Flores de cementerio.
[Hiciste crecer flores en mis pulmones, y aunque son hermosas...no puedo respirar]
XII.
Clavel.
Llevó ambas manos hasta sus sienes y las masajeó con suaves movimientos circulares al mismo tiempo que dejaba ir su cansancio en un pesado suspiro. Bajó despacio sus dedos por todo su rostro, en un intento por llamar a la paciencia hasta dejar caer sus manos sobre su regazo haciendo un ruido seco al caer sobre el montón de pergaminos extendidos que mantenía acunados en sus piernas.
Instintivamente, pasó sus dedos sobre el papel sintiendo su textura tan seca como porosa mientras que con su índice seguía el trazo de un demonio con cuernos de cabra y garras de leopardo dibujado por alguno de sus ancestros encargados de tomar registro de todas las criaturas sobrenaturales con las que los exterminadores se habían enfrentado para así poder conocer desde sus distintos aspectos, habilidades, debilidades y, claro, la forma en la que habían conseguido exterminarlos.
Si el tal Kao era tan legendario como se bastó de fanfarronear ante ellos cuando se le enfrentaron, entonces tendría que existir alguna información sobre él en alguno de los tantos compendios que conformaban la última herencia que le habían dejado sus antepasados.
Estaba convencida que por eso no había podido dejar de escuchar la voz de su padre en los pasados días. De alguna manera, sentía que era él quien le había encendido aquella luz en su camino.
Volvió a suspirar al tiempo que levantaba su mirada hacia una de las estanterías abarrotadas de pergaminos todos iguales al desastre que descansaban en su regazo. Solo podía confiar en que su padre no la abandonaría ahora y la ayudaría a encontrar lo que estaba buscando lo más rápido que le fuese posible.
No tenía exactitud de cuánto tiempo le quedaba, pero una horrible corazonada en su pecho le decía que definitivamente no era mucho.
-o-
Antes de ponerse de pie con ayuda de su madre, juntó uno a uno los pétalos que habían caído cerca de ella y los acunó entre sus palmas. Su cara no reflejaba ninguna expresión en especial pero, por dentro, su cabeza estaba llena de preguntas, además su voz interna no podía hacer otra cosa más que gritar. Gritar hasta desgarrarse la garganta.
¿Qué significaban esas flores?
¿Qué relación tenían con InuYasha?
¿Qué relación tenían con ella misma?
Durante semanas las palabras de Kao no hacían más que danzar en su cabeza, prendiendo en llamas todo cuanto tocaba.
Amor no correspondido…
Convirtiendo los sueños en pesadillas.
Y ahora tenía la sensación que había pasado toda una vida de eso. Como si un peso en su espalda se hubiese esfumado.
Como si InuYasha con sus palabras hubiese roto una especie de hechizo.
Como si hubiese terminado con su pesadilla.
De forma automática abrazó contra su pecho el montón de pétalos que rebosaban en las grietas de sus dedos.
-o-
No pudo evitar sonreír al sentir una oleada de alivio y calor en su pecho cuando, después de hojear en un par de pergaminos más, encontró el dibujo de una criatura sobrenatural con el aspecto aristocrático de un terrateniente.
Era él.
El demonio Kao.
El dibujante encargado de aquel registro había captado de manera muy fiel la descripción que el exterminador que se había enfrentado a Kao en ese momento pero, si eso no era prueba suficiente, justo a un lado del retrato estaban los trazos en tinta que le daban forma de una camelia.
Como las que ella soñaba cada noche mancharse con la sangre de Kohaku.
Como las que vio toser y vomitar a InuYasha.
Sacudió levemente sus hombros en un vago intento de quitarse de encima los terribles escalofríos que le recorrieron la espalda con ese sencillo recuerdo, trató de ignorar el violento palpitar de su corazón y comenzó a leer.
« Los exterminadores Jun-san y Kenta-san consiguieron ahuyentar al demonio que atormentaba la región del sur. El autonombrado Kao, manipula una singular habilidad que involucra camelias de un color rojo escarlata, muy parecido al color de la sangre humana, con ellas torturaba a los pobladores de la región a través de artimañas que, al parecer, involucran miedos o deseos dolorosos del corazón…
...Kao logró escapar, no sin antes herir a Kenta-san en el pecho después que éste le atacó para liberar a su compañero, Jun-san, de la tortura a la que lo sometía…
...Ambos exterminadores han regresado con bien a la aldea, Jun-san no presenta heridas mientras la de Kenta-san parece tener problemas para sanar, pues está cicatrizando muy lentamente...»
