Flores de cementerio.
[Hiciste crecer flores en mis pulmones, y aunque son hermosas...no puedo respirar]
IX.
Magnolia.
La oscuridad la rodeó por completo pero, aún así, no sintió miedo o desesperación. Todo lo contrario, ya que no podía recordar la última vez que se había sentido tan en paz. Pudo sentir todo su peso sobre sus piernas, haciéndole saber que se encontraba de pie, su pecho subía y bajaba con tranquilidad, además fue capaz de detectar un aroma dulzón que, aunque podría llegar a ser empalagoso, era con toda certeza relajante.
—Ane… —escuchó una aguda voz llamándola, apretó sus párpados un momento más, no estando del todo segura si quería ver a quien estaba frente a ella—. Abre los ojos.
Parpadeó un par de veces una vez que decidió hacer caso a la voz llamándola una segunda vez, tratando así que su vista se acostumbrara a la destellante luz del sol de mediodía que le bañaba el rostro. Una vez pudo enfocar, vio frente a ella a un chico de no más de doce años, cabello castaño sujetado con una coleta y un montón de pecas que le adornaban su sonriente rostro, dándole un total aire de inocencia.
—¿Ves?, no era tan difícil —la felicitó aquel niño sin borrar su sonrisa.
—Kohaku… —el nombre se escapó de sus labios como si fuera una plegaria. Una llena de esperanza, pero también de melancolía.
—Démonos prisa, Otto-sama nos está llamando —apuró Kohaku ofreciéndole su mano para que la tomara. Ella estudió la extremidad de su hermano, viendo con apremio sus dedos, su palma abierta, esperando por que ella la tomara.
Sintiendo todo su cuerpo temblar, acercó su propia mano hasta la de su querido hermano menor. Lista para ir con él.
Tienes miedo...
Aquella voz profunda y llena de maldad resonó tan fuerte en su cabeza que se clavó sobre su coronilla, le recorrió toda la espalda y se sembró en la planta de sus pies.
De un momento a otro el sol se apagó, haciendo que el cielo se tornara de un profundo color negro.
...tanto miedo.
Como si fuese una onda expandiéndose sobre la superficie del mar, una luz roja nació desde abajo de ambos hermanos dándole una perfecta visión de dónde estaban parados.
El prado estaba tapizado completamente con flores de un color granate intenso. Eran tantas que le cubrían los pies hasta los tobillos. Casi llegaban a parecer grilletes.
Si das un paso en falso se marchará de nuevo, ¿verdad?
—Ane… —la voz de Kohaku ya no era alegre, ahora parecía ahogarse con alguna sustancia espesa en su garganta. Sango levantó la vista hacia su hermano, apenas pudiendo soportar los poderosos escalofríos que amenazaban con romperle las costillas
Las cuencas de sus ojos le dolieron muchísimo cuando abrió sus párpados más de lo normal cuando vio la aterradora escena frente a ella. El torso de su hermano, su querido Kohaku, lleno de flechas que se le clavaban hasta lo más profundo de la carne, haciendo que todo su cuerpo de la cintura para abajo estuviera bañado de sangre. Sangre que caía sobre las flores, mezclándose con su idéntico color. Los ojos avellana, antes llenos de inocencia, ahora estaban vacíos.
Quieres recuperar a tu hermano con vida o morir junto a él.
—Ane… —Kohaku la volvió a llamar, con hilos de sangre escapándosele de las comisuras de los labios—. Abre los ojos.
Despertó dando una fuerte bocanada de aire, como si acabase de soltarse de las manos de algún villano que hubiese intentado ahorcarla hasta la muerte, levantó su espalda del verde césped donde se había quedado dormida y llevó su mano derecha hasta el lado izquierdo de su pecho, tratando de calmar los acelerados latidos de su corazón.
Posó su mirada en el horizonte, más allá del río que seguía corriendo sin ninguna preocupación y el claro del bosque donde las aves que lo habitaban ya dedicaban su canto a la mañana, observando como el sol comenzaba a levantarse tímidamente entre las montañas a la lejanía.
La promesa de su padre se había cumplido, por fin había amanecido.
