La ley del talión
Capítulo 21. Dentro del laberinto


Estaban tras la pista de uno de los sospechosos de aquella terrible y cruel cadena de más de una docena de desapariciones y truculentas muertes, visitando sistemáticamente varias localizaciones donde pensaban que podría esconderse. Era una larga lista de lugares, porque se trataba de un repartidor autónomo de mensajería y se movía constantemente, incluso de un lado a otro de la frontera.

Los responsables del caso dividieron sus recursos entre varias parejas conjuntas de Policía Federal y agentes del FBI.

A Isobel le había tocado con Darío Montero. Era un joven y novato agente -pero con mucho desparpajo- destinado en la comisaría de la Policía Federal de Nuevo Laredo, en México.

Habían estado en ello ya varios días, recorriendo seis o siete sitios, quizás más, porque no habían encontrado nada de nada y empezaba a volverse rutinario.

El siguiente era un viejo almacén abandonado en medio de una llanura polvorienta. Montero había propuesto ir a comer algo, pero Isobel había preferido antes tachar un lugar más de la lista.

No parecía haber nada allí. Estaba cerrado con un candado. Dieron una vuelta alrededor, mirando entre el entablado intentando ver qué había dentro. Estaba algo destartalado, pero era enorme. Las pocas ventanas que tenía estaban tapadas.

—No, Montero. Tampoco voy a ir a tomar tequilas contigo esta noche —dijo Isobel mientras terminaban de rodear el edificio.

Él había estado intentando convencerla, innumerables veces, de compartir unos tragos cuando acabara su servicio. Isobel lo había rechazado en ya varias ocasiones porque se veía a la legua que lo que quería era rollo con ella. Pero el joven no se daba por vencido.

—Por favor, llámame Darío —pidió él también por enésima vez. De pronto, Montero se detuvo en seco—. ¿Has oído eso? —dijo él.

Isobel lo miró extrañada. No sabía a qué se refería. Negó con la cabeza mientras se esforzaba por oír algo.

—Un grito —aclaró Montero señalando al interior del almacén.

Al principio Isobel pensó que era otra de sus bromas tontas. No paraba de hacerlas.

—Sí, ya...

Él hizo caso omiso del sarcasmo en su tono.

—Tenemos que entrar.

—Yo no he oído nada, Montero —replicó Isobel, algo fastidiada.

Él no hizo caso a razones. Volvió al coche y trajo una palanca. Isobel intentó disuadirlo, pero Montero reventó el candado y abrió la puerta.

Isobel supo desde el primer momento que aquello no era normal.

Donde debía haber un espacio abierto, parecía empezar un laberinto de pasillos. Le estaba diciendo a Montero que necesitaban refuerzos para entrar en un sitio así... Entonces ella también lo oyó. Un alarido de dolor que les cuajó a los dos la sangre en las venas. Parecía de una chica muy joven. Sin pararse a pensarlo ni por un segundo, el agente de los Federales desenfundó y echó a correr.

—¡Montero! —llamó inútilmente Isobel a sus espaldas mientras él se adentraba sin mirar atrás.

Ella dudó. Debería pedir esos refuerzos, pero ¿podía arriesgarse a dejar que entrara allí solo? Sí, lo acababa de conocer hacía menos de una semana, pero ahora era su compañero. Y era un buen chaval a pesar de sus chorradas y de su fastidiosa insistencia en coquetear con ella. Además, los quejidos se seguían oyendo.

Maldijo entre dientes y lo siguió.

Montero seguía el sonido de los gritos por aquellos pasillos de entablado, con Isobel sólo unos pasos por detrás. A la tercera esquina que dobló, el suelo cedió súbitamente bajo sus pies. Saltando a la desesperada, ella lo agarró como pudo, en el aire. Gracias a eso, Montero se sujetó al filo justo antes de caer. Subió con ayuda de Isobel, que tiró de él. Sentados en el borde, los dos se asomaron jadeando al agujero. No era muy profundo, pero encontraron que un puñado de estacas afiladas lo había esperado en las paredes y el fondo.

—Madre mía... Gracias —dijo Montero mirándola con los ojos muy abiertos.

Fue cuando vieron que uno de los muslos de Montero estaba sangrando. Una de las estacas le había alcanzado de refilón, desgarrando tejido, piel y carne. El dolor lo asaltó de improviso en ese momento.

—¡Hijo de la chingada! —exclamó el agente entre dientes apretados.

Isobel comprobó su móvil. Ninguna cobertura allí dentro.

—Tenemos que volver —dijo—. No podemos adentrarnos más teniendo tú una pierna así.

