La ley del talión
Capítulo 06. Frente a frente


ADIC Reynolds era un hombre controlado y lacónico, pero en aquella ocasión cerró los ojos, inclinando hacia atrás la cabeza, dejando que se notara su frustración.

—¿Me está diciendo, agente Scola, que el ASAC Valentine también ha desaparecido?

El gesto de Stuart fue de desmayada impotencia.

—Dejó mensaje de que iba a buscar a Isobel, al menos... —intervino tímidamente Elise.

—Sí, y no ha cubierto sus huellas como lo ha hecho ella —se apresuró a aportar OA.

—¿Creen que podrán localizarlo?

—Haremos todo lo que podamos, señor —aseguró Maggie.

Esperó a que el ADIC saliera del JOC para dirigirse a los presentes.

Todos la miraban tensos, expectantes.

La falta de información hacía sentirse a Maggie sobre terreno inestable, y aún no estaba lo suficientemente fuerte después del incidente con el gas. Tomó aire antes de dirigirse a ellos. Sentía que los zapatos de Jubal le venían enormemente grandes, pero haría todo lo posible por estar a la altura.

Estaba segura de que Jubal e Isobel habían tenido sus razones de peso para marcharse, aunque ahora no pudiera entenderlas. Pero, aunque hubieran decidido actuar por su cuenta, Isobel y Jubal los necesitaban. No los iban a defraudar. No si ella tenía que decir algo al respecto.

—De acuerdo. Si algo tenemos claro es que Vargas nos está amenazando a todos. No podemos dejar que Isobel y Jubal anden por ahí solos y sin respaldo de ningún tipo. Tenemos que encontrarlos. Seguro que Jubal nos dejó alguna pista. ¡Vamos, gente! Demostremos por qué somos el mejor equipo del FBI.

·~·~·

Mientras esperaban a que llegara Jubal, Darío averiguó que Ernesto Caldera, el agente de la GN que investigó el caso, se había retirado hacía seis meses y se había ido a vivir a Mazunte, Oaxaca.

Además, usando sus contactos, Darío logró conseguir el número de Caldera y contactarlo a pesar de su retiro. Probó suerte y le mandó unos mensajes.

La verdad es que Isobel agradeció la distracción. No sabía si iba a ser capaz de manejar la situación con Jubal cuando lo tuviera delante.

Después de haberse presentado, Darío le explicó al ex-agente muy por encima la situación, dejando a Isobel fuera del asunto, por supuesto. Caldera había accedido a hablar con él por videoconferencia sobre el caso.

—[Pero no puedo prometerle que me acuerde de mucho, agente Montero]—dijo Caldera una vez que estaban viéndose las caras—. [Llevé muchos casos y éste sólo fue uno más.]

La imagen que podía verse de Caldera en la pantalla revelaba a un cincuentón canoso de cara caballuna y ojos apáticos, que tenía expresión de estar pensando que aquello sólo era una pérdida de su precioso tiempo.

—[Por supuesto, lo comprendo] —dijo Darío, educadamente. Comenzó por hacerle un resumen de los hechos, para refrescarle la memoria—. [No he podido evitar que el expediente del caso me parezca un poco... escueto] —planteó a continuación—. [¿Recuerda usted algún detalle que podría haberse quedado fuera?]

Caldera aparentemente pensó durante unos segundos.

—[No puedo decir que lo haga, no.]

—[Cualquier cosa] —insistió Darío—. [Por nimia que sea, tal vez sea de ayuda.]

—[No. Hace un año ya de aquello, lo siento.]

—[Mmm... De acuerdo.]

Darío entonces le preguntó por la irregularidad con el informe de la autopsia.

—[¿Sabe a qué puede haberse debido?]

Caldera se encogió de hombros con expresión displicente.

—[No lo sé. ¿Tal vez un error administrativo? ¿Quizás el forense se equivocó al fechar el informe? Ni idea.]

—[Pero al parecer el Dr. Núñez estaba muerto ya antes incluso de que se produjera el crimen.]

—[¿En serio? No sé. No recuerdo las fechas] —dijo Caldera con exagerado desinterés.

—[¿Y qué me dice de José Ramón Ambrós? En el expediente, el chófer consta como desaparecido, pero su casero-]

—[Mire, agente Montero] —lo interrumpió abrupta pero condescendiente el ex-agente—, [esto es absurdo. No entiendo el motivo de su interés en este caso. La familia de las víctimas lo pasó muy mal. No hay por qué andar removiendo las cosas después de tanto tiempo.]

Desde detrás del portátil, Isobel miró a Darío con el rostro tenso. Él no le devolvió la mirada, pero por un instante fue obvio que se sentía incómodo.

—[Bueno, para llevar ante la justicia al culpable, por ejemplo] —replicó Darío con aire de sugerencia—. [La familia seguro que agradecería eso.]

