Capítulo 18. Un amor para el olvido.

Al fin pude quitarme este enorme peso que he llevado tantos años en la espalda. Mi conciencia está limpia y mi corazón tranquilo. Después de tanto tiempo, la verdad se ha descubierto. Mi hija, mi pequeña Rin, sabe que yo soy su verdadero padre.

Mi esposa Naomi, está encerrada en nuestra habitación matrimonial desde que hemos llegado del tribunal. No me ha dirigido la palabra en horas. Mi hija mayor, no me ha juzgado abiertamente, más siento que no está decepcionada por la noticia de que tiene una hermana, sino por habérselo ocultado tanto tiempo. Tal vez, ella siempre tuvo sus sospechas. Quién sabe.

Respeto el espacio de Naomi, y espero en el despacho el tiempo que sea suficiente para que ella aclare sus pensamientos. No es para menos. La entiendo perfectamente. Creo que si estuviera en sus zapatos, haría exactamente lo mismo. Mientras tanto, un vaso de whisky me acompaña en esta agradable soledad, rememorando los antiguos tiempos que me llevaron a estar en esta situación. ¿Cómo terminé siendo el padre de Rin, cuando ya estaba casado con Naomi? La historia es larga, llena de mentiras, traiciones y arrepentimientos.

Ciudad de Fujisawa – 1986 (32 años atrás).

¿Cuánto más había de esperar en aquel lugar? El día anterior me informó que llegaría a las cinco en punto, y ya eran casi las seis de la tarde. Mujeres. Sentí como una fría ventisca invernal desacomodaba mi bufanda, la cual tenía grabada la insignia de la universidad a la cual asistía en aquel entonces. La enrollé en mi cuello y de pronto pude distinguir aquella dulce voz que envolvía mi nombre con gracia.

El malestar de la espera, por arte de magia, desapareció al verla entre la multitud de personas. Sin saber por qué, solo me podía enfocar en ella, quien salía de aquella feria escolar, organizada por la preparatoria a la cual asistía su hermana menor. La muchedumbre a mi parecer, simplemente desapareció. Mentiría al decir que mi corazón no se alteraba cada vez que la veía. Si, desde el día en que la conocí me robó el aliento. Su cabello marrón, sus ojos chocolate, sus labios rosáceos, su delgada figura, todo decía que era la mujer perfecta para mi. Ese día volvía a confirmarlo.

-¡Masahiko! –Me llamaba, alzando su mano para que la divisara. Lo que ella no sabía es que ya lo había hecho hace mucho tiempo- ¡Masahiko!

-¡Leiko! –Contesté imitando su gesto. Como un bobo enamorado, dibujé una sonrisa embobada en mi rostro al verla acercarse cada vez más- Es un nuevo récord para ti. Una hora de retraso. –Agregué burlescamente cuando llegó a mi lado, sin ningún dejo de enojo en mi tono de voz-

-Lo lamento tanto, Masahiko. Es solo que no podía dejar a mi hermana sola con esa bola de buitres tras ella. –Se excusó con las mejillas infladas- No pude irme hasta que llegó mamá.

-Entiendo. –Comenté, sintiendo como ella me cogía del brazo y luego me daba un fugaz beso en la mejilla- ¿Y eso?

-Una pequeña recompensa por tu paciencia. –Respondió con un encantador rubor en su delicado rostro. Sin duda esa mujer era mi perdición-

-Si esa es la recompensa, prometo ser el hombre más paciente del mundo, cariño.

Sin importar quien estuviese a nuestro alrededor, me atreví a besarla en los labios, de la manera más breve y dulce posible. Era tan extraño el no poder ser más rudo o exigente con ella. Según muchos, yo era un verdadero tonto por no verla de una manera más carnal y querer avanzar a un nivel más íntimo. No obstante, dijesen lo que dijesen, sabía que era un amor puro, que Leiko era una dama y debía respetarla hasta que ella se sintiese preparada para ello. Y conociéndola, sabía que no sucedería en corto tiempo. Tampoco tenía prisa.

Comenzamos a caminar de la mano, hacia la misma placita cercana donde solíamos pasar las tardes en compañía mutua. Allí conversamos tantas cosas, que antes de darnos cuenta, ya serían cerca de las siete de la tarde. Ya pronto debía marchar para no llegar tan tarde a mi casa luego de ir a dejarla a la suya. Ni siquiera supe cuando le espeté en medio de la conversación:

-Leiko, ya es tiempo de presentarte a mi familia. –Ella me quedó mirando de tal forma, que pensaba haber escuchado mal mis palabras- Hemos salido por casi un año y pues…pensaba en formalizar nuestra relación.

