La ley del talión
Capítulo 02. Ojo por ojo
Nota del autor: siendo honesta, esta historia se ha inspirado bastante, al menos al principio (más adelante diferirá mucho, creo), en la magnífica historia aún en curso "Descend" de flowerpetalsandwrittenwords, en AO3. Por favor, no dejéis de leerla. No os arrepentiréis.
Estando en la sala de espera del hospital, sentada junto a Sam quien intentaba consolar a los hijos de Jubal, Isobel sentía que su absoluta angustia estaba terriblemente fuera de lugar. Era como si su corazón no pudiera dejar de gritar de agonía, pero no debería tener esa clase de sentimientos hacia Jubal y, sin embargo, en esos momentos era incapaz de controlarlo. No podía soportar la idea de que fuera a perderlo a él también... Sencillamente, no creía que fuera capaz de superar aquello. No después de lo de Jess. No podía perder a su único amigo. Aunque en el fondo sabía que Jubal no era sólo eso para ella... Y aunque no debería sentirlo porque le estaba vedado.
Aquellos pensamientos daban vueltas en su cabeza, mortificándola como una bandada de cuervos a un animal moribundo.
Maggie y OA estaban allí también, apoyándose mutuamente, y parecían también muy preocupados, pero muy lejos del torbellino emocional en el que se estaba hundiendo Isobel.
Mientras, el silencio que se suspendía entre los presentes ralentizaba los segundos, que se arrastraban penosamente de unos a otros.
A pesar de todo, Isobel debía estar guardando bien las apariencias porque Allan, el marido de Sam, la miró con cara de circunstancias, como si pensara que a ella también estaba allí solamente para dar su apoyo a la familia.
Un médico salió del área de urgencias, buscando con la mirada.
—¿La familia del agente Valentine?
Isobel se levantó antes que ningún otro, pero logró detenerse y no correr despavorida a su encuentro. Con un esfuerzo se acercó con unos pasos más controlados, mientras Tyler y Abi se apresuraban a preguntar, obviamente con mayor justificación de la que ella podría tener nunca.
—Ha salido de quirófano y está estable —dijo el doctor.
A Isobel se le saltaron las lágrimas, no pudiendo disimular el enorme alivio que la barrió de arriba abajo. Tuvo que apoyarse en un mostrador cercano. Afortunadamente, nadie se estaba fijando en ella en ese momento de debilidad porque todos estaban muy aliviados también.
—La fractura del hombro izquierdo ha sido limpia, pero creemos que tiene una conmoción. Todo depende de cómo despierte.
Abi y Tyler se abrazaron afligidos a su madre.
—¿Podemos entrar a verlo? —preguntó Sam haciendo un gesto hacia los niños.
—Sigue inconsciente, pero pueden ustedes pasar un momento.
Para someter el casi irrefrenable impulso de ir con ellos, Isobel tuvo tragó saliva con dificultad. Le dolía dentro del pecho de no poder entrar a ver a Jubal y asegurarse de que estaba bien. Pero evidentemente, no era su lugar.
Enfundada en su coraza más profesional, se volvió hacia OA y Maggie.
—Volvamos al JOC —propuso con la garganta tensa—. Tenemos que averiguar qué ha provocado el accidente.
Sus agentes asintieron con expresiones consternadas, y los tres se encaminaron al 26 Fed.
·~·~·
Los expertos de científica tenían claro que no había sido un accidente.
La información obtenida del registrador de datos de eventos del camión indicaba, de hecho, que el conductor había acelerado a tope justo antes del impacto.
Y la grabación de las cámaras de tráfico del cruce lo confirmaban. El enorme camión de basura se había saltado el semáforo en rojo y había embestido brutalmente el vehículo de Jubal. Isobel no podía evitar hacer una mueca ante aquellas imágenes en las que el coche de Jubal daba tumbos por la calzada con él dentro.
No había duda de que había sido un acto deliberado.
Envió de inmediato a Scola y Wallace a arrestar al otro conductor. Tuvieron que perseguirlo y reducirlo para traerlo.
Cuando lo llevaron a la sala de interrogatorios, el tipo estaba frenético. Se desmoronó sin que Tiffany y Stuart apenas ejercieran presión sobre él.