—[No le digo que no. Pero en realidad, sólo les hará más daño. No les devolverá a sus seres queridos... Olvídelo, agente Montero. Tampoco es que le vaya a conseguir ningún reconocimiento resolver un caso viejo como éste. ¿Por qué no lo deja estar?] —dijo Caldera aplicando a la pregunta un claro tono paternalista, y haciendo una mueca de reproche.

Los ojos de Darío se endurecieron. Asintió como si hubiera comprendido algo.

—[Sí, es cierto] —concedió con suavidad—. [Tal vez tenga usted razón...]

Caldera pareció quedarse satisfecho. Darío le agradeció su colaboración y los dos se despidieron con aparente cordialidad.

Cuando cortaron la videollamada, Isobel no tardó en saltar.

—[Venga, ya. No se acuerda de nada pero sí de que la familia "lo pasó mal"] —dijo haciendo un gesto escéptico alzando la mano en el aire. La irritación que sentía por la inminente llegada de Jubal la tenía un poco al límite—. [¡Y cómo te ha cortado cuando le has mencionado al chófer! Una casa en Mazunte... Un sitio un tanto caro y exclusivo para la pensión de un agente de la GN, ¿no te parece?] —Si hubiera tenido los recursos del JOC, Isobel estaría pidiendo un informe de las finanzas de Caldera ya mismo—. [A éste lo han untado. No sé por quién o por qué, pero está claro como el día que miente.] —Observó algo inquieta a Darío, que permanecía silencioso y sombrío. Se temió que se sintiera ofendido por las acusaciones a su compañero del cuerpo—. [¿No?]

No debería haberse preocupado.

—[Como un bellaco (like a rug on fire)] —estuvo de acuerdo Darío, claramente asqueado.

Cerró el portátil con un gesto brusco.

·~·~·

Apretando el pedal del acelerador, a Jubal le llevó algo menos de tres cuartos de hora llegar al hotel en Ciudad Acuña donde Isobel le había dicho que se alojaba. Tras aparcar, cogió del asiento de atrás del coche la mochila con las pocas cosas que le había dado tiempo a comprar en el aeropuerto antes de coger el avión (unas mudas, algunos útiles de aseo y poco más), y se dirigió a la habitación de Isobel.

Antes de llamar a la puerta, Jubal respiró lentamente varias veces. Se arrepintió de no haberse obligado a dormir durante el vuelo, pero logró expulsar de su cuerpo el dolor y de su mente el cansancio.

Sabía a lo qué iba a enfrentarse. Isobel podía ser un enemigo formidable. Presentaría una fiera batalla. Pero lo que se zanjaría en esa contienda era demasiado importante para asumir una derrota. Jubal tenía que vencer. Fuera como fuera. Tomó aire una última vez, reuniendo fuerzas, y dio tres toques sobre la madera de la puerta.

·~·~·

Isobel esperaba la llegada de Jubal recorriendo incansable la habitación. Llevaba haciéndolo prácticamente desde que Darío terminó de hablar con Caldera.

—Respira, Isobel —dijo quedamente Darío, mirándola preocupado—. Asumo que confías en este hombre. Dale la oportunidad de explicar lo que ha venido a decirte.

Isobel exhaló. Su amigo tenía razón. Detuvo su inútil deambular, se sentó al borde de una de las camas y cerró los ojos, intentando encontrar calma en su interior, en alguna parte.

Sin embargo, cuando Jubal llamó por fin a la puerta e Isobel se la abrió, no pudo evitar acribillarlo con sus ojos negros. Él la miró tremendamente ceñudo. Sus miradas colisionaron.

Jubal pasó dentro e Isobel cerró la puerta sin que ninguno apartara los ojos.

Era inconcebible que alguien pudiera alegrarse y enfadarse tanto a la vez de ver a otra persona. La última vez que Isobel lo había visto, justo antes de marcharse de Nueva York, Jubal estaba postrado en una cama del UCI del hospital, y no se sabía cuándo y en qué condiciones -o siquiera si- llegaría a despertarse. Ahora se sentía al borde de las lágrimas sólo por el alivio de verlo consciente, lúcido y en pie, pero la irritaba increíblemente el innecesario riesgo que estaba corriendo al plantarse allí, y sin escolta siquiera. La hacía desear abrazarlo y zarandearlo al mismo tiempo.

Si Isobel hubiera sabido que Jubal se sentía exactamente igual, tal vez lo habría encontrado hasta divertido.

Tenerla físicamente ante él fue un auténtico desafío para Jubal. Se había temido tanto no llegar a tiempo, que los sicarios de Vargas habrían llegado antes tal como el capo había advertido... O la alternativa, que era casi peor. Soltó la mochila, que cayó dando un golpe sordo sobre el suelo de madera, y dio un impetuoso paso hacia ella. Isobel no retrocedió. Desgraciadamente, su impulso de gritarle por su insensata desaparición neutralizó completamente el deseo de rodearla con sus brazos y no soltarla nunca. Así que no hizo ninguna de las dos, dejándole una desagradable sensación de impotencia.