Montero negó enérgicamente con la cabeza.

—No es nada. Sólo un rasguño. Estoy bien.

Algo trabajosamente, pero logró ponerse en pie, y continuó avanzando, seguido de una Isobel cada vez más preocupada.

Prosiguieron mucho más cautelosos a partir de ese momento. Los gritos se detuvieron, haciéndose un silencio siniestro.

Un sutil silbido fue lo único que les advirtió antes de lanzarles astillas de madera. Montero tiró de Isobel rápidamente, pero no a tiempo de evitar que algunas se le clavaran a ella en el brazo izquierdo. Ella gritó ante el agudo dolor. No habían tardado en descubrir que la primera no era la única trampa; el lugar estaba plagado de ellas. Habían esquivado una que les habría destrozado los tobillos; otra concebida para llenarles los ojos de polvo de cristal. Esta vez no habían tenido tanta suerte.

Un poco más adelante, Isobel se detuvo. Los dos estaban sangrando y no estaban más cerca de llegar a ninguna parte.

—No podemos seguir así.

Montero no contestó; se había apoyado contra una pared y se estaba resbalando hacia abajo. Tenía la pernera del pantalón empapada de sangre.

Isobel le pidió la fina chaqueta de lino que él llevaba y la utilizó para vendarle la herida haciendo un apretado nudo.

Esta vez cuando Montero quiso ponerse en pie, al final necesitó la ayuda de Isobel.

—Deberíamos volver, Montero —insistió ella, aunque a esas alturas no estaba segura de si sabrían regresar.

—Es 'Darío'. Ni hablar. Hay un trabajo que hacer.

Dio una zancada decidida. Isobel se interpuso en su camino. Fue a discutir, pero entonces, gracias seguramente a que ahora estaba mirando hacia el pasillo por el que habían venido, se percató de que a veces los paneles cambiaban de sitio, impidiéndoles incluso volver sobre sus propios pasos.

A punto estuvo el pánico de hacer presa en Isobel. El psicópata los tenía atrapados justo donde los quería. Y era obvio que se estaba divirtiendo con ellos. Le parecía que llevaban horas allí dentro. Era sólo cuestión de tiempo que cayeran de lleno en alguna de sus trampas, o que lograra separarlos, y les hiciera daño de verdad.

Fue la determinación de Montero, a pesar de su herida, la que le recordó a Isobel algo fundamental: allí en alguna parte, había una chica que tal vez siguiera viva y necesitaba desesperadamente su ayuda. No podían seguir haciéndole el juego a aquel canalla.

Isobel consultó la brújula del llavero de su coche. Miró a su alrededor y, de pronto disparó su arma... a los maderos que acababan de moverse del estrecho pasillo.

Montero la miró como si hubiera perdido la cabeza. Pero Isobel tenía un objetivo: había apuntado a la junta donde se unía con la pared. Debilitó el material. Luego lo golpeó con la culata de su arma para romperlo. Montero no tardó en entender lo que ella pretendía. Empujando y golpeando entre los dos, lograron romper el tablero.

Encontrar al otro lado otro pasillo no sorprendió a Isobel. Buscando detenidamente, Montero fue capaz de encontrar una cámara.

—Sabía que nos vigilaba de algún modo —dijo Isobel.

—Le debe haber llevado meses montar este sitio. Maldito chiflado —respondió Montero, destruyendo la cámara.

Ya no estaban completamente a merced de aquel maníaco. Pero ahora, ¿en qué dirección podían ir?

El joven agente hizo algo a la desesperada.

—¡Eh! ¡Chica! ¡Grita! ¡Vamos en tu ayuda! —gritó con todas sus fuerzas.

Nadie contestó. Isobel miró lo con fatalismo. Era una posibilidad demasiado remota. Montero no se rindió.

—¡Vamos! ¡Grita fuerte! ¡Te encontraremos! —insistió.

De nuevo sólo contestó el silencio.

Él estaba tomando aire para volver a intentarlo, cuando entonces... se oyó algo. Al principio, fue sólo un quejido ronco.

—Aaaiiií...

Los dos se miraron y agudizaron el oído.

—¡Aquiií...! —sonó más claro. Y ganó fuerza —¡Socorro! ¡Aquí!

—¡Aguanta! ¡Ya vamos! —vociferó Montero, y la emprendió contra el panel que les impedía ir en la dirección de la voz.

Isobel arrancó del suelo uno de los raíles de los tablones móviles que habían destruido y empezó a utilizarlo como palanca.

