Flores de cementerio.

[Hiciste crecer flores en mis pulmones, y aunque son hermosas...no puedo respirar]


XIII.

Nomeolvides.


«...La situación de Kenta-san ha empeorado de manera peligrosa, al grado de incluso perder el conocimiento por culpa de las flores que suben hasta su boca, asfixiándolo…...»

-o-

Apenas la anciana Kaede salió atravesó el umbral y salió de la cabaña, InuYasha dejó caer su espalda de nueva cuenta sobre el futón donde había estado durmiendo apenas unos momentos antes que su mal sueño y el dolor de su garganta lo despertaran, soltó un pesado suspiro al mismo tiempo que se cubrió los ojos con su brazo derecho.

Maldita sea, cómo odiaba toda esta situación. Se sentía como el ser más patético e inútil que hubiese pisado la tierra. Le asqueaba muchísimo sentir lástima de sí mismo, y el notar como todos quienes lo rodeaban lo trataban con una repugnante condescendencia solo le provocaba ganas de saltar por un acantilado.

Con desasosiego apretó sus párpados e intentó dar una bocanada de aire que, aunque lo sintió filtrarse en su cuerpo, le era cada vez más difícil ignorar el dolor que se le acrecentaba en el pecho, donde la mezcla espesa que desde días atrás sentía dentro era mucho más consistente, haciendo que su respiración fuera lenta, torpe e increíblemente dolorosa.

Pensó en volver a dormir, después de todo no se sentía con energías para intentar algo distinto, pero la simple idea de volver a escuchar la voz de Kagome sin llegar a ver su rostro le hacía contemplar la idea de no volver a pegar el ojo nunca más en lo que le quedaba de vida...o al menos hasta que llegara a superarla.

Se preguntó si algún día sería capaz de eso, de estar frente a ella y no sentir lo que sentía. Tenía que creer que lo lograría. Después de todo, no le quedaba más remedio que aferrarse a esa esperanza.

Kagome ya había hecho su elección y él ahora lo hacía también.

Aunque ahora mismo sintiera que se estaba ahogando…

-o-

«...Una de las habilidades que se han descubierto de Kao, según la experiencia vivida por Jun-san, es la de retorcer los recuerdos dolorosos de su víctima solo con sus palabras, provocando constantes pesadillas donde su voz se escucha en un eco constante e inaguantable...»

-o-

Completamente inmóvil, sólo dedicó su atención a ver su propio reflejo distorsionado en el té que su madre había colocado frente a ella. El dolor de cabeza la martillaba con tanta fuerza que incluso sentía sus tímpanos palpitar.

—Taiki-san no te odia —escuchó la voz haciendo eco en sus pensamientos completamente en blanco—. Tampoco lo hace InuYasha.

Kagome levantó su vista del líquido oscuro en su taza y se encontró con la mirada enternecida de su madre quien, con una suave sonrisa, parecía estar completamente convencida de lo que acababa de decir.

Sintiéndose adormecida, alzó sus manos hasta la superficie de la mesa y rodeó la taza con ellas, en un intento de que le compartiera un poco de su calor.

—Cometí un error, si hubiera estado más consciente de mis actos, ninguno de los dos hubiese salido lastimado —confesó con pesar regresando su mirada a su té que poco a poco se iba enfriando en sus manos.

—Solo tienes quince años, no puedes exigirte ser totalmente perfecta —insistió su madre sin perder ni por un momento la paciencia—. Además, no creo que aceptar a Taiki-san en tu vida haya sido un error. Si conservas esa idea de él, entonces sí que lo estarías lastimando.

No pudo evitar apretar los labios al sentir su nariz y ojos escocer, ya no quería volver a llorar. Quiso creer que su mamá tenía razón, después de todo, la manera en la que Taiki se hizo un espacio en su vida, y en su corazón, no podía simplemente negarse.

Pero...ver a InuYasha con ese semblante tan desolado, sacando fuerzas de quién sabe dónde para confesarse con ella de esa manera, había cambiado todo. Queriendo huir de ese recuerdo, bajó su mirada hasta su regazo solo para encontrarse con el montón de flores que el medio demonio había dejado a su paso antes de marcharse a su época.

Esas flores, el dolor de InuYasha, su muy atropellada confesión. Todo eso le hizo darse cuenta de lo mal que había entendido las cosas.

Se preguntó si aún había manera de arreglar las cosas con él.

Si él aún aceptaría sus sentimientos si ella se los confesaba.

