Notas: Cambios de escena y tiempos de narración.
Capítulo 21: La locura nos terminará por consumir a todos.
Domingo 27 de Mayo 2018.
Templo Budista – Ciudad de Fujisawa.
Casi cuarenta y ocho horas habían transcurrido. La incertidumbre, pena y dolor, eran parte de las sensaciones que una joven de cabellos oscuros experimentó en tan poco tiempo. Sus ropas negras reflejaban su decaído estado al velar a su fallecido padre. Tenía contingencia policial vigilando dentro y fuera del recinto, pero se sentía sola y desprotegida en este cruel mundo que la estaba apartando de todo lo que amaba.
Su padre, Masahiko, fue torturado y asesinado por desconocidos; su hermana, Rin, aún estaba desaparecida y sin tener ninguna pista de su paradero o estado; y su madre, Naomi, seguía oculta en la cabaña de Sesshomaru, con el fin de que el enemigo no la encontrase.
Kagome Higurashi, no dejaba de observar el retrato de Masahiko, el cual estaba sobre el altar y quedaba frente a un ataúd cerrado, el cual estaba cubierto por una tela blanca con detalles brillantes de tono plateado adornándolo. Dejando dos inciensos encendidos, la joven juntando sus temblorosas manos, hizo una reverencia ante el altar y se permitió llorar frente a la compasiva mirada de quienes pudieron acompañarla esa tarde.
Se negó rotundamente a mantenerse oculta, tal como Sesshomaru había recomendado. Deseó despedir a su padre como él lo merecía. Poco le interesaba el peligro al cual se exponía con el enemigo al asecho. Realmente, muchas cosas perdieron su sentido al saber de su muerte.
¿Por qué tuvieron que hacerle algo tan inhumano a alguien como él?
Masahiko fue un hombre noble, bueno y lleno de vida. Un padre excepcional y amoroso que siempre lo dio todo por su familia. Había cometido sus errores como todo ser humano, pero no merecía tener un final así.
Él debió morir a edad avanzada, en su cama, rodeado de quienes lo amaron en vida, en completa paz.
Las inclementes lágrimas cubrían su rostro, las cuales al llegar al borde de este, caían silenciosamente al piso de aquel templo. El sonido de una puerta abriéndose captó su atención, mas no tuvo la suficiente importancia como para ver quién había entrado al recinto. Las oraciones por el alma del fallecido resonaban en el lugar, y tras unos segundos, una mano se posó delicadamente en su hombro izquierdo. Al girar su rostro, pudo ver que se trataba de alguien conocido y apreciado por ella: Inuyasha.
'Sigue vivo y a salvo', pensó aliviada.
Una calidez se hizo presente en el centro de su pecho, y tras escuchar la condolencia de aquel hombre de cabellos peliplateados, lo abrazó sin miramientos. El menor de los Taisho, correspondió en silencio y sintió todo el dolor que ella estaba experimentando. La dejó llorar contra su pecho. Qué importaba si la delgada tela de su camisa se empapaba. Se vio reflejado en Kagome, al saber perfectamente qué se sentía el perder a uno de sus padres, y en su caso, a ambos.
El tiempo pareció detenerse tan solo un breve instante, pero la realidad fue más fuerte que el intenso momento que experimentaron. Inuyasha se separó levemente de ella, dándose la tarea de apartar esas viles lágrimas de su pulcro rostro, con dedicación y ternura. Kagome se dejó, ni fue capaz de mover un músculo. El hipido tras su llanto, era lo único que emitía.
-No te dejaré sola. Ni ahora o en un futuro. –Murmuró el joven de mirada ambarina, sin dejar de borrar esas lágrimas con la yema de sus pulgares. El mundo interior de Kagome, vibró por sus poderosas palabras.- Lo juro, por la memoria de tu padre y los mios.
