La ley del talión
Capítulo 10. En el camino


Dejaron el hotel en menos de media hora. Isobel y Jubal devolvieron los coches de alquiler para viajar todos en el de Darío. Y antes de las tres de la tarde, salían de Ciudad Acuña rumbo a Monterrey.

No llevaban ni una hora de viaje cuando el molesto timbre del móvil de Vargas sonó sobresaltándolos a los tres. Llevaban en silencio desde hace un rato e Isobel y Jubal, que no conducían, habían incluso empezado a adormecerse.

Nerviosa, a Isobel le costó encontrarlo en su bolso y lograr descolgar.

—¿Dónde va, Castille? —preguntó Vargas con aquel suave y casual tono suyo—. ¿Se va de Acuña? ¿Se ha rendido?

Apretando los dientes, Isobel se reprimió de no mandarlo al infierno. ¿Cómo demonios sabía eso? ¿Es que le había puesto micros en la habitación o qué? No. No sabe dónde vamos. Probablemente sólo que hemos dejado el hotel... Respira. Vargas no es omnisciente. Sólo ha tenido gente vigilando.

—No tengo que darle explicaciones, Vargas —consiguió sonar mucho más serena de lo que realmente estaba, pero detrás de ella, sintió más que vio a Jubal pegar un respingo en el asiento de atrás cuando nombró al capo de Durango. Se maldijo internamente porque había olvidado contarle que Vargas ya se había puesto en contacto con ella antes.

—Ajá —respondió Vargas, displicente—. Dele recuerdos a Valentine de mi parte, ya que lo tiene cerca. —Otra prueba de que habían estado bajo vigilancia—. Y, por favor, no olvide que él sigue teniendo el privilegio de estar especialmente en mi punto de mira.

Isobel no pudo evitar que se le pusieran los pelos de punta.

—Sigo adelante, es todo lo que le pienso decir —gruñó.

—Bien —respondió él con un irritante tono complacido.

—Y yo le recuerdo que no trabajo para usted —replicó Isobel, agresiva—. No necesito su aprobación.

Aquello lo hizo reír por lo bajo de un modo áspero y desagradable. ella estuvo a punto de arrojar el móvil por la ventanilla.

—Ya. ¿Ha oído de lo ocurrido en Veracruz? —cambió Vargas de tono y de tema radicalmente—. No es la única que está tras el rastro.

—Soy consciente —se apresuró ella a contestar, quizás con algo de soberbia.

—No me decepciona usted —dijo Vargas, condescendiente.

—Juárez, ¿verdad?

Darío giró la cabeza y la miró alarmado, como si eso no se le hubiera ocurrido. Isobel oyó a Jubal tomar aire con fuerza. Al otro lado de la línea, se hizo un breve silencio sorprendido.

—Impresionante —reconoció Vargas.

Isobel no había estado segura de aquella sospecha, pero ahora ya podía estarlo.

—Vigile su espalda, Castille —advirtió entonces Vargas—. Los demás depredadores en el coto de caza son peligrosos.

—Siempre hay un pez más grande, ¿eh? —se atrevió Isobel a ser irónica.

—Juárez no es más grande que Durango —gruñó él con un tono despectivo.

—Claro, claro —replicó Isobel con una inesperada sensación de triunfo porque por una vez había conseguido quebrar su irritante indiferencia.

—Pero contra ellos, usted no duraría ni cinco minutos —escupió Vargas antes de cortar.

Darío e Isobel necesitaron un buen rato para calmar a Jubal después de cómo se alteró al saber del teléfono con el que Vargas la había llamado ya dos veces, y más cuando entendió que los matones de Durango habían estado siguiéndolos. Le explicaron que Vargas parecía haberle dejado el camino libre a Isobel. Pero, aun así, Jubal no se quedó nada tranquilo.

Siendo sincera, ella tampoco lo estaba.

·~·~·

A medio camino, antes de pasar Nuevo Laredo, hicieron una pausa para repostar gasolina y estirar las piernas.

Seguían sin estar muy habladores entre ellos, pero tomaron un poco el aire y, aunque alerta, bebieron unos refrescos fuera de la gasolinera. Todavía quedaba mucho para la puesta de sol y la tarde era calurosa. A su alrededor, la llanura parecía extenderse infinita. Ráfagas de un viento sofocante la cruzaban de cuando en cuando. Isobel les dio la espalda un momento cuando el aire le trajo todo el pelo a la cara, para sujetárselo hacia arriba con una pinza.

