La ley del talión
Capítulo 23. Tormento
Nota del autor: Advertencia razonable. Este capítulo es un poco duro. Por favor, avisadme si creéis que debería cambiar la clasificación.
—¿¡Qué!?
En esta ocasión la exclamación de Reynolds no fue en absoluto controlada.
—La GN nos acaba de mandar imágenes del aparcamiento del hotel —dijo sombría Maggie, tendiéndole la tablet.
Reynolds se levantó de la silla tras el escritorio de su despacho para cogerla. Deslizó el dedo por la pantalla mirando una a una las fotos con incredulidad.
Maggie había estado informándole de todo lo que el Agente Arenas le iba comunicando el día anterior. El ataque a la finca de Agua Dulce por el cartel de Juárez, los muertos, heridos y la enorme explosión, la presencia y posterior desaparición de la familia de Vargas y, por supuesto, de la intervención en todo ello de Jubal, Isobel y un agente de la GN llamado Montero. De la videollamada con Vargas, ella no le había hablado hasta más tarde. Y eso no le había hecho ninguna gracia.
Cuando Reynolds había llamado a Isobel la tarde anterior para pedirle explicaciones y ella no había cogido sus llamadas, se había sentido francamente molesto. Cuando aquella mañana Maggie le informó de que tanto ella como Jubal volvían a estar desaparecidos, ya simplemente se había enfadado.
En el momento actual, sin embargo, si unas palabras podían describirlo, eran "preocupado más allá de toda medida".
Las imágenes mostraban a un hombre encapuchado atacando a Jubal, dejándolo inconsciente, subiéndolo a una furgoneta sin matrículas, amenazando luego a Isobel para que subiera también... La furgoneta abandonando el aparcamiento a las 8:47 p.m.
Levantó la mirada. La expresión de profunda consternación de Maggie debía ser un reflejo de la suya propia.
No cabía duda de que habían sido secuestrados. Y había pasado toda la noche antes de que nadie hubiera sido consciente de ello.
·~·~·
Para el profesional, la tortura no era un placer pero era muy bueno en su trabajo. Colocó cuidadosamente los sensores del monitor cardíaco. Era una herramienta muy útil para mantener a la víctima consciente y estable durante toda la sesión, al borde del colapso sin alcanzarlo. No es que le resultara imprescindible, pero era más cómodo.
La tortura es distinta según la finalidad, ya sea por conseguir información, venganza o simple crueldad. Pero no siempre se trata de dolor. También se trata de progresión y paciencia. De hacer las cosas despacio y con cuidado. El dolor extremo conduce al shock y a la inconsciencia, y entonces la tortura pierde su propósito.
Empezaría, como siempre, con pequeñas cosas. Cosas que fueran despertando el cuerpo al dolor, nada más. Luego aplicaría otras técnicas, dolores agudos, pero no terribles, que pasaran pronto. Y entonces vendrían los dolores agónicos y lacerantes, los que se prolongan incluso tras aplicarlos.
Su objetivo empezó a despertarse y la pantalla del monitor -silenciado- indicó que su ritmo cardiaco aumentó al darse cuenta de que estaba amordazado y atado a una silla.
El profesional lo estudió intrigado. No había sido una presa fácil de capturar.
Habían sido las 23:58 del 25 de junio cuando había recibido el contrato. La caza empezó al día siguiente.
En cuanto descubrió que, en vez de en Nueva York, sorpresivamente su presa estaba en Ciudad Acuña, México, el profesional había cogido un avión a San Antonio ese mismo día. Y no tardó en descubrir que su objetivo ya no estaba en Acuña, sino en Nuevo León. Una vez en Monterrey, primero su presa se pasó una mañana entera recorriendo azarosamente la ciudad, para luego poner rumbo sur. Y volvió a desvanecerse. Para reaparecer al día siguiente en un hospital de Montemorelos. Aquella noche el profesional vio la oportunidad de atraparlo y se lanzó a por ella. De no haberlo hecho, tal vez habría desaparecido por cuarta vez...
Eran las 20:43 del 30 de junio cuando el profesional por fin pudo caer sobre el Agente Especial Jubal Valentine. A más de 3.400 km de distancia de donde empezó.
