Flores de cementerio.
[Hiciste crecer flores en mis pulmones, y aunque son hermosas...no puedo respirar]
X.
Alhelí.
Esa tarde de verano era especialmente calurosa por lo que, a pesar de ser domingo, el parque cercano a su casa estaba prácticamente vacío. Sólo escuchándose de vez en cuando el contento piar de las aves que anidaban en los árboles que rodeaban el lugar.
Cuando lo vio sonreírle tan ampliamente, se apresuró a levantarse de la banca donde se encontraba esperándolo, haciendo que la falda de su vaporoso vestido amarillo volase ligeramente en el viento.
Como si al verla levantarse le hubiese proporcionado un choque de energía, Taiki se precipitó hasta ella y la tomó de las manos, provocando en ella un escalofrío que sinceramente no fue agradable, pero aún así se obligó a sonreírle.
El escalofrío se hizo mucho más presente, acompañado de un jadeo de sorpresa de su parte, cuando Taiki soltó sus manos para tomar sus hombros para acercarla a él y envolverla en un efusivo abrazo al mismo tiempo que le besó primero la mejilla, después se desvió a sus labios.
El cuerpo de Kagome se congeló por un segundo, cerró con fuerza los ojos para obligar al escozor que sintió en ellos a detenerse.
-o-
El agua corría con energía siguiendo su cauce, era tan limpia que podían verse los peces nadar al mismo sentido de la corriente y tan cristalina que los rayos del sol se reflejaban en un luminoso tono blanco.
En medio de aquella corriente, y con el agua cubriéndole hasta un poco más arriba de la cintura, InuYasha agachó su mirada hasta toparse con su propio reflejo, estaba tan pálido y ojeroso que sinceramente sentía lástima de sí mismo. Su imagen se distorsionó cuando, usando sus manos como un cuenco improvisado, atrajo un poco de agua y con ella mojó su rostro.
El frío repentino despertó sus sentidos y relajó la pesadez que rodeaba sus ojos, el líquido se escurría por su rostro colándose en las comisuras de sus labios, refrescando su lengua.
Motivado por esa sensación, tomó un poco más de agua y la llevó hasta sus labios, bebiendo despacio sintiendo como su boca seca volvía poco a poco a la vida, aunque fue un cuento diferente cuando tuvo que tragar.
Su garganta ardió como si, en lugar de ser agua fresca, lo que estuviera bebiendo fuera un fuerte licor que le raspaba las paredes de su faringe. Culpa del montón de heridas y rasguños que estaban tardando mucho más de lo acostumbrado en sanarse.
No tuvo tiempo de siquiera intentar contenerse cuando un nuevo ataque de tos le invadió el pecho y le escoció la garganta. Sobre el cuenco hecho con sus manos, donde antes había agua limpia, ahora descansaba una florecida y vibrante camelia.
Suspiró pesadamente expresando su cansancio. Sin detenerse a ver por más tiempo la flor que acababa de toser, bajó sus manos y la depositó sobre la superficie del agua, dejando que la corriente la alejara de él.
La flor bailó al ritmo que marcó el cauce mientras se la llevaba hasta que topó con otras iguales a ella que también se dejaban llevar por la dirección en la que corría el agua. Todas de un mismo rojo intenso, todas igual de vibrantes, todas igual de funestas para el hanyo.
El olor de Miroku ya lo había anunciado unos pasos antes, pero InuYasha sólo volteó su vista hacia su derecha cuando escuchó sus tranquilos pasos detenerse sobre el suelo cubierto por hierba fresca así como el cese del baile de los aros metálicos de los aros de su báculo.
La mirada del monje se relajó cuando se encontró con la suya, como si intentara transmitirle alguna especie de tranquilidad. InuYasha, incómodo, volvió a dirigir su vista hacia la superficie del río. Enfocándose nuevamente en su reflejo por unos segundos más antes de decidirse a salir del agua. Cuando volvió a alzar su cabeza observó a su amigo sentado en uno de los árboles más cercanos a las orillas del río, esperándolo pacientemente.
Sin hacer más ruido del necesario, salió a pasos firmes del agua, sintiendo de inmediato la tela de su ropa mucho más pesada por culpa del agua. No se tomó el tiempo de secarse y simplemente se dejó caer sobre el pasto bajo el mismo árbol donde lo esperaba su amigo.
No dijo una sola palabra, recostó su espalda sobre el firme tronco de madera, se cruzó de brazos y cerró los ojos.