-Inuyasha. –Articuló sin poderlo creer-
El joven de traje negro al sentirse demasiado observado por la escena que brindaban, la apartó del altar. Ante la mirada calculadora de los policías y agentes del centro de inteligencia que la custodiaban, él prosiguió a encaminarla hasta una sala apartada de la muchedumbre. Era otro salón velatorio, más reducido en espacio y totalmente vacío. Dejando la puerta semi abierta, para que los de seguridad estuviesen más tranquilos, a costa de su privacidad, él pudo hablar:
-Lamento todo lo que te hice sufrir, y entiendo que este no sea el mejor momento para hablar de este tema. -Cogió sus manos y depositó un beso inocente sobre ellas- Sin embargo, quiero que sepas que te sigo queriendo tal como antes. –Luego, negó con su cabeza- ¿Cómo antes? No, quiero decir…mucho más que en el pasado. –Recalcó con el nerviosismo interno de un adolescente-
-Por favor, no sigas. –Habló con un creciente dolor en su pecho. La calidez que había sentido, estaba mermando-
-No es un juego. –Aclaró, para luego suspirar con pesadez- Te he buscado. He pedido tu perdón incontables veces y lamento día a día el lastimarte tanto con mi posible matrimonio con Kikyo. –Kagome apartó la mirada y él con delicadeza hizo que lo observara fijamente- Fui un completo idiota. ¡Hasta Masahiko y Rin me lo dijeron!
Ese punto captó su completa atención.
-Rin me dijo que te diese el tiempo necesario para que tu enojo disminuyera. Masahiko, me dijo lo mismo, pero con la diferencia que me propinó un coscorrón por mi tremenda estupidez. –Sonrió al recordar la cómica escena, contagiando de momento a su acompañante- El que se supiera de la verdadera vida de mi hermano, tampoco influyó positivamente en lo nuestro. –La seriedad en ambos se reflejó- Y… lamento no haberte acompañado antes.
-Pensé…creí que algo te había pasado. –Las lágrimas en sus ojos amenazaban en escapar-
-Estaba fuera del país por negocios. –Explicó Inuyasha, intentando calmar a su amada- Del tiempo a la fecha, me he familiarizado en la cadena de restaurantes de la madre de Sesshomaru. En cuanto supe lo que ocurrió, apenas arribé esta mañana, no dudé en venir a acompañarte.
-No quiero verte secuestrado o en un ataúd solo por ser hermano de Sesshomaru. –Todo intento de mantener firme su voz o su debilidad por él, fue en vano. Su voz se quebró y comenzó a llorar abiertamente, apretando ella sus manos ahora con cierta desesperación- Si algo te ocurriera, yo…
Un posesivo beso en los labios fue necesario para calmar su pena y preocupación. Atrapándola contra su cuerpo, Inuyasha le hizo saber que estaba a su lado, a salvo, y que no bromeaba en decir que la seguía amando. Quería controlar con aquella caricia correspondida, el mar de sentimientos confusos que Kagome experimentaba, y que estaría para ella aunque le costara la propia vida.
Mansión Higurashi – Fujisawa.
No solo la joven hija de Higurashi Masahiko era la afectada por su trágica muerte. Sola, encerrada, en el casi vacío despacho que solía utilizar su esposo, Leiko, bebía un fuerte trago de licor, intentando ahogar el sufrimiento que existía en su interior desde que supo la desgarradora noticia a través de los medios de comunicación televisivos.
Sentada en el sillón de cuero, frente a un escritorio lleno de cuentas por pagar, aquella mujer lloraba como pocas veces en su vida.
Por pena, culpa y…
Por amor.
El amor al poder, llámese ambición, opacó ese puro sentimiento que algún día sintió por ese buen hombre. Sí, se había enamorado perdidamente de Masahiko, pero en su egoísmo personal, sabiendo que no lograría todo lo que ella deseaba, creyó desechar ese amor, para sucumbir en las garras de su cuñado, Masayoshi. Este personaje podría darle el mundo completo por mero capricho y sus redes de poder, a temprana edad, ya eran amplias.
Todo resultó acorde sus planes. Formó una familia a costa de su propia felicidad. Se convenció a si misma el sentir un afecto verdadero por su esposo, lo que le hacía más llevadero el convivir con él.
