La ley del talión
Capítulo 05. Persiguiendo sombras


El profesional había averiguado que su objetivo había tenido un accidente de tráfico, y estuvo husmeando por el hospital

No tardó, sin embargo, en averiguar que ya no se encontraba allí. Le pareció peculiar que alguien que, según había sabido, había sufrido algunas lesiones, hubiera obtenido el alta tan pronto.

Pero en realidad, lo consideró un golpe de suerte. Aquel trabajo no era posible ejecutarlo a distancia; tenía que secuestrar a su objetivo y retenerlo durante horas. No habría podido si estaba ingresado. Ahora no tendría que esperar tanto para llevarlo a cabo.

Se apostó discretamente ante el edificio de apartamentos donde vivía su blanco, en busca de la mejor oportunidad para atraparlo.

Pero el tipo... ni siquiera apareció.

·~·~·

Al día siguiente, después de desayunar, Isobel y Darío decidieron investigar al chófer desaparecido. Ya se lo sospechaban, pero confirmaron sin dificultad en los expedientes de la GN que José Ramón Ambrós formaba parte del cartel de Durango. Por supuesto, Vargas no habría confiado a su mujer y a su hijo a alguien que no fuera de confianza.

Decidieron averiguar más sobre él, así que visitaron su última residencia conocida, un apartamento alquilado en una zona residencial de Acuña.

El casero, un señor de mediana edad con bigote que se rascaba mucho, los recibió cordialmente y sin sorprenderse. Incluso les ofreció ver el apartamento, ya que en ese momento no estaba ocupado.

—[¿Recuerda cuándo fue la última vez que vio usted al Sr. Ambrós?] —comenzó Darío por la pregunta habitual.

—[Por supuesto. El día que el pinche cabrón se marchó sin pagar lo que me debía.]

Isobel y Darío se miraron sorprendidos.

—[¿Cómo?] —dijeron los dos prácticamente a la vez.

—[Órale pues. Un día llegó acojonadito, recogió cuatro chismes y se largó dejándome a deber el alquiler. Hijo de la chingada. Mascullaba algo de que le cargarían el muerto a él. Ahora, que yo pensé para mí: "De poca madre. Cuanto más lejos mejor". Ya me había dado cuenta de que era malhora y que se juntaba con criminales. Vinieron buscándolo poco después, por cierto. Gente peligrosa. Les dejé registrar las cosas que no se llevó, por supuesto. ¿Quieren ustedes verlas? Debería tenerlas en el trastero en alguna parte...]

Darío e Isobel parpadearon ante aquella inesperada y fluida verborrea.

—[Pero no se lo contó a la policía...] —afirmó Darío, desconcertado.

—[¡Órale pues!] —exclamó el casero—. [Cuando los Federales estuvieron aquí hace un año, les conté lo mismito que les estoy contando a ustedes. Igual que a los que vinieron antier preguntando también.] —Isobel se sobresaltó. Era la segunda vez que tenían noción de que alguien más estaba investigando—. [Yo no me hago el guaje con nadie. No, no. No se vayan a pensar que tienen que sacudirme para sacarme la sopa.]

—[¿Por qué no está nada de eso en el expediente del caso?] —se preguntó Darío cuando ya él e Isobel volvían al coche—. [Yo estaba convencido de que al chofer se lo habían cargado, y su cuerpo estaría pudriéndose en algún sitio difícil de encontrar...]

Isobel se preguntaba lo mismo, pero en ese momento le preocupaba más la cuestión de los otros que también estaban indagando. ¿Quiénes eran? El casero había dicho que policías desde luego, no eran. Les llevaban dos días de ventaja al menos. ¿Cuál era su objetivo? ¿Serían hombres de Vargas? Pero... ¿ahora precisamente? ¿Un año después? Las incógnitas eran demasiadas para hacer siquiera conjeturas. Lo único que tranquilizaba a Isobel un poco era que los otros seguramente no sabían de Darío y de ella.

Si vas por delante, tal vez no te des cuenta de que alguien te sigue un par de pasos por detrás.

·~·~·

Jubal intentaba relajarse durante el vuelo a San Antonio.

Pero no parecía posible. Tenía la mente hiperacelerada y el trayecto se le estaba haciendo eterno. ¿Cómo era posible que un trasto que se movía a más de quinientas millas por hora pudiera parecer tan lento? Si no tuviera el cinto puesto se estaría subiendo por las paredes. El pasajero de al lado le echó una mirada irritada. Parecía un poco harto de los chasquidos de la goma elástica. Jubal hizo un esfuerzo por dejar de hacerlo.

Le dolía la herida del brazo. Se tomó otro analgésico y se obligó a cerrar los ojos.

