Flores de cementerio.
[Hiciste crecer flores en mis pulmones, y aunque son hermosas...no puedo respirar]
VII.
Caléndula.
Sentado desde el portal de la pagoda que les había servido de refugio, se dedicó a observar como, de un profundo color oscuro, la mañana iba tomando terreno poco a poco coloreando el cielo de azul.
Jadeó exhausto, no había podido pegar el ojo en toda la maldita noche. Cuando estaba despierto no hacía más que darle vueltas a las palabras de Kikyo pero, si acaso el sueño lograba vencerlo, soñaba a Kagome sosteniendo en sus brazos un montón de flores rojas mientras le sonreía, justo cuando ella le sonreía él despertaba abruptamente con un pesado sabor a sangre en la boca.
Maldita fuera su puta cabeza...
El movimiento de las sábanas y la paja seca le anticiparon antes de escucharla—. InuYasha —la voz de Kikyo le retumbó en toda la cabeza. Instintivamente aferró el agarre que mantenía de Tessaiga en su regazo.
Apartó su atención del amanecer y se enfocó en ella: aún no recuperaba un tono de piel saludable pero al menos lucía menos pálida que anoche, su abdomen torpemente vendado se asomaba por entre la sábana que le cubría desde la espalda y caía sobre sus hombros, cubriendo la parte superior de su torso.
Kikyo jaló suavemente la sábana sobre ella en un intento de cubrir más su pecho expuesto, quizá sabiéndose escudriñada. InuYasha, avergonzado, apartó su mirada de ella y la dirigió hacia el suelo.
—¿Cómo te sientes? —pregunto sinceramente, pero aún no era capaz de verla de nuevo a los ojos.
—Parece que la fiebre ya ha pasado —respondió ella en su tono serio de siempre, eso de cierta manera lo reconfortó—. Necesito conseguir unas cuantas plantas medicinales para un ungüento que me ayude a curar mi herida.
InuYasha se acercó a ella a paso cauteloso, terminando por acuclillarse cerca de la improvisada cama donde la sacerdotisa había pasado la noche.
—Dime cuáles necesitas, las traeré para ti —se ofreció tratando de esquivar su mirada—. Tú aún debes descansar.
Kikyo acató con un movimiento de su cabeza, aceptando de buena gana su oferta. Inuyasha la vio hurgar entre los bolsillos de su ropa para después sacar una pequeña bolsa hecha con tela de fibras ásperas, la sacerdotisa extendió su mano hasta la suya, él abrió su palma recibiendo el objeto en ella.
—La raíz de bardana tiene un olor mucho más intenso cuando está seca —explicó Kikyo describiendo lo que contenía el paquete color claro que le había entregado—. confío que así te ayudará a identificarla más fácilmente.
InuYasha cerró sus dedos sobre el montículo de tela, aprisionando el objeto en su palma
—Bien. Estaremos aquí hasta que te sientas mejor, así que también traeré algo para comer. —mencionó con suavidad al mismo tiempo que pretendía ponerse de pie, tragándose toda la incomodidad que la situación le causaba. Tuvo que recobrar por un instante el equilibrio cuando las manos de Kikyo sujetaron la suya—. ¿Pasa algo?
Kikyo no contestó de inmediato, parecía absorta en el puño cerrado del híbrido donde resguardaba la pequeña bolsa que ella le acababa de entregar. La vio apretar un momento los labios antes de decidirse a hablar por fin.
—Lamento tanto darte tantas molestias… —murmuró Kikyo en un tono de voz apenas audible.
InuYasha bufó tratando de quitarle peso al asunto—. No deberías preocuparte por eso —instintivamente dirigió su vista hacia ella, notando que la sacerdotisa mantenía la cabeza baja. Se dio cuenta que ella tampoco se atrevía a verlo a los ojos.
—¿Te gustaría olvidar lo que dije anoche? —la pregunta fue tan directa que lo sacó por completo de balance—, ¿te gustaría que yo no lo recordara?
Sin darse cuenta, aplicó más presión en el puño que resguardaba la raíz de bardana, pudo incluso sentir sus garras rasgar suavemente la rígida tela. No quería admitirlo, pero el hecho de pensar que quizá ella no recordaba su confesión le estaba ayudando a él mismo a actuar como si nada estuviese pasando.
—No es eso, Kikyo —por fin se atrevió a mirarla más fijamente, aún cuando ella no se atrevía todavía a hacer lo mismo. Llenó su pecho de todo el aire que fue capaz—. Sé que lo dijiste por culpa de los delirios que te provocó la fiebre. No quería que te sintieras comprometida con todo esto.
Los labios de Kikyo parecieron temblar, como si estuviera tratando de mantener la compostura.
—InuYasha, uno no solamente se da cuenta que está vivo porque puede ser herido y sangrar —pudo sentir como las manos de Kikyo le sujetaban más aprensivamente—. El ser capaces de experimentar el miedo, nos lo recuerda constantemente.