Pero...ahora no estaba segura si era eso lo que realmente quería.
-o-
Colocó en silencio sobre su escritorio los libros, los empaques de comida, objetos varios así como las medicinas y utensilios de primeros auxilios que llevaría para pasar unos cuantos días en el Sengoku. Completamente concentrada en su tarea, metía uno a uno los objetos dentro de su mochila color amarillo tratando de no pensar en nada más, ni en las dos épocas, ni en los exámenes finales, ni en su fuerte pelea con InuYasha esa misma madrugada, ni en nada.
Sin fijarse mucho en los objetos colocados en su escritorio, estiró su mano y tomó un frasco de vidrio. El frío del material le llamó la atención de inmediato, haciendo que su vista se enfocara en el contenedor.
El alma se le fue a los pies cuando se dio cuenta que era el frasco donde había decidido guardar las camelias que recogió del suelo esa misma madrugada.
Tomó el recipiente cerrado con ambas manos, notando como, a pesar de que pasaban las horas, los primeros pétalos que había encontrado seguían de un rojo tan intenso como el primer día que los confundió con manchas de sangre en el suelo. Y ni hablar de las flores que aparecieron cuando InuYasha se marchó, estaban tan frescas y prósperas que cualquiera pensaría que justo acababan de ser cortadas.
Todos eso, sumado a las circunstancias en las que habían aparecido en su vida, le hicieron entender que no eran camelias normales.
Una voz en su cabeza, aquella que peleaba con las funestas palabras de Kao que se repetían una y otra vez, le decía que tenía que encontrar cómo es que aparecían para ella.
Y...si acaso había alguna manera, detenerlas.
Curiosa, de pronto llena de un nuevo entusiasmo, retiró con cuidado la tapa del frasco para después sacar del interior una flor, una de las más frondosas y vibrantes de todas las que guardaba.
La acunó en su mano derecha, tocando los pétalos con sus dedos textura era sedosa, además se sentía fresca, como si en vez de estar en un frasco cerrado hubiese estado expuesta al rocío de la mañana.
Recordó una tarde de primavera, cuando, paseando en un verde prado en la época tan distinta a la suya, encontró un arbusto lleno de flores idénticas a la que ahora sostenía.
Recordó la leyenda del dios Susanowo, aquella que hace tantos años su abuelo le había contado, donde la valiente deidad se enfrentó contra su enemigo en favor de su amada.
Recordó los ojos de InuYasha rebosantes de curiosidad cuando le habló de aquella historia, sus muecas de incredulidad terminó de escucharla. Incluso su brillante mirada cuando ella le dijo el significado de aquellas flores.
Amor puro.
Como el que ella sentía por InuYasha…
Su corazón casi se detuvo cuando, la flor en sus manos, cambió del color rojo a un blanco tan brillante que casi parecía irradiar luz propia. Perdió el aliento en un jadeo cuando la flor comenzó a desvanecerse formando diminutas partículas que fácilmente podrían pasar por estrellas para finalmente desvanecerse. Desapareciendo por completo dejando solamente un agradable aroma.
El sonido del teléfono en la primera planta de su casa, justo a un lado de las escaleras, la sacó un momento del tormento en sus pensamientos. Movió su cabeza de un lado a otro, en un intento de despabilarse, cerrando el contenedor de vidrio de nuevo, aún bastante lleno de flores.
¿Qué había sido eso?
¿Qué significaba exactamente?
Una nueva distracción no le permitió reflexionar sobre lo que acababa de pasar cuando, después de tocar un par de veces la puerta de su habitación, su hermano menor, Sota, giró la perilla y asomó tímidamente su cabeza al interior.
—Nee-san...umm… —empezó no muy convencido, Kagome apartó su mirada de los paquetes sellados de ramen que guardaba en su mochila para posarla sobre los ojos de Sota—. Taiki nii-san está al teléfono. Pregunta si puedes pasar.
Su pecho se llenó de aire pero, un segundo después, lo dejó ir en una pesada exhalación. De manera casi automática apartó su mirada de la de su hermano y se enfocó nuevamente en el frasco lleno de flores que aún mantenía entre sus manos.
—Puedo decirle que estás enferma si ya te vas —ofreció Sota al notarla tan callada.
