The show must go on - Queen.
Advertencias: Cambios de narradores, espacio, tiempo. (Atención o podrían confundirse)
Capítulo 23: Agente de hierro.
El sonido de unos desafinados violines retumbaba en aquel lugar lúgubre, gracias a la ayuda de unos viejos parlantes. Música instrumental de una gran canción, pero que resultaba ser odiosa al repetirse una y otra vez durante largas horas. The show must go on. De seguro el intérprete de aquel tema estaría horrorizado al saber que esa canción estaba siendo utilizada para torturar a una jovencita, cuya sonrisa tan característica había sido borrada.
Mantener sus ojos abiertos le era una labor dificultosa. Si los cerraba, aunque fueran unos cuantos segundos, perdería la escasa conciencia que le conectaba a este mundo. Tal vez no sería capaz de abrirlos nuevamente.
Se sentía desesperanzada en aquella soledad que le rodeaba en aquel sitio carente de iluminación y lleno de humedad. Sus labios resecos por la deshidratación y por su misma sangre, se movían de vez en cuando, con notoria dificultad. Ellos respondían a las líneas de una vieja carta de amor, que su mente no dejaba de repetir. Quizás eso era lo único que la mantenía cuerda y le hacía omitir la melodía que no dejaba de sonar en ese sitio desconocido.
Ahora que no estaba su captor, Rin Higurashi podía mencionar el nombre de su amado, añorando el verlo, aunque fuera una última vez. ¿Cuánto tardaría en venir en su rescate? ¿Llegaría a tiempo?
Cuando estés en problemas, ansiosa, triste, o lo que sea, no dudes en llamarme. Vendré a ti inmediatamente aunque estemos separados. Si tú pronuncias mi nombre, llegaré rápidamente hasta donde te encuentres.
-Sessho…maru…–Su respiración era dificultosa, y su cabeza luchaba por mantenerse erguida, sin importar lo débil que se sentía-
Si no puedes hablar solo silba, con tus dedos así como te gusta. Es nuestro código íntimo. La distancia no es un obstáculo.
-Esas notas…no han…llegado a ti. –Seguía murmurando producto de la fiebre que comenzaba a hacer de las suyas en su cuerpo- No las escuchas.
Nuestros corazones están unidos por el poder de la confianza, aunque esta situación diga lo contrario.
-Tengo miedo.
No hay nada que temer, basta con tener este sentimiento. Debería de ser suficiente para aclarar tu corazón.
-Sesshomaru…por favor…
Te ama. Sesshomaru Taisho.
-Ven por nosotros. –Terminó su frase, al mismo tiempo que la voz de él en su carta-.
Las lágrimas corrían por sus mejillas. Tal vez él ni siquiera estuviese enterado de aquel dilema del secuestro. Quizás esa maldita cinta jamás llegaría a sus manos. ¿Cuánto más podría resistir a los maltratos físicos, el hambre y la sed? ¿Cuánto más podría sobrevivir su bebé? El crujido de aquella puerta metálica que la separaba de su captor, le hizo saber que ya no estaba sola. Sintió temor nuevamente, el cual hizo su piel erizar en contra de su voluntad. No esperó ver a Naraku acompañado. Al parecer, había más gente involucrada de la que podía llegar a imaginar.
-Pequeña fierecilla. –Dijo Naraku al posar una de sus manos en la frente de Rin- Llorar aumentará tu fiebre. –Retiró su mano, manteniendo una sonrisa torcida- ¿Quieres un momento a solas con ella? –Consultó a su acompañante, recibiendo una silenciosa respuesta afirmativa- Disfruta lo que puedas de ella antes que pierda el conocimiento. –Carcajeó dirigiéndose a la salida, viendo como aquel personaje hacia tronar sus manos- Ya arreglaremos cuentas después de que te diviertas un rato.
.
.
.
Central de inteligencia, Tokio.
-¿Qué demonios haces aquí?
¿Por qué no puede fingir por lo menos algo de sorpresa al verme? Es tan ingrato. Su voz es áspera y llena de desagrado. Sé que no estaba en sus planes verme aquí, de pie fuera de la sala de interrogatorios. Creo que pocas veces en la vida le he visto tan expresivo facialmente.