Sin embargo, los celos afloraron cuando Masahiko rehízo su vida amorosa. Con una mujer más bonita y con más humanidad de la que ella misma poseía en la mugre de sus uñas. Le vio feliz, enamorado, tanto o más que cuando estaban juntos. Eso le hizo hervir la sangre y esperó el momento preciso, para poner a prueba el amor y fidelidad de la que tanto pregonaban ambos enamorados.
Los años pasaron, y se dio la oportunidad de infectar una vieja herida en ese hombre.
Seduciéndolo, logró hacerlo caer en la más lujuriosa de las tentaciones, descubriendo que con él había conseguido el mayor de los placeres. Se sintió completa, como amante y como mujer. Soportó la imposición y la frustración de Masahiko en el acto, reprochándose a si misma el no haberse entregado antes a su sentir cuando fue el momento. ¿Y que había hecho? Entregarle lo más preciado para una mujer, la virginidad, a alguien que solo la veía como un objeto.
Necesitaba escuchar de su propia boca, que se había sentido como ella: deseada, amada, y tan completa que el toque de sus respectivas parejas no tenían comparación. ¿Qué recibió?
Humillación.
La que había terminado con una herida infectada, no había sido él, sino ella.
La trató como una vulgar ramera de cuarta categoría. A su parecer, no merecía tal trato indigno. El resentimiento volvió a opacar al amor. Quedó embarazada. No abortó. Simplemente, no podía hacerlo. Después de todo, siempre soñó con tener un hijo suyo. Sin embargo, no pudo amar a su hija como le hubiese gustado. Proyectó en ella todo su mal sentir, porque era la viva imagen de su padre, y porque en Rin habitaba la pureza que en ella no existía.
La odiaba por ser mejor persona que su esposo e hija juntos. Mei, era la mezcla de Leiko y Masayoshi. Lo malo. En cambio, Rin, era lo contrario.
A su vez, era el vivo recordatorio de su amor frustrado.
Mentiría al decir que no se preocupaba de lo que podía acontecer después de aquel juicio. Supo que fue una mala idea el que Masahiko delatara abiertamente a Masayoshi en sus negocios turbios, y de revelar su paternidad. Su desliz. Su engaño.
Masayoshi no perdonaba una traición.
Su muerte no fue coincidencia. Su esposo, encerrado o no, hacía de las suyas y cobraba venganza. Tal vez…era la siguiente en la lista. La traición se pagaba con sangre.
La sangre de un inocente que no merecía aquel final.
Los golpes insistentes en aquella puerta de madera del despacho, le anunciaban que debía dejar los recuerdos atrás y enfrentar la realidad. Su hija, Mei, requería verla. No tenía ganas de verle. Con suerte se soportaba a ella misma, así que, ¿cómo tolerar a alguien que ya estaba perdiendo la cordura?
Sí, Mei se estaba hundiendo, poco a poco, en la tormenta de arena que lleva directamente a la locura. Sus cambios de humor eran cada vez más drásticos, a tal punto que ya no sabía cómo tratarla.
-¡Mamá! –Se escuchaba al otro lado- ¡Abre ya!
-Si tan solo hubiese puesto un freno a esto cuando comenzó. –Habló amargamente, con algo de dificultad producto del alcohol en su sistema- Que mala madre he sido.
Observando los cubos de hielo que comenzaban a derretirse en aquel vaso que sostenía, Leiko comenzó a rememorar los acontecimientos que llevaron a su hija a aquel estado.
Todo inició cuando comenzó su crisis conyugal. Mei estaba tan desesperada por salvar su matrimonio que ideó variadas formas para concebir un hijo y preservar su relación. Una más descabellada que la otra, cabe decir. No obstante, podían resultar si era lo suficientemente audaz para llevarlas a cabo.
Leiko sabía perfectamente el porqué del desinterés de Sesshomaru. Tenía nombre y apellido: Rin Higurashi.
