La ley del talión
Capítulo 07. Humo y espejos

Nota del autor: Ahora que Jubal se ha reunido con Isobel y Darío, la trama se volverá un poco más lenta, lo siento. Pero es que esta historia también va de lo que pasa entre ellos. Espero que lo disfrutéis igualmente.


En el JOC, Maggie agradeció con una sonrisa la taza de café que OA le había preparado.

Se sentía más animada de lo que creía posible al principio de la jornada.

Obviamente, lo primero que habían comprobado fue el móvil de Jubal. No se sorprendieron al encontrarlo apagado, pero a diferencia de Isobel, él no estaba intentando que no lo siguieran. La última vez que había hecho ping estaba en el aeropuerto de Newark.

Tras horas de bucear en los pasajes de los vuelos, habían encontrado que Jubal había comprado un billete a San Antonio, Texas.

—Confirmado —dijo Kelly triunfante—. No fue una maniobra de distracción. Llegó a coger el vuelo porque una vez en destino, alquiló un coche usando tarjeta de crédito.

—Estupendo —dijo Maggie y dio un sorbo a su café. OA había sabido prepararlo exactamente como a ella le gustaba. No pudo evitar volver a sonreírle—. O sea, que está en San Antonio. ¿A alguien se le ocurre por qué querría ir allí? O suponiendo que ha ido siguiendo a Isobel, ¿por qué iría ella?

Ninguno supo responder a eso.

—Tal vez no se ha quedado en San Antonio... —elucubró Elise.

—Sí, pero entonces, ¿dónde habría ido? —se preguntó Ian—. Su móvil sigue apagado o fuera de cobertura, por cierto.

—Bueno, lo que está claro es que nos vendría fenomenal un aliado en la zona —comentó Maggie.

Cogió el teléfono y marcó el número de Kristen en la oficina de Dallas.

·~·~·

—Llamaré a recepción a ver si hay suerte y se ha quedado libre una habitación para ti —le dijo Isobel a Jubal, sentándose junto a la mesilla y cogiendo el auricular del teléfono—. Hay un festival de folclore este fin de semana en Acuña, y está todo hasta los topes. Darío y yo hemos tenido que compartir ésta, pero ya los tres no vamos caber.

A mitad de abrir su lata de refresco, Jubal parpadeó, no sabiendo cómo tomarse eso. ¿Había estado Isobel compartiendo esos días la habitación con Darío? Eso significaba que... ¿la cama también? Isobel ni se dio cuenta de su cara de desconcierto, pero Darío sonrió de un modo autosuficiente que a Jubal no le gustó lo más mínimo.

Se obligó a apartar cabalmente aquel asunto de su cabeza. Isobel tenía todo el derecho a hacer lo que le viniera en gana con su vida privada. Él no era quién para opinar al respecto. Aquel razonamiento no hizo nada por impedir, sin embargo, que una plomiza pesadez se posara en su pecho y en su ánimo.

—Así que tú eres el "famoso" Jubal —dijo Darío estudiándolo detenidamente, mientras Isobel llamaba por teléfono.

—Mmm... Sí.

¿Famoso?. Jubal no sabía qué contestar a eso. Responder "yo jamás había oído hablar de ti", le pareció grosero. Se hizo un largo e incómodo silencio entre los dos. Jubal buscó algo que decir.

—¿Qué pasa con el calor en este país? Es infernal —Menuda estupidez.

—Está haciendo más calor de lo normal —concedió Darío, casual.

—Hace exactamente el mismo calor que en Texas, Jubal —dijo Isobel sin mirarlo, algo condescendiente. Lanzó un breve vistazo a su frente sudorosa—. Además, no hace tanto calor, es sólo que no llevas la ropa adecuada —señaló vagamente sus mangas largas, su camisa de grueso algodón, sus prendas oscuras.