-o-
El viento que soplaba en su rostro era fresco, como el de una mañana de primavera. Era tan suave que jugueteaba con su cabello haciendo que unos mechones le cosquillearan las mejillas.
Se sentía como si estuviera dentro de un sueño. Después de todo, una paz así le sabía muy lejana. Casi como si hubiese pasado una vida entera.
Con esa idea atormentando sus pensamientos, decidió no abrir los ojos. En vez de eso, los cerró con aún más fuerza, apretando sus párpados. El viento siguió soplando pero ya no se sentía tranquilo, la melancolía se apretujaba en su pecho haciéndole más difícil respirar.
Trató de concentrarse para que la angustia no tomara control de su cuerpo.
Entonces percibió una fragancia dulce, a jazmines. Su aroma.
Escuchó un sonido alegre y vivaracho, como el cantar de las aves. Su risa.
El aroma de Kagome. La risa de Kagome.
Kagome. Tan enérgica como la corriente del río después de una noche de lluvia.
Toda la náusea, toda la desesperación que llegó a sentir desde días atrás, parecían desvanecerse con solo escucharla reír.
Quería verla. Quería encontrarla ahí frente a él.
Con él.
Abrió sus ojos tan abruptamente que sus cuencas dolieron en protesta, pero no encontró nada.
Frente a él se extendía un paisaje tapizado de flores rojas, tan maduras que incluso sus pétalos se desprendían de sus núcleos y bailaban al mismo son que el viento le marcaba a su cabello plateado.
Definitivamente era solo un sueño.
Kagome no iba a corresponder a sus sentimientos.
Si alguna vez lo hizo, ya era demasiado tarde para eso.
Quizá era momento de aceptarlo.
Agobiado, bajó la mirada al suelo e intentó aclarar su garganta con un carraspeo simple, pero el dolor fue tan intenso que el simple hecho de pasar saliva se sentía como si estuviera tragando aceite hirviendo.
Consumiéndolo desde adentro.
-o-
«...Los exterminadores que se enfrentaron a Kao, el demonio de las camelias, reportan que han sufrido pesadillas donde aparecen estas flores. El capitán de los exterminadores está al tanto y ha pedido que estén alertas de otros síntomas...
...La herida de Kenta-san ha cicatrizado por completo pero menciona que tiene dificultades para respirar, una dolorosa sensación en el pecho además de un dolor en la garganta que describe como si una cuchilla le estuviese lastimando. Se desconoce si está relacionado con el ataque de este demonio... »
-o-
Para Kaede fue imposible el no notar el contraste en el rostro de InuYasha cuando, cincuenta años antes, permanecía sellado en el tronco del Goshinboku, a diferencia del InuYasha que ahora yacía semi inconsciente en el futón frente a ella.
En aquel entonces su expresión, a los ojos de la niña llena de preguntas que era, reflejaba cierto sosiego, como si en lugar de estar bajo un sello que prometía mantenerlo ahí para siempre solo estuviera pacíficamente dormido. Ahora, era definitivamente otro cantar: el hanyo hacía una mueca cada vez que,entre sueños, llegaba a experimentar el dolor de su garganta lacerada, bajo sus ojos se habían formado ojeras oscuras que hacían ver su piel más pálida de lo que era en realidad. Además, la piel de su cuello se notaba púrpura con sus venas a simple vista, la anciana sacerdotisa también notó unas marcas de arañazos que era muy probable que el propio InuYasha se causó en su desespero por detener a las camelias que se escapaban por su boca. Solo esa idea la llenó de escalofríos.
Un tormentoso quejido sacó a la sacerdotisa de sus pensamientos, haciendo que su atención regresara al mortero entre sus manos donde se dedicaba a machacar unas hojas de malva con unos cuantos tallos de manzanilla. Una voz en su cabeza le aseguraba que eso no aliviaría por completo el dolor de InuYasha, pero esperaba que al menos le diera la oportunidad de descansar con tranquilidad para así reponer sus fuerzas.