¿Qué estaría Isobel haciendo ahora? Jubal esperaba que simplemente enfrascada en su autoimpuesta misión. Por enésima vez rezó porque no le hubiera pasado nada malo. Y todavía tenía que encontrarla en Ciudad Acuña, que no sería fácil sin los recursos del FBI y si ella no quería ser encontrada. Si es que seguía allí...

Le aterraba no llegar a tiempo. La angustia que le provocaba esa posibilidad tenía una dimensión casi inmanejable. Y no quería pensar mucho en el por qué. Se volvió a decir a sí mismo que se trataba de algo acumulativo, después de lo de Rina... de Jess... no podía permitirse perder a nadie más. Y evitó activamente reflexionar más sobre ello.

Intentando distraerse, empezó a darle otra vez vueltas a las insensatas intenciones de Isobel. Era una mujer muy inteligente, no era posible que se estuviera jugando su carrera y su vida a la frágil esperanza de que Vargas fuera... agradecido. Tenía que haber algún detalle que se le estaba escapando.

Aunque no era esa incertidumbre lo que había hecho a Jubal comprar el primer billete de avión a Texas, pagando el triple del precio normal, sin siquiera pasar por casa para coger una muda.

No, eso lo había provocado la respuesta de Miguel Rojas.

No le hacía sentirse orgulloso de sí mismo por ello, pero Jubal había tenido que recurrir a cuestionables, muy feas -y también muy falsas- amenazas de retirar la condición de preso protegido para conseguirla. Miguel Rojas tenía miedo, y con razón.

Fue esa respuesta lo que lo subió al avión.

El avión más lento de la historia de la aviación comercial, al parecer...

·~·~·

Darío había estado llamando al instituto forense, pero no cogían el teléfono, así que condujeron hasta allí. El instituto se encontraba en Piedras Negras, a algo más de 56 millas, alrededor de 1 hora de camino.

Al llegar, una mujer en su treintena les atendió en recepción.

—[Buenos días, señorita —saludó Darío y se identificó—. ¿Tienen algún problema con el teléfono? ¿No lo cogen nunca?]

—[Oh, cuánto lo lamento. Han cambiado el número hace poco. Le daré el nuevo —contestó la mujer amablemente y le tendió una tarjeta—. ¿Puedo ayudarle en algo más?]

—[Estoy seguro de que sí —dijo Darío sonriendo y haciéndola sonreír a su vez—. Queremos hablar con el Dr. Gerardo Núñez, ¿podrías avisarle, por favor? Es para ampliar un informe de autopsia que elaboró él.]

—[Aaam... No, me temo que no. El Dr. Núñez ya no... Falleció hace tiempo. Lo siento.]

—[Vaya, ¿sí? ¿Cuándo fue eso?]

—Mmm... Hace más de un año. El 28 de mayo. El pobre. Llevaba ya un tiempo enfermo...

Isobel y Darío se miraron de reojo. A Sofía y Carlos los habían matado dos días después.

—[Perdona, pero ¿esta firma es la suya, no?] —preguntó Isobel con buenos reflejos, mostrándole el informe escaneado en su móvil, pero teniendo cuidado de que no viera la fecha, que declaraba que un hombre muerto lo había firmado el 1 de junio.

La recepcionista pareció dudar, pero finalmente dijo:

—[Sí, creo que sí.]

—[¿Y seguro que falleció el 28 de mayo?] —quiso asegurarse Darío.

—[Sí, seguro. Lo recuerdo porque coincidió con mi cumpleaños...]

No hizo falta siquiera que los dos lo hablaran. Estaba claro que el informe había sido falsificado.

·~·~·

—[¿Soy yo o esto se está poniendo algo extraño?] —preguntó Darío mientras esperaban que les trajeran su almuerzo en la terraza de un pequeño restaurante, ya de regreso a Ciudad Acuña.

Aquel día, una leve brisa traía fresco de Río Bravo y, a pesar del tiempo cálido, se estaba bien en el exterior.

Isobel se movió en su asiento, intranquila. Nadie a su alrededor les prestaba atención, sólo un par de personas más sentadas en la terraza de restaurante, pero tenía la desasosegante sensación de que los observaban. Por otro lado, sentía una aguda frustración. Intentó controlarla para contestar a Darío. No lo consiguió.

—[¿Podemos fiarnos ahora de una sola palabra de ese informe forense, acaso? ¿O del expediente del caso, ya que estamos?] —sonó tan exasperada como se sentía.

Darío se encogió de hombros, con desconcierto.

—[No te desanimes. Intentaré localizar a Ernesto Caldera, el agente de la GN que llevó el caso originalmente. Tal vez él nos pueda dar más información.]

Isobel asintió, un poco más serena, aunque escéptica. Entendía que Darío quisiera darle el beneficio de la duda a un compañero del cuerpo, pero todo estaba volviéndose demasiado turbio como para que le brindara mucha confianza lo que Caldera tuviera que decir. Y sin embargo...