Haciendo lo posible por ignorar lo incitante que le parecía la nuca de Isobel, los ojos de Jubal se vieron atraídos una vez más hacia su tatuaje. Para relajar un poco el ambiente entre ellos, y aprovechando que podía sacar ese tema que le intrigaba, él lo señaló con un gesto de la barbilla.

—No sabía que tuvieras un tatuaje, Isobel. ¿Cuándo te lo hiciste?

Ella parpadeó porque la había pillado sumida en sus, una vez más, atormentados pensamientos.

—¿Eh? Ah, sí. Hace años ya.

—¿No sabías que lo tenía? —le preguntó Darío a Jubal.

—No —respondió éste llanamente.

Fingió que no vio a Darío hacer un breve gesto con las comisuras de la boca y las cejas, como si su respuesta le dijera algo y tomara nota.

Entonces el móvil de Darío sonó. Su expresión se volvió tensa al consultar la pantalla. Tiró su lata, ya vacía, a una papelera y se apartó un poco antes de descolgar la llamada.

En silencio, Isobel y Jubal se apoyaron sin sentarse en un murete bajo, uno junto al otro cerca del coche, a la sombra. Seguía flotando una cierta incomodidad entre los dos.

—¿Qué significa? —se atrevió a plantear Jubal en voz queda, aprovechando la pizca de intimidad.

—¿Qué?

—Tu tatuaje. ¿Qué significa? Si puedo preguntar...

Isobel se retrajo a ojos vista.

—Nada. Un diseño bonito que escogí.

—Ya. OK... —admitió Jubal el rechazo con resignación, aunque lo decepcionara profundamente.

Era la reacción de Isobel habitual. Siempre evitaba exponerse, y los intentos que había hecho Jubal en el pasado de acercarse, de saber más sobre ella, no habían acabado mejor que éste. La verdad, no sabía porque se había decidido a intentarlo una vez más...

No fue posible para Isobel, como en otras ocasiones, pasar por alto el ceño apesadumbrado de Jubal, ni el modo abatido en que bajó los ojos. Esta vez le hizo sentir un fuerte pinchazo dentro del pecho. Se había mostrado reservada por reflejo, como hacía siempre, pero Isobel no podía seguir ignorando que, si había alguien en su vida que no se merecía que lo apartara con desconfianza, ése era Jubal. Fue bruscamente consciente de aquello en ese mismo instante.

—No es verdad. Perdóname. Sí, significa algo —reconoció.

La mirada de Jubal se alzó, sus ojos teñidos de sorpresa e iluminados por un brillo que Isobel no quiso reconocer como ilusionado, pero que los hizo para ella incluso más hermosos.

Desprevenido, el pulso de Jubal dio un brinquito. Esperó a que ella continuara, expectante.

—La estrella al norte es determinación; la montaña al oeste, integridad; la golondrina al este, coraje; las olas al sur, compasión.

—Un simbolismo con mucha fuerza —opinó Jubal pensativo.

Y tan propio de Isobel... De su identidad.

Ella encogió un hombro perfecto, quitándole importancia.

—Me ayudó —explicó con una expresión nostálgica y triste— en una época de mi vida en la que casi llegué a... perderme.

Fuerte... pero solitario. Jubal no pudo dejar de echar en falta la familia y el amor en aquella rosa de los vientos. Tal vez por eso ella tenía la suya ahora tan descompensada... Todavía se sentía profundamente turbado por lo que ella le había revelado aquella mañana. Apartando eso de su mente, hizo todo lo que pudo por que su expresión la invitara a contarle más. Isobel apartó la cara, pero tomó aire.

—¿Te acuerdas de Kyle Miller? —dijo.

Era tan amargo acordarse de él. Isobel llevaba días esforzándose por no hacerlo, a pesar de que tener que lidiar con Vargas era un recordatorio constante.

Mientras, Jubal se echó un poco hacia atrás. Por supuesto que se acordaba. Vargas había ordenado a uno de sus matones que torturara y matara al agente especial Kyle Miller, hacía ocho años.

—Sí...

Jubal estaba entonces destinado en la oficina de Boston, pero todo el Bureau se enteró de aquello. No es nada habitual que maten a un agente del FBI y menos de aquella manera.

Aunque coincidió con Miller en la academia y sus carreras se hubiesen cruzado un par de veces, Jubal no lo conoció mucho. Lo cierto era que no le había caído demasiado bien. Siempre le había parecido un tipo algo engreído. También ambicioso; decidido a llegar a lo más alto. No es que eso fuera algo necesariamente malo; lo tuvo en común Rina. E innegablemente, Miller fue un agente brillante. Tenía varias menciones al mérito y estaban a punto de ascenderlo a SSA cuando lo mataron.