Todo en él refleja tensión y congoja.
Podría apostar a que no ha dormido, y si lo ha hecho apenas ha sido con suerte un pestañeo. Por eso no es bueno tener sentimientos. Te alteran completamente. Te vuelven débil. Lastimosamente, todos lo experimentamos en algún momento de la vida, en menor o mayor grado. Creo que él está en lo profundo de aquel sentir.
Algo que no pensé ver jamás.
Sus ojos me analizan rápidamente, aunque ese escaneo parece ser en cámara lenta a mi percepción. Sonrío burlonamente al verlo fruncir el ceño. ¿Hay algo malo en mi atuendo? No es muy diferente a lo que suelo usar cotidianamente cuando estoy de servicio. Un traje oscuro de dos piezas, una blusa blanca y una pañoleta tono azul cielo en el cuello. Mis zapatos son negros, y tienen poco tacón, ya que odio ese sonido fastidioso que emiten en la cerámica o pavimento.
-¿Acaso no es obvio? ¿No puedo visitar a mi hijo? –Contesto con tono de falsa inocencia mientras acomodo un mechón de cabello planteado tras mi oreja. Sigue avanzando hacia mi y sabe que no es del todo cierto el motivo- Sé que no pasas por un buen momento. Las noticias vuelan, cariño. Deberías saberlo. –Agrego con un tono que deja revelar que no soy la única en saber lo que ocurre y sus movimientos-
-Irasue. –Casi escupe mi nombre al hablar. Realmente el intento de ser amenazante hacia mi persona me causa cierta ternura. Buen intento cachorro de mami, pero no funcionará- No estoy para juegos.
-Bien, solo vine a hacer mi buena acción del día. –Bufo un tanto ofendida por su falta de cortesía- Ey, tú. Explícale lo que sucede. –Observo a la mujer que se encuentra detrás de él, quien si se ve sorprendida por mi presencia- Me da jaqueca hablarle cuando se encuentra de mal humor.
Sango, rápidamente le revela que procedió a revisar las cintas de seguridad de las pasadas horas junto con el equipo de laboratorio digital. En ella pudo identificar a un sujeto con gafas, de cabellos oscuros, metro setenta y tres, piel canela, con musculatura normal, montando una motocicleta del año con patente oculta. Al ingresar su imagen en la base de datos, pudo encontrar un par de resultados que coincidían con los rasgos que estaba buscando. Todos ellos tenían unos interesantes expedientes policiales. El que sobresalió fue el de un inmigrante latino, de origen colombiano, que residía en el país hacia cinco años. Un sujeto bastante peligroso. Sicario.
Digamos que esa muchacha le apostó al ganador de mera suerte.
Con la conexión de cámaras que están esparcidas por toda la ciudad, lograron hallar al sospechoso, el cual curiosamente estaba cerca del restaurant que de los meses a la fecha yo manejaba. Los agentes a mi disposición no tardaron en concurrir al bar de mala muerte donde se escondía y lo trajeron a la agencia sin demora.
Y sin derramar sangre más de la necesaria.
-Eso no explica por qué estás aquí. –Comenta Sesshomaru sin variar su manera de dirigirse a mi persona-
-Mi equipo, mi sospechoso, mis reglas y supervisión. –Me acerco a él sin una gota de intimidación, demostrándole que puedo ser desagradable si lo deseo- Un chasquido de dedos y lo hago desaparecer antes de que puedas hacerle una maldita pregunta. –Hago tronar mis dedos para añadirle un poco de drama al asunto- Así que bájale dos líneas a tu tono, que por si se te olvida, soy tu superior aunque seas mi hijo. ¿Entiendes?
-¿Qué quieres a cambio? –Puedo oír su respiración controlada para no salir de sus cabales autoimpuestos y sé que voy ganando algo de terreno- Sé que no das nada por caridad.
-Deja que te ayude. –Expongo de manera calma, a lo que no tarda en responder-
-Ni soñarlo.
-Son mis términos. –Si Sesshomaru no da su brazo a torcer, deberá percatarse que tampoco estoy dispuesta a eso- Tómalo o déjalo.