—Pasa —le indicó Isobel algo secamente.

Jubal estudió la habitación: un par de camas y una pequeña mesa con un gran ventanal que daba a un estrecho balcón, y sus ojos se encontraron con un hombre joven sentado ante un portátil que lo miraba con cierta curiosidad.

—Éste es Darío Montero —explicó Isobel con la voz tensa, antes de que Jubal pudiera preguntar—, de la Policía Federal. Bueno, ahora se llama la Guardia Nacional, ya sabes. Es amigo mío desde hace años y me está prestando su ayuda. Darío, éste es el agente Jubal Valentine.

El desconocido se puso en pie tendiéndole la mano y Jubal se la estrechó, con expresión intrigada.

—Encantado —dijo Darío.

Se trataba de un hombre atlético, con un aire a Bradley Cooper pero con la piel más bronceada, los ojos verdes y el pelo más ondulado y más claro, tirando a trigueño. Su sonrisa era más descarada también. Era casi tres pulgadas más bajo que Jubal... y tal vez diez años más joven.

—Muy bien, ya estás aquí —dijo Isobel impaciente hacia Jubal, los puños apretados a ambos lados del cuerpo, exigiendo poderosamente de nuevo su atención—. Totalmente en contra de mis deseos y consciente de ello. ¿Qué querías decirme?

Él no se resistió. Sus ojos se fijaron en Isobel de inmediato y relampaguearon de furia, pero también de dolor y eso la retuvo a un poco. Le hizo percatarse de que Jubal se sujetaba el brazo izquierdo con cuidado, y recordar que por supuesto él debía estar herido todavía. Tenía un aspecto muy cansado, además.

—Perdona —suspiró ella, controlando como pudo su propio enojo.

La expresión de Isobel se tiñó de consternación. Jubal no supo por qué, pero creyó saber qué estaba pensando: ¿Por qué has venido hasta aquí? Ni siquiera estás totalmente recuperado, tendrías que estar en un hospital. No podría decir que le faltara razón.

El ceño fruncido de Jubal le permitió de alguna manera a Isobel adivinar qué le estaba pasando a él por la cabeza: ¿Cómo se te ocurre intentar hacer esto por tu cuenta? Es una enorme imprudencia.

Mientras ellos se enfrentaban sin decir nada, Darío los miró a los dos alternativamente. Suspiró.

—Iré a por algo de beber —ofreció, yendo hacia la puerta—. Jubal, ¿una cerveza?

—¿Eh? Un refresco cualquiera, por favor —contestó Jubal.

—Tráeme lo que te parezca. Gracias —dijo Isobel llanamente.

Ninguno de los dos apartó la vista del otro mientras Darío se marchaba sacudiendo la cabeza.

Isobel le agradeció internamente la delicadeza de darles intimidad para discutir.

La batalla de miradas continuó unos segundos más. Entonces, Jubal vio, adornando el cuello de Isobel, el colgante del pavo real que él y el equipo le habían regalado. Las posibles implicaciones emocionales le hicieron perder la concentración. Ella no desaprovechó la ventaja táctica.

—¿Por qué has venido? —repitió Isobel su pregunta.

Él apretó las mandíbulas. En dos bruscas zancadas, fue hasta las ventanas y cerró las cortinas. No es que fueran a detener la bala de un francotirador, pero al menos la habitación dejaba de ser una maldita galería de tiro. Cubrió el ventanal por completo antes de volver a encararse con ella, que había observado con extrañada preocupación sus movimientos.

—Porque creo que sé quién ordenó matar a la mujer y al hijo pequeño de Vargas —contestó él por fin.

La sorpresa en el rostro de Isobel no tardó en convertirse en escepticismo.

—Jubal, Darío y yo llevamos varios días investigando y no estamos más cerca de saberlo que cuando empezamos. ¿Cómo puedes saberlo así sin más?

—Porque detrás de la muerte de Félix Serrano estuvo el cártel de Juárez. El propio Patrón en persona.

·~·~·

Fueron necesarios varios segundos para que Isobel asimilara esa información.

—¿El Patrón? —repitió ella. Un desconcierto manchado de inquietud inundaba su rostro—. ¿C- cómo has podido averiguar eso? —preguntó casi sin aliento.

—Sonsaqué a Miguel Rojas —replicó él con sencillez.

—Oh —Sus ojos se entrecerraron ligeramente con comprensión—. Es verdad. Nunca supimos cuál fue su móvil... —notó que se llenaba de una intensa admiración hacia él—. Eso, de hecho, ha sido muy inteligente por tu parte.

