La ley del talión
Capítulo 08. Preguntas no formuladas
Apenas estaba clareando en Ciudad Acuña cuando Jubal subió a la azotea del hotel. Su habitación estaba climatizada, pero necesitaba respirar aire nuevo.
Había tenido una horrible pesadilla. El cartel de Juárez había capturado a Isobel y le iban a dar una muerte espantosa. Él intentó llegar a tiempo de salvarla... Pero no lo logró. Después de hacerla sufrir, le habían disparado en la cabeza delante de él. Todavía temblaba por dentro de la angustia y el horror.
Además, le frustraba no haber conseguido el sueño reparador que necesitaba. El cansancio se seguía acumulando y cada vez le dolía más el hombro. Al salir, un suave viento fresco le dio en la cara, y Jubal empezó a despejarse.
Entonces se detuvo en seco. No esperaba encontrarla allí arriba, pero tampoco le sorprendió. Como a muchas aves hermosas, a Isobel le gustaban los lugares altos.
A Jubal le hizo bien verla. Borró gran parte de los restos de su pesadilla. Ella le daba la espalda, apoyando las manos en una barandilla metálica que recorría el borde de edificio. La brisa le agitaba el vestido y el pelo suelto. Su silueta se recortaba contra los colores malva y violeta del cielo del amanecer. Aunque lo hizo en silencio, Jubal tuvo que suspirar, sobrecogido por tanta belleza.
Deliberadamente hizo algo de ruido con los pies y dio los buenos días para anunciar su presencia; no quería sobresaltarla.
Isobel no había podido dormir en toda la noche. Los engranajes dentro de su cabeza no habían dejado de girar. No había sido capaz de detenerlos. Las implicaciones de los falsos registros dentales los tenían echando humo.
Cuando oyó a Jubal detrás de ella, giró la cara y le devolvió el saludo.
—Buenos días. Te has levantado temprano... Nos acostamos muy tarde anoche, ¿no deberías intentar dormir más?
—Podría decirte lo mismo —replicó él con una leve sonrisa mientras se acercaba.
Isobel miró hacia el frente de nuevo, hacia la lejanía. Jubal la vio estremecerse. Lo inquietó el impulso que tuvo de envolverla con sus brazos para darle calor.
—No puedo dejar de pensar en esos registros dentales y en lo que pueden significar —admitió Isobel.
A su izquierda, Jubal apoyó los codos en la baranda. Se estaba muy bien allí. La verdad es que habría preferido hablar de otra cosa, pero era obvio que eso era lo que le preocupaba a Isobel.
—No adelantemos acontecimientos —recomendó Jubal—. Aún no tenemos suficiente información.
—Pero ayer estabas convencido de que había habido un intercambio de cuerpos.
—Sí, pero puedo estar equivocado. Como por ejemplo, si Jacinta y Elías siguen vivitos y coleando. Deja antes que tu colega intente hablar con el Registro Civil.
—Ya. Pero si resulta que están muertos, el número de incógnitas sobre este caso se multiplica en lugar de reducirse. Y ya era bastante complicado —protestó, exasperada—. ¿Para qué hacer algo así? ¿Quién lo haría? Lo que es más importante, ¿están vivos Carlos y Sofía en alguna parte? El único modo de comprobarlo sería exhumar las cuatro tumbas, y va a ser imposible que obtengamos autorización para eso.
El disco rojo brillante del sol se asomó lentamente por el horizonte. Jubal se dio la vuelta, apoyándose de espaldas en la barandilla para poder verle a ella la cara. Algo se le encogía dentro de verla tan angustiada. Se esforzó por encontrarle el lado positivo, intentando tranquilizarla.
—¿Tan malo sería eso?
Los ojos de Jubal, llenos de brillos verdes por el sesgo de la dorada luz del amanecer, la miraron con una suavidad que Isobel casi no pudo resistir. Bajo la cabeza.
Tú no lo entiendes... ¡Quiero salvarte!
Demostrarle a Vargas que su familia seguía viva -y que se lo creyera- era incluso aún más difícil que atrapar al culpable. Y sin eso, Isobel no tendría ninguna moneda de cambio. Se sentía inmensamente culpable sólo porque una parte de ella prefiriera que en realidad esas dos personas estuvieran muertas.
