La ley del talión
Capítulo 04. Pesquisas
Lo primero que quiso averiguar Isobel fue si la mujer y el hijo de Vargas habían muerto finalmente a manos del coronel Molina.
—[El coronel odia visceralmente a Vargas por lo que le ocurrió a si esposa, pero lo conozco —la informó Darío mientras conducía por las rectas y llanas calles de Acuña. Le hablaba a Isobel en español y ella no tenía problemas en entender—. Molina es un hombre implacable, pero tiene sus límites. Jamás habría hecho daño a un niño inocente y menos colgarlo de un puente, créeme. —Su amigo, Darío Montero, era agente de la Guardia Nacional de México, la antigua Policía Federal, y tenía acceso a ciertos recursos. De hecho, era quien le había proporcionado la información sobre Molina a Isobel para empezar, hacía un año—. Estoy convencido de que podemos descartarlo.]
Aquello hizo suspirar a Isobel de alivio, pero también de frustración.
—[Eso es bueno. Si se hubiera tratado de Molina, habría sido un problema muy complicado] —opinó Isobel, también con fluidez en español.
—[Puedes estar segura. Molina tiene mucho poder ahora mismo.]
—[Pero hacer la interminable lista de todos los posibles enemigos de Vargas tampoco nos va a llevar a ninguna parte —dijo Isobel, desanimada—. Tenemos que investigar el caso nosotros mismos.]
Su inicial, y firme, determinación era averiguar quién había cometido aquel crimen.
—[Estoy de acuerdo —opinó Darío—. Pero, como ya te dije por teléfono, el caso está atascado.]
Isobel había tenido que adelantarle a Darío sus intenciones, para que al menos supiera a dónde dirigirse y por dónde empezar, pero no le había contado los detalles más moralmente cuestionables de su plan. Sólo ella debía cargar con esa responsabilidad. Apreciaba a Darío; no quería fastidiarle la vida.
Se conocieron hacía años ya, cuando Isobel era aún agente de campo y Darío un subagente novato, durante un caso en el que el FBI colaboró estrechamente con la Federal. Era un tipo rebelde y bastante poco ortodoxo que conseguía resultados. Una persona muy adecuada para ayudarla con aquella investigación al margen. Además, le debía una muy gorda a Isobel y, lo más importante, era de fiar.
Darío había cambiado poco en los años que habían pasado desde entonces. Sus rizos rubio oscuro no habían encanecido y seguía en buena forma. Sus rasgos se habían endurecido un poco, pero como antes, lo que decía seguía teniendo siempre un cierto aire de humor.
—[Desgraciadamente —continuó él—, en la investigación que dirigió la GN, siento decirte que en realidad no se dedicaron prácticamente recursos. No se suele hacer, ya sabes, en casos como éstos de cuestiones internas de los carteles de la droga. Lo achacaron a un ajuste de cuentas y lo pusieron al fondo de la pila. Al final terminó en manos de la policía local.]
—[¿Y si hablamos con el oficial que lo lleva ahora?]
—[Lo intenté, pero Acuña tiene una baja criminalidad, no debió sentarles bien que la GN les largara el marrón, así que me mandó educadamente, o en realidad no, a freír chongos. Al menos no le dio por preguntarme por qué andaba detrás del asunto] —dijo Darío con una mueca aliviada.
*O sea, que ninguna ayuda por ese lado*, pensó Isobel, molesta.
—[¿Algún rumor? ¿Alguna habladuría en las calles?]
—[Nada. La muerte de Sofía Fresneda, señora de Vargas, y del pequeño Carlos es casi un silencioso misterio. Nadie parece haberse apuntado el tanto, lo cual es extraño en una demostración de fuerza como ésta.]
—[¿Podríamos conseguir una copia del expediente?] —preguntó Isobel.
—[Estoy en ello. Sí, podría tramitar una solicitud pero, sin tener una razón de peso, por el cauce normal me pondría mucho en evidencia. Prefiero probar un enfoque diferente. Con tu ayuda para distraerlos —sus ojos verdes la miraron de reojo de arriba a abajo moviendo las cejas, con su sonrisa ladeada marca registrada—, mañana lo conseguiremos en un santiamén.]
Isobel lo miró con divertida suspicacia.
—[Siempre con lo mismo. No pienso ponerme minifalda ni escote, Darío.]
—[A ti no te hace falta nada de eso para llamar la atención, hermosa.]
Los ojos de Isobel se volvieron hacia el techo del coche ante el piropo, mientras sus labios no pudieron reprimir una sonrisa.
—[Pero eso tendrá que ser ya mañana —dijo Darío—. Ahora déjame que te invite a cenar. Acuña no es grande, pero seguro que podemos encontrar algún buen sitio.]