¿InuYasha aún quisiera amarla o su confesión sólo había sido una despedida?

-o-

«...Kenta-san, en medio de su desesperación, escapó del distrito de exterminadores donde el capitán había ordenado que se mantuviera bajo vigilancia mientras el equipo enviado a buscar al demonio Kao regresaba con noticias.

Su cadáver fue localizado varias horas después, a los pies del templo de la aldea, donde los asistentes a una ceremonia de matrimonio lo encontraron sepultado bajo un frondoso arbusto de camelias ...»

Sango soltó los pergaminos que sostenía como si de pronto fuesen un montón de serpientes que amenazaban con morderle los dedos. Llevó ambas manos hasta su rostro, en un intento por calmar su respiración agitada al tiempo que cerraba con fuerza sus ojos forzando sus párpados más de lo necesario.

Aquel dibujo hecho por su ancestro era demasiado gráfico para que ella pudiese verlo por mucho tiempo sin sentir el espanto de ver a InuYasha en esa misma situación.

El ver esa ilustración de un cadáver con una abertura justo en su pecho de donde un enorme arbusto lleno de camelias se levantaba frondoso mientras su boca estaba tan repleta de las mismas flores que le habían impedido cerrar la mandíbula, cortándole la respiración hasta matarlo, simplemente había acabado con la serenidad a la que se había obligado a mantener mientras leía párrafo tras párrafo de aquella espantosa bitácora.

El texto justo a un lado del dibujo explicaba que solo habían pasado unos cuantos días desde que el hombre enfermó hasta que finalmente murió sepultado en flores. Días en los que el desgraciado exterminador no hacía más que empeorar, primero habían empezado por ser más que pétalos pero no pasó mucho tiempo cuando comenzó a vomitar camelias enteras, tal como ella misma había visto que le sucedió a su amigo.

Sin poder evitar que aún le temblaran las manos, volvió a tomar el lienzo de pergamino entre sus dedos. Debía aguantarse todo el terror que le estaba carcomiendo los huesos, no podía permitirse distraerse bajo ninguna circunstancia.

-o-

Sus orejas dieron un tirón cuando empezó lo que parecía una discusión a las afueras de la cabaña, podía escuchar a la anciana Kaede y Miroku hablar con alguien más.

Alejó su brazo de su rostro y se incorporó lentamente apoyando el de su cuerpo en sus codos. Podía sentir débilmente el aroma a lavandas que le confirmaba que se trataba Kikyo, frunció el ceño con frustración, sus habilidades sobrenaturales ya empezaban a menguar a consecuencia de la noche de luna nueva a la que no le faltaba mucho para comenzar.

Apretó los labios e intentó agudizar su audición para conocer qué era lo que tenía a Miroku tan a la defensiva mientras el tono de la sacerdotisa parecía querer tomar el control de la situación.

Lo que escuchaba le daba cada vez más y más asco. Allí estaban, hablando de él como si fuera un desahuciado sin voz ni voto. Su ya de por sí pesada respiración se fue tornando más errática con cada palabra que pronunciaban, no soportaba oír cómo decidían por él.

Se sintió como un tonto iluso cuando escuchó a Miroku sugerir que Kagome aún podría regresar, pero la idea de volver a verla de pronto despertó su voluntad.

Con dificultad se puso de pie, dando un par de torpes pasos hacia el umbral de la entrada, maldiciendo sentirse tan entumecido por culpa de su estúpida esencia humana cada vez más presente.

—Si InuYasha ha logrado llegar hasta hoy es por su naturaleza demoníaca, es muy probable que siendo solo un humano esta maldición termine por matarlo —Las palabras de Kikyo le perforaron la piel de los pies como clavos, dejándolo congelado en su lugar—. No nos queda mucho tiempo, no permitiré que muera por culpa de la decisión que claramente ya tomó Kagome. Ella no vendrá y es mejor que no lo haga. Es mejor que se olvide de este lugar, de InuYasha y que no regrese nunca.

Como si una ola de fuego le hubiese reemplazado la sangre del cuerpo, se abalanzó hacia la salida, quitando de su camino la cortina de palma seca, haciendo de ella inútiles retazos con sus garras.

Pudo sentir las miradas de todos sobre él pero sus ojos solo veían a una persona, pudo notar la sorpresa en la expresión de Kikyo, tampoco le pasó desapercibida la manera en la que ella escudriñó su aspecto con un semblante que dejaba entrever su tristeza.

