Advertencias: Cambio de tiempo/espacio - Violencia- lenguaje inapropiado-muerte de un personaje.

Capítulo 28: Tiempo y percepción.

Sesshomaru Taisho no podía creer de lo que había sido testigo a unos cuantos metros de distancia. Todo había acontecido tan rápido que su cerebro parecía no procesar el torbellino de información dentro de su cabeza. Luego de ver caer el cuerpo de aquella joven al mar, no pudo reparar en nada más tras ese fatídico disparo.

Fue como si aquellos ojos ámbares se hubiesen apagado por completo, perdiendo la viveza e intensidad que siempre les caracterizó. Sesshomaru solo veía negro a su alrededor, sumergido en una oscuridad que amenazaba su juicio.

-"Falleció". –Cavilaba mentalmente incapaz de mover un músculo de su lugar- "Rin, falleció".

Sí, su cordura pendía de un delgado y desgastado hilo invisible, y aquella incesante oración llena de auto convencimiento por lo que había presenciado y la culpabilidad que conllevaba el no poder evitarlo no ayudaban en absoluto.

La cruda lluvia nocturna se precipitaba sin compasión contra su cuerpo, no obstante, no lograba sentir humedad o frío en su organismo. Escasamente podía percibir como el agua se deslizaba con parsimonia por sus magulladas mejillas, como si el cielo pretendiese llorar en su lugar y limpiar sus sangrantes heridas en el proceso.

Qué patético se sentía al no ser capaz de derramar una lágrima por ella, a pesar de sentir que la tierra se abría bajo sus pies y que moría en vida. La maldita naturaleza estoica heredada de su madre se lo impedía.

Dolor. Experimentaba un indescriptible e inhumano dolor que parecía desgarrar su corazón en mil pedazos, y desintegrar algo tan intangible como su alma. Sin embargo, su pecho no era lo único destrozado, sino también sus cuerdas vocales que se negaban a emitir sonido alguno tras ese grito lleno de agonía, luchando ahora por articular algo más que el nombre de su amada.

Tal vez había perdido el derecho de mencionarla por el simple hecho de haberle fallado. Aquel pensamiento le robó el aliento, a tal punto que ya no podía respirar debidamente.

Posterior a ello vino la desconexión con su entorno. No podía escuchar las patéticas burlas y comentarios de su enemigo, quien proclamaba totalmente airoso su retorcida victoria, susurrando como una vil y venenosa serpiente contra su oído. Solo resonaba en él una voz interior que le repetía una y otra vez:

"¿Te sirvió de algo ser siempre el mejor y jactarte de ello cada vez que podías?"

-"No, no sirvió de nada".

"¿De qué sirvió arriesgar y sacrificar tantas vidas a tu conveniencia solo para rescatarla?"

-"No sirvió de nada".

"Todo este río de sangre, ¿para qué? ¡Para perderla en un segundo y no poder hacer nada para impedirlo!"

-"Se suponía que Sango debía de ponerla a salvo si no daba con ella primero. Pero, no la culpo. La responsabilidad es mía por no encargarme directamente de ello".

"Oraste a ese supuesto 'Dios' en el que no creías. ¿Para qué? ¡Tus súplicas no fueron escuchadas!"

-"Estaba desesperado y acudí al Dios en el que ella creía fielmente. Necesitaba agotar todos mis recursos para que viviera".

"¡ERES UN COMPLETO FRACASO, SESSHOMARU TAISHO!"

Maldecía aquella voz que le restregaba la realidad en el rostro. Sí, había fracasado como nunca antes lo había hecho, lo que gatilló la pérdida más grande de su vida. Sentir remordimiento no ayudaría a traerla devuelta.

Pues bien, pronto él se reuniría con ella y no iba a hacer nada para impedirlo.

¿Qué más daba de todos modos?

Ese bastardo había ganado antes de empezar la jugada, pues sabía que iría tras sus pasos y preparó una emboscada nunca antes vista. Con algo de suerte los sobrevivientes de aquella masacre podrían retirarse; heridos, pero vivos. Sin su líder, todo sería más sencillo. Ellos sabrían cuándo detenerse, y eso sería cuando Naraku sostuviera su cabeza y la exhibiera al mundo como un merecido trofeo.

¿Para qué ir contra lo inevitable?

Sus fuerzas intrínsecas lo habían abandonado, tenía una extremidad menos, el tiempo parecía haberse detenido y ya no podía más consigo mismo. Sesshomaru Taisho, el indestructible, poderoso e inigualable agente del centro de inteligencia japonesa se rendía.

Deseaba morir.

Al diablo con todo, solo quería estar con ella; en el más allá o en la siguiente vida.

-"Rendirse nunca será una opción para ti, hijo. Es el sendero de vida que has elegido por propia voluntad".

Esas palabras. Claro, era la inconfundible voz de su fallecido padre. Por un momento, pudo ver su figura de cuclillas frente a él, sosteniendo su hombro con firmeza y cierta emoción que no podía identificar. ¿Cansancio?, ¿compasión?, tal vez ambas.

Esa escena correspondía al día en que el patriarca de la familia Taisho se enteró de su ingreso al centro de inteligencia, cuyo hijo enfatizó tajantemente que no había nada que pudiese hacer al respecto para impedirlo.

Luego, se distinguió en sus ojos un dejo de decepción, pero no hacia Sesshomaru, sino a sí mismo al fallar como padre por ser un agente de renombre.

-"Con ello enfrentarás cosas que ni siquiera imaginas. Cosas que te quitarán un pedazo de humanidad o corazón en algún punto". –Prosiguió hablando con sabiduría y experiencia- "Sin embargo, pase lo que pase, nunca te rindas ante la desesperación o el sufrimiento. Debes ser fuerte, jamás vacilar y menos retroceder".

