La ley del talión
Capítulo 11. Momentos de flaqueza


Aunque todavía había algo de luz en el cielo, cuando llegaron al área metropolitana de Monterrey, sus brillantes rascacielos ya se recortaban contra la negra cordillera. No era Nueva York, pero seguía siendo todo un panorama. Muy diferente de la imagen tópica que se solía mostrar como "México" en películas y series de televisión.

Se alojaron en un motel discreto de la periferia cogiendo esta vez una habitación para cada uno. Tras refrescarse un poco del viaje, fueron en busca de alguna cantina donde cenar algo.

Darío vetó un par de sitios por considerarlos demasiado tranquilos y al final entraron en un lugar animado por música y ambiente festivo.

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Después de la cena, Darío enseguida pidió una botella de tequila y vasos de chupito; quiso servir a los tres. Era evidente que llevaba mucho rato deseando desahogarse. Poniendo su vaso boca abajo, Jubal rechazó educadamente la invitación. A su pesar, pues no le habría importado ayudar a que Darío, e Isobel y él mismo ya de paso, recuperaran el buen ánimo.

Su negativa al principio no sentó muy bien.

—¿Demasiado estirado para beber? —preguntó Darío, cáustico.

Lejos de molestarse, Jubal le sonrió con benevolente resignación.

—Demasiado ex-alcohólico, más bien.

—Oh, perdón —se retractó Darío de inmediato haciendo una leve mueca; vaciló a seguir sirviendo.

—Pero por favor, no te cortes —se apresuró a asegurarle Jubal—. Si queréis beber, hacedlo. No es ningún problema para mí.

Por su parte, Isobel intentó negarse también. No estaba de humor, todavía atormentada por el mismo tema que había hablado con Jubal aquella mañana. Pero a ella, Darío no se lo permitió. Le sirvió un chupito y le insistió y le insistió hasta el ridículo, haciéndola resoplar. Ella terminó aceptando el trago; y luego algunos más.

La música, un efervescente ritmo latino, estaba animando a la gente, y algunas parejas incluso salieron a bailar. Darío los observó unos momentos y de pronto se levantó, cogiendo a Isobel de la mano.

—[Baila conmigo] —le pidió mirándola seductoramente a los ojos.

Isobel negó con la cabeza.

—[No, no me apetece, Darío...]

—No aceptaré un no por respuesta, pequeña —replicó él sonriendo y levantando una ceja en una imitación bastante buena y divertida de George Clooney.

Algo desconcertado, Jubal observó cómo Darío tiraba de ella y se la llevaba, mientras Isobel ponía cara de paciencia. A pesar de su reticencia, cuando él la llevó al estrecho espacio entre las mesas donde bailaban otras parejas, los dos comenzaron a moverse con evidente práctica.

No fue una completa sorpresa para Jubal descubrir que Isobel podía mover así todo el cuerpo al compás de la música, pero sí lo hechizante que era. Llamaba la atención con su vestido de verano de amplia falda. Cuando ella empezó a sonreír, Jubal ya fue totalmente incapaz de apartar los ojos de Isobel.

No supo por qué, pero en su mente surgió entonces el recuerdo de Rina, con esa sonrisa que ella le dedicó aquella fría mañana, porque él se había puesto la bufanda que le había regalado...

Darío le dijo algo a Isobel y ella dejó escapar una risa espontánea. Jubal sintió una súbita alegría de verla así, en contraste con las sombras que habían oscurecido su hermoso rostro casi todo el día. De improviso, se descubrió anhelando desesperado haber sido él el que la hubiera hecho reír de aquel modo. Un dolor sordo e inesperado le brotó dentro del pecho.

En su pensamiento, además, la sonrisa de Rina se marchitó y su expresión se volvió agria y despechada.

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Tomándola por la cintura, Darío atrajo a Isobel contra él.

—[Pasa la noche conmigo, Isobel] —le propuso, mirándola con atrevimiento.

Ella se echó a reír sin tomárselo en serio.

Pero, después de otro rato bailando, Darío insistió:

—[Vamos, Isobel] —dijo sonriendo zalamero—. [Puedo hacerte pasarlo bien.]

—[Vaya, hacía mucho que no me lo pedías de verdad...] —respondió Isobel, un poco sorprendida.

—[Ahora estoy soltero...] —explicó él guiñando un ojo.

—[Darío... Sólo quieres quitarte a Verónica de la cabeza] —dijo ella llanamente.

—[Los dos olvidaríamos nuestros problemas durante una noche estupenda...] —comentó Darío con una mirada pícara.

—[Un clavo saca a otro clavo, ¿eh?] —se burló Isobel con ironía.