Su lástima…

—Kikyo… — endureció su mirada, su voz se escuchaba exactamente como se sentía cada vez que pronunciaba una palabra: como si fuera desgarrado por una cuchilla oxidada—. No deberías estar aquí…

-o-

«...Al retirar todas las flores del pecho y garganta de Kenta-san, el médico de la aldea ha descubierto que el cadáver está completamente seco, no ha encontrado una sola gota de sangre a pesar que el aspecto del cuerpo es exactamente el mismo que el de una persona que muere desangrada…

...Machacando una de las flores extraídas del cuerpo de Kenta-san, estas desprendieron una tinta carmesí con un pesado olor a metal. El médico no tiene duda que se trata de su sangre.

Las camelias del demonio Kao están hechas de la sangre de sus víctimas...»

-o-

Ella entera temblaba tanto que el contenido en el interior de la pieza de porcelana que mantenía entre sus palmas lo hizo también, soltó un jadeo de sorpresa cuando vio las suaves manos de su mamá posarse sobre las suyas, en un intento por tranquilizarla.

—No hiciste nada malo, Kagome —insistió sin borrar de su rostro aquella sonrisa que para Kagome estaba sirviendo como un bálsamo—. Solo querías proteger tu corazón.

Así fue, se convenció a sí misma, llegó a pensar que el amor por InuYasha era una guerra perdida. Solo buscó salir adelante.

Nunca pretendió utilizar a Taiki como un reemplazo, de verdad intentó quedarse con él, quiso que funcionara. No lo había hecho, y el pelirrojo le dio la libertad de buscar donde realmente funcionara.

Le regaló una nueva oportunidad.

No volvería a fallarle a Taiki, si se rendía, sería como si realmente hubiese querido utilizarlo.

—Debo hablar con InuYasha —soltó sin pensarlo, pero convencida que era lo que tenía que hacer. Soltó la taza de té, provocando que su madre alejara sus manos de las suyas, y se puso torpemente de pie teniendo cuidado de volver a albergar las camelias de su regazo en sus manos—. Esto tiene que aclararse.

Sus piernas temblaron tanto que, buscando un apoyo, caer sus dos manos cerradas en puños sobre la mesa de madera ocasionando un rígido sonido, de un momento a otro se sintió asustada, quizá nerviosa, ¿Cómo iba a ser capaz de darle la cara a InuYasha después de haberlo lastimado así?

Le sorprendía mucho toda esta situación, ridícula situación sobraba decir, ¿en qué momento perdieron la capacidad de hablarse con claridad?, ¿Cómo permitió que ambos se perdieran la confianza hasta llegar a este punto?

Por enésima vez en aquel día, la tranquilizadora mano de su madre se posó en su hombro alentándola a subir su vista hacia ella. Esta vez su mamá no dijo nada, solo se limitó a sonreírle con entusiasmo mientras que, con su mano libre, acercaba a ella los pétalos de camelia que se habían escapado de entre sus dedos.

Kagome se aferró a las camelias como si fueran su propia vida e irguió su espalda.

Sabía lo que tenía que hacer.

Y no iba a perder un minuto más.

-o-

Se levantó de un salto, haciendo que todos los pergaminos en sus piernas cayeran sin miramientos al suelo, cuando los últimos textos que hablaban de Kao solo se limitaban a decir que, después de la muerte de Kenta, Jun dejó de tener pesadillas.

No, eso no podía terminar así, se negaba a creer que la cura de sus propias pesadillas significaba que InuYasha tenía que…

No, no, no.

Exasperada, hurgó hasta el fondo del estante donde había encontrado los primeros pergaminos. Sentía sus uñas lastimarse al rasgar la madera en un intento desesperado de sentir otro lienzo de papel.

¿Qué había pasado con el otro escuadrón que había sido enviado a buscar nuevamente a Kao?, ¿es que no habían regresado?, tenían que haberlo hecho.

Tenían que haber traído la respuesta.

Una que salvara a InuYasha de lo que parecía ser inminente.

Rogó una vez más a su padre, a sus ancestros, a todo dios o deidad que fuera lo suficiente misericorde para tenerle aunque sea un poco de lástima.

Rogó que la ayudaran, rogó que ayudaran a InuYasha…

...y también a Kagome.

-o-

La mirada que InuYasha le dedicaba era tan intensa que buscó valor reafirmando sus pies en el suelo de tierra al mismo tiempo que enderezaba ligeramente su espalda. Ella también lo miraba fijamente, queriendo demostrarle que no le intimidaba.

