La ley del talión
Capítulo 15. A la caza


Adriana salió del aparcamiento del edificio Safi en su coche eléctrico, el SUV beige siguió a Adriana, y Darío siguió a distancia al SUV.

No parecía que Adriana estuviera conduciendo como si quisiera perder a sus perseguidores, ni siquiera de que fuera consciente de ellos; tampoco como si tuviera prisa. Después de cinco minutos de trayecto, Adriana aparcó y caminó tranquilamente unas decenas de metros para entrar en lo que parecía un exclusivo centro de estética. El SUV se detuvo en la acera de enfrente. Darío se quedó en la siguiente esquina.

—Vaya, pues no está asustada. No, si su reacción es hacerse una manicura —dijo Darío desconcertado—. Esto no me lo esperaba... ¿Tenéis un sombrero por ahí?

Jubal se rio entre dientes, pero luego se puso serio.

—Esto no me cuadra —masculló.

A Isobel tampoco. ¿Tan en la inopia estaba esta mujer? De todas formas, era raro que acudiera allí en pleno horario laboral...

—Además, no lo pillo. ¿Por qué no han intentado ya capturarla para sacarle la información? —se preguntó Darío haciendo un gesto hacia el SUV—. No es que le desee eso —aclaró.

—Suponiendo que así sea, Adriana Fresneda se habría tomado muchas molestias para que todos pensáramos que su hermana y su sobrino habían muerto y que nadie los buscara —afirmó Jubal desde el asiento de atrás—. No creo que ella delatara dónde estuvieran con facilidad.

—Eso es verdad —estuvo Darío de acuerdo.

—Creo que ellos han llegado a la misma conclusión —añadió Jubal—. Por eso sólo la siguen, para ver si comete el error de ir a donde estén. Igual que nosotros.

Y se quedó rumiando qué demonios iban a hacer para deshacerse de los matones de Juárez si finalmente Adriana los conducía hasta Sofía y Carlos...

En el asiento del copiloto, Isobel había estado poniendo una expresión suspicaz.

—Un momento... —dijo, y de pronto se adelantó mirando a la vuelta de la esquina—. Darío, ve a la parte de atrás del edificio, rápido.

—¿Cómo?

—Confía en mí. Vamos, vamos —lo apremió dando palmaditas en el respaldo de su asiento.

Darío le hizo caso y dobló la esquina a la derecha, recorrió todo el flanco del bloque, y volvió a doblar en la siguiente. Entraron en un callejón estrecho que tenía varios contenedores de basura.

—Aparca ahí detrás. Apaga el motor —le indicó Isobel.

—¿Qué pasa? ¿Nos han calado los de Juárez? —se preocupó Darío mirando por los retrovisores.

Isobel escrutaba atentamente todo el callejón.

—No. Esperad. De un momento a otro...

Sólo unos segundos después, una de las puertas traseras del edificio se abrió entonces dando paso a Adriana. Su traje sastre había sido sustituido por unos pantalones ajustados y una chaqueta de cuero; llevaba el pelo recogido. Se puso de inmediato un casco de moto con cristal oscuro que le cubría toda la cabeza. Caminando a zancadas se montó en una moto de alta cilindrada que estaba allí aparcada; la puso en marcha y salió a toda velocidad del callejón.

Darío la siguió todo lo disimuladamente que pudo.

—¿Cómo lo has sabido? —preguntó Jubal genuinamente impresionado.

—Ya me sabía el truco —se explicó Isobel—. Lo utilizaba uno de los jefes de la supremacía blanca en Alabama para darnos esquinazo. Sólo que utilizaba un pub. El tío nos dejaba vigilando la puerta mientras salía por detrás a hacer toda clase de actividades ilegales.

Al llegar a la avenida principal, Adriana giró a la izquierda evitando así pasar ante el SVU que la seguía. Darío la imitó, pero se quedó prudentemente atrás, colocándose en un carril diferente.