- "Piensa que hoy eres tú el que sufre, pero el día de mañana serán tus enemigos quienes llorarán lágrimas de sangre y exhalarán su último aliento pronunciando tu nombre". –Irasue aparecía en su mente, tras las incesantes sesiones de entrenamiento en su niñez- "Nunca le des la satisfacción a un enemigo de verte derrotado. Puedes fingir, pero estarlo jamás".

No, simplemente no podía luchar contra el naciente deseo de abandonarlo todo. No tomaría en cuenta las memorias que aparecían una tras otra en su mente, que mecanizaban y ahondaban su respiración poco a poco, agitando los fragmentos de corazón que estaban revueltos dentro de su pecho.

Sin Rin nada tenía sentido. La oscuridad perpetua era más tentadora que un mundo sin luz y calor.

Tan inmerso se encontraba en sus recuerdos y conflictos existenciales que no notó cuando Naraku se alejó de él, indicándole a uno de sus subordinados que se encargara del trabajo sucio, para disfrutar por completo la escena de decapitación y en primera fila.

Lo que parecían ser largos minutos de agonía para Sesshomaru, en realidad fueron escasos segundos para los demás espectadores que veían derrotado al peli plateado.

Tan roto y vulnerable se veía que Naraku supo que realmente había ganado, y demasiado fácil. Sin duda, esa mujer lo había vuelto débil y patético. Por un lado lo agradecía ya que pronto obtendría su tan anhelada venganza y huiría muy lejos de ahí. Pero, su lado más sádico y retorcido deseaba más, pues sabía que una sed asesina radicaba en Sesshomaru.

Pero lo que Naraku ignoraba por completo, es que un pequeño y cálido rayo de luz invadió aquella oscuridad autoimpuesta en el hombre que yacía frente a él en quietud absoluta. Era la silueta de una mujer de largos cabellos negros, sentada frente a él sobre una toalla muy cerca de la orilla de la playa. Le daba la espalda mientras sujetaba un sobrero de corte inglés sobre su cabeza, ya que la brisa marina amenazaba con hacerlo volar lejos de donde se encontraban:

-"¿Sabes, Sesshomaru? Hay algo de ti que siempre he admirado" –Era Rin Higurashi. Recordaba aquella salida de verano un par de años antes, donde el naranjo atardecer pintaba como acuarela su blanquecina piel al lucir ese traje de baño de dos piezas que tanto le agradaba observar en silencio-

-"Sandeces. Alejar a los vendedores ambulantes no es una cualidad, boba" –Se había burlado aquella vez, recibiendo una suave y discreta negación por parte de su acompañante. Aunque en realidad alejaba a cualquier persona que osara a acercarse o mirarla indebidamente. Era tan hermosa a sus ojos que nadie sería digno de ella, ni él mismo a su parecer- "¿Qué es entonces?" –Cuestionó disimulando su intriga con un tono de voz plano y monótono-

-"Posees una gran determinación cuando te propones algo. Nunca te detienes o vacilas. No sientes miedo o si lo sientes lo disimulas muy bien". –Puntualizó sin dejar de observar el horizonte, sin variar aquella melodiosa y cálida voz al hablar- "Yo no tengo esa cualidad. Soy un libro abierto donde cualquiera puede adivinar lo que pienso o siento. Así que espero que nunca cambies esa aptitud, quizás el día de mañana te lleve a la grandeza".

Tras decir aquellas palabras, ella había girado levemente su cabeza, regalándole una hermosa y amplia sonrisa que borró con premura al ver como su hermana mayor, Mei, se acercaba donde ellos conversaban gustosamente.

Rin Higurashi como siempre iluminando con su presencia hasta la más profunda oscuridad. La nubosidad de su mente batallaba fervientemente por predominar y opacar a la luz que se abría paso con cada nuevo latido de su corazón.

Dos senderos, una elección: luz y oscuridad, ¿Cuál elegir?

Su cuerpo magullado comenzó a tensarse poco a poco, siendo tan imperceptible que el hombre que se acercaba a él no lo notaba a simple vista. Sus dientes rechinaban en una baja sintonía. Fue tan débil que fue opacada fácilmente por el sonido de un sable recién desenvainado.

La ira crecía al igual que la adrenalina en su torrente sanguíneo y sistema nervioso central. Ya no veía todo negro. No, ahora comenzaba a ver rojo, tan rojo como la sangre que deseaba derramar.

Naraku había mencionado el ascenso de demonios y la caída de ángeles, pero lo que ese repugnante ser ignoraba es que todo lo que sube debe bajar. Si él caía… varios caerían a su lado, incluyendo a Naraku. No le daría la satisfacción de sobrevivir.

No, no podía rendirse. Rin merecía un último esfuerzo, un último aliento y ser debidamente vengada.

Una vez que fue saliendo de aquel letargo de crisis existencial, sus sentidos comenzaron a activarse uno por uno. Su visión comenzaba a agudizarse y distinguir movimientos; sus oídos percibían el sonido de la brisa que los envolvía junto con el estruendo de los truenos en el firmamento cubierto de nubes grises; su olfato comenzaba a detectar el aroma a sangre, tierra mojada y a mar salino; podía sentir sus uñas encarnadas en la palma de su mano y su boca estaba cubierta por aquel líquido metalizado que deseaba escupirle en la cara a su enemigo.

