Bueno, hola. Aquí paso con el siguiente capítulo, que quizás dará un poco más de idea a lo que llevará la historia :3 . Puede que en un comienzo la historia tenga giros trágicos pero consideré iteresante trabajar en la complejidad de las psicologías que pueden llegar al humano común, y no tan sólo en el romance cliché. Ojalá lo disfruten y, si lo leen, agradecería algún comentario, para saber si les ha gustado o no.
Sin más que decir, ¡Buena lectura! xD
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Capitulo 2: Culpa. Los versos más tristes.
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Sin decir palabra alguna entró a su departamento y cerró la puerta tras de sí. Su piel lucía tan pálida que le daba un aire enfermizo y sus ojos color caramelo estaban más ausentes que nunca. Se sentía vacío y como una mano le estrujaba el corazón a más no poder.
Syaoran se dirigió a la cocina, guardó en la alacena los respectivos alimentos y, así como llegó, volvió a irse pero ésta vez directo al estudio. El lugar estaba lleno de pápeles, libros y, reluciente sobre el escritorio, estaba su portátil. Subió la pantalla, oprimió el botón, lo encendió, se adentró a su sección, abrió el programa que utilizaba siempre que iba a escribir… todo era una rutina y, sin embargo, nada era igual a los días anteriores.
Permaneció unos instantes quieto, sin parpadear, sin querer hacerlo realmente y luego sus dedos empezaron a teclear por cuenta propia.
"Mi hermano ha muerto. Se fue sin decir adiós, sin pedir siquiera permiso, qué desconsiderado. ¿Dónde quedaron las innumerables noches en vela cuando dormíamos juntos en una misma habitación? La luz a medio encender, los dos dejando escapar silenciosas sonrisas cómplices para no despertar a nuestros padres. Él le temía a la oscuridad… yo también, pero nunca dije nada: pues era el mayor y el deber que me fue encomendado siempre sería el de protegerlo. Pero fallé.
Ahora Hien se ha ido. Fue una noche lluviosa la última vez que hablamos… hace muchos, muchos años… nunca más volví a saber de ti, hasta ahora, que me entero que ya nada más podré saber.
¿Qué se supone que haré, ahora que has cerrado los ojos? ¿Podré olvidar las discusiones, las risas, los llantos y demás? Las nubes son sólo nubes… el agua es solo agua… la tierra, tierra… las flores, flores. El tiempo transcurre indiferente al dolor, la vida sigue sin tener en cuenta quién la dejó. Todos son unos cínicos. Y yo un idiota.
Mi hermano ha muerto. Y lo más triste de todo es que no pude estar ahí para evitarlo."
No pudo seguir escribiendo, las lágrimas distorsionaban por completo su visión. Le ardían los ojos, hacía mucho que no lloraba… ni siquiera cuando Meiling lo dejó. Alejó el portátil bruscamente y estrelló el puño contra la superficie del escritorio, furioso consigo mismo, destrozado. ¿Qué acaso la vida solo quería jugarle malas pasadas?
Idiota, idiota, idiota…
Tanto tiempo desperdiciado, tantos años de rencor para nada. Recostó el rostro sobre el escritorio y siguió sollozando durante largo rato, desahogándose, queriendo cambiar a toda costa su lugar con el de Hien. Lloró hasta que se cansó, cuando los ojos se le secaron y ni una lágrima más pudo salir.
Pensó en sus padres y los odió más que nunca al no tener siquiera la consideración de avisar, así fuese por señales de humo, lo que había ocurrido con Hien. Su hermano debía sentirse decepcionado. Visitaría su tumba, le preguntaría a Eriol en qué cementerio había sido enterrado.
Luego recordó algo y su consciencia se removió más a fondo, causándole un inmenso grado de culpabilidad.
-Cerezo…- susurró con la voz ronca. Le había gritado horrible a esa pobre muchacha, cuando de seguro se encontraba sufriendo tanto como él. Una persona que quisiera contraer matrimonio tras diez años de noviazgo con el mismo individuo no podía estar ahí sólo por interés… ¿o sí?