—No, por supuesto que no —murmuró con un nudo en la garganta, pero no añadió nada más, abrumada.
Mientras, Jubal tomó aire, reuniendo resolución. Había algo que necesitaba saber.
—Isobel... ¿Puedo hacerte una pregunta?
—Claro —aceptó ella sin pensar, todavía sumida en lo que la atormentaba.
—¿Por qué demonios te fuiste tú sola...?
Isobel no pudo evitar tensarse. Buscó el modo de eludir la verdadera razón. Jubal estaba apuntando demasiado cerca del blanco.
—No podía poner al equipo —ponerte a ti, se lamentó su corazón— en peligro más de lo que ya lo he hecho. De esto debo encargarme yo.
Yo personalmente.
—Entiendo, aunque no lo comparto —dijo Jubal, pensativo — Pero, ¿por qué...? —Vaciló un momento— ¿Por qué no contaste conmigo? ¿Crees que te habría estorbado? ¿Que no tendrías mi apoyo?
Ella lo miró desconcertada. Y herida.
—Jubal, estabas inconsciente en el hospital —dijo con un nudo en la garganta.
A pesar suyo, él asintió, admitiendo que la había juzgado mal.
—Yo le di ese mismo argumento a tu padre para convencerlo de que me contara lo que sabía... —murmuró— Pero podías, no sé... haberme dejado... un mensaje, al menos —se quejó; aún tenía aquella espina clavada. ¿No confías en mí...?
A Isobel el nudo casi la estranguló. Toda la ansiedad que vivió durante los días que Jubal pasó en coma, alejada de él, temiendo que no volvería a verlo con vida, se desató de improviso como un doloroso latigazo.
—Ni siquiera sabía si despertarías —los ojos se le anegaron de lágrimas.
En realidad, su respuesta no contestaba la pregunta que más le importaba a Jubal, esa que no había llegado a formular, pero dio igual porque aquella cruda emoción viniéndole de Isobel lo dejó completamente desarmado. El aire se quedó atrapado en su garganta.
Isobel retrocedió parpadeando y recuperó su compostura.
—Disculpa —dijo con rigidez, terriblemente abochornada por lo mucho que se había puesto en evidencia.
Para Jubal fue impresionante ser testigo de aquel momento inaudito suyo de verdadera vulnerabilidad y a continuación verla equiparse ante él con la armadura que llevaba siempre. Impresionante, pero le causó a Jubal una aguda tristeza.
—Tienes razón, lo siento —admitió él.
Realmente lo lamentaba. De muchas maneras distintas. Lo último que quería era hacerle daño.
Pero aquella mirada además lo había dejado profundamente descolocado por dentro por otro motivo. Sabía que le importaba a Isobel; toda su gente le importaba, y Jubal además era su amigo... Pero había habido algo en sus ojos en aquel momento, una intensidad tal, que le hacía preguntarse si... tal vez... ella sintiera...
Jubal se apartó bruscamente de aquella línea de pensamiento. Absolutamente no. Era sólo que la había presionado demasiado e Isobel ya estaba bajo mucha tensión.
Ni quería plantearse volver aspirar a nada parecido. Era una senda peligrosa en la que meterse; demasiado riesgo de perderse en ella... Como le había ocurrido con Rina. El doloroso recuerdo de su pérdida irrumpió dentro de él como un tren de mercancías.
—No pasa nada —respondió Isobel, serena pero muy seria.
Al alzar la cabeza de nuevo, una mancha rojo brillante en la parte superior de la manga de Jubal llamó su atención.
—¡Estás sangrando! —dijo, alarmada.
Jubal se miró.
—Vaya, qué faena —respondió disgustado—. Me gusta esta camisa...
Sobre todo porque se la había dado ella.
—¿"Faena"? —repitió Isobel amonestándolo con la mirada.
—Lo siento. Me lo curé ayer después de ducharme, pero es difícil con una sola mano...
Ella negó con la cabeza, exasperada porque se estuviera disculpando por eso, ¡mientras estaba sangrando, demonios!
—¿Tienes un kit de curas? —preguntó impaciente.
—En mi habitación.
—Vamos.
