Flores de cementerio.
[El amor no tiene cura, pero es la única cura para todos los males]
XVI.
Girasol.
Desde que podía recordar, la sensación del amanecer justo después de una noche de luna nueva renovaba cada parte de su cuerpo con la energía suficiente para encontrarse desbordado de ella. Si tuviera que describirle esa sensación a otra persona, probablemente lo compararía con el caer de un rayo sobre tu cabeza, el cual atraviesa tu espalda y sale por la planta de los pies.
En esta ocasión no era diferente, era definitivamente el mismo rayo que mes con mes le cimbraba el cuerpo. Pero en esta ocasión su significado cobraba un tinte distinto.
Esta vez no solo había sobrevivido a la noche sin luna.
Sintió sus dedos extenderse por voluntad propia mientras la misma fuerza sobrenatural que despertó su sangre heredada por su padre, llegaba hasta la punta de sus dedos, transformando sus cortas uñas humanas en filosas garras capaces de destruir a cualquier enemigo que se le pusiera enfrente.
Su pecho se hinchó cuando dio un gran respiro mientras que permitió que su cuerpo volviese a acostumbrarse a su poder demoníaco.
Sin sentir presión por abrir los ojos, expulsó todo el aire que había conseguido solo para casi inmediatamente después tomar más, regalándose la oportunidad de hacerlo pausadamente, con tranquilidad, regocijándose ante la sensación de respirar sin obstrucciones, dejando que la frescura del aire limpio le llenara los pulmones.
Fue fácil para él darse cuenta que su sentido del olfato se agudizó de nuevo cuando percibió con intensidad el olor a madera carbonizada en el centro de la hoguera de la cabaña de la anciana Kaede, este se combinaba con la mezcla de hierbas medicinales que seguramente fueron utilizadas para tratar sus heridas, hierbas lo suficientemente amargas como para obligarlo a arrugar la nariz, no pudo evitar quejarse.
Tuvo que cerrar sus manos en apretados puños cuando unos fuertes escalofríos le recorrieron el cuerpo cuando percibió en toda esa mezcla de aromas un perfume que hizo que su corazón latiera con emoción. Una emoción que ya había experimentado antes, precisamente siempre que percibía ese aroma.
Ese perfume de jazmines.
Abrió los ojos tan violentamente que las cuencas le dolieron, pero no le importó.
Ayudándose de sus brazos, tomó impulso hacia arriba y levantó su torso del futón donde había permanecido hasta ahora.
Kagome ahogó un gemido de susto al verlo levantarse tan abruptamente pero no se movió de su lugar. Arrodillada justo a un lado del lecho, el rostro de la joven de cabellos azabaches quedó solo a unos cuantos centímetros del suyo.
InuYasha la estudió con detenimiento, notó debajo de sus grandes ojos oscuros unas suaves manchas púrpuras que delataban que había pasado su noche en vela, además de la presencia de un olor salado en sus mejillas enrojecidas. Pero también notó como la luz del alba que se colaba por el marco de la entrada golpeaba a contraluz de su silueta, iluminando tanto su cabello como la tela color amarillo de las ropas que vestía.
Se preguntó si alguna vez la había visto tan preciosa como en ese preciso instante.
-o-
Caminó casi arrastrando los pies de regreso al prado donde había visto las luciérnagas danzarle a la noche después de pasar un rato ayudando a su amiga Kagome a cuidar a InuYasha. Después de dejarle a su amiga un cuenco con estofado caliente para que pudiese aguantar las horas que aún le quedaban a la noche, Sango decidió dejarla sola para que así pudiese estar a solas con InuYasha cuando él despertara.
Sabía que era mejor así.
Con suerte podrían hablar y aclarar tantos malentendidos que existían entre ambos.
El cielo sabía muy bien que les hacía falta.
Su corazón ya latía con la misma energía que un caballo desbocado antes de ver los primeros rayos del sol asomarse de entre las montañas que, lejos de la aldea, dibujaban un paisaje de distintos tonos de verde. Se mordió con ansiedad los labios y peleó con la imperiosa necesidad de levantarse del suelo donde había vuelto a sentarse para emprender su viaje a toda prisa hacia la cabaña donde Kagome cuidaba de InuYasha esperando al amanecer.
El sol se levantó despacio, importándole un rábano que a ella se le rompieran los huesos por la ansiedad. Pero apenas la luz que este desprendía comenzó a rozar primero sus pies, luego el resto de su cuerpo hasta iluminarle el rostro, comenzó a relajarse. El agradable calor que los rayos del sol le brindaron renovaron su confianza.
