Capítulo 29: La sonata de la muerte.
Muerte, manto negro e infinito que intimida a los hombres desde el inicio de los tiempos; proceso del ciclo natural de todo ser viviente; fuente de inspiración de grandes y pequeñas civilizaciones a través de milenios, algunas de ellas realizando significativos rituales o expresándolo a través del arte y la escritura en su honor.
Ángel oscuro e intangible que siempre está desplazándose entre nosotros sin que nos percatemos de su presencia. Aborda de forma silenciosa, inesperada y guardando un bajo perfil, a veces confundiéndose con el simple susurro de tu nombre flotando en el viento.
En caso contrario, puede llegar a ser extravagante, causando gran revuelo en su entorno sin que alguien pueda impedir su determinante actuar.
En los momentos más difíciles puede aparecer y abrazarte como una querida y vieja amiga, brindando el anhelado consuelo al dolor, congoja y/o finalizando un largo camino de experiencias vividas a través de los años.
Y sin embargo, puede convertirse en un poderoso verdugo anunciando con su látigo mortal un tortuoso castigo, causando agonía extendida o mucho dolor para que revivas en carne propia todos tus pecados antes de dejar el plano terrenal.
Así como puede ser caprichosa y hasta cruel, podía llegar a ser justa y placentera.
Lo que nadie sabe es que ser el ángel de la muerte no es sencillo y aquella noche era particularmente ajetreada. Era testigo ocular de la gran contienda entre dos bandos contrarios que se disputaban el poder y la ventaja en el campo de batalla, en base a sangre, sudor y lágrimas.
Si bien no era una guerra mundial o entre dos naciones, era evidente que el bien y el mal luchaban sin cesar en esa pequeña fracción de territorio japonés, jugándose en un último aliento los ideales que amenazaban con desmoronarse en cualquier instante.
El resultado de ese acontecimiento era totalmente incierto, ya que si bien el destino de cada ser ya está escrito, incluso antes de su nacimiento, cada hombre puede modificarlo dependiendo de sus acciones, o incluso, la de terceros.
No obstante, el punto irrefutable era que no todos estaban calificados para trazar su propio camino y evadirla cuando la hora final había llegado. Después de todo, ¿quién osaría querer burlar a la muerte?
La puerta que conectaba a la azotea de la bodega se abrió de golpe, dejando entrar una fuerte ráfaga de viento a aquel hueco solitario del edificio. Una silueta humana se distinguió entre las sombras mientras intentaba atravesarla tras efectuar un par de disparos. No obstante, lo único que cruzó el umbral de aquella puerta fueron las gotas de lluvia guiadas por la fuerte brisa exterior, debido a que un arma afilada rasgaba su espalda, impidiendo su evidente intento de huida.
Las pupilas de aquel hombre bailaban al son de una muerte próxima, ahogando pobremente un grito de dolor y luego expulsando una cantidad considerable de sangre por la boca. Su rostro pálido era el retrato vivo de la angustia y terror, sabiendo que el final se acercaba para él.
Una mano desconocida le cogió bruscamente del hombro y jaló hacia atrás, provocándole una estrepitosa caída. Al chocar su espalda contra el concreto, pretendió suplicar por su miserable vida, pero de manera rápida y certera su voz fue acallada. La hoja afilada de un sable de acero se enterró en su pecho, deteniendo de una vez su agitado corazón lleno de desesperación.
Nadie dijo que trabajar y ser la marioneta de un sádico asesino era el oficio más seguro del mundo. Al menos no para quienes estaban bajo las órdenes de Wakahisa.
Unos ojos ámbares inyectados en sangre observaron aquella azotea, verificando que todos sus enemigos yacían laxos sobre el piso mojado, cuya sangre se mezclaba y diluía lentamente en las pozas de agua producidas por el fuerte aguacero.