Entre el murmullo del agua corriendo con energía en el cauce del río y el apacible viento que corría haciendo bailar tanto como las hojas de los árboles alrededor como los cabellos de ambos jóvenes, el par de amigos permaneció en un silencio cómodo.
-o-
Solo se limitó a quedarse quieta, apoyando su cabeza sobre el pecho del chico que la rodeaba con sus brazos mientras él prolongaba su abrazo por unos momentos más antes de soltarla.
—Me da mucho gusto verte, Kagome-chan —la saludó volviendo a sonreír cuando dejó de abrazarla.
Kagome se mordió nerviosamente los labios, sintiendo sus mejillas ligeramente más calientes—. Nos vimos ayer, Taiki-kun.
—Eso es lo que pasa cuando tienes una novia tan hermosa como tú —le respondió Taiki sin dejar su buen humor—. Me hace muy feliz el simple hecho de verte.
Kagome bajó la mirada, parpadeando repetidamente en un intento por no sonrojarse. Aún no se acostumbraba a la forma tan abierta y expresiva que tenía Taiki para decir esa clase de cosas.
—Taiki-kun —lo llamó una vez y pudo recobrar el valor de levantar la mirada hacia él—. Por teléfono te escuchabas un poco nervioso, ¿pasó algo?
El chico de ojos verdes se quedó serio por un momento, con una expresión que desconcertó un poco a Kagome, pero casi de inmediato Taiki volvió a sonreírle con una ligera curvatura de sus labios. Con un suave movimiento de su mano derecha la invitó a tomar asiento en la banca detrás de ella, sentándose justo a su lado cuando ella lo hizo.
—No quiero que te preocupes, no es algo grave ni nada por el estilo —empezó el pelirrojo en un tono de voz tranquilo—. Es solo algo que...me estuvo dando vueltas toda la noche y no me dejó dormir. Y creo que es algo que está bien si lo sabes.
Kagome ladeó suavemente su cabeza, sin entender a dónde es que quería llegar. Taiki la estudió un momento con la mirada, entonces arqueó una ceja con curiosidad.
—¿Está todo bien? —le preguntó sinceramente preocupado—. Pareciera que tú también tuviste problemas para dormir anoche.
La azabache sintió su boca secarse de un segundo a otro, tomó un mechón de su cabello y lo acomodó detrás de su oreja, incómoda—. ¿Tan mal me veo? —se permitió burlarse un poco de sí misma en un intento por no pensar en la fuerte pelea que había tenido con InuYasha esa misma madrugada.
Taiki se rió abiertamente ante ese comentario—. Eso jamás —respondió con energía—. Es solo que, no sé, pareces distraída. Podría ser que hasta triste.
Kagome esquivó los ojos verdes de Taiki y bajó su mirada con dirección a sus pies, sintiendo un nudo en su garganta. Inconscientemente, empezó a aferrar sus dedos a la tela de su vestido, en un gesto nervioso.
—¿Pasó algo con tu familia?, ¿con tus amigas? —preguntó el pelirrojo lo más prudente que era capaz, Kagome lo escuchó soltar un suspiro cuando ella negó con un suave movimiento de su cabeza—. ¿Con...con ese chico problemático con el que salías antes?
Los ojos de Kagome se abrieron tanto debido a la sorpresa que pensó que en cualquier instante saltarían de su cara, casi se sintió mareada cuando levantó rápidamente su mirada hacia el chico frente a ella. No parecía enojado o decepcionado, sus ojos solo revelaban lo muy preocupado que estaba por ella.
—¿C-cómo es que...?, quiero decir... —tartamudeaba tonto que se sentía como una tonta, el pelirrojo enterneció su mirada.
—A decir verdad, fue por accidente que me enteré —confesó con las mejillas ligeramente enrojecidas mientras llevaba su mano derecha hasta su nuca, en un gesto que intentaba disipar su incomodidad—. ¿Recuerdas cuando te dije que había estado investigando un poco más sobre ti? Dígamos que...me enteré de más cosas de las que realmente necesitaba saber.
El rostro de Kagome se deformó un poco por la angustia—. Lamento mucho si esos comentarios te hicieron sentir mal —se disculpó sinceramente avergonzada, se preguntó si acaso había sido asunto de sus amigas.
—No te preocupes por mí —El rostro de Taiki solo reflejaba buenas intenciones—. Yo lo sabía y aún así tomé la decisión de declararte mis intenciones.