Respiró profundamente al mismo tiempo que cerró sus ojos por un instante, dejando que su olfato fuera el sentido dominante en ese momento, el olor a tierra húmeda siempre le había resultado agradable. Sin abrir los ojos, recordó la imagen de su amigo inconsciente en el futón mientras que Kagome, aún cuando en su rostro se reflejaban el dolor, el cansancio y la preocupación, cuidó con entrega su fiebre a causa de haber perdido tanta sangre así como las heridas que él mismo se había provocado.
Poco a poco relajó sus hombros, dirigiendo por un momento su atención a la pequeña gatita que a su lado dormía mientras ronroneaba entre sueños. Si su fiel Kirara estaba tan tranquila, eso podría ser un permiso para ella de comenzar a estarlo también.
Sus piernas, flexionadas por la tensión que hasta entonces le invadía, fueron poco a poco estirándose sobre el verde herbazal humedecido por el rocío de la mañana. Sus brazos, también comenzaron a debilitarse tanto que dejaron de sostenerla, obligándola a recostarse por completo sobre el suelo alfombrado de plantas, flores y otros brotes que de pronto le parecieron el más cómodo de los lechos.
Dio un pesado suspiro en el cual toda su ansiedad se desprendía de su cuerpo para, casi sin darse cuenta, cerrar los ojos en un profundo sueño.
-o-
Una mezcla complicada de describir entre entusiasmo, alivio, miedo y profunda alegría le recorrió las venas, esfumando todo el cansancio en su cuerpo después de pasar toda la noche sin dormir, cuando notó como el cuerpo de InuYasha dejaba atrás su apariencia humana para regresar a ser un hanyo.
Sin darse cuenta, contuvo la respiración al notar el cabello negro de InuYasha transformarse en un color muy parecido al de la luna, al mismo tiempo que sus orejas humanas desaparecían entre esa cortina plateada.
No pudo evitar soltar una risa nerviosa y emocionada al escucharlo respirar con energía, notando cómo él igual estaba contento de poder hacerlo sin sentir que se asfixiaba cada que lo intentaba.
De rodillas y lo más que pudo al futón donde InuYasha había pasado su noche, no pudo disimular el susto que él le dio cuando alzó su torso del lecho tan abruptamente.
Los ojos del hanyo, los cuales eran de nuevo de color ámbar, la estudiaron de manera tan directa que no pudo evitar sentirse intimidada por lo que, en un reflejo que intentaba ayudarla a dejar de sentirse incómoda, intentó alejarse un poco del futón pero se congeló de inmediato cuando sintió la mano de InuYasha sujetar su antebrazo
—Espera —le pidió hundiendo sus dedos en su piel lo más suave que fue capaz, su voz seguía siendo áspera, evidentemente sus heridas en la garganta aún no sanaban—, no te vayas.
Kagome dio un trago lento dentro de su boca al mismo tiempo que se acomodaba de nuevo en su sitio.
—N-no era esa mi intención —le aclaró tomando el mechón de su negro cabello que se había movido de su lugar y acomodándolo detrás de su oreja, evitando mirarlo de nuevo a los ojos—. Lo siento, es solo que…no lo sé.
La sorpresa se reflejó como escalofríos que le recorrieron el cuerpo por completo cuando sintió la mano de InuYasha soltar su brazo para posarlo con cuidado en su barbilla para obligarla a encararlo.
—No tienes idea…lo mucho que me ha dolido una y cada vez que me has esquivado la mirada —la confesión de InuYasha resonó tan fuertemente en su corazón que terminó por romperse en pedazos.
Había tantas cosas por las que debía pedirle perdón que no tenía idea de por dónde empezar…
-o-
Abrió despacio los ojos cuando escuchó el alegre cantar de las aves dándole la bienvenida a un nuevo día. A través de sus gruesas pestañas, Kikyo pudo notar los rayos del sol que poco a poco comenzaron a asomarse de entre los árboles que rodeaban el pequeño claro donde había decidido descansar un rato después de tan tormentosa noche.
Dándose el lujo de demorarse más de la cuenta, se levantó del suelo cubierto del manto verde natural que le sirvió de cama. No pudo evitar soltar un profundo suspiro cuando terminó de ponerse de pie para justo de inmediato poner su atención en el amanecer, así como tampoco pudo evitar que, desde lo profundo de su corazón, se elevase una plegaria en favor de su querido InuYasha al tiempo que intentó distraer sus pensamientos tomando del suelo su carcaj y arco para colocarlos correctamente en su espalda.
Sus ojos ardieron tanto de repente que no le quedó más remedio que apretar con fuerza sus párpados, trató de mantener la compostura con una larga respiración que le llenó el pecho del olor húmedo del rocío de la mañana.