Kagome negó con un suave movimiento de su cabeza—, gracias, Sota. Ya bajo —contestó casi en un murmuro. Su hermano acató con su cabeza y volvió a cerrar la puerta, alejándose por el pasillo. Ella dio un último suspiro, guardó el tarro de vidrio dentro de su mochila y se puso lentamente de pie.
-o-
Su espalda había terminado ligeramente adolorida después de haber pasado la noche a las afueras de la aldea, a unos cuantos pasos del río.
Ahora de vuelta en la aldea, y abusando de la hospitalidad de la anciana Kaede al estar de nuevo en su cabaña. Hizo unos agradables movimientos circulares con sus hombros en un intento de aligerar la sensación y sujetó con firmeza el trozo de franela que mantenía en su mano derecha, retomando su tarea de pulir su enorme boomerang tallado en hueso.
Su pequeño amigo, Shippo, y su fiel Kirara estaban sentados frente a ella. Observando con curiosidad el contenedor hecho con conchas marinas donde ella guardaba la grasa animal con la que pulía su fiel arma, Hiraikotsu.
—Vaya, hasta que apareces, InuYasha —escuchó la voz del monje anunciar al recién llegado con una fingida emoción. Con claras intenciones de fastidiar a su amigo.
Sango no levantó su mirada, se aferró con aún más ganas a la tela en su mano y lustró con mucha más fuerza su boomerang. Kirara le ronroneó con inocencia, queriendo distraerla.
Escuchó a InuYasha bufar con disgusto, como una clara respuesta al comentario de Miroku—. No molestes.
Por fin se dignó a levantar su mirada hacia InuYasha, observando cómo tomaba asiento en uno de los rincones de la reducida cabaña de madera , alejado del resto, con una cara de los mil demonios.
—Kagome-sama aún no ha regresado —destacó Miroku al, igual que Sango, darse cuenta que InuYasha estudiaba detenidamente todo el lugar con su inquisidora mirada.
—Nos iremos con o sin ella si no llega pronto —sentenció InuYasha colocando su espada sobre su regazo y reposando perezosamente su espalda sobre la pared de madera—. No voy a consentir más su actitud de niña mimada.
La exterminadora apretó la quijada en un intento de ignorar al fanfarrón hanyo. Se aferró con apremio a su boomerang y continuó con su tarea.
—¡InuYasha! —Shippo elevó su chillona voz, reprendiendo a su amigo—. Deja de ser tan orgulloso y ve por Kagome.
—Cállate, enano —soltó InuYasha con apatía, cruzando sus brazos en señal de que no haría lo que el pequeño zorro le estaba pidiendo.
—¿Por qué estás molesto con ella? —Shippo no dio su brazo a torcer.
—Eso no es asunto tuyo —InuYasha endureció su mirada.
—Ella no te ha hecho nada…
—Si no te callas, voy a golpearte, zorro entrometido.
—Muy bien, detenganse los dos —interfirió Miroku al notar como la discusión comenzaba a subir de tono.
—¿Es porque ahora tiene un novio? —soltó Shippo sin importarle que Miroku ya había puesto un fin a la pelea.
—Shippo, es suficiente —Miroku insistió, ahora con un tono más firme. Al notar que los ojos de InuYasha eran lava pura. El medio demonio casi parecía morderse la lengua para no decir nada más. Esa expresión de furia en su rostro le llenó de escalofríos el cuerpo a Sango.
—Estás celoso —Sango de verdad admiraba la valentía, o la necedad, de su joven amigo—, es eso ¿verdad?
—¡Cállate de una puñetera vez, enano de mierda! —gritó InuYasha poniéndose de pie de un solo salto—. Que les quede muy claro a los tres: no me importa lo que Kagome haga con ese idiota, no me importa lo que sea él de ella o ella de él. ¡No me importa un carajo! Lo que no pienso soportar más es su actitud de niñata tonta, perdiendo el tiempo con él, haciéndonos perder tiempo a nosotros. Cuando todo esto acabe…¡Que haga lo que ella quiera!, ¡No me interesa!