Kagome agachó la cabeza sintiéndose sofocada por su propia vergüenza, era tan mala persona. Taiki no se merecía que ella estuviera sufriendo por otra persona mientras estaba una relación con él, pero era algo más grande con ella.
Simplemente no estaba en sus manos.
Escuchó cómo el pelirrojo dejaba escapar todo su aliento contenido en un resoplido—. Entiendo si es así, pero no puedo evitar pensar en el enorme problema que estoy ahora —fue fácil para ella darse cuenta que dijo eso último entre risas, unas llenas de ironía, claramente burlándose de sí mismo.
Levantó la cabeza despacio, con un poco de temor de toparse con el par de ojos esmeralda que no dejaban de observarla—. ¿Por qué dices eso?
—Porque me di cuenta que estoy sinceramente enamorado de ti —soltó sin titubear ni por un instante, Kagome sintió el alma irsele a los pies mientras perdía todo el aire en un jadeo y sus párpados abrieron tanto que sus cuencas le dolieron—. No podía dormir pensando en que si era buen momento para que lo supieras. Decidí por ambos y veo que me equivoqué. Fui muy egoísta, perdóname.
—Taiki-kun… —las palabras se aglomeraban en su garganta, demasiado torpes para poder decir algo coherente. Ahora sí no le quedaba la menor duda, era una terrible persona.
—Hey, está bien —Taiki le tomó ambas manos que seguían haciendo jirones la tela de su vestido, en un gesto ansioso, con claras intenciones de tranquilizarla—. No tienes que sentirte mal por mí, ni mucho menos a creer que me debes algo.
—Eres muy valioso para mí, Taiki-kun, esa es la verdad —podía escuchar su propia voz entrecortada, casi seca—. Pero…
—Entiendo —por primera vez, Taiki bajó la mirada, abatido, pero casi de inmediato volvió a levantar su vista fijándose en ella—. Después de todo, tú también eres muy valiosa para mí. Y lo único que quiero es que seas feliz. Porque estoy convencido que te lo mereces.
Con los ojos tan vidriosos que apenas podía ver sus manos entrelazadas con las de Taiki, negó con un movimiento suave de su cabeza—. No. No sé me lo merezco…
—Kagome-chan —Taiki la regañó en un tono severo que jamás había escuchado en él—. Eres una chica maravillosa, inteligente, carismática y además de todo, eres preciosa. Ese chico del que estás enamorada es un maldito afortunado, y si no se ha dado cuenta entonces es un idiota.
Kagome casi se suelta a reír al escuchar a Taiki insultar de esa forma a InuYasha, definitivamente algún dios muy ensañado con ella se estaba dedicando a jugarle bromas muy crueles. Volvió a cerrar sus puños sobre su regazo, temblaba de pies a cabeza de frustración, ella lo sabía tan bien como él.
Todo se había ido al traste.
Solo alzó su mirada cuando vio al pelirrojo levantarse de la banca, su corazón se detuvo al pensar que se marcharía. Pero sus ojos se abrieron con sorpresa cuando le ofreció su mano para ayudarla a levantarse también.
—¿Me dejarías acompañarte hasta tu casa, Kagome-chan? —ahí estaba otra vez la sonrisa de Taiki, una que, si se lo propusiera, pudiera iluminar una habitación entera—. ¿Una última vez?
-o-
—Aún cuando nos exigiste que no nos metieramos —la voz de Miroku se coló en su cabeza con firmeza, interrumpiendo con la atmósfera pacífica y silenciosa en la que InuYasha, malamente, se acostumbró muy rápido—, simplemente no vamos sentarnos a mirar como te está pasando algo que parece querer matarte. Tú no lo harías si fuéramos cualquiera de nosotros.
InuYasha no contestó, apretó los labios con frustración sin atreverse a abrir los ojos.
—Sabes bien que Sango no hablaba en serio —continuó el monje al notar que su amigo, si bien no participaba en la conversación, no lo mandaba a callar o hacia algún intento por irse, eso era, al menos, una señal positiva—. Está muy preocupada por Kagome-sama y por ti, como lo está Shippo, como lo estoy yo.
—Lo defendió de mí, Miroku —InuYasha lo interrumpió con la voz hecha un nudo, cerró con fuerza sus manos en puños buscando no alterarse por las amargas sensaciones que recordar eso le provocaban—. Kagome me trató como si yo fuese su enemigo y...y lo defendió de mí.