Se abrazó a sí misma, luchando contra su visión distorsionada y, aferrando sus uñas en sus ropajes de sacerdotisa, comenzó a caminar entre los árboles del profundo bosque sin ninguna dirección fijada. Sintiéndose tal y como estaba: sin rumbo.
Arrastró tan pesadamente los pies que fue capaz de escuchar cómo sus sandalias barrían con el suelo húmedo y las pobres plantas o flores que se atravesaron por su camino. Pudo sentir los rayos del sol comenzar a tocar su piel con un calor que en cualquier otro momento, a cualquier otra persona, le parecería suave e incluso agradable pero, para ella, no era suficiente para calmar el frío en su corazón.
Continuó recorriendo el camino bordeado por frondosos árboles hasta que llegó el momento en el que su tembloroso cuerpo no respondió más y no le permitió dar un paso más.
Se llevó las manos hasta el pecho y arrastró suavemente sus dedos por debajo de su ropa, se mordió los labios e hizo una leve presión con sus palmas cuando sintió el pesado latir de su corazón. Encarnando un poco sus uñas sobre su piel descubierta para tratar de distraer el dolor que la invadía.
Una acción se le supo completamente inútil.
En sus labios se dibujó una sonrisa que no reflejaba ni un ápice de alegría, por el contrario, guardaba una melancolía inmensa
Una burla a ella misma, a lo ilusa que había sido al pensar que, al actuar como lo hizo, al tomar las decisiones que tomó, el sufrimiento que todo eso provocaría no sería para ella.
Qué equivocada estaba.
Sus lágrimas fueron las primeras en caer al suelo, luego fueron sus rodillas las cuales, al no ser capaces de sostenerla más, la hicieron desplomarse sobre los pequeños brotes que crecían en el claro del bosque.
Era una guerra perdida el intentar frenar su llanto, lo sabía, así que no lo intentó más y lo dejó fluir.
Había amado. Había luchado.
Y había perdido.
Y eso dolía como el mismo infierno.
-o-
La pena y la sorpresa en su mirada eran tan evidentes que, de pronto, el tocarle el mentón le pareció tremendamente incorrecto. Como si no tuviese derecho a hacerlo. A regañadientes, alejó su mano de la suave barbilla de Kagome, se sentó lo más cómodo que pudo en el futón, asegurándose de poner una distancia prudente entre ellos dos.
Pensando que era mejor centrar su atención en otra cosa, acercó su mano derecha hacia su propio cuello, con la clara intención de romper los vendajes que, desde su punto de vista, lo ahorcaban. Y ya había tenido suficiente de esa sensación.
No supo en ese momento por qué, pero tuvo la impresión de que ya había intentado retirarlos antes pero algo se lo había impedido.
Fue su turno de sorprenderse cuando Kagome, cortando nuevamente la distancia que él había marcado, tomó su mano para evitar que moviese el vendaje de su lugar. Un escalofrío le recorrió la espalda cuando recordó que era la segunda vez que ella lo detenía de exponer las heridas que él mismo se había provocado siendo víctima de su propia desesperación.
Parpadeó un par de veces para despabilarse por completo.
Los sucesos de esa misma noche de luna nueva por fin dejaron de ser una alucinación por culpa del serio estado de su cuerpo enfermo. Recordó la sensación de tomarle la mano, de que fuera ella quien después le diera permiso tocar su rostro.
Fue ella quien le aseguró que estaba ahí con él y que no lo abandonaría.
Pero…¿por qué?
¿Qué había pasado con Kagome después que él se fue de su época?
—Espera solo un poco más, por favor —la voz de Kagome se coló en los densos pensamientos que le nublaban la cabeza, su rostro reflejaba sincera preocupación—. Apenas recuperaste tu sangre sobrenatural, necesitas darte tiempo.
Los dedos de Kagome se aferraron a los suyos cuando, con delicadeza, los alejó de su cuello. El calor de su piel se quedó un poco más en la suya cuando la joven de cabello azabache le soltó, provocando en él el deseo de que no lo soltara.
—Kagome —la nombró esperando que ella volviera a verlo a los ojos una vez que ella se sentó justo frente a él, en ese momento ya no le interesaban sus heridas, ni mucho menos los vendajes que las cubrían—. ¿Por qué regresaste?, ¿por qué no te quedaste en tu casa?
La vio parpadear un par de veces para después bajar la mirada a sus manos posadas en su regazo invitándole a bajar su vista de la misma forma. Cuando lo hizo, notó que ella le mostraba las manos extendidas sobre su regazo, exponiendo sus palmas vacías.