El sordo golpe que hizo su pesado Hiraikotsu cuando lo dejó caer al suelo llamó la atención de todos los presentes. Incluído, por supuesto, InuYasha.
—¡Me tienes harta!, ¡¿cómo puedes ser tan necio, InuYasha?!, ¡Además de cínico! —vociferó Sango, no pudiendo contener más dentro de su pecho todo lo que sentía—. ¿Ya se te olvidó dónde y con quién estuviste todo el mes pasado? ¡Tienes la cara más dura que haya visto en mi vida!
—¡¿Qué carajos pasa contigo, Sango?! —se defendió el hanyo, ya no miraba más a Shippo, solo la miraba a ella.
—Deja de desquitar tus frustraciones con Shippo, deja de pensar que somos tontos —ella trató de nivelar su voz, pero no pensaba callarse ni un minuto más—. Tienes problemas con Kagome-chan, es claro que te molesta, bien, haznos un enorme favor y arréglalo con ella.
—¡¿Tú también?!, ¡No tengo ningún problema porque no me importa lo que esa tonta haga! —InuYasha cerró sus manos en puños, intentando con todas sus fuerzas no perder el control.
—Qué gusto me da escuchar eso, porque realmente es así, no tendría por qué importarte —Sango infló el pecho, orgullosa de ver cómo a su necio amigo se le desfiguraba la cara de la indignación—. Y también me da gusto que Kagome-chan conociera a ese chico en su época, me da gusto que aceptara estar con él y, ¿sabes qué?, ¡Mayor será mi gusto si un día logra enamorarse de él!
Sólo se detuvo cuando sintió la mano de Miroku posándose en su hombro, buscando apaciguarla. La mirada del monje era estoíca, casi tallada en piedra. Entonces se dio cuenta que había cruzado el límite y bajó la mirada, buscando tranquilizar su respiración, que era tan errática como la de InuYasha que permanecía mudo frente a ellos.
Los guturales y desesperados ruidos que comenzó a lanzar InuYasha, llamó tan poderosamente su atención que levantó nuevamente su vista. Su piel se congeló cuando lo vio llevarse una mano a la boca mientras la otra la llevaba hasta su cuello, como si intentara ahorcarse a sí mismo.
—¿I-InuYasha? —preguntó Shippo con timidez, la tos que InuYasha intentaba calmar era áspera pero parecía que no podría detener las evidentes arcadas que le hacían subir y bajar todo su pecho con violencia.
Los tres lo llamaron a gritos cuando lo vieron salir corriendo de la cabaña en completa desesperación. Salieron corriendo tras de él, todos igualmente angustiados.
Frenaron de golpe cuando vieron a InuYasha apoyar su mano sobre el tronco de un árbol, sin poder parar de toser. Sango podía escuchar las violentas náuseas subiendo por la garganta del hanyo.
Kirara se escondió subiéndose a su hombro y ocultando el rostro en su cuello, misma acción que hizo Shippo solo que en el hombro del monje Miroku. Negándose a ver más.
Tuvo que llevar ambas manos hasta su boca para acallar el grito de terror que se le escapó y escuchó a Miroku contener el aliento cuando InuYasha, sin poder contenerlo más, comenzó a vomitar lo que en un primer momento pensó que era sangre. Aquello caía como lluvia de papel carmesí sobre los pies del medio demonio.
El alma se le fue a los pies cuando se dio cuenta que no era sangre, ni papel, aquello tenía todo el aspecto de pétalos de flores. Mayor fue su espanto cuando, entre esos pétalos, también había flores completas.
—¿Q-qué es eso? —preguntó un tembloroso Shippo apenas con el suficiente valor para levantar su mirada.
Vio a InuYasha, una vez que terminó de vomitar, erguir su espalda en un intento titánico por recuperar la compostura. El medio demonio veía el montón de flores con desasosiego pero definitivamente no con sorpresa, mientras limpiaba el hilo de sangre que le había quedado en los labios con la manga de su túnica sin ninguna otra expresión en su rostro, como si fuera lo más normal del mundo lo que acababa de pasarle.
—Maldición… —InuYasha susurró con una voz seca, casi aguardentosa—. Se está poniendo peor...