InuYasha pudo sentir sus ojos abrirse un poco más de lo normal mientras Kikyo parecía buscar las palabras correctas para continuar.
—Fue mi culpa que sintieras miedo, ¿no es así?, debí actuar más rápido cuando me di cuenta que esa cripta era una trampa —volvió a bajar la mirada, avergonzado.
—Si crees que solamente tuve miedo de volver a morir, no estás entendiendo nada —el tono de voz se elevó por un momento. InuYasha alzó nuevamente su cabeza, tuvo que disimular el vuelco que sintió en su pecho cuando se dio cuenta que ahora Kikyo le veía fijamente—. La idea de morir no significó nada comparada con la idea de hacerlo y que tú, nuevamente, no supieras lo que significas para mí.
Su piel se congeló y, por un momento, su sangre pareció dejar su cuerpo. InuYasha intentó hablar pero de su boca no salió ningún sonido.
—Fue en medio de un delirio, en medio de una angustiosa desesperación, cómo tú quieras verlo —Kikyo parecía haber sacado toda la determinación de la que era capaz, su mirada era tan determinada que InuYasha podía sentir como si le cortara la piel—. Pero fue la verdad.
El escalofrío que le recorrió la espalda prometía que iba a partirlo por la mitad—. Sé que es la verdad —se sintió incapaz de sostener un minuto más la mirada, volvió a enfocarse en las manos de ambos. Kikyo aun no le soltaba, ni aparentaba tener intenciones de hacerlo pronto—. Lo supe desde el momento en el que lo dijiste.
—El solo pensar que me marcharía una vez más sin que lo supieras de mi boca. El no poder decirlo con todas sus letras. Me aterró —retomó la sacerdotisa luego de una larga pausa de silencio, su tono de voz se había suavizado nuevamente—. Y poder confesarlo era una oportunidad que añoraba mi corazón, una esperanza que guardaba desde incluso antes de volver a ser una humana.
Todo el aire en los pulmones de InuYasha se escapó en un jadeo de sorpresa. Toda la parte superior de su pecho le dolió como si una enorme piedra le hubiese caído encima, rompiéndole las costillas.
"Durante el proceso del ritual. El sacrificio, no sólo entregaba sino también recibía. Obtenía acceso total de a quien estaba salvando: a sus intenciones, a su mente...a su corazón"
La cabeza comenzó a dolerle tanto que pensó que iba a desmayarse.
"No lo hice por ti…"
—También, por alguna razón —continuó Kikyo, tan inmersa en sus palabras que no notó el enorme tifón que se estaba formando en el pecho de InuYasha—, tenía la firme certeza que no serías indiferente a mis sentimientos. Lo soñé tantas veces que casi parecía una realidad.
El tacto de Kikyo de pronto se sintió como si una placa de hierro al fuego vivo le estuviera quemando la piel, se apartó de sus manos de manera más violenta de la que realmente le hubiera gustado.
Tratando de obviar toda la pesada atmósfera que los había rodeado decidió ponerse de pie, caminó a paso lento hasta el umbral de la puerta sin tomarse un solo momento para voltear a verla.
—Lo soñé tantas veces… —la escuchó murmurar en un tono casi entrecortado, él se dio la media vuelta para verla una última vez antes de salir de la pagoda—. Cuando Naraku deje de existir en este mundo, seremos libres: tus amigos, tú...yo.
—Es verdad —contestó de forma tajante regresando su mirada hacia enfrente, dispuesto a salir de una buena vez.
—Sólo quiero que sepas —retomó Kikyo con seguridad—. Que cuando ese día llegue, yo te estaré esperando.
Involuntariamente, InuYasha se aferró con fuerza al umbral de la entrada—. Cuando Naraku deje de existir en este mundo...seremos libres. —repitió las mismas palabras que ella había dicho, solo que en un tono mucho más serio—. Antes no.
Se quitó del camino de la puerta corrediza y la cerró de un solo tirón. El silencio que se apoderó del lugar, tanto dentro como fuera de la pagoda, era tan profundo que le sabía incluso a funeral.
Poco a poco pudo sentir el calor del sol tocando su piel, dejó de mirar el suelo y enfocó su vista hacia el enorme orbe de luz que ya había tomado suficiente terreno en el cielo como para pintarlo de un claro color azul.
"a sus intenciones, a su mente...a su corazón"
Tragó tan ásperamente que la garganta le dolió. Cuando Kikyo le explicó qué había pasado con Kagome después de ese funesto ritual que le regresó su condición humana, él no lo había entendido del todo. Hasta ahora.
"Lo soñé tantas veces que casi parecía una realidad"
¿Por eso ella se había estado comportando tan malditamente extraña desde ese día?, por lo que había comprendido de la explicación de Kikyo, Kagome pudo ver su mente y su corazón, pero, ¿tenía manera de distinguir qué era un sueño y qué no lo era?
Kagome le había mentido, sí lo había hecho por él. Y no se refería a ayudar a Kikyo, sino por toda esta estupidez de actuar como si él no le importara.
