Flores de cementerio.
[El amor no tiene cura, pero es la única cura para todos los males]
XV.
Peonia.
Sin ser capaz de tragar el pesado nudo que se formó en su garganta, Kikyo aguantó las pesadas sensaciones que le recorrieron el cuerpo, manteniéndose de pie en su lugar, limitándose a ser una simple espectadora de lo que sucedió frente a ella: las camelias regadas por el suelo se tornaron de un blanco tan puro que casi parecían contener su propia luz para después desintegrarse en destellos que bailaban en el viento al mismo ritmo que lo hacían los pocos mechones de su cabello negro que, rebeldes a su voluntad, no habían permanecido unidos gracias al moño de su listón.
Al notar como los pétalos de camelia ahora habían pasado a ser algo muy parecido a estrellas que subían al cielo a ser las protagonistas de esa noche sin luna, la resucitada sacerdotisa no pudo hacer nada más que seguir con la mirada las estrellas danzantes que se elevaban graciosamente por encima de los árboles que la rodeaban.
No se dio cuenta de exactamente cuándo sus dedos pulgares empezaron a frotarse contra el resto de sus dedos, rememorando la textura terrosa que dejaron en sus manos las flores convertidas en carbón y ceniza cuando ella intentó purificarlas.
Cuando una fría sensación le recorrió la mejilla, se obligó a agachar la mirada al tiempo que llevaba su mano derecha hasta su rostro para detener las lágrimas que le habían ganado la batalla que con tanto esfuerzo luchó. Avergonzada, limpió su rostro para después dirigir su mirada hacia la pareja que permanecía de rodillas, abrazándose el uno al otro. Kikyo contuvo el aliento cuando notó el cabello de InuYasha tornarse de color negro, indicándole que su escencia demoniaca ya había sido sellada por la presencia de la luna nueva.
Apretó ansiosamente los labios al mismo tiempo que apretaba con fuerza sus puños hasta que sus nudillos dolieron en protesta. Sus piernas temblaban tanto que por momentos pensó en que le fallarían, pensó que le harían caer.
Juntó todo su orgullo al mismo tiempo que tomaba una buena bocanada de aire.
No se lo permitiría. No iba a caer. Se dijo a sí misma y levantó su barbilla altivamente al mismo tiempo que recuperaba el control de su tembloroso cuerpo.
Preparándose como quien se prepara para recibir de frente a un enérgico cuerpo de caballería.
Y solo puede rezar por no morir aplastado.
-o-
La espera le estaba carcomiendo las entrañas. Si ese campo de fuerza no cedía pronto, estaba convencida que iba a terminar de volverse loca.
Soltando un pesado suspiro en el que intentó dejar ir todo su cansancio y frustración, alejó sus manos de la barra cristalina de energía espiritual que le impedía avanzar para encontrar a su amiga Kagome y, si es que todo había salido bien, también a InuYasha.
Un poderoso zumbido en sus oídos le provocó un repentino dolor que le obligó a colocar sus manos a cada lado de su cabeza, cerró los ojos en una clara mueca de malestar mientras intentaba mitigar la sensación masajeando sus sienes.
—Sango —escuchó la voz de Miroku en medio del doloroso pitido que le martillaba los oídos, también notó cuando tomó su brazo, en un intento de ayudarla a mantener el equilibrio, antes de que ella abriera los ojos—. ¿Te encuentras bien?
Sango parpadeó un par de veces tratando de disipar su confusión cuando el zumbido de un momento a otro calló, dejando de torturar su cabeza—. Yo…
—¡Miroku, Sango! —Shippo los llamó consiguiendo la inmediata atención de ambos. Sango vio a su pequeño amigo señalar la pared de energía espiritual que poco a poco comenzaba a evaporarse.
Sintió su corazón latir con una ansiedad que le lastimaba el pecho, tragó pesadamente saliva.
—Si Kikyo-sama ha levantado la barrera —Miroku le dio voz a lo que ella no se atrevió siquiera a pensar—. Significa que, de alguna manera, esto terminó.
—Vamos —les lideró la exterminadora echando a correr por el sendero de tierra bordeado por frondosos árboles, siendo seguida de inmediato por el resto de sus compañeros.
No estaba dispuesta a perder un segundo más.
-o-
El miedo le recorrió el cuerpo cuando, al continuar abrazando a InuYasha, se dio cuenta que él había dejado caer todo su peso sobre ella después de soltar una pesada exhalación.