-¿Estás seguro? –Titubeó con las mejillas sonrojadas, haciéndola ver más adorable de lo que ya era- Es decir, ¿no crees que me rechacen por mi condición?

No es como si no lo hubiese pensado con anterioridad, solo que no deseaba seguir en una relación oculta con Leiko. Su familia ya lo sabía, ¿por qué no la mía entonces? Sin embargo, existía un gran detalle que era imposible de ignorar. Había una enorme posibilidad de que mis padres la rechazaran por su condición social, ya que eran muy clasistas. Mi madre siempre decía: "Rico con rico, pobre con pobre. Así debe ser para mantener el equilibrio". Una enorme estupidez a mi parecer. No quería asustar a Leiko, así que le respondí con toda la seguridad que sentí en aquel momento:

-¿Y qué si lo hacen? –Rocé con ternura su mejilla, a tal punto de sentir estallar mi agitado corazón- Te amo por quien eres, no por tu situación económica. Seas rica o pobre, mis sentimientos hacia ti jamás cambiarán, Leiko.

-Masahiko. –Susurró la muchacha, dejándose llevar por el momento y juntando sus labios con los míos, de una manera no tan inocente y calma como otras veces. Aproveché esa instancia y me dejé llevar para experimentar cosas que antes no había sentido con ella o con otra persona. No supe descifrarlo hasta mucho tiempo después- Eres un hombre maravilloso. –Agregó luego de romper nuestra unión, mostrándose un poco apenada- No merezco a alguien como tú.

-Soy yo quien no te merece. –La rodeé con mis brazos y disfruté de su tibio calor corporal, su perfume y su mera presencia- Eres tan dulce y encantadora, que no podrán decir nada malo de ti. –Deposité un beso en su cabellera y proseguí- Y si lo hacen, los pondré en su lugar. Nadie, jamás te dañará mientras tenga vida. Así que mañana iremos a cenar con mis padres y hermano.

Lo que no pude saber en aquel entonces, es que esa invitación cambiaría para siempre nuestra relación.

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-¡Madre, ya basta!

-No le alces la voz a tu madre, Masahiko Higurashi. –Contestó sin un ápice de remordimiento en su voz o rostro. Ella observaba de pies a cabeza a Leiko, sin siquiera un disimulo. Ante sus ojos, ella era un insecto que debía ser aplastado antes de que picara a uno de los integrantes de la familia- Dijiste que ibas a presentarme a una novia, no a una criada.

-¡No es una criada, es mi novia! –Corregí sintiendo una ira incontenible en mi cuerpo, que amenazaba con estallar en cualquier instante- Respétala.

-A mi no me das órdenes. –Se incorporó jactanciosa del asiento que ocupaba cada día en nuestra mesa, ganándose una mirada incrédula, tanto de mi padre como de mi hermano mayor- Ella no es para ti. Huelo a millas a las personas interesadas. Y esa muchachita, es una de ellas.

-Madre, no es necesario. -Intentó detener la situación Masayoshi, quien se había mantenido al margen de todo-

-Un lobo con piel de oveja. –Mi madre terminó de decir la frase con asco- Hasta un apellido común tiene; Tanaka. ¡Inconcebible!

-Yo no estoy con su hijo por interés. –Manifestó Leiko con ojos llorosos, indignada por lo que escuchaba-

-A mi no me engañas. –Añadió mi progenitora, acercándose a ella- Así que una vez que salgas de esta casa, olvídate de mi hijo. No volveré a repetirlo.

-¡Ni siquiera me conoce para tratarme de este modo, señora! –Estalló Leiko limpiando un par de lágrimas traicioneras- ¡Es tan cruel!

-Guarda esas lágrimas de cocodrilo, niña. –Sentenció antes de darle la espalda y mirarla por el rabillo del ojo- A mi no me engañas.

Leiko, salió corriendo del salón comedor, con intenciones de salir de la mansión a la cual traje solo a pasar penurias. De haber sabido que mi madre la trataba de ese modo, jamás la hubiese expuesto a ello. Antes de llegar a ella, vi como mi hermano le daba alcance y la detenía cogiendo su brazo izquierdo. Un nudo en mi estómago surgió al verlos tan cercanos. Solo ese contacto tan breve e inocente despertó un sentimiento tan ruin. Celos. Posesión. Ella era mi novia. Nadie, ni siquiera mi hermano podía ponerle un dedo encima.