Atravesaron varios paneles más, intentando ir en línea recta, destruyendo cámaras cuando las descubrían. Con el rostro ceniciento cubierto de sudor, Montero le seguía pidiendo a la chica que lo llamara y ella cada vez sonaba más cerca.

De repente, se oyó un bramido furioso, un desesperado "¡No!" de la chica y un chillido de dolor.

—¡No la toques, hijo de puta! —bramó Montero, frenético, destrozando los maderos que tenía delante.

Isobel apretó los dientes y los pateó con fuerza. Los dos se abrieron paso como una fiera enfurecida.

Una pared cedió y ya no estaban en un pasillo, sino en un cuarto amplio y bien iluminado. A diferencia del resto del lugar, el suelo era de liso hormigón. Lo primero que asaltó a Isobel fue el olor. Un penetrante hedor que contaba cosas terribles de dolor y humillaciones. En el centro de la habitación había una mesa de autopsias y a ella estaba atada una chica. Estaba desnuda, cubierta golpes y había sangrado por varias heridas. Estaba tan inmóvil que Isobel no pudo discernir ni siquiera si seguía viva.

Ella y Montero sacaron sus armas de inmediato, apuntando en todas direcciones, pero allí no había nadie más.

Haciendo una mueca de angustia, Montero se acercó renqueando a la mesa, mientras Isobel lo cubría esperando una emboscada en cualquier momento. Él vaciló, cómo si temiera hacerle más daño a la chica al tocarla, pero le tomó el pulso.

—Está viva —suspiró con alivio. Isobel exhaló el aire que había estado conteniendo—. Pero necesita un médico urgentemente.

Al inhalar Isobel de nuevo el aire, no pareció alimentar sus pulmones como debería. Se dio cuenta de que estaba jadeando.

Ella y Montero se miraron sin saber que hacer a continuación. Él también tenía la respiración pesada y parecía algo mareado.

—No sé si... Deberíamos... moverla... —su voz se apagó.

Fueron sus ojos vidriosos lo que alarmaron a Isobel. Olfateó el aire, espantada. No pudo oler nada diferente, pero había recibido entrenamiento en Quantico una vez sobre eso. Una punzada de terror visceral la atravesó de parte a parte. El aire se estaba volviendo irrespirable.

Montero se tambaleó y dobló una rodilla al suelo.

—¡Montero! ¡Gas! ¡Contén la respiración! —exclamó Isobel cubriéndose la boca y la nariz con la parte interna del codo.

Se arrancó de un tirón una manga de su camiseta y se la ató sobre las vías respiratorias.

—¡Montero! ¡Tenemos que salir de aquí!

Fue hasta él, que se había tapado la boca con la mano y meneaba la cabeza para no quedarse sin sentido. Su cuerpo se estaba desmadejando.

Isobel lo zarandeó.

—¡Montero!

Pero no sirvió de nada. Los ojos de él se cerraron y perdió el conocimiento, quedando tirado en el suelo.

—¡Darío!

Un extraño velo borroso cruzó la visión de Isobel y, de repente, Darío estaba en una cama de hospital, pálido como un muerto, cables y tubos perforando cruelmente su cuerpo por todas partes; ella lo volvió a sacudir, pero no daba señales de vida. Estaba tan frío. Lágrimas de desesperación rodaron por las mejillas de Isobel.

—¡Darío! ¡Darío, por favor!

Un contacto, cálido y tierno -primero en el dorso de su mano, luego en su mejilla-, una grave y suave voz, hicieron rielar y retemblar la misma existencia a su alrededor.

Despertó sentada, reclinada hacia delante sobre sus propios brazos, a los pies del lecho de Darío, en el hospital de Montemorelos. Tenía la cara empapada. Arrodillado a su lado, Jubal le cogía la mano y le acariciaba la cabeza.

—Isobel —la llamaba con una conmovedora dulzura—. Isobel, despierta... Es sólo una pesadilla...

A ella se le escaparon varios sollozos acongojados, mientras miraba los preocupados ojos de Jubal, buscando sin éxito aferrarse a la realidad. Él la atrajo contra su pecho e Isobel se lo permitió. Fue su abrazo lo que gradualmente le devolvió la calma.

·~·~·

Cuando habían regresado de la azotea, a Darío lo habían pasado a planta, ya no estaba entubado y tenía un poco mejor color, aunque seguía inconsciente.

Isobel continuaba seria y consternada, abstraída por cómo iban a resolver la situación. Jubal casi podía oír las ruedas dentadas girando dentro de su cabeza, y simultáneamente patinando por su preocupación por Darío. Aun así, claramente había conseguido recuperar parte de su equilibrio. Había sido satisfactorio haber podido ayudar, y era peculiar cómo haberlo hecho le había devuelto el equilibrio también a él.

