La ley del talión
Capítulo 03. Misión vital
Lo dudó un momento, pero Jubal se sentó, frente a Vargas en la pequeña sala de interrogatorios de la prisión. El movimiento fue un poco forzado porque aún tenía todo el cuerpo magullado. Los médicos no habían estado muy contentos con que Jubal dejara el hospital pidiendo el alta voluntaria.
En los ojos de Vargas había una cierta curiosidad, como si esperara que Jubal fuera a hacer algo que podría ser interesante, pero no tanto.
Este hombre acaba de intentar matarme. Otra vez, pensó Jubal. Este hombre mató a Rina. Tuvo que hacer un esfuerzo titánico para dejar a un lado aquello y la ira que le provocaba.
—¿Qué hago aquí? —preguntó Vargas, con una mal fingida indolencia.
Cumplir cinco cadenas perpetuas por vender droga y matar gente, cabrón.
—¿Dónde está Isobel? ¿Qué has hecho con ella? —replicó Jubal sin siquiera saludar.
El ceño de Vargas se frunció levemente.
—¿La ha extraviado, agente Valentine? —preguntó irónico, como el que pregunta por unas llaves —. Qué descuido más imperdonable... —su expresión era mortalmente seria, sin embargo.
Jubal sabía que Vargas estaba molestándolo deliberadamente, pero saberlo no evitó que lo consiguiera. Exhaló con un gruñido.
—¿Dónde está Isobel? —insistió, con ganas de sacarle una respuesta a golpes.
Vargas lo miró abiertamente con odio y desprecio.
—No tengo ni idea. Pero será mejor que os deis prisa en encontrarla, Valentine, porque si mi gente lo hace antes, vais a encontrar poco de ella cuando lo hagáis.
El aire se agarró en el pecho de Jubal, desgarrándole la garganta. Haber venido había sido un estúpido y terrible error. No iba a ser capaz de conseguir que Vargas le dijera nada. Sólo había servido para desorbitar sus miedos.
Se levantó y se marchó sin decir una palabra más.
·~·~·
Eran casi las doce de la noche cuando pasaron el sobre marrón bajo la puerta de la habitación del hotel. El profesional lo había estado esperando tumbado en la cama descalzo, haciendo zapping relajadamente sin ver nada en particular mientras bebía un bourbon con hielo.
Era un procedimiento un poco anticuado pero, en algunos sentidos, más fiable que la darkweb. Mediante un intermediario, se acordaba una noche, un hotel, una habitación. Se entregaba un sobre.
El profesional se levantó, cogió el sobre del suelo; se sentó frente a la mesita de café para vaciar y estudiar su contenido.
El rostro adusto y ceñudo de un hombre caucásico de mediana edad, de corto pelo moreno y perilla, le devolvió la mirada desde una foto de tamaño folio. "Jubal Valentine", ponía en la parte de atrás. Curioso y dramático nombre...
Leyó cuidadosamente toda la información. Cuarenta y muchos, 6'2", 174 libras, divorciado, dos hijos. Era un experimentado agente del FBI... eso podía complicar las cosas, pero tal vez por eso precisamente el cliente había acudido a un profesional. Porque no era algo trivial que pudiera hacer cualquier matón.
También se indicaba: "MPT-5hV". Esperaba que el tipo se lo mereciera. Los MPT eran unos trabajos feos y desagradables. Pero, ey, también se pagaban el triple.
Y en este caso iba dirigido a alguien más. Tal vez la persona que se lo merecía era el que fuera a recibir las cinco horas de grabación de vídeo de Muerte Por Tortura... Al profesional no le gustaría estar en su pellejo.
En cualquier caso, ése era el trabajo.
·~·~·
—Vamos, señor Castille—insistió Jubal, intentando que el otro hombre entrara en razón—. El hotel en el que se iba alojar Isobel en Miami pertenece a esta misma cadena en la que trabaja usted.
Aquello no podía ser una casualidad. Era la única pista que habían logrado hilar desde la desaparición de Isobel, lo que había hecho que fuera a hablar con su padre a su despacho en el centro de Manhattan. Era la única esperanza a la que se aferraba Jubal.
Sentado al otro lado de la mesa, Jubal se inclinó hacia delante y buscó los ojos de Roberto. El otro hombre le devolvió la mirada con rostro imperturbable.
—Isobel hizo el check-in antes de ayer —continuó Jubal— pero en la habitación no hay rastro de ella. Ni un triste cepillo de dientes.
—Lo siento, agente Valentine —contestó Roberto—. Le repito que no conozco el paradero de Isobel en estos momentos. Ni siquiera sabía que estaba de viaje. Nuestra relación se está enmendando, pero no es tan estrecha como usted supone.
Roberto Castille tenía una excelente cara de póker, Jubal tenía que reconocerle eso. Sin embargo, sus ademanes perfectamente diplomáticos delataron que estaba mintiendo. Simple y llanamente. Ningún padre, por distante que fuera su relación, podía ser tan indiferente hacia una hija desaparecida. Cómo mínimo, mínimo, habría algo de curiosidad ante la situación.
