Flores de cementerio.

[Hiciste crecer flores en mis pulmones, y aunque son hermosas...no puedo respirar]


XIV.

Camelia.


Susanowo, el dios del mar, luchó contra una horrible serpiente de ocho cabezas usando un rayo de sol como espada...

La voz de Kagome se escuchaba en un eco que se hacía más lejano, mezclándose con el aire que soplaba haciendo bailar las hojas de los árboles hasta que simplemente desaparecía en un inentendible susurro.

Maldijo por lo bajo, podía sentir la temperatura de su cuerpo aumentar haciendo que su frente comenzara a sudar y ahora, para su puta suerte, estaba empezando a delirar sin poder dejar de escuchar esa jovial voz sin necesidad de estar dormido.

Por un momento deseó que se callara...a pesar de que la adorara.

Cuando logró matarla, bañó su espada con la sangre de aquella bestia, fue hasta su amada y clavó el rayo de sol ensangrentado en el suelo...

Maldijo una vez más.

No le quedó más remedio que apoyar su mano izquierda en uno de los árboles que bordeaban el trecho de tierra por el que caminaba cabizbajo y arrastrando los pies. Se tomó un momento para tomar todo el aire que pudiera, se sentía muy agotado y le dolía la cabeza.

Había pasado por tantas calamidades a lo largo de su vida que todos los síntomas que experimentaba no le sabían extraños. Si no fuera porque no había heridas profundas en su cuerpo, podría fácilmente jurar que se estaba desangrando.

De pronto la lucha por respirar se tornó más violenta, intentó con su boca bien abierta jalar tanto aire como pudiera reunir provocando que de su pecho se escaparan roncos lamentos. Llevó su mano libre hasta su boca en un intento de frenar lo que, ya sabía, era inevitable.

Las sintió subir por su garganta, quemando todo a su paso y rasguñando cual navajas, subieron a su boca acompañadas de un sabor tan cargado como metálico. Eran tantas que, cuando las expulsó, rebasaron el tamaño de su mano, escapando de su palma y de entre sus dedos cayendo al suelo simulando a trozos de papel que volaban a todas direcciones por culpa del viento.

La forma en la que InuYasha miró los pocos pétalos que quedaron en su palma era lánguida, terriblemente resignada. Si hubiese tenido el aliento suficiente, muy probablemente hubiese dejado escapar un cansado suspiro desde lo más hondo de su pecho.

La herida profunda que lo desangraba no era visible, pero definitivamente existía.

...y brotaron de ahí las camelias...

De forma instintiva giró su rostro hacia el horizonte. Lo que pudo notar, a través de la cortina aún plateada de sus cabellos, era que el sol poco a poco comenzó a despedirse, haciendo que su luz fuera más naranja, y que las sombras que proyectaban los árboles a su alrededor parecieran consumirlo con lentitud.

Fijó su mirada hacia enfrente, decidido a continuar caminando hasta que no fuera capaz de dar un paso más, aunque sinceramente no tenía la más mínima idea de hacia dónde se dirigía.

...naciendo del amor que el dios quería demostrarle a su mujer.

-o-

Kagome se aferró con toda la fuerza existente en su tembloroso cuerpo a las enredaderas adheridas a una de las paredes del pozo hasta el punto de sentir como las verdes ramas comenzaban a lastimarle los dobleces de sus dedos. Pero se negó a soltarlas, tal como se negaba a bajar su mirada hasta el fondo que, sabía bien, estaba repleto de flores rojas que parecían anunciar muchísimas más catástrofes de las que ella se imaginaba.

Escaló la pared del pozo hasta que la luz naranja del sol poniéndose le iluminó el rostro, fue un sentimiento extraño pues, a pesar de ya haber usado ese pozo cientos de veces, esta vez le dejaba un sabor de ansiedad en el paladar.

