Flores de cementerio.
[Hiciste crecer flores en mis pulmones, y aunque son hermosas...no puedo respirar]
VIII.
Narciso.
Levantó del suelo su túnica de ratas de fuego, secudiéndola suavemente para dejar caer rastros de tierra o de hierba que se habían quedado adheridas a la tela. Dio un pesado suspiro antes de volver a vestirse.
Era el más grande pedazo de escoria sobre la tierra.
El perfume de Kikyo se le coló a la nariz, haciéndole entender que ella aún estaba ahí. Probablemente escondida entre los árboles, muerta de vergüenza.
—Si ahora mismo me odias, me lo tengo merecido —soltó al aire, sabiendo que sería perfectamente escuchado.
—Es increíble que aún no te hayas enterado o, lo que es peor, que no te quieras dar por enterado —la voz de Kikyo era como un susurro entrecortado. InuYasha pudo darse cuenta del gran esfuerzo que estaba tomando la sacerdotisa por no quebrarse—. Cada una de mis palabras eran, son y seguirán siendo verdad.
—Yo no soy un melocotón del que puedas recuperar el sabor —lanzó con una frialdad con la que no estaba realmente familiarizado. Pudo escuchar como, en un doloroso jadeo, Kikyo perdió todo el aliento que contenía en su pecho—. No lo soy y...tengo que dejar de intentarlo.
Dio un par de pasos hacia atrás y se dio la media vuelta. Pretendiendo marcharse en la dirección contraria a donde sospechaba que Kikyo se encontraba.
—Ella no te está esperando —la sentencia de Kikyo, a penas se dio cuenta de qué dirección tomaban sus pasos, fue tan filosa como una daga que atravesó a InuYasha, haciendo que se detuviera de forma abrupta. Él le había hecho daño con sus palabras y ahora ella le regresaba el favor.
No pudo evitar soltar una solitaria risa, con la que intentaba disimular el dolor que ese pensamiento le causó. Estudió a su alrededor topándose con el montón de pétalos, o lo que sea que fueran esas cosas, que habían salido de su garganta.
El silencio entre los dos reinó como si todo el bosque a su alrededor hubiese sido consumido por furiosas llamas y ahora solo quedaran las cenizas.
Tragó saliva tan lentamente que le quemó su ya de por sí lastimada garganta. Se dio cuenta que le tomaba cada vez más tiempo sanar, los ojos le pesaban y se sentía cada vez con menos energía.
Se preguntó si esos extraños pétalos estaban acabando con él.
Retomó su camino a un paso tan lento que casi fue como una tortura eterna, alejándose cada vez más de ese aroma a lavandas que ahora se mezclaba con el salado olor de las lágrimas que ella no había podido contener más.
Estaba bien si Kikyo no llegaba nunca a perdonarlo, él mismo no creía poder hacerlo, después de todo.
Apenas sus pies volvieron a tocar el frío fondo del pozo después de que las luces de colores azul y amarillo dejaron de envolverlo, salió tan rápido como pudo de la pagoda del pozo y se dirigió a toda prisa rumbo a la casa de Kagome, deteniéndose justo debajo de la ventana que sabía era la del dormitorio de ella.
El aire que jugaba con sus cabellos plateados y con las copas de los árboles que rodeaban el templo hacían lo mismo con las cortinas de color rosa que protegían la vista del exterior. Se dio cuenta que, al igual que el resto de la casa, la habitación estaba completamente a oscuras. Lo más lógico era pensar que Kagome estaba dormida. Al menos en esta ocasión, podía constatar que el ahora a jazmines le confirmaba que ella estaba ahí.
Un sabor ácido le quemó la boca de solo recordar la última vez que había llegado a visitar esa época. Esa vez el perfume de Kagome no había estado ahí y, cuando por fin pudo detectarlo, este se mezclaba con un insoportable almizcle y pergamino viejo.
Hizo una mueca de incomodidad, el simple recuerdo de ese idiota sosteniendo la mano de Kagome, y que ella aceptara eso tan de buena gana, era suficiente para que su sangre comenzara a hervir como si fuese lava viva.