Él mientras se fijó de pronto en el liviano vestido que llevaba Isobel; hasta entonces había estado ocupado con cuestiones más importantes. Mostraba sus hombros y brazos, y dejaba sus largas piernas al descubierto hasta un poco por encima de la rodilla. Era la primera vez que la veía en una prenda que revelara tanto. Intentó no mirar demasiado fijamente.

También dejaba a la vista un tatuaje que Isobel tenía en su omoplato derecho. Fue una sorpresa para él. No sabía que tuviera ninguno. Se trataba de un amplio, detallado y colorido diseño de una rosa de los vientos.

—Baja a recepción —dijo Isobel colgando y volviéndose hacia él—. Han tenido una cancelación de última hora y ahora tienen una habitación libre. ¿Por qué luego no vas a darte una ducha? Mientras, te conseguiremos ropa más fresca.

·~·~·

Más tarde, llamaron a la puerta y Darío la abrió para dar paso a Jubal. Llevaba puestas algunas de las prendas que le habían comprado y que hacía un rato le habían dejado ante su puerta.

—¿Mejor? —preguntó Isobel fingiendo estar enfrascada en lo que estaba leyendo.

—Bueno, ni siquiera cerrando completamente el grifo de agua caliente, ha salido de la ducha agua tan fría como yo quería —bromeó Jubal—, pero he podido refrescarme y al menos me he quitado el sudor del viaje. Gracias por la ropa. Es cierto que estos tejidos son más frescos. Buen ojo con la talla, por cierto.

Demasiado, tal vez. La ropa -una fina camisa blanca de lino y unos pantalones claros- le quedaba a Jubal muy bien. Mejor que bien. Estaba imponente. Isobel notó que dentro de ella brotaba un inesperado calor, a pesar del aire acondicionado.

Se mordió los labios e inclinó la cabeza sobre el portátil intentando disimular. Siempre había sido capaz de controlar sus ocasionales reacciones de ese tipo hacía Jubal, o no habría podido trabajar codo con codo con él todos esos años. Sin embargo, esta vez estaba siendo especialmente intensa.

La irritaba tenerlo allí. Por un lado, se sentía más tranquila sabiendo dónde estaba, que no andaba por ahí solo y que, al menos allí, Darío y ella le cubrirían las espaldas.

Pero por otro lado, todavía le molestaba haberse sentido obligada a dejar que se quedara. Una parte de ella consideraba una muestra de debilidad haber cedido.

Y por otra parte era muy consciente de que Jubal podía ser un valioso recurso en la investigación. Su mente era muy capaz y tenía una gran habilidad para captar la realidad global de una situación a partir de detalles inconexos.

Lamentablemente, su mera presencia la estaba alterando de un modo que no podía permitirse.

—Creo que he encontrado quién podría haber sido el autor del informe de la autopsia —cambió Isobel de tema—. Antes de la muerte del Dr. Núñez, el Instituto Forense de Piedras Negras sólo tenía otro titular: el Dr. Yáñez. Isidoro Yáñez Carrión.

—¿Cómo has podido averiguar eso? —preguntó Jubal acercándose y sentándose a su lado para mirar con curiosidad sobre su hombro.

—En .org se guarda un histórico de las versiones publicadas de muchos sitios web —respondió Isobel intentando sin mucho éxito ignorar su proximidad; estaba recién afeitado y olía muy bien—. Se puede consultar qué información tenían en fechas determinadas. En abril de 2021, todavía aparecían ellos dos en la web del Instituto Forense —Se lo mostró en el portátil—. Pero eso no es todo. —Pinchó en otra ventana—. He encontrado en sus redes sociales que el Dr. Yáñez se retiró en agosto del año pasado, aunque sólo tenía 47 años, y se fue a vivir a Veracruz. ¿No os parece mucha casualidad?

—Ey, tal vez debería reclutarte para el JOC —dijo Jubal, impresionado.

Isobel no pudo reprimir del todo una sonrisa halagada.

