La ley del talión
Capítulo 22. Diente por diente
Esta maldita mesa es demasiado alta, maldijo Isobel mentalmente, intentando estirar la espalda todo lo posible para alzarse más por encima del tablero y moviéndose en su asiento.
A su lado, Jubal buscó su mano por debajo con disimulo y se la apretó con suavidad. La calidez que transmitió su piel, hizo que Isobel se calmara y se ruborizara a la vez. Se forzó a no mirarlo, aunque habría sido de ayuda, porque no quería que la comunicación la pillara mirando hacia otro lado, hacia él. Volvió a estirarse, intranquila.
Para ser honestos, cuando Isobel había llamado a Maggie y le había pedido que preparara una videoconferencia desde prisión con Vargas, había esperado muchas más preguntas. Sin embargo, la agente simplemente lo puso en marcha cuanto diligentemente pudo y, en menos de una hora, tuvo todo preparado. Isobel sospechaba que, convenientemente, Maggie había encontrado el modo de no tener que informar aún a Reynolds, o la llamada del ADIC no se habría hecho esperar.
Cierto personal administrativo del hospital preparaba la comunicación, coordinándose con alguien al otro lado de la línea para comprobar que el audio funcionaba. Mientras, Arenas y Ugarte sólo aguardaban en silencio. Isobel nunca podría agradecerle lo suficiente a Ralph que sólo le hubiera pedido estar presente en aquella conversación, no intervenir. Por su parte, Ugarte había sido muy razonable una vez que tuvo la declaración oficial de Jubal y de ella. A Darío también le habría gustado estar allí, pero su estado simplemente no lo hacía recomendable.
Afortunadamente, no hacía mucho, un guardianacional les había traído su equipaje, que habían recuperado del maletero del coche alquilado. Seguramente después de haber revisado su contenido, aunque por supuesto eso no lo mencionaron. Tanto la mochila de Jubal como la maleta de Isobel tenían algunos agujeros de bala. Para gran alivio suyo, alguna de la ropa se había librado. Isobel habría odiado tener aquella entrevista cubierta sólo por una bata de hospital. Habría preferido uno de sus formales trajes de chaqueta, pero con esa sencilla camisa y unos vaqueros, al menos no se sentía desnuda. Jubal también había podido vestirse y afeitarse. Aunque pálido y con alguna contusión en el rostro, tenía bastante mejor aspecto que el muy preocupante estado que había tenido aquella mañana al entrar en su habitación y que a Isobel todavía le encogía el corazón recordar.
Curiosamente, al recuperar sus cosas, Isobel había encontrado varias llamadas perdidas en el móvil con el que Vargas la había llamado otras veces. Casi había esperado que volviera a intentarlo. Pero no lo hizo. Para entonces el capo de Durango ya debía saber que iba a hablar con ella en breve.
Ahora era sólo cuestión de unos pocos minutos. La imagen de una sala de entrevistas de la prisión federal aparecía ya en la gran pantalla que había en la sala multimedia del hospital. Mostraba únicamente una silla vacía.
Jubal vio a Isobel tomar aire con cuidado y expulsarlo lentamente. Había podido sentir que estaba nerviosa. No sabría explicar por qué lo había sabido. Tal vez algo en la sutil tensión de su cuello, o el leve modo en que había apretado los labios.
Por eso había sentido la necesidad de acariciarle la mano.
En eso momentos, sin embargo, cualquier rastro de su inquietud había desaparecido por completo, mostrando una solemne serenidad que Jubal encontró simplemente impresionante. Dejó un último roce y retiró la mano.
Unos segundos después, Antonio Vargas capo del cartel de Durango apareció en la imagen, y se sentó en la silla, erguido, digno. Llevaba por supuesto un mono de preso, pero de inmediato su presencia, aun en remoto, llenó la habitación e incluso pareció presidir la reunión. Su rostro se mostraba impasible como siempre, aunque en sus ojos había un cierto brillo febril.
—Castille. Valentine. No esperaba verlos de una pieza después de su enfrentamiento con Juárez en Aguadulce.
Isobel controló su irritación. ¿Por qué tenía Vargas que estar siempre tan bien informado?
—Me alegra sorprenderle una vez más, Vargas—replicó Isobel con osadía, pero con un tono suave, calmado.
Él esperó, pero ella no dijo nada más.
—¿Y bien? ¿Va a decirme qué ha averiguado? Para eso me quería aquí, ¿no?