Kagome se había hecho a un lado porque pensó que él quería eso.
Ella no lo quería lejos.
A ella aún le importaba lo que pasara con él.
Por primera vez en varios días, la espesura que atosigaba su respiración pareció desvanecerse.
Tomó una gran bocanada de aire, como la que da alguien cuando saca su cabeza del fondo del agua, pudo sentir como el aire limpio se filtraba en lo más profundo de su pecho.
Observó de nuevo el paquete con raíz de bardana en su palma, lo guardó entre sus ropas y dio un gran salto hacia adelante. Debía darse prisa.
Debía volver a casa.
-o-
El ambiente de esa tarde era más bien sofocante culpa del calor y la humedad, lo bueno es que el atardecer no tardaba en hacer su llegada y, con fortuna, traería un poco de brisa fresca para pasar cómodamente la noche.
Su mente siguió divagando mientras su mirada permanecía perdida en el cauce del río que corría con energía frente a él, se dejó llevar por el sonido que hacía el agua cuando pasaba sobre las piedras en el fondo del río, cerró un momento sus ojos y recostó todo el peso de su espalda sobre el árbol donde él y sus compañeros habían decidido sentarse a pasar la tarde lo más tranquilamente posible.
—¿Ustedes creen que hoy regrese Kagome? —la aguda voz de Shippo distorsionó por un momento el sonido del agua en su cabeza, abrió despacio sus párpados para ver al pequeño zorro demonio a unos pasos de él. Su rostro infantil era incapaz de esconder la preocupación detrás de esa pregunta.
—Considerando que está por caer la noche, probablemente espere hasta mañana —le respondió al tiempo que le sonreía suavemente, intentando transmitirle aunque fuera un poco de tranquilidad. Volteó hacia su derecha cuando se dio cuenta que Sango, sentada justo a un lado de él, se removió incómoda en su lugar.
Por encima de su hombro, podía notar en el rostro de la exterminadora ciertas muecas de inconformidad. Como si estuviese a la espera de una tempestad.
El cosquilleo en su nuca, aquel que siempre le anunciaba la presencia de alguna aura demoniaca, le hizo ponerse ligeramente alerta irguiendo su espalda separándose levemente del soporte que era el tronco de madera.
Su típico bufido enfurruñado lo anunció antes que comenzara a hablar—. Sabía que iba a encontrarlos holgazaneando cerca de la aldea —la voz enérgica de InuYasha después de semanas de no escucharlo era un poco discordante, pero sin dudas era como un respiro de alivio.
Impulsivamente, Miroku se puso de pie mientras Sango se abrazó las rodillas, haciéndose más pequeña en su lugar, apretando con fuerza los labios. InuYasha estudiaba con la mirada el lugar donde sus amigos descansaban.
—Oye, Miroku, ¿dónde está Kagome? —el monje sintió sus pies clavarse en el suelo cuando escuchó la pregunta de su amigo, por la manera en la que Sango apretó los puños sobre sus rodillas entendió que ella pensaba exactamente lo mismo que él.
Estaba a punto de liarse parda.
—Está en su época desde hace unos tres días —las intenciones de Shippo eran inocentes al responder pero, a los ojos del monje y la exterminadora, era el traidor más grande del planeta—. ¿Irás a buscarla?
InuYasha se dio un par de golpecitos en el hombro izquierdo, con pereza—. Qué remedio. Siempre es lo mismo con esa niña.
La manera en la que el medio demonio estaba actuando, como si nada estuviera pasando, como si no hubiera estado las pasadas semanas viajando con Kikyo, de cierta manera lo descolocó.
—Antes que hagas cualquier cosa, InuYasha —habló tan firme como pudo—. Dinos, ¿Kikyo-sama y tú pudieron encontrar algo? Nosotros ubicamos un par de criptas al norte, pero ninguna parecía tener ninguna pista importante.
Su estrategia de distraer al hanyo aparentó funcionar. El rostro de InuYasha se tensó, frunciendo el ceño en un ademán pensativo.
—También dimos con una cripta, pero solo resultó ser una maldita trampa de Naraku —la mirada de InuYasha se enfocó en el suelo, como si estuviera repasando sus recuerdos en su cabeza—. Hirió seriamente a Kikyo, nos tomamos unos días para que sanara completamente. Al parecer Naraku escuchó rumores sobre la nueva humanidad de Kikyo, y quiso comprobarlo él mismo.
Miroku llevó su mano derecha hasta su barbilla y bajó levemente su cabeza, analizando la información que InuYasha acaba de proporcionarles. Esto era muy grave, no estaba para nada seguro de qué tan inconveniente era que Naraku ahora supiera la condición de la sacerdotisa, no tenía idea de qué planearía ahora que estaba seguro de ello.
—¿Y Kikyo-sama? —su pregunta pareció sacar de balance por un segundo a su amigo, pues se cruzó de brazos con recelo.
—Fue a reunirse con esas niñas sirvientes suyas —respondió apartando su vista, incómodo. Miroku no pudo evitar hacer una mueca de medio lado.