-Lo dejo. –Responde sin dudar-
-Esto no se trata de mi o de ti, testarudo. –Contraargumento, intentando convencerlo- Se trata esa mujer y del niño que espera. No podrás solo con esto, y no significa que no poseas las capacidades para ello. –Aclaro cuando está dispuesto a rebatir mi comentario- Hay más personas involucradas en esto de las que somos capaces de ver a simple vista.
-¿Sabes algo que yo no? –Cuestiona-
-Llámalo experiencia laboral, cariño. –Contesto acomodando mi pañoleta- Cuando eres una fruta podrida, cosa que estás experimentando ahora, llegan mosquitos a tu alrededor. –Hablo metafóricamente- Esos son tus enemigos. Buscarán alimentarse de ti hasta que no quede nada, y por tu actuar fuera de todo protocolo, estás cerca de ello.
-Tiene razón. –Interrumpe su amiga, ganándose una mirada de que lo mejor es cerrar el pico y no meterse en cuestiones familiares- Lo siento. –Alza sus manos en señal de disculpa-
-Entonces debo dejar todo en tus manos. –Excluye rápidamente de la conversación a la muchacha y su atención es completa hacia mi- ¿Es lo que intentas decir?
-Salvo tu carrera, y de paso tu cuello, Sesshomaru. –Aclaro- Estás jugando con poderes superiores a ti, que aunque tengas un buen rango en esta central… lamento decir que no es el suficiente.
-Ve directo al grano.
-Tienes expediente de abuso de poder en interrogatorio y misión. –Expongo los puntos más relevantes- Por tu impecable curriculum te lo han dejado pasar una vez y no te han dado de baja. –Prosigo a enfatizar un último punto- O peor aún, encarcelado.
-Dime algo que no sepa. –Su paciencia comienza a agotarse y sé que debo jugar mis cartas antes de que eso ocurra-
-Estás en investigación nuevamente por lo sucedido en el caso Higurashi, Sesshomaru. –Al parecer eso no lo tenía presente, debido a que una pequeña luz de sorpresa se dibujó en sus facciones- Una mujer embarazada. –Comienzo a mencionar- Un romance con una joven amante que terminó en escándalo, y que ahora resulta estar también embarazada y para colmo de males, secuestrada. La misma chica por la cual mueves media central para encontrar su paradero. Suma el posible asesinato de ese malhechor cuando des con su paradero.
-Acabaría con cualquiera que ose lastimarla. –Expone dejándome perpleja-
-De acuerdo. –Logro articular al ver su convicción- No obstante, te esperan largos años en prisión si das un paso en falso.
-No me importan las consecuencias de ello.
-¿Realmente vale la pena perder todo lo que has logrado por una mujer? –Pregunto sin intenciones burlescas de por medio-
-Si la pierdo a ella, lo pierdo todo.
Y fue ahí, en ese preciso instante, en que me he dado cuenta que Sesshomaru no es igual a mi como siempre pensé. Nada giró alrededor de alguien en mi vida y/o trabajo. Ni siquiera él que es mi hijo, carne y sangre de mi propio ser. La diferencia entre nosotros, fue aceptar abiertamente que al perderla no tendría nada, ni siquiera una familia. Ha dejado de ser un cabrón prepotente y egoísta.
Ahora solo es un cabrón prepotente.
Dejó de pensar en sí mismo.
Siempre ha sido un hombre de elite, pero ni un millón de reconocimientos o galardones, por sus múltiples hazañas, lograron hacerme sentir orgullosa como madre. Hoy, con ocho sencillas palabras hicieron lo impensable.
-Bien. –Lucho con un extraño nudo que se ha formado en la base de la garganta- Sin embargo, déjame el proceso de interrogatorio a mi. –Informo, no consulto su parecer- Si hay algo fuera de lugar, no me harán nada. Soy demasiado valiosa para esta agencia como para darme de baja. –Le doy la espalda para coger la manilla de la puerta que da a la sala de interrogatorios- Pase lo que pase, escuchen lo que escuchen, no entren, Sesshomaru. –Antes de ingresar, me detengo a recomendar- Cuando me quite la pañoleta, apaga las cámaras, niña.