Así que no lo sabemos todo, ¿eh?, pensó Isobel con una algo mezquina malicia.
—Así es —concedió—. Para eso. Hemos averiguado que nos debe mucho, Vargas.
—¿Qué puedo deberles a ustedes salvo venganza?
—Carlos y Sofía están vivos —dijo ella a bocajarro.
Vargas parpadeó una sola vez. Su expresión se llenó de displicencia.
—Miente.
—No. No es mi estilo, ya lo sabe. Algo que, por más que me fastidie, tenemos en común. Su cuñada, Adriana, lo orquestó todo y los mantuvo ocultos. —Isobel vio a Vargas fruncir el ceño, pero siguió adelante—. Usted, que presume de "integridad", mató a Rina Trenholm y amenazó a los hijos del agente Valentine, dos niños inocentes... por nada. Ya lo creo que nos debe.
El modo en el que Vargas alzó las cejas sólo fue desdeñoso, pero delató su incomodidad.
—Si Adriana hizo eso, ella sería la responsable. No yo.
—¿Como eran responsables los asesinos de Sofía y Carlos en lugar de mi gente y de mí?
Isobel lo taladró con la mirada hasta que Vargas movió el cuello, molesto. Jubal tuvo que controlar un impulso poco oportuno de vitorear. La comisura de su boca se estiró con cierta satisfacción.
—Claro, ahora sí, ¿verdad? —abundó Isobel—. ¿Qué le parece estar al otro lado de un razonamiento falaz, Vargas?
Él se echó hacia atrás, con abierto desprecio en el rostro. Resopló por la nariz.
—Dice que no miente, y espera que me crea esto. Es usted demasiado ingenua, Isabel. Mentiras. Todo mentiras.
Imperturbable, Isobel no contestó, pero no vaciló tampoco. La mejilla de Vargas se contrajo un momento en un tic de impaciencia.
—Está bien. Basta de rodeos, Castille. ¿Dígame dónde están?
Isobel no pudo evitar la tentación de ponérselo difícil.
—¿Dónde están quiénes?
La mandíbula de Vargas se tensó visiblemente.
—Sofía y Carlos. Si están vivos, entonces, ¿dónde están?
—No tenemos por qué contestarle a eso —intervino Jubal súbitamente.
Ambos hombres se miraron como si se enfrentaran a duelo.
—Planea vengarse, ¿no es eso, agente Valentine? Ojo por ojo —lo provocó Vargas.
No supo cómo, pero Isobel sintió la densa, sombría indignación que envolvió a Jubal como una nube de tormenta.
—Y el mundo quedará ciego —replicó Isobel—. No, no vamos a hacerles daño —aseguró—. Pero El Patrón está tras ellos. Y eso... Eso es sólo culpa de usted. —Anda, mira. Yo también sé más de lo que parece—. ¿Verdad?
La furia llameó en los ojos de Vargas.
—¿Dónde están Sofía y Carlos? ¡Dígamelo! —estalló.
El corazón le latió a Isobel salvaje en el pecho. Ahí lo tenía. Ahí mismo. El comodín de aquella partida. La carta que podía jugar contra Vargas y que lo mantendría maniatado por fin. Isobel cerró con fuerza el puño bajo la mesa y la lesión de su muñeca respondió con un latigazo de dolor.
No.
No volvería a jugar a ese juego. No le diría que tenía a su familia en su poder para tener control sobre él. No quería fortificar aquel laberinto de mentiras. Quería destruirlo.
—No lo sé —dijo llanamente.
A su lado, oyó a Jubal tomar aire bruscamente.
Dando un violento tirón a sus cadenas, Vargas se adelantó de improviso. En su rostro enrojecido, en el modo feroz en que enseñó sus dientes apretados, se pudo ver que si hubiera podido le habría sacado la información a golpes. Isobel ni se movió. Le mantuvo la mirada con un aplomo que le disparó las pulsaciones a Jubal. La negación se derramaba por los ojos de Vargas
—No lo sé —repitió Isobel mostrando las manos abiertas.
Entonces, su sinceridad caló, precisamente porque no existía ni la más mínima razón para que Isobel le mintiera. La expresión de Vargas se transformó lentamente en una de puro odio; uno que nacía únicamente de la frustración. Se reclinó hacia atrás.
Se oyeron unos toques en la puerta. Isobel los ignoró, pero cuando aquella se abrió sin esperar permiso, tuvo que volver la cabeza.