—[¡Sí, exacto!] —contestó él con desenfado acercando la cara a su cuello.

La proximidad de Darío provocó que Isobel no pudiera negar que, físicamente, fuera tentador... pero lo detuvo. Parando de bailar, se separó sin ser brusca; lo miró con una sonrisa pesarosa.

—[No, Darío. Mañana te arrepentirías. Esto es sólo un momento de flaqueza.]
—[¿Cómo voy a arrepentirme de llevarte por fin a la cama? Eso es una tontería] —replicó Darío, medio riendo—. [No te deseo porque tenga un mal momento. Siempre te he deseado.]

En sus ojos se podía intuir su profunda pesadumbre, sin embargo.

—[Oh, sé que tu lujuria incondicional es verdadera] —bromeó Isobel. —[Pero mientras, ¿en quién crees que estarías pensando?]

—[¡En ti, por supuesto!] —exclamó él fingiendo sentirse indignado.

Ante eso, Isobel inclinó la cabeza a un lado, como pidiéndole sinceridad. Darío exhaló con fuerza y aire teatral.

—[De acuerdo. Tal vez tengas razón...] —admitió, dejándolo estar. Pero entonces, se enfrentó a Isobel, sonriendo sarcástico de nuevo—. [¿Y qué hay de ti? ¿Lo dices porque preferirías pasar la noche con Jubal?]

—[Jubal no tiene nada que ver con esto] —replicó -demasiado- de inmediato Isobel.

No pudo evitar que se le encendieran las mejillas cuando por su mente siquiera pasó la posibilidad. Maldito tequila. Darío le lanzó una mirada suspicaz.

—[¿Estás segura de eso?] —preguntó tremendamente divertido.

—[Por supuesto] —afirmó ella categóricamente. Pero entonces bajó los ojos—. [Además, él- ]

Sin quererlo miró de reojo en dirección a la mesa... pero se encontró que Jubal ya no estaba allí.

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Después de preguntar a la camarera, que les dijo que Jubal había dejado la cuenta pagada, y de buscarlo en el baño, los dos salieron de la cantina.

Isobel intentaba aparentar estar menos frenética de lo que se sentía; el corazón se le iba salir por la boca.

—[No coge el teléfono] —logró sonar sólo muy preocupada—. [Ve al hotel a buscarlo] —le ordenó a Darío, asertiva—. [Yo buscaré por aquí.]

—[¿Estás de coña? ¡No pienso dejarte sola!]

—[¡Darío!]

Su tono casi lo hizo adoptar sin querer la posición de firmes.

—[¡Está bien!] —La señaló con el dedo índice, ceñudo—. [¡Pero como te pase algo, me vas a oír!]

Y se marchó corriendo.

Con una creciente sensación de fatalidad, Isobel buscó por las calles aledañas, preguntó por él a los viandantes, miró dentro de los bares, pero todo fue en vano.

Darío llamó diciendo que Jubal no estaba en el hotel. Controlando el pánico como pudo, Isobel decidió que debían reagruparse. Tal vez buscarlo en coche. Puso rumbo al hotel.

Mientras, no podía evitar que por su mente pasaran los más terribles escenarios. Lo habían secuestrado los hombres de Vargas. O del cartel de Juárez. O los que habían matado a Yáñez, si es que no eran los de Juárez. Para sacarle información, para hacerlo sufrir, para matarlo, para las tres cosas... Sus pesadillas se mezclaban con la escena del crimen de Kyle.

A medio camino del hotel, giró una esquina y lo vio allí. Venía de otra calle, pero iba en la misma dirección que ella. Jubal caminaba despacio, con las manos en los bolsillos. Parecía pensativo, pero estaba perfectamente tranquilo, sano y salvo.

Con el corazón desbocado, Isobel lo llamó por su nombre y él se detuvo, girándose hacia ella al reconocer su voz.

Sintiendo que el alivio y la irritación la arrollaban como dos regimientos de caballería enfrentados, y a la carga, uno contra el otro, Isobel se acercó a él a un paso acelerado hasta que lo alcanzó.

—Hola —dijo Jubal con sencillez; estaba un tanto sorprendido de verla—. ¿Qué haces aquí? Pensaba que estabas con Darío, que ibas... —Su voz se apagó. Que ibas a pasar la noche con él... pensó, sin poder controlar el dolor de su pecho. Isobel lo miró sin comprender—. No importa.

Bajó la mirada, avergonzado de lo que estaba sintiendo en ese momento.