Además, su presa realmente le había plantado cara; había estado a punto de derrotarlo y eso no pasaba muy a menudo. Lo había hecho... interesante.
El cautivo miró a su alrededor, forcejeó con sus ligaduras. Al ver la cámara que apuntaba hacia él, gruñó a través del trozo de tela retorcida que hacía de mordaza entre sus dientes, intentando decir algo, hasta que el profesional se la quitó, aflojándola y dejándola alrededor de su cuello, para permitirle hablar.
—¿Quién eres? ¿Qué quieres de mí? —preguntó su víctima con la voz ronca mientras miraba con aprensión al profesional.
Sabía lo que su prisionero estaba viendo. Un hombre sin rostro. Manga larga y guantes escondían el color de su piel. En la cabeza, capucha y gafas oscuras ocultaban por completo sus facciones, e incluso sus ojos, para no mostrar ni un indicio de su edad o de sus emociones. Aunque, si alguien pudiera haberle visto la cara a través de la máscara, la habría encontrado totalmente inexpresiva. Para el profesional la tortura no era un placer, pero tampoco le desagradaba.
Su víctima estaba asustada, pero mantenía bastante bien la presencia de ánimo. El profesional no le contestó, por supuesto. La incertidumbre formaba parte del sufrimiento.
Entonces su presa vio a la mujer -Castille, recordó el profesional del expediente de su objetivo-, un poco más allá, atada e inconsciente en el suelo. A su prisionero le abrieron los ojos y el monitor cardiaco delató sus palpitaciones. Apartó la mirada enseguida, pero el profesional había estado esperando aquella reacción, así que no se le pasó por alto. Su víctima temía más por aquella mujer que por sí mismo y eso estaba bien. Más adelante sería muy útil, cuando a ella se le pasara el efecto de las drogas y despertara. La tortura en realidad está en la mente.
Comenzó con una porra extensible -una no letal, que no fuera a partir ningún hueso, una de plástico- azotándolo en forma de latigazos.
Tras darle una generosa tanda que causó un gran número de verdugones, levantando la piel desnuda en hombros, brazos y torso, el profesional miró el reloj que tenía sobre la mesa, con sus demás instrumentos; ya podía empezar con cuestiones más serias.
Pasó a golpearlo con fuerza en otras partes del cuerpo; provocaría algunos espectaculares moratones. Esta vez dejó varias largas pausas entre cada tres o cuatro golpes, dejándolo respirar. Dejándolo pensar en qué podría ser lo siguiente.
Para su sorpresa, su objetivo apretaba los dientes y mantenía su dolor bajo control de un modo que resultaba bastante impresionante. Al principio, incluso había permanecido en silencio. Aunque ya ahora no podía reprimir unos gruñidos, el profesional todavía no había logrado hacer gritar a Valentine ni una sola vez.
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La consciencia regresó a Isobel arrastrándose como una criatura desagradable. No sabía ni dónde estaba. Notaba el cuerpo pesado y entumecido; no era capaz de abrir los ojos. Había un sonido rítmico que la estaba trayendo de vuelta de manera inexorable. Eran impactos contra carne acompañados de amortiguados quejidos de dolor. Parecía la voz de Jubal y eso le causó un visceral miedo difícil de controlar. Luchó por despertarse aún más y empezó a notar más cosas. Olía a polvo acumulado y productos químicos algo degradados. Estaba tumbada en un duro y frío suelo de hormigón, atada de pies y manos, amordazada.
Entonces la asaltó lo último que recordaba.
Cuando se subió a la furgoneta, el encapuchado, sin dejar de apuntar a Jubal, le lanzó a Isobel unas esposas con la otra mano y le indicó que se las pusiera. Ella buscó una oportunidad de cambiar las tornas, pero el tipo aparentemente no le quitaba ojo, y su dedo seguía ligeramente presionado contra el gatillo.
Una vez esposada, el hombre sin rostro sacó una jeringuilla de un bolsillo y, mostrando una gran habilidad, se deshizo del capuchón de la aguja con una sola mano; acto seguido, se la clavó a Isobel en el cuello. El líquido entró frío y ajeno en su torrente sanguíneo. El letargo y la parálisis no tardaron en extenderse por todo su cuerpo. ¿Cuánto tiempo había estado inconsciente?