Recordó la expresión de su rostro, las lágrimas que soltó al verlo, el cómo se fue corriendo después. Parecía sincera, aunque sólo había mostrado su dolor e indignación. Syaoran intentó dejar ir una sonrisa llena de ironía, pero los músculos de la cara no le respondieron.
Él no era un ogro, de hecho solía respetar mucho a las mujeres… pero eso fue antes de lo sucedido con Meiling. No quería volver a sufrir, aquella era la verdad.
Y, por otro lado, quería encontrar el modo de compensar a Hien todos los años de distanciamiento, aún si él ya estaba muerto. Debía de haber un algo, un alguien, no lo sabía…
Lleno de cansancio cerró los ojos para dormir, esperando despertar al otro día y descubrir que todo había sido un mal sueño y que el domicilio 308 aún estaba deshabitado.
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Sakura se miró nuevamente en el espejo de cuerpo completo que había en el baño, revisando como lucía e hizo una mueca de disgusto. Incuso arreglándose para ir a la oficina ella se sentía realmente fea; viendo estrías dónde nadie más las notaba, ojeras alrededor de los ojos apagados y obesidad en un cuerpo que desde siempre había sido el mismo.
Simplemente era tan poco femenina, nadie se fijaría en una mujer cómo ella.
Bastante desanimada soltó un suspiro y salió del lugar para buscar el bolso en su habitación y poder irse de una vez de ahí. Llegó a la mesa de noche, acomodó las cosas y lo colgó al hombro lista para partir pero entonces vio algo que atrajo al instante su atención: el libro Claro de luna de Syaoran Li que increíblemente había conservado y que llevaba la mitad leído desde que se mudó ahí (hacía casi dos semanas).
Las cosas con su vecino marchaban bien, si es que así se podía definir el hecho de que no se hablaran. Únicamente lo hicieron el primer día, cuando se toparon casualmente por el pasillo y Sakura le susurró un sincero "lo siento", refiriéndose claramente a la bofetada que le proporcionó el día anterior. Syaoran se mostró sorprendido, pero no respondió. Aunque la mirada de él había cambiado, pues cada que la veía mostraba un semblante triste y al mismo tiempo lleno de… ¿arrepentimiento? No. A lo mejor sólo veía el reflejo de sus propios ojos a través de los de él, pues para ella si representaba una gran tortura tener que toparse diariamente con la viva imagen de su antiguo amor. Si, era eso.
Aunque, por otro lado, debía reconocer que el castaño, por muy parecido que fuese a Hien tenía un talento que su gemelo jamás soñó con poseer: definitivamente era un gran escritor, su historia la cautivó desde el primer instante.
Claro de luna narraba la historia de un muchacho llamado Shinosuke que vivió en un pueblito del Japón feudal junto con sus padres, quienes trabajaban como humildes campesinos en ése entonces. Él era un niño algo travieso e hiperactivo, que le encantaba fugarse de su casa para pasar el rato en un claro perdido en el bosque. La vida parecía perfecta. Sin embargo, un día como cualquier otro el pueblito fue arrasado por la guerra entre Grandes Señores dejando a casi todos en medio de las cenizas de muerte. Shinosuke fue de los pocos sobrevivientes y lo llevaron ante el shogun del momento quién, sorprendido por la resistencia del niño, ordenó que fuera entrenado para convertirse en un fiel samurái a su servicio.
Hasta ahí había leído, y Sakura ansiaba de verdad la llegada del fin de semana para poder continuar con la historia.
-Vaya ironía… tengo al autor viviendo al frente y ni un autógrafo le he pedido- murmuró sardónica, aunque con algo de verdad oculta: amaba tener parte de sus libros con dedicatoria de sus escritores. Pero a lo mejor en el caso de Syaoran Li sería muy distinto.
Tomó el bolso con más firmeza, las llaves del domicilio y se fue, sin dar oportunidad de que algo más la distrajera de su camino pues iba un poco tarde. Cerró la puerta tras de sí, montó en un taxi que detuvo en la calle y, con alivio, suspiró al no encontrarse con el castaño a pesar de llevar aproximados cuatro días sin toparse con él. Afortunadamente sus horarios no coincidían.