La historia, de cierta forma, se había repetido. Tal como un círculo vicioso. Leiko afirmaba que los tríos amorosos no traían nada bueno consigo. Taisho se había enamorado. Rin también de él. Se amaban en silencio e intentaron ocultarlo tanto como pudieron. ¿Cómo pretendían engañar a alguien que lo experimentaba por tanto tiempo? Lo había notado de un tiempo a la fecha, también Masayoshi, y por eso, entre las sombras, ayudaron a Mei para separar a ambos. Creyeron que lo habían logrado.
Que errados estaban.
El día en que Rin cumplía años, Mei se realizó algunas pruebas de embarazo. Todas salieron positivas. Se sintió triunfal. Esa muchacha siempre lograba lo que se proponía, al igual que ella. No obstante, la felicidad que experimentaron duró menos que un suspiro. Masayoshi cayó preso cuan delincuente de bajo mundo, y Sesshomaru anunció su verdadera identidad y rol en todo ello. A viva voz, confesó haber jugado con su hija para lograr su misión. ¡Jugó con su niña! ¡Su máximo orgullo en la vida!
Leiko deseó matarlo con sus propias manos. A él y a esa zorra que tenía por hija menor.
La insinuación que ese tipo dejó en el aire, lo dejaba tan claro. Ni siquiera arrugó un centímetro de piel para decirlo el muy desvergonzado. Admitió que había tenido un desliz amoroso con Rin. Mei tardó un poco en asimilarlo, pero cuando lo hizo, Leiko pudo jurar que vio el infierno abrir sus puertas. La ira fluía en Mei, y era ver en ella a Masayoshi cuando se enfadaba.
Se enteró que días después de la primera sesión en el tribunal, Mei fue a enfrentar a Rin a su departamento y que en un arrebato intentó estrangularla. ¿Cómo esa mocosa se libró de esa situación? No lo sabía.
Tampoco le importaba demasiado.
Aun así, con todo en contra, creían tener un punto a su favor y no dudarían en utilizarlo. Mei estaba en estado de gravidez por culpa de un agente encubierto. Sesshomaru Taisho tendría que hacerse cargo. ¡En algo debía ayudar a su esposo quien era juzgado frente a todo un tribunal! Si no hacían algo, lo perderían todo. Ella no podía volver a ser una pobretona como en su juventud. No había sacrificado todo para terminar en nada.
Lo que no contaba, era que en ese juicio, saldrían todos los trapitos sucios de su esposo. Entre ellos, el asesinato de Nao: el gran amor de su hija mayor.
Eso terminó por destruir la cordura de Mei.
Era testigo de sus llantos inconsolables, de sus rabietas y demás. La decepción era mucha. Por más que la instó a seguir a delante, simplemente ella se rehusaba. Quería morir.
-Hija, debes sobreponerte. –Acariciaba su espalda, ya que su cara estaba enterrada contra la almohada, intentando disimular su llanto ante el mundo- Sé que debe ser difícil, pero piensa en tu bebé. Hoy tienes cita con el médico.
-No me importa lo que pase con este niño. –La enfrentó, lanzando aquella almohada al otro lado de la habitación- Lo que quiero es ver a Sesshomaru hundido y a esa infeliz muerta.
Su tono de voz, realmente erizaba la piel.
-Sin ese niño, no lo lograrás. –Intentó Leiko razonar con ella- Sé inteligente, Mei. Con un hijo, lo tendrás en la palma de tu mano, y la agencia no podrá hacer nada contra ello. Se cuestionarán sus métodos para cumplir con su deber. Pedirán un examen de paternidad. Tendrá que hacerse cargo cuando sea positivo. Tenemos abogados que le harán la vida imposible y lo dejarán hundido, tal como deseas. –Acomodó sus cabellos sucios, ya que llevaba días sin tomar una ducha correspondiente. Observaba sus ojeras marcadas. Su piel antes pulcra, yacía tan grasosa. Realmente, debía sacarla de ese estado tan miserable- En cuanto a Rin, ya veremos.
