Flores de cementerio.
[Hiciste crecer flores en mis pulmones, y aunque son hermosas...no puedo respirar]
XI.
Geranio.
Kikyo lavó con especial vehemencia sus manos, frotando una contra la otra con fuerza intentando eliminar todo rastro posible de ceniza negra, observando como el andar natural del arroyo enjuagaba sus dedos desprendiendo un hilo gris y una sensación helada en su piel. No pudo evitar suspirar cuando retiró sus manos de la fría corriente del río que avanzaba frente a ella y las colocó sobre su regazo. Su cuerpo entero dolía, también sentía su cabeza a punto de estallar.
Cerró los ojos por un momento, respirando lentamente con la esperanza que el aire limpio se colara por su pecho, buscando que la ayudara a relajarse, lo que pudo percibir es el olor fresco del fango en las orillas del arroyo, dio una bocanada más profunda.
El susurrar del agua, el gimoteo de los animales pequeños que habitaban el bosque y el canto de las aves le envolvían sus sentidos, tan aturdidos por culpa de sus arduos intentos durante toda la madrugada por purificar las camelias hechas con la sangre de InuYasha. Le costaba aceptarlo, pero estaba genuinamente agotada.
Volvió a suspirar. El resultado al que había conseguido llegar era, a todas las miradas que llegasen a juzgarla, una cura. Una sólida solución que definitivamente le salvaría la vida a InuYasha. Así se lo habían asegurado sus shikigamis y ella se había aferrado a esa idea como a una escueta rama que la salvaba de caer en un precipicio.
Entonces…¿por qué se sentía tan incorrecto?
Abrió despacio sus párpados, como si realmente no quisiera hacerlo, a través de sus gruesas pestañas pudo divisar una figura en el agua que hizo que su corazón diera un violento vuelco dentro de su pecho.
Danzando al ritmo que marcaba la corriente del río, una camelia de un intenso color granate se alejaba a paso lento de un pequeño grupo de otras flores idénticas a ella. Apretó con fuerza sus labios y cerró con tanta furia sus puños sobre su regazo que sus nudillos se tornaron de un preocupante tono pálido.
Sentía su corazón hostigarle el pecho, lo escuchaba y podía compararlo fácilmente con el resonar de un gong después de un golpe lleno de energía en la base metálica. Sentía incluso sus oídos aturdidos del fuerte sonido.
Cerró los ojos de nuevo y trató de respirar. De respirar lo más lento que pudiera permitirse.
Tenía que aceptarlo. Otra alternativa parecía no existir y las oportunidades de que Kagome hiciera algo diferente a lo que había hecho hasta ahora se escurría como el mismo tiempo lo estaba haciendo.
No iba a permitir que InuYasha muriera por culpa de una maldición que ella era perfectamente capaz de revertir.
Abrió sus párpados en una fría mirada que pudiera convertir el arroyo frente a ella en puro hielo, buscó a tientas su arco, colocado cuidadosamente a su lado derecho y se aferró a la madera como si fuera a morir si no lo hacía.
Se puso lentamente de pie, ajustando a su espalda su arco y flechas en completo silencio.
El peso de su consciencia no se iba a convertir en un obstáculo.
Lo sabía. Una vez más, el sufrimiento no sería para ella.
Pero, si el precio a pagar a cambio de la vida de InuYasha era así de alto.
Que así fuera.
-o-
Se sintió culpable cuando se dio cuenta que Kirara comenzó a flaquear ligeramente ante el esfuerzo extra que le suplicó dar para llegar lo más rápido que pudieran a su destino y ella, tan fiel como era, aceptó sin rechistar. Se lo recompensaría con creces apenas pudiera, le prometió.
Sango dejó escapar todo el aire que contenía en su pecho con alivio cuando comenzó a divisar en el panorama frente a ella la alta empalizada construida con gruesos troncos de madera que, aunque evidentemente abandonada y descuidada, seguía levantándose imponente protegiendo aunque fuera solo el recuerdo de lo que alguna vez fue su hogar.