Le dio al taxista la dirección de su trabajo y esperó pacientemente hasta llegar ahí. Luego pagó lo que debía, bajó y, a paso apresurado, caminó hacia un gran edificio conocido bajo el nombre de Clow Corp. Sakura ignoró a todos a su alrededor, saludó solo a unos pocos y se fue directo a su oficina, dónde tendría que empezar a trabajar. Lo último que quería era que su jefe la regañara por falta de compromiso.
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Syaoran tomó harto aire, queriendo mantenerse estable, pues no era fácil para él encontrarse en ese lugar con un ramo de flores en la mano. Al final Eriol le dijo en que cementerio habían enterrado a su hermano y, después de varios días de indecisión, se obligó a sí mismo a enfrentar la realidad.
Ahora veía al frente, con sus ambarinos ojos llenos de tristeza, una lápida que rezaba las siguientes palabras: "Hien Li. Amado hijo, amigo y compañero".
Syaoran sonrió con amarga ironía, ¿en dónde había quedado el "hermano"? Oh… cierto… había sido desheredado. Se puso en cuclillas con algo de dificultad y dejó las flores ahí, en frente de la lápida para luego quedarse en silencio unos minutos más. Tenía la garganta seca, la situación era en verdad incómoda.
-Rato sin verte, Hien- fue todo lo que dijo con la voz bastante ronca. Se aventuró a tocar la lápida con la mano derecha y con el pulgar empezó a acariciarla suavemente. Aunque no lo demostrara, se sentía devastado- ¿Sabes? Es curioso. Soy escritor, se supone que sé casi que por obligación el cómo utilizar las palabras apropiadamente… pero ahora no encuentro que decir.
El viento sopló suavemente, meciendo las hojas de los árboles y creando un imperceptible susurro en el césped. Syaoran sonrió tristemente, pudiendo pensar que aquella casualidad en verdad fue una respuesta. Sin más suspiró.
-De haberme enterado en su momento te habría compuesto el mejor de los epitafios… aunque claro, seguro no lo habrían instalado al ser yo una vergüenza para la familia. Ah, hermano… y déjame decirte que mi vida no ha sido del todo una maravilla en los últimos meses- se atrevió a confesar, aún a sabiendas que le hablaba a un objeto. Sin embargo sentía como si su gemelo estuviera ahí- la mujer que amo me cambió por otro, mi mente está estéril de ideas y… ¡Oh! ¿A qué no adivinas a quién tengo de vecina? A "Cerezo"… tu prometida. ¿Cómo es eso que estuviste a punto de casarte y nunca me lo dijiste?- lo que empezó por una pregunta inocente terminó por una sensación incómoda en el pecho que lo obligó a bajar el rostro y mirar, cohibido, a sus pies- la traté horrible, no es de extrañarse que me estuviera maldiciendo en estos instantes. Pero hay que entender también que las mujeres… ¡simplemente no se pueden entender!- hizo una pausa, fastidiado- ¿Quién te asegura que no estuvo a tu lado sólo por el dinero de la familia?
Y entonces, de repente, le llegó una idea totalmente descabellada a la cabeza. Pensó en James, el personaje inglés que ideó la otra noche en medio de su borrachera, y quiso darle un cambio drástico a la historia: agregarle una hermana… o más bien una hermanastra. Sí y que se odiaran y no soportaran la simple compañía mutua.
Sonaba bien. ¿Pero cómo la llamaría? "Cerezo"… ése nombre volvió a retumbar en sus oídos, por lo que negó la cabeza con algo de brusquedad. No, no podría poner ése nombre, sería demasiado obvio que la creó inspirándose en ella. Que no tuviera ése nombre… pero sí el de una flor.
Así nadie sospecharía, sería perfecto.
"¿Qué tal Rose? No, Rose no… entonces Margaret… no, tampoco. ¿Y si se llama Flor solamente? ¡Menos! Suena horrible" se debatió interiormente. Tardó varios minutos pensando en eso hasta que recordó que estaba frente la tumba de su hermano y, algo avergonzado, alejó esas ideas a la cabeza que definitivamente jamás vendería en un libro. Luego la expresión de su rostro se tornó ausente, mientras leía una y otra vez el nombre grabado en la lápida.