-Si, Irasue. –Responde Sango, lamentando de inmediato su error- Digo… como ordene…
-Señora Irasue, para ti, mocosa. –Reprendo con suficiencia, observándola como si fuera un simple insecto que es fácil de aniquilar- Hora de sonsacar información como los viejos tiempos.
.
.
.
Dos horas después.
-Sesshomaru, entiendo perfectamente que estés tan alterado, pero te recomiendo que te controles. –Sango apresura el paso en aquel pasillo que guiaba hacia la oficina que utilizaba temporalmente. Comienzo a odiar el sonido irritante que producen sus tacones, los cuales resuenan tras cada paso que da intentando alcanzar los míos- Recuerda que es un terreno estatal al que irás.
-¿Crees que me negarán la entrada?–Cuando entro al lugar, compruebo que mi arma de servicio tenga las municiones necesarias para realizar mi visita de media tarde. No conforme con eso, me aseguro de llevar otra que yacía oculta en uno de los cajones del escritorio- Gracias a nosotros esos insectos tienen trabajo, al tener que custodiar reos de tal magnitud.
-Solo digo que no te puedes pasar del límite. –Recomienda nuevamente- Recuerda las palabras de tu madre. Si no la escuchas perderás todo beneficio legal por abuso de poder.
-Solo visitaré a un familiar.–Aclaro restándole importancia al asunto y puedo verla bufar por frustración.- ¿Tiene algo de malo en ello?–Finjo inocencia al ocultar mi arma tras mi espalda y otra en la cartuchera correspondiente-
-¡Claro que si! –Contesta deteniendo mi marcha al posicionarse en la mitad de la salida- ¡Sobretodo en el estado que estás! ¡Mírate! –Me apunta como si fuese lo más obvio del mundo- ¡Eres impulsividad pura!
No soy un ser impulsivo, solo manejo la adrenalina según amerite la situación.
La aparto de mi camino sin menor esfuerzo, y logro llegar al elevador de la planta del piso noveno. El timbre resuena cuando llega a destino y abre sus puertas. Ingreso, y antes de que cierre, Sango, nuevamente está frente a mi presencia. Anuncia que irá conmigo, me guste o no. Pues, ya veré como me libraré de ella antes de salir del estacionamiento.
No obstante, mis esfuerzos fueron en vano. Me siguió a todas partes como si fuera mi propia sombra.
Unos cuantos minutos más tarde, nos encontramos fuera de la cárcel de alta seguridad del país, donde los delincuentes más peligrosos se hallan tras las rejas. Unas cuantas sabandijas están en este nido de ratas gracias a mi. Los gendarmes nos interceptan en la entrada del lugar y se realiza el protocolo correspondiente. Se nos deriva a una sala de recepción, donde el alcaide nos consulta el motivo de nuestra visita. Es un hombre de unos sesenta años, cabello canoso y una creciente calvicie que lo aquejará más conforme trascurra el tiempo. Al parecer no está muy entusiasmado con nuestra presencia en el recinto penal.
-Ya no es horario de visita. –Informa con superioridad poco fundada- Así que…muestren su identificación y motivo por el cual deba autorizar su entrada.
-Visita de rutina. –Habla Sango mostrando nuestra placa correspondiente- Venimos por Higurashi, Masayoshi.
-Serán agentes del centro de inteligencia, pero aquí mando yo.
Alto ahí. ¿Quién demonios se cree este pequeño gusano?
-¿Cree estar por encima de nosotros? –Cuestiono, sintiendo como el ambiente se tensa considerablemente-
-¿Y ustedes de mis reglas? –Contraataca sin temor aparente-
El intercambio de palabras dura un tiempo más de lo pensado. La balanza, extrañamente, no está a nuestro favor. No debería haber mayor dilema en entrar y cumplir con nuestro cometido, pero este sujeto no hace más que negarnos la entrada. Controlo el impulso naciente de romperle la cara y entrar de una buena vez.