Lo sacó de sus pensamientos al notar la luz que se encendía detrás de las cortinas, eso significaba que Kagome se había despertado, ¿habrá echado en cuenta su presencia?
Si acaso ese pensamiento le hizo sentir un respiro de esperanza, ese sentimiento murió tan rápido como nació cuando alcanzó a ver su delicada mano acercarse a la ventana abierta con la clara intención de cerrarla.
Ella no te está esperando...
Un repentino choque de furia volvió a invadir su pecho, flexionó sus rodillas con la intención de tomar impulso y saltó al marco de la ventana. La escuchó ahogar un grito del susto y dar un paso hacia atrás, apenas lo vio. Sus ya de por sí grandes ojos color ébano parecieron doblar su tamaño por la sorpresa de verlo ahí, además, parecían brillar en el mismo tono que las estrellas.
Plató sus pies con firmeza en el tatami que cubría el suelo del dormitorio de la chica, en un intento por no perder el equilibrio ante ella.
-o-
—La vida de InuYasha-sama está peligrando —el temple de Asuka era tan frío que, en vez de estar dando una fatal sentencia, parecía estar hablando de cosas banales como ver el pasar de las nubes—. Su corazón ha sido transformado en una raíz por un conjuro de cementerio y, por lo visto, ya ha comenzado a florecer. Por fortuna aún son solo unos cuantos pétalos.
Kikyo endureció su expresión sin apartar su mirada del montón de pétalos del mismo color de la sangre que sostenía en el cuenco formado por sus manos. A Pesar de que eran tantos que casi se le desbordaron cuando los recolectó, la manera en la que su shikigami los describía dejaba entender que podía ponerse peor. Mucho peor.
—Kao era un demonio que se alimentaba del dolor, las flores eran su arma. Encontraba las debilidades en los corazones de sus víctimas y las tornaba en su contra. Sus jardines de flores eran creados con la sangre de aquellos enemigos a los que había lanzado esa maldición —complementó Kosho al no recibir una respuesta de su señora—. Lo que debería ser la sangre de InuYasha-sama se ha transformado en esos pétalos en su pecho que terminan por salir por su boca.
—¿Podrían desangrarlo? —preguntó Kikyo levantando la mirada hacia sus dos shikigamis. Lo cierto era que, cuando vio a InuYasha toser esos descorcentantes pedazos rojos como si fuera una lluvia de papel, pudo notar que su energía demoníaca flaqueó preocupantemente. Trataba de asimilar lo que ambas criaturas a su servicio le explicaban. ¿Ese era el propósito de esa maldición?, ¿sacar toda la sangre de su víctima en forma de flores que tapizaran sus jardines?
—Sus sentimientos no correspondidos se han transformado en flores dentro de su cuerpo. Si continúa así, hará que su pecho se llene de ellas, por más que las vomite no podrá deshacerse de todas y lo terminarán asfixiando —continuó Kosho con la misma gélida actitud de siempre.
La sacerdotisa bajó la mirada y cerró ambas manos encerrando los pétalos dentro de sus palmas, aplastándolos e incluso rompiéndolos con sus uñas. Kikyo lo había entendido de inmediato.
InuYasha, literalmente, sería sepultado por un cementerio de flores.
Pero era de verdad un tonto. Estaba dejando que su falsa creencia de que sus sentimientos no eran correspondidos terminara por dejarlo debajo de un funesto jardín de camelias.
O al menos… tenía la corazonada de que esa creencia era falsa.
—Si lo que le dije a InuYasha resulta ser verdad, y ya es tarde para que busque a Kagome, ¿va a ser su final? —la fuerza con la que aplastaba los pétalos en sus puños cerrados ya comenzaba a manchar sus dedos con su tinta natural.
—Hay otra solución, Kikyo-sama —la voz de Kosho fue como un eco profundo en su cabeza, Kikyo levantó la mirada tan rápidamente que casi se sintió mareada.