Naraku, sosteniendo la pañoleta de Rin en su mano, inhaló sonora y profundamente el dulce aroma que emanaba de la prenda para mosquearlo una última vez antes de su ejecución, hablando con notorio desdén:

-Sesshomaru cuyo nombre significa 'Perfecto Asesino' realmente resultó ser un 'Perfecto Fracaso'. –Carcajeó viendo como su subordinado comenzaba a alzar angularmente el sable sobre el cuello del agente- Mándale saludos a tu padre en el infierno.

"Nunca le des la satisfacción a un enemigo de verte derrotado. Puedes fingir, pero estarlo jamás".

-Dáselos tú mismo, bastardo.

Aquel hombre masculló entre dientes la respuesta a la provocación de su adversario, alzando su mirada ambarina tan característica y dejando en evidencia algunos destellos rojizos alrededor del iris.

Lo demás sucedió tan rápido que fue casi increíble al ojo humano vivenciar aquello. Cuando el brazo de aquel ejecutor iba descendiendo en dirección al cuello de Sesshomaru, un rayo cayó del cielo gris impactándole de lleno gracias al canal conductor que sostenía entre sus manos.

Una tormenta impasible y la manipulación directa de un metal al aire libre definitivamente no era una buena combinación.

La explosión producto de la caída de aquel fenómeno climático se dejó sentir sobre la terraza de aquella enorme bodega, lanzando el cuerpo del ejecutor por los aires, el cual cayó con fuerza a varios metros de distancia del punto de impacto. Naraku y sus tres subordinados restantes también cayeron a piso producto del choque de energía contra concreto sin poderlo evitar.

Como era de esperar, al pelinegro no le importó ver como aquel hombre a su servicio moría producto de las graves quemaduras en su cuerpo, mucho menos las magulladuras en sus hombres y su shock inicial por lo vivido.

No, Naraku Wakahisa solo tenía ojos para lo que estaba observando frente a él. Sesshomaru Taisho se incorporaba como si hubiese renacido entre el humo y la lluvia. No había un vestigio en su cuerpo o rostro que dejara entrever la debilidad que lo aquejaba momentos antes.

No, lo que apreciaba era el despertar del demonio interno que siempre buscó estimular desde el principio de aquella cruzada infernal.

Al contrario de lo que se esperaría en cualquier ser humano o situación similar, él no temió. Simplemente sonrió complacido y se mostró extasiado a lo que podría enfrentarse. Sin dudas Sesshomaru Taisho era un cofre lleno de satisfactorias sorpresas y estaba ansioso por descubrir esta nueva faceta.

-Hora de saldar cuentas, maldito.

Le escuchó decir desde su posición, haciendo tronar su cuello al hacer un ligero movimiento giratorio. Su voz era gruesa y decidida, tal como años antes en su último enfrentamiento, pero con una oscuridad interna de la cual no había sido testigo con anterioridad.

-Ya era hora, Yako. Todo se estaba volviendo aburrido y predecible. –Contestó chasqueando sus dedos, poniendo alerta a sus sirvientes- Pero antes de eso, hay que hacer las cosas más interesantes. Ustedes tres: acaben con él. –Ordenó sonriendo torcidamente y guardando la pañoleta de Rin en su bolsillo- Si logras vencerlos ven por esta prenda. Es lo único que te queda de ella después de todo.

Y arriesgándose a sufrir una descarga eléctrica por la manipulación del metal, Taisho cogió con su mano derecha la empuñadura de aquel sable restante y se dispuso a esperar el primer paso de sus enemigos. Afortunadamente, no sufrió consecuencias por ello. Al parecer ese cruel Dios en el que Rin creía o por equis azares del destino, ambos conceptos estaban a su favor.

Vio como Naraku se acercó a la puerta emergencia para huir de aquel lugar, pero al intentar alcanzarle sus subordinados le cubrieron las espaldas, impidiendo su cometido.

-Nos vemos, Yako. Es decir, Sesshomaru Taisho. –Se despidió burlonamente Naraku, con un toque malicioso en sus orbes rojizos- Esta pañoleta y yo estaremos esperando por ti.

Tras decir aquellas últimas palabras, desapareció por aquella salida que daba a las escaleras interiores y las de emergencia exterior.

-Bien, les daré una última oportunidad, bola de ineptos. –Habló sin perder de vista ningún movimiento de quienes estaban frente a él, voluntario o no, ya que uno de ellos realmente se veía asustado sosteniendo su arma- Bajen sus armas y sables, retírense pacíficamente y tendrán una noche más de vida.

Los tres hombres se observaron entre sí, pero nadie articuló palabra, quedando atónitos tras escucharlo:

-O por el contrario; quédense y morirán.

Finalizó su advertencia, siendo ignorante de que aquellos destellos rojizos comenzaban a mezclarse con sus orbes ámbares que relucían como el oro recién fundido. Era cosa de tiempo para que se fusionaran por completo.

-¿Temer por un hombre casi moribundo y mutilado? –Contestó uno de ellos, un hombre muy cercano a la edad del peli plateado- ¡Ni de joda!

El aludido alzó una de sus cejas lastimadas en respuesta a tal comentario sin un grado de sentido común. Realmente ese sujeto no sabía con quién se estaba metiendo, aunque si estuviese en desventaja física:

-¿Es lo que quieren? Por mi está bien. –Sentenció girando hábilmente la empuñadura de su arma para cogerla con decisión y comodidad- ¿Quién quiere morir primero?

El choque de espadas no tardó en escucharse en aquella terraza, turnándose entre ellos para intentar derribar al 'lisiado moribundo' que solo perdía el tiempo hablando demás. ¿Qué podría hacer él en su miserable condición? Nada.

No obstante, cuando vieron que sus ataques estaban siendo inútiles y que respondía con una fiereza sin igual, intentaron dispararle y detener sus hábiles tácticas de defensa y ataque, con el fin de dejarlo fuera de combate.