Sin embargo, por su parte Jubal estaba teniendo problemas para recuperar otra clase de estabilidad. Lo que había ocurrido arriba en la azotea, aquella dolorosa vulnerabilidad en los ojos de Isobel, le habían hecho sentir algo tan intenso que había estado gravemente necesitado de volcar toda su devoción en un beso... No lo había hecho, no en los labios como le habría gustado; no había querido confundir las cosas, cuando lo que estaba era ofreciendo esperanza y consuelo. Pero ahora no podía quitarse de la cabeza cómo lo había mirado Isobel antes y después de aquel histórico abrazo, cómo sin decir nada lo había cogido de la mano mientras bajaban las escaleras. Su corazón había cruzado una línea de la que no creía que fuera a ser capaz de volver atrás. Eso lo preocupaba, mucho.

Para distraerse un poco, había ido a por algo de comer para que Isobel recuperara sus fuerzas, pero al regresar se la había encontrado dormida, echada en los pies del lecho de su amigo. Jubal dio gracias, porque pensó que tal vez así ella tendría algo de descanso, que era obvio que le hacía mucha falta.

Apesadumbrado, Jubal estudió con detenimiento el rostro de Darío, ahora tristemente desprovisto de su vivacidad y su ingenio. De verdad esperaba que despertara. Era alguien valiente y leal. No se merecía aquel destino.

Entonces Isobel empezó a agitarse en sueños, a llamar a Darío angustiada. A Jubal le había costado un angustiante largo tiempo el despertarla.

—¿Qué estabas soñando? —preguntó Jubal mientras Isobel se serenaba entre sus brazos, intentando darle un ancla donde recuperar su entereza.

Ella se apartó despacio, limpiándose las lágrimas.

—Estábamos en aquel almacén, donde estuvimos a punto de morir los dos.

—¿Aquello que pasó cuando os conocisteis? —dijo él con suavidad.

Isobel asintió, todavía temblando ligeramente.

—Pero aquella vez logré salvarlo, mientras que en el sueño él no... —soltó un suspiro tembloroso—. Ahora- Ahora tampoco puedo hacer nada. Nada...

El pecho se le encogió a Jubal ante cómo sus ojos miraron a Darío, por la desgarradora desolación que mostraron.

—¿Por qué Darío dice que estuvisteis a punto de morir por su culpa? —preguntó, intentando buscar algo que la distrajera de su dolor.

En la boca de Isobel se dibujó una pequeña sonrisa enternecida y triste.

—En realidad es injusto consigo mismo. Cometió un grave error, pero fue por exceso de celo...

Alcanzando una silla para sentarse a su lado, Jubal la miró expectante, pidiéndole en silencio que le contara más. Tomando aire, la vista de Isobel se desenfocó y comenzó a recordar.

—Yo llevaba sólo unos meses en la oficina de campo de Laredo, Texas...

·~·~·

—Entonces aquel bastardo intentó gasearnos. Creo que sólo intentaba dormirnos para poder hacer con nosotros lo que hubiera querido. —Isobel no logró controlar un escalofrío ante lo que sabía que podría haberles hecho a los dos—. Gracias al Cielo, no fue lo suficientemente rápido.

Cuando había zarandeado a Darío, a diferencia de lo ocurrido en su pesadilla, él parpadeó sacudiendo la cabeza. Y se dio a sí mismo una tremenda bofetada para despejarse. Isobel recordaba todavía haberse incluso sobresaltado. Se le escapó una leve sonrisa acordándose de aquello. Él le había dicho a continuación:

—Te dicho que me llames "Darío", maldición.

Ella le había echado una mirada exasperada, mientras le daba la otra manga de su camiseta para que él también se tapara la boca. Nunca más volvió a llamarlo Montero.

Le dijo que intentara inhalar lo menos posible, y él había asentido. Cortando las ligaduras de la chica con una navaja de bolsillo, Darío cogió a la chica en brazos con cuidado.

—Localicé la puerta de entrada y reventé la cerradura de un tiro —siguió relatándole a Jubal—. Al salir dimos con aquel canalla. Se estaba dando a la fuga -estuvo a punto de escapársenos- pero una vez en el exterior, no tuvo ninguna oportunidad. Intentó que lo matara durante el arresto —la expresión de Isobel adoptó una sonrisa feroz que Jubal encontró inesperada e irresistiblemente sexy—. Pero yo no caí en esa provocación. Ahora está pudriéndose en el corredor de la muerte de una cárcel de máxima seguridad de Texas.