Afianzó sus manos en los bordes de madera y tomó impulso para salir por completo del pozo. Cuando sus pies tocaron el suelo cubierto de hierba húmeda cerró por un momento los ojos al mismo tiempo que tomó una honda bocanada de aire. Abrió despacio sus párpados sin poder dejar de notar el profundo silencio que reinaba a su alrededor, era casi como si todas las criaturas que habitaban el bosque estuvieran de luto. Aquel pensamiento inevitable la llenó de escalofríos.

—¡Kagome! —gracias a la aguda voz de Shippo sus sentidos reaccionaron y regresó a la realidad. Giró su rostro hacia su derecha, notando cómo el kitsune se acercaba a ella corriendo a toda prisa.

—Kagome-sama —levantó su vista hacia el monje Miroku quien había presumido su nombre con cierto alivio por verla, pero su rostro tenía una expresión de angustia tremenda—. Gracias al cielo que está de regreso.

Ella intentó hablar, pero de su garganta no salió ninguna palabra. Por la forma en la que su par de amigos la veían podía entender que las cosas estaban mal.

Terriblemente mal.

¿Dónde estaba Sango?

¿Dónde estaba InuYasha?

-o-

El graznido de una bandada de cuervos captó la atención de Kikyo haciendo que detuviera su andar para levantar levemente su cabeza para poder observar cómo volaban por encima de las copas de los árboles.

Endureció su mirada al tiempo que contenía la respiración por un breve momento, queriendo contener el escalofrío que le recorrió la espalda al ver aquellas criaturas de alas negras adentrándose en el bosque.

El murmullo que hacían las pequeñas criaturas que habitaban a los alrededores mientras regresaban a sus madrigueras o sus nidos le recordó que el día estaba a pocos momentos de terminar.

Y con él su última oportunidad.

Dejó escapar todo el aire que contuvo en su pecho en un jadeo de sorpresa cuando, surcando el mismo cielo que lo habían hecho los cuervos, vio a la mujer exterminadora compañera de InuYasha y Kagome, montada en su tigresa demonio. Por lo que podía distinguir desde esa altura, parecía ansiosa por llegar a su destino. O quizá los amigos de InuYasha ya habían comenzado a buscarlo también.

No podía distinguir bien sus intenciones, pero definitivamente no se iba a molestar en averiguarlas.

Con decisión, regresó su vista hacia enfrente, llevó ambas manos al listón color blanco que sujetaba su cabello en un moño para reforzar su agarre con un par de tirones que aseguraban el nudo del centro.

Enderezó su espalda al mismo tiempo que llenaba sus pulmones de aire limpio para inmediatamente después retomar su camino.

-o-

Kirara aún no había aterrizado por completo en el polvoso suelo de la aldea cuando Sango bajó de su lomo de un salto para después correr con toda la voluntad que había en ella con dirección a la cabaña de la sacerdotisa Kaede.

Casi perdió el equilibrio por la forma tan abrupta que detuvo su marcha cuando se encontró de pie frente a la choza de madera, el viento del fin de la tarde hacía bailar los retazos que quedaban colgados de lo que solía ser la cortina que protegía la entrada, dándole a la cabaña un aspecto fúnebre y tenebroso.

Se acercó a la entrada e hizo a un lado los pedazos deshechos de la cortina para poder mirar dentro: la cabaña estaba vacía, con un solitario futón desocupado a un lado de la hoguera que aún ardía suavemente.

Al juzgar por las hojas medicinales y un mortero al lado del lecho, parecía que la sacerdotisa Kaede había estado atendiendo recientemente a algún enfermo, y la cortina de palma seca destruída por alguna razón le decía que ese enfermo era el muy necio de InuYasha.

Quiso suspirar de frustración pero aún no recuperaba el aliento, ¿dónde estaban todos ahora?, ¿qué demonios había pasado?

—¡Sango-chan! —escuchar a Kagome fue como un trago de agua dulce en medio de la sequía, esperanzada volteó hacia donde había escuchado a su amiga solo para sentirse de nuevo desesperada, corrían hacia ella, estaban todos ahí...todos menos InuYasha.