Adriana entró en la sala, vestida con un impecable traje sastre y perfectamente arreglada; peinado impecable, maquillaje bien aplicado. Sólo un apósito sobre su ceja, y el pómulo amoratado insinuaban la violencia por la que había pasado tan sólo hacía unas horas. La acompañaba un hombre que vestía un elegante traje que decía "abogado caro".
Arenas y Ugarte se levantaron bruscamente, pero Isobel los detuvo con un gesto levantando un poco la mano. Adriana cruzó la mirada primero con Jubal, luego con Isobel, alzando la barbilla con desafiante orgullo.
—Adriana —Jubal fue el primero en salir de su estupor—. Has vuelto —le reconoció—. ¿Cómo -?
—Darío me ha dicho dónde estabais.
No perdió más tiempo; a continuación, se adelantó, entrando en la imagen que veía Vargas.
—Antonio.
—Adriana.
No hubo el más remoto rastro de calidez familiar en aquellos saludos.
—[Sofía y Carlos están vivos, Antonio.]
Vargas miró a Isobel brevemente.
—[Eso me han dicho.]
Adriana se volvió también hacia Isobel. Hizo un gesto de comprensión. El alivio de no haber cometido un catastrófico error al contárselo ella misma, dejó el corazón de Isobel más ligero.
Mientras, Vargas parecía haber recuperado su control por completo.
—[Adriana, sabes que pagarás por esto] —amenazó con frialdad.
—[No me arrepiento] —declaró Adriana con valentía y sólo un leve temblor en la voz. Luego continuó en inglés—: Si mi hermana y mi sobrino están vivos es gracias a eso. Gracias a que los escondí de Juárez, de ti y del mundo. Y a los agentes Castille, Valentine —hizo un gesto hacia Jubal e Isobel—, y Montero —tragó saliva con dificultad e Isobel se percató entonces de que sus ojos estaban húmedos y su máscara de pestañas estaba ligeramente corrida—, que arriesgaron la vida por protegernos cuando ya no pude ocultarlos más. No me arrepiento ni lo más mínimo. De haber sido de otro modo, ahora mismo los dos estarían muertos de verdad.
Vargas hizo una pausa reflexiva. Estudió a Isobel y a Jubal durante unos momentos.
—¿Dónde están? —preguntó a Adriana calmadamente.
—Lejos. A salvo. De Juárez y de ti. Y espero que no los encuentres nunca —escupió Adriana con rencor.
El gesto dolido de Vargas fue patente, y a Jubal le irritó sobremanera no poder evitar sentir compasión por aquel padre preocupado.
—Yo... —vaciló Adriana—. Yo no quería que volvieras a verlos, pero Sofía... Sofía quiere hablar contigo.
Sacó una tablet del portafolios que llevaba en la mano. La encendió y la enfrentó a la webcam de la sala.
—¡Antonio! —Jubal e Isobel no podían verla, pero reconocieron la voz de Sofía—. [¡Antonio, amor mío! ¡Estamos bien! Cómo habrás sufrido por nosotros... ¡Lo siento tanto!]
La mirada de Vargas recorrió la pantalla con ansiedad.
—Sofía... —suspiró su nombre.
Pareció no poder decir nada más.
—Antonio, Isobel Castille y sus agentes nos han salvado la vida —continuó Sofía en inglés; debía saber que ellos iban a estar en la habitación—. Si Carlos y yo estamos vivos, es gracias a ella. Agente Castille, si está escuchando, gracias. Gracias.
A Isobel le habría gustado reconocerle el gesto, pero no se atrevió a interrumpir.
—Pero ahora tenemos que volver a escondernos —continuó Sofía—. El cartel de Juárez seguirá estando tras nuestro rastro. Antonio... Te quiero, pero tengo que proteger a Carlos por los dos.
La boca de Vargas se convirtió en una apretada línea; sus ojos se endurecieron.
—Castille es la culpable de que no pueda protegeros yo mismo —replicó con resentimiento.
—Sí, pero ha hecho un buen trabajo en tu lugar. Allá en Aguadulce, Isobel Castile y sus hombres han estado a punto de perder la vida por salvarnos, ¿entiendes? No quiero que les hagas daño. Por favor te lo pido, Antonio, deja de intentar hacerles daño. Dame tu palabra.
A Vargas se le desorbitaron los ojos, el rostro congestionado. Bajó la cabeza. Tanto, que quedó colgando de su cuello, su rostro oculto por las sombras.