Logrando al fin abrir los ojos una rendija, Isobel hizo lo que pudo por mirar a su alrededor. Se encontraban en lo que parecía un almacén. Había cajas y bidones, estanterías metálicas, pero todo estaba cubierto de plásticos. A un lado, una mesa ocultaba ligeramente a Isobel de la vista. Sobre un trípode, una cámara guiñaba su lucecita roja, indicando que guardaba registro de todo lo que estaba pasando frente a ella. Por los ventanucos de arriba no entraba luz del día, así que aún debía ser de noche. La estancia estaba en penumbra, excepto por el foco que apuntaba a Jubal, que se encontraba sentado en una silla, desnudo de cintura para arriba, amarrado y sudoroso. Estaba jadeando y en su piel se veían las marcas de haber sido golpeado repetidamente. Isobel reprimió con firmeza un gemido de angustia.
El hombre sin rostro caminaba alrededor de Jubal, como considerando dónde golpearía a continuación. Alzó el palo que tenía en la mano. Isobel no pudo evitar cerrar los ojos. Se oyeron de nuevo los golpes y los gruñidos. Isobel se dolía de cada uno de ellos pensando en lo que Jubal estaba sufriendo.
¡Espabila!, se gritó mentalmente. Su captor no se había dado cuenta de que ella había despertado. ¡Tenía que hacer algo! Desgraciadamente, su cerebro seguía convertido en gachas aguadas.
Lo primero, necesitaba encontrar el modo de deshacerse de aquellas esposas. Dos juegos la mantenían atada. Uno en los tobillos, otro con las manos a la espalda.
Procurando no hacer ruido ni movimientos bruscos para no delatarse, Isobel se retorció para buscarse en los bolsillos. Añoró su juego de ganzúas que descansaba en el fondo de su maleta, en el hotel. Tal vez llevaba una navaja o un llavero. O una horquilla. ¿Un mísero clip? Nada. Se los habían vaciado por completo.
Sus botines habían desaparecido, así que ni siquiera podía hacer un intento con el cursor de la cremallera.
Los gruñidos de Jubal hicieron a su mente perder la concentración.
Vamos, maldita sea, piensa. ¡Piensa!
Trató de descoyuntarse un pulgar, pero nunca había sido capaz de hacer eso. Y de todas formas aquello no le habría quitado las esposas de los tobillos.
Bueno, para empezar, mejoraría un poco su situación.
Sin dejar de vigilar al secuestrador, Isobel, se tumbó boca arriba y, pegando las rodillas al pecho, maniobró dificultosamente para pasarse las manos al frente. Despacio. Para no llamar su atención. Alguna ventaja tenía que tener que aquellas gafas le redujeran la visión periférica...
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Jubal había visto moverse a Isobel, pero hizo un ejercicio de concentración del hecho de no mirarla.
Mientras que aquel bastardo pensara que Isobel estaba inconsciente, mientras estuviera ocupado con él, más tiempo ella estaría a salvo. La misma existencia de Jubal se redujo a aquel único objetivo.
Pero el dolor se estaba acumulando y cada vez le era más difícil. Al principio, soportar el agudo escozor de los azotes, fue relativamente manejable; los golpes, sin embargo, eran otra cosa, especialmente cuando acertaban en una de las lesiones previas.
Su captor no se estaba reteniendo en absoluto. Cada impacto estaba siendo descargado con una fuerza brutal. Pronto no habría una parte del cuerpo de Jubal de donde no emanara dolor.
Mientras, Isobel estaba intentando hacer algo y a Jubal cada vez le costaba más que no se le desviara la mirada. El encapuchado lo vigilaba atentamente: no podía permitirse ni un desliz.
—¿Qué quieres saber? —preguntó jadeando entre dientes, procurando mantenerlo distraído—. ¿Dónde están Carlos y Sofía Vargas? Tal vez pueda ayudarte con eso.
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Una vez que las manos de Isobel pasaron más allá de sus caderas, las cuales tuvo que girar y forcejear contra ellas para lograrlo, pasar las esposas por debajo de primero un pie y luego el otro, no fue tan difícil. Se quitó la mordaza con alivio.