Apenas puso un pie en el esteril suelo dentro del sitio amurallado, su cuerpo se llenó de escalofríos. Como casi siempre le pasaba cuando visitaba aquel lugar que, en sus mejores momentos, era el centro de su felicidad y de sus más inocentes ilusiones.
Observó a su alrededor por un segundo que le supo a un día entero, el silencio era tan profundo que le lastimaba los oídos, los aromas se mezclaban entre paja seca y tierra árida, dejando claro una vez más el precario estado del sitio completamente despoblado. Sin poder evitar soltar un pesado suspiro, despachó a su querida Kirara para que pudiera buscar una fuente de agua y tuviera tiempo para descansar, pidiéndole que estuviera pendiente por si acaso volvía a necesitar de su valiosa ayuda.
Se acercó hasta la larga fila de tumbas que una a una formaban un lúgubre camino a los pies de los desgastados muros e hizo una rápida reverencia, haciendo el sólido juramento que, la próxima vez que los visitara, les llenaría de flores y frutas como ofrenda, ahora no podía darse ese lujo. Su tiempo se le escurría de las manos como si fuera líquido.
Se apresuró hasta una de las chozas al fondo del fuerte abandonado, una de las pocas que aún seguía en pie. Una de las pocas que quedaron como testigos de la masacre que ahí se vivió, por culpa de Naraku.
Cuando llegó notó el triste estado de la construcción de duro roble, con manchas de moho en las esquinas y rodeado de maleza seca. Apretó los labios en resignación y se colocó frente a la puerta corrediza a la cual mantenía cerrada una gruesa tranca de madera que protegía el acceso al lugar. Afortunadamente solo era un poco más pesada que su Hiraikotsu, por lo que no le tomó más esfuerzo del necesario el moverla para poder ver dentro.
Arrugó ligeramente su nariz cuando el fuerte olor a humedad y a pergamino podrido le golpeó la nariz, parpadeó un par de veces para disipar la nube de polvo que se levantó al mover pesada puerta.
Ayudada por la luz del sol, enfocó su mirada al interior notando los largos estantes, algunos de ellos con sus gruesas bases ennegrecidas por un fuego que no consiguió avanzar gracias al piso elevado construido con piedras traídas de un lago cercano precisamente para ese propósito, todos estaban llenos de viejos pergaminos y libros descosidos, además otras anotaciones sin título regados por el suelo.
Una sonrisa de confianza le dibujó en su rostro una expresión de esperanza sin apartar su vista de los antiguos registros y bitácoras de los desaparecidos exterminadores de demonios.
Solo esperaba que los dioses, sus ancestros, o quien quiera que estuviera de su lado, le permitieran encontrar algo que fuese mínimamente de ayuda.
Y terminar de una vez por todas con esta pesadilla.
-o-
El escalofrío que le recorrió toda la espalda, cuando vio que desde afuera de los bordes del pozo en medio del bosque comenzaron a destellar luces azules y amarillas, fue tan violento que temió seriamente que le llegase a romper los huesos. Pudo incluso adivinar que, por la manera en la que Shippo se aferró a las telas púrpuras que cubrían su hombro, el pequeño zorro experimentó la misma espantosa sensación.
El alma se esfumó de su cuerpo cuando vio a InuYasha saliendo del pozo de un solo salto con las manos cerca de su rostro, como si quisiera atrapar la gran camelia que salía a paso lento de su boca, tan madura que incluso varios pétalos se desprendían de su núcleo.
—¡InuYasha! —su voz se escuchó sólo un timbre más arriba que la voz de Shippo, llamándolo ambos de forma igual de desesperada.
El monje corrió hasta estar frente a su amigo, sintió como Shippo bajaba de su hombro de un salto y se colocaba a los pies del hanyo.
—Se acabó —dijo InuYasha cuando escupió la camelia, el hanyo se ahogaba con sus palabras mientras una nueva flor nacía desde lo profundo de su garganta y salía por su boca. Tosía violentamente tratando de encontrar la compostura. Miroku abrió tantos sus ojos que temió seriamente que le saltaran de la cara—. Se acabó, Miroku. No volveré a verla.
Si acaso Miroku pensó que el primer escalofrío que sintió era el más intenso que iba a sentir jamás, qué rápido se dio cuenta que estaba equivocado—. ¿Qué quieres decir?, ¿hablaste con Kagome-sama?