Perdió por completo la fuerza de sus manos y soltó los pétalos que, maltrechos, cayeron como lluvia sobre sus pies manchando sus sandalias con la misma sangre que entintaba sus dedos.
Con la sangre de InuYasha…
-o-
Por una razón que no podía explicarse, el verlo frente a ella parecía muy irreal. Aún cuando él tenía una expresión de los mil infiernos, lo único que Kagome quería era desaparecer la distancia que existía entre ellos para abrazarlo y decirle lo muchísimo que lo había extrañado.
Pero...sabía que no podía hacerlo. No debía hacerlo.
—InuYasha… —le nombró en un murmullo, casi temiendo que desapareciera y resultara solo una ilusión de su cansada mente. Pudo notar el rostro de InuYasha relajarse por un instante en cuanto la escuchó, pero casi de inmediato volvió a fruncir el ceño. Retomando su aspecto molesto.
—Date prisa y toma tus cosas —ordenó InuYasha apartando su mirada de la de ella—. Nos vamos.
Kagome abrió sus ojos más de la cuenta y parpadeó perpleja—.¿Qué?, ¿ahora? —preguntó sin dar mucho crédito, y tratando de olvidar la manera tan fría en la que se dirigió a ella, sin saludar, sin preguntarle si había estado bien después de semanas de no verse—. Es de madrugada, todos en casa están dormidos.
El joven de cabello plateado endureció más su mirada, y se alejó un par de pasos de ella, con intención de bajar por la ventana—. Entonces despierta a tu madre, dile que nos vamos. Te esperaré en el pozo.
—InuYasha, espera —un impulso que nació desde lo más profundo de su corazón la hizo volver a acortar la distancia entre ellos y tomar su mano, queriendo impedir que se fuera. Un choque eléctrico le recorrió el cuerpo cuando tocó su piel y, por la manera en la que InuYasha quedó clavado en su lugar, por un absurdo momento pensó que él había sentido lo mismo—. ¿Qué sucede?, ¿cuál es la prisa?
InuYasha no respondió, no se movió de su lugar y tampoco apartó su mano de la suya, pero tampoco hizo además de intentar sujetarla o entrelazar sus dedos.
—¿Le pasó algo a Sango?, ¿a Miroku? —insistió Kagome sin poder entender la actitud tan desesperada del hanyo. La pelinegra se mordió el labio inferior antes de continuar—… ¿a Kikyo?
Como si hubiese accionado un botón en la cabeza de InuYasha, volvió a dedicarle una mirada de muerte y apartó su mano de su agarre con un tirón, como si su toque le quemara.
—Con quien está pasando algo es contigo, Kagome —le espetó fulminándola con la mirada. Kagome sintió las cuencas de sus ojos dolerle al abrirse violentamente ante las palabras de InuYasha.
—¿D-de qué estás hablando? —preguntó sin poder entender nada, ni el mal humor de InuYasha, ni el aparente reclamo que estaba guardando y que parecía por fin apunto de estallar.
—De lo que estoy hablando, Kagome, es que no has hecho más que perder el tiempo todas estas semanas —InuYasha se colocó a unos pasos frente a ella, dándole la espalda a la ventana que continuaba abierta—. Tonteando con ese idiota de tu época en vez de acompañar a Sango y Miroku tal como lo acordamos.
La piel de Kagome se congeló en el momento que un escalofrío le recorrió la espalda—. ¿Estás hablando de Taiki-kun? —sabía que tarde o temprano tendría que hablar de él con InuYasha, pero jamás se imaginó que él se enteraría antes que ella pudiese tantear el terreno.
—¡No me digas su nombre! —InuYasha elevó la voz, irritado—. No me interesa saber cómo se llama.
—¿Cómo es que sabes sobre él? —ella mantuvo su tono de voz lo más tranquilo de lo que era capaz. A Pesar de que justo ahora sentía que la cabeza le daba vueltas.
—Eso no importa —la manera en la que InuYasha le desvió la mirada la irritó muchísimo.
—¿Sango y Miroku te hablaron de él? —a pesar de preguntarlo, sinceramente no lo creía, InuYasha debía haberse enterado de otra forma.