Y entonces empezó a asentir, como si finalmente aceptara algo. Cuando alzo la cara, volvía a estar casi sereno. Sólo sus ojos húmedos reflejaban una honda emoción.
—Está bien. Tienes mi palabra —le aseguró.
Isobel tuvo que morderse los labios para controlar su sorpresa. Una parte de ella nunca había creído que funcionaría.
Se hizo un silencio en el que Antonio y Sofía parecieron estar hablándose sólo con la mirada. Isobel apartó la suya, sintiéndose que estaba invadiendo de algún modo un momento de intimidad. Vio que Jubal también había bajado los ojos.
En el audio de Sofía se oyó el eco de una megafonía.
—Tengo que irme —dijo con la voz quebrada.
—[Sofía... Te quiero.]
—[Te quiero, Antonio. Hasta siempre.]
La comisura de la boca de Vargas se alzó entonces levemente por un breve instante, de un modo un tanto misterioso.
—[Hasta siempre, mi amor.]
Sofía debió cortar la llamada, porque la mirada de Vargas perdió enfoque.
El silencio regresó, pero esta vez espeso e incierto.
—¿Y bien? —lo rompió Isobel por fin—. ¿Qué podemos esperar de usted, Vargas?
Logró no sonar tan ansiosa como realmente se sentía.
—He dado mi palabra a Sofía —replicó él como si no hubiera más que hablar, de nuevo de vuelta a su semblante impasible—. Los has mantenido sanos y salvos. Sus vidas por las vuestras —declaró—. Sin rencores. Al menos por mi parte —hizo una pausa—. Pero no espere felicitaciones por Navidad —añadió sombrío.
Sin rencores... Qué cara más dura.
El alivio escapó de Isobel exhalando un suspiro, pero ella no contestó. No quería hablar de rencores. Era mejor no decir nada. Habría sido una falta de respeto hacia Jubal que, a su lado, había tomado aire con fuerza a la vez que había cruzado los brazos apretadamente sobre el pecho, como para no permitirse insultar a Vargas. Ella sólo quería que su gente no estuviera en peligro constante. Kyle... Aquello tuvo su propio final. Y Vargas ya tenía su merecido con una vida en prisión. Era lo que había decidido la justicia y eso tenía que ser suficiente para ella.
Jubal también permaneció en silencio, maldiciendo para sus adentros y mordiéndose la lengua para no agredir a Vargas verbalmente. Esperaba que el fantasma de Rina estuviera haciendo zumbar sus oídos y congelando sus huesos. Que lo hiciera el resto de su vida.
No. Descruzó sus brazos lentamente. Jubal esperaba que Rina estuviera en un lugar luminoso, cálido y lleno de paz. Vargas podía atormentarse solo, si es que tenía una pizca de conciencia. Pero él... No, él no podría perdonarlo nunca. No quería vengarse. Ya no. Pero no lo perdonaría.
Bajo la mesa, notó que la mano de Isobel tomaba suya con comprensión y afecto. Aquel contacto logró desterrar casi por completo la ira de su corazón.
·~·~·
Después de recoger las llaves-tarjeta en la recepción del hotel, Isobel y Jubal subieron a la tercera planta y caminaron juntos por el luminoso y amplio corredor de camino a sus respectivas habitaciones. A través del ventanal que recorría todo un lado del pasillo, podía se veía que afuera ya casi había oscurecido. Cuando llegara, Isobel tendría que llamar a Reynolds. El ADIC le había dejado varias llamadas perdidas y no era algo que fuera prudente retrasar más, pero tampoco estaba ansiosa de hacerlo en absoluto. Se moría por darse una ducha y por dormir en una cama decente.
Después de la entrevista con Vargas, Adriana les había agradecido sinceramente a Jubal e Isobel lo que habían hecho por su hermana y su sobrino. Entonces les había presentado a su abogado y había informado a Ugarte de que estaba allí para entregarse por ciertas infracciones de falsificación documental. Isobel no tuvo duda de que tenía gente trabajando en ese mismo momento para cubrir sus huellas de los otros delitos más graves.
Antes de ponerse en manos de la justicia, sin embargo, había pedido hablar con Darío a solas una última vez. Estuvo con él en su habitación del hospital más tiempo del que se tarda en decir "gracias". Cuando había salido, Darío tenía una mirada intrigada y estaba más callado de lo normal.