Al oír a Jubal hacerle aquellas preguntas al hombre sin rostro, Isobel aplaudió mentalmente su agudeza. Tenía que haber algo que pudiera captar el interés de aquel tipo. Tal vez algo de información lo tentara. Algo que les permitiera ganar tiempo. Si Jubal lograba entablar un diálogo, tal vez se pudiera negociar. Y mientras tanto, le daría un respiro.
El secuestrador hizo una pausa en sus movimientos, delatando que efectivamente algo de lo que había dicho Jubal había llamado su atención. Pero no respondió. Sólo lo golpeó demasiado cerca de la herida de su hombro, y por primera vez, Jubal gritó.
Isobel guiñó los ojos con fuerza, su corazón constreñido como si alguien lo estuviese estrujando. Se llevó las manos al pecho. Allí bajo la camiseta, Isobel encontró algo que a su captor no se le había ocurrido quitarle... Aún con las manos unidas, se buscó el colgante que le habían regalado por su cumpleaños.
Trayendo el cierre al frente, se quitó la cadena y sacó el colgante con dedos temblorosos. Los picos del abanico que formaba la cola del pavo real tal vez fueran lo suficientemente afilados. Isobel se puso de lado y encogió las piernas.
—Ey, amigo, ¿qué va a hacer con eso? —habló Jubal de nuevo haciendo lo posible por seguir manteniendo la atención del encapuchado, pero Isobel pudo percibir la aprensión en su voz—. No hay que llegar a ciertos extremos. Seguro que podemos llegar a un acuerdo.
Haciendo como pudo caso omiso de que el hombre sin rostro se estaba acercando a Jubal con un instrumento metálico y afilado en la mano, Isobel introdujo el colgante en una de las pequeñas cerraduras de las esposas de sus tobillos, lo forzó apretando y girándolo dentro; notó chasquear las piezas del mecanismo interno.
Y entonces el torturador apuñaló a Jubal en un lado del muslo con un picahielos. Su alarido sobresaltó a Isobel, que perdió el tino de la cerradura. El colgante casi se le cayó de las manos. Isobel se mordió los labios para no maldecir. Mientras, Jubal logró reprimir el resto de su grito apretando los dientes y mirando al hombre con odio.
Isobel exhaló, intentando tranquilizarse. La blanda plata se estaba deformando. Ella rezó para que aguantara lo suficiente antes de romperse.
Otro grito siguió al primero, y otro más, guturales y apenas reprimidos, cuando el encapuchado clavó el picahielos en el muslo de Jubal por segunda y, tras una pausa, por tercera vez, acercándose progresivamente a la rodilla.
Isobel luchó contra sus propias lágrimas. No podía permitirse perder la calma. La vida de Jubal dependía de ella.
Lo intentó una vez más y el mecanismo cedió. Al liberar uno de sus tobillos, sus piernas dejaban de estar unidas y podría moverse casi con libertad.
Alzó la cabeza para decidir qué podía hacer a continuación.
Se encontró que el hombre sin rostro la estaba mirando. Nunca supo qué la había delatado. Tal vez simplemente la había sentido.
Sin respiración, Isobel se puso lentamente en pie. Sobre la mesa, además de una escalofriante variedad de instrumentos, había una pistola. Miró al secuestrador, y supo que él sabía lo que estaba pensando.
Isobel se abalanzó de inmediato hacia el arma, esperando que él haría lo mismo, y temiendo que las drogas la harían demasiado lenta. Pero el encapuchado no hizo lo mismo que ella. Se movió con agilidad alrededor de Jubal y se colocó tras él. Para cuando Isobel alzó y apuntó la pistola, su captor tenía a Jubal cogido rudamente por el pelo y le aplicaba el picahielos en el cuello.
Eso la detuvo en seco.
—¿Vamos a jugar a esto otra vez? —preguntó el hombre sin rostro con aquella espeluznante voz suya.
—¡Isobel, dispara! —exclamó Jubal, los ojos desorbitados— ¡Dispara y corre!
Ella lo ignoró. Se obligó a hacerlo.
—Te envía Vargas, ¿verdad? —le preguntó al hombre.