—InuYasha, ¿dónde está él? —exigió saber, mirando a todos sus amigos uno a uno hasta encontrarse con los ojos azules del monje Miroku. La expresión que el monje le dedicó, confundida y asustada, casi hizo que se le rompieran las piernas de pura ansiedad.

—Estaba aquí hablando con Kikyo-sama —contestó Miroku sin poder ocultar la mortificación que a él también lo estaba consumiendo tanto como a ella—. Nos pidió que lo dejaramos a solas con ella.

Involuntariamente, Sango dirigió su mirada hacia Kagome. Vio en sus ojos mucha confusión, e inclusive una especie de dolor que no podía recordar ver en su rostro. Era uno mucho más intenso que cualquier otro que había sentido jamás.

—Si no está aquí...¡¿Eso quiere decir que sí se marchó con Kikyo?! —la impertinencia de Shippo le dio voz a las palabras que su propia mente estaba gritando en ese momento.

La exterminadora de pronto sintió como su corazón comenzaba a latir rápidamente, ahogándose en tanta ansiedad que pronto su respiración se hizo errática.

Sango sabía bien que solo había un motivo para que Kikyo viniese por InuYasha hasta aquí.

«...Elimina tanto los sentimientos como recuerdos compartidos con la otra persona y no permite que vuelvan a florecer nunca más...»

—No, no eso no es posible —Sango habló en voz alta pero realmente no se estaba dirigiendo directamente a ninguno de sus compañeros. No existía realidad en la que ella pudiese concebir que InuYasha aceptara de buena gana la única solución que Kikyo podía ofrecerle—. Tenemos que buscarlo. ¡Tenemos que encontrarlo!

—Sango —Miroku la llamó en un tono tranquilizador, obviamente había notado la angustia que estaba amenazando con asfixiarla—. Descubriste algo sobre lo que está pasando con InuYasha, ¿no es así?, ¿qué es?

—No tenemos tiempo para que pueda explicarlo —renegó ella alejándose un par de pasos cuando se dio cuenta que el monje había intentado tomarle la mano—. Si es verdad que InuYasha aceptó marcharse con Kikyo…

—Kikyo-sama nos dijo que si ella no ayudaba a InuYasha él podía morir —alegó Miroku no rindiéndose en su campaña por tranquilizarla—. Hoy habrá luna nueva. Si InuYasha se convierte en un humano, su cuerpo no aguantará mucho más.

—¡Kikyo no es la solución! —gritó Sango al borde de las lágrimas.

—Sango-chan… —ahora fue turno de Kagome de hablar, su voz parecía luchar por no quebrarse del miedo. Cuando Sango se encontró con los ojos color ébano de su amiga entendió que si sucumbía a la desesperación estarían realmente perdidos—. Por...por favor explícame lo que sabes —el corazón de la exterminadora dio un vuelco cuando la sacerdotisa abrió la palma de su mano y le mostró una flor de camelia de un intenso color rojo. La misma flor de sus pesadillas. La misma flor que estaba matando a InuYasha—. Shippo y Miroku-sama me han explicado un poco de lo que está pasando, pero ellos no tienen el panorama completo, ¿verdad?

—Nosotros venimos del pozo, así que si InuYasha se marchó tuvo que haberlo hecho en la dirección contraria —habló el Miroku tratando de ofrecerle una tregua a Sango—. Lo buscaremos.

La joven de cabello castaño bajó la mirada cuando sintió la suave cabeza felina de Kirara, convertida de nuevo en una gatita, acariciando con cariño la parte baja de su pantorrilla. Ella lucía exhausta pero le dedicaba una mirada que Sango entendió a la perfección.

Estaba con ella. Aún la ayudaría y así lo haría hasta el final.

Con una conexión adquirida por tantos años de complicidad, Kirara se transformó de nuevo en tigresa mientras Sango tomó la mano de Kagome, exactamente la misma mano donde ella sostenía la camelia hecha con la sangre de InuYasha, y la estrechó fuertemente para inmediatamente después dirigirla hasta Kirara.