·~·~·
Bajaron a la habitación de Jubal. Él sacó el pequeño botiquín que había comprado en el aeropuerto. Isobel examinó el contenido. No tenía de todo, pero sería suficiente.
A continuación, se volvió hacia Jubal y empezó a desabotonarle la camisa con eficiencia. Ante eso, él simplemente se quedó paralizado, mirándola fijamente, no sabiendo cómo reaccionar. La sola idea de que Isobel estuviera desnudándolo estaba creando un encendido e inconveniente caos dentro de él.
Cuando iba ya a por el cuarto botón, Isobel levantó un momento los ojos y se encontró el desconcierto en la cara de Jubal. Ruborizándose furiosamente, se detuvo y dio un paso atrás. Carraspeó con fuerza.
—Termina tú.
Se puso a preparar sobre la cama las cosas que iba a necesitar. Pero cuando vio que Jubal tenía dificultades para quitarse la manga izquierda, no dudó en ayudarlo. Entonces fue al baño y se lavó meticulosamente las manos, en parte para desinfectarlas lo más posible, y en parte porque necesitaba unos momentos para hacerse a la idea de que iba a estar en la misma habitación que un Jubal sin camisa.
Cuando regresó con unas toallas, él la esperaba sentado en la cama. Sus ojos no pudieron evitar recorrer el torso de él durante un par de segundos. Se sentó a su lado y se obligó a concentrarse en la tarea. El apósito que Jubal llevaba en el hombro se había calado. Intentando apartar de su mente las imágenes de sus pesadillas que aquello invocaba, Isobel lo retiró; limpió la sangre con una gasa y mucho cuidado.
La herida trazaba una línea irregular parecida a un anguloso tres muy estirado; le iba a quedar cicatriz. Isobel aspiró entre dientes. Ni siquiera le habían quitado las grapas todavía; una de ellas se estaba soltando... Pero lo que más la preocupó fue que los bordes estaban enrojecidos e inflamados.
—Se está infectando —informó consternada—. ¿No te duele?
—Sólo cuando me río —bromeó Jubal con ligereza
—¿Cómo has podido conducir hasta aquí desde San Antonio en estas condiciones...? —se preguntó preocupada Isobel.
—Con mucho cuidado —replicó él sonriendo con descaro—. ¡Ouch! —exclamó cuando Isobel aplicó un poco de presión con los dedos.
—Así aprenderás... —lo pinchó ella, pero no lo dijo con crueldad.
La mirada que él le dirigió de fingido rencor la hizo sonreír a su vez. Jubal se quedó prendado de aquella sonrisa.
Isobel desinfectó la herida minuciosamente y aplicó algunos puntos americanos para ayudar a las grapas. La frente sudorosa de Jubal y sus leves muecas le decían que estaba siendo bastante doloroso, pero él no volvió a quejarse.
Mientras, Jubal se distraía lo que podía contemplándola como normalmente no podía hacer... Sus rasgos eran armoniosos sin duda, pero lo que más lo fascinaba era la determinación en su gesto, la atención en sus ojos, el esmero de sus manos. Aunque también la sugerente promesa de la suave piel de sus hombros...
Para terminar, Isobel cubrió con una gasa que sujetó aplicando un vendaje con pulcritud.
Lo miró a los ojos. El aire alrededor de los dos se había ido cargando de una estática que les había arrebatado a ambos su capacidad del habla.
—Gracias —logró murmurar Jubal.
Isobel negó con la cabeza quitándole importancia.
Él no podía apartar los ojos de los de Isobel. ¿Qué demonios te pasa?, se dijo Jubal frustrado. La vas a incomodar.
Sacudiéndose su estupor, se puso en pie. Sacó otra de las camisas que le habían conseguido ayer y se la puso.
—Siento haberla estropeado —dijo disgustado, cogiendo la prenda manchada y examinando la sangre.
—¿Estropeado? No está estropeada. Eso se puede lavar. —Isobel se la cogió de las manos y fue al baño—. Todo lo que tienes que hacer es ponerla cuanto antes en agua fría.
Primero metió la mancha bajo el grifo y luego aplicó el jabón. Jubal se había acercado para mirar.
—¿Ves? —Le mostró que la sangre se iba con facilidad.
—¿Cómo sabes eso? ¿Te metes en peleas con navaja muy a menudo? —bromeó él.