—Kyle era amigo tuyo, ¿no? —dijo entonces con cuidado.

La otra vez que surgió el tema, cuando atraparon a Vargas por primera vez, con la bomba en el cuello de Elise y todo eso, Jubal no tuvo ocasión de indagar sobre ello.

—Perderlo fue... desgarrador —contestó Isobel.

—Lo siento mucho... —murmuró él, sobrecogido; se acercó, intentando darle apoyo.

Los dos suspiraron. Las recientes pérdidas de Jess y Rina estaban demasiado frescas aún para los dos.

—No- no pude llorarlo como necesitaba, así que la rabia me consumió —continuó Isobel, aparentemente sin reticencias ni rodeos esta vez—. El asesino quedó libre por un maldito tecnicismo. Perdí la cabeza. Lo cacé por mi cuenta. Quería venganza. —Tembló recordando el abrasador odio que llevaba dentro entonces. Miró a Jubal a la cara con ojos culpables—. Sí. Estuve a punto de matarlo, Jubal. Casi perdí el rumbo por completo...

A Jubal le sorprendió descubrir que Isobel había sabido muy bien de lo que hablaba cuando lo había disuadido de buscar venganza por la muerte de Rina. Con razón ella siempre quería que todo se hiciera según las reglas...

—El tatuaje —añadió Isobel—, bueno, fue parte de una penitencia que me sirvió para recuperarlo. —Dejó escapar un largo suspiro—. Con ayuda de Jess conseguí nuevas evidencias; logramos meter al canalla en la cárcel.

Los ojos húmedos de Isobel hacían que a Jubal se le quejara el corazón, diluyendo la alegría que le producía la confianza que le estaba mostrando al contarle todo aquello.

Ella meneó la cabeza con fatalidad.

—Más tarde supimos que había sido orden del capo de Durango. El verdadero culpable siguió libre de todas formas. Para entonces, afortunadamente, yo ya había recuperado mi equilibrio...

Así que Isobel no sólo perdió una promoción al dejar a Vargas suelto por salvar a Elise. Con ello, había renunciado también a la justicia que se merecía la muerte de un amigo. A Jubal le costaba respirar. Ahora comprendía por qué Isobel se había saltado a Rina e incluso amenazó a la familia de Vargas con tal de que no se le volviera a escapar.

Despacio, alzó una mano y la puso en el hombro de Isobel. La exquisita delicadeza con que lo hizo la conmovió; se maravilló de que un contacto tan cuidadoso pudiera ser tan reconfortante.

—Siento haber sacado un tema tan doloroso —se disculpó él en un murmullo.

—No... Me alegro... —dijo Isobel, y le dedicó una sonrisa débil, pero aliviada a la vez—. Me alegro de habértelo contado.

Puso una mano, en su propio hombro, sobre la de Jubal.

El insensato impulso de abrazarla, de estrecharla contra su pecho y prometerle que nunca más tendría que pasar por algo así, se hizo para él casi incontrolable...

Unos pasos más allá, Darío estaba alzando la voz. Al principio, mientras ellos mantenían su queda conversación, no se había oído nada de lo que decía, pero ahora se hizo inevitable. Los dos miraron en su dirección, dejando de tocarse y evitando que Jubal hiciera algo que, se temía, habría sido inconveniente.

—[No.] —Hizo Darío una pausa, escuchando—. [No, no voy a volver todavía] —Otra pausa—. [Porque aún no he terminado lo que estoy haciendo.]

—¿Verónica? —dedujo Jubal.

—Probablemente —respondió Isobel, reservada.

—[No puedo decírtelo. No, no por eso. Por tu propia seguridad. No, no es eso. No.] —El tono de Darío era cada vez más exasperado—. [¡Pero si fuiste tú quien se fue!] —exclamó finalmente—. [Me dejaste tirado. Otra vez. ¿Y ahora qué? ¿Qué vienes exigiendo?]

—Verónica —confirmó taciturna Isobel.

Se hizo una pausa más larga en la que Darío pareció estar aguantando una bronca. Su rostro se fue congestionando. Negó con la cabeza.