La sala queda en silencio cuando la puerta de aquella sala se abre y deja ver la silueta de mi madre, quien relajadamente sostiene un vaso de café en su mano derecha y porta unas gafas negras que le dan un toque imponente, digno de un Taisho. Cierra aquella puerta metálica con ayuda de uno de sus pies, y sigue su camino rectamente. Se posiciona a mi lado y cuestiona a viva voz:
-¿Por qué pierdes el tiempo hablando con este sujeto y no están interrogando a Higurashi, Sesshomaru? –Bebe de su vaso como si su pregunta fuera lo más lógica del mundo-
-No pueden ingresar si yo no lo autorizo. –Habla el hombre quien fue ignorado por la nueva integrante de la comisión de inteligencia-
-¿Y usted…es? –Pregunta Irasue, con aburrimiento-
-Eiji Madarame. –Contesta alzando la barbilla- Alcaide de este recinto penal.
-Bien, le plantearé lo siguiente, Madarame. –Irasue se posiciona frente a él, quitándose las gafas oscuras y dejando que sus ojos lo examinen por completo. El sujeto traga saliva con dificultad, aunque lo disimula un poco- Tiene un minuto para ordenar a sus hombres para que lleven a Masayoshi Higurashi a una sala aislada, en donde se nos permitirá hablar con él el tiempo que sea necesario.
-¿Quién demonios se cree usted para darme órdenes? –Cuestiona notoriamente ofendido- ¡Soy…!
-La persona que puede hacer una simple llamada, y que le haga perder el empleo y ganar unos cuantos años en prisión. –Le interrumpe, siempre manteniendo una sonrisa confiada en su rostro- Estoy enterada de sus negocios turbios y privilegios que mantiene con los reos de este recinto. –Bebe nuevamente de su café y me lo extiende para que se lo sostenga. Sango lo hace por mi e Irasue saca su teléfono móvil- Ni mencionar los favores sexuales. Sería una lástima que su esposa se enterara de aquellas preferencias a estas alturas de su matrimonio. –Madarame luce pálido tras cada palabra venenosa salida de su boca-
-Esas son…falsedades. –Su capacidad de hablar se ve limitada, y evita el contacto visual con los hombres que nos acompañan- Usted quiere arruinar mi imagen a punta de bajas falacias.
-Estas fotografías y videos que tengo en mi poder dicen lo contrario. –Se acerca un poco más y vuelve a preguntar- ¿Nos dejará entrar o tendré que tomar medidas? Usted elige, Madarame.
-¿Cómo demonios maneja tanta información? –Cuestiona Sango, realmente asombrada, cuando nos dirigimos al sitio que se nos ha concedido en cosa de minutos, gracias a la sutil persuasión de Irasue. Ignoro los silbidos y gritos por parte de los reos que al vernos han tenido esa reacción-
-Se cuenta el milagro, más no el santo que concede, niña. –Responde Irasue de forma sencilla- El tener información es mi negocio, y el conseguirla sin que se percaten es un arte que pocos logramos.
Sé que es buena en su labor. Mi madre podría colarse en tu propia ropa interior, y no te percatarías de ello. Es así como obtiene lo que desea, y tiene a muchos bajo su mando. Sean personas comunes o con poder.
¡Hasta que tienes las pelotas de venir ante mi, bastardo!
¡Hijo de perra!
¡Ven aquí, te daré lo que mereces!
¡Púdrete, mal nacido!
-Vaya que eres popular, Taisho. –Murmura entre dientes mi compañera-
-Aquí es. –Indica Irasue, sacándose las gafas y la pañoleta que traía puesta.- Ahora, no podrás entrar, Sesshomaru. –Informa ya harta de los gritos que no han dejado de escucharse en minutos- Créeme que si te digo que entre menos estés involucrado, será mejor.
-Sandeces. –Rebato- Esto es asunto mío.
-No lo permitiré. –Coloca una mano sobre mi hombro y le aplica cierta presión- Confía en que lograré tener la información que requerimos o lo más cercano a ello.
-No sabes cómo es ese sujeto. –Advierto-
-Ni él sabe cómo soy.–Hace tronar sus dedos y cuello antes de entrar- Déjalo todo en manos de mami, cachorro testarudo. –Menciona con notoria ironía en su última frase-
-¿Cachorro? –Repite burlescamente mi colega, ganándose una mirada reprobatoria que elimina cualquier rastro de una sonrisa en su pálido rostro-
-Esa me las pagará.