Era todo un espectáculo aquella masacre personal. Sin dudas, Sesshomaru Taisho le hacía completo honor a su nombre: "Perfecto asesino", quien a pesar de sus heridas y limitaciones físicas no había dejado de ser una fiera inclemente con aquellos que eran un obstáculo en su camino.
El hombre de cabellos platinados extrajo diestramente el sable de aquel cuerpo inerte, empuñando el mango con determinación, limpiando luego la hoja metálica con los mismos ropajes de aquel delgado sujeto, ya que esa arma era lo único que tenía para defenderse hasta el momento.
'A pocos recursos, medidas desesperadas', pensó.
Prontamente examinó los ropajes de los cadáveres a su paso, cerciorando y maldiciendo que esos imbéciles habían gastado todas sus municiones en un vano intento de detenerle y acabar con su vida.
Al menos uno de esos inservibles poseía un pequeño cuchillo que se asemejaba en tamaño y filo al de un cubierto común y corriente, el cual ocultó con prontitud en un lugar donde no fuese a perderlo con facilidad. Lo siguiente que encontró fue una cajetilla de cigarrillos abierta y un encendedor, cuyos objetos guardó en el bolsillo de su pantalón derecho.
'Qué patéticos', caviló Sesshomaru mientras dirigía sus pasos a la salida de la azotea e iba en busca de su verdadero objetivo: Naraku Wakahisa.
Las bombillas de aquella escalera de emergencia parpadeaban constantemente gracias a la intermitencia de la luz eléctrica, brindándole un aire más sombrío a su apariencia habitual. Además, sus ojos parecían resaltar en los instantes de oscuridad, como una bestia en plena caza nocturna.
El eco de sus pasos húmedos podía escucharse como una poética oda a la muerte, al igual que su respiración agitada. Para qué mencionar el chirrido de la punta de su sable que raspaba el concreto de los escalones, produciendo leves chispas tras su roce.
Sí, su motor era la venganza y la adrenalina era lo que lo mantenía en pie. Comenzaba a sentirse al borde del abismo, producto de sus heridas y múltiples golpes a los que había sido sometido, porque a pesar de que hubiese despertado un demonio sediento de sangre desde lo más profundo de su ser, él no dejaba de ser un simple humano que fue obligado a llegar a su límite mental, emocional, espiritual y físico.
Se repetía constantemente "solo resiste un poco más", barajando posibilidades de dónde podría estar ocultándose y esperándole su mayor enemigo. ¿Por qué perderse el enfrentamiento entre ambos cuando se dio el tiempo de provocar todo ese desastre? Taisho tenía certeza absoluta que Naraku no huiría, al menos no mientras creyera que estaba en ventaja sobre su persona. Para ser realistas, el bastardo la tenía en su gran mayoría.
Wakahisa poseía el armamento necesario; un personal dispuesto a acabar con quien se cruzase en su camino; y para colmo de males, se había asegurado de limitarle físicamente, no solo por la golpiza que ordenó en su contra, sino por su extremidad faltante y la pobre cauterización en su brazo que comenzaba a sangrar nuevamente.
Las arenas del tiempo caían en contra de Sesshomaru nuevamente.
Ensimismado en sus pensamientos descendió dos niveles hasta que se percató que una de las compuertas no estaba del todo cerrada. Naraku no sería tan estúpido para dejar un rastro claro sin desear que dieran con su paradero. ¿Qué diantres tramaba?
Detuvo su caminar y con notable desconfianza, jaló la puerta metálica en su dirección con la punta de su sable. Nunca hizo contacto directo con la manilla, pues recordaba que Naraku amaba ver cómo la gente se desesperaba cuando el ácido hacía contacto con su piel al torturarla, y tal vez, esta no sería la excepción. No podía darse el lujo de quedar aún más incapacitado de lo que ya estaba.