Adriana giró una esquina, luego otra, primero a la derecha y luego a la izquierda. Amagó entrar en una avenida más grande, pero entonces continuó recto. Darío no dejó que eso lo delatara y siguió conduciendo sin hacer cambios bruscos, para no llamar su atención.

Durante un buen rato, Darío la siguió con extraordinaria habilidad y disimulo. Jubal tenía que reconocérselo, porque no era nada fácil seguir en coche a una moto que puede maniobrar entre el tráfico.

Desgraciadamente, ella se metió por una calle estrecha y vacía. En cuanto Darío entró, vieron a Adriana girar la cabeza mirando hacia atrás.

—Creo que nos ha pillado —se lamentó.

Continuó tras su estela, de todos modos. Adriana tomó entonces una calle con mucha circulación y aceleró inmediatamente. Darío soltó una palabrota. Le pisó, haciendo una conducción bastante audaz, forzando los huecos entre los demás vehículos con acelerones y volantazos. Jubal se sujetaba agarradera sobre la ventanilla para no salir despedido. Isobel hacía lo propio; otra mano además apoyada con fuerza contra el salpicadero.

En un alarde de temeridad, Adriana se coló en el estrecho espacio entre una ranchera y un camión de reparto, esquivando por poco los retrovisores.

—¡La perdemos! —exclamó Isobel.

Darío tuvo que frenar para no tragárselos, pero no se rindió. Se metió bruscamente en el carril contrario, obligando a los coches que venían en dirección contraria a pasarse al carril derecho para no chocar frontalmente. Varios de ellos los evitaron pero entonces se vieron enfrentados contra un enorme autobús. Para espanto de sus pasajeros, Darío entonces aceleró aún más, y con ello logró encajarse en el último momento en un estrecho espacio a su derecha, de nuevo en el sentido correcto de la marcha. La bocina del bus pasó a su lado a toda velocidad, berreando resonante.

La maniobra les había puesto los pelos como escarpias, pero con ella Darío casi había alcanzado a Adriana.

Con un giro repentino, deliberadamente o no, ella se metió en una calle de un sólo sentido, atascada por un semáforo en rojo. Darío logró dar la curva, los neumáticos chirriando contra el asfalto, pero mientras, Adriana aprovechó para escabullirse entre los coches detenidos y llegar hasta el cruce. Y ellos se quedaron atrás porque Darío ya no pudo avanzar más. Tras un segundo de vacilación, Adriana se saltó el semáforo virando a la izquierda, provocando varios frenazos y pitidos de claxon, y se perdió de vista.

Isobel golpeó el salpicadero con el talón de la mano.

—[¡Maldición!]

Darío metió marcha atrás y aceleró para retroceder, pero ya tenía detrás otro coche, a cuyo conductor se lo vio poner cara de susto hasta que Darío frenó en seco.

—[Hija de la-] —maldijo Darío—. Lo siento...

—[No es culpa tuya] —intentó consolarlo ella—. Ya era consciente de que la seguía el SUV. Estaba excepcionalmente alerta.

Aún así Darío pareció muy contrariado consigo mismo.

—Tranquilos, —dijo Jubal— Tengo el número de matrícula. Darío, ¿con él serías capaz acceder al Departamento de Tráfico y conseguirme el número de serie del fabricante?

Isobel y Darío se giraron para mirarlo.

—¿Y qué piensas hacer con eso? —le preguntó Isobel, francamente intrigada.

—Tengo una idea —declaró Jubal con una sonrisa algo pícara que produjo una efervescencia dentro de ella.

Con un gesto poco convencido, Darío buscó un hueco libre y aparcó; sacó su portátil. Mientras le conseguía el número de serie, Jubal llamó a Kristen.

—Hola. Si te doy marca, modelo y número de serie de una moto, ¿podrías conseguir la ubicación que marca su GPS?

—En diez minutos —contestó Kristen sin un momento de duda.

—¿Y sin los recursos del FBI...?

Esta vez sí hubo una pausa.

—Dame 1 hora.