—No eres tan ingenuo para que eso te sorprenda, te dije que lo haría —Miroku procuró mantener un tono de voz relajado—. Y, después de todo, ¿no es esa la forma de ser de Kagome-sama?
El medio demonio abrió despacio sus párpados, sin apartar su vista del suelo. El canto de las aves disfrutando del día se colaba en el espacio oscuro de su mente.
Ella era así, era tan valiente y decidida que no le importaba defender a quien lo necesitara cuando estaba en sus manos.
Ella era así. Él lo sabía perfectamente.
Pero, aún así...esta vez había un detalle más.
La determinación de Kagome era mucho más férrea cuando se trataba de defender a alguien importante para ella.
Y ese tipo se había convertido en alguien importante para Kagome.
Y él era el único responsable de que eso sucediera, por haberse atrevido a dejarla sola.
El hanyo no pudo evitar hacer una mueca de incomodidad mordiéndose los labios antes de responder—. No solo fue el hecho que lo defendiera… —se justificó sin dejar ese tono derrotista que le sabía tan mal pero no podía evitar—. Lo hizo hasta derramar lágrimas por él. Lloró por él.
Miroku se llevó la mano derecha hasta la barbilla, pensando en eso último, soltando un pesado suspiro cuando dejó de analizarlo.
—Si eso te ha destrozado, significa que al fin te has dado cuenta que de quien estás sinceramente enamorado es de Kagome-sama, ¿no es así? —preguntó el joven de cabello castaño y ojos azules. InuYasha se quedó quieto en su lugar, conteniendo la respiración en un intento por disipar la espesa sensación en su pecho—. ¿Y qué pasó con Kikyo-sama?
—La lastimé —soltó sin detenerse a pensar mucho en su respuesta, no había necesidad de ello—. Creí que podríamos retomar el cauce que perdimos cuando Naraku nos separó. Creí que ella se merecía ese intento de mi parte. Me equivoqué...me equivoqué y...le hice mucho daño
Su sangre se congeló por un segundo cuando vio la mano de Miroku acercarse y depositar en el suelo cerca de él una camelia. Una de sus camelias.
—¿Entonces, esto es por Kagome-sama? —Miroku preguntó con cierta precaución, como la que se tiene cuando se intenta llegar a una presa sin ser detectado, el monje enderezó su espalda y regresó a su sitio mientras esperaba su respuesta.
Acercó su mano hasta la flor en el suelo, aplastándola con su palma abierta cuando la alcanzó, como si quisiera enterrarla entre el lodo y la hierba.
Supuso que la sospecha de Miroku era correcta, no solo era la rabia desmesurada que sentía ante la simple idea de ver a Kagome con otro hombre, la opresión en su pecho había empezado desde antes, cuando ella comenzó a tratarlo con indiferencia después del ritual que le regresó a Kikyo su condición humana.
Instintivamente, encerró la solitaria flor entre sus dedos cuando los cerró en un puño, pudo sentir como sus garras rompieron los delgados pétalos con extrema facilidad.
—Aún si es así... —le confirmó con una voz seca, apenas audible—. No comprendo por qué está pasándome esto. No entiendo la sensación en mi pecho, no entiendo las flores.
—Podría equivocarme —prosiguió el monje en un tono apacible—. Pero estoy casi seguro que esto tiene que ver con aquel demonio de las flores con el que nos enfrentamos hace más de un mes.
Sin intentar disimular su curiosidad, InuYasha levantó la mirada y la dirigió hacia su amigo—. ¿El demonio Kao? —preguntó queriendo seguir el mismo rumbo que tomaban las conjeturas de su amigo.
—Si no son las mismas flores que rodeaban todo su palacio, al menos son muy parecidas —respondió Miroku uniendo uno a uno los puntos del acertijo—. Sango me contó que, lo que le dijo a ella, caló tan profundo en su cabeza que aún tenía pesadillas. Me da a entender que las palabras de Kao no eran solo eso, probablemente tenía la habilidad de lanzar maldiciones.
InuYasha se mantuvo en silencio mientras buscaba entre sus recuerdos de aquella noche—. Antes de que Kao pudiera decirme cualquier cosa...Kagome lo detuvo.
Dejó de aplicar fuerza sobre la flor que aún seguía aprisionada en su mano, cuando levantó su palma notó el intenso carmín que manchaba su piel, además del potente olor a metal que desprendía esa tinta natural.