Tal vez no es más que eso, pensó entonces Isobel, sintiendo el resplandor interno de una revelación. En lugar de evitar trampas intentando resolver el laberinto, lo que debería hacer es vencerlo desde dentro...

—Así que, la insensatez que cometió Darío, realmente fue adentrarse allí sin dejarte pedir refuerzos —dijo Jubal, comprendiendo.

—Sí. Más tarde se disculpó por haberme puesto en peligro y me contó por qué lo había hecho. —Isobel tragó saliva—. Una de las hermanas de Darío desapareció con diecisiete años. Nunca más se volvió a saber de ella.

Jubal se llevó la mano a la boca en un gesto inconsciente de horror.

—Él tenía sólo trece entonces —abundó ella—. Estaban muy unidos. El modo en que posiblemente murió su hermana siempre lo ha atormentado. Es la razón por la que ingresó en la Policía Federal... Toda la situación, comprensiblemente, desencadenó su trauma.

Jubal miró hacia Darío con genuina admiración. Parecía un hombre muy entero para haber pasado por una pérdida como ésa. Él no estaba seguro de ser capaz de superar algo así. Aquella incertidumbre y aquel dolor eternos...

Isobel resopló levemente por la nariz, atrayendo de nuevo su atención.

—Darío estaba seguro de que yo reportaría contra él. Pero no lo hice. —Se encogió de hombros—. De verdad no me pareció que se lo mereciera.

Ahí mismo estaba la Isobel por la que a Jubal el corazón le latía tan fuerte. Le sonrió con una especial calidez.

—Así que al final logramos salvarle la vida a aquella chica —continuó ella—. Selena, se llama. Sobrevivió, sanó y se ha convertido en alguien que ayuda todos los días a otras personas a superar experiencias terribles como la suya. —Sonrió con cierta satisfacción—. Y además, incluso ambos recibimos reconocimiento por parte de nuestros jefes...

De hecho, aquel caso le valió a Isobel un importante ascenso.

—Se te ha olvidado contar —dijo Darío entonces desde la cama con un hilo de voz ronca— que pasamos aquella noche juntos, dando rienda suelta a nuestra pasión.

El rostro de Isobel se iluminó de repente.

—Nunca ha pasado tal cosa, sinvergüenza —lo contradijo ella, levantándose de la silla de ruedas y apresurándose trabajosamente a acercarse a la cabecera de la cama—. Aquella noche la pasaste en el hospital.

Fue increíble lo muy feliz que la hizo que lo primero que había dicho Darío fuera una broma tan característica suya. Había lágrimas en sus ojos, pero eran muy diferentes. Alborozadas. Lo cogió de la mano.

—¿Podré alguna vez dejar de tener que salvarte el culo?

Él no tuvo casi fuerzas ni para devolver el gesto.

—No creo —replicó descarado pero con una grave falta de aliento—. Me he acostumbrado y como que... le he cogido el gusto.

Parecía que le costaba mantener los ojos abiertos, pero estaba completamente en su ser. Jubal también sonreía, profundamente aliviado.

—Además —añadió Darío—, creo que esta vez el que nos ha salvado a los dos el pellejo ha sido Jubal. —Le dirigió un asentimiento honesto y agradecido—. Y Adriana. —Sus ojos buscaron en la habitación y se volvieron turbados—. ¿Dónde está? ¿Y Sofía y Carlos?

Intentando no dejarse llevar por el resentimiento y el desánimo al hacerlo, Isobel le contó llanamente que los tres se habían marchado. El rostro de Darío fue un libro abierto. Fue desgarrador para ella ver la decepción, la traición y la ira ensombrecer sus facciones. Él apartó la cara porque las drogas le impedían ocultar todo lo que estaba sintiendo.

—Pero Adriana prometió que volvería —apuntó Jubal.

Darío resopló por la nariz, escéptico.

—Yo dudo mucho que lo haga —replicó amargamente con la voz espesa—. Si lo hace tendrá que afrontar cargos por falsificación de documentos y —Tosió— profanación de cadáveres. Si se ha ido, no volverá —afirmó tajante.

Parecía decepcionado a un nivel demasiado profundo para expresarlo. Hizo un esfuerzo evidente por volverse hacia Isobel y enfocar la vista.

—Y ahora, ¿qué vamos a hacer? —preguntó desolado.

Isobel reunió y compactó toda la resolución de la que fue capaz.

—Ahora... reventaremos el laberinto. Desde dentro.

~.~.~.~