Pero, lo que ninguno de ellos contempló es que ya no era un hombre normal el que luchaba contra ellos, sino un demonio sediento de sangre, el mismo que enterraba sin contemplaciones la hoja su sable en el estómago de aquel iluso ser que le subestimó e intentó burlarse de su 'condición'.

Su mirada ya totalmente rojiza se detuvo en los dos hombres restantes, mientras el cuerpo del sujeto caía al piso cuando Sesshomaru liberó aquella hoja incrustada en su carne de una sola patada.

Sus pasos se encaminaron en dirección a esos hombres mientras la hoja de su arma aun goteaba la sangre espesa de su patético adversario… y ellos eran los siguientes.

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El tiempo y la percepción son elementos subjetivos, y en consecuencia de ello, las acciones que ocurren a nuestro alrededor parecen suceder y afectar de distintas maneras a sus espectadores, todo dependiendo del punto de vista en que lo vivencian.

Sesshomaru Taisho y Sango Taijiya eran un ejemplo claro de ello. Ambos vivenciaron un fatídico disparo, pero en diferentes puntos de vista, distancia y tiempo.

La ajetreada agente, en un tiempo pasado, escuchó a la protagonista de una serie de televisión estadounidense decir que "el carrusel nunca deja de girar". Nunca le dio importancia o mucho sentido a esa frase, pero aquella noche lo comprendió en la peor de las situaciones. A su parecer, la vida se asemejaba a ese maldito carrusel y a muchos les habían detenido su viaje esa jornada. No importó la edad, sexo o bando; simplemente eliminaron el movimiento giratorio de las vidas ajenas porque la supervivencia propia es primero.

Sí, luchaban por sobrevivir, puesto que el enemigo les golpeaba con fuerza y sus compañeros seguían disminuyendo de manera letal. ¿Dónde demonios se habían metido? ¿En la boca del lobo o al infierno mismo? Sango ya no lo tenía claro, pero anhelaba fervientemente que todo acabara pronto, pues parecían estar dentro de una larga y tormentosa pesadilla que parecía nunca cesar.

-Quédate quieta, por favor. -Le solicitó Miroku con preocupación, sosteniendo una delgada soga entre sus manos-

La mujer ahogó un sonoro quejido mientras él aplicaba un improvisado torniquete en su pierna derecha, utilizando una soga que había encontrado en el lugar. Ella le observaba quieta, con ganas de maldecir al caprichoso destino por hacerles vivir aquello.

Ajeno a sus pensamientos, el agente siguió su proceder, evitando que la herida de bala siguiera sangrando sin control. Por un momento, creyó que le habían atinado en la arteria debido a la cantidad de sangre que perdía. Milagrosamente, su enemigo erró por poco. De no ser así, la chica hubiese muerto desangrada en cosa de minutos.

Ella observaba las hábiles manos del agente hacer su tarea, ocupándose de la herida a la altura del fémur que dejaba de sangrar poco a poco, corroborando que la bala seguía almacenada dentro de la extremidad. Cuando le vio finalizar, agradeció en un murmullo y tras dar un par de pasos, corroboró que el torniquete le permitía moverse en cada avance en el área de combate, evitando y confrontando los incesantes ataques de sus enemigos.

Cada segundo contaba y debía realizar una misión a toda costa, pues el mundo no era el único factor lleno de capricho y deslealtad; el tiempo también lo era y jamás le subestimaría. Los inconvenientes siguieron apareciendo y tendiéndoles malas jugadas, donde al parecer, sus adversarios poseían cargas infinitas de balas, ya que el fuego cruzado nunca finalizaba.

-Los refuerzos ya vienen en camino. Debemos resistir hasta que la milicia y las fuerzas locales lleguen. –Informó Miroku realizando rápidamente el cambio de municiones- Tardarán media hora por lo menos.

Cuánta frustración sentía Taijiya al escuchar a su fiel compañero. ¿Por qué tardar casi media hora? De la milicia se lo esperaba, pero las estaciones de policía más cercanas estaban a menos de quince minutos. ¡Que era una jodida emergencia y no un simulacro!

Golpeó con su puño la caja de madera que cubría su posición, ya que el apoyo llegaría demasiado tarde a combatir aquella masacre. Estarían acabados sino hacían algo pronto.

-No me importa qué tengan que hacer, ¡necesito llegar al otro lado! –Reclamó con desesperación contra la poca efectividad que tenía su grupo, ya que parecían retroceder diez pasos por cada uno que lograban avanzar- ¡Tengo una misión que ejecutar!

-¡Como todos, Sango! –Rebatió el pelinegro que seguía contraatacando a quienes pretendían acercarse al improvisado refugio donde se ocultaban- ¡Por si no lo notas no eres la única que juega un papel en todo esto!

-No te atrevas a hablarle así a un superior, Saionji. –La mujer habló con firmeza poco usual, llamándole por su apellido por primera vez en años, cosa que lo dejó levemente descolocado- Debo encontrar a la chica antes que la maten. –Explicó quitándose el estorboso casco de visión nocturna que estaba empañado, carente de una buena visibilidad por la lluvia- ¡Y su deber es mantenerme con vida hasta que lo logre! –Ordenó, ejecutando por primera vez su rango superior frente a él y los demás-

El dolor se reflejó en los ojos de ambos, más allá de lo físico. A una le carcomía por dentro pronunciar aquellas palabras al hombre que amaba, y a otro el escucharlas con la prepotencia y convicción que un líder de grupo puede llegar a demandar, y que Sango omitiera el hecho que solo pretendía mantenerla a salvo, puesto que no estaba preparado para perderla ni en el presente que los aquejaba o en un futuro que se volvía cada vez más incierto.