Hablaría, por supuesto. Lo confesaría todo. Pero sólo si llegaban a tiempo de salvar a su esposa, que al parecer estaba secuestrada y amenazada de muerte.
El SWAT irrumpió en la vivienda del conductor y salvó a aquella pobre mujer. Habían estado haciéndole daño. El conductor accedió a contarles que habían utilizado su sufrimiento para obligarlo a atentar contra aquel coche en particular, aunque no tenía ni idea de quién iba en él. Pero, ahora que su esposa estaba a salvo, se echó atrás y ya no quiso decir nada más. Según él, si hablaba lo matarían, y también a su mujer.
De todos modos, aquel modus operandi había conseguido ponerles a todos los pelos de punta en el JOC. Era demasiado familiar. Sus peores temores se confirmaron en cuanto identificaron a los secuestradores arrestados. Fue muy rápido encontrar su afiliación al cartel de Durango. Detrás de todo aquello, volvía a estar Antonio Vargas.
·~·~·
Mientras que sus zapatos resonaban haciendo eco por el largo pasillo de la penitenciaria, Isobel hacía lo posible por calmar sus nervios. La última vez que había acudido a hablar con Vargas había venido acompañada de Jubal. En aquel momento, ni pensó en ello. Ahora, además de la aflicción que le provocaba el hecho de que él seguía inconsciente en el hospital, era dolorosamente consciente del vacío que suponía su ausencia.
Era curioso lo fuerte que contrastaba lo firme y determinada que se había sentido entonces con la intensa inquietud que sentía ahora.
La desterró de sí con una leve inspiración. No podía permitirse mostrar debilidad en ese momento.
Los guardias de la prisión trajeron a Vargas, lo sentaron en la silla frente a ella y abandonaron la sala.
—Otra vez has atentado contra mi gente —acusó Isobel sin más preámbulo.
Vargas ladeó la cabeza, pero no negó ni confirmó nada. Sólo guardó silencio. Isobel sintió que se impacientaba.
—¿Qué pretendes esta vez? ¿Irás uno por uno a por todos nosotros? ¿Qué hay de la gente que efectivamente mató a tu mujer y tu hijo? ¿O somos los únicos a los que consideras culpables?
Vargas enrojeció y apretó los dientes.
—Cada uno recibirá su merecido. A ti, agente Castille... quiero hacerte sufrir —declaró llanamente—. Como yo he sufrido. No te puedo hacer sufrir más que hiriendo y matando a la persona que más te importa. Y al fin he averiguado quién es. El agente Valentine es esa persona.
La sangre se le heló Isobel en las venas.
—Eso es ridículo —intentó disimular.
Él se encogió de hombros.
—Gente a mis órdenes te han estado vigilando, Isobel. Feliz cumpleaños, por cierto. Fue una fiesta muy animada. —Su expresión no era irónica y fría, como había sido en sus primeros encuentros. Era amarga y sus ojos estaban llenos de rencor—. Puede que no quieras reconocerlo, y puede que él esté en la inopia, o tal vez se haga el tonto porque no te corresponde. Es igual. Os he visto juntos. He podido ver cómo lo miras. A mí no puedes engañarme —dijo negando despacio con la cabeza.
No sabía cómo habrían logrado hacerle llegar a Vargas imágenes de ellos dos, estando recluido en una prisión federal de máxima seguridad, pero Isobel tuvo que creerlo. Tragó saliva ante su certeza, ante su mirada implacable; la influencia de Vargas podía llegar muy lejos.
—Lo sé —continuó él—. Te avergüenza lo que sientes. Por un subordinado. No puedes actuar en consecuencia, claro... No te preocupes, te guardaré el secreto. No se lo diré al agente Valentine. No se lo diré a nadie... Ni siquiera a la gente que mande para que lo maten —concluyó con cruel determinación.
El pulso desatado de Isobel era imposible de controlar.
—Hasta ahora sólo has fracasado —replicó con desprecio, a la desesperada.
—Sí, pero esta vez he estado más cerca. Y seguiré intentándolo. Hasta que lo consiga. —Aunque sus ojos seguían llenos de un odio visceral, Vargas sonrió levemente al ver el auténtico pavor en el rostro de ella. Se puso en pie—. Váyase, agente Castille, no tengo más que decirle.
Ella salió de allí con las piernas temblorosas y el pecho constreñido de un modo terrible que le impedía respirar.