Al estar cerca, se fijó en la manilla y claramente esta había sido alterada, pues el material que la componía no era el mismo en ambos lados de la puerta. A ojos comunes eso hubiera sido omitido, pero no era alguien corriente después de todo para caer en tan absurda y baja artimaña. Además, se había prometido a sí mismo el no confiarse y ser tan iluso como la primera vez, lo que lo llevó a perder un brazo.
Debía pensar con la cabeza fría tanto como le fuera posible.
Antes de dar un paso, apoyó rectamente el sable contra la pared de aquella escalerilla, notando que había obviado un extintor mediano colgado en la pared. Sacó de su bolsillo la cajetilla que antes le había despojado a su difunto dueño. Con algo de suerte no estarían húmedos por la lluvia. Aliviado corroboró que seguían intactos al echarles rápido un vistazo.
Con un limpio movimiento de su mano derecha tuvo entre sus labios un cigarrillo. Luego, reemplazó el paquete por el encendedor que yacía guardado en su bolsillo. Al quemar el tabaco, pudo sentir la incomodidad del humo viajando por su vía aérea superior hasta sus pulmones al inhalarlo. Con sus dedos índice y pulgar sostuvo el cigarrillo, para exhalar y repetir el proceso ya que la calada había sido muy breve para lo que necesitaba.
Si bien no era la primera vez que fumaba, por razones obvias evitaba aquel hábito, ya que le desagradaba de sobremanera el aroma, sabor, sensación, entre otras tantas causas. Al mismo tiempo, él tampoco podía darse el lujo de no tener una condición física óptima en sus misiones y vida diaria.
Al quitarlo de sus labios, observó el largo pasillo que le abría paso, y sintiendo un extraño alivio por el efecto de la nicotina en su sistema, exhaló con lentitud de forma vertical aquel humo y luego horizontalmente, dejando ver unas rojizas líneas que pasarían desapercibidas al ojo humano.
Joder. Inoportuno momento para no tener alguna granada para liberarse de aquella situación y desactivar en un segundo aquella trampa mortal.
Para Sesshomaru había cuatro puntos a considerar: el primero, el alivio producido por el cigarrillo era un mito, no era tan ingenuo para creer que esa sensación era real en su sistema nervioso. Su mente le mentía. Segundo, el maldito se había dado el trabajo de poner rayos láser para impedir su paso. Tercero, aquellos rayos eran para notificarle de su presencia en aquel lugar; o cuarto punto, simplemente era para cortarle otra extremidad o su cabeza.
La última opción era la más probable.
La bodega estaba llena de cámaras, lo sabía porque Masayoshi Higurashi era un hombre desconfiado y calculador, quien jamás permitiría que un solo movimiento se realizara sin su conocimiento, con o sin energía de por medio. Mucho menos que algún trabajador se llevase algo de mercancía.
Pensándolo con mayor detenimiento, aquel pasillo daba a la oficina de Higurashi, lugar donde Naraku estaría oculto y esperándole con quién sabe qué otras artimañas.
Otra calada al tabaco y exhaló un poco más de humo para analizar el patrón de los rayos. No estaban apegados al piso, dejando una brecha suficiente para deslizar el sable entre ellos sin partirlo en pedazos. Otra inhalación y calculó que su cuerpo podría evadirlos si era lo suficientemente preciso y cuidadoso.
Emanó otro poco de humo y caviló que no era momento de pensar segundas o terceras opciones. Era lo que debía hacer y ya.
El restante del cigarrillo se apagó de golpe cuando su bota lo restregó contra el suelo sin contemplaciones. Taisho cogió su sable y antes de deslizarlo por donde había marcado el ángulo con aquel pedazo de tabaco, realizó un breve y no muy profundo corte en su dedo índice y medio, dibujando con ellos un símbolo en la pared con su propia sangre:
([=l/=l/=l/=])
Sesshomaru mantenía la esperanza de que su gente apareciera para brindarle apoyo tras la pérdida de comunicación. De ese modo, con esa simbología podrían percatarse de aquella trampa invisible según el protocolo bajo procedimiento terrorista de la agencia.