Un sonido en el auricular de Taijiya le hizo ignorar las réplicas de Miroku Saionji, quien a pesar de manifestarse en un incómodo respeto jerárquico, le hacía saber que estaba en un grave error al exponerse de esa manera. La mujer le hizo una señal para que cerrara la boca, lo que al agente no le hizo ni una pizca de gracia.

-¿Qué ha sido ese ruido, Sesshomaru? -Preguntó notablemente preocupada al escuchar un fuerte estruendo proveniente del comunicador de su malhumorado compañero, quien ya debía de haberse internalizado en la bodega del puerto. Fue como si algo pesado cayese sin parar y luego se detuviese con un gran bullicio.- ¿Sesshomaru? –Insistió en recibir una respuesta, pero otros captaron su atención- ¡Demonios!

La pelinegra disparó contra un par de malhechores que se habían agrupado estratégicamente, intuyendo que su equipo deseaba avanzar hasta la siguiente zona cubierta a la menor oportunidad. Luego, un grito desgarrador se escuchó al otro lado de la línea y Taijiya supo de inmediato que las cosas se estaban complicando realmente para Taisho.

-¡Sesshomaru, responde! –Exigió saber al borde de la desesperación. Sabía perfectamente que el peliplateado no era la clase de persona que manifestara aquel grado de dolor ante sus adversarios- ¿Qué mierda pasa allí? ¡Contesta, maldición!

Un crujido le hizo saber que el aparato había sido destruido y que toda forma de comunicación con Taisho fue cancelada. Su mirada perturbada le confirmó a su equipo que algo realmente grave sucedió y que debían avanzar lo antes posible. La pregunta era, ¿cómo hacerlo sin morir en el intento?

Inesperadamente, una de las reclutas habló llamando la atención de todos ellos. Estaba apoyada contra una caja de madera, sentada contra el piso mojado y desangrándose poco a poco debido a unas heridas de bala en su pecho y bajo vientre:

-¿Qué le parece realizar un 'máximo esfuerzo'?

-Denegado. –Se rehusó de inmediato, pues al parecer la joven había tomado muy en serio sus palabras anteriores- No sacrificaré más vidas. Buscaremos otra forma.

-No la sacrificará porque es mi decisión, señora. –Sonrió dejando lucir sus dientes manchados de sangre, acumulando lágrimas desdichadas en sus ojos grises- Aun me quedan tres cargas para mi arma de servicio y una granada. –Tosió un poco más del espeso líquido carmín en su puño, restándole importancia al hecho de estar agonizando- Lo primero es suyo… lo demás déjemelo a mí.

Miroku se acercó a ella con el objetivo de convencerla de retractar sus palabras, no obstante la muchacha fue más rápida que él. Antes que pronunciara palabra, la rubia se aferró a sus hombros para utilizarlo de apoyo, logrando incorporarse con algo de dificultad debido a sus heridas. Una vez de pie, descansó su espalda contra la madera de la caja que les cubría del ojo enemigo.

Con su mano ensangrentada y temblorosa, le extendió su arma y cargas restantes a Sango. Sin embargo, mantuvo empuñada con fuerza la granada de tono verdoso en su mano, reuniendo el valor necesario para enfrentar a la muerte.

-Estás proponiéndome ser carne de cañón, niña. –Expuso abiertamente la superior a cargo, con el corazón apretado-

Luego de unos segundos, añadió con una valentía envidiable muy poco usual a su corta edad:

-Prefiero morir siendo útil que solo esperar aquí a lo inevitable. Es por eso que la libero de toda responsabilidad, señora Sango. –Indicó la agente dibujando una débil sonrisa en su rostro- Yo, Midori Takahashi, soy plenamente consciente de mis actos y el cumplimiento de mi deber, porque así ustedes cumplirán el suyo.

Midori, se llama igual que mi madre, pensó Taijiya al borde de un colapso emocional. No estaba de acuerdo y repudiaba con todo su ser la propuesta de aquella chica. No obstante, la muchacha le recordaba a su propia madre, no solo por la coincidencia de nombre. Era la misma entrega altruista con tal de salvar a otros.

Sin tiempo de pensarlo demasiado, correspondió su decisión con una leve reverencia en señal de respeto, indicándole que cubrirían el perímetro tanto como les fuera posible para que enfrentara el destino que ella misma había elegido.

La carrera contra la muerte dio inicio. La rubia corrió tan rápido como le permitían la gravedad de sus heridas. A sus espaldas, el equipo disparaba a los adversarios que trataban de detenerla. El bando enemigo no dudó en aumentar su ataque. Algunos proyectiles impactaron contra su debilitado cuerpo nuevamente y antes de sucumbir, la muchacha logró llegar a su objetivo dejando que su granada hiciera su labor, acallando momentáneamente los disparos gracias al fuego naciente y avasallador producto de la explosión, donde el humo rosáceo y luego de un tono negro dificultó la visibilidad en el perímetro.

Era la señal que esperaban y no dudaron en avanzar, en medio de lágrimas y lamentos silenciosos. Debían ser fuertes y no detenerse, haciendo honor y no malgastando el sacrificio de aquella valiente chiquilla que no debía de superar los veintitrés años de edad.

Lo demás ocurrió tan rápido como los minutos dentro del reloj de arena en el cual estaban inmersos. Los proyectiles abundaron como si fuera un campo de batalla de la tercera guerra mundial, donde la sangre corría por el piso como un río macabro, y los gritos eran la sonata de la muerte que les rodeaba y perseguía para cubrirlos con su frío manto.