—Y entonces lanzó su furia contra ella —apuntó Miroku asertivamente—. Incluso quiso ir más lejos que con Sango o contigo e intentó herirla. Pero tú te interpusiste.
Sin detenerse a pensar, InuYasha llevó su mano hacia el lado derecho de su pecho, donde el ataque de Kao le había atravesado en aquella ocasión. Recordó que esa herida había dolido de una manera particularmente aguda, además de que le tomó un poco más del tiempo normal en él en cicatrizar.
—¿Pudo ser que en ese ataque había alguna maldición? —preguntó cautelosamente, el par de amigos parecían estar cerca de una respuesta. Tal vez no era el panorama completo, pero era un paso a descubrir aquello tan terrible que estaba acabando con InuYasha desde adentro.
—Una maldición que tiene toda la pinta de no ser para ti en primer lugar —A pesar de ser Miroku quien señaló eso, InuYasha ya había llegado a esa conclusión, sintiéndose estremecer de recordar las últimas palabras de Kao antes que la flecha de Kikyo terminara definitivamente con él.
Haré de las flores tu cementerio…
—Si Kao hubiese logrado alcanzar a Kagome…
—Muy probablemente sería ella quien tosiera camelias, —la forma tan directa en la que Miroku lo sugirió hizo que un escalofrío recorriera por toda la espalda de InuYasha—. Quizá incluso ya estuviera muerta.
—¡Eso no es verdad! —sentenció InuYasha mirando al monje directamente a los ojos.
—¿No?, ¿no te hubieses marchado por semanas enteras con Kikyo-sama? —azuzó el monje arqueando su ceja izquierda, no tragándose ni por un instante aquella mentira—. Si esto está pasando contigo por que piensas que Kagome-sama está enamorada de otro hombre, ¿qué hubiera sido de ella en tu lugar?
Todas las palabras de InuYasha se amontonaban en su boca, pero fue incapaz de decir cualquier cosa para defenderse, bajó la mirada, avergonzado.
—Ella no…
—No es difícil entender por qué Kagome-sama decidió no interferir cuando te alejaste con Kikyo-sama, InuYasha, por eso me parece muy poco creíble que esas lágrimas que dices que derramó fueran para otro que no seas tú —Miroku fue tan firme en su sentencia que los ojos de InuYasha se abrieron más de la cuenta y un escalofrío le recorrió la espalda. El hanyo se quedó congelado en su lugar cuando vio a su amigo ponerse de pie—. Creo que es momento de que seas sincero, se lo debes a ella y te lo debes a ti.
InuYasha agachó nuevamente la mirada, sin más palabras que decir.
—Y, si es verdad que es demasiado tarde —ultimó Miroku reafirmando sus pies sobre el húmedo suelo—, sigue el ejemplo que Kagome-sama te dio y desea que sea feliz. Quien sabe, con suerte eso nos dé la cura a lo que sea que esté pasando contigo.
InuYasha no se atrevió a ver al monje alejarse, solo limitándose a escuchar la tranquila danza que los anillos metálicos de su báculo provocaba al chocar unos con otros con cada paso que daba. El viento que jugaba con sus cabellos plateados pareció detenerse y no escuchaba más el alegre cantar de las aves.
¿Era esa la solución?
¿Dejar ir a Kagome de su vida?
Su pecho dolió cuando se llenó de espesura y subió violentamente por su garganta, la sensación le quemaba como si fuera veneno. Llevó su mano hasta su boca cuando comenzó a toser, pero fue completamente imposible intentar detener las flores que comenzaron a escapársele de la boca. Podía sentir como rasguñaban el interior de su garganta y le dificultaban respirar correctamente.
Si acaso la solución implicaba acabar con él, parecía ir por buen camino…
-o-
Caminaron uno al lado del otro pero sin tomarse de la mano, tampoco decían ni una sola palabra. Kagome, un par de centímetros más baja que Taiki, alzaba su vista de vez en cuando hacia su rostro. El par de ojos esmeraldas no se apartaban del camino, en un semblante serio y, a toda vista, triste.
Se mordió los labios, no pudiendo evitar sentirse un fracaso. Aún cuando Taiki se mantenía fuerte, sabía que lo había lastimado. Y eso era lo que peor la hacía sentirse.
Ambos se detuvieron, al mismo tiempo que contenían la respiración, cuando llegaron a los pies de la gran escalinata que llevaba hacia el templo de su familia.