Lo demás que estuviese por ocurrir dependía de él. La voluntad de ir hacia lo inevitable estaba presente.
La muerte aguardaba paciente por uno de los dos, o tal vez, por ambos.
Con pulso acelerado, cogió el extintor colgado en la pared, quitándole el aro que lo sellaba y apretando luego la manija, haciendo que los polvos químicos saliesen al exterior en un movimiento zigzagueante, invadiendo rápidamente gran parte del pasillo por la escasa ventilación. Los láseres comenzaron a avistarse uno por uno, con más claridad que con aquel humo de cigarrillo.
Era hora de la verdad.
Una vez que el extintor estuvo vacío, lo lanzó a un costado, haciendo que este rodara por las escaleras sin rumbo. El agente comenzó a desplazarse por aquel peligroso sitio, realizando movimientos precisos y bien ejecutados como si fuese una serpiente, evitando a toda costa el ser tocado por esos rayos, los cuales aumentaban al acercarse a la oficina principal y la estrechez era más que asfixiante, dificultándole los movimientos cada vez más.
Por suerte, lo único que habían tocado y cortado había sido un trozo de cabello de Sesshomaru, quien lo había tenido sujeto en una trenza maltrecha, pero al cortar la parte inferior de la misma, las hebras comenzaban a desarmarse y soltarlo lentamente.
De pronto, los rayos desaparecieron cuando él estaba a menos de dos metros de su objetivo. Las luces de emergencia también cesaron. Rápidamente el agente se puso de pie y cogió el sable que estaba frente a él.
Algo extraño sucedía. No sabía qué, pero no se quedaría quieto para averiguarlo.
Dirigió sus pasos a la próxima puerta, y cuando menos lo esperó, un láser con dirección diferente casi le da en el hombro, lo que lo hizo retroceder un par de pasos instintivamente, para luego casi ser alcanzado por otro en la espalda.
Lacrimosa de Mozart comenzó a sonar de manera envolvente dentro y fuera de aquellos pasillos, donde ya ni siquiera se distinguían los disparos en el exterior por parte de ambos bandos.
¿Qué demonios?, se cuestionó a sí mismo esquivando los rayos que comenzaron a surgir de todas partes, como si fueran proyectiles de un arma de fuego, acorralándolo como un pequeño roedor en un laberinto.
Al parecer, el muy maldito de Naraku manejaba esas cosas a su antojo desde el interior de aquella oficina. Pero, ya se le acabaría la diversión al bastardo.
Sin importar qué, corrió hacia la puerta metalizada y le brindó una patada a la cerradura, que si bien no abrió a la primera, si la dejó endeble. Esquivó un par de rayos más y repitió la riesgosa hazaña antes de que una nueva racha de rayos lo fulminara.
-Ding dong. –Sonrió cínicamente Naraku al otro extremo de la oficina, mientras observaba las cámaras y sus dedos tocaban unos botones en el control- Por poco y no llegas, ¿eh? –Comentó dirigiéndole por primera vez la mirada, viendo como Taisho se reincorporaba agitadamente tras la maniobra recién realizada- No sabía que también sabías ballet. Digo, por la manera en que te movías hace un momento con mis nuevas adquisiciones. –Añadió para luego reír amplia y burlonamente mientras dejaba que sus dedos se posaran en la delicada pañoleta que rodeaba su cuello blanquecino-
Los ojos de Sesshomaru inspeccionaban la habitación, tanto como las luces disminuidas lo permitían. Decenas de fotografías de considerable tamaño pegadas en las paredes. Diferentes modelos de vehículos, casas urbanas y rurales, y personas que reconocía a la perfección: la familia Higurashi, sus padres, Izayoi, Inuyasha, Sango, otros agentes del centro de inteligencia a los que era medianamente cercano, y por supuesto, Rin. Todas estaban manchadas con algo de color rojizo, y a esta altura del partido, ya no sabía si era tinta roja o sangre.