Sango debía mantenerse serena y tratar de hallar a la chica Higurashi lo antes posible. La pregunta era dónde la mantenían oculta. Ella comenzaba a barajar opciones; tachaba que estuviese al interior de la bodega, puesto que los demás agentes en el lugar habrían dado la alerta respectiva de su posición.

En un caso hipotético, si ella fuera un criminal como Naraku Wakahisa, ¿dónde la tendría prisionera para someterla? No dudaría en tenerla encerrada en un lugar aislado del ruido con tal de que sus gritos de auxilio no fueran audibles al mundo exterior; un sitio fétido, húmedo y con roedores; con poca luminosidad o nula para darle un aire más aterrador.

¿Qué sitio similar reunía esas características en aquel muelle? Una cámara subterránea.

-Demonios, podría estar en cualquier sitio bajo esa bodega.

Concluyó frustrada, mientas alertaba a las unidades al interior del edificio para que buscaran un compartimiento que no contemplaban los planos y que conectara a una cámara subterránea que desconocían hasta el momento, puesto que no podía pasar nada por alto.

No obstante, lo que Sango Taijiya ignoraba por completo, es que un golpe de suerte llegaría a su favor sin esperarlo. A unos veinte o treinta metros de donde se encontraban, unas siluetas desconocidas emergieron por un ducto que no habían vislumbrado y que estaba muy cercano al puente del muelle.

Una de esas siluetas pertenecía a una mujer de largos cabellos marrones y bastante despeinados; vestía un abrigo aparentemente costoso de tono blanquecino, el cual llevaba abrochado y tenía manchones de sangre encima. Sus medias oscuras estaban rotas y por algún motivo no portaba zapatos.

La otra figura correspondía a una mujer de cabellera negra y corta, la cual se empapaba con rapidez por el manto de lluvia que la recibía en el exterior; usaba zapatos bajos de tono marrón; calzas de tela negra y una blusa a cuadros estilo maternal que dejaba relucir una prominente panza. Sus manos y pies estaban atados, lo que le impedía moverse con libertad y agilidad ante los contantes empujones que le brindaba la otra joven, y que de manera cobarde, la utilizaba de escudo humano contra las nacientes amenazas.

Sango no tenía duda alguna. Era Rin Higurashi. La reconocería en cualquier parte, debido a que unos meses atrás ella tuvo contacto estrecho con la joven, haciéndose pasar por una madre que acompañaba a su pequeña hija a tomar clases de cello, aprovechando la instancia de ser "vecinas".

Esa era la gran oportunidad que estaba esperando.

Rápidamente ordenó a sus hombres cubrir su espalda y el área por la que se desplazaría, esta vez no recibiendo ninguna negativa puesto que había logrado llegar a un lugar que podía permitirle llegar sin demasiadas dificultades a su anhelado objetivo.

Revisó su carga de municiones, y tras corroborar que tenía lo suficiente, emprendió su carrera contrarreloj. No percibió la lluvia, ni el sonido de sus botines de campaña contra los charcos de agua sobre el pavimento, mucho menos los proyectiles que silbaban cerca de su cuerpo y cabeza mientras corría cual maratón olímpica.

Cuánto agradecía que Rin Higurashi se desplazara de manera torpe y lenta debido a sus ataduras, solo tenía que aguantar un poco más hasta que llegara a su lado. Mas lo que no esperó fue que la otra mujer empujara a la pelinegra detrás de un barril petrolero, sin contemplaciones ante su evidente estado de gravidez, y que se atreviera a dispararle tras verle avanzar en su dirección.

La agente había sido descubierta y hábilmente logró evitar los proyectiles en su contra, iniciando un nuevo fuego cruzado contra la que sería la mayor de las Higurashi, Mei, la ex esposa de Sesshomaru.

Estando a menos de diez metros era más sencillo reconocerla, pero era evidente lo mucho que había cambiado tras verle en las fotografías de los archivos, seguimiento de actividades, y por último, en el tribunal tras enjuiciar al patriarca de la familia, Masayoshi Higurashi. Ya no era aquella mujer seria, de porte elegante, tan fresca y bella como podía ser una jovencita de su estatus social. No, al contrario. Estaba demacrada, ojerosa, sucia, y con los ojos turbios por el resentimiento y la aparente falta de cordura.

Hubo un cese al fuego por ambas partes. Desde su posición detrás de un barril vacío, Sango observó cómo Mei jalaba con brusquedad a su hermana por los cabellos con tal de incorporarla del piso. Una vez que Rin estuvo de pie, Mei Higurashi se posicionó tras ella y le apuntó directamente a la cabeza:

-¡Aléjese o disparo! –Amenazó en voz alta, asegurándose que la agente la escuchara a través de la lluvia incesante- ¡No me interesa matar a esta zorra!

-¡Baja el arma, Higurashi! –Ordenó con cautela Taijiya, saliendo detrás de su único escudo cercano, apuntando su arma de servicio- ¡No cometas una estupidez!

-Por favor, Mei, ya basta, por favor. –Suplicaba Rin con los ojos llorosos, intentando liberar las amarras que mantenían prisioneras sus manos, omitiendo el dolor de estar restregando la soga contra su lastimada piel, ya que solo deseaba tocar una vez más su abultado y maltratado vientre- Te lo suplico…No hagas esto, por favor.

-¡Tú, cierra la boca! –Presionó la punta de la pistola contra su sien, retrocediendo a una orilla de aquel puente, haciendo soltar un quejido desesperado a su rehén- ¡Todo esto es tu maldita culpa, zorra traidora!

-¡Quieta, Higurashi! ¡No volveré a repetirlo!