-¿No me fallarás, madre? –Su desesperación era más que evidente, y se aferró en un abrazo a ella, apretándole más de la cuenta- Todos me han fallado: papá, quien era mi superhéroe, mi modelo a seguir en esta vida, asesinó a Nao; Sesshomaru, al cual he querido con todo mi corazón, me engañó y jugó conmigo; y Rin, que me arrebató ese amor por andar de resbalosa mientras me instaba a salvar mi matrimonio. –Terminó de decir con notorio resentimiento- ¡Maldita hipócrita!
-Nunca. –Prometió sintiendo como la presión crecía en sus costillas- Siempre hemos estado juntas. No será diferente ahora, cariño.
Cumplió su palabra a pesar de todo. Incluso, cuando la realidad le cayó como un balde de agua fría encima a ambas.
Mei recibía los cuidados necesarios en su embarazo: alimentación, ejercicios, vitaminas, entre otras cosas que la ayudarían a mantenerse sana. No importaban los gastos que eso conllevara. Su hija era primera prioridad. Se veía mucho más repuesta que meses atrás, además que esa pequeña pancita le venía de maravilla. Irradiaba vida.
Increíblemente, Mei se negó a realizarse una ecografía hasta cumplir cuatro meses de embarazo. Leiko nunca supo el por qué, ya que eso ayudaría a saber el estado del bebé y si venía con algún tipo de dificultad, fuese física o de otra índole. Más para no desestabilizar a una hormonal embarazada, decidió seguirle la corriente.
Lo que no esperó, fue ver una pantalla en blanco. No había nada. Leiko pensó que se trataba de un desperfecto técnico de aquel aparato que proyectaba la imagen. No había error. Mucho menos un bebé en el vientre de Mei.
Con el máximo de tacto posible, el médico a cargo de esa incómoda situación, explicó que Mei experimentaba un embarazo psicológico, y que de haberse realizado una ecografía dentro del primer trimestre, se habría sabido la verdad mucho antes.
Leiko no cabía en el asombro ante lo que escuchaba y no podía de dejar de observar a una impasible Mei. ¿Tal era el deseo de ser madre que su propio cuerpo le jugó una broma? Antes de encontrar una respuesta a su cuestionamiento, Mei finalmente habló:
-Patrañas es lo que dice. –Apenas fue un susurro, pero como era de esperar, estalló- ¡Es una vil mentira! –Se levantó de aquella camilla, secándose con brusquedad el gel que tenía sobre el bajo vientre- ¡Ven madre! ¡Nos vamos! –Acomodó sus ropas y se encaminó rápidamente a la salida, acariciando su vientre con total indignación- ¡Tenga por seguro que lo demandaré por esto, médico de pacotilla!
Y no quedándose con esa única opinión profesional, visitó otros centros médicos. En todos obtuvo la misma respuesta. Su vientre fue disminuyendo de tamaño hasta quedar totalmente plano. Su obsesión por ser madre llegó a tal punto que acomodaba cojines medianos para imitar un estado de gravidez. Preparó una alcoba unisex, tanto como para varón o niña, lleno de juguetes y ropa adorable. Hacía largas listas con nombres y significados nobles, viendo que se escuchasen perfectamente con el apellido de su padre.
-Meiko Taisho… -Escribía en su libreta casi repleta, para luego tachar la opción- No, no me convence. A Sesshomaru no le gustará. –Se reclinaba en la mecedora y meditaba un instante- Tiene que ser un nombre potente, sublime y lleno de elegancia.
-¿Aún estás con ese asunto de los nombres? –Consultó suavemente Leiko, sabiendo que Mei estaba muy susceptible a los cambios de humor- Deberías descansar. Ya casi es medianoche y tendrás tiempo para seguir en ello mañana.
-¿No ves que falta cada vez menos para su nacimiento, mamá? –Sonrió ampliamente, como si la persona que estaba frente a ella obviara que el tiempo trascurre demasiado rápido- Casi cumplo siete meses de gestación. Todo puede pasar de aquí en adelante, siempre dicen eso los médicos. Además, Sesshomaru tampoco me ayuda en esa tarea. Está muy ocupado en su trabajo.