El secuestrador inclinó la cabeza levemente hacia un lado. Fue muy sutil, pero Isobel supo que la respuesta era sí.
—Estás cometiendo un grave error- —comenzó Isobel, pero Jubal la interrumpió.
—¡Isobel, dispara! ¡Vete de aquí, maldita sea! —insistió Jubal.
El hombre sin rostro apretó el afilado punzón contra el cuello de Jubal. Un hilillo de sangre se deslizó hacia abajo desde la punta. Isobel apartó la pistola, dejando de apuntar.
—¡NO! —gritó Jubal desesperado.
Se iba a entregar. Se iba a entregar y quedaría de nuevo en manos de ese canalla. Aquel tipo no estaba buscando información. No iba a dejarlos con vida. Iba a hacer sufrir a Isobel hasta la muerte y simplemente Jubal no podía permitirlo. No podía. Él era lo único con lo que ahora mismo podía amenazarla. Así que se sacó de la ecuación.
Haciendo un brusco movimiento lateral, empujó con fuerza hacia un lado intentando volcar la silla. Se apuñaló con el punzón en el cuello en el proceso.
—¡Jubal! —exclamó Isobel apuntando el arma y disparando.
El encapuchado cayó derribado con una bala en el pecho, a la vez que la silla golpeaba pesadamente de lado contra el suelo, arrastrando a Jubal. El picahielos rebotó, en el duro hormigón, resonando con tañidos metálicos.
Isobel corrió, dejándose caer de rodillas junto a Jubal, apresurándose a tapar la herida de su cuello. Con las manos aún esposadas, ella tuvo que soltar la pistola en el suelo para poder presionar sobre la herida.
—Sal de aquí, Isobel —suplicó él, la garganta agarrotada, los ojos desenfocados—. Corre...
—¡No eres sacrificable, ¿me oyes?! —replicó, las lágrimas a punto de desbordar sus ojos.
Gracias a todos los santos a los que Isobel fuera capaz de rezar, la sangre no manaba con la fuerza que se había temido. Retiró la mano y comprobó que el picahielos había perforado músculo superficialmente, en vez de la arteria carótida, menos de una pulgada más acá.
Su alivio la barrió como una fría ola, haciéndole expulsar todo el aire.
Fue terriblemente efímero, sin embargo, al notar que le apoyaban el cañón de la pistola justo en la base de la nuca.
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El profesional llevó a la mujer... Castille, hasta la polea que tenía instalada tras la cámara y la colgó allí por las esposas de sus muñecas.
—Espera. Creo que estás cometiendo un grave error —estaba diciendo Castille.
Él le volvió a atar sus tobillos y los fijó a un gancho en el suelo; tensó la cuerda para que los pies le quedaran colgando. A Castille se le escapó un gemido cuando su muñeca vendada protestó por estar cargando gran parte de su peso. Pero ella no se calló.
—Hablo en seri-
Impertérrito, él le colocó de nuevo la mordaza en la boca.
Durante todo el proceso no había dejado de apretar el cañón de su pistola contra Castille ni un solo segundo. Le dolía el impacto del tiro que ella le había propinado en el centro del pecho, demostrando buena puntería. Si no hubiera sido por el chaleco de kevlar que llevaba bajo la ropa, ahora estaría muerto.
Aquellas dos personas eran fascinantemente problemáticas. Las había subestimado. No podía relajarse.
De nuevo con la situación bajo control, el profesional se metió la pistola en la cinturilla del pantalón.
A continuación, se acercó a su víctima y tirando del brazo de la silla, la puso de nuevo en pie. Le examinó la herida del cuello. Sangraba, pero no amenazaba su vida, al menos de momento. Valentine lo miraba como si lo hubiera matado con sus propias manos si hubiese sido capaz.
El profesional recogió el picahielos del suelo y lo devolvió a la mesa, limpiándolo con un paño y dejándolo con precisión en su lugar. Su mano flotó por encima de los instrumentos, y escogió un delicado bisturí quirúrgico. Miró unos largos segundos a su objetivo y luego se dirigió hacia Castille. Movió el foco al pasar, de modo que Valentine pudiera ver lo que iba a hacer.