—Si querías mantenerlo como un secreto, no fue muy listo de tu parte caminar de la mano con él y dejar…¡dejar que te besara! —InuYasha aparentaba estar peleando contra sí mismo, Kagome sintió su sangre congelarse al darse cuenta que no existió necesidad de que alguien se lo contara, él mismo los había visto.
Pero…¿porque parecía como si le estuviera afectando tanto?
—Te equivocas, InuYasha, yo no quería mantenerlo en secreto —empezó con firmeza, haciendo lo posible por ignorar la cara de indignado que puso InuYasha—. Yo misma iba a hablarte de Taiki-kun…
—¡Te dije que no quiero escuchar el nombre de ese idiota! —la interrumpió como si el simple hecho de escucharla nombrar a su novio solo lo cabreara más—. Te has puesto a jugar a los enamorados, como una niña tonta, en lugar de seguir el rastro de Naraku. Él sigue allá afuera, sigue haciendo daño, casi mata a Kikyo con una de sus trampas mientras tú solamente has perdido tiempo.
El comprender la verdadera razón de todo el enojo que sentía InuYasha la golpeó como un coche en movimiento. A él no le afectaba que ella estuviese saliendo con Taiki, en lo más mínimo.
Mientras Naraku siguiera con vida, él no podría continuar su vida al lado de Kikyo.
Kagome cerró sus manos en puños y bajó la mirada, tratando de contener lo mucho que le dolía darse cuenta, no solo de lo que verdaderamente molestaba a InuYasha, sino que cada vez le dejaba más claro lo que era Kikyo en su vida. Y lo que era ella misma…
—¿Volveremos a viajar juntos? —esa pregunta sonaba tan llena de esperanza que se sintió una tonta—. Quiero decir, ¿ya no viajarás con Kikyo?
—Por ahora mi viaje con Kikyo terminó —la voz de InuYasha era como un eco dentro de su cabeza—. Tanto ella como yo estamos de acuerdo en una cosa: cuando Naraku deje de existir en este mundo...seremos libres. Libres para decidir lo que queremos hacer.
—Y tú…¿sabes qué es lo que quieres hacer? —apretó con tanta fuerza sus puños que los nudillos le dolieron, quizá iba a arrepentirse de buscar una respuesta.
—Sí. Lo sé.
Los ojos de Kagome comenzaron a escocerle tanto que tuvo que apretar con fuerza sus párpados. El agujero de su corazón le dolió como hace semanas no lo hacía, el sinfín de imágenes que le atormentaban la cabeza desde que había ayudado a Kikyo a volver a su naturaleza humana volvieron a marearla.
—Yo...lo sé, de algún modo lo sé —la tranquilidad con la que ambos hablaban era incómoda, como si fuesen solo el temporizador de una bomba. Una que iba a destruirlo todo.
—No creo que lo sepas realmente —el tono de InuYasha continuaba siendo sereno, aunque, por un momento, Kagome tuvo la impresión que titubeaba—. Tú estabas escuchando cuando Kikyo me lo explicó, ¿no es así?, tú pudiste leer su corazón.
—S-sí —respondió sin poder evitar el leve tartamudeo, avergonzada de haber escuchado una conversación ajena. Aún sin atreverse a verlo a los ojos, instintivamente llevó una de sus manos hasta un lado de su cabeza—. Sus recuerdos quedaron grabados en mi memoria, como si fueran míos.
—Muchos de ellos no son recuerdos de verdad, Kagome —InuYasha explicó con una paciencia no muy común en él—. Algunos solo eran sueños de Kikyo. Anhelos tan grandes que la propia Kikyo llegó a pensar que algún día serían reales.
—Y, dime, ¿se volvieron reales? —no supo de dónde sacó la valentía para volver a levantar la mirada, encontrándose con los profundos ojos ámbar del chico frente a ella.
—¡No se trata de eso!, ¡Confundiste la realidad con las ilusiones de Kikyo! —InuYasha vaciló por un instante antes de soltar aquello.