—Vi las camelias de Kao en mi época. Al principio no tenía idea de cómo es que llegaban a mí —le explicó al mismo tiempo que flexionó sus dedos, como si quisiera acunar unos pétalos que ya no existían—, pero después…me guiaron hasta ti.
Su corazón latió tan rápido que pensó seriamente que se le saldría del pecho, luchó contra sus muy intensas ganas de tomarle las manos una vez más. Alzó nuevamente su mirada para poder ver el rostro de Kagome—. Entonces…¿sabes qué es lo que me pasó?
Kagome asintió suavemente al mismo tiempo que apretó los labios con una sonrisa incómoda—. Kikyo me lo dijo justo después de que te desmayaste —le respondió moviéndose un poco en su lugar, quizá queriendo bajar la incomodidad que sentía, quizá pensando bien sus palabras para no decir algo que estuviera de más—. Después Sango me explicó un poco más. Al parecer, en la aldea de exterminadores, sus ancestros contaban con registros de otros ataques de Kao parecidos al que te hizo a ti.
InuYasha bajó nuevamente la vista hacia las manos de Kagome, se quedó un momento en silencio cuando recordó la explicación que Kikyo le dio a Miroku y Kaede cuando creyó que él no la escuchaba.
Habló de una maldición provocada por Kao, mencionó que la raíz de aquel mal eran sus sentimientos unilaterales por Kagome y como estos llegarían a matarlo si permanecían así. Sin ser correspondidos.
No pudo evitar fruncir el ceño con irritación.
—¿Kikyo te habló de la cura que encontró? —preguntó sin atreverse a subir su mirada para encararla nuevamente. Siendo consciente de que ahora era él quién la evitaba, pero no podía evitar sentirse avergonzado.
—Fue Sango quien me lo dijo… —la voz de la chica pareció querer quebrarse por un momento, con un dolor que ella luchaba por contener.
—¡Lo acepté, pero fui un puto cobarde en ese momento! —levantó tanto la voz que su garganta, apenas en proceso de sanación, le dolió en protesta. Alzó su mirada buscando la suya solo para descubrir que ella también la había bajado—. ¡Pero créeme que mi primera opción era morirme antes que olvidarme de ti!
Un quejido de sorpresa murió en su boca cuando Kagome le tomó las manos y se aferró a ellas con fuerza.
—¡Perdóname! —la voz de Kagome se corrompió en un chillido, InuYasha se dio cuenta de inmediato que su cuerpo entero temblaba. Cuando la joven de cabello azabache por fin levantó la vista, fue su turno de temblar al notar las lágrimas que exigían salir de sus ojos pero que ella mantenía a raya con una fuerza monumental—. Llegaste a unos extremos tan dolorosos por mi culpa, ¡yo te permití sufrir así!, tus sentimientos no eran unilaterales, ¡nunca lo fueron!
Como si se hubiese detenido el tiempo, InuYasha quedó congelado en su lugar con los ojos bien abiertos cuando Kagome, volvió a agachar la cabeza al mismo tiempo que le soltó las manos para cubrir su rostro y así poder llorar sin que él la viera.
El notarla así de desesperada le regresó el alma al cuerpo. Ahora fue su turno de acortar la distancia entre los dos, abrazándola contra su pecho lo más firme que pudo. Kagome no apartó las manos de su rostro desahogando todo el llanto contra el que había estado luchando hasta que poco a poco se fue apaciguando.
No pudo evitar notar la ironía de las cosas. Ahora ella estaba justo en el sitio que, justo un día antes, estaba lleno de camelias que le cortaban la respiración y amenazaban con acabar con su vida.
—No fue tu culpa —le aseguró en un tono tranquilo, enredando sus dedos en el oscuro cabello de la joven quien aún hipaba por el llanto—. No debí marcharme con Kikyo. La lastimé a ella, a ti…y me hice daño. No debí abandonarte y dejar que pensaras que no eras importante para mí.
Se dio cuenta que Kagome ya no cubría más su rostro pues la sintió aferrarse a la tela roja de su ropa.
—Pensé que era lo mejor —ella continuó justificándose, su tono lloroso apenas la dejaba expresarse bien—. Pensé que, si salía adelante, si dejaba ir el amor que siento por ti, si al menos lo intentaba, podría llegar a sentirme feliz por ti. Por tu futuro con Kikyo. Si hubiera tenido una idea de lo que esto iba a afectarte, yo…
—Oye —le tomó de los hombros para poder alejarla cuidadosamente de su pecho y así mirarla a los ojos—. Ya pasó todo eso. Ahora estoy bien.