Isobel le echó una mirada de soslayo, reprimiendo una sonrisa.
—Jubal. Si sangras todos los meses, esto es algo que hay que saber...
—Sí, por supuesto. —Se aclaró la garganta. Entonces se arremangó—. Deja que termine yo. Encima no te voy a tener aquí lavándome la ropa —dijo metiendo las manos en el lavabo.
Al coger la camisa, abarcó sin querer las manos de Isobel con las suyas. Eran más pequeñas, esbeltas y suaves, pero eran fuertes. Isobel se quedó un momento inmóvil, pero luego las retiró como si él le hubiera dado un calambrazo, aterrada de a qué tontería podría arrastrarla aquel contacto. Jubal ni quiso determinar de dónde vino la decepción que sintió por su reacción.
—Con este calor se secará enseguida —comentó ella con aire casual, procurando disimular secándose las manos en una toalla.
Mientras, a su vez él sólo asintió con la cabeza intentando ser natural. El gesto le llamó a Isobel la atención sobre que volvía a haber sudor sobre la frente de Jubal. Alzó la mano y posó la palma sobre ella.
—Tienes fiebre... —su preocupación se convirtió en inquietud—. Maldita sea, Jubal. No tenías que haber venido...
—Me dieron pastillas para eso. No te preocupes —replicó él enjuagando bien la camisa.
—Dios, Jubal, ¿por qué viniste? Podías haberme advertido lo de Juárez por teléfono —le reprochó Isobel casi con dureza.
Su tono no molestó a Jubal. Pareció pensar la respuesta seriamente mientras escurría la prenda. La sacudió en la ducha y la colgó de la mampara. Se volvió a Isobel.
—No podía dejarte cargando con todo por tu cuenta. Otra vez. —Jubal aún se sentía mal por el poco apoyo que le había mostrado a Isobel aquellos últimos meses—. Y estaba muy preocupado... —confesó, mirándola a los ojos.
Aquella respuesta no le pareció a Isobel una mentira, pero fue tan indefinida que, por contraste, resaltó de repente lo muy por sí mismos que hablaban sus actos.
Aunque aún tenía un brazo herido, aunque aún estaba convaleciente, Jubal lo había dejado todo y había recorrido miles de kilómetros para ir en su busca. ¿Qué otra medida necesitaba de lo mucho que ella le importaba? Isobel tragó saliva. Su corazón estaba latiendo tan fuerte que parecía que fuera a salírsele del pecho. Entonces la sonrisa irónica de Rina flotó en su mente... recordándole que Isobel no le importaba a él de la misma manera que Jubal le importaba a ella. Aquella que finalmente había tenido que reconocer ante sí misma. Tuvo que bajar la mirada... Su tono se suavizó.
—Está bien. Pero tómate la medicación, por favor.
De verdad que Jubal no quería saber el porqué, pero el ambiente empezaba a asfixiarlo de nuevo.
—Sí, señora. Por supuesto, señora —respondió en tono de broma, intentando aligerarlo.
Isobel casi se desesperó.
—Lo digo en serio.
—Lo sé.
La media sonrisa de Jubal fue casi irresistible.
El impulso de Isobel fue darle un cachete como a un niño... O besarlo como a un hombre. O las dos cosas.
En vez de eso, lo acribilló con la mirada, sin poder evitar que se le escapara una sonrisa. Lo señaló con un dedo índice.
—Si te pones peor, te juro que te llevo a rastras a un hospital...
El fuego en sus ojos prendió inesperado y rugiente dentro de él.
Pero antes de que Jubal pudiera siquiera saber qué hacer con ello, Isobel, temiendo cometer alguna estupidez, se marchó de la habitación.
Mientras, él ignoró por completo la parte de sí mismo que sugirió que tal vez ya estaba en aquella senda, a bastante más de medio camino.
·~·~·
—Tengo los resultados de los registros de tránsito fronterizo —decía Kristen por videoconferencia.
Su rostro preocupado pero lleno de determinación se veía en la pantalla principal para toda la sala del JOC.
Como los móviles de Jubal e Isobel seguían inactivos, y no podían obtener una orden judicial para intervenir el GPS del coche alquilado de Jubal, tuvieron que pensar otras opciones.