—Kagome-chan —empezó con determinación al mismo tiempo que ayudaba a su amiga a subir al lomo de Kirara—. Lo único que necesitas saber es que solo tú puedes detener lo que le está ocurriendo a InuYasha. Nadie más que tú.

—Pero… —su amiga intentó alegar.

—Solo dile la verdad. Dile todo lo que sientas que deba saber —respondió ella de inmediato—. Y confía en todo lo que él te diga. Porque también es verdad —Los ojos de Kagome se abrieron más de la cuenta, quizá por la impresión, quizá por la invasión de un recuerdo que compartía con el medio demonio que le hizo entender sus palabras. Ya habría tiempo después para averiguarlo. Sango le sonrió con una leve curvatura en los labios para después bajar su mirada hacia Shippo—. ¿Puedes acompañar a Kagome-chan?, Houshi-sama y yo buscaremos a pie.

Shippo dio una enérgica respuesta afirmativa antes de subir de un salto al lado de Kagome. La exterminadora le dedicó una última mirada a su tigresa antes que ella volviera a emprender vuelo por donde habían llegado hace unos momentos.

Sango no notó que había estado conteniendo el aliento hasta que, una vez que Kirara estaba lo suficientemente lejos, sintió la mano del monje Miroku posarse sobre su hombro derecho, arrancándole un pasmado jadeo que le hizo dirigir su atención hacia él.

—Kikyo-sama no quiso decir frente a nosotros qué conllevaba el que InuYasha se marchara con ella —le informó manteniendo una compostura seria.

Sango sonrió con amargura y bajó su vista hacia sus pies—. Seguramente temió que hicieran algo para impedirlo.

—¿Tan peligroso es? —preguntó el monje arqueando una ceja—. ¿Qué es, Sango?

La exterminadora primero dirigió su vista al cielo, los tonos naranjas pasaban a ser cada vez más oscuros. Tomó tanto aire como pudo con su boca y lo liberó en una pesada exhalación.

—No es peligroso para InuYasha, pero sería fatal para Kagome —comenzó a explicarse sin dirigir la mirada al joven de ojos azules colocado a su lado—. Si Kikyo purifica la maldición, no sólo estará arrancando la raíz que Kao implantó en el corazón de InuYasha, también estará arrancando sus sentimientos hacia Kagome. Es que ni siquiera recordará que la conoce.

Cuando Sango por fin se dignó a encontrarse con la mirada de Miroku vio que estos se habían abierto con fuerte impresión, además que su piel se había palidecido levemente.

—Y, por más que Kagome se mantenga a su lado después de eso...InuYasha no volverá a sentir nunca nada más por ella.

—No es peligroso… —repitió Miroku de forma casi automática, evidentemente con el alma en los pies—. Pero es fatal…

—Démonos prisa —lo apuró Sango emprendiendo el caminó con dirección al bosque.

Tenía la certeza que Kagome encontraría a InuYasha. Sango sabía bien que esa era una cualidad que sus amigos tenían casi como un sello personal.

Siempre se encontraban el uno al otro.

-o-

La violenta tos se mezcló con la imperiosa necesidad de respirar, por más que abría su boca tratando de jalar un poco de oxígeno este simplemente no se quedaba en su pecho, tan pesado y obstruido por aquella sustancia espesa que lo invadía que no quedaba espacio para nada más.

Asemejando al aceite caliente, esa sustancia burbujeó por su faringe sin detenerse hasta que caía al suelo en forma de pétalos ensangrentados.

Exhausto y cada vez más mareado por la odisea que era algo antes tan simple como lo era respirar, dejó que su espalda se golpeara con el tronco de madera de un grueso roble que detuvo su caída cuando perdió las fuerzas para seguir caminando.

Sin darse cuenta de cuándo, ya estaba sentado entre las raíces de aquel roble que parecía querer acunarlo. Levantó suavemente la vista, poniendo atención al camino que había recorrido, dándose cuenta que había dejado un extenso rastro de camelias rojas ahí por donde pasó.

