La ley del talión
Capítulo 13. La pieza que faltaba


—Isobel —dijo Jubal dando tres toques de nuevo en su puerta con ritmo y tono urgente esta vez—. Abre, por favor. Soy Jubal.

Al día siguiente, después de salir de la ducha, Jubal había consultado su móvil y visto enseguida que Kristen ya le había conseguido la última pieza de información que les faltaba. Habían estado trabajando juntos, con ayuda de Kelly, Hobbs y Elise, robándole horas al sueño para conseguirla. Kristen había incluso elaborado un breve resumen y una conclusión. Qué bien se trabajaba con esta gente.

Al leerlo, Jubal contestó dándoles las efusivamente las gracias, pero sabía que les debía una buena comida y un agradecimiento más serio a todos ellos.

Se vistió todo lo deprisa que le permitió su hombro, y tras hacer un repaso rápido del resto de los datos, había corrido a la habitación de Isobel.

Volvió a llamar, realmente fuerte esta vez. Estaba ansioso por contarle aquella información, pero ahora empezaba a preocuparse. ¿Por qué no contestaba? ¿Estaba bien?

Justo después, una habitación más allá, se abrió la puerta de la de Darío. Jubal giró la cabeza.

Una idea insidiosa se coló reptando dentro de su mente: Isobel lo había oído y estaba saliendo ahora de la habitación de Darío. La idea se deslizó aún más, como un puñal envenenado entre sus costillas. Ha pasado la noche con él.... No hubo nada que pudiera hacer para evitar que se clavara en su corazón, con un dolor lacerante, cortándole la respiración.

Pero entonces, quien salió de la habitación fue Darío. Al encontrar a Jubal en el pasillo, le hizo un gesto con la mano a modo de saludo. El aire seguía negándose a ser exhalado, agarrado a la garganta de Jubal, mientras esperaba el golpe de gracia de ver a Isobel salir detrás de él.

Todo aquello ocurrió en apenas unos segundos. Antes de que Jubal pudiera reaccionar de ninguna forma, Isobel abrió de golpe la puerta que él tenía delante; la de su habitación.

Verla y Jubal quedarse en shock, fue todo uno. Su oscuro cabello, mojado, le rozaba cariñosamente los hombros mientras ella sostenía audaz una pistola en una mano; con la otra se sujetaba una toalla enrollada mal y apresuradamente alrededor del cuerpo. No era una toalla muy grande. Le cubría, por decir algo, desde muy poco más abajo de las caderas hasta apenas taparle el busto. Su hermosa piel estaba cubierta de afortunadas y alborozadas gotitas de agua.

Obviamente, acababa de salir corriendo de la ducha.

—¿¡Qué!? ¿¡Qué ocurre!? —exclamó Isobel.

Paralizado, Jubal se la quedó mirando con la boca entreabierta. Darío, que se había reunido con él, la descubrió también.

—Uauh... —suspiró recorriéndola de arriba abajo con la mirada sin ningún pudor.

La toalla se le estaba resbalando; Isobel tuvo que hacer una maniobra extraña para recolocársela. Por un instante pareció que se le iba a caer. Ambos varones inhalaron con fuerza por la boca.

Al verlos a los dos con cara de pasmados Isobel se dio cuenta de que no pasaba nada. Bajó el arma.

—¿Se puede saber qué era tan urgente? —preguntó ella, francamente molesta.

Con un respingo, Jubal salió de su estupor y, parpadeando, apartó la vista con un movimiento brusco. Carraspeó intentando librarse de la sensación ardiente que le había subido a la garganta.

—Era... aam... sobre el caso. Yo... mmm... he averiguado algo —intentó explicar, avergonzado.

Podía sentir en las orejas que se había ruborizado. Maldita sea. ¿Qué tengo? ¿Catorce años?

—¿Y tenías que llamar a mi puerta de esa manera? —Isobel se apartó para dejarlos pasar.

—Es... es importante.

—Jubal, en serio, deja de darme sustos, por favor —se quejó mientras cerraba la puerta tras ellos. Él masculló una disculpa—. Y ya vale, Darío, que se te van a salir los ojos.

—Si me recibes así, no respondo, encanto —replicó Darío descarado, sin molestarse en apartarlos.

Mientras, Jubal estaba haciendo un arte de mirar a todas partes menos a ella. Se veía un evidente rubor en su cuello. A Isobel no se le pasó por alto; se le escapó una sonrisa halagada y empezó a sonrojarse a su vez. Disimuló dejando el arma sobre la cama y agarrando su ropa con varios puñados.

—Voy a vestirme. Salgo en seguida —dijo y se metió con prisa en el baño.

Sentándose en el borde de la cama, Jubal exhaló, intentando recuperar el aliento.