¿Qué demonios había pasado entre esos dos?
—Imagino que te reunirás con ella en cuanto regrese, ¿no es así? —la mirada que InuYasha le dedicó dejaba claro que, si no paraba de interrogarlo, le iba a rebanar con sus mortales garras.
—Primero debo hablar con Kagome —no supo exactamente si debía asustarse por esa idea—. Es importante.
Antes de que el monje pudiera idear otra cosa para desviar la atención de InuYasha, este se había apartado de un salto de ellos, con dirección al pozo devorador de huesos oculto en la profundidad del bosque.
—¿Estará bien que lo dejemos que atraviese el pozo? —aparentemente, Sango por fin había salido del letargo en la que el repentino regreso de InuYasha la había sumido. Miroku volteó a verla, ella seguía abrazando sus rodillas como una chiquilla.
—¿Tú podrías impedírselo? —la ironía en su pregunta era palpable. Sango exhaló un pesado suspiro, dándole la razón.
Ahora solamente les quedaba esperar para contar los daños culpa del tremendo tifón que se avecinaba.
-o-
Cuando los destellos de luz azules y amarillos dejaron de envolverle, supo que había llegado. Movió sutilmente sus pies para asegurarse que, debajo de ellos, estaba la tierra árida y fría del fondo del pozo.
Solo le hizo falta un salto para llegar hasta la cima, dirigió su vista hacia la entrada de la pagoda que protegía el pozo. Los colores naranjas del sol que ya se despedía se colaban por el umbral, podía escuchar a lo lejos ese extraño bullicio tan común de esa época tan distinta a la suya. Subió las escaleras con una calma que no conocía y salió de la sencilla construcción de madera.
Por alguna extraña razón, su corazón golpeaba fuertemente su pecho. ¿Estaba nervioso? después de todo no la había visto en semanas.
Dirigió su vista en dirección a la casa donde Kagome vivía con su familia, podía distinguir el aroma de todos ellos...menos el de Kagome. Al parecer ella no estaba ahí.
Arqueó una ceja e hizo una mueca de disgusto, ¿dónde estaba entonces?, caminó con dirección al arco Torii color rojo ubicado justo en la entrada al templo mientras intentaba concentrar su agudo olfato en encontrarla. No le gustaba admitirlo, pero en la época de Kagome siempre era un pelo más complicado, con el asunto que era mucho más concurrido y abarrotado, que cuando buscaba a alguien en la suya.
Cuando el aroma a jazmines le cosquilleó la nariz, sus ojos se abrieron con anticipación y su corazón volvió a bombear fuertemente en su pecho. La había encontrado, estaba por llegar a los pies de la larga escalinata que llevaba a su casa.
Había otro olor justo a un lado de ella, uno que no reconoció de nada, no le dio importancia. Seguramente era otra de esas ruidosas amigas suyas.
La escuchó reírse, como desde hace eternos días solo lo había hecho en sus sueños, y eso le despertó los sentidos. No se dio cuenta de cuando, pero caminó casi corriendo hasta la entrada, buscando llegar hasta las escaleras.
Se detuvo tan abruptamente que prácticamente se mareó, abrió tanto sus ojos que le dolió el rostro entero y sintió un poderoso golpe en el fondo del estómago que le dejó sin un solo vestigio de aire en el cuerpo.
¿Quién carajos era ese tipo? y, lo más importante, ¿por qué diablos Kagome lo tomaba de la mano?
Toda la sangre de su cuerpo pareció secarse, ese idiota entrelazaba sus dedos con los de Kagome mientras le sonreía y ella le sonreía de vuelta.
Le estaba sonriendo a él.
El fuego se apoderó de todos sus sentidos, su respiración se hizo pesada y la furia en su cabeza era tal que lo único que quería era bajar la larga escalinata de solo un par de saltos, ponerse en frente de aquel patético hombrecillo y obligarlo a soltarle la mano. Estaba dispuesto a arrancarle el brazo si eso era necesario.
Decidido, dio un par de pasos hacia adelante pero entonces la sensación espesa, que hace días había dejado de atormentarle el pecho, volvió esta vez más pesada, más arrebatada, más violenta. Subiendo como ácido venenoso por su garganta.
La sensación se hacía cada vez más espesa, como desde su pecho comenzara a nacer una sólida flema, aquellas formas delgadas como cuchillas volvían a rasguñar salvajemente el interior de su garganta pero esta vez era diferente, no solamente le dejaban un sabor amargo combinado con el de su sangre. Ahora una sustancia extraña parecía querer salir por su boca, provocando en él severas arcadas que tuvo que acallar colocando su palma sobre sus labios.
Comenzó a toser de forma agitada, al mismo tiempo que intentaba dar violentas bocanadas suplicando por respirar. Se sentía como si estuviera debajo del agua y el oxígeno comenzara a acabarse.