—¡InuYasha!...—alarmada, le colocó la mano izquierda sobre su nuca para poder bajarlo con cuidado hasta sus brazos. Con temor a lastimarlo, le recostó la cabeza sobre la parte interna de su antebrazo, dejando que su torso descasara sobre su regazo, para después tocar su mejilla la cual se enfriaba inquietantemente rápido. Pudo sentir cómo el pánico le invadió todo el cuerpo.
—Es normal que esté inconsciente —Kagome levantó su vista para encontrarse con Kikyo de pie a solos unos pasos de ellos, en esos momentos el semblante de la sacerdotisa era difícil de leer pues, aunque su porte era tan gélido como el invierno, sus ojos reflejaban un mar de sentimientos apunto de desbordarse—, después de todo perdió mucha sangre
No pudo evitarlo y bajó su mirada hacia InuYasha al escuchar esa última frase, estudiando con su mirada lo más que le permitió la oscuridad de esa noche, ayudándose de su mano sobre el pecho de InuYasha en un intento por sentir los rastros de sangre.
—La herida que casi mata a InuYasha no puede verse —le advirtió Kikyo sin alterar su tono de voz ni su semblante despectivo—, mucho menos tocarse.
Pudo sentir su cuerpo entero temblar al contener tantísima frustración. Queriendo disimularlo, aferró sus dedos a la tela color rojo de las ropas de InuYasha, quien permanecía inconsciente en sus brazos, tomó valor y encaró a la sacerdotisa que permanecía de pie frente a ella, fría como una figura de mármol.
—Kikyo, por favor, explicame qué fue lo que le pasó a InuYasha —pidió tan firmemente como pudo. Luchando contra su propia voz apunto de quebrarse.
Por primera vez vio a Kikyo flaquear ante la duda de decirle o no—. No creo que deba ser yo quien te lo diga.
—Te lo suplico yo… —pidió sin apartar su mirada de la de Kikyo—, apenas entiendo qué es todo esto y quiero saberlo. Creo que merezco saberlo.
Notó como la sacerdotisa de cabello negro enderezó su espalda, en un claro gesto que dejaba claro que era ella quien tenía el control de la situación.
—Kao, el demonio de las flores, le lanzó una maldición llamada conjuro de cementerio —el tono de Kikyo era sereno, pero profundamente distante—. Convirtió su sangre en camelias que escapaban por su boca al mismo tiempo que lo asfixiaban.
La joven de cabello azabache no pudo evitar sentirse sofocada ante la explicación de Kikyo, sus ojos le dolieron cuando se abrieron más de la cuenta de solo recordar las camelias que comenzaron a aparecer cerca de ella, la propia imagen de InuYasha frente a ella, pudo ver perfectamente la desesperación en sus ojos dorados justo después de confesarle sus sentimientos, el terror con el que se llevó las manos a su boca cuando su garganta pareció contener una violenta arcada.
El camino de camelias que, como gotas de sangre, marcaban el rumbo por el que el medio demonio había escapado casi despavorido.
Su garganta le dolió al encontrarse tan seca de pronto, impidiéndole hablar.
—El conjuro de cementerio condena a su víctima a vivir un amor no correspondido —continuó Kikyo sin darle tregua—. Cuando InuYasha pensó que sus sentimientos eran unilaterales comenzó a enfermar.
Kagome alejó su mano del pecho de InuYasha y cubrió sus labios con ella, respirando agitadamente contra su temblorosa palma.
Ahora entendía las palabras de Kao.
« Amor no correspondido »
Aquellas que tanto la atormentaron por semanas completas.
« Haré de las flores tu cementerio »
—Todo esto… —su voz resquebrajada era un claro signo del llanto que estaba a nada de asomarse. Sin darse cuenta, había vuelto a colocar su mano sobre InuYasha, buscando abrazarlo una vez más.
—Ya tendrás oportunidad de sentirte culpable cuando la luna nueva termine —sentenció Kikyo endureciendo su mirada—. Ahora InuYasha te necesita.
La joven tomó tanto aire como pudo, llenando sus pulmones, al mismo tiempo que cerraba con fuerza los ojos, en un intento por calmarse.
Kikyo tenía razón, ella no tenía permitido derrumbarse.
Y mucho menos tenía derecho a sentirse culpable.