—¿Se volvieron reales? —insistió, pudo darse cuenta que él quería evadir su pregunta. Definitivamente algo había sucedido en ese viaje que habían hecho juntos.
Los ojos de InuYasha parecieron temblar por un segundo—. Sé que por eso te alejaste de mí…
—Te confesó sus sentimientos —fue directa y no fue una pregunta, al darse cuenta que él no dejaba de desviar el tema. Sí, era por eso que ella había decidido hacerse a un lado y, aunque ahora sabía que eso en ese instante no era real, algo le decía que ahora sí lo era. Y la manera en la que InuYasha se mordió los labios para no responderle, supo que no solo era una realidad a medias—. Y le correspondiste.
—No es como tú crees que fue… —la forma en la que InuYasha quería insistir en el tema le dejaba la idea de que había algo más. Pero ella no quería escuchar nada más.
Esa libertad de la que hablaban InuYasha y Kikyo también involucraba la suya.
Pero iba a dolerle mucho...
—Iré contigo, InuYasha… —aceptó bajando nuevamente la mirada, rendida, queriendo dar por terminada esa conversación—, pero no será hasta la mañana. Cuando mi familia esté despierta y pueda avisarles que estaré en el Sengoku…
—¿Estás segura que es de tu familia de quien te quieres despedir? —la arrogancia con la que de repente se dirigió a ella era sencillamente insultante—. ¿O quieres tiempo para ver a ese idiota?
Kagome pudo sentir su sangre hervir, alzó con furia su mirada encarando a InuYasha—. ¡Taiki!, ¡Su nombre es Taiki! —bramó dejando salir todo el enojo que hasta entonces se había guardado, olvidando el hecho que su familia continuaba dormida—. ¡Y no volverás a insultarlo!, ¡jamás!
La sorpresa en el rostro de InuYasha era imposible de disimular, dejando notar lo muy poco preparado que estaba para el repentino arranque de Kagome.
—¡¿Por qué lo defiendes?!, ¡¿Por qué te importa tanto cómo lo llame?! —por un momento, Kagome creyó que la voz de InuYasha sonó más ronca, como si algo estuviera lastimando su garganta.
—Me importa porque Taiki es preciado para mí, me importa porque tú no lo conoces, ¡y no se merece tus insultos! —por el semblante que le dedicaba InuYasha, casi se podría decir que lo había abofeteado en vez de solo usar sus palabras—. Lo defiendo porque si tú ya sabes lo que harás cuando todo esto termine...tal vez…¡tal vez yo también sé lo que haré con mi propia libertad!
El silencio que los rodeó fue sepulcral, hasta el viento que seguía soplando desde el exterior pareció detenerse junto al mismo tiempo. La respiración de Kagome era pesada, culpa del enfado que sentía, mientras InuYasha no movía un solo músculo, como si hubiese quedado plantado en su lugar.
Parecía que todo ya estaba escrito. La bomba de tiempo no iba a destruirla justo ahora, sino cuando por fin su misión en la época de InuYasha estuviera cumplida.
Iban a separarse para siempre. Él iba a continuar su vida con Kikyo y ella se quedaría en su época.
Intentando vivir a base de juntar sus propios pedazos.
La imagen de InuYasha frente a ella se volvió distorsionada por culpa de las lágrimas que comenzaban a llenarle los ojos. Apretó con fuerza los labios y tomó todo el aire que pudo en un intento de no llorar, pero fue imposible.
Era un dolor más grande que ella.
Agachó la cabeza en cuanto sintió las primeras lágrimas escapársele de los ojos y llevó ambas manos hasta su rostro en un intento de esconder su vergüenza. Por un vago momento, tuvo la idea de que InuYasha quería decirle algo por el sonido gutural que creyó escuchar.
Despacio, alejó sus manos de su rostro y levantó la mirada solo para darse cuenta del danzar de las cortinas de su ventana, además del silencio de muerte que ahora reinaba en su dormitorio.
InuYasha se había ido.
Haré eterno tu dolor.