—Te equivocas, InuYasha, debo estar aquí —sentenció levantando la barbilla con suficiencia, el medio demonio no suavizó su semblante ni por un solo instante—. Conozco una solución a lo que está pasando contigo.

El hanyou arqueó su ceja izquierda, dejando ver su desconfianza—. ¿Cómo es que la conoces? —el recelo en sus palabras la lastimaba muchísimo, pero decidió no demostrarlo.

—Asuka y Kosho me han ayudado a encontrar… —la repentina risa socarrona de InuYasha le congeló la sangre, era una risa aguardentosa, tan seca que le raspaba la piel.

—Claro, tus sirvientes —inició cuando dejó de reír—, y supongo que me pedirán algo a cambio, ¿no es así? Dime, Kikyo, ¿qué es lo que hay que sacrificar? ¡¿Cómo piensas mutilarme?!

Instintivamente, la sacerdotisa dio un paso hacia atrás, sintió sus ojos dolerle por la manera tan violenta en la que se abrieron. InuYasha se mordió los labios, quizá arrepentido de aquel reclamo tan tardío, pero ya ahora simplemente no podía retractarse, estaba dicho y ambos lo sabían.

Cerró sus manos en puños con fuerza, queriendo apaciguar la tristeza de su corazón.

Como si de un instante a otro hubiese perdido toda su osadía, InuYasha bajó su mirada hasta sus pies. Si bien su rostro aún dejaba entrever todo su enojo, parecía dispuesto a calmarse.

—InuYasha ha acertado, ¿no es así, Kikyo-sama? —el monje se acercó a ella cautelosamente, ella permaneció inmovil en su sitio sin decirle una sola palabra. No confiaba en él, y tristemente tampoco en su hermana, sabía lo que harían si conocían sus intenciones. No podía permitirlo.

—Miroku —la áspera voz de InuYasha volvió a alzarse por sobre todos los presentes—. Déjenme hablar a solas con Kikyo…

Kikyo no pudo evitar sentirse sorprendida por la petición que el medio demonio le hacía a su amigo, quizá él había entendido su silencio.

—InuYasha… —escuchó murmurar a su hermana Kaede, evidentemente preocupada.

—¡¿No estarás pensando en marcharte con Kikyo, InuYasha?! —parecía que el niño zorro por fin había encontrado su voz después de estar tanto tiempo callado—. ¡No, no puedes!

—¡Estoy harto de que crean que pueden decidir por mí! —espetó el hanyo llevándose una mano al cuello, tratando de apaciguar aunque fuera el dolor que le provocaba el forzar su garganta de esa manera—. Váyanse…

Kikyo vio a los tres titubear, no queriendo dar su brazo a torcer, tal y como se habían comportado con ella. A la sacerdotisa incluso le pareció incluso que el hombre llamado Miroku pretendía decir algo más, quizá pretendiendo convencer a InuYasha que los dejara quedarse.

—¡Váyanse! —gritó nuevamente el medio demonio, adelantándose a cualquier buen argumento que el monje tuviera para insistir en quedarse.

A la primera que vio marcharse fue a su hermana quien, siendo tan prudente como era, se alejó despacio caminando hacia el centro de la aldea que, después de que ella muriera, se convirtió en su responsabilidad.

—Estaremos a un lado del pozo, InuYasha —aclaró Miroku en un tono conciliador, Kikyo volteó a mirarlo con recelo, al parecer el monje aún se aferraba a la idea de que Kagome regresaría.

Los ojos azules del monje le dedicaron una mirada con la misma desconfianza que ella le dedicaba, se dio la media vuelta y, con el kitsune aún sobre su hombro, se marchó con dirección al bosque.

Cuando regresó su mirada hacia InuYasha se dio cuenta que él de nuevo había agachado la cabeza sin atreverse a verla.

—¿Cuál es el coste de esto, Kikyo? —preguntó una vez que se sintió a salvo de los oídos de sus amigos, aferrándose al umbral de la entrada a la cabaña de su hermana Kaede. Le habló aún sin subir su mirada, en un tono mucho más bajo del que había utilizado, estaba casi completamente afónico.

—Vas a morir si no hago lo que tengo que hacer —le evadió al no sentirse capaz de revelarle lo qué conllevaba aceptar su ayuda.

—¡Quiero saberlo! —por fin se dignó a verla a los ojos, la furia se le escapaba por los iris color ámbar.

Kikyo apretó con tanta violencia sus puños que pudo sentir sus uñas lastimarle la piel de las palmas. Tomó tanto aire como pudo cuando de pronto sintió que le hacía falta, casi como si se le hubiera olvidado respirar.