-¿Crees que me da miedo morir, agente de pacotilla? –Se burló liberando una tétrica risa sarcástica, llegando a la orilla del puente de madera finalmente- ¡Moriré de ser necesario, pero ella viene conmigo al infierno!

-Te lo suplico, por favor, piensa en mi hijo, Mei. –Rin imploraba al último rastro de humanidad en su hermana, hablando atropelladamente. Su cuerpo estaba notoriamente debilitado y sentía que en cualquier momento se desvanecería. Tal vez ni siquiera tendría las fuerzas para despertar nuevamente- ¡No le hagas esto, si hay una culpable soy yo, pero él tiene derecho a nacer y a vivir!

-Yo solo quería tener un hermoso hijo de mi esposo; formar mi propia familia como la de mamá y papá…

Los perfectos dientes de Mei comenzaron a chirrear producto del odio, quitándole el seguro a la pistola, haciendo tragar en seco a su hermana menor, pues sabía que ella estaba decidida a acabar con su vida próximamente.

Sango, por otro lado, estaba desesperada, tratando de analizar algún punto débil que no hubiese contemplado o que Higurashi diera un paso en falso y darle el chance de detener su propósito, pero la maldita cobarde estaba oculta estratégicamente para que no la lastimaran.

Si deseaba dispararle, tendría que hacerlo a través de Rin, y eso no era una opción.

-Por un momento, creí que lo haría… -Prosiguió con su monólogo lleno de lamento y planes frustrados- Pero tú, Rin, te encargaste de sepultar todos mis sueños y esperanzas. Sedujiste a mi esposo, destruiste mi familia, acabaste con mi padre…

-¡Yo no tuve nada que ver! –Interrumpió desbordando en llanto la pelinegra-

-¡Si lo hiciste! –Poco a poco iba saliendo de su escondite, pero no lo suficiente para estar en la mira de la agente Taijiya- ¡Todo es tu culpa! ¡Me lo debes! ¡Me debes mi vida, la vida de tu hijo! ¡Di que lo sientes, maldita, dilo, dilo, dilo!

Un silencio sepulcral se instaló entre el trío de mujeres, siendo aprovechado con cautela por la agente para avanzar con disimulo un par de pasos más. Quizás eso le diera otra percepción a su favor, ignorando por completo la paliza que recibía el agente Taisho en la terraza de la bodega.

-No, no lo haré. –Habló Rin abriendo sus ojos, centrándolos en la agente que seguía acercándose cada vez más sin que Mei se percatara- Dispara si es lo que quieres, Mei…

-¡Higurashi, no juegues con fuego! –Reprendió Sango sin creer lo que escuchaba-

A pesar de que su cuerpo temblaba al igual que su voz, su mirada vidriosa se alzó al cielo esperando que su amado estuviese bien. Si todos esos agentes estaban ahí, luchando y muriendo, es porque Sesshomaru si había estado buscándola. Sonriendo de manera casi imperceptible, aceptaba su destino, pues esta vida no había sido la indicada para estar con él.

Mei la mataría de todas formas.

-Sin embargo… Te perdono, Mei. -Se detuvo un breve momento, en el mismo instante en que a varios metros de distancia obligaban a Sesshomaru a observar la escena que acontecía- Por todo, y lamentaría estar en tu lugar, porque la muerte de un ser inocente te perseguirá el resto de tu existencia, hermana.

¿Perdón? ¿Por parte de ella? Mei Higurashi no terminaba de creérselo. Su mano tembló un cuarto de segundo, pues deseaba acabar con ella, y realmente tenía motivos de sobra para hacerlo. No obstante, un lado racional le pedía a gritos que no lo hiciera, que era ella misma la que erraba y que obraba mal. Al final de cuentas estaba siendo como su padre, deshaciéndose de todo lo material y humano que le estorbaba en sus planes.

Era su hermana menor, y en algún recóndito lugar en su corazón, aun sentía afecto por ella.

Pero, merecía pagar su traición. ¡Al diablo su hijo también!

Y fue en ese preciso instante, en aquella vacilación, lo que hizo que su mano temblorosa disparara de todas maneras contra aquella mujer indefensa, apagando en su ser el rayo de racionalidad, bajo la oscuridad de la locura y el deseo de venganza por parte de Mei.

Mismo disparo que fue acallado por el sonido de un relámpago que cruzó el oscuro firmamento nocturno.

Sin embargo, el impacto provocado por la mujer no fue directo, sino que el ángulo del proyectil fue levemente alterado. Erró por muy poco, rompiendo el cuero cabelludo de la zona parietal del cráneo de Rin, teniendo por consecuencia que se desmayara en el acto y cayese irremediablemente al mar bravo producto de la tormenta, hundiéndose bajo las olas que golpeaban los pilares de aquel puente del muelle.

Aquella escena hizo hervir la sangre de la agente. Sin pensarlo dos veces, abrió fuego contra aquella inhumana mujer cuando Rin iba cayendo en cámara lenta frente a sus ojos.

Pero, ella no era Mei Higurashi. No, era Sango Taijiya, y ella no fallaba.

Le impactó una bala de lleno en pecho, muy cercano a su corazón, y antes que la mujer apuntara su arma contra ella, le disparó en la zona frontal, acabando con su miserable vida de inmediato. Su cuerpo cayó de espaldas contra el piso mojado y su sangre comenzó a teñir el pavimento. En lo terrenal ya había recibido su merecido, pero en el infierno le esperaban cosas mucho peores, de eso estaba segura.