—Hey, ¡hey! —le gritó su víctima—. Lo que vayas a hacerle, házmelo a mí, ¿OK? Por favor, déjala en paz. Vamos, está claro que esto no va contra ella —dijo haciendo un gesto hacia la cámara—. Déjala, por favor. Por favor, te lo suplico...
Ignorándolo por completo, el profesional deslizó el escalpelo por la piel del cuello de Castille, en un roce escalofriante.
—¡No! —gritaba Valentine, el rostro congestionado, los ojos desencajados— ¡Déjala en paz, malnacido! ¡No la toques!
Pero no produjo ningún daño; descendió cortando la camiseta de Isobel como si fuera mantequilla, dejando a la vista su torso y su busto cubierto por el sujetador, provocando que su cuerpo temblara involuntariamente. Tenía una piel muy hermosa...
—No —jadeó Valentine.
En la pantalla del monitor, sus constantes saltaban convulsas. El profesional se sintió complacido. La tortura en realidad está en la mente. En lograr tener a merced la mente de la víctima, igual que se tiene a merced el cuerpo. Infligir agonía en la carne y desesperación en el alma, es la última expresión de tortura.
·~·~·
Mientras Isobel obviamente intentaba controlar su respiración, el secuestrador parecía contemplarla con detenimiento.
El corazón le latía a Jubal enloquecido en el pecho. No podía soportar la idea de que iban a hacer sufrir a Isobel ante sus ojos, no sabía durante cuánto tiempo, no sabía cómo de gravemente. Apretó los puños tratando de dominarse. Necesitaba encontrar el modo de conseguir algo de control sobre la situación. Pero estaba completamente indefenso. Ambos lo estaban. La sensación de impotencia lo pisoteó implacable ¿Qué podría hacer acaso?
Hablar.
Hablar era lo único que podía hacer. Luchó contra los dolores que plagaban su cuerpo para que su mente encontrara qué palabras servirían de algo. Recordando lo que Isobel había intentado decir antes dos veces, un chispazo de inspiración lo alcanzó, y comprendió de pronto qué era.
—Por favor. ¡Por favor, escucha! —le dijo al encapuchado—. Si trabajas para Vargas, estás cometiendo un grave error. Él ya no quiere esto, te lo aseguro.
Su captor se detuvo y se volvió hacia él, tal vez intrigado. Jubal supo que no podía permitirse desaprovechar la oportunidad.
—Está claro que eres un profesional serio y riguroso. No querrás un cliente descontento. Te lo digo en serio. ¡Esto ya no es lo que él quiere! A Vargas no le gustaría nada que ella o yo acabemos muertos —abundó—. De hecho, ha dado su palabra de que no nos harán ningún daño a ninguno de los dos. Te lo juro por todo lo sagrado. Su palabra. Si conoces su reputación, sabrás lo que supone eso. No querrás ser el que haga que su palabra quede en entredicho, ¿verdad?
Una parte de él se aferraba a estar diciendo la verdad mientras que otra tenía la sensación de estar soltando el farol más vacío de toda su vida.
El encapuchado se quedó totalmente inmóvil un momento. Jubal suplicó al Cielo que lo hubiera hecho porque estaba ponderando lo que le acababan de decir. Lo vio sacar su móvil y escribir algún texto breve. ¿Tal vez mandar un mensaje?
Pero a continuación, se volvió a acercar a Isobel, bisturí en mano. Le quitó la mordaza, seguramente para que Jubal pudiera oírla gritar sin freno alguno. La miró de arriba abajo, como preguntándose por dónde empezar.
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Despacio, desabrochó el botón de los pantalones vaqueros de Isobel y le bajó la cremallera; abrió la prenda, exponiendo su vientre. Isobel sintió la sangre helársele en las venas. Jubal bramó y se agitó en su silla.
Dejando por un momento lo que estaba haciendo, su captor y se acercó de nuevo a Jubal para colocarle de nuevo la mordaza; le costó bastante, porque Jubal se resistió mucho. Sus amortiguados gritos de protesta continuaron desesperados, desgarrando el corazón de Isobel.
El encapuchado regresó junto a ella.
Colocando una mano en la cadera de Isobel, como para mantenerla estable, miró por encima del hombro para ver que hacía Jubal, cuyos sus frenéticos ojos estaban fijos en ella, mientras luchaba sin éxito contra sus ataduras. Sangraba por sus heridas y parecía estar haciéndose aún más daño.