Isobel no tuvo ocasión de preguntar. Poco después de que Adriana y su abogado se marcharan con Ugarte para registrar oficialmente su confesión, Verónica se había plantado en el hospital, recién llegada de Nuevo Laredo. Constaba como contacto de emergencia en la información de Darío en la Guardia Nacional, y naturalmente, la habían llamado. Hizo un espectáculo de su llegada, declarando dramáticamente que iba a cuidar de él.
Pero las mezquindades y el comportamiento abusivo no se habían hecho esperar. Isobel había maldecido tener que ser testigo de aquello, y estuvo muy tentada de cantarle a Verónica las cuarenta.
No hizo falta. Un par de horas después, sólo un poco antes de que les dieran el alta a Isobel y Jubal, Darío no lo soportó más; le recordó a Verónica que habían terminado y le pidió que se marchara. Ella lloró e hizo otra opereta de su partida, pero al final se fue. Darío no había parecido contento, pero sí aliviado como sólo puede estar alguien que ha logrado por fin doblar una esquina muy difícil de su vida. Isobel se había alegrado por él.
Arenas entonces había llevado a Jubal e Isobel hasta un hotel de Montemorelos donde podrían pasar la noche.
Ahora que andaba por el pasillo junto a Jubal, Isobel fue de pronto consciente de que era la primera vez que estaba a solas con él desde el momento que habían compartido en la azotea del hospital.
Ahora era muy diferente. Ahora, tenía una sensación triunfal que le provocaba una desbordante exaltación casi imposible de controlar. Se sentía invencible, imparable, y una parte de ella estaba muy preocupada de a qué locuras podría arrastrarla eso. Tenía que evitar a toda costa las tentaciones. Como, por ejemplo, la de entrar en contacto físico con Jubal de cualquier forma o manera.
Al llegar a la habitación de Isobel, ella utilizó la llave-tarjeta y abrió la puerta. El silencio, que hasta entonces había sido confortable entre los dos, se había tornado realmente incómodo.
—Te... vendré a buscar luego para bajar cenar —logró decir Jubal por fin, risueño.
También parecía estar de buen humor. Isobel asintió intentando permanecer serena.
—Es increíble lo que has conseguido —declaró él acercándose y sonriéndole de un modo que se lo puso muy difícil, y que la hizo sonreír a su vez—. Habrá que celebrarlo, ¿no? —añadió Jubal.
Su encanto hizo burbujear la euforia de Isobel de manera irresistible. Soltó el asa telescópica de su maleta y, aunque acababa de decirse que no debía hacer nada parecido, lo abrazó. Él la recibió con sumo agrado.
—Gracias —dijo ella después de unos momentos con un nudo en la garganta.
—¿Gracias? —Jubal no estaba seguro de haberla oído bien—. ¿Por qué?
Isobel luchó por encontrar las palabras que describieran lo que quería decir.
—No lo habría logrado sin Darío y sin ti. Gracias por... haber estado ahí —no logró encontrar nada mejor, pero era completamente sincero.
—Hemos quedado en que podemos contar el uno con el otro, Isobel. —Jubal se separó un poco para poder la mirarla a la cara.—. Estaré siempre si me necesitas —susurró.
Sobrecogido, alzó la mano y le trazó con el pulgar un delicadísimo roce de la mejilla al pómulo. Un estremecimiento hizo temblar el corazón de Isobel y se extendió por todo su cuerpo. Sus ojos se cerraron involuntariamente. De pronto, los labios de Jubal estaban sobre los suyos, al principio de un modo tal vez algo vacilante, para luego volverse de una intensidad desbordante. Ella sintió que se derretía bajo su contacto... justo antes de que entrara en pánico.
Se apartó dando un largo paso atrás.
Jubal se quedó congelado, sin saber cómo reaccionar.
Isobel lo miró con los ojos muy abiertos; ahora mismo tenía la absoluta certeza de que, si se dejaba llevar, lo siguiente que haría implicaría quitarse la ropa. Por lo que había ocurrido antes del asalto en Aguadulce, Isobel tenía pocas dudas de que él aceptaría. La amistad que tenía con Jubal se había convertido en algo muy especial; no podía simplemente tirarla por la borda por un rato de satisfacción física.
Un segundo después, él creyó erróneamente saber lo que Isobel estaba pensando. Bajó los ojos y la barbilla, recolocándose la cincha de la mochila sobre su hombro.