—Deja eso —la voz de InuYasha era tan áspera como una cuchilla oxidada, Kaede lo vio intentar levantarse del futón, aunque lo hacía con muy pocas fuerzas—. No va a servir de nada.
—No te muevas. Aún no has recuperado todas tus fuerzas —le advirtió sin dejar su tarea de preparar la medicina, ignorando sus órdenes—. Además —continuó en un tono conciliador al mismo tiempo que vertía dentro del mortero lo que le quedaba de un cuenco de agua fresca para así conseguir que la pasta de hierbas que acaba de triturar obtuviera una consistencia más líquida—. Si sirve o no, es algo que no decides tú.
InuYasha hizo una mueca de enfado cuando por fin logró sentarse en el futón, reflejando lo poco contento que estaba con la idea de hacerle caso. La sacerdotisa no pudo evitar soltar una cansada exhalación, había llegado a pensar que, a su edad, pocas cosas lograrían sorprenderla, pero el rostro enfermo de InuYasha definitivamente sacaba de balance a cualquiera que lo conociera.
—Solo estás perdiendo tu tiempo —insistió el medio demonio en un tono de voz más bajo. Kaede levantó su vista para rebatir esa necia afirmación pero la amargura que reflejaban los ojos de InuYasha le hizo pensar mejor en qué decirle. Tomó el cuenco de cerámica que tenía a su derecha, vertiendo todo el contenido que había mezclado en el mortero en ella.
—Y tú pareces querer rendirte, InuYasha, eso no es propio de ti —comentó con cautela extendiéndole la medicina. El medio demonio no le respondió ni tomó en un inicio lo que le ofrecía, antes lo examinó con una mirada vacía, como si realmente no le importara, para luego finalmente sujetar el cuenco con ambas manos—. Anda, te hará bien.
InuYasha bajó su mirada hacia el contenido del tazón, el hanyo cerró los ojos y bebió la medicina de un solo trago, de inmediato su rostro se deformó en una mueca de asco cerrando con fuerza sus ojos mientras llevaba el dorso de su mano derecha a su boca.
—Maldita sea, anciana. ¿Quieres envenenarme? —espetó el medio demonio en un tono amargo dejando caer el cuenco sin ninguna delicadeza en el suelo—. Te dije que no iba a servir para nada.
La vieja sacerdotisa dejó escapar un pesado suspiro para justo después ponerse de pie—. Espera aquí —le indicó mientras levantaba el cuenco que el medio demonio había tirado—, te traeré agua.
No esperó a que InuYasha le respondiera, salió a paso tranquilo cruzando la cortina de paja seca que protegía la entrada de su cabaña y se dirigió a uno de los laterales de esta, donde un par de barriles con agua fresca esperaban para ser necesitados.
Con la lentitud propia de su edad, Kaede se acercó a uno de los barriles, levantó la tapa que mantenía el agua protegida de insectos o despojos de los árboles cercanos dejándola a un lado cuando lo hizo.
Tuvo que tragarse un jadeo de sorpresa así como sujetar firmemente el tazón en su mano cuando, frente a ella, la vio poner sus manos delicadas y suaves sobre los bordes del barril que acaba de abrir.
—Kikyo onee-sama —la nombró con apenas un hilo de voz. Su hermana, quien le sonreía de una manera cálida, una que le llevó cincuenta años atrás, quitó sus manos de los bordes y enderezó su espalda.
—Dime, Kaede, ¿InuYasha está aquí?
-o-
«...Kenta-san fue atendido por el médico de la aldea después que sus compañeros exterminadores lo encontraron tosiendo sangre en los alrededores de la muralla que protege el lugar. Uno de sus compañeros asegura que lo vio discutiendo con una mujer. Aún si no está relacionado con el ataque de Kao, se le ha informado de todo esto al capitán tal y como lo ordenó... »
-o-
Su hermana no contestó su pregunta pero la conocía bien, habrían pasado los años pero sus manías seguían siendo las mismas. Kaede aún apretaba con fuerza los labios cuando no quería decirle la verdad, pero siendo completamente incapaz de mentirle.
—Kaede, solo yo puedo ayudar a InuYasha —sentenció con seguridad rodeado el par de barricas de agua que las separaban—. Debes confiar en mí.