Y se lo dijo…

Tan clara y concisa cómo fue capaz.

Vio en su rostro la confusión, de no haber sido porque ya se sujetaba del umbral de madera probablemente se hubiera tambaleado hasta caer de espaldas. También notó asco en su semblante, incredulidad y luego volvió la furia.

Solo que esta vez muchísimo más llameante que antes.

—En ese caso, créeme que prefiero morir —fue lo último que le escuchó decir antes de, haciendo gala de una energía no humana, se marchó de ahí de un salto. Adentrándose en el bosque justo por la dirección contraria en la que se había marchado el monje con el pequeño zorro.

Los escalofríos que le recorrieron el cuerpo le impedían mover un solo hueso, sentía que si lo hacía se rompería en pedazos. Abrió la boca como pez fuera del agua e intentó tomar aire, obligándose a respirar. Sus ojos ardían exigiéndole que se permitiera llorar pero no lo hizo.

No lloraría.

No se rendiría.

No iba a permitir que InuYasha se entregara tan resignado a la muerte.

-o-

El respiro de alivio que experimentó al encontrar un nuevo compendio de pergaminos que hablaban de Kao fue efímero pero le regresó la esperanza de encontrar algo que pudiese servirle para salvar a InuYasha del mismo destino que se había llevado la vida del exterminador Kenta.

Desarrolló las hojas quebradizas con todo el tacto que se podía permitir su afanada alma y comenzó a leer.

Según el texto, el equipo enviado a buscar a Kao no habían conseguido mucha más información de la que hasta el momento conocían, pero habían logrado rescatar de las garras de aquel demonio a una mujer con la misma herida que Kao le había causado a Kenta. La llevaron con ellos a la aldea, con la esperanza de salvarla a ella y a su compañero exterminador, aunque cuando regresaron descubrieron que ya era muy tarde para él.

Acompañando también al grupo que había regresado a la guarida de los exterminadores, se encontraba un monje que se dedicaba a peregrinar por la región informándose sobre Kao, buscando detenerlo. Según les explicó éste, la maldición de Kao llevaba por nombre "conjuro de cementerio" el cual transformaba al corazón de su víctima en una raíz del cual crecían camelias hechas con sangre que saturaban los pulmones y se escapaban por la boca.

«...Los sentimientos no correspondidos de un amor unilateral transforman al corazón en una raíz de camelias que termina por drenar toda la sangre de su víctima al mismo tiempo que le corta la respiración...»

Sango lo entendió de inmediato, seguramente lo que terminó de matar al pobre de Kenta había sido ver a la mujer que amaba casándose con otra persona...lo que estaba matando a InuYasha era pensar que Kagome se había enamorado de aquel chico de su época.

Se llevó las manos a la cabeza, agachando la mirada, ella no había hecho más que lanzarle más leña al fuego, se sentía tan culpable como tonta.

Relajó un poco antes de continuar leyendo, sin poder evitar que sus manos temblaran conforme pasaba los párrafos.

«...Las personas que sufran una maldición de pesadillas, cuando un nuevo conjuro de cementerio sea implantado, se curarán cuando puedan alcanzar aquello que su corazón anhela o cuando la maldición del corazón raíz termine; eso solo sucede cuando el corazón ha sido sanado, o porque la víctima murió sepultada por las camelias…

...Existen dos maneras conocidas en las que un corazón transformado en raíz puede curarse: cuando el amor por el que sufre resulta ser correspondido o, cuando esto no es posible, mediante un ritual de purificación realizado por un monje o una sacerdotisa capaz de hacerlo...»

La joven castaña pasó saliva tan lentamente que le quemó la garganta mientras leía todo sobre esa intrigante ceremonia de purificación, aquel monje ermitaño se había ofrecido a realizarla en la mujer que había llegado a la aldea y que ya comenzaba a presentar los mismos síntomas graves que habían matado a Kenta. Fue entonces cuando Sango leyó las palabras que hicieron que su corazón se detuviera tan bruscamente que su pecho dolió.

«...El proceso de purificación no es peligroso y elimina por completo la raíz implantada en el corazón, regresándolo a la normalidad. Pero al arrancar la raíz se arrancan los sentimientos hacia quien no los correspondió...»

Salió tan rápido de la vieja choza que apenas recordó atrancar correctamente la pesada puerta que la protegía. Su corazón latía tan rápido que creyó sinceramente que le saldría disparado del pecho.