—Sería muy interesante tener una conversación con el Dr. Yáñez —sugirió Darío—. Intentaré encontrar cómo ponernos en contacto con él.

Mientras, Jubal se ofreció a ayudar de inmediato.

Isobel ya había puesto al corriente a Darío de lo que Jubal había averiguado sobre Juárez. Así que, a continuación, le contaron a Jubal todo lo que habían averiguado hasta el momento, incluida la extraña conversación que acababan de tener con Ernesto Caldera.

Isobel le dejó su portátil para que pudiera estudiar en profundidad el archivo del expediente del caso. Y se giró, dándole la espalda, usando su móvil para buscar más información sobre Yáñez.

Jubal no lograba concentrarse. El tenue vestido de tirantes de Isobel, la tersa, pálida pero levemente tostada, piel que mostraba, eran una distracción constante. No podía dejar de mirarla.

Estudió el diseño de su tatuaje. Tenía una brillante estrella al norte, unas verdes olas al sur, una golondrina en vuelo al este y una montaña azul al oeste. Se descubrió a sí mismo admirando cada detalle, cada trazo, cómo estaba enmarcado armoniosamente por la elegante línea de su hombro.

Isobel tenía el pelo recogido hacia arriba con una pinza, apartándolo de su nuca y su esbelto cuello...

Jubal parpadeó. No sabía qué demonios le pasaba. Tal vez fuera el calor. Así no iba a ser capaz de aportar nada.

Apartó la mirada, azarado. Y se topó con la ceja levantada y el principio de sonrisa socarrona de Darío.

Lo único que pudo es hacer como si no lo hubiera visto. Bajó los ojos, forzándose a empezar a leer el expediente.

·~·~·

Un rato después, hicieron una pausa y los tres salieron a tomar algo de cena.

Mientras comían, casi inconscientemente, Jubal estuvo intentando hacerse una idea del nivel de intimidad que había entre Isobel y Darío. No se sintió precisamente orgulloso de no poder evitarlo.

Por lo que podía observar, el trato entre ellos era muy natural. Lo cual no le daba demasiada información. Podría ser que lo fuera porque no había -ni nunca había habido- nada... O porque eran amantes casuales desde hacía ya mucho tiempo.

Paradójicamente, Jubal no quería pensar mucho en cómo se sentía ante esa posibilidad.

Para cuando se estaban terminando el café, Jubal se sentía muy tentado simplemente de preguntar. Sin rodeos. No, no iba a hacer eso. No estaba bien fisgonear así.

—Bueno, ¿cuál es la historia aquí? ¿Cómo os conocisteis los dos? —lo traicionó su propia lengua.

Maldición.

Darío le lanzó una mirada evaluadora durante unos segundos, como queriendo averiguar sus intenciones. Jubal se las apañó para aguantarle la mirada con su mejor cara de póker.

Para su sorpresa, Darío no se hizo de rogar.

—Estábamos lidiando con un asesino en serie que operaba a ambos lados de la frontera —empezó—. La Federal y el FBI colaboraron para atraparlo. Nuestros jefes nos emparejaron para formar equipo. La historia resumida podría ser: yo la cagué, estuvimos a punto de morir pero Isobel me salvó el pellejo, y después incluso dio la cara por mí ante mis jefes. Y además es guapa —dijo mirándola y guiñándole un ojo—. ¿Se puede pedir más? —Isobel hizo un mal trabajo reprimiendo una sonrisa—. Bueno, sí. Que se decidiera algún día a hacerme algo de caso.

Sentado al lado de Isobel, Darío le echó el brazo por los hombros y le acercó la cara al cuello de un modo que a Jubal le pareció un tanto pegajoso. Ella no lo rechazó, pero tampoco pareció incómoda; sólo miró al techo con cara de paciencia. Se volvió hacia él con una expresión entusiasta.

—Por cierto, Darío, ¿cómo está Verónica?

Emitiendo un gruñido, él se apartó.