-Ah, Hien… en verdad me gustaría compensarte de algún modo- susurró.
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Ya eran pasadas de las cinco de la tarde y varios empleados habían partido a sus hogares. Pero Sakura, que había decidido adelantar trabajos, optó por quedarse otro rato sin tener en cuenta los minutos que avanzaban.
Lo único que tenía claro es que necesitaba mantener la mente ocupada en algo que la distrajera por completo del mundo real.
-Sakura- una voz masculina llamó a lo lejos. La joven Kinomoto levantó el rostro ante el llamado, topándose con un hombre bastante apuesto, de porte sublime, fríos ojos lavanda y largo cabello plateado que llevaba sujeto por una coleta. Parecía ser alguien importante y, sin embargo, delataba preocupación por la chica aún por encima de su expresión neutral. Sakura contuvo el aliento, esperando con algo de nerviosismo al que era su jefe.
-¿Sucede algo malo, Señor Tsukishiro?- preguntó. El hombre soltó un suspiro cansado mientras se detenía frente a ella y, a pesar de ser el jefe, se sentó sobre el escritorio teniendo cuidado de no pisar ningún papel al hacerlo, aunque sin despegar su vista de la castaña.
-Ya no estamos en horarios de trabajo, así que deja tanta formalidad- pidió el plateado cansinamente. Sakura suspiró aliviada pues aquello significaba que el problema no era por su trabajo. Sin más volvió a mirarlo, aunque esta vez con mayor curiosidad.
-Lo siento, Yue, es sólo que no es normal que vengas a verme así como así- tomó el pequeño montículo de papeles de al lado y empezó a organizarlo a su vez que intentaba mostrarse amigable. Pero eso de que las mujeres podían hacer varias cosas a la vez no era más que una mentira. Sakura se aventuró a mirar a su jefe con sus enormes ojos verdes:- ¿Se te ofrece algo?
Yue Tsukishiro, ahijado del dueño de Clow Corp., era uno de los mejores amigos del hermano mayor de Sakura, Touya, desde hacía años, por lo que a esas alturas no podía evitar ver a la menor de los Kinomoto como alguien de su propia familia. Siendo consciente de la eficiencia de la muchacha a la hora de trabajar, y también de la reciente pérdida que acababa de vivir, Yue tan sólo podía mostrar preocupación por ella.
Desde hacia tiempo la luz que tanto la caracterizaba se estaba apagando, y nadie hacía nada para evitarlo.
-¿Estás bien?- fue todo lo que preguntó pues, a pesar de todo, las palabras nunca se le dieron bien. Sakura se extrañó un tanto por la pregunta, por lo que sólo le pudo dedicar una de tantas sonrisas falsas para mostrar que se sentía bien, aunque no fuese así.
-Claro, ¿Porqué lo preguntas?- intentó sonar casual pero no consiguió engañar al plateado. Éste curveó las cejas hacia los lados en señal de pesadumbre.
-Porque sé que me estás mintiendo- Sakura abrió los ojos de par en par, impactada por lo dicho- ¿Crees que no me doy cuenta? El trabajo no va a hacer que olvides todo lo sucedido, debes aprender a enfrentarlo y seguir adelante. Sakura, ¿Me estás escuchando?
-Si…- susurró la muchacha, bajando la cabeza. Sentía la vista de Yue clavada sobre su nuca y aquello la hacía sentir bastante incómoda, aunque de todas maneras no dijo nada al respecto. El sujeto permanecía aun quieto en su lugar, pensativo.
-¿Hace cuánto que no tomas vacaciones?- preguntó, logrando que Sakura volviera a levantar la cabeza sin miramientos.
-No he tomado vacaciones desde que entré a trabajar a esta empresa- confesó, desconcertada.
-¿Y hace cuánto que trabajas aquí?
-Pronto serán cuatro años.
-Perfecto. Entonces tomarás vacaciones dentro de dos meses y no volverás al trabajo hasta nuevo aviso- sentenció el plateado, poniéndose en pie con elegancia, a lo que Sakura también se incorporó precipitadamente, alarmada.