.
.
.
¿Así que esta es la sala de castigos, eh? Interesante. Dos sillas y una mesa de metal pegada al piso, sin opciones de ser movida. Una jarra de goma, junto a dos vasos del mismo material que contienen agua. Realmente esperaba más de este lugar. No tengo demasiadas opciones para aplicar. Ahí está sentado ese sujeto, con una expresión facial nula, pero con unos ojos calculadores que observan todo a su alrededor.
Expresan odio.
Rencor al mundo, y tal vez, a él mismo también.
-¿Quién eres? –No demora en preguntar, posicionando sus manos arriba de la mesa, haciendo que sus esposas metálicas suenen producto del choque de ambos objetos-
-¿Realmente importa? –Me siento en la silla sobrante que está ubicada frente a él, acomodándome en el respaldo y colocando ambos pies sobre la parte superior del tablero- Por cierto, lindas pulseras. –Mi tono de voz es plano e inexpresivo, muy parecido al de él, exceptuando el sarcasmo-
-Pues la cadena que las acompañan quedaría perfecta alrededor de tu cuello. -Responde con la misma ironía-
-¿Te has acostumbrado a ellas? –Prosigo este juego de intercambio de palabras. Posee un sentido del humor interesante-
-Nunca lo haría. –Con asco escupe esas tres sencillas palabras-
-Es una lástima, porque te acompañarán el resto de tu vida. –Sonrío abiertamente al momento en que su cara se desfigura por el desagrado-
-¿Qué quieres de mi? –Masayoshi pregunta sin rodeos, aburrido y molesto- No creo que solo vengas por mantener una conversación con fines sociales.
-De hecho estás en lo cierto, Higurashi. –Le doy la completa razón- Mi visita tiene que ver con el hecho de que tu hija menor fue secuestrada. –Hago una señal de disculpa, golpeando levemente mi frente por un olvido- Corrijo, la hija menor de tu hermano, pero que tú reconociste bajo una falsa. –Desde mi lugar puedo escuchar sus dientes rechinar de la molestia- Bueno, un error lo comete cualquiera, ¿no? –Luego prosigo- Como dije antes, fue secuestrada hace unos días y… ¡adivina! Hemos dado con ciertas pistas que te involucran a ti.
-No tengo nada que ver en ello. –Se defiende al instante-
-¿Así? –Bajo los pies de la mesa y me acomodo en la silla en una pose recta- Pues, un conocido hoy nos ha dicho lo contrario. –El sujeto mueve la cabeza en forma de negación y suspira con indignación- Y es más, tenemos información de que el secuestrador es un viejo amigo tuyo. No negarás a Naraku, ¿verdad?
-Ya no saben qué inventar para intentar perjudicarme más de lo que ya han hecho. –Se defiende hipócritamente- Sin duda, los agentes de inteligencia son unos grandísimos hijos de perra.
-No más que un delincuente que no dudaría en acabar a su propia familia con tal de vengarse.
-No tengo nada que ver en ello. –Repite con prepotencia- Y aunque supiera, no les diría nada. Mucho menos a una mujer que se parece tanto al bastardo que me traicionó y me encerró aquí.
Me incorporo del asiento, alisando cuidadosamente la tela de mi pantalón y la de mi chaqueta negra. Camino lentamente hacia él, y no parece estar nervioso ante mi presencia como el anterior sujeto que interrogué hace unas cuantas horas. Espera y calcula cada movimiento.
-Te preguntaré una vez y espero que cooperes si sabes lo que te conviene. –Comienzo a hablar con una leve advertencia, manteniendo una fija mirada en él, la cual no duda en devolver. Noto como sus brazos se tensan, al igual que sus puños- ¿Dónde Naraku oculta a Rin?
-No puedes hacerme nada. –Sonríe ladinamente, con entera maldad- La ley me protege ante cualquier evento de abuso de poder.
-¿Así? –Le devuelvo la sonrisa, antes de darle un buen golpe para borrarle esa prepotente expresión. Cuando logro mi objetivo, se siente jodidamente bien- Yo soy la ley aquí, idiota. –Le aclaro el panorama, mientras hago tronar mis dedos, viendo cómo se incorpora de la silla y seca con el dorso de su mano el hilillo de sangre que comienza a escurrir desde el costado derecho de su lado inferior- ¡Y me dirás lo que quiero, lo quieras o no!