—Eso es un golpe bajo. —Dio un trago a su bebida—. Lo hemos dejado —dijo secamente mientras se le escapaba una expresión genuinamente dolida.

—¿¡Otra vez!? —exclamó Isobel extrañada.

Darío se encogió de hombros.

—¿Quién es Verónica? —preguntó Jubal intentando volver a cogerle el paso a la conversación.

—Verónica es la novia de Darío, desde hace años —respondió Isobel, haciendo un gesto expresivo con sus cejas.

Para cierta vergüenza suya, una parte de Jubal se sintió demasiado alegre de descubrir ese dato.

—Sí, bueno. A veces —replicó Darío con cara de fastidio—. Otras es... [mi tormento].

—Tal vez deberías dejarla de una vez por todas y buscarte otra cosa —sugirió Isobel como quien no quiere la cosa.

Aquello hizo a Jubal sentir una dolorosa y poco justificable tensión en el pecho. Darío pareció interpretarlo de manera parecida. Se giró hacia Isobel. Esta vez no la tocó, pero la atrapó con una mirada que habría derretido a más de una.

—[¿Es una proposición? ¿Me darías algo de consuelo ahora que estoy solo?] —dijo con una voz queda y seductora.

No era capaz de hablar español, pero Jubal pudo entender casi todo. Tuvo la tremendamente desagradable sensación de que allí sobraba... Hasta que Isobel resopló y mando al cuerno a Darío. Jubal encontró muy inquietante el hecho de que eso lo pusiera tan contento.

Darío se volvió entonces hacia Jubal, como si no lo hubiera estado ignorando desde hacía rato.

—¿Ves lo que quiero decir? —suspiró dramáticamente— ¿Qué hay de vosotros? ¿De qué os conocéis? —preguntó sin previo aviso, a bocajarro.

Cogido por sorpresa, Jubal hizo un gesto con la cabeza.

—Aaam... Isobel es... —Dentro de él se formó un torbellino tal, que por un momento no pudo contestar. Es... extraordinaria. Es mi... No tuvo el valor de aprehender lo que Isobel era para él— ...mi jefa. Nos conocimos cuando ella ocupó el cargo —logró decir por fin, encogiéndose de hombros.

Ninguno de los dos hombres llegó a ver la oscura sombra que pasó por los ojos de Isobel.

—Sí, eso es —dijo secamente ella, intentando acabar con aquella conversación que se estaba volviendo muy incómoda para ella. Se levantó de su asiento y dejó unos billetes sobre la mesa, suficientes para pagar la cuenta—. Vamos. Volvamos al hotel. Todavía podemos aprovechar el día unas horas más.

—Pero la considero mi amiga —añadió Jubal con una mirada de advertencia hacia Darío—. Una de las más cercanas.

Los labios de Isobel esbozaron una triste sonrisa, pero nadie pudo verlo porque ella ya se dirigía hacia la puerta. Jubal la siguió. Y Darío sonrió para sí.

·~·~·

—Tal vez deberíamos dejarlo ya por hoy —propuso Darío bostezando y frotándose la cara—. Nos ha dado ya la media noche...

Después de cenar, los tres habían regresado a la habitación de Isobel y Darío para continuar investigando.

—Sí —estuvo de acuerdo Isobel luchando por mantener los ojos abiertos—. Yo hace rato que no estoy rindiendo.

—Esto no me cuadra —dijo sin embargo Jubal, como si ni siquiera los hubiera oído. Llevaba horas desmenuzando cada dato de cada documento del expediente. Aunque se lo veía cansado, parecía conservar su concentración de manera sobrehumana. Su capacidad de trabajo desde luego era uno de sus puntos fuertes—. El registro dental de Carlos tiene un número más alto que el de Sofía.

—Bueno, tal vez le abrieron el expediente después que a ella —le quitó importancia Isobel.

La verdad es que estaba deseando acostarse. Su cama parecía cada vez más invitadora. Además, ya estaba sentada en ella; sólo tenía que tumbarse...