—...InuYasha —empezó Miroku quietamente, intentando acercarse cautelosamente a él.
—¡Déjenme en paz! —espetó InuYasha con una voz desgarrada, culpa de las heridas en su garganta. El hanyo dio un salto hacia atrás, receloso de sus propios amigos.
—¡No, no puedes pedirnos eso! —Sango dio un paso hacia adelante, colocándose a un lado de Miroku.
—¡Queremos ayudarte! —suplicó Shippo.
—Si de verdad quieren ayudarme, háganme un favor y no se metan —el rostro de InuYasha lucía pálido y cansado, con profundas bolsas púrpuras debajo de sus ojos—. ¡Esto no les concierne!
Gritando esa última sentencia, InuYasha tomó impulso con sus piernas, saltó hasta lo más alto de la copa del árbol y se alejó de ahí saltando con rumbo al bosque.
Sango podía sentir su agitada respiración lastimando su pecho, su corazón latía tan rápido que pensó que le saldría por la boca. Sus piernas le temblaban tanto que no encontró mejor remedio que dejarse caer sobre el duro suelo de tierra.
Su mirada estaba perdida en esa pira de color granate. Algunos pétalos ya comenzaban a barrerse con la brisa que había comenzado a correr.
Esos pétalos.
Esas flores...
Eran idénticas a las de su sueño.
Eran idénticas a las de sus pesadillas.
Miroku se acercó a pasos lentos y prudentes hasta el montón de flores, tocándolas primero con la parte baja de su báculo para asegurarse de no correr peligro si acaso acercaba su mano.
—Esto es muy malo —declaró el monje agachando su espalda para tomar uno de los pétalos entre sus dedos—. Si no me equivoco...son las mismas flores de aquel demonio, Kao.
Aquel nombre pasó por la cabeza de Sango como un rayo, encendiendo todo por la mitad de un segundo.
—¡Kirara! —nombró a su fiel amiga al mismo tiempo que tomaba impulso para ponerse de pie. La aludida no lo dudó un segundo, bajó de su hombro y en un parpadeó un aura de fuego la rodeó, adoptando su forma de tigresa.
Sango no perdió tiempo, ignorando las preguntas de Miroku y Shippo, entró velozmente a la cabaña en busca de su arma. Se la ajustó en la espalda, salió corriendo y se subió al lomo de Kirara.
—Al menos dinos a dónde vas —insistió Miroku.
—No se preocupen, volveré lo más pronto que pueda —Sango le dedicó una sonrisa confiada, llena de energía. Palmeó suavemente la cabeza de Kirara, ella entendió el mensaje y comenzó a elevarse en el aire—. ¡Vigilen a ese necio de InuYasha!
Ambas se alejaron lo más rápido que Kirara era capaz de volar. Una corazonada en lo más profundo de Sango le decía que debía darse prisa.
-o-
Sentada en una de las bancas del parque cercano a su casa, Kagome jugueteaba con sus dedos sobre su regazo, inquieta. Taiki había sonado especialmente nervioso cuando ella tomó el teléfono, le había pedido reunirse con él justo donde se encontraba ahora.
Su novio no había querido darle más detalles por teléfono, así que no estaba muy segura de qué esperar.
Antes de salir de casa decidió cambiarse de ropa por algo más casual, era más sencillo que explicar por qué estaba en uniforme cuando era domingo, suspiró un poco cansada.
Cuando levantó la vista, harta de ver sus propias manos, se dio cuenta que Taiki estaba a unos pasos de ella. De pie y en silencio, no haciendo nada más que observarla.
Kagome parpadeó un par de veces para despabilarse, quiso llamarlo para invitarlo a acercarse. Pero él se adelantó sonriéndole ampliamente, cerrando feliz sus ojos.
Demostrando abiertamente lo contento que era por verla ahí.
-o-
El olor a madera quemada, a humo espeso y a metal era tan potente que Kikyo tuvo que arrugar su nariz.
Observaba con frustración, y bastante mortificada, las palmas de sus manos manchadas con una delgada ceniza que iban del gris opaco a un firme color negro.
Tenía que concentrarse, tenía que ser más precisa.