—¿Que qué hago aquí? ¿En serio? —exclamó ella entonces, exasperada—. ¿Se puede saber dónde te habías metido? —El tono de Isobel fue subiendo de volumen y de escala—. Me has dado un susto de muerte.

Jubal levantó los ojos y la miró extrañado.

—Te he mandado un mensaje —dijo abriendo las manos—. Que me volvía al hotel. He estado dando un paseo. Necesitaba pensar.

El ceño de Isobel podría haber partido piedras.

—No me has mandado nada.

—Sí. Te lo he mandado —insistió Jubal, sereno; sacó el móvil de Roberto—. Mira.

Efectivamente en su pantalla aparecía el mensaje enviado. Isobel comprobó el suyo. No tenía nada. Jubal no tardó en revelar el misterio.

—Vaya, no te ha llegado... —dijo al comprobar que no tenía confirmación de la recepción del mensaje—. ¿Estás sin datos? —Entonces vio también las llamadas perdidas de Isobel—. Me has llamado también... Lo tengo en vibración y no lo he notado. —Hizo una mueca, disgustado con sigo mismo—. Lo siento.

Mientras él se explicaba, Isobel notó la cabeza ligera. Cerró los ojos. Le estaba dando un bajón de adrenalina. En un impulso, se lanzó y lo abrazó.

Cogido por sorpresa, Jubal tardó un poco, pero devolvió el abrazo con mucho agrado.

—Aaam... Tal vez debería perderme más a menudo... —murmuró con una leve y triste sonrisa.

—¿Qué-? —Isobel retrocedió un poco para mirarlo—. Ni si te ocurra volver a darme un susto como éste, ¿de acuerdo?

La fuerza de la emoción en la negrura de sus ojos, en el temblor de su voz, dejó a Jubal sin habla, sin respiración. No pudo contestar. Sin siquiera darse cuenta, empezó a volver a estrecharla contra él.

La sensación del contacto de su cuerpo se hizo manifiesta para Isobel de manera sorpresiva y abrumadora. Una cálida onda la recorrió de pies a cabeza; se combinó con lo que le había dicho Darío y con el tequila en un peligroso cóctel. Sus ojos se vieron irresistiblemente atraídos por la boca de Jubal. Fue sólo un instante, pero la tentación de ir más allá casi la arrastró. Se apartó de él, terriblemente azarada.

La disgustada expresión de Rina irrumpió de nuevo en la mente de Jubal, haciéndolo vacilar en el momento crítico. Turbado, dejó ir a Isobel cuando ella se retiró. Su confusión no le permitió discernir lo que acababa de pasar en ese momento infinito, y pensó que probablemente se lo había imaginado.

Mientras recuperaban la compostura, ella llamó a Darío para avisarle de que había encontrado a Jubal y que estaba bien.

—[Buf, menos mal] —dijo Darío—. [Bueno, pues me voy a la cama. ¿Te espero? Última oportunidad.]

—[Eres incorregible. No, no me esperes] —respondió Isobel medio riendo—. [Que descanses.] —Entonces se le ocurrió una cosa algo preocupante—. [No llames a Verónica.]
Se hizo una pausa rara. Oyó a Darío exhalar.

—[Me conoces demasiado bien] —dijo al fin bastante más serio, casi triste—. [No, no la llamaré.]

Isobel sospechó entonces que si Darío le había pedido pasar la noche con él era en parte para no tener la tentación de llamarla.
—[¿Seguro? Has bebido. No la llames.]

—[Seguuuro.]

—¿Estarás bien?] —añadió, aún un poco preocupada, y miró a Jubal de reojo para comprobar que seguía ahí. Por un momento, Isobel se sintió como una gallina persiguiendo a pollitos descarriados. ¿Es que no puedo dejaros solos?

—[Descuida] —le aseguró él con un tono enternecido—. [Estaré bien, Isobel. Ahora sí. Gracias. Hasta mañana.]

—[Hasta mañana.]

—Siempre vuelve a ella, ¿eh? —preguntó Jubal con una mueca de fatalidad cuando ella colgó.

—Sí... —Isobel suspiró—. Espero que no lo haga más, la verdad. Creo que estaría mejor solo que con ella. Esta vez sí parece que va en serio...
Mientras regresaban juntos al hotel, un silencio espeso e incómodo los envolvió, las palabras atascadas en sus gargantas.

A pesar de ello, Jubal le pidió acompañarla hasta su habitación.

—Hay... Hay algo que quería decirte sobre lo de esta mañana... —comenzó cuando estaban a unos metros de distancia.

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Nota del autor: Este capítulo y el siguiente en realidad eran el mismo, pero los he dividido por que había quedado demasiado largo. Postearé el siguiente pronto.