Exasperado, Jubal estuvo a punto de golpear el tablero de la mesa con la palma de la mano. Apretó el puño para controlarse.
—Miente —dijo con llaneza—. Usted sabe algo.
Roberto se puso de pie y le dio la espalda, mirando por el ventanal con las manos cogidas detrás de él. El sol se acababa de poner y las oscuras siluetas de los rascacielos, cuajadas de ventanas encendidas, se recortaban contra el cielo anaranjado.
—Isobel me ha contado que usted tiene una hija, agente Valentine.
—Sí, así es —Lo estaba poniendo nervioso—. Y llámeme Jubal, por favor.
Esperó impaciente a ver dónde quería ir a parar el señor Castille.
—Bien, Jubal. ¿Ha traicionado la confianza de su hija alguna vez, Jubal?
—No. —Dudó—. Creo que no. —Abi era pequeña cuando él estaba hecho un desastre por su infidelidad, su divorcio y sus problemas con el alcohol, pero tal vez... —. De verdad que espero que no. Sólo tiene doce años.
—Créame, ha tenido tiempo de sobra —dijo con amargura—. Rece para no hacerlo nunca. Yo estoy intentando recuperar la confianza de mi hija. —Se volvió y lo miró a los ojos—. Estoy determinado a conseguirlo. Espero que comprenda que no voy a arriesgarlo por nada.
—Puedo arrestarlo hasta que hable —amenazó Jubal a la desesperada.
—Sin una causa probable, lo dudo mucho, agente Valentine.
Jubal suspiró pasándose la mano por la cara. No debería haber olvidado que Roberto era abogado. Se levantó con un gruñido y una mueca de dolor. Tuvo que superar un vahído de debilidad.
—Roberto, por favor, escuche —suplicó—. Isobel está en peligro. No sabe lo serio que es esto. Necesito encontrarla lo antes posible. Ella me necesita- Necesita a su equipo respaldándola —intentó rectificar, pero Roberto lo escrutó, intrigado—. Y si le pasa algo, de verdad que yo no sé qué voy a hacer —concluyó Jubal, desesperado, con la voz quebrada.
Aquello al parecer logró por fin alcanzar al padre de Isobel. Su expresión se volvió preocupada.
—Isobel no quería que se lo contara a nadie. A nadie. Fue muy específica —explicó Roberto algo vacilante. Jubal se esperanzó. Desgraciadamente, sin motivo—. Si Isobel confiara en usted, se lo habría dicho ella misma.
—¡Yo estaba inconsciente, maldita sea! ¡No podía decirme nada! —estalló Jubal, manoteando en el aire—. Especialmente, si era tan serio que no me lo habría dicho de otro modo ¡que no hubiese sido en persona!
Su exabrupto hizo a Roberto sonreír ligeramente, pero a Jubal ni siquiera le importaba ya estar poniéndose en evidencia.
—Está bien. Confiaré en usted, porque sé que es su amigo.
¡Sí! ¡Sí! Menos mal...
—Gracias —exhaló Jubal, aliviado.
—Y porque veo lo mucho que le importa Isobel —añadió Roberto. Si Jubal hubiera sido más joven, aquello habría logrado ruborizarlo—. Pero sólo si promete no decírselo a nadie más.
—¿¡Qué!? —¿Ese hombre estaba loco? Necesitaba al JOC, necesitaba a sus agentes, necesitaba todos los recursos del FBI para sacarla de ese lío, fuera cual fuera—. Pero-
El rostro de Roberto se volvió solemne.
—Me da igual lo que me diga, Jubal. No traicionaré más allá de usted la confianza que Isobel ha depositado en mí por primera vez en dos décadas.
Jubal bajó la cabeza y se rascó la nuca.
—De acuerdo —acató, derrotado—. Tiene mi palabra. No se lo diré a nadie más. Por favor, dígame qué sabe.
—Isobel está en México. Está realizando una misión, según sus propias palabras, "vital".
Jubal se quedó estupefacto. Su efímera sensación de triunfo se convirtió en terrible fatalidad de golpe y porrazo.
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Un día antes, cuando el avión aterrizó en el aeropuerto de San Antonio, Texas, Isobel ni siquiera tuvo que esperar su equipaje; sólo llevaba una pequeña maleta de mano.
El fresco vestido de verano de color claro, sus sandalias de cuña alta y sus grandes gafas de sol la hacían indistinguible de las decenas de miles de viajeros que a diario iban y venían por aquel aeropuerto internacional. Recogió un coche de alquiler y en menos de cuatro horas había cruzado la frontera por Del Río a Ciudad Acuña.
Ya era casi de noche cuando aparcó cerca del lugar convenido. Dejaría allí el vehículo. Así nadie podría localizarla exactamente, ni aún averiguando que había alquilado el coche ni teniendo acceso al GPS.
Un discreto turismo de color gris conducido por un hombre se acercó a la acera donde ella esperaba.
Isobel se asomó por la ventanilla del copiloto, cuyo cristal se había bajado.
—Darío —saludó.
—[Sube.]
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