Sin detenerse a pensar demasiado, dejó caer su arma de servicio y corrió hasta la orilla del puente, dejándose caer al mar para ir en busca del cuerpo de Rin. Nadó con dificultad, puesto que la corriente marina le jugaba en contra, pero pudo ver la figura de la joven descendiendo lentamente hasta el fondo marino, dejando un hilo de sangre a su paso que se camuflaba en el mar.

La herida de su pierna volvía a doler producto del agua salina, pero eso no sería motivo suficiente para detenerla. Una vez que le dio alcance, le cogió por detrás y comenzó a ascender lo más rápido que podía. Al llegar a la superficie, inhaló una buena cantidad de oxígeno para sus agotados pulmones y pudo distinguir una voz conocida tras ella:

-¡Taijiya, vamos por ti!

Era Irasue Taisho quien venía al rescate en su bote, acelerando su rumbo hacia las mujeres que estaban flotando y siendo golpeadas constantemente por las olas. Una vez que estuvieron a su alcance, con ayuda de otro de sus agentes, lograron subir a la pelinegra que no daba señales de vida y a Sango. Desataron sus amarras con un cuchillo afilado y comenzaron con la reanimación, intentando traerla a la vida.

Taijiya observaba aquello, orando para que la muchacha reaccionara, por su bien y del bebé que estaba en su vientre. El masaje cardiaco proporcionado por Irasue prosiguió mientras uno de sus subordinados iniciaba la marcha hacia otro punto seguro en el muelle y trasladarla a un centro asistencial, porque definitivamente no permitirían que muriera aquella noche o cualquier otra.

Sentada y apoyada contra el respaldo de aquella pequeña embarcación, vio un bulto cubierto por un plástico. Guiada por su curiosidad, sabiendo de antemano que podía tratarse de un cadáver, elevó una de sus esquinas, llevándose la amarga sorpresa de ver a uno de los suyos: Jaken, el fiel asistente de Sesshomaru, muerto y con claras señales de haber sido torturado y estrangulado. Las heridas en su cuello le delataban.

De seguro que aquel hombrecillo había sido capturado con el objetivo de extraer información, algo que les dijese sobre los futuros pasos o planes de Sesshomaru, pero conociendo el amor y devoción hacia su "jefe bonito" dudaba mucho que pudiesen conseguir mucho de él.

Las ambulancias estaban detenidas en un centro específico del muelle, ya que no tenían permiso para avanzar mucho más, debido a la gran masacre que podía evidenciarse desde aquel punto. El mismo agente que conducía aquel bote anunciaba la llegada de un rehén herido y que estaba en peligro de muerte, motivo por el cual debía ser trasladada de inmediato.

Para cuando llegaron a tierra firme, pusieron en una camilla a la mujer que seguía debatiéndose entre la vida y la muerte en una de las tantas ambulancias que aguardaban su turno para entrar en acción cuando todo amenguara.

Quien diría que una de las paramédicas que estaría al cuidado de Rin Higurashi sería la mismísima Dai Yamagushi, la misma chica que un día le humilló y se burlaba de sus desgracias. Una vez que cerraron las puertas del vehículo de emergencia, Sango cayó al piso, sentada y totalmente agotada, pensando en cómo estaría su amigo y que lo restante dependía de él.

-¿Dónde está, Taijiya? –Cuestionó Irasue, cogiéndola del borde de su chaleco antibalas con brusquedad- ¿Dónde está mi hijo?

-Perdimos contacto. –Informó al instante- Creo que ha pasado algo terrible, pues le oí gritar al otro lado de la línea…

-Eso no es bueno. –Le soltó con la misma rudeza anterior tras interrumpirla- No es la clase de persona que demuestra el dolor, no está entrenado para ello.

-¡Debe ir a buscarlo, señora!

-No necesitas decírmelo, muchachita. –Casi escupió aquellas palabras, como si no hubiera pensado en aquella posibilidad- Nadie osa tocar a mi hijo sin pagar por ello.

Ni aunque la tierra y el cielo se abrieran ante sus ojos, dejaría que el que se hubiese atrevido a tocar o lastimar a su hijo terminaría impune. Tras esas palabras, dispuso sus pasos en dirección a su bote junto a sus subordinados, en contra de las indicaciones de algún mequetrefe que recibió un buen puñetazo por cruzarse en su camino, pues dicen que no hay nada más peligroso que una mujer enfadada y el doble si se trata de una madre.

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Notas autora:

Hola a todos! Primero que todo, es un placer actualizar pronto, debido a que la vida de adulto realmente apesta y no he tenido tanto tiempo para centrarme en esta historia, solo decir que está bastante avanzada y que en tres capítulos (aproximadamente) ya estaríamos llegando al fin de toda esta hermosa y angustiante travesía.

Por otra parte, en este capítulo se puede evidenciar a un Sesshomaru más humano y destruido, con crisis existencial por la muerte de Rin y todo incluido, pero que ha surgido en él una nueva llama que lo hace ver bien cabrón ¡como debe de ser!

Por otro lado, se ve que Sango realmente no falló en su misión de encontrar a Rin y que tuvo el placer (que muchos quisieron a lo largo del tiempo) de acabar con Mei, un personaje que no dejó a nadie indiferente por su personalidad y locura.

Pues bien, todo dependía del tiempo en que ocurren las cosas y cómo puede jugar en contra las percepciones de quienes la viven. Para Sesshomaru su amada está muerta, para Sango está de camino al hospital debatiéndose entre la vida y la muerte (pueden buscar el capitulo 24: Fragmentados, donde aparece una breve pincelada sobre el estado de Rin). Si, he dejado pistas en algunos capítulos de cómo va la cosa.

Gracias por leer y espero sus impresiones y comentarios.

Un beso a todos!

PD: RIP Jaken /3