Más flores salieron de la boca de InuYasha, caían como lluvia de sangre inundando los pies de ambos. Shippo ahora se escondía detrás de la túnica del monje, temblando del miedo. Instintivamente, llevó la mano izquierda al hombro del hanyo, en un intento de ayudarlo a no perder el equilibrio.
Y no perderlo él mismo.
—Se lo dije, ¡Maldita sea, Miroku, se lo dije! —los esfuerzos de InuYasha por hablar hacían su voz tan áspera que dejaba en evidencia el desgarre de su garganta. Como si hubiese bebido el más abrasivo de los licores—. Pero ella… —vio a su amigo llevar su mano derecha a su boca tratando de detener las arcadas—. Ella.
Las ansias en el cuerpo de InuYasha eran notables a simple vista, su cuerpo entero temblaba mientras las incontrolables arcadas se desbordaban de su mano como lluvia carmesí. Cuando lo vio perder el equilibrio cayendo hacia adelante, Miroku se acercó más a él permitiendo que la cabeza de su amigo aterrizara en su hombro derecho.
—Maldición… —sentenció Miroku tratando de sujetar a un InuYasha que peleaba por respirar con su brazo izquierdo mientras su mano derecha se aferraba con fuerza a su báculo tratando así de mantenerlos a ambos de pie—. ¡Shippo, corre a la aldea!, ¡Ve por ayuda!
Vio por encima de su hombro como Shippo corría, con sus cortas cuatro patas lo más rápido que su cuerpo era capaz, en dirección a la que él le había ordenado. La violenta manera en la que InuYasha trataba de tomar aire por su boca, como si fuese un pez fuera del agua, le devolvió la atención al frente.
—No te atrevas a desmayarte, InuYasha, ¡No puedes rendirte así! —le advirtió el monje sintiendo como el hanyo inconscientemente recargaba más de su peso en él. Obligándolo a tomar con aún más agobio su báculo, notando como la punta en el suelo se hundía en el blando fango, haciendo los aros de la parte superior bailar con desespero.
—Ella...estaba con él… —InuYasha se asfixiaba entre cada palabra que salía de su boca. Miroku tuvo que morderse los labios para no volver a soltar otra maldición cuando su amigo cerró los ojos y dejó de sostener su propio cuerpo.
Las piernas de InuYasha dejaron de sostenerlo y las de Miroku cedieron ante el peso de los dos, ambos cayeron de rodillas en un ruido sordo y el monje tuvo que contenerse para no quejarse del dolor que el golpe directo contra el suelo le había provocado. Soltó por fin su báculo sagrado el cual hizo un último ruido metálico cuando cayó sin cuidado sobre la cama de hierbas.
Afianzó con fuerza el pesado cuerpo de su inconsciente amigo y dirigió su mirada hacia el cielo, con desesperación.
Deseando con todas sus ganas ver a Sango llegar con lo que sea que había ido a buscar.
-o-
El aire se hizo tan denso que su pecho dolía con el simple intento de respirar, sus rodillas dolían y todo su cuerpo temblaba como si de repente se hubiese transformado en una especie de criatura de goma.
Abría y cerraba su boca suplicando por oxígeno, su mente había quedado completamente en blanco mientras observaba con los ojos bien abiertos el rastro de pétalos rojos que dejó InuYasha al alejarse de ella; quería gritarle pero parecía como si su cuerpo hubiese olvidado hacer cualquier otra cosa que no fuera sentir espantosos escalofríos.
—InuYasha... —cuando por fin logró hablar su voz era como oxidadas cuchillas, intentó volver a nombrarlo al mismo tiempo que pesadas y frías lágrimas comenzaron a bañar sus mejillas.
Mereces que te amen…
Se lo había dicho Taiki hace apenas unos momentos, el recuerdo de sus palabras ni siquiera se había enfriado cuando entonces se encontró con InuYasha parado frente a ella. Con la expresión más derrotista que jamás había visto en él, ni se imaginó jamás llegar a ver.