Jubal negó con la cabeza.

—No. Mirad, la fecha del de Carlos. Y ahora la del registro de su madre. Kristen me enseñó a fijarme en estas cosas del papeleo. La del de él es anterior al de la de ella.

Aquello logró despejarla un poco. Darío y ella se acercaron para ver lo que les enseñaba Jubal.

—¿Te parece que estos registros también están manipulados? —preguntó Isobel.

—No estoy seguro. Tendría que ver los originales para estarlo —se encogió de hombros Jubal.

—Clínica Dental Arteaga —leyó Darío en el membrete del informe—. La dirección está aquí mismo, en Acuña. Llevará horas cerrada. —Miró a Jubal e Isobel con ojos malévolos—. ¿A qué esperamos? —propuso resuelto, con una sonrisa descarada de las suyas.

·~·~·

Darío se apartó un poco para vigilar los extremos de la desierta calle. Ni viandantes ni tráfico había allí a esas altas horas de la noche. Mientras, Jubal levantó las cejas, impresionado, cuando vio que Isobel sacaba un juego de ganzúas y empezaba a manipular la cerradura de la clínica dental.

Apoyándose con el hombro junto a ella, Jubal la observó trabajar.

—No sabía que tuvieras estas... habilidades criminales —la pinchó en voz baja.

La puerta se abrió con un leve clic.

Ella levantó los ojos y le sonrió con picardía de un modo que le alteró inesperadamente a Jubal el pulso.

—Ey, no he estado siempre detrás de una mesa en una oficina —le replicó Isobel.

Jubal tuvo que devolverle la sonrisa.

De pronto, Darío les chistó con fuerza.

—¡La policía! [¡Aguas!] —exclamó en un urgente susurro.

Se agachó enseguida junto al vehículo que tenían aparcado delante, mientras uno de los modernos coches patrulla de la policía local comenzaba a girar la esquina.

Con un movimiento fluido, Isobel agarró a Jubal y giró, apoyando la espalda contra la cristalera de la clínica; atrayéndolo contra ella, hizo que él enterrara la cara en su cuello al sujetarlo por la parte posterior de la cabeza. Al pasar la patrulla, fingió soltar una risa espontánea y juguetona.

La policía circuló lentamente, haciendo su ronda. No miró dos veces en su dirección. Sólo una pareja que se dejaba llevar en el calor de la noche.

Mientras, Jubal estaba muy ocupado lidiando con cómo sus sentidos se habían visto repentinamente abrumados por Isobel. Toda ella. La exquisita curva de su talle en la palma de la mano, el aroma floral y especiado que provenía de su piel, el cálido contacto de todo su cuerpo... No había podido evitar pegarse a ella instintivamente, y todo ello estaba provocando una ardiente reacción dentro de él que fue incapaz de reprimir.

Isobel siguió disimuladamente el coche de policía con la mirada hasta que doblaron de nuevo en la siguiente calle. Y de improviso fue asaltada por las deliciosas sensaciones de estar abrazada a Jubal de aquella manera, de su cálido aliento contra el cuello, del sólido contacto de su fuerte cuerpo. Ya podía soltarlo... Pero no lo hizo.

—¡Eh! ¡Que corra el aire! —les espetó aún en susurros Darío, guasón, cuando el peligro pasó y ellos no se separaron.

Dando un paso atrás, Jubal se apartó un tanto bruscamente, carraspeando abochornado porque ella pudiera haber pensado que se estaba aprovechando.

Ella malinterpretó su reacción, tomándola por incomodidad.

—Disculpa —dijo muy seria.

—En absoluto. Cuando quieras.

Isobel parpadeó sorprendida y Jubal se pateó internamente. ¿"Cuando quieras"? ¿¡En serio!?

—Bueno, ¿qué? ¿Entramos o no? —dijo medio riendo Darío, colándose impaciente entre los dos para entrar en la clínica.