Tuvo que presionar su palma contra sus labios con violencia, tratando de evitar que lo que sea que intenta salir cumpliera con su objetivo, cuando vio a ese bastardo tocar el rostro de Kagome y posar sus asquerosos labios sobre su frente.
Cerró fuertemente los ojos cuando no pudo aguantarlo más dejando escapar de entre sus labios, colándose entre sus dedos y terminando por caer al suelo, aquello que había nacido desde su pecho y subido por su garganta. Lagrimeaba tanto que no podía ver qué era pero la sensación en su palma era como si fueran trozos de papel, o tal vez las hojas de un árbol.
Alterado por lo que sea que estuviera pasando, corrió con dirección a la pagoda del pozo. No podía seguir así, no podía dejar que Kagome lo viera así. Apenas podía ver por donde andaba cuando se lanzó de un salto.
De nuevo la piscina de luces de colores lo recibió antes de estar de vuelta en su época. Alzó su mirada hacia el cielo. El sol ya estaba prácticamente desapareciendo, por lo que solo podía ver un tono gris rosáceo sobre su cabeza.
Cerró en un puño la mano que aún mantenía en su boca y la alejó. Tomó tanto aire como pudo sintiéndose aliviado al darse cuenta que este se filtraba correctamente en su pecho.
¿Qué diantres había sido eso?
Había estado tremendamente enojado, luego desesperado cuando aquel ataque comenzó a golpearle el pecho y había terminado por hacerle vomitar...lo que sea que hubiese sido eso.
Con su puño temblando como si lo estuviera sacudiendo un terremoto, lo acercó nuevamente lo suficiente para distinguir con su vista lo que encerraba en su palma.
Al principio parecían simples motes de sangre, luego los comparó con unos trozos de papel teñidos de rojo, no tenía la más puta idea de lo que eran.
Por un segundo muy estúpido, llegó a su mente aquella escena de sus sueños que se repetía en su cabeza una y otra vez: vio frente a él a Kagome con los brazos llenos de esas flores rojas a las que ella llamó camelias.
Era imposible que lo que acababa de toser fueran camelias pero, fueran lo que fueran, tenían exactamente el mismo color.
-o-
—¡¿Por qué carajos no me dijeron nada?! —reclamó autoritariamente sin importarle una mierda que estuvieran en la plenitud de la noche.
El monje frente a él aparentó no alterarse, absorto en su labor de tomar trozos de pergamino en blanco mientras, con su mano derecha, mojaba su pincel en tinta color negro y comenzaba a escribir conjuros para exterminio o protección, según fuera el caso.
—No nos correspondía hacerlo —respondió al final dejando los pergaminos con tinta fresca uno al lado del otro sobre el suelo de madera de la cabaña donde la sacerdotisa Kaede tenía la hospitalidad de recibirlos—. Es un asunto personal de Kagome-sama. Ella debía decírtelo.
La respiración de InuYasha era tan brusca que podía escucharse por toda la cabaña donde, por el momento, solo estaban ellos dos, pues Sango y Shippo habían acompañado a la anciana Kaede a atender a un enfermo de la aldea.
—No hubo necesidad de que me dijera nada —espetó con sorna, arrugando la nariz con desdén de solo tener que recordar la mala imagen que se llevó hacía un rato—. Yo la vi coqueteando tan descaradamente con ese...ese idiota.
—Bueno, ese es un problema porque creo que no estás entendiendo las cosas —complementó Miroku sin detener su labor.
—¡¿Me vas a decir que no estaba coqueteando?! —gritó cada vez más ofendido con el hecho que Miroku parecía tomarse todo el asunto como si fuera nada.
—InuYasha, yo apenas sé un poco más que tú de este asunto —Miroku parecía más que dispuesto a mantener la calma, manteniendo su sosiego se dedicó a limpiar el pelo de su pincel con agua limpia—. Pero, considerando lo que Kagome-sama nos ha contado, ella solo se estaba comportando como cualquier muchacha de su edad cuando está al lado del joven de quien ha aceptado sus intenciones.
InuYasha tuvo que tragar con toda la voluntad que era capaz para evitar vomitar de nuevo, definitivamente no quería hacerlo frente a su amigo. También tuvo que carraspear su garganta para liberarse por completo de la angustiosa sensación.
—Eso es una estupidez… —refunfuñó cruzándose de brazos. Tratando de disimular que no se lo estaba llevando el demonio.
—¿Por qué?, ¿crees que eres el único al que puede gustarle Kagome-sama? —soltó Miroku tan directamente que el medio demonio se quedó congelado en su lugar—. En esta época ha sido una jovencita muy pretendida, no necesito decirte eso, creo que lo sabes de sobra. La verdad no me extraña que en la suya lo sea incluso más.
—Que la pretendan cuántos bastardos quieran —se defendió InuYasha luchando contra la aplastante sensación en su pecho—. Pero ella debería dejar de ser tan irresponsable como para aceptarlos.
—¿Acaso tú puedes reclamarle eso? —el monje se mostraba decidido a no dejarle tregua.