Al llegar a su lado, ella me abrazó con fuerzas, rompiendo en un llanto desconsolado. La guié hacia la salida y caminamos juntos hasta llegar a su casa. Me disculpé infinidad de veces por lo ocurrido, pero sabía que ella no estaba enojada conmigo, sino con su condición social.

-Si yo no fuera pobre, nada de esto hubiese ocurrido. –Secaba sus lágrimas, siendo escuchada por su madre quien le entregaba una taza de té-

-No digas boberías.

-Sabes que es cierto, Masahiko. –Corrigió ignorando la presencia de aquella humilde y entregada mujer que bajó la cabeza tras escucharla de ese modo- Hasta mi apellido es común. Según tu madre soy una aprovechadora sin futuro, que no irá a la universidad.

-Tú eres capaz de muchas cosas, Leiko. No dejes que las venenosas palabras de mi madre te afecten.

-Tiene razón en algo. –Me observó de una forma tan distinta, que hasta creí desconocerla- Nunca iré a la universidad. No tengo los recursos. Solo puedo trabajar de camarera como hasta ahora para sobrevivir.

-Te apoyaré en lo que requieras. –Cogí sus manos, intentando animarla- Si quieres estudiar, yo lo costearé cuando termine la universidad y pueda darte una vida que mereces. Ayudaré a tu familia, para que tu madre no deba trabajar de la manera en que lo hace.

Leiko ya no me escuchaba. En realidad, no tengo claridad si después de ese día volvió a escucharme como antes. En su mente solo estaba la idea de dejar de ser quien era y convertirse en otra persona, para así nunca más ser pisoteada.

Tiempo después de aquel incidente, mi madre enfermó gravemente. Se le diagnosticó cáncer mamario en etapa terminal. Por más que luchamos contra esa terrible enfermedad, mi madre pereció al cabo de unos meses. Ni siquiera los costosos tratamientos tuvieron resultados positivos y era la última esperanza a la cual nos aferrábamos como familia.

Mi padre, devastado por la pérdida de su amada esposa, se perdió en la bebida y las mujeres, intentando llenar el vacío que habitaba en su corazón. Debido a esto, mi hermano, quien ya tenía múltiples contactos a temprana edad, se hizo cargo de la empresa familiar. Al cabo de unos meses, financieramente hablando, la organización estaba en las nubes. Las pérdidas monetarias eran cosa del pasado, y el bienestar estaba asegurado bajo su tutela.

Lo positivo fue, que Leiko fue aceptada por mi padre y hermano, a quienes no les había parecido la manera en que fue tratada la primera vez que la presenté. Ella más animada que de costumbre, se integró poco a poco, ganándose la carisma de ambos.

Quizás demasiada.

En 1989, nuestro compromiso matrimonial ya era un hecho, tras dos años de la muerte de mamá. Era cosa de meses para pisar el altar y decirle al mundo entero que Leiko Tanaka era mi esposa y que nadie podía cambiar eso.

Me equivoqué.

Una tarde cualquiera, fui a buscar a papá a la empresa, debido a que tenía cita médica y tenía que cerciorarme de que fuese realmente y no pasara a otra parte. Su oficina estaba cerrada con llave y antes de tocar, la secretaria me informó que no estaba allí. Era extraño que la puerta estuviese con seguro y a esas horas. Antes de preguntarle el motivo a la mujer, al otro lado, escuché una risita familiar que me enmudeció por completo. Acerqué mi oreja a la madera, y pude escuchar con completa claridad:

-Basta, por favor. ¿Qué tal si nos escuchan?

Era la voz de Leiko sin dudas. Mi corazón se estrujaba al sentir objetos siendo movidos de su lugar. El escritorio sin dudas. ¿Mi padre sería capaz de eso? ¿Arrebatarme a la mujer que amaba?

-¿Y qué si eso ocurre? ¿Me despedirán por eso?

Sentí el mundo caer sobre mi. Era mi hermano y mi prometida en aquella oficina. Le di una mirada suplicante a la joven secretaria que estaba a unos pasos de distancia. Supliqué que me hiciera un simple gesto, uno que me indicara que estaba equivocado. Ella con ojos llorosos, en vez de negarlo…lo confirmó.