Había sido Kristen la que había establecido la conexión entre San Antonio y la cercanía de la frontera con México. En cuanto mencionó los tres cruces más cercanos, Eagle Pass a Piedras Negras, Laredo a Nuevo Laredo y Del Río a Ciudad Acuña, Maggie y OA supieron dónde buscar.
—Puedo confirmaros que Jubal cruzó la frontera a Ciudad Acuña por Del Río ayer por la tarde. Es más, Isobel lo hizo dos días antes —concluyó Kristen.
Maggie asintió.
—Está claro que está relacionado con el atentado contra Jubal por orden de Antonio Vargas... —reflexionó—. Pero, ¿por qué viajar a Acuña? ¿Y cómo supo Jubal dónde había ido Isobel?
—¿Tal vez se comunicó con él...? —elucubró Kelly—. ¿Le pidió ayuda...?
Kristen hizo un gesto de frustración.
Durante los meses que había estado bajo su mando, Isobel había sido una buena jefa, comprensiva y justa. Pero en realidad, Kristen apenas la conocía como persona. No era capaz de teorizar sobre por qué se había ido. Menos aun siendo éste un comportamiento suyo tan fuera de lo normal.
Por qué Jubal la había seguido en cambio... Tenía una idea aproximada.
Estaba muy preocupada por él. Cuando Kristen se marchó a Dallas, al principio habían mantenido mucho el contacto. Jubal le había dado mucho apoyo aquellas primeras semanas hasta que se adaptó a su nueva ciudad, a su nuevo equipo. Pero luego Kristen se vio abrumada por el día a día. Cada vez hablaban menos a menudo. Los últimos meses habían sido muy duros para Jubal y para cuando Kristen salió de su vorágine particular, él había estado lidiando con todo ello prácticamente solo. Ella reconectó después del funeral de Jess Lacroix, pero Jubal se comportó comprensiblemente muy sombrío y retraído. Sólo hacía unas semanas pareció empezar a volver a ser él mismo cuando hablaban, ahora cada pocos días, aunque se le notaba aún un grueso poso de tristeza. Jubal era su amigo y Kristen se sentía un poco culpable... Que ahora anduviera por ahí herido y sin respaldo ninguno no le gustaba nada en absoluto.
—Bueno, al menos esto nos permite saber por dónde continuar —dijo Maggie intentando animarlos a todos—. Busquémoslos por los hoteles de Acuña, a ver si hay suerte.
—Mientras tanto—se decidió Kristen—, probaré a mandarle un mensaje personal a Jubal. Creo que si llega a verlo, me contestará.
·~·~·
Antes de reunirse con Darío e Isobel para desayunar, Jubal buscó un momento para llamar a Sam. Su móvil llevaba apagado horas, sin batería porque había olvidado comprar un cargador en el aeropuerto. Tomó nota mental de pedirle a Isobel que le prestara uno y utilizó el móvil que le había dado Roberto, pata hacer la llamada.
Se encontró a Sam muy preocupada. Lo último que había recibido de él había sido un demasiado escueto mensaje diciendo que debía salir de viaje por trabajo y que no le podía explicar más. Lo primero no era tan raro, aunque desde que Jubal trabajaba en el JOC era menos habitual. Lo segundo, sin embargo, era inaudito y muy inquietante. Le había mandado mensajes y lo había llamado; la falta de respuesta alguna no había contribuido a tranquilizarla, precisamente.
Con la llamada Jubal no respondió a sus preguntas, sólo le dijo que estaría fuera de la ciudad durante varios días y que no estaría localizable. Le pidió por favor que se lo dijera a los niños, para que lo supieran. Y que los quería mucho. Sam refunfuñó algo de que debería ser él quien hablara con sus hijos, pero pareció más calmada y al final accedió a darles su mensaje.
Mientras, el profesional pudo escuchar toda la conversación. No le aportó nada aunque, por otro lado, tampoco le hizo falta. El hacker que tenía contratado localizó sin demasiada dificultad el origen de la llamada de Valentine en México. En un hotel de Ciudad Acuña, concretamente.
Al profesional no dejó de parecerle peculiar que hubiera reaparecido tan lejos, pero no le dio muchas vueltas. Ahora ya sabía dónde estaba su presa.
~.~.~.~