-Tienes razón. –Le siguió la corriente, cansada de batallar contra la corriente- ¿Qué tal si vemos televisión? –Sugirió-
-Odio la televisión. –La sonrisa que antes adornaba su rostro, desapareció. La tensión se adueñó de la joven- No puedo verla sin recordar que los noticieros inculparon a papá y todos nos dejaron abandonadas después de ese escándalo.
-Solo veremos una película. –Tanteó su suerte, sentándose a un costado de la mecedora- Además es muy tarde como para que emitan noticieros. Y si alguno apareciera, cambiamos de canal. ¿Te parece, cariño?
-Está bien. –Le ofreció una taza de té, el cual ya estaba prácticamente helado- Eso servirá para distraernos un poco.
Al encender la televisión, se pudo ver las imágenes del atentado en Tokio, justamente en una corredora de propiedades que estaba en el centro de aquella ciudad. Mei, pedía que cambiara de canal, pero en todos era la misma noticia a nivel nacional.
-Lamentable lo que ha ocurrido esta tarde, sin dudas. –Decía el conductor del canal local con semblante serio. De pronto, se acomodó el auricular e informó a los televidentes- Antes de cerrar la edición de esta jornada, hemos de informar un lamentable hecho que ha ocurrido en Fujisawa. –Se detuvo un momento y prosiguió- Esto afecta a un respetable e importante empresario de la industria textil, cuyo negocio ha ido creciendo en el último año…
-Mamá, por favor, cambia de canal o apaga eso. –Se quejaba Mei, intentando quitarle el control remoto-
-Silencio. –Ordenó Leiko, subiéndole el volumen al televisor. De pronto ya no se sentía de ánimos para soportar sus estupideces-
-Hace unos instantes, se ha liberado la información que Masahiko Higurashi, hermano del criminal Masayoshi Higurashi, ha sido hallado muerto dentro de un vehículo robado a las afueras de la ciudad. –Su fotografía sonriente y llena de calidez apareció en pantalla, a un costado de la cabeza del conductor- Según autoridades, el cadáver de este respetable empresario, muestra señales de tortura y además un disparo en la cabeza que terminó por quitarle la vida.
-Nuestras condolencias a la familia por este terrible hecho. –Habló la conductora que durante ese lapsus se había mantenido en silencio- Más detalles sobre este trágico caso policial en nuestra edición matutina. Buenas noches.
La tierra tembló y se partió a sus pies. El mundo cayó sobre ella, y estuvo segura que si no hubiera estado sentada, se habría desmayado por la noticia. Leiko se negaba a creer eso. Sin ser consciente de sus propias emociones, las lágrimas cayeron sobre la falda que portaba, la misma que estaba siendo arrugada por sus tersas manos.
Masahiko no podía estar muerto.
Eso no podía ser verdad.
-Todo cae por su propio peso. –Dijo Mei, con una media sonrisa en el rostro-
-¿Qué has dicho? –Preguntó Leiko, asegurándose de escuchar bien las palabras de su hija-
-Lo que escuchaste, madre. –Se incorporó de la mecedora, para secar una de las lágrimas que Leiko había derramado- Al parecer la aventura que tuviste con él fue más allá, ¿no? –Cuestionó borrando la media sonrisa, para simplemente observarla con cierta mueca de asco- ¿Lo querías? Bueno, realmente no importa. –Acarició su propio vientre- Fue el primero en caer. Le seguirán otros.
-¿De qué rayos estás hablando? –La enfrentó Leiko-
-¿No habrás creído que papá se quedaría de brazos cruzados, verdad? –Esa simple pregunta le hizo eco a la matriarca de la familia- ¿Qué todos serían felices mientras él sufre en la cárcel? ¿Qué los traidores no pagarían?
-¡Calla!