Eso hizo sonreír a Jubal, complacido. Kristen era uno de los recursos más fiables que había tenido nunca. Le proporcionó los datos necesarios antes de colgar.

Pero, cuando volvió a levantar la cabeza, se encontró de pronto con un principio de furia en el rostro Isobel. Un silencio agrio se cuajó dentro del coche.

—¿Ése era Ian? —preguntó ella con dientes apretados.

Darío la miraba alerta, como preparado para sujetarla. Jubal tragó saliva.

—Kristen —reconoció llanamente.

Fuego brotó de los negros ojos de Isobel. Si las miradas matasen, lo habría dejado seco en el sitio.

·~·~·

Decidió esperar la respuesta de Kristen, pero Isobel no comentó nada más al respecto.

Mientras tanto, caminaron hasta una pequeña plaza cercana y compraron algo de comer en un puesto callejero, sentándose en una de las mesas de picnic que había cerca.

Para inquietud de Jubal, que se temía que le hubiera retirado la palabra, Isobel permaneció callada y ceñuda, sin siquiera mirarlo.

Comieron en silencio.

—Así que, Darío, ¿has sido siempre agente de la GN? —preguntó Jubal intentando empezar una charla intrascendente porque no quería admitir el enfado de Isobel.

No podía evitar sentirse molesto. Entendía que a ella no le gustara que él hubiera hecho las cosas a sus espaldas, él mismo odiaba haber tenido que hacerlo, pero ¿no podía Isobel ver más allá de ello?

—Sí, desde que terminé la universidad. Bueno, antes era la Policía Federal, y he pasado por varios rangos inferiores, claro. Madre mía, más de quince años hace ya... ¿Y tú?

—Parecido, pero ya llevo más de veinte en el bureau-

—¿Así que estás en contacto con Kristen? —interrumpió de pronto Isobel con sequedad a Jubal.

Él suspiró pesadamente y decidió sincerarse.

—Sí. Elise, Kelly, Hobbs y ella... me... —confesó Jubal pasándose la mano por la nuca con gesto culpable muy a su pesar— me ayudaron anoche con la investigación.

El rostro de Isobel se volvió de piedra, pero sus ojos llamearon de nuevo. Miró a través de él como si no estuviera allí.

—Te dije que no quería implicar a nadie —declaró con una voz ronca que le provocó a Jubal querer arrastrarse pidiendo perdón.

De todos modos, antes de que pudiera decir nada, Isobel se levantó dejando lo que le quedaba de su comida, y se alejó unos pasos, como si no soportara tenerlo cerca. A Jubal le habría costado describir la puñalada que le provocó aquello. Fue a seguirla, pero Darío lo detuvo.

—Déjale un momento —aconsejó.

Jubal le hizo caso a regañadientes.

—Siempre es igual. ¿Por qué no deja nunca que la ayuden...? —se preguntó, exasperado.

—Dímelo a mí —replicó Darío.

—¿A ti? En ti ha confiado —se quejó Jubal, sonando muy amargo—. Es a ti a quien acudió para empezar.

Se abochornaba por ello, pero todavía le escocía que Isobel no hubiera recurrido a él desde el principio.

—Ja —dijo entonces Darío sin rastro de humor—. Todos estos años han pasado desde que me salvara el culo sin que me dejara en ningún momento ayudarla en nada. Nunca. Es que, literalmente, me salvó la vida, ¿entiendes? —añadió, realmente dolido—. Haría cualquier cosa por Isobel —declaró con vehemencia—. Pero nada. Hasta ahora. Debió de sentirse realmente desesperada... —reflexionó, consternado.

Eso significaba que no era algo personal, pero igualmente se clavó dentro de Jubal aún más. Que ni en las más extremas circunstancias hubiera querido contar con él... Se dio cuenta de que estaba enfadado. Se puso en pie para ir a hablar con ella.

No podía encontrar la calma suficiente, su mente convertida en un torbellino, y eso le hizo dudar.