Con ese sujeto nada se podía descartar.
Luego se percató de otra imagen, y su sangre se congeló por un momento, era su asistente, Jaken, siendo torturado. Ahora entendía el porqué de su falta de reporte y presencia. Tal vez, ya estaba muerto o quién sabía en qué condiciones. Pero, dentro de sí no mantenía la esperanza de volver a verlo otra vez. Conocía muy bien a su enemigo.
-Tú y yo tenemos algo pendiente, hijo de perra. –Habló el agente con una voz tan grave que cualquiera temblaría, pero su adversario no dimensionaba en lo que se estaba metiendo-
-Lo sé. –Se acomodó en la costosa silla de escritorio que Masayoshi Higurashi utilizaba hasta hacía unos cuantos meses- Y estoy esperando ver qué logras antes de desfallecer. –Sonrió colocando las manos sobre la mesa, mostrándose vulnerable y expectante a los siguientes movimientos- Porque solo mírate un instante. –Enfatizó observando a su contrincante mientras se incorporaba, sin mover las manos de su posición- La herida de tu brazo faltante está sangrando nuevamente, y solo te aferras a ese sable para mantenerte en pie. –Pestañeó un par de veces antes de agregar- Simplemente patético.
-Pruébame. –Desafió su contraparte, sujetando con mayor firmeza el mango de su arma, decidido a jugársela al cien por ciento-
-Estoy deseando hacerlo. –Respondió Naraku mientras saboreaba sus labios lentamente con su lengua- Así como lo hice con tu mujercita antes de morir.
Desde su lugar pudo oír como Sesshomaru contenía el aliento tras sus venenosas palabras. ¿Por qué no seguir con aquello y desconcentrarlo un poco más?
-Debiste oírla gemir intentando ocultar el dolor aun cuando ya era insoportable dentro de los umbrales humanos. Simplemente, maravillosa espécimen de mujer. ¿Algo debes recordar de ello, verdad? –Preguntó con fingida inocencia en su satírica voz- Ah, creo que esa grabación no alcanzó a llegar a tu despacho.
Ante tal provocación, el agente no midió las consecuencias de su arrebato. Se impulsó hacia su enemigo mientras todo ocurría rápido a su alrededor. Los labios de Naraku pronunciaron una palabra que no pudo distinguir y al menos una decena de flechas diminutas fueron dirigidas en su dirección de quién sabe dónde, las cuales pudo desviar con agilidad gracias a la hoja de su sable, como si tuviese cuatro pares de ojos para poder detenerlas a tiempo y a una velocidad sobrenatural.
Impresionado por la habilidad de Sesshomaru, Naraku no pudo evitar sentir un breve dolor en sus entrañas, aquel que secretamente le indicaba el peligro inminente en una situación.
-¿Flechas con veneno? ¿Es lo mejor que tienes? –Criticó Sesshomaru sin detener sus pasos, sintiendo como el demonio que lo había poseído minutos antes volvía a aparecer con solo mencionar a su amante fallecida- ¿Solo estas artimañas patéticas?
Naraku tragó en seco al verlo de ese modo, con los cabellos blanquecinos aun manchados de su propia sangre, sueltos y revueltos, con la mirada turbia y llena de rencor, muy similar a la que presenció años antes cuando el mundo cayó a sus pies bajo su propia mano.
-Te aseguro que no es lo único que tengo. –Se quitó el saco de su traje y desenvainó un par de sables que estaban colgados en la pared que solían adornarla- Pero, si lo que quieres es un mano a mano… ¡lo tendrás!
-Ya empezaba a impacientarme. –Mejoró su postura de combate, preparándose defensiva y ofensivamente- Cualquiera diría que tienes miedo de tenerme a menos de cinco pasos.