Mareado, reposó su cabeza en el tronco de madera y cerró los ojos, buscando un momento para descansar.

-o-

Tanto Kagome como Shippo tuvieron que aferrarse con un poco más de insistencia al pelaje de Kirara para no caer cuando ésta vio interrumpido violentamente su trayecto, haciendo que perdiera equilibrio y altura, al chocar con una barrera invisible que aparentemente protegía cierto perímetro del bosque.

No les quedó más remedio que descender a los pies de aquel domo hecho con energía espiritual para poder estudiar sus posibilidades.

—¿Crees que Kikyo colocó esta barrera? —preguntó Shippo al notar como su amiga, absorta en sus pensamientos mientras observaba más de cerca la barrera frente a ella que asemejaba al cristal que protegía a una pecera.

—Es muy probable...—contestó al mismo tiempo que, temblorosa, acercó su mano a la pared cristalina. Tanto ella como el pequeño zorro no pudieron evitar sorprenderse al notar como su mano atravesaba al otro lado sin mayor esfuerzo.

Alejó su mano de la barrera como si de pronto esta le hubiera quemado la piel, de pronto muy nerviosa al enfrentarse a la verdad.

Sí, ese domo de energía fue puesto ahí por Kikyo.

Eso quería decir que ahí dentro estaba InuYasha.

Para cuando escuchó la voz de Shippo llamándola, ella ya había atravesado aquella cortina de energía espiritual y había corrido lo suficientemente lejos para que la aguda voz del zorro solo fuera un eco lejano.

Corrió con toda la velocidad que fue capaz, lo hizo tan rápido aún cuando sus piernas comenzaron a doler en protesta, pero se negó rotundamente a detenerse.

Se negó a hacerlo aún cuando comenzó a notar sobre el suelo un camino rojo hecho con pétalos de camelias, a pesar que el ver esas flores regadas como un rastro de sangre por todo el suelo le provocó severos escalofríos por toda la espina dorsal.

Encontraría a InuYasha.

Y acabaría con todo esto de una vez por todas.

-o-

Las flores simplemente no se detenían, salían de su boca una tras otra, a tal grado que ya habían secado su boca casi por completo. Los ojos le pesaban tanto que no encontraba una razón lo suficientemente válida para luchar contra ellos para intentar abrirlos.

La cabeza le dolía y había ocasiones en las que le parecía que dejaba de respirar.

¿Así de lento era morir?

El ruido de unas ramas rompiéndose en el suelo a causa de unas pisadas lo alertó pero no se movió de su lugar. Intentó utilizar su olfato para advertir si era alguien conocido, pero lo único que podía percibir era su propia sangre que le saturaba la nariz y la boca. Eso y que sus habilidades demoníacas ya eran prácticamente inexistentes a esas alturas del anochecer.

Escuchó esos pasos acercándose cada vez más a él con cautela. Masculló apenas unos ruidos guturales en señal de conformidad con eso. Como si era un enemigo que venía a cortarle la garganta, le daba igual. En todo caso le estaría haciendo un favor.

No supo que aún era capaz de contener la respiración hasta que escuchó como aquel desconocido se acuclilló frente a él, apretó con fuerza sus ojos sintiéndose sobresaltado cuando sintió una suave mano femenina posarse delicadamente sobre su mejilla, el sentimiento de desconfianza fue reemplazado por la sorpresa luego de sentir como esa mano le acarició con cuidado el pómulo para después bajar lentamente hasta su barbilla.

Quizá era porque ahora esa persona estaba lo suficientemente cerca para que sus atrofiados sentidos percibieran su esencia, pero ese perfume para él era inconfundible.

Lavandas…

Carraspeó su garganta antes de hablar, escuchando lo ronco que estaba cuando lo hizo—. Debo tener un aspecto terriblemente lastimero ahora mismo —sin abrir los ojos, soltó al aire burlándose de sí mismo, quitando descaradamente peso al asunto de que estaba muriendo.

—No es así —la escuchó responderle con voz firme.