No. No era nuevo que Isobel tuviera problemas de confianza. Jubal recordó que anoche había comprendido que no era que ella no hubiera querido acudir a él y el equipo, sino que estaba intentando protegerlos. El enfado dentro de Jubal empezó a disiparse.

Se acercó hasta donde estaba Isobel. Ella no reconoció su presencia, mientras intentaba controlar su pesada respiración.

—Les he proporcionado sólo la información imprescindible —aclaró Jubal como si la conversación no se hubiera interrumpido siquiera, con tono apaciguador—. Sólo les pedí que me ayudaran a averiguar quién era el propietario de Purple Castle Inc.

Isobel giró lentamente la cara hacia él, su actitud distante sustituida por una mirada abiertamente enojada. Por un momento Jubal pensó que casi habría sido mejor que hubiera seguido ignorándolo.

—¿Y de verdad crees que no serán capaces de reconstruirlo todo a partir de ahí? —su voz fría contrastaba con el fuego de sus ojos.

Mascando su frustración, Jubal le aguantó la mirada.

—Puede ser. Pero necesitábamos su ayuda —afirmó.

Isobel estudió su rostro. El talante de Jubal no mostraba jactancia, pero no había arrepentimiento tampoco.

—Ahora tendrán que mentir al ADIC por nosotros —empezó a discutir más acalorada sin poder evitarlo—. Vargas irá a por ellos. Los riesgos no compensan-

Jubal no pudo controlarse y la interrumpió.

—Estamos haciendo esto para detener a Vargas. He valorado los riesgos —le aseguró con convicción. Su tono, resentido, subió de volumen—. ¿Por qué sigues sin confiar en mi criterio?

Luchando por no perder la compostura, Isobel exhaló con fuerza por la nariz y se le encaró del todo.

—Porque ayer mismo —se le fue alzando también la voz—, me dijiste que estábamos juntos en esto, y lo primero que has hecho —controló su tono de pronto, pero eso sólo lo hizo más incisivo— es hacer las cosas por tu cuenta.

Aquello dejó a Jubal sin habla. Mientras, la decepción en los ojos de Isobel lo arrasó por dentro como un tornado.

Ella se dio media vuelta y se fue al coche dando zancadas.

·~·~·

Darío y Jubal se reunieron con ella poco después.

Con la intención de volver a tener una charla con Adriana, regresaron al centro de estética. Tenían la esperanza de que regresara. Aparcaron lejos del SUV beige, que seguía allí apostado.

El resto de la espera transcurrió en medio de un silencio insufrible. Jubal parecía desolado de un modo apenas contenido. Darío le había preguntado en voz baja, pero sólo había obtenido una negación con la cabeza. Por su parte, Isobel parecía simplemente demasiado enfadada para hablar.

Cerca de media hora después, cuando a Jubal empezaba a intranquilizarle lo mucho de aquella demora, le llegó una ubicación al móvil, junto con un mensaje de Kristen: "Perdona la tardanza, he tenido que pedirle un poco de ayuda a Ian. La moto ha estado parada ahí veinte minutos. Y ahora mismo va de regreso a Monterrey". Jubal le contestó un breve pero efusivo: "Sois fabulosos."

Lo consultaron en internet. La ubicación estaba a unas cincuenta millas al sureste de Monterrey, en lo que parecía una poco accesible finca, cerca del pueblo de Agua Dulce del municipio de Montemorelos. No era un mal sitio para esconder a alguien.

Un rato después, Adriana salió por la puerta principal del centro de estética, de nuevo con su atuendo de oficina y sus tacones. Se subió a su coche y se puso en marcha. Pero entonces, el conductor del SUV beige hizo un gesto por la ventanilla y otro SUV de color negro la siguió primero, antes de que el beige se uniera a la caravana.

Darío dudó.

—Con esta escolta parece difícil seguirla y contactar sin llamar la atención —observó.

Isobel, frustrada, tuvo que darle la razón. La última media hora de espera para nada...

—Quizás sea el momento de echarle un vistazo a esa finca —planteó Jubal.

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