Dio un paso hacia adelante, después dio otro, casi arrastrando los pies, como si pesados grilletes se aferraran a sus tobillos.
—Kagome-chan —Taiki la llamó casi sin aliento cuando la vio subir el primer escalón, ella se detuvo pero no se atrevió a voltear a verlo—. Te...te deseo que seas muy feliz. Y mereces que te amen, recuerda eso.
Sintió su sangre congelarse, una imagen de ella misma con InuYasha tomando su mano vino a su cabeza. Cómo él le pidió quedarse a su lado, como ella después le reafirmó que era eso lo que más quería.
Lo increíblemente feliz que había sido entonces.
Dolía saber que eso también se había terminado.
No podría ser feliz con Taiki pues no lo amaba y no era justo para él, pero tampoco lo sería con InuYasha pues él con quién quería estar era con Kikyo.
Ella solo estaba condenada a la miseria.
Las lágrimas le opacaron tanto la vista que solo podía ver frente a ella un panorama acuoso, podía sentirlas desbordándose de sus ojos y bañar sus mejillas, su labio inferior temblaba y su voz simplemente se quebró.
—¡Taiki-kun! —lo nombró entre llantos, volteó hacia atrás y se dio cuenta que él ya había comenzado a alejarse de ella a pasos lentos pero firmes—. ¡Tú también eres un chico maravilloso!, ¡Tú también eres inteligente, cariñoso, atento!
Quería decírselo, quería que lo supiera.
Él siempre tuvo tanta facilidad para decirle todas las virtudes que veía en ella. Ella no había hecho eso ni una sola vez, tenía que arreglar eso aunque fuera al final.
No quería que la odiara.
El chico de cabello cobrizo frenó su andar, pero no giró hacia ella, permaneció de espaldas. Solo pareció dirigir su mirada hacia arriba, con dirección al cielo.
—¡Tú también mereces ser feliz!, ¡mereces que te amen! —no pudo soportarlo más, su voz se resquebrajó, ocultó su rostro entre las palmas de sus manos y lloró con amargura—. ¡Perdóname!
No pudo detener sus sollozos cuando sintió a Taiki rodearla con los brazos, podía escuchar su respiración agitada después de regresar sobre sus pasos prácticamente corriendo.
—¡No llores!, mírame, aquí estoy —le suplicó Taiki tratando ansiosamente de detener su llanto lleno de desesperación—. Siempre voy a estar cuando me necesites, todo lo que quieras de mí lo vas a tener. Pero no llores, por favor.
Le correspondió el abrazo tan fuerte como pudo, sabiendo que era la última vez que lo haría. Hipaba tratando de controlar su llanto mientras su ahora ex novio le acariciaba la cabeza mientras le susurraba que todo estaría bien, que aún eran amigos, que no la culpaba de nada y que, sobretodo, no la odiaba.
Ella solo deseaba que, más pronto que tarde, llegara a su vida una mujer capaz de lo que ella no fue: enamorarse de él.
Después de un abrazo que duró tanto como ellos quisieron, Taiki se separó de ella y le sonrió como solamente él sabía hacerlo, invitándola a hacerlo también, aún mientras se secaba el rostro con ambas manos.
—Por favor, cuida mucho tu salud —se despidió Taiki comenzando a alejarse de nuevo, sonriéndole como un sol, alzando su mano en un enérgico movimiento de su mano derecha—. Recuerda que, aunque sea de lejos, espero verte.
Lo vio alejarse hasta que prácticamente lo perdió de vista, la melancolía volvió a invadirle el pecho. Era muy extraño, aun cuando sabía que había estado terriblemente mal aceptar a Taiki, pues solo provocó sentimientos en él que sabía que no podría corresponderle, se sentía agradecida de haberlo hecho, de conocer a alguien como él.
¿No se cansaba de ser tan egoísta?
Dio un suspiro tan pesado que pudo escuchar su propia voz quejarse de cansancio. Giró de nueva cuenta su cuerpo con dirección a las interminables y frías escaleras que llevaban a su casa, respiró profundamente antes de comenzar a subirlas a paso lento, casi no deseando llegar.
Estando cada vez más cerca de la cima, el viento parecía soplar con más intensidad, volando la tela de su falda y jugando con su cabello, obstruyendo su vista. Cuando llegó hasta el final de la escalinata, bajó la vista mientras acomodaba el cabello que se había enredado en su cara detrás de su oreja. Cuando levantó su vista su piel le dolió por los poderosos escalofríos que la recorrieron de pies a cabeza.