Sin saber de dónde sacó las ganas para hacerlo, en su rostro se asomó el breve bosquejo de una sonrisa fanfarrona—. Tienes muchos talentos, Kikyo, pero el mentir definitivamente no es uno de ellos…

—InuYasha —sintió como Kikyo alejaba la mano de su rostro para después darse cuenta que las había bajado hasta su regazo para tomar las suyas. Sintió los dedos de la sacerdotisa buscar entrelazarse con los suyos, pero él no correspondió su gesto, permaneciendo quieto—. No puedes rendirte así. ¡Simplemente no puedo quedarme a mirar como lo haces!

—Kikyo… —la nombró en un tono áspero al mismo tiempo que abrió los ojos para poder verla. La desesperación en su mirada era evidente—. Ya te he hecho mucho daño. Yo no creo…

—Yo cuidaré de ti —le aseguró aferrando con más fuerza sus dedos a las manos de él—. Cuando sanes nos iremos de aquí. Nada más volverá a lastimarnos.

InuYasha bajó la mirada hacia su regazo sintiendo un profundo desasosiego, las intenciones de Kikyo lo conmovían y lo hacían darse cuenta de algo que hasta entonces había estado ignorando.

La máscara del orgullo cayó.

Estaba sintiendo miedo.

Quizá la prueba más fehaciente de que su lado humano dominaba ahora por sobre el sobrenatural era esa: que el temor a morir, la búsqueda por sobrevivir, le estaba ganando terreno a cualquier otro sentimiento.

No. Aún no era su momento de morir.

Sintió sus articulaciones dolerle cuando, de forma lenta, entrelazo sus dedos con los de la sacerdotisa. Aceptando de esa manera la ayuda que le ofrecía.

Sabía bien que lo que significaba que Kikyo purificase la maldición de Kao que lo estaba matando. Y, aunque estaba consciente que no podría recordar nada sobre Kagome después de eso, estaba seguro que iba a tener que soportar un gran vacío en el pecho por lo que quedara de vida.

Sin tener jamás la oportunidad de llenarlo.

-o-

El monje y la exterminadora de demonios corrían a la par, ambos con la vista al frente, siguiendo la misma dirección en la que habían visto a Kirara volar. No distinguía a su amiga felina en el aire y eso había provocado en ella cierta intranquilidad.

—¡Shippo! —Miroku llamó al Kitsune al verlo junto a Kirara justo al inicio de un camino de terracería bordeado por árboles que se adentraba al bosque.

—¡Hay una barrera espiritual! —Shippo señaló el camino frente a él—. ¡Kagome logró pasar del otro lado pero la perdí de vista!

Sango se acercó al punto que indicó Shippo y, al estirar su mano, pudo tocar una pared cristalina tan dura que parecía impenetrable.

—Kagome-chan… —la nombró en un susurro con el poco aliento que le quedaba en el pecho. Sabía que, a partir de ahí, todo lo que podía ser por sus dos amigos había terminado y lo único que le quedaba por hacer era esperar.

Alzó la vista hacia el cielo, al mismo tiempo que elevaba una muda plegaria.

Ahora todo estaba en manos de ellos.

-o-

El rastro de camelias la guió entre los árboles hasta llegar a uno de los más altos de esa zona, la iluminación se hacía cada vez más escasa que, en aquella espesura del bosque, daba la impresión por momentos que ya había caído la noche.

Sintió su corazón congelarse cuando, a los pies de ese gran roble, vio a Kikyo arrodillada frente a InuYasha quien permanecía sentado la sombra del árbol, acunado entre las raíces salientes de este. No podía escuchar nada de lo que decían pero el semblante del medio demonio la angustió.

Quiso dar un paso hacia enfrente pero al notar que la pareja frente a ella se estaba tomando de las manos la hizo dudar.

Bajó la mirada avergonzada de estar entrometiendose en lo que, a simple vista, era un momento importante entre ellos. De pronto se sintió sin derecho de reclamar nada.

Ni siquiera con el derecho de estar ahí.