-Leiko. No te cases con él. Elígeme. –Dijo Masayoshi con suficiencia- Te conviene en todo sentido.

-No puedo hacerle eso a Masahiko. –Respondió Leiko poco después, en un tono no usual en ella- Él me quiere.

-Te quiere, pero yo te deseo como a nadie. Supe que serías mía apenas apareciste con él en la sala de estar. –Otros ruidos se escucharon de por medio, y luego prosiguió- Te quiere, sí. Pero tú…tú me quieres a mi. –Leiko se quejó, no de manera desagradable cabe decir- Y siempre obtengo lo que quiero.

Los sonidos que se escucharon poco después, me confirmaron que ella se había entregado a él. De todas las formas posibles.

Aquella joven secretaria, me sacó de mi aturdimiento, y me encaminó en silencio hacia el ascensor que me llevaría a la planta baja. En su brazo libre estaba su abrigo y una cartera que le venía a juego con el traje que portaba. ¿Quién era y por qué se tomaba la molestia de sacarme de ahí? Tal vez pensaba que iba a cometer una locura, pero estaba tan pasmado, que con suerte era una marioneta que ella guiaba.

-Lo lamento, señor. –Dijo una vez que las puertas del ascensor se abrieron de par en par, en la planta del estacionamiento. Tenía una voz melodiosa y algo baja- No debí tomarme el atrevimiento de…

-Gracias.

Solo pude interrumpirla, sintiendo mis ojos humedecer a la vez. En esa mujer solo había amabilidad y empatía. En mi, solo había dolor. Ni siquiera fui consciente del momento en que daba un puñetazo a la pared y prácticamente me fracturaba la mano. ¿Por qué? Era la pregunta que rondaba mi cabeza sin parar. ¡Le di todo a mi alcance! Amor, respeto, confianza, un trabajo de oficina, el cual era mucho mejor que estar de camarera en un restaurant… un empleo que la acercó demasiado a mi maldito hermano. ¡Nunca me propasé con ella, y con él llegó a todos los límites! ¡Que se jodieran los dos en la mierda!

-¡Basta, por favor! –Me abrazó aquella mujer, intentando calmar mi ira. Y por una extraña razón lo hacía. Mis ojos derramaban lágrimas en menor medida, mis hombros habían dejado de sacudirse por el llanto, y solo sentía el dolor de mi corazón y la de mi mano derecha- ¡No se haga más daño, se lo suplico!

Sí, mucho daño por un día, ¿no es así, bonita?

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Lo demás, ocurrió por si solo. Esa misma tarde tras llegar a la casa de mis padres, enfrenté a una hipócrita Leiko, quien se preocupó de mi mano vendada. Le dije lo que sabía. Todo. Ni siquiera quise saber desde cuando me engañaban, solo di por terminado el compromiso, aunque eso me lapidara en vida. Ella al principio lo negó, más cedió al poco tiempo. Lo aceptó y no se veía tan mortificada por ello.

-Entiende, Masahiko. –Hablaba Leiko, entregándome la sortija de compromiso- Las cosas han cambiado y no te merezco.

-Tus sentimientos cambiaron. –Aclaré al recibirla y observar que algo tan diminuto significase un todo para mi- Los míos jamás.

-Con Masayoshi, podré alcanzar lo que deseo con más facilidad que contigo. –Agregó cuando ya me disponía a abandonar la sala de estar- Sé que no podrás comprenderlo ahora, pero es lo mejor para ambos.

Y las palabras de mi madre, vinieron a mi memoria. Ella buscaba un buen porvenir. No deseaba un amor como el que yo le brindaba. ¡Maldición! Estaba dispuesto a darle el mundo entero si ese era su capricho, y me decía esa estupidez.

Me dieron ganas de abofetearla hasta hastiarme. Pero, no era correcto. Nunca se golpea a una mujer, y menos a quien uno ama. Pues si, la amaba con locura. A tal punto, que si me decía que no la abandonara y que todo había sido un error, lo hubiese pasado por alto. Más no sucedió. Para ella no fue un error.