-¡No! –Apuntó a su madre- Masahiko, Rin y todo aquel que lo traicionó va a pagar su traición. –Advirtió- Masahiko se cogió a su mujer y lo entregó a las autoridades. Rin se burló de él y de mí. ¡Muchos le dieron la espalda!
-¿Debo morir también? –Interrumpió su madre- ¿Es lo que intentas decir?
-No, creo que desearía verte sola y sin nada. –Contestó de una forma casi tétrica- Muerta… ¿qué lección aprenderías?
Todo lo que sube, debe caer.
-¿Lo justificas después de todo el daño que causó?
-Lo hizo por mi bien. Él me ama y yo a él. –Se refirió a su padre- Si pudiera estar encerrada con él, lo haría. –Le dio la espalda con intenciones de entrar al cuarto de baño- Buenas noches. Procura dejar cerrado cuando salgas.
Definitivamente había perdido el juicio. ¿Cuándo había surgido aquel amor tan enfermizo en Mei? Nunca supo ver que aquella devoción terminaría en eso.
Como alma en pena, se retiró de aquella habitación y se encerró en la propia. De entre sus cosas, sacó una cajita musical, la cual tenía un doble fondo. De allí sacó un pequeño camafeo, algo deteriorado por el paso de los años, donde en su interior habían dos fotografías.
Lo observó largo rato, y miles de momento cruzaron su mente. Uno tan feliz como el otro. Definitivamente el tiempo había hecho lo suyo y ya no eran los mismos jóvenes que una cámara había captado. Ella había cambiado tanto. Él mantenía su esencia. Mismo brillo en los ojos, misma sonrisa, misma carisma.
Besó la imagen de un joven Masahiko, y dejó que su alma y corazón lloraran su pérdida. La noche se hizo corta para intentar descargar todo el dolor que sentía. No había sido suficiente. Recordó, inevitablemente, la última discusión que tuvo con Masahiko, justo cuando Rin cumplía años y le reclamaba el hecho de no llamarla para felicitarle.
-Sabía que nada bueno vendría si revelabas la verdad, viejo idiota. –Le reprochó con los ojos hinchados de tanto llorar por él- No solo pusiste tu vida en peligro, sino también la de Rin.
Ni cuenta se dio cuando quedó cayó en los brazos de Morfeo. No supo cuánto tiempo durmió. Al sentir los golpes de Kaede, anunciándole la llegada de los policías, se vio obligada a despertar y enfrentar la realidad. Se acomodó el cabello, apretó sus mejillas para adquirir un poco más de color, y antes de enfrentar el mundo, abrochó aquel camafeo tras su cuello y lo ocultó bajo la blusa que portaba.
El mundo le traía otra noticia.
No solo era la policía, sino el centro de inteligencia mismo el que estaba en su sala. Sesshomaru Taisho irrumpía con una orden de cateo, para llevarse cualquier posesión que sirviera de evidencia en el caso que seguía. Tan prepotente como siempre, con ese aire de distinción portando su impecable traje, observaba a Leiko con reproche, como una vil cucaracha que debía ser aplastada lo antes posible.
Pues el sentimiento era correspondido.
-¿No te bastó con arruinar nuestra familia meses atrás? –Le enfrentó arrugando la copia legal de aquella orden judicial- ¿Qué esperas encontrar ahora?
-Todo lo que ayude en aclarar lo que está ocurriendo. –Hizo un solo movimiento de cabeza, y los hombres que le acompañaban, desaparecieron para cumplir su labor-
-¿Esperan encontrar algo que aclare la muerte de Masahiko? –Cuestionó escéptica, cruzándose de brazos-
-No solo eso. –Respondió con voz monótona, pero levemente ansiosa-
-¿Y qué más?
-Lo que tenga que ver con el criminal que tiene secuestrada a tu hija.
-¿De qué hablas?- ¿Había escuchado bien? ¿O tan solo era otro de sus juegos para hacerle pasar un mal pasar nuevamente?-
-Rin fue secuestrada ayer por la tarde. –Informó, dejándola perpleja, a tal punto que sus brazos femeninos cayeron a ambos lados de su cuerpo- Ocurrió poco después del asesinato de Masahiko.