—[No. No, Verónica. No más. Siempre es lo mismo. No voy a seguir dejando que me mangonees. No puedo. ¡Es que no puedo más!] —Darío sonó realmente dolido al decir eso. Se oía otra voz hablarle fuerte desde teléfono, pero él había dejado de escuchar—. [Esta vez se ha terminado. Tú lo dijiste. No yo. Terminado para siempre, Verónica. Adiós.]

Y colgó.

Darío, se quedó quieto en el sitio, como conmocionado. Luego miró sin ver a su alrededor con aspecto por un lado enfurecido y por otro, aún más, desolado.

Su móvil volvió a sonar. Sin embargo, él sólo comprobó la pantalla antes de silenciarlo. Volviéndose, localizó enseguida a Jubal y a Isobel. Se acercó a ellos. Sus verdes ojos enrojecidos, Darío los miró a los dos sólo un momento, abatido y sombrío. Jubal no lo había entendido todo, pero sí lo suficiente. No le envidiaba el trago. Procuró ofrecer una expresión de empatía. No la miró, pero intuyó que, a su lado, Isobel estaría haciendo lo mismo. Darío apartó la cara, avergonzado.

—¿Alguien más se muere por unos tragos de tequila? Invito yo —dijo con voz ronca mirando al llano y lejano horizonte.

Isobel suspiró y le tocó el hombro con afecto.

—Cuando lleguemos a Monterrey, ¿vale?

Darío asintió y se pusieron en marcha de nuevo.

·~·~·

Teniendo el brazo herido, Isobel no le permitió a Jubal relevar a Darío al volante cuando lo propuso; se hizo cargo ella y Darío ocupó el asiento del copiloto.

—[¿Quieres hablar de ello?] —le ofreció Isobel por lo bajo.

Sabía desde hace mucho que la relación de Darío con Verónica siempre había sido tumultuosa.

—[Como que me arranquen los dientes] —gruñó él.

Isobel supuso que no había mucho que decir. Ya lo habían hablado otras veces. El verdadero Darío prefería esconderse tras su fachada de desvergonzado y eso podía ser desesperante, pero Verónica era la clase de persona que exigía más comprensión y cariño del que nunca estaba dispuesta a dar. Y era muy voluble. Demasiado había aguantado Darío con esa mujer.

Él pasó un rato con el codo apoyado en la ventanilla y tapándose la cara con la mano. Jubal, en el asiento de atrás, guardaba un respetuoso silencio.

Algo después, buscando distraerse, Darío encendió su portátil para volver a darle una vuelta a la investigación de la muerte de Yáñez. Parecía estar leyendo sin mucho interés, cuando algo llamó su atención.

—Ey, ¿sabéis qué? —dijo Darío recuperando un pelín de ánimo—. Han elaborado un informe de las finanzas de Yáñez. Voy a pedir un par de favores para poder echarle un vistazo...

—Bien pensado —aprobó Jubal—. Estoy deseando saber quién está tras el tren de vida que llevaba Yáñez.

—Yo también. Quien sea tiene que estar involucrado —opinó Isobel.

No mucho después, Darío había recibido una copia del informe. Jubal se adelantó para mirar sobre su hombro.

Enseguida llamó la atención de ambos los tres abultados ingresos que había recibido Yáñez en una cuenta a su nombre en las Islas Vírgenes, procedente de una empresa llamada Purple Castle, Inc. Jubal se puso a investigarla de inmediato. El destello de una esperanza brotando dentro de él.

—Es una pequeña empresa con sede en San Antonio, Texas, que organiza eventos como presentaciones, congresos, cosas así —dijo después de un rato, algo extrañado—. Y que no debería tener ese capital. Tendremos que investigarla más a fondo.

Para su enorme frustración, aunque pasaron el resto del viaje buscando, no fueron capaces de encontrar mucho más.

Una hora antes de llegar a Monterrey las montañas ya empezaron a verse en la lejanía.

Media hora después, las elevaciones ya rodeaban el llano valle que recorrían. El sol, poniéndose por su derecha, iluminó al frente los afilados cuernos del Cerro de la Silla. La enorme y moderna ciudad de Monterrey se extendía a las mismas faldas del Parque Nacional Cumbres de Monterrey, cuyos imponentes picos la dominaban, alcanzando y superando los 5.000 pies de desnivel en menos de 5 millas.

Los tres contemplaron sobrecogidos el espectáculo de ir viendo acercarse aquel impresionante, inmenso muro de montañas alumbrado por los últimos rayos del sol del ocaso hasta que sólo quedaba una ominosa sombra oscura cerniéndose sobre ellos.

Jubal rogó por que no se tratara de una señal alegórica de lo que les esperaba.

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