Naraku encorvó una de sus cejas negras ante tal comentario, pero no tuvo tiempo de responder en esta oportunidad. Ambos decidieron acercarse mutuamente en un intento homicida y mandar al carajo todo el relleno de la situación.
Las hojas de sus sables chocaron entre sí, con tal fuerza que por un momento creyeron que se romperían. Al contrario de lo que pensaron, las chispas por el roce comenzaron a crearse y a saltar a todos lados mientras Naraku atacaba de forma ofensiva, y en caso contrario, Sesshomaru en leve desventaja, debía conformarse con utilizar la defensiva.
Dos espadas contra una era un gran reto que Taisho era más que capaz de aceptar.
En un descuido, Naraku le brindó un rodillazo en la zona abdominal al peliplateado, haciéndole retroceder en su ataque, escupiendo un poco de sangre en el proceso. No obstante, si Naraku pensaba que eso le detendría, estaba equivocado, pues el agente no dudó en realizar una arriesgada maniobra mientras retrocedía. Un segundo de descuido y el hombre de cabellos negros casi era degollado por muy poco, dejándole un leve rasguño a la altura de la laringe.
-Nada mal para ser un jodido lisiado. –Con su puño pudo retirar el hilillo de sangre en su cuello, sintiendo un leve descozor que le estimulaba los más bajos instintos- Excelente.
-No dejaré que te salgas con la tuya. –Advirtió Taisho sin quitarle la vista de encima, calculando en su mente todas las posibilidades para vencerlo de una vez-
-¿Y piensas luchar conmigo hasta el Armagedón? –Comentó burlesco maniobrando con sus armas-
La verdad era que no estaba lejos de ello. Dos bandos, el bien y el mal, luchando entre sí en lo que pudiesen ser los últimos días del mundo como se le conocía. Lo diferente es que no estaban en Jerusalén, sino en Fujisawa. Y lo similar, es que un demonio como Naraku no podía estar suelto a diestra y siniestra, contactándose con cuanto terrorista por la búsqueda del poder y la gloria. Era un riesgo para el mundo.
-No, solo hasta que mueras de una vez por todas. –Sentenció volviendo al ataque, de manera ágil y certera, descolocando brevemente a su adversario-
-Pues, tu mujercita me hará compañía en el infierno por toda la eternidad si eso ocurre. –Sonrió defendiéndose con la misma fiereza, golpeando con la empuñadura de su sable en el rostro a Sesshomaru después de otra contraofensiva, casi haciéndole caer al piso alfombrado- Porque las zorritas como ella no van al cielo. No, señor. ¡La voy a disfrutar como no tienes una jodida idea!
Pensamientos, acciones y sable se fusionaron en uno solo contra Wakahisa. Sesshomaru sentía como si una corriente eléctrica le recorriera la espina dorsal hasta la punta de aquella hoja metálica, cuyo objetivo era incrustarse en la piel de su contrincante y callarle para siempre. De aquí en adelante el agente solo se movía por un instinto asesino, callando mentalmente las provocaciones que constantemente Naraku utilizaba en su contra, moviéndose felinamente.
Tras un par de choques de aquellas hojas metálicas y mortales contra el pelinegro, una de ellas fue lanzada lejos, dejándolos en igualdad de condiciones en el número de armas, mientras se desplazaban por aquella oficina luchando entre sí.
Ni cuenta se dieron cuenta como ambos terminaron rodando en el piso, liándose a golpe limpio y quedando sin arma de por medio. Creían haber rodado arriba del escritorio en algún momento, pero no lo tenían muy en claro, y tampoco estaban para analizar detalladamente aquellos pormenores.
Sesshomaru estaba arriba, en posición de ventaja sobre Naraku. Golpeándolo tanto como sus fuerzas le permitían, pero suciamente Naraku, con sus uñas comenzó a enterrar y abrir la herida cauterizada del brazo izquierdo del agente, sacándolo de combate algunos segundos preso del dolor.