Se limpió las lágrimas con el dorso de la mano, caminó a paso lento hasta la ventana y por fin la cerró, asegurándose de colocar correctamente el pestillo.
La sensación de pisar un objeto ligero como la seda le llamó la atención de inmediato, encontrándose con un pétalo de camelia cuando bajó la mirada. Entonces recordó que el viento había dejado caer los que había encontrado esa misma tarde en la cima de la escalinata del templo.
Se acuclilló para recolectarlos una vez más, aunque no pudo evitar arquear una ceja un poco dudosa, no recordaba que fueran tantos. Casi podía jurar que antes eran solo unos cuantos, ahora eran un bulto más grande.
Haré que las flores te sepulten...
Sintió su corazón congelarse cuando, justo a los pies de la ventana, no solo había más pétalos sino una camelia completa, completamente madura con todos sus pétalos y pistilos intactos.
Con sus manos temblando como si estuviera hecha de goma, tomó la flor acunándola en ambas palmas.
Haré que las flores sean tu cementerio.
Un escalofrío la cimbró con tanta fuerza que provocó que sus rodillas cayeran con un duro golpe en el suelo de su habitación. Todo su torso temblaba mientras cerró sus palmas encerrando la flor y presionándola con sus dedos.
Sin abrir sus manos, las llevó hasta su pecho, aplastando la flor contra su corazón mientras levantaba la mirada con dirección a la ventana por donde InuYasha había llegado y se había marchado.
No detuvo más sus lágrimas, ni se molestó en ocultar su rostro, dejando que cayeran como lluvia por sus mejillas y cayeran sobre su regazo.
Parecía que todo ya estaba escrito…
-o-
Cuando, a pesar de la calma que te embriaga los sentidos, tu corazón no puede estar quieto. Significa que algo está a punto de cambiar.
Esas palabras llegaron a la mente de Sango en voz de su difunto padre, recordó haberlo escuchado decir eso en una noche de verano idéntica a ésta: el viento soplaba con suavidad marcando el ritmo tranquilo en el que danzaban los árboles que estaban justo cruzando el río que dividía el camino entre ella y la profundidad del bosque, el sonido del agua corriendo con energía, colándose entre las frías piedras del fondo y el ligero canto de los insectos nocturnos podían ser el escenario perfecto para cualquiera para sentirse en paz.
Pero para ella, por desgracia y por alguna razón de la cual no estaba del todo segura, no era así.
Se aferró con tanta fuerza a la alfombra natural de hierba en donde estaba sentada que pudo sentir cómo arrancaba unas cuantas de plantas al mismo tiempo que el lodo fresco se le encarnaba en las uñas.
Se sentía como la calma antes de la tormenta, como el silencio fúnebre que anticipa un terremoto o un tifón.
Lo peor de todo es que se sentía como si ella no pudiera hacer nada más que mirar como el desastre se llevaba todo aquello que le importaba.
Y no quería eso, no quería sentarse solamente a mirar.
Una nueva brisa sopló en su rostro, jugando con su cabello haciendo que unas cuantas hebras castañas le cosquillearan las mejillas.
Su padre también le dijo, reflexionó mientras ajustaba sus rebeldes mechones detrás de su oreja con ayuda de sus dedos, que la noche siempre es más oscura justo antes de que comience a amanecer.
Sólo esperaba que ese amanecer no demorara más de la cuenta.
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Había sido el colmo.
Había soportado escucharla pronunciar su nombre. Había tenido que tragarse todo su condenado orgullo cuando ella saltó a defenderlo como si él fuese su enemigo.
Pero verla llorar. Llorar por ese idiota.
No existía manera que él pudiese aguantar algo como eso.
En cuanto la chica agachó la mirada mientras sollozaba, él pudo sentir como burbujeaba la lava desde su pecho y subía con violencia por su garganta como volcán en erupción.
Apenas pudo llevar su mano derecha hasta su boca para impedir que sus arcadas se liberaran justo frente a Kagome. Sentía su garganta saturarse tanto que incluso le fue imposible que unos de esos malditos pétalos terminaran por escaparse de entre su boca y las franjas de sus dedos, terminando por caer como lluvia roja hacia los pies de ambos.