—Por supuesto —musitó intentando mostrarse circunspecto sin conseguirlo del todo—. Lo siento.
Se dirigió a su propia habitación, sólo una puerta más allá.
El estupor de Isobel no le permitió detenerlo antes de que él cerrara la puerta sin decir nada más.
·~·~·
Después de darse una ducha bastante fría y aunque sentía el cuerpo agotado, la mente de Isobel seguía alternando incansable entre lo que casi acababa de pasar entre ellos dos y lo que de hecho había sucedido. Se sentía un poco más despejada, sin embargo, y enseguida supo que lo primero que debía hacer, incluso antes de llamar a Reynolds, era hablar con Jubal. Aclarar la situación entre los dos. Profesionalmente ninguno de ellos podía permitirse hacer eso, pero tenía muy claro que había manejado la situación con muy poco tacto. Tal vez incluso lo había ofendido.
Aunque no estaba segura de saber exactamente lo que le iba a decir, estaba convencida de que podían tratar aquel asunto como adultos. Se vistió y salió al pasillo. Llamó a su puerta, pero Jubal no contestó. Isobel dudó en insistir, tal vez estaba durmiendo. Dudando qué hacer, miró detrás suyo, al exterior, a través de la enorme cristalera que daba al aparcamiento del hotel y descubrió a Jubal paseando lentamente mientras hablaba por teléfono.
Su afectuosa sonrisa le dijo a Isobel que estaba hablando con sus hijos. Durante unos instantes, la ternura que sentía hacia él fue imposible de reprimir.
Pero entonces, Jubal alzó el rostro y la farola que tenía a su lado mostró claramente que la alegría que dibujaban sus labios, ni siquiera se asomaba a sus ojos.
Él colgó la llamada y sus hombros se hundieron. Se pasó la mano por la nuca mirando al suelo, como abatido. Aquello la intrigó.
Lo observó detenidamente, aprovechando que por una vez él no estaba ocultando lo que le pasaba por dentro, al pensarse completamente solo. Ahora mismo, Jubal no parecía (sexualmente) frustrado. Parecía... triste.
Isobel sintió un imprevisto pellizco de culpa. ¿Y si no había ofendido a Jubal con su rechazo? ¿Y si lo había... herido? Había estado tan preocupada por lo que ella misma estaba sintiendo que ni siquiera se había parado a pensar lo que sentía él.
La asaltó una cierta sensación de vértigo. Por mucho que quisiera esconderse de ello, se vio obligada a enfrentarse a que Jubal había derramado una intensa expresión de afecto en el beso de hacía un rato. Una cosa y otra podían significar... No. ¿Podían? No querría estar en ningún otro lugar más que aquí... contigo. Los latidos le redoblaron a Isobel dentro del pecho.
Abajo en el aparcamiento, un movimiento furtivo cerca de Jubal la sacó bruscamente de su cavilación.
Un hombre encapuchado salía de detrás de una furgoneta oscura que había allí aparcada, caminando sigilosamente. Jubal, distraído, ni se dio cuenta de que se colocaba justo detrás de él.
El ya desbocado corazón de Isobel le saltó a la boca cuando el encapuchado lo agarró por el cuello desde atrás.
·~·~·
Cuando Jubal había salido al exterior, había sido porque las cuatro paredes de su habitación lo estaban asfixiando. Intentó distraerse hablando con Abby y Tyler; fue agradable oír sus voces, calmar su preocupación por él, oír que les alegró que hubiera cumplido su misión. Pero en el mismo instante en el que se despidió de ellos su propia ansiedad regresó con aún más fuerza.
Tenía que ser que había malinterpretado a Isobel terriblemente. Un profundo bochorno lo atormentaba por haberle robado un beso que ella no quería darle. Y las implicaciones dolían de un modo que apenas podía manejar.
Pero... hacía poco más de veinticuatro horas, en casa de Adriana... Uauh... Entonces Isobel se había comportado de manera muy diferente. El ansia y el ardor en sus besos habían sido inconfundibles. Aunque, por otro lado, habían estado en peligro de muerte, y eso puede hacer que alguien haga muchas locuras. Había sido muy poco característico de Isobel, desde luego. Lo que aquella misma mañana en la azotea del hospital había visto en sus ojos había sido muy hondo, ¿no? O... creía que lo había sido.
En realidad, podía estar totalmente equivocado. Maldita sea.