·~·~·
A la mañana siguiente fueron a visitar el puente donde, hacía algo más de un año, habían aparecido los cuerpos de Sofía y Carlos.
No había nada especial en el lugar. Sólo un paso elevado anónimo a las afueras de Ciudad Acuña. Isobel lo contempló con lágrimas en los ojos. Su razón sabía que ella no los había matado, pero no podía deshacerse de la losa en su pecho que suponía la horrible muerte de aquellas dos personas... De aquel niño pequeño que no tenía la culpa de haber sido hijo de quien era hijo.
Necesitaba centrarse. El primer impulso de Isobel había sido pedir a sus analistas del JOC que buscaran las imágenes de vigilancia que hubiera disponibles de la zona aquel día. Pero no podía hacer eso, obviamente. Ni siquiera tenían jurisdicción en ese país. Y no podía implicarlos en aquel asunto. Podría destruir completamente sus carreras. Pero pensar en la posibilidad y no poder hacer uso de ello, como estaba acostumbrada, era como quedarse ciega y sordomuda de repente.
Después de eso, Darío puso en marcha su plan. Pasó el resto del día paseando a Isobel por las oficinas de las fuerzas de Seguridad Pública de Ciudad Acuña, la policía local, con el pretexto de una -falsa- visita oficial que el FBI hacía para una mayor colaboración, mientras daba con una administrativa que camelarse para conseguir la copia del expediente. Darío era resultón y tenía mucho desparpajo. No estaba aquello fuera de sus capacidades.
Los policías de Ciudad Acuña recibieron a Isobel con seriedad profesional, pero parecían estar preguntándose qué demonios estaba haciendo allí el FBI. Ella se mostró interesada en las relaciones con la oficina de campo del FBI en Del Río, la ciudad estadounidense justo al otro lado de la frontera, rezando porque a nadie le diera por llamar allí y preguntar por ella. Para mantenerlos entretenidos, se dedicó a hacer las preguntas que habría hecho si su cometido realmente fuera mejorar esas relaciones. Viendo su buena disposición, los policías acuñenses la invitaron amablemente a café y se relajaron bastante.
Pero llegó un momento en que Isobel se estaba quedando sin cosas que decir.
Afortunadamente entonces Darío, que había estado por su cuenta durante un rato, le hizo un gesto disimuladamente con las cejas e Isobel supo que podía dar las gracias, y los dos largarse de allí.
·~·~·
Jubal miraba las pantallas del JOC con expresión sombría. Ver el rostro de Isobel en ellas mientras intentaban localizarla era surrealista. No era una fugitiva, por supuesto. Intentaban encontrarla porque su vida estaba amenazada; no iban a llamar al equipo de Remy Scott. Sin embargo, seguía siendo una sensación muy extraña.
—No deje de informarme de cualquier cambio, Valentine —dijo Reynolds.
—Sí, señor —contestó Jubal formalmente antes de que su superior abandonara la sala.
Mantenía la calma, pero por dentro tenía ganas de ponerse a gritar. Incluso de romper algo, si su cuerpo, y sobre todo el hombro, no le estuvieran dando el día a pesar de los analgésicos.
Todo eran callejones sin salida. Isobel había tomado el vuelo a Miami, pero después de eso el check-in del hotel había sido falso y no era posible hilar dónde había ido entonces. Isobel había cubierto demasiado bien sus huellas.
Sólo que Jubal *sí sabía* dónde había ido y le ponía frenético no poder actuar en consecuencia. Llegó incluso a juguetear con la idea de conducir la investigación. Pero su maldita honestidad no se lo permitió. Había dado su palabra.
No podía sacarse de la cabeza el plan de Isobel que le había contado Roberto.
Evitar el rencor de Vargas encontrando al verdadero culpable de la muerte de su familia, y llevarlo ante la justicia... Era un verdadero brindis al sol. ¿Cómo podía ser Isobel ser tan ingenua? No podía ser...
Antes de que Isobel se fuera, Roberto le había suplicado a su hija que le dejara un móvil prepago para poder saber de ella mientras estaba lejos.
Amablemente, Roberto se lo había cedido a Jubal. Por desgracia, no tenían ningún número al que llamar. Jubal sólo podía esperar su llamada; estaba rabiando por hablar con ella. Llevaba encima el móvil a todas partes, había dormido con él en la mano incluso. Bueno, lo poco que había podido dormir. Pero no había servido de nada: Isobel aún no lo había utilizado.
Maggie, malinterpretando su gesto se acercó, consternada. Le puso una mano en el hombro sano.