Sin volver a mirarse, los dos lo siguieron de inmediato y cerraron la puerta tras de sí.

Jubal se sentó ante el primer ordenador que vio, y lo encendió. No tardó en aparecer en pantalla una petición de contraseña.

—Por supuesto —se lamentó Isobel, frustrada, echándose hacia atrás—. No podía ser tan fácil.

—Déjame que intente un par de cosas antes de rendirte —la animó Jubal.

Introdujo una contraseña. Isobel apoyó una mano en su hombro y se inclinó sobre él. Jubal tuvo que hacer un gran esfuerzo para ignorar la sensación de su contacto y que le traía al recuerdo de que la había tenido entre sus brazos apenas hacía unos momentos.

El sistema rechazó el intento. Jubal pensó durante un segundo e hizo otro más. Esta vez sí logró acceder.

—Ja. 123456 —declaró Jubal—. La gente puede ser tan perezosa con sus contraseñas...

—No sabía que tuvieras estas habilidades criminales —lo citó ella.

Él se giró para mirarla.

—Ey, no he estado siempre al mando de un centro conjunto de operaciones —le replicó él con una sonrisa—. Aunque lo cierto es que este truco lo aprendí de Ian —aclaró entonces, con una inclinación lateral de cabeza muy característica suya.

El modo en que Isobel se echó a reír, definitivamente le aceleró el corazón.

Darío carraspeó y Jubal volvió de nuevo la vista hacia el monitor; navegó por el sistema, buscando el modo de acceder las fichas dentales. En cuanto entró en el buscador, y teniendo los números de registro, fue pan comido encontrarlas.

Abrió los dos historiales. Y se encontraron que los nombres no correspondían. Aquellos números de registro pertenecían a Jacinta Torres y Elías Valverde.

Comprobaron los números dos veces. —¿Tal vez haya otro sistema donde Sofía y Carlos sí tengan esos números? —especuló Isobel.

—O eso o... —dijo Jubal teniendo un destello de inspiración.

Le pidió prestado un momento el móvil a Isobel, y consultó los registros dentales del expediente del caso. Soltó entre dientes una palabrota.

—¿Qué pasa? —quiso saber Isobel.

Tanto Darío como ella se asomaron por encima del hombro de Jubal. Él alzó el móvil y se lo mostró.

—El contenido es el mismo. Idéntico —señaló con el dedo, comparando ambos.

—Los registros del expediente son los de Jacinta y Elías, no los de Sofía y Carlos. Tenían edades similares...

—Pero... entonces... estas diciendo que... —empezó Isobel.

—...los cuerpos que se encontraron podrían no ser los de la familia de Vargas —terminó Darío por ella.

—No. Casi seguro que no lo eran —declaró Jubal sombrío mientras imprimía unas copias—. ¿Para qué manipular los registros originales de la clínica? No tendría ningún sentido. Los que manipulados tienen que ser los del expediente del caso. Me apuesto lo que queráis que Elías y Jacinta murieron también por esas fechas.

·~·~·

El profesional no era una persona que se frustrara fácilmente. No se habría convertido en alguien tan bueno en su trabajo si lo fuera. Que su objetivo hubiera desaparecido, en realidad, lo hacía más interesante. Prolongaba la caza, la convertía en un desafío.

Bebió su café tranquilamente mientras el programa clonaba lenta, pero con progresión constante, el móvil de la mujer pelirroja que se sentaba detrás de él en la cafetería, tomando el almuerzo con sus compañeros.

Valentine tenía dos hijos en común con su ex-mujer, y por lo que había podido averiguar, era un padre ejemplar. Tarde o temprano la llamaría.

Entonces, el profesional sólo tendría que llamar al hacker que trabajaba para él. Y sabría la ubicación de su objetivo con una precisión de cien metros. Como mínimo.

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Nota del autor: Me encantaría saber vuestra opinión sobre el capítulo. Por favor, R&R.