagome se permitió soltar una suave risita por su último comentario.

Siguieron su camino, hablando de todo y de nada mientras cada uno terminaba de comer su postre de aquella tarde a la que no le quedaba mucho tiempo de sol, pues este ya comenzaba a ponerse en el horizonte, coloreando el cielo de naranjas y ocres.

—Me divertí mucho hoy, Kagome-chan —Taiki soltó su mano cuando llegaron a los pies de la escalera que llevaba al templo donde ella vivía con su familia—. Muchas gracias por acompañarme.

—Gracias a ti por invitarme, Taiki-kun—-respondió haciendo una suave reverencia de despedida. Sus citas siempre terminaban así, ahora solo restaba darse la vuelta y dirigirse directo a su casa.

Su mente hizo un corto circuito y quedó completamente en blanco cuando sintió la mano de Taiki empujando su mentón e inmediatamente darle un quieto beso en medio de su frente. Los ojos de Kagome se abrieron más de la cuenta por la sorpresa y solo pudo hacer un ruido de exhalación al dejar salir todo el aire de sus pulmones. Taiki dio un par de pasos hacia atrás y le sonrió satisfecho de haber cometido su travesura.

—Por favor, cuida mucho tu salud. No me gustaría no verte el lunes en clase —le pidió para después levantar su mano en señal de despedida y comenzar a caminar en la dirección opuesta a la que habían venido—. ¡Que descanses!, ¡y recuerda que espero verte!

Se quedó quieta en su lugar, como si estuviera esculpida en piedra, hasta que Taiki se alejó tanto que era imposible distinguir su silueta. Su cabeza trataba de procesar lo que acababa de suceder pero le era difícil. Taiki todo ese tiempo había sido fiel a su palabra y estaba respetado que las cosas avanzaran a su ritmo, en todo ese tiempo juntos solo se habían tomado de las manos.

Bajó su mirada hasta sus pies y curvó sus labios en una sonrisa, que aparentaba más melancolía que felicidad. Dio un pesado suspiro para después caminar escaleras arriba, tratando de no pensar en nada más.

Su corazón pareció detenerse violentamente por un segundo cuando, al llegar a la cima, vio en el suelo lo que parecían ser manchas de sangre.

Sin poder ocultar su terror se acercó con cautela a esos motes de un intenso color rojo, se acuclilló ante ellos apenas estuvo lo suficientemente cerca.

Su jadeo fue de alivio y el alma le regresó al cuerpo cuando se dio cuenta que no era sangre, levantó uno de los extraños ejemplares del suelo y su textura sedosa le hicieron darse cuenta de lo que era: el pétalo de una flor. Tal vez se habían caído de alguna ofrenda que un visitante había traído al templo, pensó.

Por su color podría tratarse de una rosa pero, la forma del pétalo era más ancha y un poco más gruesa. Entonces lo supo, era el pétalo de una camelia.

¿Camelias, en esa época del año? Era muy extraño.

Levantó uno a uno todos los restos de la desbaratada flor y los llevó con ella hacia su casa.

Por alguna razón que no comprendió, sintió que no podía dejarlos regados en el suelo sin más ni más.


N.A: Sinceramente llegué a sopesar en mi cabeza la idea de partir este capítulo en dos, por el asunto de lo extenso que terminó siendo. Pero al final pensé que hacer eso sería contraproducente a la idea principal del capítulo mismo sobre todo por el asunto de cómo inició y cómo terminó.

Puede ser un poco confuso que este capítulo se llame Dalia cuando las evidentes protagonistas son las camelias, así que me permito aclarar eso para ustedes: las dalias tienen dos significados muy interesantes: primero pueden hablar de un amor tan fuerte que puede llegar a caer en la inestabilidad emocional (significado que asocié a InuYasha, específicamente) y, por otro lado, cuando alguien le regala una dalia a otra persona puede ser una invitación a mirar las cosas desde otro punto de vista y considerar otras opciones. Esto, claramente, lo asocié a la entrada de Taiki a la vida de Kagome.

En fin, no quiero explayarme más de la cuenta porque de por sí este capítulo fue lo suficientemente largo para que luego venga yo y les platique mi vida.

Mil y un veces gracias por cada uno de sus reviews! Me da tanto gusto que todos sean tan profundos y sinceros que me motivan cada día a seguir escribiendo esta historia. Espero no haberles hecho sufrir mucho su vena InuKag (yo misma sufrí mucho, ¡en serio!) y me regalen un poquito de su atención en el próximo capítulo.

Besos.

-Kao