Lo primero que vio fueron sus ojos ámbar en su rostro enmarcado por su cabello color plateado que danzaba con el mismo viento que hacía bailar el suyo.
—InuYasha… —lo nombró en apenas un hilo de voz, su aspecto pálido y ojeroso le preocupaba muchísimo.
—Ya veo que es así, supongo que no hay nada que yo pueda hacer —la voz de InuYasha era tan ronca que casi parecía tener cuchillas en vez de cuerdas vocales. Las alarmas en su cabeza comenzaron a sonar como locas cuando lo vio toser violentamente, llevándose las manos a su cuello, como si intentara contener algo.
—¡¿Q-qué te pasa…?!
—¡Sólo escúchame! —le gritó, interrumpiendo su pregunta, Kagome se mordió los labios ahogando un grito de susto cuando lo escuchó rugir tan secamente. Lo vio apretar los ojos mientras intentaba normalizar su respiración—. Kagome tú...tú eres quien más me importa en esta vida, tú siempre serás mi mejor mitad…
Sintió su alma escapándose por su boca en un jadeo sin aliento, sus ojos se abrieron en su totalidad, y sus pensamientos se quedaron en blanco incapaces de creer lo que acababan de escuchar.
Quiso hablar pero de su boca no salía nada entendible y, como si eso hubiese llenado de terror a InuYasha. Él dio un salto hacia atrás, pudo ver una desesperación en sus ojos al mismo tiempo que llevaba sus manos a su boca, como si quisiera vomitar, entonces lo vio correr a su velocidad sobrehumana con dirección al pozo oculto en la pagoda del templo.
Estiró su mano intentando alcanzarlo pero el resto de su cuerpo no se movió, quedándose congelada en su lugar. De un momento a otro sus piernas dejaron de recordar su función, flanqueando tanto que terminó por caer de rodillas en el duro suelo de granito, lastimando sus rodillas.
Sin permitirse ni pestañear, y con gruesas lágrimas escapando de sus inundados ojos, vio el sendero por el que había escapado InuYasha tapizado de pétalos rojos y flores de camelias que, poco a poco, eran arrastradas por el suelo por culpa del soplar del aire.
N.A: Tengo la sensación de que este capítulo ha sido especialmente d-e-n-s-o así que me disculpo si alguien más lo cree así. Me esforcé para que las cosas fueran un poco más ligeras pero supongo que por la naturaleza de este fic eso es algo muy difícil de lograr.
Desde los primeros bocetos de esta historia, y los primeros flash de ideas en mi cabeza, siempre tuve muy presente que quien quería que fuera el primero en declarar sus sentimientos fuera InuYasha, sabía bien que eso implicaba una situación muy fuerte y dolorosa de por medio. Pero por alguna razón confié en que tenía que ser él así que decidí jugármela, espero no haberme equivocado. Otra cosa que tenía muy presente desde los primeros bocetos es que este capítulo llevaría por nombre sí o sí Alhelí pues, en el lenguaje de las flores, esta representa al amor fiel aún en la adversidad. Aún con todo lo que InuKag ha pasado, sus sentimientos del uno por el otro están ahí (aunque los muy necios no habían querido verlo).
Quiero agradecer todos y cada uno de sus reviews, no importa que tan cortos o extensos sean, los aprecio inmensamente e incluso los leo una y otra vez, y es que no la creo, de verdad no pensaba llegar a conseguir comentarios tan bonitos sobre esta historia que empezó como un humilde intento de tributo a un fic que significó mucho para mi como lo fue White lilies. Siempre estuve consciente que, por la naturaleza de este fic tan angustioso, iba a ser muy difícil conseguir vistas, ya no digamos reviews, pues entiendo que puede dar hasta miedo una historia donde tu ship sufre tanto y la pasa tan mal xD así que valoro muchísimo que se tomen el tiempo de leerme, aunque sea como fantasmitas.
También quiero agradecer a Lis-sama y Daikra por recomendar este fic en sus páginas de facebook, ¡me da muchísimo gusto merecer ese honor de ustedes! Espero seguir siendo digna de ese mérito aunque a veces me pase de densa en los capítulos xD
Bueno, creo que ahora sí me fui mucho por las ramas. ¡Nos leemos en el próximo capítulo!
-Kao