Y confía en todo lo que él te diga...

La voz de Sango nació desde lo más profundo de su corazón. Y, como en ese momento cuando ella le dijo esas palabras, vino a su mente una imagen de un muy demacrado InuYasha justo en la cima de las escaleras del templo de su familia.

« Kagome tú...tú eres quien más me importa en esta vida, tú siempre serás mi mejor mitad…

Esas flores, eran culpa del demonio Kao, sí. Pero nacían de lo más profundo del corazón de InuYasha.

De lo que sentía por ella.

Exactamente lo mismo que ella sentía por él.

...porque también es verdad

-o-

—¡InuYasha! —escuchó a Kagome tan claramente que sus orejas dieron un tirón y una potente chispa de energía le recorrió de los pies a la cabeza.

Supo que no era otra alucinación cuando notó como Kikyo soltó sus manos para ponerse rápidamente de pie. Eso no hizo más que avivar su voluntad.

—Kagome… —su nombre salió de sus labios en una ronca súplica mientras intentaba levantarse del suelo, a pesar de que sus piernas temblaban por el dolor que implicaba apoyar el resto de su cuerpo.

Levantó su mirada para encontrarse con la de Kikyo, los ojos de la sacerdotisa estaban claramente inundados pero no se interpuso. La vio dar un par de pasos para hacerse a un lado, dejando su vista libre.

Cuando la vio aún a una distancia de él, volvió a su mente la idea de que se trataba de otro delirio culpa de toda la sangre que había perdido, o quizá que al final había terminado por morir.

¿Qué importaba?

Daba igual, ella estaba ahí.

Caminó hacia ella al mismo tiempo que la vio correr hacia él. Sus piernas temblaban pero por alguna razón se sentía cada vez más ligero.

Ella había regresado a buscarlo.

A él.

Su corazón latía con fuerza pero ahora no era con dolor.

La primera imagen que tuvo de su rostro cuando estuvo lo suficientemente cerca, fue de sus mejillas empapadas de lágrimas pero aún así le abría los brazos con una amplia sonrisa en los labios.

Esa sonrisa que tanto adoraba.

Cuando por fin la tuvo entre sus brazos la estrechó fuertemente solo para convencerse de que no era una mala broma de su cabeza. Ella le correspondía abrazándolo con las mismas ganas, como si nunca hubiesen hecho nada para hacerse daño.

—InuYasha tú también eres quien más me importa en esta vida —la escuchó decirle acurrucada en su pecho. Por un momento la sensación de miedo le provocó severas corrientes eléctricas por todo el cuerpo—. Tú también siempre serás mi mejor mitad.

La sensación fue exactamente la misma al salir a la superficie luego de estar a segundos de morir ahogado en lo profundo del mar, tomó una larga respiración, una fuerte bocanada de vida, que le llenó los pulmones de aire limpio. La espesura de su pecho se disipó lo mismo que lo hacía el vapor.

Perdió por completo la fuerza que lo sostenía de pie, obligándolo a caer de rodillas contra el suelo, sin soltarla ni por un momento, la llevó con él cuidando que no se lastimara en la caída.

Levantó su vista cuando reconoció ese espasmo que recorría su cuerpo cada que iniciaba la luna nueva, aquel que hacía sus sentidos menos agudos. Las cuencas de sus ojos dolieron cuando los abrió más de la cuenta al notar lo que estaba ocurriendo con las flores de camelia a su alrededor.

Ya no eran rojas, ahora eran de un blanco tan puro que brillaba intensamente aun cuando era una noche sin luna para después desprenderse pétalo a pétalo de una forma muy parecida cuando las libélulas comenzaban a revolotear, regando su luz por todas partes como si fueran estrellas.

Apretó con más urgencia a Kagome contra su pecho. Su fuerza demoníaca había abandonado por completo su cuerpo, lo supo cuando su cabello color negro se mezclaba con el azabache de Kagome. De un momento se sintió profundamente mareado, el agotamiento hacía que todos los músculos del cuerpo le dolieran y sus párpados ardieran exigiendo cerrarse.