El 13 de enero de 1990, fue la ceremonia nupcial entre ambos y estuve entre la multitud de invitados, que creían haber escuchado que yo era el novio y no mi hermano. "De seguro fue un error al parecerse los nombres de ambos hermanos", escuché decir a una anciana a un par de puestos de mi. Supiera la verdad se le caía el sombrero de la impresión y el escándalo. Leiko, una radiante novia, pasó a ser una Higurashi más y Masayoshi ni siquiera me pidió una disculpa por ser él el causante de nuestra ruptura. Simplemente, él siempre conseguía lo que quería.

Y este era un amor para el olvido. Sin embargo, seguí amándola en silencio por mucho tiempo.

Al siguiente año, me enteré de que sería tío. Leiko estaba embarazada y esperaba tener un niño que siguiera la dinastía familiar. Si creí que tenía todo superado, esa noticia me volvió a hundir, aunque no tanto como imaginé. Aun así, me distraía trabajando en la empresa, que tras la muerte de nuestro padre, quedó a manos de Masayoshi. Odiaba mi trabajo, y por sobre todo, los odiaba a ellos.

Sin embargo, algo….más bien alguien hacía más amenos mis días. La secretaria de mi hermano. Sí, la misma chica practicante que me salvó de cometer una estupidez. Porque había que ser realistas; si no hubiese estado ella en ese sitio, al salir de mi impresión, hubiera echado puerta abajo y cometido una locura.

Era una chica bella, inteligente, con variados temas para charlar, soñadora, con una personalidad chispeante y atrapante. Si, tal vez, algo de ella me gustaba un poco. Al principio, ella me rehuía, pero al ver mi sana insistencia, terminó cediendo y charlando cada día conmigo. Aunque no tocábamos el tema en que nos unió el destino. Al recordar su gesto hacia mi, un día cualquiera decidí tener una atención hacia ella, debido a que nunca le había agradecido como correspondía. Y esa muchacha, lo merecía con creces:

-¿Y bien? –Esperaba algo ansioso la respuesta de aquella amable mujer que no había dejado de rondar mi cabeza en el último año- ¿Te han gustado?

- Son hermosas. –Comentó fascinada al recibir las rosas, las cuales tenían una nota con dedicatoria- Gracias, señor Masahiko. –Sus mejillas estaban con un sonrojo tenue, y sus ojos sin poderlo evitar brillaban encantados por el detalle- Pero no debió molestarse.

-Tú lo hiciste hace un tiempo, ¿recuerdas? –Sonreí con melancolía, viendo como el brillo de sus ojos marrones se opacaba un poco- Si no fuera por ti no sé qué hubiese ocurrido conmigo.

-Cualquiera pudo hacer lo mismo en mi lugar.

-No. –Negué rotundamente- No cualquiera hubiese tenido ese gesto tan noble.

Sí, Naomi Hime, era una noble joven de cabellos negros que me brindaba una enorme paz desde que apareció en mi vida. De mera presencia, transmitía esa serenidad que me había abandonado hacía tiempo. Con ella no habían malos pensamientos, ni dolor o angustia. Agradecía internamente que estuviese trabajando con contrato indefinido, luego de terminar su práctica, porque no sabía que haría sin estar cerca de ella en ese infierno.

-¿Te gustaría salir conmigo esta tarde?

De dónde había surgido esa pregunta, ni yo lo sabía. No la veía como una posible cita. Solo me agradaba pasar tiempo con ella. Bueno, tal vez me gustaba un poco.

- Luego del trabajo… un rato… si lo deseas. Sin presiones.

De seguro me manda a volar. Pensé al verla dudar.

Como un ángel que abre las puertas del cielo, Naomi con su voz celestial, me dijo que aceptaba salir conmigo al terminar su horario de trabajo, el cual se diferenciaba por media hora del mío. ¡Genial! Así podría conocerla un poco más. Increíblemente, hasta sentí ganas de saltar de la alegría. Eso era extraño, pero no me molestaba en absoluto.

Esa jornada pensé en llevarla a mil y un lugares. Unos más ajetreados que otros, pero opté por el lugar más íntimo y sencillo posible: Laguna Azul, un restaurant muy de moda en aquel entonces, y que tenían una suave música de fondo todas las tardes. A veces, colocaban tango y otras melodías que iban acorde con el ambiente. Por supuesto, Naomi, quedó encantada al ver la fachada y hasta decía sentirse parte de los años de Gardel.