Desgraciadamente, estar sumido en aquella confusión lo convirtió en un blanco fácil. El atacante lo cogió totalmente por sorpresa.
Y sin embargo, al sentir que un brazo le sujetaba el cuello, Jubal fue capaz de reaccionar de inmediato. Por reflejo adquirido en su entrenamiento, la parte de atrás de su cráneo conectó con fuerza con el rostro tapado de quien lo agarraba, que trastabilló hacia atrás. Pero no antes de que hubiera empezado a aplicarle algo en el cuello con una jeringuilla. Al notar el pinchazo de la aguja, Jubal giro sobre sí mismo, ya agazapado y en guardia.
La jeringuilla salió volando.
No desaprovechó su ventaja táctica, aunque maldijo mentalmente la tremenda estupidez de no haber traído su pistola consigo; atacó lanzando un poderoso derechazo con el impulso de todo su cuerpo. El encapuchado lo bloqueó, aunque no del todo, y el golpe casi llegó a derribarlo. Jubal se tiró sobre él de inmediato, placándolo; intentó noquearlo, sólo para recibir un rodillazo en el estómago. Encajando el dolor, Jubal forcejeó por el suelo con el otro hombre intentando hacerle una presa que lo inmovilizara.
Jubal era más grande, más fuerte, pero el atacante era muy ágil y dominaba las técnicas; se le escurría, intentando también atraparlo a él. A la desesperada, Jubal cruzó con fuerza un codazo. Tuvo la suerte de colocarlo justo en la base de mandíbula de su contrincante. Esto logró aturdirlo y Jubal pudo ponerse a su espalda. Rodeándole la garganta con el antebrazo y el bícep, utilizó el otro brazo para tirar y cerrar la presa. Su hombro izquierdo se resentía. El atacante resopló, lanzó los codos hacia atrás, pero Jubal supo cómo moverse para minimizar sus golpes.
Y entonces sus músculos dejaron de responder, cuando la droga que sí había entrado en su sistema circulatorio hizo efecto por fin. Jubal percibió con pánico que su visión se tornaba borrosa, sus miembros se volvían como de gelatina. Perdió el agarre de su enemigo, que le dio un empujón y se apartó de él. Jubal lanzó sus manos para atraparlo de nuevo, pero apenas pudo levantarlas.
Había dejado de poder pensar, pero su instinto de supervivencia le dijo que debía huir. Lamentablemente, sus piernas ni siquiera pudieron ponerlo en pie; cayó pesadamente al suelo al intentarlo, su rostro golpeando contra el asfalto.
El encapuchado sacó otra jeringuilla y le inyectó una dosis completa.
Jubal sólo fue capaz de arrastrarse un par de pies más antes de que la oscuridad se lo tragara.
·~·~·
Bajando los escalones de tres en tres, y corriendo con los pulmones ardiendo, Isobel alcanzó el aparcamiento arma en mano. Cuando rodeó la furgoneta tras la que se había producido el ataque, el encapuchado ya había terminado de subir a Jubal a la parte de atrás por la abierta puerta lateral.
Isobel debió disparar entonces, pero perdió su oportunidad. El atacante saco una pistola y los dos quedaron apuntándose mutuamente. Isobel se encontró mirando la cara de lo desconocido. Su oponente ocultaba su rostro completamente con una máscara de tela negra; unas gafas oscuras ocultaban incluso el color de sus ojos.
—¡Suelte el arma! —ordenó Isobel—. ¡Ahora mismo!
Pero el hombre se movió con rapidez, dejando de apuntar a Isobel para apuntar a la cabeza de Jubal, que estaba completamente indefenso: atado, amordazado e inconsciente.
—¿Entiendo que este hombre es importante para usted? —su voz era un susurro ronco que la hacía irreconocible, pero que recordaba a algo siendo arrastrado por un suelo de gravilla.
Le produjo a Isobel un incontrolable escalofrío.
—¡Aléjate de él!
—Suelte el arma —dijo el hombre tranquilamente, apoyando el cañón del su pistola en la sien de Jubal, y amartillándola. El cansancio y el miedo paralizaron a Isobel—. Ahora.
Aquel dedo enguantado de negro se tensó sobre el gatillo, que empezó a ceder obediente a la presión. Isobel sabía que iba a arrepentirse, pero tiró su arma. No supo qué otra cosa podía hacer.
—Suba a la furgoneta —ordenó el hombre sin rostro.
~.~.~.~