Sucumbiendo por fin al cansancio que lo invadía, pudiendo respirar otra vez con normalidad, acurrucó su cabeza sobre el hombro de Kagome quien no había dejado de abrazarlo y cerró los ojos para, de forma casi inmediata, perder el conocimiento.


N.A: Septiembre fue un mes de verdad complicado para mí, laboralmente hablando, pues siendo una persona prácticamente con dos empleos (el de planta y como freelancer) hubo semanas en las que no hice nada mas que trabajar frente a la computadora terminando terriblemente agotada. Además, yo estaba consciente de lo muy importante y desgastante que iba a ser este capítulo, así que luché por hacerme un espacio para dedicarle la atención que se merecía. Espero que eso pueda reflejarse en el resultado y haya sido de su agrado.

Este capítulo ha resultado catártico en muchos de sus momentos: en primer lugar, y como ya había contado en notas anteriores, la enfermedad de InuYasha la manejé como lo hice basándome en mi propia experiencia enfrentando al covid-19: la sensación en el pecho, la tos y, claro, la dificultad para respirar. Así que creo que está bien si les confieso que redacté de verdad temblando momentos de este capítulo como el punto más grave de la enfermedad hasta el momento en el que esta se curó. En segundo, el punto final que le da este capítulo a todo el angst y a todo el sufrimiento, de verdad se sintió como tocar fondo para después tomar impulso y solo nadar hacia arriba, así que muy probablemente el ritmo de las próximas entregas sea mucho menos acelerado. Creo que eso nos da un respiro a TODOS, ¿no?

Algo que me parece muy curioso de este capítulo es que realmente es el primero en el que no hace falta que haga un espacio en las notas finales para explicar por qué lleva el nombre de flor que lleva. Ha sido muy satisfactorio ver que ha sido la propia Kagome quien nos explicó el significado de la Camelia. Desde hace varios capítulos atrás.

Como cada mes quiero agradecerles de todo corazón sus reviews. Entiendo la ansiedad enorme que a muchos les provocó Nomeolvides, yo misma me sentía bastante impotente en algunos momentos de ver frente a mí los diferentes caminos que podría tomar el destino de InuYasha y lo catastrófico que hubiese sido para mi corazón el considerar una ruta diferente a la que me había marcado desde un principio: la reconciliación InuKag. Que, si tengo que hacer una confesión más en estas notas, ha sido la escena que más trabajo me ha costado, cada ciertos párrafos redactados tenía que detenerme por la ola de emociones que me invadían, ahora solo puedo rezar porque quienes habían esperado tanto este momento como yo puedan sentir que valió la pena.

Un tema que me pareció muy interesante en los reviews de este mes es el de la posibilidad de un final alternativo para este fic. Uno donde Kagome no alcanza a InuYasha y este es purificado por Kikyo. Si me preguntan si lo he considerado, podría decir que sí y no. Me explico: Sí porque esta clase de fanfics, los hanahaki, tienen tres formas de terminar, algunos autores han sido valientes y han decidido que no existirá final feliz para la pareja principal. Así que, con mi alma de autora, por supuesto que lo llegué a considerar y definitivamente hubiera seguido el rumbo que el propio InuYasha vaticinó en este capítulo: una vida vacía sin posibilidades de llenarla. Y bueno, al final opté por no seguir ese rumbo porque, después de todo, este fic es para mí una representación de lo que significó White lilies en mi vida, eso incluye por supuesto lo mucho que me llenó el corazón ver que acababa en un final feliz, y es algo que quiero regalarle también al fandom InuKag después de acompañarme por tanto sufrimiento capítulo tras capítulo.

Creo que eso es todo por este mes, de nuevo mil gracias por todo el amor que le dan a este fanfic! Estoy de verdad conmovida por todo lo que hacen por él: sus comentarios, sus favoritos, incluso recomendarlo en sus páginas de facebook. ¡No tengo como pagárselos!

Nos leemos en el próximo capítulo.

-Kao