Abrió de nuevo los ojos cuando escuchó los pies ligeros de la sacerdotisa sobre la hierba fresca, lo que pudo divisar en medio de la oscuridad fue su estilizada silueta alejándose de ellos.
—¡Espera! —la llamó alzando su voz para que pudiera escucharla. Se dio cuenta que lo consiguió cuando la vio detener su marcha. Alzó su barbilla recobrando entereza cuando se dio cuenta que Kikyo había girado levemente su cabeza para verla a los ojos—. Sé que todo esto lo hiciste porque querías salvar a InuYasha, porque pensaste que yo no volvería… —no pudo evitar titubear pero tomó aliento nuevamente para poder terminar—, quiero que sepas que te lo agradezco y siento muchísimo que las cosas llegaran hasta este extremo.
El silencio entre las dos era intermitentemente pues se colaba el canto de las cigarras en medio del bosque, así como el susurro de otros animales nocturnos que comenzaban a salir de sus escondites. El resplandor de las estrellas caía como un ligero baño de luz sobre el oscuro cabello de Kikyo. Kagome la vio bajar la mirada, con un semblante melancólico.
La sacerdotisa mordió con frustrasión sus labios antes de decidirse a responder—. No vale la pena que sigas perdiendo el tiempo conmigo, Kagome. InuYasha se repondrá apenas recupere su naturaleza demoníaca pero, mientras no amanezca, tendrás que hacerte cargo —declaró en un tono de voz que dejaba atrás la frialdad con la que había estado dirigiéndose a ella—. Ya he disuelto la barrera espiritual que protegía este lugar, tus amigos no deben tardar en llegar hasta aquí.
Con esas últimas palabras, la mujer de cabello negro redirigió su dura mirada hacia el frente.
—Kikyo… —susurró apenas con un hilo de voz.
—Si de verdad me lo agradeces. Si de verdad lo sientes —ultimó Kikyo sin volver a mirarla ni detener su andar por entre los espesos árboles que bordeaban el claro donde se encontraban—. Haz lo que debes hacer, y no abandones a InuYasha.
Aquella última frase le congeló la piel, bajó su mirada en el pálido rostro de InuYasha. A pesar de la poca iluminación de las estrellas, podía notar las profundas bolsas bajo sus ojos, sus pómulos se marcaban bajo su pálida piel, casi como si fuera una calavera.
Pero las verdaderas ganas de llorar le invadieron cuando su mano bajó hasta el cuello del joven inconsciente acostado en su regazo. Pudo notar a través del tacto los rasguños que marcaban la piel, no había que ser un genio para entender que esas heridas eran obra del propio InuYasha.
El dolor de su corazón era tan difícil de soportar que se convenció que seguía viva por pura fuerza de voluntad. El poder sentir el pulso de InuYasha vibrando muy a pesar de las heridas de su cuello, le hizo darse cuenta que en él existía la misma voluntad que en ella.
Y esta vez haría lo que debía hacer.
—No —sentenció sin apartar su mirada del rostro de InuYasha—. No voy a abandonarte.
-o-
El vuelo de las luciérnagas era, a su ver, muchísimo más bello en las noches en las que se escondía la luna. Era entonces cuando uno podía notar su brillo con muchísimo más detalle mientras éstas aleteaban al ritmo cantado por el resto de insectos nocturnos que, al igual que ellas, disfrutaban de su momento sin ningún tipo de pena o preocupación.
Qué reverenda tontería sentir envidia por unos bichos, Sango pensó con amargura abrazando con más aprehensión sus piernas, sentada en un prado cercano a los plantíos de arroz de la aldea.
El suave ronroneo de Kirara, transformada en una diminuta gatita, le hizo dirigir su mirada hacia su costado derecho. Al verla dormir tan tranquilamente, después del día tan tremendo que habían vivido, le reconfortó. En su rostro se dibujó una suave sonrisa al acercar su mano hacia la suave oreja de Kirara para acariciarle con afecto. Definitivamente, si no hubiese sido por ella, el final de este día hubiese sido muy diferente.
Dolorosamente diferente.
Pudo reconocer la manera de andar del monje Miroku al acercarse a ella, sus pisadas eran pausadas pero firmes, provocando un suave sonido por el roce de las telas de su túnica así como el choque metálico de los anillos de su báculo.
Para cuando Sango alzó su mirada para encontrarse con la de él, el monje ya le estaba dedicando una agradable sonrisa curvando sus labios.