Llamó a gritos a Kirara quien no tardó en aparecer transformada ya en una tigresa, se subió a su lomo tan temblorosa como estaba, suplicándole con el alma en la boca que se diera prisa.

Tenían que regresar ya mismo.

Sus tímpanos vibraban al ritmo descontrolado de su pecho, con las últimas palabras que leyó del pergamino grabadas en su cabeza con fuego.

«...Elimina tanto los sentimientos como recuerdos compartidos con la otra persona y no permite que vuelvan a florecer nunca más...»

-o-

No encontró más remedio que apoyar su espalda la fría pared de piedra cuando cruzó el pozo, mareada buscó con sus manos algo de lo que aferrarse encontrándose con la verde enredadera que solía servirle de escalera para subir a la superficie.

No podía apartar su vista del suelo del fondo del pozo, tapizado por completo con camelias tan rojas como las que llevaba noches enteras soñando. Eran tantas que apenas podía ver sus pies.

En un intento titánico de no desmayarse del miedo, incluso su respiración se tornó más densa obligándola a suplicar por escapar de ahí, levantó la vista hacia la boca del pozo, donde los rayos del sol ya comenzaban a tornarse en un intenso color naranja. Podía sentir su corazón golpearle el pecho con violencia.

Con decisión, se aferró más a la yedra que se adhería a las paredes del pozo y comenzó a subir con solo una idea en su cabeza.

Hablar con InuYasha.


N.A: Un capítulo un poco más extenso de lo acostumbrado para resarcir un poco mi ausencia por estos lares. Debo confesar que escribir este fanfic hace que me sienta cada vez más melancólica, estando tan cerca del final no puedo evitar que me gane un poco la nostalgia de saber que pronto dejaré de redactar capítulo tras capítulo, aunque al mismo tiempo me siento aliviada que el angst cada vez está más cerca de terminar, quién me entiende. Definitivamente ha sido uno de los procesos de escritura más desgastantes que he experimentado, no diré que será el último porque me conozco y quizá algún día vuelva a escribir algo igual de angustioso, pero al menos planeo darme un tiempo para descansar de tanto sufrimiento y probablemente nazca algo fluffy mega cursi después de flores de cementerio. Solamente para variar.

Algo que también me genera nostalgia es pensar en que ya no recibiré tan hermosos reviews como lo he hecho en este fanfic, sé que se los digo actualización tras actualización pero estoy sinceramente agradecida por todo el recibimiento que ha tenido mi historia en sus vidas. Me han dicho cosas tan lindas que a veces no me creo que he sido capaz de generar tantos sentimientos en cada lectura. Sus comentarios me han servido de guía para tener más claro al puerto al que deseo llevar esta historia, conocer su opinión es realmente importante para mí.

También quiero agradecer a quienes no solamente me han dedicado un review en la caja de comentarios, sino que incluso me han regalado un lugar en sus espacios para recomendar mis fic a sus conocidos y a sus propios lectores, es para mí todo un honor y créanme que me conmueve mucho, es todo eso tan nuevo para mí que no puedo hacer nada más que darles las gracias de todo corazón.

Hablando un poco de este capítulo, si bien el nombre que lleva: nomeolvides pudo haber quedado muy claro su significado y cómo lo enlacé con lo que ahora mismo viven los personajes (específicamente InuYasha y Kagome), con todo este asunto de la segunda alternativa para curar al hanahaki, pero la verdad es que también hace un ligero honor a mi OC que tantos problemas causó de manera tan inocente: Taiki. Quise que su participación tuviera un significado mucho más allá en la vida de Kagome que la de un noviecillo fugaz de secundaria, quise que su relación con Kagome de verdad le haya dejado un aprendizaje para toda su vida y todo eso lo plasmé en la conversación que ella tiene con su madre. Al menos esa fue mi intención, espero haberlo logrado.

Sé que todos están tan ansiosos como yo por el reencuentro InuKag, daré todo de mí para que sea tan emocionante como toda esta situación lo merece. Y que sientan que ha valido la pena tanto dolor y tanta espera.

Como mencioné en mis notas pasadas, hice pública la lista de reproducción en spotify con todas las canciones que me han servido como inspiración capítulo tras capítulo. Pueden encontrarla con el mismo nombre de este fanfic: Flores de cementerio.

Creo que no se me olvida nada más, por el momento, igual cuando esto esté publicado me llega a la mente algo que olvidé mencionarles, si es así lo tendré en cuenta para el próximo capítulo.

Nos leemos entonces!

-Kao