Aterrado de no poder contenerlo más, y cuando sintió salir de su boca algo más grande que solo trozos de flores destruidas, salió del dormitorio de un solo salto por la ventana. Sin atreverse a mirar atrás.
El viaje a través del pozo fue una verdadera tortura, las arcadas no se detenían. Los pétalos salían de su boca, le quemaban el pecho y le rasguñaban la garganta haciendo que el sabor metálico a sangre fuera simplemente intolerable.
La luz de la luna iluminando cuanto podía del fondo del pozo, ahora completamente cubierto de lo que aparentaban ser retazos de tela color rojo, le hizo entender que estaba de regreso en su época.
Pero la sensación dentro de su pecho no se detuvo como aquella tarde que apenas cruzó el portal pudo recuperar la compostura. Comenzó a toser cada vez con más violencia, era tanto el esfuerzo que se aglomeraba en su pecho que sintió sus piernas debilitarse.
Con unas insufribles náuseas que terminaron por hacerlo vomitar, cayó de rodillas sobre la nueva cama roja que vestía el fondo del pozo. Podía sentir como salían de su boca objetos mucho más consistentes que simples pétalos. Primero uno, luego otro. Su respiración era cada vez más pesada, le era tan difícil tomar aire que pensó seriamente que iba a morir.
Y no había podido explicarle a Kagome lo que realmente significaba para él.
Kikyo tenía razón, ante esa idea, morir no significaba nada.
La blanca luz que alcanzaba a colarse le dio la visión de lo que había salido de su cuerpo: flores completas, no solo pétalos o trozos que se asemejaban a un pergamino bañado en sangre.
Eran camelias completas que, en lugar de salir de su boca, casi parecían haber florecido del suelo árido e infértil del fondo del pozo.
N.A: ¡Estoy de regreso! Créanme que soy sincera cuando les digo que lamento muchísimo haber demorado tanto con este nuevo capítulo. La verdad es que había decidido tomarme un descanso de este fanfic cuando me di cuenta que meterme tanto en un estado de ánimo tan melancólico y angustioso estaba comenzando a pasarme factura en mi vida cotidiana. Por eso creí lo más sano darme un respiro. Pero ahora que estoy con los ánimos renovados me da muchísimo gusto estar de vuelta.
Antes de explicar el significado del nombre de este capítulo, quisiera hablar un poco de lo que fue el anterior: caléndula.
Entiendo si para la mayoría de ustedes (por no decir que todos) la escena de InuYasha y Kikyo fue muy shockeante. Quisiera disculparme pero, si soy cien por cien honesta, esa era la idea. No era una escena pensada como tierna, ni mucho menos romántica. Era una escena que debía desagradar, no por el InuKyo, sino porque fue la representación más cruda de InuYasha tocando fondo. Nublado por los celos, por la angustia de no saber lo que está pasando con él y los pétalos del hanahaki, por la temblorosa necesidad de aferrarse a algo. Créanme que no fui feliz de poner a Kikyo en un sitio tan penoso, siendo arrastrada al fondo por culpa de InuYasha, pero digamos que fue una licencia que me permití en favor de mi historia.
Ahora, con respecto al nombre de este capítulo, Narciso: La flor de narciso es la representación del amor no correspondido por excelencia. Esta flor lleva el nombre de un dios griego que, después de despreciar el amor de las mujeres que se lo ofrecían, fue castigado por los demás dioses haciendo que se enamorara de su propio reflejo en un lago donde después cayó para morir ahogado. En mi fic, lo he representado con cómo los celos han cegado tanto a InuYasha que es incapaz de interpretar lo que verdaderamente siente Kagome, haciendo que se ahogue con las flores que salen de su boca.
Bueno, ahora sí me despido. Quiero creer que no demoraré en la próxima actualización.
Muchísimas gracias por todos y cada uno de sus reviews! Estaré aquí para responderlos en las notas finales del próximo capítulo.
-Kao