Mentiría al decir que una calidez inusual no se despertó en mi interior aquella tarde. El verla reír y conversar sin tapujos fue hipnotizante. Su parpadear, su tono de voz, hasta su mirar era algo maravilloso. Me dije a mi mismo que el hombre que estuviese a su lado, sería privilegiado. Realmente privilegiado, y yo sin poder…

-No, no tengo novio. –La escuché decir algo apenada, dejando de lado aquel vaso de jugo que antes había tocado sus labios-

-¿Qué? –Pregunté sin saber a qué había surgido su comentario. ¿Acaso me había perdido de algo? ¿O es que sabía leer la mente?-

-Dijo que el hombre que estuviera a mi lado sería muy privilegiado. –Explicó, y ahora era yo el abochornado-

¡Había pensado en voz alta!

Aunque el panorama era ventajoso para mi. ¡No había competencia de por medio! Si, Naomi me gustaba. También deseaba salir del infierno en que me había sumergido la vida y la gente en ella. Este podía ser un buen comienzo.

-Eso se puede remediar. –Hablé sin siquiera pensarlo dos veces- Te daré lo que desees, pero quédate conmigo.

-No busco algo material. –frunció el ceño, ofendida por supuesto. Había olvidado que ella no era Leiko- No tengo necesidad de ello. Si bien mi familia no es rica, tampoco pasa por una mala situación.

-Me disculpo por mi estupidez. –Dije de manera sincera, esperando remediar la situación- No supe elegir las palabras correctas.

-Aunque aceptara, usted jamás podría darme lo que anhelo. –Agregó observando al otro lado de la calle gracias al ventanal, rehuyéndome la mirada-

-¿Qué es? –Quise saber, cogiendo su mano para obtener nuevamente su atención- Lo tendrás.

-Su corazón, Masahiko. –Me observó nuevamente, aunque con tristeza- Sé que sigue enamorado de…

-Lo tienes, Naomi. –Corregí sintiendo como los nervios hacían estragos en mi interior, y deseaba que ella no lo notara- Me gustas y mucho. Me gustaría que nos diéramos una oportunidad.

-¿Una oportunidad? –Repitió incrédula-

-Sí, lo que has escuchado. –Reuní un poco más de valor, y proseguí- Me das paz, y cada día termino con una sonrisa cada vez que hablo contigo. Me siento un poco novato nuevamente en esto, pero quiero intentarlo. Deseo seguir conociéndote y sorprendiéndome en el camino. Si queda rastro de Leiko en mi corazón, cosa que dudo, sé que tú podrás borrarlo.

-¿Está seguro de ello? –Con timidez entrelazó su mano con la mía y esperó mi respuesta- ¿No se arrepentirá después?

-Si no estuviera seguro, no lo plantearía. –Con una voz casi suplicante, añadí- Démonos una oportunidad, Naomi.

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Era tan bella, y de apariencia tan frágil entre mis brazos. Sus débiles quejidos, inundaban mis sentidos y me hacían sentir orgulloso. Su agarre a mi dedo pulgar era tan suave y a la vez poderoso, dentro de la fuerza que puede tener una recién nacida. Al verla, supe que el amor que tenía hacia su madre, o a cualquier mujer, era poco al que sentí por esa criaturita. Kagome, mi pequeña hija nacía a mediados de 1993, y me robaba el corazón a pesar de lo llorona que era. Mi esposa, Naomi, sonreía cansada mientras recuperaba sus fuerzas tras el parto, y agradecí a la vida por cruzarla en mi camino. Me hizo feliz el día en que nos casamos, cuando me dijo que estaba embarazada y el día en que dio a luz a nuestra bebé. Qué maravilla son las mujeres. Son capaces de robar el aliento en un segundo, pero son capaces de dar vida y luchar como una leona por sus pequeños.

Sin duda, amarla, era un placer.

-Te dije que no me arrepentiría, amor. –Le dije a Naomi conteniendo apenas mi emoción, depositando un beso en sus labios, aun sosteniendo con extremo cuidado a Kagome entre mis brazos- Gracias por esta dicha.

Si, la amaba, y ese día la amé mucho más.

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A mediados de Mayo de 1994, recibí un mensaje de Masayoshi. Me indicaba que debía ir por unos documentos a su casa, la cual antes perteneció a mis padres en el pasado. Estaban en su despacho, en uno de los cajones del escritorio. Él no podía entregarlos al servicio de impuestos internos, así que como un segundo socio, debía ir en representación suya. La verdad, es que no deseaba poner un pie en esa casa, ya que con Leiko no teníamos una buena relación como era de esperar. Además, desde que estaba con Naomi, su comportamiento era peor.