—¡Ella no está enamorada de ese idiota! —insistió con energía, pero luego bajó el tono y entrecerró los ojos con recelo—. N-no puede…
—Puedo darte la razón, después de todo, el corazón de las mujeres trabaja de manera maravillosa, pero un mar de diferente al nuestro —por un instante el monje pareció darle una tregua a su desesperado amigo—. Pero no deberías confiarte con eso.
—¿A qué te refieres? —preguntó cautelosamente. Quizá no queriendo saber del todo la respuesta.
Miroku se encogió de hombros, con naturalidad—. Aun si no lo ama, ese hombre podría volverse muy importante para Kagome-sama. Tanto como para enfrentarte a ti con tal de defenderlo a él.
Para cuando el monje terminó de hablar, a InuYasha le dolía muchísimo la cabeza. Estaba harto de hablar de ese idiota, estaba harto de ver una y otra vez su imagen tomado de la mano de Kagome, estaba harto de tantísima mierda.
Sin decir una sola palabra más se puso de pie, caminó a paso firme hasta la entrada de la cabaña, hizo a un lado la cortina de paja seca y salió de ahí, dejando a su amigo solo con sus estúpidos pergaminos de mierda.
No pudo evitar el jadeo de sorpresa cuando, a unos pasos de él, la mirada de Kikyo se dirigía a la suya con un semblante apesadumbrado. La respiración de la sacerdotisa era lenta, como la que evidencia las ganas contenidas de llorar.
InuYasha se mordió el labio inferior, con frustración. Cerró los ojos y dio un salto en la otra dirección, dejando sola a Kikyo. Ahora simplemente no tenía la mente o las ganas de hablar con ella ni con nadie.
-o-
En las altas ramas de la copa de un árbol, la brisa de esa noche de verano era mucho más agradable que estar en el suelo. Aunque, con lo enfermo que de pronto estaba sintiéndose, ni el viento más sosegado podría ayudarlo.
Alzó su vista entre las ramas sobre su cabeza las cuales, mecidas por el soplar del viento, danzaban con armonía dejándolo apenas ver el brillo de la luna que esa noche iluminaba todo cuanto podía de un color blanco azulado.
—No soy una buena compañía ahora mismo —lanzó al aire cuando el aroma a lavandas le invadió los sentidos. Escuchó sus pasos detenerse abruptamente haciendo fricción con la tierra del suelo.
Bajó su mirada hasta la figura de Kikyo, quien retomó su andar hasta sentarse entre las salientes raíces del árbol donde él estaba sentado, la vio acomodar su arco y carcaj con flechas a un lado de ella para después recostar su espalda en el tronco de madera.
Sin intenciones de bajar de la cima, InuYasha hizo lo propio al acomodar su espalda en el mismo tronco. Su cabeza le dolía tanto que sinceramente no tenía el más mínimo interés de iniciar una conversación.
—Lo lamento mucho… —luego de un largo rato de silencio, la voz de Kikyo se coló entre el canto de las cigarras logrando llegar hasta él—. Lamento que te enteraras de lo que te enteraste hoy.
InuYasha se removió en su lugar, incómodo, cerró los ojos despacio y cruzó sus brazos sobre su pecho.
—Ya no importa —contestó sin ganas. Sabía bien que Kikyo había escuchado su conversación con Miroku, pero no era un asunto que quisiera tratar con ella.
—Parecías tan emocionado por regresar, por eso yo… —de un salto, el medio demonio bajó desde la rama donde permanecía sentado, quedando acuclillado justo frente a Kikyo.
—¡Ya deja eso! —le cortó de golpe, con su mirada fija en la de ella—. Te dije que ya no tiene importancia.
Kikyo bajó la mirada, podía notar la misma desilusión de hace un rato aún presente en sus facciones. InuYasha relajó los hombros, tratando de lucir menos a la defensiva. Después de todo, no era justo desquitarse con ella.
—Te dije que iba a esperarte y así lo haré —sentenció Kikyo al mismo tiempo que tomaba de nuevo su arco del suelo y acomodaba su carcaj en su hombro, con la clara intención de marcharse. InuYasha solo se limitó a verla ponerse de pie—. Un día también te aseguré que nadie que no fueras tú no me tocaría jamás un solo cabello. Recuerda eso también.
Aquellas palabras le calaron tan profundo que sintió como si le rompieran las costillas. En medio de un impulso, tomó la muñeca de Kikyo con la cual empuñaba su arco y la presionó tan fuertemente que la obligó a abrir los dedos haciendo que el arma cayera al suelo sin ningún miramiento.
Jaló sin cuidado de su muñeca, provocando un jadeo de sorpresa de parte de Kikyo cuando su cuerpo cayó al suelo. Quedando a la misma altura del hanyo.
Su pecho subía y bajaba con aspereza y los ojos de Kikyo temblaban, como si le tuviera miedo. Ese pensamiento le dolió.
Primero colocó la mano en su mejilla, subió lentamente sobre su piel suave y subió hasta llegar a su nuca, enredando sus dedos en el largo cabello negro con cuidado de no lastimarla con sus garras.