—Kaede-sama ha hablado con unos cuántos habitantes de la aldea —le informó al mismo tiempo que se sentaba a su lado izquierdo, dirigiendo su mirada hacia el espectáculo que seguían dando las luciérnagas frente a ellos—. Nos han ofrecido posada para esta noche, también algo de comer, así ella y Kagome-sama podrán atender a InuYasha sin temor a despertarnos.
Sango le imitó y regresó su atención hacia el frente, perdiéndose por un momento en el revoloteo de los insectos entre las flores y arbustos que decoraban el prado.
—Ha sido muy amable de su parte —agradeció Sango moviendo distraídamente sus pies descalzos sobre la húmeda hierba que cubría el suelo sintiendo agradables cosquillas entre sus dedos que la ayudaron a relajarse—. Aunque, de todas formas, no estoy segura si podré dormir esta noche.
—No creo que ninguno de nosotros pueda hacerlo —confesó Miroku compartiendo el mismo sentimiento que ella—, ¿temes seguir teniendo pesadillas?
Sango negó con un movimiento simple de su cabeza—. Con la raíz de camelias eliminada del corazón de InuYasha, todas las maldiciones que lanzó Kao ya han desaparecido —le explicó sin apartar su vista de las luciérnagas que, si fuesen de color blanco, lucirían exactamente como las camelias que vieron desintegrarse en el aire mientras corrían en busca de InuYasha y Kagome cuando la barrera espiritual desapareció—. Es solo que...no recuerdo haber visto a InuYasha así de mal…
—Supongo que estamos tan acostumbrados a verlo siempre como alguien lleno de fuerza, que verlo tan debilitado nos resultó casi imposible —respondió Miroku en con un tono de voz que dejaba clara la sinceridad en sus palabras—, pero creo que podemos consolarnos con la idea que, por ahora, lo peor ya pasó.
Sango elevó su mirada al cielo buscando una luna que, sabía bien, esa noche no estaba ahí.
No se dio cuenta de cuando, pero juntó sus manos sobre sus rodillas, entrelazando sus dedos.
Sabía que, solamente en ese mismo día, había lanzado tantas plegarias que una más le podía ser tomada como codicia de su parte. Pero simplemente no podía evitarlo.
Ya había pasado la tormenta.
Ahora solo necesitaban que llegara la calma.
Recordó, una vez más, las palabras de su padre.
La noche siempre es más oscura justo antes de que comience a amanecer.
-o-
Una ráfaga de aire que le supo muy familiar le sopló en el rostro, permitiéndole recordar con su frescura las mañanas de primavera. La sensación de su cabello cosquillieándole las mejillas al danzar al ritmo que marcaba el viento también le pareció ya haberla experimentado antes.
Se sentía como si estuviera dentro de un sueño. Un sueño que ya había vivido con anterioridad.
Un sueño que repetía una vez más. Aunque ahora había algo diferente.
Antes se había sentido intranquilo, melancólico. Con una angustia que le aplastaba violentamente el pecho y le impedía respirar.
Entonces percibió una fragancia dulce que, recordó, también había experimentado la primera vez que se vio envuelto en ese sueño
Jazmines. Su aroma.
Escuchó, una vez más, como el cantar de las aves. Su risa.
El aroma de Kagome. La risa de Kagome.
Toda la náusea, toda la desesperación que llegó a sentir desde días atrás, ya no existían. Se habían desintegrado, haciéndose uno con las estrellas.
Ella estaba ahí.
Ella había regresado.
Quería verla. Quería encontrarla ahí frente a él.
Con él.
-o-
El cuenco de madera hizo un duro ruido al golpear contra el suelo, derramando toda el agua que contenía, cuando Kagome lo dejó caer sin miramientos apenas escuchó la gran bocanada de aire que dio InuYasha quien, postrado en el futón ubicado a un lado de la hoguera que evitaba que el interior de la cabaña bajara de temperatura, abrió violentamente la boca al mismo tiempo que se llevaba las manos a su cuello, como si intentase ahorcarse.
Se apresuró hasta él, lastimando sus rodillas cuando se dejó caer justo a su lado, giró su vista con gesto exasperado en dirección a la ventana de la cabaña solo para darse cuenta que seguía siendo de noche.
Su corazón latió cual caballo desbocado cuando un nuevo sonido gutural que dio InuYasha la obligó a clavar nuevamente su mirada en él, vio al joven pelinegro, con sus dedos aún sin garras, intentar romper los vendajes que ella había colocado alrededor de su cuello para atender las heridas que él mismo se había causado.