Isobel intentó trasmitirle fortaleza con su mirada, aunque en realidad no podía controlar su propio miedo.
—Va- Vargas ha dado su palabra —insistió Isobel, maldiciendo porque su voz sonó aguda y temblorosa—. No es la clase de tipo del que quieras ser enemigo, créeme.
El hombre sin rostro no dio señas de inmutarse. Con el bisturí cogido delicadamente como un pincel, trazó entre la cresta ilíaca y el ombligo de Isobel una estilizada línea recta ligeramente inclinada hacia arriba, como si estuviera pintando. Una fina raya de sangre se dibujó sobre su piel. El torturador, giró su muñeca, y terminó el trazo haciendo otra línea en ángulo agudo, hacia abajo.
Al principio, Isobel sólo sintió un roce frío.
Y de pronto el dolor se manifestó como surgido de la nada. Fue tan repentino, que un grito escapó de sus labios antes de que pudiera detenerlo.
Le siguió un pequeño corte, que volvió a cogerla por sorpresa. No pudo reprimir otro pequeño chillido.
De pronto, un estruendo resonó en la habitación, cuando Jubal volvió a tumbar la silla a la que estaba atado.
El profesional resopló levemente. Dejó el instrumento sobre la mesa y fue hasta él. Levantó la silla de un fuerte tirón, para acto seguido tirar del pelo a Jubal para levantarle la cara.
—¿Quieres acelerar esto? —amenazó—. ¿Eso quieres? Sigue haciendo tonterías y ella sufrirá más.
Gemidos de angustia surgieron de Jubal mientras el torturador regresaba de nuevo junto a Isobel, recogiendo su escalpelo de la mesa.
Miró el torso de Isobel como si fuera el lienzo sobre el que estuviera plasmando su obra.
Una línea vertical, un ángulo recto. Isobel apretó los dientes, las lágrimas acumulándose en sus ojos. Los gruñidos y forcejeos de Jubal se oían de fondo, pero habían pasado a un segundo plano. Dos cortes horizontales, uno vertical. Parecía aleatorio y a la vez tan deliberado. Isobel no pudo reprimir los gemidos de dolor que acompañaron a cada trazo.
El profesional se detuvo y le dio un breve respiro. Isobel jadeó; intentó mirarse, pero sólo se vio sangrar. Lágrimas rodaron involuntariamente por sus mejillas. Se forzó a pensar que al menos eran cortes superficiales. De momento.
Yendo hasta la mesa, el torturador cogió una gasa con unas pinzas y las utilizó para limpiar la sangre que manaba de su vientre.
El siguiente trazo, otro ángulo recto que luego descendió en una elegante línea hacia atrás, fue el más largo y profundo hasta el momento; lo concluyó con un cambio brusco de dirección, corto y ascendente.
El aire se negó a seguir entrando en los pulmones de Isobel, su diafragma constriñendo sus pulmones. Necesitó un jadeo desgarrador para poder volver a respirar. Sus ojos se encontraron con la expresión horrorizada de Jubal, que parecía a punto de derrumbarse. Ver en su mirada aquella desesperación que rayaba en locura, le hizo cien veces más daño.
¿Qué sería lo siguiente? ¿La destriparía allí mismo delante de él? La cámara seguía grabando a Jubal...
El fracaso y la culpa crecieron en un torbellino incontrolable que se tragó a Isobel. Vargas había querido hacerle daño a ella a través de Jubal, por eso había enviado a aquel hombre a torturarlo. Todo debido a sus errores. Y a sus debilidades. Debería haber sido capaz de ocultar mejor lo que sentía por él. Creía que lo había hecho, pero en realidad no había sido capaz. Como tampoco lo había sido de detener los planes de Vargas. Las amargas lágrimas que escaparon entonces de sus ojos no se debieron a los cortes.
·~·~·
El torturador hizo un corte más, largo, también descendente. Jubal lo sufrió como todos los demás, como si estuviera haciéndoselos en la misma alma. De repente, descubrió oscura culpa en los negros ojos de Isobel. Fresca angustia, brotada de la incomprensión, lo desgarró por dentro.