Jubal tuvo problemas para no sentirse estúpidamente complacido por cómo Isobel lo estaba mirando en ese momento.

—Al parecer El Patrón tenía hacía mucho una cuenta pendiente con Vargas —abundó—. Algo desagradable y personal. Y encontró el modo de obligar a alguien de dentro, Miguel Rojas, a que lo hiciera por él.

Isobel reflexionó durante varios segundos.

—No puede ser —llegó a la conclusión—. Si el cártel de

Juárez hubiera sido el autor y por un motivo como ése, habría hecho una demostración muy pública.

—¿Más pública que colgar los cuerpos de un puente?

—Sí, se habrían asegurado de que fuera de dominio público que habían sido ellos. Y no es el caso. Nadie sabe quién hizo aquello. Además, la marca de la casa de Juárez son las decapitaciones brutales.

Jubal dudó. ¿Y si estaba equivocado en sus conclusiones? Sacudió la cabeza.

—Tal vez sí y tal vez no. Isobel... —Jubal se acercó. Fue a cogerla por encima de los codos, pero al final no lo hizo— ...te estás metiendo en mitad de una guerra entre dos de las mafias más sangrientas de México. Por favor, déjalo, regresa conmigo.

Isobel lo miró a los ojos. Las aterradoras imágenes de sus pesadillas de Jubal muerto en un charco de sangre, el desgarrador dolor de su pérdida, se superpusieron a la realidad como una proyección. No podía soportar la idea de que el brillo que veía en aquellos ojos se extinguiera para siempre. Galvanizó absolutamente su resolución.

Dio un paso atrás. Jubal ni quiso identificar por qué dolió tanto que hiciera eso.

—No. No puedo —se negó con firmeza—. Lo siento.

—¿Por qué? —inquirió Jubal, impaciente.

No puedo decírtelo. Y ni siquiera puedo decirte que no puedo decírtelo...

—Tengo que hacer algo para cambiar la situación. No puedo dejar esta amenaza pendiendo sobre nosotros para siempre —dijo con vaguedad.

Jubal se desesperó.

—Este plan es una insensatez, Isobel. Si detrás de esto está Juárez, aunque logres acusar a alguien sólo te ganarás otro enemigo peligroso. No puedes fiarte de lo que vaya a hacer Vargas. Pensaremos otra cosa. Volvamos a Nueva York.

Isobel negó con la cabeza.

—Regresa tú. Deberías estar recuperándote. Regresa. Mañana mismo, Jubal.

—Ni hablar —se negó, testarudo—. No me iré si no vienes conmigo. Ninguno estamos aquí con carácter oficial. No puedes darme órdenes.

Maldita sea. Tiene razón. Allá afuera no tenía ninguna autoridad sobre él. Isobel bajó los ojos, abrumada.

—Puedo pedírtelo... —murmuró.

El aire abandonó bruscamente los pulmones de Jubal por su boca entreabierta. No tenía respuesta para eso. Si Isobel le pedía eso, sería porque no iba a volver voluntariamente con él bajo ningún concepto. ¿Y entonces qué podría hacer él? ¿Dejarla inconsciente e intentar cruzar la frontera con ella metida en el maletero?

Sentándose a los pies de una de las dos camas, Jubal bajó la cabeza, derrotado.

—Por favor —dijo con un ronco susurro. No me hagas esto—. No puedo dejarte aquí —Ella no contestó, inamovible. La presión estaba a punto de quebrarlo—. Déjame quedarme para ayudar —para protegerte—, al menos...

Alzó la cara. La súplica en sus ojos era imposible de rechazar. Isobel deseó poder cogerle la cara entre las manos, aliviar la tensión que parecía estar sufriendo con su ternura. Lo deseaba con todas sus fuerzas, pero no debía. Estaba convencida de que no era un papel que tuviera derecho a desempeñar con él. Fue doloroso no hacerlo, no obstante.

Se oyeron unos suaves toques en la puerta. Isobel tardó varios segundos en lograr apartar la mirada de la intensidad de aquellos ojos avellana para ir a abrir.

Comprobó cautelosamente por la mirilla. Se trataba de Darío, con las bebidas. Les entregó una lata a cada uno.

Jubal miró la suya cómo si no supiera qué hacer con ella. Isobel bebió, observándolo detenidamente.

—[Bueno...] —Darío empezó, ante el espeso silencio, abriendo su bebida y dando un trago—. [¿Y ahora qué?]

—[Seguimos adelante] —declaró Isobel con firmeza.

—¿Y él? ¿Se queda? —preguntó Darío en inglés, tal vez como deferencia.

Jubal miró expectante a Isobel, pero no añadió nada más. La suerte estaba echada. Casi se ahogó en sus ojos negros. Él no lo sabía, pero en realidad, Isobel ya había tomado una decisión.

—Se queda.

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