Todo se arremolinaba en su cabeza como si un poderoso terremoto le hubiese derribado. ¿Cómo es posible que hubiese hecho las cosas tan mal?, ¿cómo es que se había equivocado tanto?
Entonces lo entendió. Lo muy equivocado que estaba Taiki.
Porque no solo había lastimado a Taiki en su actuar tan egoísta. También había lastimado a InuYasha.
No.
Ella no se merecía que la amaran.
Pero, aún así…
Kagome tú...tú eres quien más me importa en esta vida…
De un momento a otro sintió su pulso acelerarse. La ansiedad le aplastaba tan fuerte las costillas que llegó a pensar que se las rompería. Su respiración se agitó tanto que podía escucharse a sí misma intentando jalar grandes bocanadas de aire.
Suplicando por vivir.
Quería levantarse.
Correr hasta el pozo, alcanzar a InuYasha y decirle la verdad.
Que él era quien más le importaba en esta vida.
Que ella también lo amaba.
Pero su cuerpo jugaba en su contra, por más que rezaba para poder ponerse de pie era sencillamente imposible.
Alzó su mirada hacia el cielo, sintiendo sus ojos escocerle tanto que las lágrimas que intentaba contener le quemaban.
¿Cómo era posible sentirse plena y vacía al mismo tiempo?
...tú siempre serás mi mejor mitad…
Fue como si le hubiese caído un balde de agua fría sobre su cabeza.
Cerró sus temblorosas manos en puños sobre su regazo, se aferraba a las telas de su falda como si fuera a morir si no lo hacía. Escuchó su propia voz romperse dentro de su garganta al mismo tiempo que perdía la batalla contra sus lágrimas.
El desespero de su alma fue tan palpable en su llanto que dejaba expuesto su dolor en carne viva. Las lágrimas caían a su regazo empapando la tela de su vestido mientras ella hacía un intento titánico por calmar su respiración.
En medio de su llanto, pudo escuchar unos pasos apresurados acercándose a ella. Se negó a abrir los ojos, muerta de vergüenza, llevó ambas manos a su rostro y siguió llorando escondida bajo sus palmas cuando escuchó que la persona frente a ella se arrodilló para estar a su altura.
—Kagome… —escuchar la voz de su madre y sus finas manos sobre su cabello solo hicieron más fuerte su llanto. Dejando de sentir vergüenza, alejó sus manos de sus ojos y, como una niña pequeña, la abrazó recostando su rostro entre su cuello y hombro derecho.
Su mamá no dijo nada más, la apretó contra ella como si intentara absorber el dolor que invadía el cuerpo de su hija y soportarlo ella en su lugar.
N.A: Una de las cosas horribles que tiene el ser un adulto ""responsable"" es que el trabajo exige muchísimo, estas semanas han sido especialmente pesadas en mi trabajo así que no solo mi tiempo se vio afectado, sino también mi imaginación. He terminado mis jornadas laborales con el cerebro sin una gota más de energía pero he hecho lo posible por que este capítulo mantenga el buen ritmo que me gusta pensar he logrado en los pasados, espero haberlo conseguido.
En este capítulo, definitivamente las partes más difíciles han sido las dos últimas. Estoy pasándola TAN mal haciendo a mi OTP tan desgraciada que me siendo genuinamente un horror de persona. En honor a ese sufrimiento es que este capítulo se llama Geranio. Pues una de los significados asociados a esta flor es la melancolía. Algo que en este punto de la historia embarga en gran medida tanto a InuYasha como a Kagome.
Me sorprendió leer en sus comentarios que el capítulo no les pareció tan denso como yo llegué a pensar que era. De verdad tenía la preocupación que eso hiciera el capítulo un tanto aburrido y me dio muchísima alegría ver que estaba equivocada. ¡Les agradezco mucho todos y cada uno de sus comentarios! También agradezco el cariño que le regalaron a mi OC, quise que la salida de Taiki fuera emotiva y llena de ese cariño que también se robó de mi parte y cómo no si el pobre hombre resultó ser un sol.
Sé que este capítulo resultó ser un poco corto pero aún así espero que haya sido de su agrado. ¡Nos leemos en el próximo capítrulo!