Las palabras de Mei, le hicieron eco en su memoria. Ella debía saber algo. Por eso la actitud que adoptó la noche anterior al ver las noticias.
-¡Sesshomaru! –Se escuchó al pie de las escaleras. Mei estaba feliz de ver a aquel hombre en la morada. Era la primera vez en meses que se veían nuevamente- ¡Regresaste, que felicidad!
Olvidando un supuesto estado de gravidez, Mei bajo rápidamente por las escaleras. Casi corría para llegar al lado del hombre que no dejaba de verla con indiferencia. Antes que pudiese estrecharse contra él, Sesshomaru alzó su mano para detenerla. Cuanto poder ejercía en ella para detenerla con solo un gesto. De pronto ya no podía escuchar nada a su alrededor. Solo podía ver como los labios de Sesshomaru se movían brevemente a comparación de los de Mei al hablar.
Esto era una locura. Si era una pesadilla, Leiko quiso despertar de una buena vez. Sin embargo, no lo era. Simple y cruel realidad que la golpeaba más bajo que nunca.
La señora Higurashi, la cual comenzaba a odiar su apellido gracias a quien lo obtuvo, se retiró de aquel lugar con destino a la cocina. Ni un minuto estuvo dentro de ese lugar, y se dirigió a aquel despacho en el que ahora se encontraba encerrada desde el día anterior, sin ganas de ver a alguien.
No supo cuando se fue Sesshomaru y sus hombres después de registrar todo. No le importó los gritos de su hija mentalmente desequilibrada. Mucho menos servir un último trago antes de observar por enésima vez el cuchillo que descansaba sobre la pila de hojas con deudas vencidas.
Estaba convencida.
Lo haría.
¿Qué sentido tenía seguir si él no estaba?
Con su mano derecha cogió aquella arma blanca, le dio un último beso a su camafeo, y con la mano libre tomó aquel vaso de licor. Se arrodilló solemnemente, resignada, frente a la ventana, aquella que daba con vista al jardín, donde aún estaba aquella banca donde solía pasar algunas tardes con Masahiko.
Por un momento pudo verse a si misma en el pasado, antes de arruinar todo por su maldita ambición.
-Veré si tu padre estaba en lo cierto; que una herida en el estómago duele menos con licor dentro de este. –Dijo derramando lágrimas de nostalgia, sabiendo que cometiendo seppuku esto no sería posible. - Espero verte nuevamente, cariño.
Un trago se bebió de golpe.
Un arma perforó la carne.
Un quejido ahogado mezclado con un nombre resonó en aquellas cuatro paredes.
Un cuerpo calló en seco al piso alfombrado.
Aquel camafeo se manchó con la sangre que nadie podría detener.
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Seppuku: Ritual de suicidio japonés, donde se realiza un corte en el abdomen de izquierda a derecha, en el cual se busca morir con honor.
Queridos lectores/as:
Una nueva actualización ha llegado. Espero haberlos sorprendido y que hayan tachado o confirmado sus locas teorías. (Aún queda mucho por ver y ya estamos en la recta final de la historia). Este es un capitulo igual o más intenso que el anterior sabiendo que hubo velorio, reconciliación, duelo, locura, suicidio… ¡Muchas cosas, wuuu!
Gracias por leer y a quienes dejaron su review y quienes han agregado el fic y a mi en sus favoritos! Eso motiva a seguir escribiendo y sorprendiéndolos como siempre. ¡Son un AMOR!
Por otra parte, con todo esto que está ocurriendo a nivel mundial con el COVID-19, obviamente, se llama al autocuidado y espero que cada uno de ustedes y sus familias estén bien. Espero actualizar dentro de muy poco, así que atentos. No hay nada mejor que una buena lectura, y sobre todo, para quienes ya estamos en cuarentena preventiva. Así todo es más llevadero.
¡Nos leemos y fuerza para cada uno de ustedes!
¡Besos!