Un teléfono vibró.
El profesional limpió con la gasa de nuevo y dio un paso atrás, examinando su "obra". Luego a Isobel en su conjunto, como si fuera parte de ella.
La vibración sonó una vez más.
Se metió la mano en el bolsillo, sacó el móvil y cogió la llamada.
—¿Sí?
Hubo una breve pausa antes de que el encapuchado estirara la espalda en lo que, Jubal estuvo seguro, fue una expresión de sorpresa.
—Afirmativo —contestó—. Sí, así es. Sí, a ella también. —Pausa—. Por supuesto —aceptó con un tono neutro en su siniestra voz.
Dejando la pinza con la gasa sobre la mesa, se acercó a Jubal, le quitó la mordaza y puso el altavoz en el móvil.
—Valentine.
—Vargas —escupió Jubal con la voz ronca de tanto gritar.
No fue realmente una sorpresa para él reconocerlo al otro lado de la línea, pero a Jubal le puso los pelos de punta igualmente. Tuvo que luchar contra el impulso de maldecirlo mil veces.
—Sus vidas están en mis manos —dijo Vargas llanamente.
A Jubal se le cayó el alma a los pies. Miró a Isobel. En su sudoroso y demacrado rostro vio la fortaleza más firme que jamás había visto en un ser humano. Decidió que no iban a suplicar.
—Eso parece —contestó con dignidad.
—Bien. No lo olvide nunca, Valentine.
La confusión medró dentro de él.
—Jubal no es usted, Vargas —replicó Isobel desde lejos con fiera indignación, su voz tensa por el dolor—. No va a vengarse. Y por supuesto no iría a por sus seres queridos. ¡Carlos y Sofía no tienen nada que temer de él! —proclamó—. Por cierto —dejó que ácido veneno se filtrara en su tono—, pensé que su maldita palabra valía de algo.
—Por supuesto que vale.
—Demasiado tarde para afirmar eso —acusó Jubal con los dientes apretados—. Debería haber cumplido antes de hacerla sangrar, maldito hijo de puta.
Se produjo un silencio extraño. Culpable.
—Esto lleva mucho más tiempo en marcha de lo que cree, Valentine —dijo Vargas con su tono suave y frío habitual—. Simplemente no he tenido aún ocasión de cancelarlo. Ah, y le aseguro que no se suponía que Isobel estaría ahí con usted. ¿A quién creía que iba destinado el vídeo que se está grabando...?
Aquella idea golpeó a Jubal como un puño en el plexo solar. Le produjo unas fuertes nauseas. Mientras, Vargas pidió que quitaran el altavoz. Su captor retomó la llamada, asintió varias veces y a continuación colgó.
Fue hasta donde pendía Isobel. Se encaró con ella, mirándola directamente a la cara desde el otro lado de sus gafas oscuras. Jubal contuvo la respiración.
El hombre sin rostro soltó un corto resoplido por la nariz a través de la máscara. Sacó una jeringuilla repleta del bolsillo, y le inyectó a Isobel toda la dosis.
·~·~·
Kristen miró el reloj de su PC. Las 8:38.
Llevaba mirando la misma página de aquel informe más de veinte minutos, incapaz de pensar en algo más que no fuera lo que les podría haber pasado a Jubal e Isobel. Había examinado las imágenes que había enviado la GN una y otra vez, pero sin otro ángulo de cámara era imposible averiguar nada más. Las autoridades mexicanas estaban trabajando en ello, pero no había habido noticias, de momento.
Ahora intentaba terminar aquel informe urgente que le había pedido su SSA, pero estaba siendo totalmente incapaz.
Su teléfono sonó y a Kristen el corazón le dio un vuelco al ver el nombre de Maggie en la pantalla. Descolgó en menos de un segundo.
—Maggie. ¿Alguna noticia? —preguntó, ansiosa.
—Los han encontrado.
—Gracias al Cielo —suspiró, exhalando su tensión en esas palabras. Y de pronto, el miedo hizo presa en ella de la manera más cruel. Tragó con dificultad—. ¿Están bien?
Kristen oyó a Maggie suspirar.
—No lo sabemos aún. Pero están vivos.
~.~.~.~