Sentada sobre sus muslos en un prado alejado de la aldea, la sacerdotisa abrió y cerró sus dedos, sin poder apartar su mirada de los residuos carbonizados que quedaban en sus palmas. Una lluvia de rojas camelias cayó enfrente de ella, regándose bajo sus rodillas.
Levantó la vista, notando a sus dos shinigamis con sus rostros inalterables mirándola fijamente. Volvió a agachar su cabeza para ver las flores que ellas habían traído por orden suya.
Así cumplía con dos propósitos: practicaba el proceso de purificación con el que intentaría quitarle a InuYasha aquella maldición y evitaba que alguien más encontrara las flores que esta le provocaba a su muy querido hanyo.
Con un especial énfasis en la chica que era su reencarnación...
Le preocupaba que ahora fueran muchísimas más. Pensó vagamente tomando una de las flores más completas que encontró entre el montón que en esta ocasión sus sirvientes habían traído.
Era claro que se estaba quedando sin tiempo.
Acunó la vibrante flor entre sus manos manchadas de ceniza y cerró los ojos.
Concentró su poder espiritual en sus manos. Podía sentir las corrientes de su cuerpo casi drenarse pero tenía que intentarlo.
Abrió despacio sus ojos cuando el mismo espeso olor volvió a invadir su olfato.
La flor en sus manos no solo se había secado de repente, había tomado un intenso color negro, como si se hubiera quemado, también sus pétalos se habían hecho tan delgados que se habían vuelto quebradizos. Del negro pasó rapidamente al gris y comenzó a desvaratársele en las manos, haciéndose ceniza.
Kikyo dejó salir todo el cansancio de su pecho en una pesada exhalación.
Sin más remedio soltó los restos de la camelia carbonizada sobre su regazo y tomó una nueva flor.
Tenía que concentrarse, tenía que ser más precisa.
Una vez más…
N.A: ¡Hola! Ahora no tardé un mes ¡Hurra por mí y mi flojo trasero! Wow, cuando creo que por fin tendré un capítulo tranquilo en este fic para respirar (y para que ustedes también puedan hacerlo) resulta uno tan denso y fuerte como el de hoy. Este fic simplemente dijo, el descanso no existe aquí JAJAJA lo siento muchísimo, de verdad. Pero espero que de verdad hayan disfrutado el cap de hoy :)
Como habrán notado, muchas cosas que he estado tejiendo en entregas pasadas se van hilando cada vez más con lo que depara esta historia para su final (que, las cuentas en mi cabeza, no falta mucho para eso pero al final las cosas no resultan como las calculo xd)
¡Muchísimas gracias por todos sus reviews! Créanme que me ayudan mucho a divisar el camino que quiero darle a esta historia, entiendo que hay momentos y situaciones dentro de la trama que pueden resultar frustrantes/irritantes como el par de zopencos de InuKag siendo incapaces de decirse realmente lo que quieren decirse. Hay que perdonarlos, son zopencos desde siempre y no se les va a quitar.
También quiero agradecer sus comentarios sobre la manera en la que estoy llevando la enfermedad de InuYasha :) debo confesar que mucho de lo que está viviendo él está inspirado en mi propia experiencia. Pues enfermé de COVID en diciembre y, bueno, fue horrible. Pero supongo que, de no haber sido por esa experiencia, me sería un pelo más complicado relatar el hanahaki ¡quién sabe!
CASI LO OLVIDO.
El capítulo de hoy lleva por título: Magnolia. Y curiosamente, esta vez no lo asocié con InuYasha o con Kagome, sino con Sango.
En China, las magnolias simbolizan a personas sinceras, sin hipocresía pero, sobre todo, con buenas intenciones. Esto lo asocié de inmediato con Sango por el papel que tomó en esta ocasión (alguien tenía que poner al zopenco mayor en su lugar, me siento muy a gusto de haberla elegido a ella), y el que tomará en los capítulos que están por venir (mucho ojito con nuestra exterminadora).
Creo que no se me escapa nada más, espero de todo corazón que lo que llevo de esta historia de verdad les esté gustando. ¡Le estoy poniendo todo mi corazón!
Nos vemos en la próxima actualización.
-Kao.