Tenía que hacer algo. No podía seguir de brazos cruzados. Tarde o temprano Vargas conseguiría su objetivo. No podía permitirse quedarse esperando y dejar que terminara matando a Jubal. Por su culpa.
Pero Isobel Castille no había sido nunca de las que se quedaban a verlas venir.
Con manos inseguras sacó el móvil del bolso y buscó un contacto en su agenda. Una voz extrañada contestó al otro lado de la línea cuando hizo la llamada.
—¿Isobel?
—¿Darío? Tenemos que hablar. No. Necesito verte. En persona.
·~·~·
Le ardía la garganta, apenas podía tragar, y le dolía todo el cuerpo. Fue lo primero que percibió Jubal al recuperar el conocimiento. Lo siguiente fue que no tenía ni la más remota idea de dónde estaba.
Tardó un rato en darse cuenta de que estaba en un hospital, en lo que parecía una UCI. Buscó con torpeza el llamador de enfermería y lo pulsó.
Cuando acudió el personal médico, le explicaron que había tenido un accidente de tráfico. Hacía ya algunos días.
La memoria era algo peculiar. Lo cierto era que no tenía recuerdo alguno del incidente. De aquella mañana sólo recordaba que se le había olvidado el móvil y había tenido que volver a subir a su apartamento a por él; que le había estado molestando un padrastro... Ah, y que mientras conducía había estado pensando en Isobel.
Lo trasladaron a planta poco después de hacerle un examen neurológico. Le llamó la atención ver que lo escoltaban dos agentes, y que se quedaron guardando la puerta de su habitación.
Aunque le costaba hablar porque había estado entubado, lo primero que hizo fue llamar para tranquilizar brevemente a Sam y a sus hijos. Acababa de colgar el teléfono, cuando llegaron Maggie y OA.
—¿Cómo estás? —dijo la agente a modo de saludo.
—¿Qué está pasando, Maggie? —preguntó Jubal por toda respuesta con la voz ronca—. ¿Por qué hay escoltas en mi puerta?
OA y Maggie se miraron entre sí.
—El accidente no fue tal, Jubal —dijo OA.
—Alguien ha intentado matarte —añadió Maggie.
—¿Cómo? —preguntó, desconcertado.
Las miradas sombrías de sus agentes le erizaron el vello de la nuca.
—Ha sido cosa de Vargas —declaró llanamente OA.
Jubal se retrepó en la cama con dificultad con una sola mano porque el otro brazo lo tenía sujeto en un cabestrillo. El movimiento brusco, además de dolerle, lo mareó; tuvo que controlar un acceso de nausea, pero logró sentarse incorporado. Las ideas se le agolpaban en la cabeza todas a la vez.
—Ese malnacido —masculló—. ¿Mis hijos...? ¿Isobel? Y el equipo, ¿estáis todos bien?
—No ha habido más atentados de momento, pero todos estamos llevando escolta y hemos ubicado a nuestras familias en casas seguras —informó OA—. Pero Isobel...
—¿Qué ocurre? ¿Está bien? —inquirió Jubal, repentinamente aún más preocupado.
—Está... —Maggie parecía no saber cómo continuar.
Por un instante, a Jubal le dieron ganas de zarandearla.
—...en paradero desconocido —terminó OA por ella.
El aire se negó repentinamente a entrar en los pulmones de Jubal.
—Hace dos días —abundó OA— decidió cogerse unos días personales —Por la expresión de los dos, a ambos les parecía una decisión muy extraña dadas las circunstancias—, y se fue a Miami. Pero... No contestaba a nuestros mensajes. Nos preocupamos y mandamos a alguien de la oficina de allí. Hizo el check-in en el hotel que reservó, pero no llegó a ocupar la habitación.
—Hemos encontrado imágenes de una cámara de vigilancia de cerca de su casa —dijo Maggie—, en la que se la ve cogiendo un taxi con una maleta pequeña, pero no ha sido posible identificar el taxi. Tiene el móvil apagado y...
Jubal los miraba con los ojos desorbitados. Le fue imposible disimular su pánico. Parecía que alguien estuviera jugando en su monitor cardíaco una frenética partida de Pong.
—...no sabemos dónde ha ido —concluyó OA, lúgubre.
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