Con su mano libre le rodeó la cintura, atrayéndola hacia él, comenzó a besarla desordenadamente. Kikyo por un momento intentó empujarlo, cerrando sus puños contra sus hombros, forcejeando para liberarse. No pasó mucho tiempo antes de que cediera ante la fuerte imposición de InuYasha, correspondiendo a sus desesperados besos.
Cuando separaron sus labios ambos suspiraban por aire, InuYasha bajó su cabeza hasta su cuello, acomodándose entre su hombro y clavícula. Respiró profundamente el aroma a lavandas, dejándose marear por él.
—InuYasha… —murmuró Kikyo intimidada cuando se dio cuenta que el medio demonio jalaba la tela de su ropa, logrando quitársela. Solo la soltó por un momento para quitarse su propia túnica color rojo, dejándola en el mullido suelo cubierto de hierba fresca.
—Dilo —la voz de Inuyasha era ronca, como si raspara su propia garganta. Había vuelto a esconder su rostro en el hueco de su cuello y hombro ahora expuestos de Kikyo.
—No quieres escucharlo... —soltó entre quejidos cuando el hanyou le mordisqueaba la piel con lujuria—. No quieres escucharlo viniendo de mí…
InuYasha se detuvo abruptamente, abrazó con fuerza a Kikyo volviendo a hundirse en su cuello, ella lo abrazó también.
—Quiero...quiero escucharlo de ti —susurró por fin, sintió como Kikyo deshacía el abrazo y lo empujaba suavemente para que pudieran verse frente a frente.
Los ojos de Kikyo destellaban con la luna, InuYasha se estremeció al sentir su mano acariciarle la mejilla, con devoción.
—Te amo —habló casi en un murmuro, pero lo suficientemente alto para que él lo escuchara—. ¿No dijiste que lo sabías ya?
Bajó su mirada hacia el suelo, era de verdad un miserable. Que Kikyo lo dijera no cambiaba en nada lo mal que se sentía.
Kikyo no apartó su mano de su mejilla—. ¿Puedo escucharlo de ti? —no era una súplica, pero aún así era una pregunta que guardaba una esperanza.
Cerró pesadamente sus párpados, tomó la mano que Kikyo mantenía en su mejilla y la sujetó con fuerza. La presión que sentía sobre su pecho, aplastando sus costillas, aumentó.
Todo era solo una mezcla horrible y confusa de emociones, primero la ira, luego el deseo y ahora parecía no sentir lo más mínimo.
Pero…
Aún así…
—Te amo —soltó apenas abrió los ojos, aunque no enfocó el rostro de Kikyo.
Pudo sentir el cuerpo de la sacerdotisa abrazarlo, aferrándose a su espalda—. Dilo...una vez más.
—Te amo —repitió más por seguir su petición que por que realmente quisiera decirlo.
Ahora fue Kikyo quien buscó sus labios y él correspondió. Aún cuando su cabeza le pedía a gritos que no lo hiciera.
Quería sentir sus palabras, quería ser de ella, como ella ya era de él aún sin siquiera haberla tomado todavía.
¿Estaba siendo demasiado terco al aferrarse a creer que lo conseguiría?
Después de todo, Kikyo era importante para él.
Era ella una de sus máximas prioridades en la vida.
Aun si no lo ama…
La sacerdotisa dejó caer su cuerpo sobre la verde cama que cubría el suelo, el medio demonio la siguió, quedando encima de ella. Volvieron a besarse.
ese hombre podría volverse muy importante para Kagome-sama.
Importante para ella…
¿Tan importante como para un día querer ser de él?...
…¿Kagome podría llegar...a entregarséle a ese idiota?
El golpe que sintió en su pecho fue lo suficientemente violento como para hacerlo sentir como si se le hubieran roto varios huesos y ahora estaba sangrando en el interior de su cuerpo.
Se apartó de Kikyo tan rápido como fue capaz, se puso torpemente de pie. Ella lo veía aturdida, pudiera decirse también que dolida. No podía respirar, la espesura de su pecho subía violentamente por su garganta, con sabor a ácido y con una textura que le rasguñaba la faringe cada vez más y más. Sabía bien que sería prácticamente imposible intentar contenerlo.
Puso su mano derecha sobre su boca y se apresuró hasta la parte trasera de otro árbol del espeso bosque, tosió furiosamente para luego tener arcadas.
Quitó su mano del camino y expulsó por su boca un río de trozos de papel carmesí que bailaban en el aire antes de caer por fin en el suelo. Trató de recuperar la respiración con severas bocanadas, antes de terminar de escupir los últimos vestigios de esas malditas cosas que salían de su boca como retazos de tela u hojas de un árbol en otoño.
Se limpió los hilos de saliva y sangre que se escapaban de la comisura de sus labios con frustración. Habían sido muchísimos más de los que había tosido esa misma tarde.
Esto era malo.