—[Sí que tengo curiosidad por hablar con él, sí...]

De pronto, pero con un movimiento fluido y disimulado, alguien dejó al pasar un móvil sobre su mesa.

Isobel se levantó de inmediato. Darío sentado frente a ella se giró. Había sido un hombre de mediana edad, mediana estatura, mediana constitución y vestido con las prendas más habituales de los locales de aquella zona.

—[¡Eh! ¡Tú! —lo llamó Isobel, agarrando el móvil y saliendo en su persecución— ¡Eh, detente!]

El hombre ya empezaba a mezclarse con la gente que caminaba por la concurrida calle.

Isobel se apresuró, pero entonces el móvil sonó. Ella dudó. En la pantalla del prepago baratucho ponía 'Número Desconocido'. Aquella distracción hizo que perdiera de vista al hombre. Miró a su alrededor, buscando a alguien que pudiera estar vigilándolos, sin éxito.

Darío iba a pasar corriendo por su lado intentando alcanzar al tipo, pero ella lo detuvo. No era prudente separarse.

Se sentaron a la mesa de nuevo. El teléfono seguía sonando con un timbre muy genérico y molesto. Darío lanzó una mirada interrogativa hacia el móvil, e Isobel descolgó por fin. Pero guardó silencio.

—Castille.

No tuvo tono de pregunta. Un desagradable escalofrío recorrió la espina dorsal de Isobel. Era la voz de Vargas. Serena, fría, inconfundible.

—Vargas —respondió ella al cabo de un momento, con toda la calma que pudo reunir.

¿Cómo demonios Vargas conseguía que le siguieran colando móviles en una prisión federal de máxima seguridad?

—¿Qué está haciendo usted en Acuña, Castille? —preguntó en inglés, con su rechinante cortesía habitual—. ¿Le parece prudente ponerse a mi alcance de esta manera?

—He venido a hacer algo y sus amenazas no van a disuadirme —replicó ella, desafiante.

—Pensaba que ya sabía usted que mis amenazas nunca son vacías —Se hizo un tenso silencio—. No hace falta que conteste. Yo ya sé en qué anda metida.

¿Es que no hay lugar donde este maldito no tenga ojos y oídos? Aunque no era descabellado pensar que Vargas tuviera un topo, o varios, en la policía local. Isobel renegó para sí. Se había expuesto demasiado; había sido descuidada.

—Sólo quiero oír de su boca por qué —continuó Vargas— ¿Por qué está haciendo esto, Castille?

—¿Que por qué? Porque nadie más parece estar haciendo nada —no pudo evitar que sonara a reproche; tal vez ni lo había intentado.

—Castille, ¿se le ha ocurrido pensar que tal vez yo ya me haya ocupado de esta cuestión de una manera silenciosa y discreta?

De hecho, no. No se le había ocurrido esa posibilidad. En absoluto. El pánico trepó desde el estómago, por dentro del pecho de Isobel, hasta su garganta. Se maldijo a sí misma por no haberlo pensado. Si eso era cierto, la despojaría completamente de la palanca que había creído tener a su alcance...

No, no, no. Sólo está jugando contigo.

—No, Vargas. Si usted hubiera podido tomar cartas en el asunto, se habría enterado todo el mundo de Chiapas a Baja California —contraatacó Isobel—. La represalia habría sido muy sangrienta y muy pública.

Otro silencio más.

—Iba a darle a mi gente orden de que actuaran de inmediato contra usted. —Vargas hizo una pausa ominosa. Isobel tuvo que tragar con dificultad y miró tensa a su alrededor—. Pero la verdad, me intriga qué pretende conseguir. ¿Busca mi perdón, Castille?

Mientras apretaba con fuerza el móvil, Isobel reflexionó la respuesta. Sí, se sentía responsable por la muerte de Carlos y Sofía, pero seguía resistiéndose a asumir que la culpa fuera suya. Su intención última estaba cerca de lo que decía Vargas, pero no se trataba de aquello tampoco. En cualquier caso, era obvio que no debía permitir que Vargas le sonsacara cuál era su mano. Parecía que con él siempre estaba jugando una larga partida de póker.

—Busco justicia —contestó, melodramática.

Vargas pareció reflexionar.

—Está bien. La dejaré continuar de momento. A ver qué más puede conseguir. Pero no tiente demasiado su suerte, Castille. Usted y Valentine podrían terminar también colgados de un puente —declaró con dureza.

Y cortó.

·~·~·

Lo que deseaba Isobel era tirar con furia el teléfono de Vargas contra el suelo y aplastarlo de un pisotón, pero decidió guardarlo. Deshabilitó las opciones de ubicación y datos, y lo metió en su bolso.

Después de aquello, Darío intentó animar a Isobel durante el almuerzo, pero ella, sombría, sólo quiso hablar sobre el caso, más decidida que nunca a lograr su propósito.