—Kikyo-sama —se escuchó nombrar por una tercera persona, Kikyo giró a su izquierda para encontrarse, a unos pasos de ellas, al monje que acompañaba a InuYasha—. Discúlpeme pero no creo que sea prudente que usted vea a InuYasha.
Ella no respondió de inmediato, estudió por un momento el aspecto del monje. Parecía cansado, toda esta situación claramente también le estaba afectando. Le llamó la atención que sobre su hombro había un pequeño Kitsune que la veía con cautela, pero sin atreverse a decir nada.
—Lo que está pasando con InuYasha es una maldición culpa del demonio que le hirió en el pecho —empezó a explicarle al monje sin perder su semblante tranquilo—. Puedo purificarlo, puedo eliminar esa maldición. He encontrado una manera.
El monje tragó saliva tan pesadamente que Kikyo pudo notar su semblante endurecerse, como si aún no quisiera dar su brazo a torcer—. Si usted puede purificar esa maldición, quiere decir que Kagome-sama también puede hacerlo. ¿No es así?
Ahora fue turno de ella de endurecer su mirada—. ¿Y es que ella está aquí? —su pregunta fue en un tono quizá más mordaz de lo que ella misma hubiese querido.
El monje titubeó unos segundos antes de responderle—. Estamos esperando a que regrese de su época.
—No está aquí —apuntó severamente al mismo tiempo que dirigió sus pasos hacia la entrada de la cabaña—. No tengo ninguna intención de perder más tiempo esperando algo que quizá no vaya a suceder. Y sinceramente es mejor que no suceda.
—Onee-sama… —la voz de Kaede fue apenas un hilo pero logró detenerla, como si pudiera entender lo implícito en sus palabras—. ¿Qué planeas exactamente?
—La raíz de esta maldición son los sentimientos unilaterales de InuYasha por Kagome —se limitó a responderle a su hermana menor, tragándose el sabor amargo que esas palabras causaban en ella misma—. Por eso es mejor que ella no esté aquí.
—¿Por qué es mejor que Kagome-sama no esté aquí? —el monje se colocó entre ella y el umbral de la entrada, negándose a dejarla pasar.
—¿Es que planeas quitarle algo más a Kagome? —soltó Kaede con una incredulidad palpable. Kikyo sintió su sangre encenderse como aceite.
—¿Yo voy a quitarle a ella? —miró a su hermana con una furia que no pudo contener, apretando sus puños a sus costados en un intento por sosegarse. Con un semblante airado alejó su vista de Kaede y volvió a posarla sobre el monje—. Houshi-dono —levantó su voz para asegurarse de mantener el control—. Usted sabe bien qué sucederá esta noche, ¿no es así?
El rostro del monje al principio le dejó entrever que no entendía sus palabras pero, al ver cómo sus ojos azules se abrían cada vez un poco más, supo que se había dado cuenta de lo que ella quería decirle.
Hoy era noche de luna nueva.
—Si InuYasha ha logrado llegar hasta hoy es por su naturaleza demoníaca, es muy probable que siendo solo un humano esta maldición termine por matarlo —fue lo más clara que pudo, cuando vio al hombre de cabello castaño mirar hacia el horizonte quizá calculando cuánto tiempo había antes de que anocheciera al mismo tiempo que murmuraba algo sobre aún esperar por Kagome, decidió que tuvo suficiente—. No nos queda mucho tiempo, no permitiré que muera por culpa de la decisión que claramente ya tomó Kagome. Ella no vendrá y es mejor que no lo haga. Es mejor que se olvide de este lugar, de InuYasha y que no regrese nunca.
El sonido de la cortina de paja desgarrándose y cayendo hecha pedazos al suelo la hizo provocó que todos los presentes dirigieron su vista hacia el umbral que el monje seguía custodiando con su cuerpo.
Lo primero que vio de InuYasha fueron sus garras con trozos de la cortina entre ellos, la piel de sus dedos estaba pálida y enfermiza.
Podía escucharlo jadear, teniendo su propia lucha con su cuerpo para lograr respirar correctamente. Pero, sin duda, lo que más le llenaba de escalofríos era su mirada dirigida totalmente a ella. Sus ojos ámbar que, con pesadas bolsas púrpuras debajo de ellos, parecían llamear con fiereza.
Como un incendio descontrolado.