—La encontraremos —dijo con voz queda, intentando animarlo.
Él se volvió y la miró. Por un momento, le fue imposible ocultar la enorme dimensión de la frustración que lo roía por dentro. Y pareció enfadado. Maggie frunció ligeramente el ceño, tal vez algo sorprendida. Jubal volvió a mirar al frente.
—Por supuesto. La encontraremos.
*Yo puedo encontrarla.*
Apretó las mandíbulas, asumiendo la realidad. Lograr que su equipo localizara a Isobel, para que pudieran estar implicados en la situación pero sin comprometer su palabra, era simplemente una tarea imposible. Tendría que intentar otras cosas. Quizás incluso podría ayudar...
·~·~·
Al llegar a la habitación del modesto hotel donde se alojaban, Darío encendió el portátil, conectando la llave USB en la que había metido el expediente del caso.
—[Vamos a ver qué hay aquí. No me ha gustado mucho que hubiera registradas otras dos fechas de acceso y copia recientes, la verdad...] —comentó.
A Isobel tampoco, para ser honestos. Eso significaba que había alguien más investigando aquello.
Entre los dos leyeron el expediente.
Decir que era escueto sería quedarse corto. El relato de los hechos venía a decir que alguien había llamado al 911 y había avisado de que había visto dos cuerpos colgando del puente. La policía había acudido, el juez había hecho el levantamiento de cadáver y se los habían llevado. Eso era todo.
La última vez que Sofía y Carlos fueron vistos con vida fue cuando el servicio los vio marcharse en coche camino a un centro comercial cercano. Iban a comprar helado. Nadie los volvió a ver. El chófer-guardaespaldas seguía desaparecido.
Por su parte, el informe del forense habría aportado lo mismo si hubiera puesto "están muertos". Mencionaba llanamente que los cuerpos estaban quemados post mortem y que no se pudo determinar la causa de la muerte.
Juntos, Darío e Isobel ojearon las fotos de la autopsia de los dos cuerpos carbonizados, con el corazón encogido. No había quedado nada muy reconocible.
Pero el informe no ofrecía ninguna hipótesis. Ni si había fracturas u otras lesiones peri mortem, ni el tipo de la posible arma homicida, ni otra información fisiológica ni toxicológica...
—[No te lo tomes a mal Darío, pero este informe es... —Isobel se abstuvo de decir una palabra mal sonante— muy incompleto. ¿Vuestros forenses siempre trabajan así?]
Darío la miró con expresión sarcástica y se rio por la nariz.
—[Qué educada eres. No, esto es una auténtica chapuza. Obviamente. Gerardo Núñez— leyó Darío el nombre del que lo había firmado—. Vaya lumbreras "el Gerardito"...]
—[¿Crees que lo podremos localizar? Tal vez podamos hablar con él.]
—[Podemos intentarlo. Llamaré mañana al instituto forense.]
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Por segunda vez en muy poco tiempo, Jubal volvió a visitar una prisión federal. Quería tener una conversación con José Martínez, antes conocido como Miguel Rojas... el asesino convicto de Félix Serrano, el hijo mayor de Antonio Vargas.
Jubal había ido a verlo a la cárcel donde Rojas cumplía condena bajo otro nombre para hacerle una pregunta. Una sencilla pregunta que podía ser clave. Una pregunta que tal vez podría ayudar mucho a la investigación de Isobel. Jubal esperaba poder ayudarla desde la distancia, tener algo que ofrecer cuando ella llamara por fin, aparte de reproches. Aportar algo a lo que ella estaba intentando conseguir, aunque Isobel no hubiera contado con él. Aún le escocía aquella desconfianza.
Los guardias sentaron a Rojas frente a Jubal en una sala privada, y le retiraron las esposas. El preso no parecía estar pasándolo mal. No tenía aspecto de estar demasiado mal alimentado y no se veían golpes o magulladuras. En sus ojos se veía el aburrimiento del encierro, pero no el miedo del que teme por su vida. Al menos eso estaba funcionando...
Jubal se presentó por cortesía.
—Sr. "Martínez", sólo he venido a hacerle una pregunta. Espero que esté dispuesto a contestar.
Rojas lo estudió largamente, como intentando adivinar de qué iba aquello. Finalmente, se encogió hombros con indiferencia.
—No puedo prometerle nada, pero dispare.
*Por ahora bien*. Jubal tomó aire.
—¿Quién estuvo realmente tras la muerte de Félix Serrano?
Estaba convencido de que no podía ser algo casual. Quien quiso muerto al hijo de Vargas, probablemente había ido también a por el resto de su familia.
La respuesta que obtuvo le heló a Jubal la sangre en las venas.
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