Al llegar a la mansión, Kaede, una vieja amiga que nos cuidó desde pequeños, me dio la bienvenida y me indicó que la señora de la casa no importunaría debido a que estaba viendo a mi sobrina. Así que sin esperar más tiempo, fui por lo que necesitaba.

Pero, encontré más de lo que imaginé.

Allí estaba Leiko, esperándome, liquidándome con su sola presencia. Estaba irreconocible. De la joven sencilla que una vez conocí, ya no había rastro alguno. Había logrado su cometido: era otra mujer. Refinada, apetecible a la vista, con sus atributos más desarrollados, no una tabla de planchar como antes le apodaban.

El intercambio de palabras fue breve, pero lleno de desafío entre ambos. Se acercó felinamente a mi y ni siquiera sabía el por qué no me movía o le rehuía. Mi mente quedó en blanco cuando me besó con una lujuria jamás imaginable en ella. Me reclamaba como suyo y por un momento, lo fui. Todos los sentimientos acumulados durante años, afloraron en ese instante erróneo. Sentí como el amor hacia ella revivió como un ave fénix. O tal vez no fue amor, solo la rabia contenida y la tensión sexual que se mantuvo en el tiempo. Sin pensar en nada más, le di lo que buscaba y me sacié de ella hasta que no pude más. Ella con su experiencia, yo con la mia. Dos puntos separados que encontraron uno en común.

No me dejaba de dar vuelta los "te extrañé" y "te amo" que salieron de su venenosa boca. Ella años atrás tomó su camino y yo el mio. Respeté su decisión y ella por primera vez se sintió arrepentida, no por un acto sexual, sino porque sabía que estaba con otra persona.

Naomi. Demonios. Le había fallado.

-Un día te dije que no te merecía. –Dijo Leiko, abrazándose a mi sobre el escritorio- Realmente te amaba, Masahiko.

-Pero tu amor al poder fue más fuerte. –Respondí mientras recuperaba mis fuerzas-

-Con Masayoshi sabía que jamás sería pisoteada nuevamente. En cambio contigo…

-No sigas. –Me aparté de ella, sintiéndome asqueado, sobretodo conmigo mismo-

-Y ahora estás con esa mujercita…

-No te atrevas a decir nada de ella. –Le apunté de manera severa, advirtiéndole que se quedara con la boca cerrada- Esto fue un error.

-Uno que disfrutaste. –Sonrió de medio lado, satisfecha por meter el dedo en la llaga- Apuesto que nunca estuviste así con ella, cariño.

-No, a ella jamás le he pagado el sexo. –Con ese comentario, su sonrisa se borró de inmediato- Y como a ti te gusta el dinero, no creo que te importe recibir el pago. –De mi bolsillo saqué un par de billetes y lo deposité a su lado- Ella es una dama, no una cualquiera que se acuesta con alguien por subir de estatus, cuñadita.

Y el infierno se desató en cosa de segundos. Aun no tengo claro como logré esquivar una serie de objetos que amenazaban chocar contra mi cabeza, mientras salía con los documentos que necesitaba. Los gritos habían alertado a Kaede, quien había ido a ver a Mei quien lloraba por el escándalo de su madre. Y me sentí sucio, de cuerpo, mente y alma.

Naomi. No había pensado en ella, ni tampoco en mi pequeña hija.

Era un asco de hombre.

Contarle lo sucedido a mi mujer fue lo más tortuoso de la vida. Ella lloraba. No dejaba de hacerlo y el puto culpable era yo. Si tan solo me hubiese dado una bofetada, me hubiera sentido más tranquilo. Habían sido días de silencio y distancia entre ambos, y ella acabó por preguntarme qué sucedía. Obtuvo su respuesta.

-Sabía que ocurriría tarde o temprano. –La oí decir en medio de sollozos- Sabía que no la olvidarías.