Irguió su espalda y dirigió su mirada hacia donde había dejado sola a Kikyo. Solo para corroborar que ella ya no estaba ahí. Solo estaba su túnica de ratas de fuego abandonada sobre el suelo.
Exhausto, se dejó caer de rodillas justo frente al pequeño cúmulo de papeles rojos que había vomitado. Curiosamente, su olor no era nauseabundo, era como el de la sangre fresca pero había otra esencia que despedían.
Las flores son flores y ya, no nacen de la sangre…
Sus ojos se abrieron por la sorpresa y un jadeo se escapó de su pecho recién despejado.
Tembloroso, acercó su mano hasta uno de esos supuestos trozos de tela.
La imagen de Kagome acariciando los pétalos de una flor que eran idénticos a esa extraña cosa que ahora sostenía entre sus dedos.
Esto era de verdad malo...
-o-
Daba vueltas en su cama sin poder dormir, culpa de su mente dando mil y un vueltas en ningún tema en concreto. Con su vista fija en el techo se preguntó qué hora podría ser pues, por la tenue luz del alumbrado público que se colaba por su ventana, podría adivinar que no solamente era un poco más allá de la media noche.
Giró una última vez su cuerpo sobre sus sábanas color rosa, levantó su mano hasta su lámpara ubicada en la mesita de noche justo a un lado de su cama y la encendió.
El artificial color amarillo intentó ganarse paso entre el profundo azul oscuro que invadía la habitación. Kagome tuvo que parpadear levemente un par de veces para asimilar la nueva iluminación.
Se sentó en su cama y buscó con su vista sobre la superficie de madera con intenciones de encontrar su reloj despertador. Llamó su atención que los pétalos rojos que había levantado de la cima de la escalinata no estaban sobre la mesa, donde ella los había dejado apenas entró a su habitación. Estudió el suelo de su habitación con su mirada y los encontró regados sobre la alfombra de tatami.
La fresca brisa de esa noche, que se colaba por la ventana de su habitación, jugueteó tanto con sus cabellos como las cortinas que cubrían el marco de la ventana, delatándose como la culpable del destino de aquellos pétalos en el suelo.
Resopló un poco divertida por lo sucedido y se levantó de su mullida cama soltando un suave quejido cuando lo hizo.
Antes de agacharse a levantar nuevamente los pétalos del suelo, caminó sobre ellos con dirección a la ventana con intenciones de cerrarla y así impedir que el viento volviera a lanzarlas fuera de su lugar.
Tuvo que ahogar un grito de sorpresa cubriendo su boca con ambas manos cuando, al abrir la cortina, InuYasha de un salto alcanzó el marco de la ventana sujetándose de este.
Su expresión fue de total asombro al verlo ahí, justo frente a ella. Pero se veía totalmente diferente a la última vez que lo vio: su cara era pura furia, jamás lo había visto tan enojado. Con la quijada tensa y con los ojos que casi parecían estar en llamas.
¿Cuándo es que había regresado de su viaje con Kikyo…?
N/a: Pasa algo muy curioso con este capítulo pues, a pesar de que era el que más claro tenía en mi mente, ha sido sin dudas el más duro y difícil de escribir (al menos hasta ahora). Me ha tomado mucho trabajo, incluso he acabado temblando un poco xD Así que espero que de verdad les guste, que desistan en la idea de matarme si quieren hacerlo (no lo hagan ;_; insisto: soy buena!) Quiero recordarles que este fic, aún cuando han pasado por cosas muy duras, fue, es y será siempre InuKag.
La explosión del hanahaki creo que ha sido de lo más desgastante que he redactado en mucho tiempo. Pero créanme, tiene una cura. Eso puedo adelantarles, para este fic lleno de angst tengo planeado un final feliz. Así que solo puedo suplicarles que sean pacientes. No tengo cómo agradecerles su paciencia, sino también cada uno de sus reviews, todos tan lindos, tan completos. Los atesoro en mi corazón.
Antes de que lo olvide. Este capítulo se llama Caléndula que significa: Pasión, Crueldad, Pena, Celos. No hace falta explicar más, ¿verdad?
Más datos curiosos, más datos curiosos!:
Lo de la raíz de bardana lo aprendí mientras jugaba Red Dead Online jajaj, he hecho mi avatar un experto en hierbas medicinales y también suelo disparar con arco y flecha. Creo que no hace falta decir a quién hago homenaje jajaj, ¿debería llamar a mi caballo Buyo?
La relación de InuYasha y Kikyo desde aquí va en declive, pero no es precisamente de eso de lo que quiero hablar, sino de las canciones que siempre escucho cuando redacto las escenas entre ellos dos: la principal es La Petite Mort de José Madero (si no lo conocen creo que acabaran hacerlo porque si hago costumbre hacer esto de hablarle de las canciones que me inspiran lo voy a mencionar prácticamente el 99% de las veces), la segunda es everything I wanted de Billie Ellish.
Bueno, hoy sí me fui de largo. Así que me despido ya.
Un beso y nos leemos en la próxima actualización.
-Kao