La vio tallar suavemente sus ojos con el dorso de su mano, limpiando los rastros de lágrimas que le habían quedado entre las pestañas. Se veía tan tremendamente adorable que contuvo las ganas de abrazarla de nuevo.
—¿Recuerdas cuando te dije que sabía qué era lo que quería hacer una vez la amenaza de Naraku termine?, ¿la última vez que hablamos en tu dormitorio? —le preguntó sin apartar su ojos de su mirada, Kagome solo asintió en silencio mientras él se acercó tanto a ella que prácticamente podía sentir el aire de su respiración en su rostro—. Esa decisión no ha cambiado.
La escuchó perder la respiración cuando él quiso eliminar por completo la distancia entre sus labios. Ella, por reacción inmediata ante la sorpresa, pareció querer alejarse un poco pero InuYasha se adelantó y, tomándola suavemente de la nuca, la acercó a él para por fin poder besarle los labios, temblando ambos cuando lo hizo.
Ya no le importaba nada más, todo pasó a un segundo plano.
La vida le había enseñado en apenas un mes, un tormentoso mes, que ella iba primero.
Mientras ella estuviera con él. Iba a estar bien.
Mientras ella lo amara como él la amaba.
-o-
Se despidió educadamente de la adorable pareja de aldeanos que habían sido tan generosos para brindarles un techo para pasar la noche y caminó con dirección a la cabaña de la sacerdotisa Kaede. Muy probablemente para ese momento InuYasha, ya con su aspecto de hanyou de vuelta, estaría recuperándose de buena manera de la pérdida de sangre por culpa de la maldición de Kao.
Estando aún a un par de chozas de llegar, frenó sus pasos haciendo que los aros de metal en su báculo dejaran de moverse. Pensándolo bien, reflexionó cubriendo sus ojos de la luz del sol que ya brillaba altivamente en el cielo, quizá era mejor darles un momento a InuYasha y Kagome para hablar. Si acaso los interrumpía, estaba seguro que Sango no se lo iba a perdonar jamás.
Con el nombre de su compañera exterminadora rondándole la cabeza decidió cambiar su destino, giró sobre sus talones y se encaminó hacia el prado donde la había visto pasar esa noche.
Cuando se acercó a la colina donde Sango había estado sentada contemplando las estrellas, en su garganta se formó un nudo al no verla ahí. Aceleró el paso para poder observar más claramente el lugar.
El aliento casi se le fue por completo en una exhalación de alivio al verla ahí: estaba tendida sobre una cama natural hecha con la verde hierba que cubría el prado, su expresión era de completo sosiego, con ni un solo rastro de pesadillas a la vista. Su pecho subía y bajaba al son de una plácida respiración, gratamente dormida.
Curvó sus labios hacia arriba en una complacida sonrisa al mismo tiempo que cerró sus ojos. Agradeciendo.
Un momento de paz que, por todo lo sagrado, era tremendamente merecido.
Definitivamente, había que agradecerlo.
N.A: ¿Es muy tarde para desearles un feliz año nuevo? Espero que no. Este capítulo ha sido todo un reto para mí. Había mucho que contar, mucho que no quería dejar para atrás que, bueno, el resultado ha sido Girasol y espero que sea para todos lo que estaban esperando.
Este capítulo, cuando comencé a redactarlo, debo confesar que llevaba otro nombre y no Girasol pero, conforme iba cobrando vida, me di cuenta de una cosa muy interesante. Y es que, en este capítulo, todos los personajes del fic reciben al amanecer de una manera diferente, según lo que han vivido a lo largo de la historia así que, una vez me di cuenta de ello. Prácticamente el capítulo eligió su propio nombre, y estoy muy contenta de ello.
Tengo muchísimos sentimientos encontrados en esta ocasión. La conversación InuKag fue quizá muy cruda y muchos de ustedes podrían sentir que quedaron muchas cosas en el tintero y debo decir que estoy de acuerdo pero me di cuenta que ya tendrían tiempo para todo eso. Por ahora lo más importante es lo que se dijo, lo demás podrán solucionarlo juntos.
¡Mil gracias por todos sus revirews!, por tener la paciencia de esperar a que dé señales de vida con una nueva actualización. Leo todos los comentarios y me inspiran a continuar con esta historia. Ya no queda mucho que redactar o responder. Así que probablemente el próximo capítulo sea el cierre de muchos temas, inluido por supuesto el fanfic en sí. Así que simplemente no me queda más que estar eternamente agradecida por todo el amor que le han dado a flores de cementerio. Que, sin duda, es la historia más importante que he escrito en el tiempo cercano.
Nos leemos en el próximo capítulo.
Un beso enorme.
-Kao