En un vano intento de defenderse, toma la jarra de goma que antes estaba en la mesa y me la avienta a la altura de la cara, la cual logro esquivar alzando mi brazo izquierdo gracias a mis reflejos. Tras un par de intercambio de golpes y de bloqueos por ambas partes, logro atrapar su cabeza y golpearlo con una de mis rodillas en repetidas ocasiones. Su nariz suena como un paquete de patatas fritas quebrándose. Cae al piso, arrastrándome con él en un momento de descuido, gracias a una llave aplicada con sus pies.
No está nada mal para ser un anciano. Uno del cual no debo fiarme.
Se posiciona arriba de mi cuerpo, intentando asfixiarme con sus manos esposadas. La sangre que sale por su nariz rota gotea y choca contra mi rostro. Golpeo sus costillas, arrancándole más de un quejido de dolor, pero no es lo suficiente como para aflojar su agarre.
Retorciéndome debajo de él, logro afirmarme del cuello de su tenida anaranjada e impulsarme con los pies para dar una vuelta completa, que invierte la posición. Su espalda choca contra el frío piso y sus piernas contra la mesa fija.
Le propino uno par de golpes más para asegurarme de que sepa que no por ser mujer la tendrá fácil.
-¡Ahora me dirás lo que quiero, imbécil! –Hablo controlando mi agitación, sujetando su brazo en una posición específica-
-No te diré nada… -Responde con sus dientes manchados de sangre- Ella morirá y no podrán… ¡Ahhhh! –Libera un grito al momento en que le disloco el brazo izquierdo-
-No volveré a repetirlo. –Advierto por última vez, aplicando más presión- El cuerpo humano posee doscientos seis huesos, los cuales romperé uno por uno hasta que me digas lo que quiero. –Sus quejidos ahogados me alentaban a seguir adelante- Y recién vamos por el primero.
.
.
.
-Sesshomaru, deberíamos entrar ahí. –Sango se notaba más inquieta de lo normal, puesto que los gritos y ruidos dentro de esa sala no dejan de escucharse tras el paso de largos minutos- Esto no pinta para bien.
-Creo que la persona que menos requiere ayuda en este mundo es ella. –Me limito a contestar, ocultando la curiosidad naciente gracias a los gritos masculinos que podía identificar perfectamente. Me pregunto qué rayos le estará haciendo Irasue para que grite de ese modo. Tal vez algo no muy alejado a lo que estaría haciendo en su lugar-
-Sabes que no me refiero a ella. –Reprocha golpeando levemente mi hombro- No por nada se ganó el apodo de "la mujer de hierro".
-Entonces, déjala hacer su trabajo. No saldrá de allí hasta saber lo que desea.
-Lo que yo deseo es saber… -Se escucha una voz familiar tras nosotros, haciendo que ambos nos girásemos para verificar de quién se trataba- ¿qué rayos hacen acá, agentes Taisho y Taijiya?
-Superior Izumi. –Tragó en seco mi compañera, observándome nerviosa a la vez-
Estamos en serios problemas.
.
.
.
Notas de autora:
Hola! ¿Qué tal la mujer de hierro? La madre de Sesshomaru puede ser muy persuasiva al momento de averiguar lo que quiere. Por otra parte, ¿Qué consecuencias les traerá a los tres agentes al ser descubiertos por su supervisor? Ya saben: impresiones, negativas, positivas, tomatazos, todo en comentarios (pero con el debido respeto). Siempre les leo, aunque me demore un poquitín.
Un punto aparte, el covid-19 ha llegado a la ciudad donde resido y hay algunos infectados, y a pesar de tomar todas las medidas sanitarias y de cuidado posible, no hay que tomar a la ligera este maldito virus. Intentaré avanzar lo más posible en la historia, para que no quede suspendida o se atrase más de lo debido.
Un abrazo gigante a todos mis lectores, y espero que estén bien junto a sus familias.
Atte: Roxana.