—N-no, espera, por favor... —le suplicó trastabillando sus palabras mientras que, completamente temblorosa, tomó las manos de InuYasha para evitar que rompiera los vendajes—. No falta mucho para que amanezca, InuYasha, por favor, tienes que ser paciente.
Tuvo que contener un jadeo de sorpresa cuando InuYasha encerró sus dedos con su mano, apretándola con una fuerza inconcebible tomando en cuenta lo muy debilitado que estaba.
—¿Kagome?... —la voz de InuYasha era tan ronca que sintió cómo le secaba la piel, pudo notar como el pelinegro le apretó sólidamente los dedos.
—Sí, s-soy yo —le respondió con la voz entrecortada pero eso no la detuvo de sonreírle peleando contra sus ganas de llorar cuando él abrió los ojos para poder verla.
—Estás aquí… —esta vez el hanyo no lo preguntó, era como si se estuviese queriendo convencer a sí mismo de lo que veía.
—Sí, mírame —suplicó Kagome para inmediatamente después jalar su mano para colocarla sobre su rostro, la forma en la que InuYasha tocó su mejilla, con firmeza a pesar de temblar del miedo de que no fuera real, casi consiguió que las lágrimas que ya le nublaban la visión le ganaran la batalla—. Estoy aquí. Y no voy a separarme de ti.
Las brasas de la hoguera coloreaban el interior de la cabaña en un tenue color naranja que se perdía levemente entre las sombras del rostro del joven postrado entre las sábanas del futón pero, aún con tan limitada iluminación, Kagome pudo notar la tenue sonrisa que se dibujó en el rostro de InuYasha antes de volver a cerrar los ojos, cayendo nuevamente inconsciente por la pérdida de sangre que lo mantenía tan débil. Sin resistencia que se opusiera, la mano de InuYasha se volvió tan pesada que resbaló del rostro de la joven para golpear sordamente el suelo.
La respiración de Kagome se hizo tan agitada que su pecho comenzó a subir y bajar con violencia, su cuerpo comenzó a temblar víctima de una potente ansiedad. Sin poder evitarlo más, llevó su mano derecha hasta sus labios para intentar acallar los sollozos que nacían desde lo más desgarrado de su alma mientras que, sin poder contenerlo más, de sus ojos se liberaron pesadas lágrimas que le bañaron por completo el rostro.
N.A: Mientras más avanzaba en la redacción de este capítulo, más me daba cuenta que este no sería más que un "puente" entre los episodios tan angustiantes que vivimos antes y la resolución final. Con cada párrafo que pasaba entendía con más claridad que aún no encajaba correctamente el momento en el que tanto InuYasha como Kagome puedan tener esa conversación que tanta falta les hace, simplemente no se sentía natural y eso me preocupaba. Así que, a pesar de ser un capítulo podemos llamar de "transición" espero sinceramente que haya sido del agrado de todos ustedes.
Este capítulo lleva el nombre Peonia, por muchísimas razones: en Japón las peonías simbolizan la felicidad y si bien este definitivamente no es un capítulo feliz, he asociado esta entrega como una semilla de la felicidad que tanto les debo tanto a al InuKag como a ustedes que han sufrido con ellos. Por otra parte, en Asia se cree que las peonías calman el espíritu y curan el corazón roto por el desamor. Algo que definitivamente experimentó InuYasha al ver que Kagome realmente estaba ahí y no era otra mala broma de su cabeza.
La última razón por la que elegí esta flor para este capítulo debo confesar que es más que nada personal, pues existe una canción llamada "Peonías pt. 3" que, al entender la letra, me ha recordado a ciertos sentires de los personajes dentro de esta trama. Como, por ejemplo: regrésame el sueño, las pesadillas ya no hacen bien su labor.
No quiero cortar la nota sin, como siempre, agradecerles de todo corazón todos los reviews que recibió Camelia que es sin duda uno de los capítulos más difíciles que me ha costado redactar. El ver que les gustó tanto cómo se desarrolló cada escena hasta llegar a donde todos queríamos que llegara: el reencuentro InuKag, de verdad me motivó muchísimo a continuar con este fanfic hasta su conclusión. Aunque a veces me tarde más de la cuenta, una disculpa por mi reciente bloqueo creativo, con suerte ya lo he superado.
Nos leemos muy pronto!
Un beso.
-Kao