Volvieron al hotel y Darío enseguida se sentó a buscar cómo contactar con Ernesto Caldera.

Mientras, Isobel sacó el prepago que había traído consigo desde Nueva York. Lo había estado usando esos días para hablar con el hospital y preguntar por Jubal. Había sido un gran alivio cuando se había enterado de que había recuperado la consciencia y que no tenía ninguna secuela grave.

Pero los recientes juegos mentales de Vargas la habían dejado en un estado de grave inquietud. Llamó. Necesitaba saber si Jubal estaba bien.

Darío levantó una ceja cuando la oyó llamar y preguntar por Jubal Valentine una vez más; lo había hecho casi todas las noches desde que había llegado a Acuña.

—¿Bueno, y quién es este "Jubal" por el que preguntas todos los días? —preguntó Darío con aire divertido mientras la ponían en espera en el hospital.

Igual que Isobel no le había contado a Darío cuál era su objetivo final al embarcarse en aquella investigación - sólo que Vargas había puesto a su equipo en el punto de mira y que estaba decidida a encontrar al culpable de la muerte de su familia-, tampoco le había hablado de su verdadera motivación, de la amenaza de muerte que pendía sobre Jubal en aquel momento, ni lo mucho que importaba para ella que no sufriera ningún daño más... Ni por qué.

—Es uno de los agentes bajo mi mando —contestó de manera lo más neutra posible—. Vargas ordenó atentar contra él. Salió vivo de milagro. Llamo para saber su evolución, nada más.

La boca de Darío dibujó una sonrisita escéptica que Isobel ignoró por completo.

Sin embargo, hoy en el hospital tenían una novedad inquietante. El día anterior Jubal, en contra de la opinión del personal médico y mucho antes de estar totalmente recuperado, había dejado el hospital.

¡Maldita sea! Por un día que no había llamado...

Su preocupación por él se disparó sin ningún control. ¿En qué demonios estaba pensando Jubal para hacer esa insensatez? Estuvo a punto de llamarlo inmediatamente. Pero no podía hacer eso sin muy probablemente provocar una avalancha de preguntas sobre por qué se había ido de viaje de manera tan repentina. Preguntas que la obligarían a mentirle flagrantemente. No quería tener que hacer eso.

No podía llamar a Maggie o a OA por la misma razón.

Aún no había usado el prepago que le había dejado a su padre. Tal vez él pudiera averiguarle algo. Llamó entonces al único otro contacto que tenía grabado en el móvil aparte del hospital. Lo descolgaron al primer toque, como si hubieran estado esperando, incluso acechando, la llamada.

—¿Isobel?

Un estremecimiento la recorrió de pies a cabeza al oír claramente la voz de Jubal, cargada de ansiedad, decir su nombre al otro lado de la línea. Se quedó sin habla varios segundos hasta que logró reaccionar.

—¿Jubal? ¿Qué-? ¿Por qué tienes tú este teléfono? ¿¡Mi padre está bien!? —preguntó Isobel alarmada por las posibles razones de que el prepago hubiera terminado en poder de Jubal.

—Isobel. Gracias al Cielo —suspiró él aliviado de forma evidente—. Tu padre está bien, no te preocupes. El móvil me lo dio él, para que pudiera encontrarte. Dijo que llamarías. ¿Estás bien? ¿Dónde estás?

Maldición.

—Estoy perfectamente bien —contestó muy seria—. O sea que, ¿mi padre te lo ha contado todo? —preguntó retóricamente—. No debí confiar en él.

—No, Isobel. Yo lo convencí. Casi lo obligué. Tuve que hacerlo. Estás en peligro. Tenemos que hablar. ¿Dónde estás? —insistió él con urgencia.

Las obvias preocupación y súplica en su profunda voz conmovieron intensamente a Isobel. Pero no iba a dejar que eso la afectara.

—No voy a contestar a eso —replicó con firmeza—. Habla tú.

—No. Quiero hablar contigo en persona —esta vez fue inflexible.

Isobel volvió a maldecir, esta vez en voz alta.

Darío levantó la vista.

—Jubal, tú lo que deberías es estar en el hospital. Dime lo que tengas que decirme. Es una orden, agente Valentine.

Y vuelve al hospital, por lo que más quieras.

El silencio que se produjo a continuación fue tan espeso como incómodo. Isobel empezaba a arrepentirse de haber sido tan ruda.

—Estoy llegando a Del Río —dijo Jubal con un tono áspero—. ¿Me vas a hacer volverme por donde he venido?

Darío tuvo que sonreír ante la cara atónita de Isobel.

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Nota del autor: la trama se complica... He intentado que las expresiones mexicanas sean correctas. Si alguna no está bien, por favor, decídmelo. Me encantaría saber qué os está pareciendo. Los comentarios serán muy bienvenidos.