La posición de ventaja le correspondía a él y sentía como se vigorizaba al propinarle cada golpe en el rostro y cuerpo:
-¡Para ganar debes tener dos manos, Yako! ¡Deberías saberlo, inútil!
Wakahisa carcajeaba mientras le pegaba una y otra vez, recordando como antaño Sesshomaru le golpeaba con salvajismo y sed de venganza. Tantos años soñando con aquel momento… ¡Y al fin lo estaba realizando!
-¿Qué se siente saber que no ganarás?
Un golpe de derecha y la nariz de su enemigo crujió sonoramente.
-¿Qué se siente saber que ni siquiera puedes vengar a esa zorra?
Otro golpe y sentía como podría romper su quijada con el puño izquierdo y tendría sus dientes como colgante.
-¿Qué se siente saber que ganaré e iré por todos lo que te importan?
Un puñetazo más y ese bastardo traidor tendría una costilla rota. Tal como él la tuvo un día no tan lejano, ni tan olvidable.
-Ahora, dime, Yako. –Habló nuevamente mientras se incorporaba y recogía un sable para palpar su filo, pues se proponía disfrutar aquello como nadie tenía idea- ¿Cuáles son tus últimas palabras?
Simplemente aquella noche sería memorable. La lluvia ya mermaba su fuerza y golpeaba levemente la ventana que daba a sus espaldas. Ni siquiera le importaba cómo estaban sus secuaces. Solo le importaba Sesshomaru Taisho, quien pronto moriría y desmembraría parte por parte, tal como había prometido hace seis años atrás.
-Aún… no… termino… contigo, imbécil. -Pronunció el agente con notoria dificultad, enderezando su cuerpo en un ángulo de sesenta grados, sin dejar de mirarlo a los ojos por un segundo-
-Aliento mal gastado. –Sonrió dejando ver sus dientes manchados de sangre por los golpes que en su momento recibió- Ahora, llegó tu hora de morir.
Preparando el arma entre sus manos, se dispuso a acercarse al agente moribundo, elevándola en tal ángulo que no sería dificultoso decapitarlo, pero una explosión en el pasillo lo descolocó levemente, situación que Sesshomaru no dudó en aprovechar.
Era ahora o nunca.
El ángel de la muerte esperaba paciente el desenlace final, siendo testigo silencioso de como el agente utilizaba el pequeño cuchillo que antes había despojado en aquella azotea, y que había ocultado en el costado de su bota todo ese tiempo.
También vio como lo incrustaba en una de las costillas del pelinegro, quien le había dado el punto exacto al tener los brazos algo elevados. Lo demás fue tan rápido, que solo fue un efecto rebote de la maniobra antes descrita.
Tal fue la potencia con la que Sesshomaru Taisho arremetió contra Wakahisa, que la fuerza y velocidad fue sumada y derivada hacia el ventanal que estaba detrás de su objetivo, haciendo que sus cuerpos rompiesen el vidrio y cayeran sin remedio al vacío.
La música de Mozart se detuvo en el momento en que Irasue y su gente ingresaban a aquella oficina y veían todo el desorden dentro de ella, la sangre y los fragmentos de aquella ventana que anunciaban la tragedia. La madre de Taisho bajó su arma apenas susurrando el nombre de su único hijo, sintiendo como por primera vez sus fuerzas físicas y emocionales flaqueaban.
La sonata de la muerte ya había sido escuchada y aquel ángel oscuro no le quedaba más que hacer su trabajo, el cual ya había sido finalizado.
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Nota autora: Buenas noches a todos, después de mucho tiempo he regresado y me hace muy feliz volver a escribir para uds. Recordar que estamos en la recta final de esta historia llena de amor, esperanza, dolor, angustia... en fin, ¡tanto drama!
Muchas gracias por sus mensajitos de apoyo, fueron muy importantes para mi. Un beso y abrazo desinfectado para todos y espero no recibir tomates por este final de capítulo :D Los leo, BYEEEEEE