Era evidente que Isobel se había duchado en su propia habitación y, por otro lado, la reacción de Darío había sido demasiado codiciosa para alguien que acabara de pasar la noche con ella. Jubal sabía que no le correspondía haberse sentido tan mal por aquella posibilidad, ni tan feliz por haber estado equivocado, pero aquel enorme alivio tuvo el efecto de avivar las llamas dentro de él como el viento de la sierra a un incendio forestal. Tenía las pulsaciones disparadas y no sabría decir por cuál de las dos cosas. Probablemente por ambas, cuando no debería por ninguna de las dos. Le desconcertó un poco sentir vergüenza por tantas cosas distintas y a la vez... estar tan contento.

Volvió a respirar hondo disimuladamente, intentando controlarse, aunque era consciente de que, para disgusto de su Rina interior, la imagen de Isobel recién salida de la ducha y con sólo una toalla iba a quedarse en su mente grabada a fuego. Y lo iba a atormentar durante sus solitarias noches...

Mientras, Darío se había quedado con la vista clavada en la puerta por la que había desaparecido Isobel.

—Madre mía —dijo Darío mordiéndose el labio—. Qué piernas...

Jubal le dirigió un ceño fruncido. Bastante tenía con lo suyo para que él añadiera leña al fuego. Pero Darío simplemente lo ignoró.

—Mmm! Y qué-

—Basta —lo atajó Jubal, con sequedad.

Darío calló y se rio entre dientes.

·~·~·

—De acuerdo, escuchad esto.

Jubal se puso en pie y llamó su atención con impaciencia en cuanto Isobel salió del baño, ya completamente vestida y provocando un decepcionado, exagerado "oooh" por parte de Darío.

De todos modos, cuando Jubal empezó a hablar, ambos se sentaron para escucharlo.

—Veamos. Purple Castle Inc. La empresa que pagó a Yáñez —dijo para ponerlos en contexto y empezó de inmediato a andar por la habitación. Se sentía muy espabilado, a pesar de la falta de sueño—. A día de hoy está a nombre de ciudadanos americanos aparentemente no relacionados con el caso —expuso—. Lo interesante es que quien tramitó esa reciente compra fue Gonzalo Pu-ig... Puh-ig... —se atascó. Isobel y Darío contuvieron la risa—. Lo siento. No tengo ni idea de cómo se pronuncia esto —dijo con una sonrisa de disculpa y pasándose la mano por la nuca de un modo que Isobel encontró simplemente entrañable.

Les mostró cómo estaba escrito.

—[Puig], se pronuncia "pootch" —le aclaró Darío—. Es un apellido de origen catalán.

—Ah, OK. No sabía. [Puig], entonces —intentó Jubal reproducir lo mejor que pudo el fonema—. Pues bien, aunque Gonzalo [Puig] hizo el trámite a título personal, lleva mucho tiempo siendo empleado de Gestiones De La Garza, empresa gestora con sede, curiosamente, aquí en Monterrey.

Siguió caminando y gesticulando con las manos; estaba echando de menos tener un lápiz entre los dedos. Una sensación de suave calidez inundó a Isobel por dentro. Hacía mucho que no veía a Jubal entusiasmado de ese modo, tras aquellos últimos meses tan duros por los que había pasado. Le traía a Isobel una forma especial de felicidad.

—Pues no sólo eso es curioso —proseguía él levantando en el aire un dedo índice—. Resulta que Gestiones De La Garza es la misma gestoría que lleva el papeleo de BaluarTec, la empresa de Adriana Fresneda. —Isobel frunció ligeramente los labios e intercambió con Darío una mirada suspicaz. Jubal lo captó al vuelo—. Exacto. Qué casualidad, ¿eh? Y además, el anterior propietario de Purple Castle Inc. ¿sabéis quién era? Pues CincelVirtual, una minúscula startup de impresión 3D que dejó de tener actividad comercial hace 5 años pero que no llegó a ser dada de baja —continuó exaltado, atrapando completamente la atención de Isobel—. CincelVirtual adquirió Purple Castle Inc. sólo unos meses antes de venderla, y la utilizó únicamente para inyectarle capital. Supongo que a estas alturas no os sorprenderá que ese capital terminara en la cuenta de Yáñez. OK, y ahora, adivinad... —se detuvo un momento, y sonrió levemente con una mirada penetrante, haciendo un gesto con la cabeza. Isobel no habría podido apartar los ojos de él ni aunque hubiera querido, cautivada por aquella expresión tan característica suya tanto como por sus palabras— quién lanzó originariamente el startup de CincelVirtual, hace once años.

Jubal les mostró en su móvil la prueba documental. A Isobel no le hizo falta mirarla. Ya sabía la respuesta.

—Adriana Fresneda —jadeó.

~.~.~.~

Dato curioso: el apellido De la Garza ha sido y es muy influyente en la ciudad de Monterrey desde su fundación. De hecho, uno de sus fundadores fue Marcos Alonso de la Garza Falcón. Escogí esta ciudad como escenario de esta parte de la historia mucho antes de saber este dato...