-o-
«...No solo ha sido sangre lo que ha tosido Kenta-san, también ha arrojado lo que parecen ser pétalos de flor. Son de un color granate intenso. Jun-san, quien aún sufre de pesadillas, ha confirmado que son las mismas que manipula el demonio Kao…
...Un nuevo equipo de exterminadores ha sido enviado a buscar a Kao en la región este, donde se han comenzado a escuchar rumores de él. Tienen la orden de cuestionarles tanto como les sea posible sobre lo que ha provocado en sus compañeros, acabar con él y, con suerte, acabar con esta evidente tortura que, según las propias palabras de Kenta-san, lo está desgarrando desde adentro...»
N.A: Ahora sí que me he tardado, ¿eh?, la buena noticia es que mi carga de trabajo disminuyó lo suficiente para darme un tiempo para poder escribir con más soltura y menos estrés. También pude retomar mis rutinas de ejercicios y eso siempre es bueno, después de todo eso me ayuda mucho a aclarar mis ideas e incluso muchas de mis ideas llegan mientras hago caminata pero en fin, no los voy a entretener mucho con detalles de mi vida xD
En este capítulo me he exigido más para mantener un buen ritmo, que la trama siguiera avanzando correctamente (pues mi mayor temor es que se sintiera estancada), además de soltar bastante información que nos conducirá a la resolución final. Así que, por favor, siéntanse libres de comentarme si he conseguido mi meta de este mes o he fallado terriblemente. Haber podido consultar lo que opinaron sobre el capítulo anterior, que es uno de los que menos me ha gustado si soy sincera, me ha ayudado mucho a ver no solo lo que quiero compartirles, sino que piensan ustedes sobre mi contenido y, por supuesto, qué expectativas tienen y créanme que se los agradezco enormemente. Esta historia que demanda una gran cantidad de detalles pero no quiero depurarlos todos en un solo capítulo, pues fácilmente podría tornarse denso pero, hey, cada vez estamos más cerca del final. Así que eso ciertamente me motiva, además que me estoy carcomiendo en ansias que lean la reconciliación de InuKag que, puedo confesarles, es una de las escenas que más sólidas tengo en mi cabeza y me emociona saber que estoy a nada de compartirla con ustedes.
Otra cosa que también quería comentar, aunque ahora ya es un poco tarde, es que este fanfic estuvo participando en la página de Facebook "mundo fanfics InuYasha y Ranma" por una portada de parte de la talentosa ilustradora Gedaart y, aunque las votaciones ya están cerradas, no quería perder la oportunidad de darles las gracias a todos quienes me confiaron su voto, fueron muchas personas y eso genuinamente me hizo sentir muy, pero muy, feliz. Así que, de nuevo, gracias ¡los llevo en mi corazón!
Tengo algunas cosas que hablar de este capítulo, creo que lo mejor sería empezar con el nombre que elegí para este. El Clavel, curiosamente a su significado occidental que podría simbolizar cosas como el amor (que aquí podría aplicar fácilmente), en oriente el clavel suele ser el símbolo de la decepción. Puede llegar a representar a una persona derrotada y frustrada, esto claramente lo he asociado con InuYasha. Desde el sueño que vivió con Kagome, hasta su obstinación ante los intentos a ayudarlo.
Ya en otras ocasiones sobre cómo la música influye mucho en mi redacción de este fic, incluso puedo decirles que tengo una playlist en Spotify con canciones que, de una u otra manera, me recuerdan a lo que estoy escribiendo aquí. A veces no es toda la canción o en un sentido muy literal, a veces solo con una frase es suficiente. También que me recuerdan a personajes de esta trama (tanto InuYasha como Kagome, Kikyo, e incluso Taiki) o la relación que tienen entre ellos (InuYasha para con Kikyo y viceversa, por ejemplo). Ahora mismo esa playlist es privada pero si quisieran pudiera cambiarla a modo público.
En este capítulo en específico, me inspiré en varias canciones pero principalmente: Just a dream (cover de Sam Tsui con Christina Grimmie), Colapso de Kevin Kaarl y En Coma de Morat.
Pff ahora sí que los hice leer xD discúlpenme por favor. ¡Ya paro, lo juro!
Nos leemos en la próxima actualización y, de nuevo, ¡mil gracias por sus reviews!