-Naomi, te juro que…

-¡No jures! ¡No te atrevas! –Advirtió con sus ojos llorosos- ¿Qué vas a decir? "Fue cosa del momento", "No sentí con ella lo que siento cada vez que estamos juntos"…

-¡Sí! –La interrumpí cogiéndola de los hombros con desesperación. Necesitaba ser escuchado- Fui un idiota. Fui un completo imbécil que no supo poner freno. Que no pensó en ustedes. –Ella no me miraba, solo intentaba zafarse de mi agarre- Pero, en serio, no sentí lo que siento contigo. Contigo, me siento tranquilo, satisfecho, como si fuera la primera vez que te toco y siento los mismos putos nervios. Al estar juntos, soy cuidadoso, me preocupo que sientas el placer que yo puedo llegar a sentir. Me gusta sentirme uno solo a tu lado, Naomi. –Ella me observó sin creerme y agregué- Con ella fue todo lo contrario. Me desquité por todo, no fui considerado, nada de lo que soy contigo. ¡Entiendo si me quieres mandar al carajo! Pero, dame una oportunidad. Una última.

-No.

-Por favor, Naomi.

-Me voy a casa de mis padres. –Anunció sin dar su brazo a torcer- Cuando no quiera matarte, hablaremos. Puedes ver a Kagome cuando gustes, pero tendrás que tratar con mi padre.

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Cuando logré recuperar a Naomi, me enteré que Leiko estaba embarazada. Todos felicitaban a mi hermano por el nuevo integrante de la familia. No obstante, él no se mostraba feliz por ello. Rechazaba al bebé. Lo conocía muy bien como pasarlo por alto. Cuando estaba esperando a su primera hija, nadie le quitaba la sonrisa de su puto rostro, en cambio ahora era diferente. No había duda. Lo peor era que algo me decía que podía ser tanto de él como mio. Naomi, también era consciente de ello, pero lo omitió. Debíamos esperar a que naciera.

Los meses pasaron, y el nacimiento llegó. 14 de febrero de 1995. Era una bolita rosada que apenas lloraba. Casi me cae el mundo encima al ver que esa pequeñita era igual a Kagome de recién nacida. De Masayoshi, no tenía nada a primera vista.

-¿Cómo se llama? –Preguntó Mei con sus tres años viendo a la bebé-

-Se llama Rin. –Contestó Leiko sin expresión facial-

No había duda, era mi hija. Ese nombre lo teníamos pensado con Leiko para cuando nos convirtiéramos en padres. Una clave secreta que se hizo clara con el transcurso del tiempo.

Los años pasaron y una serie de sucesos marcaron de manera negativa la vida de mi hija menor. En silencio vigilaba sus pasos, y me aseguraba que nada le ocurriese dentro de lo que estaba a mi alcance. Me alegraba el ver que Rin, esa muchacha inocente y alegre, era la viva imagen de Kagome, quien por obviedad se parecía a mi. Agradecía que físicamente tuviera muy poco de la madre, sobre todo en carácter y personalidad. No deseaba una segunda Mei. Ella era ochenta por ciento padre, y lo restante era de Leiko. Mala combinación en esa muchacha.

Entre Kagome y Rin siempre hubo una conexión envidiable, que ni siquiera con Mei tenían, y que se mantuvo hasta el día de hoy.

Cuando Sesshomaru Taisho llegó a nuestras vidas, noté ciertas particularidades que solo una persona que ha amado en silencio puede identificar. Había sentimientos por parte de Rin, y luego también descubrí que eran correspondidos por Taisho, una persona totalmente opuesta a mi pequeña.

Cuando supe que era un agente de inteligencia y que podría brindarle la seguridad necesaria a mi familia, incluida Rin, no dudé en entregarle a mi hermano. Me la debía. La venganza es un plato que se sirve frío, y ahora corroboro que es el más delicioso que he probado en mi vida.

-Masahiko. –Aparece Naomi en el despacho, extendiéndome la mano izquierda, donde luce su sortija de matrimonio en su dedo anular- Ven a dormir conmigo. Ya es tarde.

Siempre contigo, mi vida.

Mi amor.

Mi dulce Naomi.

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Notas autora: Hola a todos(as). Espero que les haya gustado este capítulo, orientado desde el punto de vista de Masahiko Higurashi y su mal amor, Leiko. Pues, como se ve, toda acción tiene sus consecuencias, sea a corto o largo plazo. Aun así, se rescata el hecho que aun en la peor oscuridad del ser humano, siempre puede aparecer un rayo de luz que le puede dar sentido a su existencia, que en este caso sería Naomi.

Gracias por sus lecturas y comentarios. Los leo todos y cada uno de ellos. Cuando termine mi tesis apareceré con un nuevo episodio, si es que ella no acaba conmigo primero XD.

PD: MALDITA TESIS, como te odio T_T

¡Besos y abrazos!