-¡No puedes pedirme eso! ¡Dentro de dos meses es Navidad!- exclamó a la defensiva. Yue se viró a ella, enarcando una ceja.
-No te lo estoy pidiendo, te lo estoy ordenando. Y mejor, así podrás pasar un invierno tranquilo y cálido al lado de tus seres queridos.
-¿¡Qué acaso te enloqueciste!? ¡Yue, no puedo dejar el trabajo así como así! ¡Es una locura!- empezó a agitar los brazos al aire, y sus mejillas se coloraron a causa de la indignación.
Yue permaneció en silencio durante unos segundos, que dedicó tan sólo a sostenerle la mirada a la oji-verde. Sabía que Sakura era una excelente trabajadora y lo que en verdad le enfadaba que le dijera eso, pero era más grande su preocupación para con ella y el saber, entre otras cosas, lo mucho que ella necesitaba salir adelante. Esas vacaciones le harían bien… y por el trabajo, él ya se las arreglaría. Así que carraspeó y tomó un porte altivo, eliminando por completo cualquier rastro de preocupación (o emoción) presente en su rostro.
-Si no tomas las vacaciones, Kinomoto, te despido… oh, y no intentes protestar, soy el jefe y puedo hacer lo que se me antoje. Así que sal de la oficina, que tu horario de trabajo por hoy finalizó- y se dio la vuelta, perdiéndose por un pasillo que pronto lo conduciría a la salida.
Sakura, por otra parte, se quedó en su sitio con la boca abierta, el ceño fruncido y las mejillas al rojo vivo. ¡Pero quién se creía! Refunfuñó durante largo rato mientras guardaba sus cosas, hasta que logró calmarse un poco. Bueno, de pronto… ¡sólo de pronto!… tomar unas vacaciones le haría algo de bien.
Pasada media hora, cuando ya había dejado todo listo, volvió a colgarse el bolso al hombro y salió del edificio con el propósito de tomar un taxi. Ya era de noche, varias personas caminaban por las calles en diversos sentidos y las luces se hallaban encendidas. Sakura apretó el bolso más contra sí, teniendo cuidado de que nadie le fuera a robar en un momento de distracción.
-Uy, ¿Pero quién pidió pollo? Mamacita rica- murmuró una tosca voz masculina a su lado, cosa que provocó que la joven se alarmara, se encogiera de hombros y caminara más rápido hacia el taxi más cercano. Nunca entendía a qué se debían ese tipo de comentarios para con ella, si no se consideraba una mujer bonita que pudiera recibirlos como una especie de cumplidos (aunque fuera bastante grotesco). Era evidente que ignoraba la cantidad de miradas (llenas de lujuria) del sexo opuesto que atraía en la calle cuando caminaba por ahí.
Subió al taxi, dio la dirección y esperó hasta que hubo llegado a su domicilio. Pagó lo que debía y entró a la portería, ya sin saber qué pensar. Ahí se encontraba la vieja Señora Sakaichi, sentada mientras respondía el crucigrama de un viejo periódico. La mujer sonrió al percatarse de la presencia de Sakura y se encaminó hacia ella para saludarla.
-Mi niña, que alegría verla llegar aquí con bien y salud- dijo la anciana, con sincero cariño, mientras la examinaba. Sakura devolvió la sonrisa, algo abochornada.
-También me alegra verla, Señora Sakaichi- contestó. Luego meditó algo y, con cierta intriga, preguntó- dígame, ¿Eriol ya pasó por la caja que le dejé?
La Señora Sakaichi rió con cierta picardía, como quién guarda un secreto que todo el mundo ignora. Luego se dirigió al puesto dónde estaba, dispuesta a seguir con el crucigrama.
-Sí, el señor Hiraguizawa pasó por la caja y dijo algo de enviarla a alguien más antes de pasar por la caridad- dijo, con frescura y naturalidad.
Sakura rió aliviada y, con soltura, posó un mechón de cabello tras la oreja.
-Oh, gracias, sólo eso quería saber. Hasta mañana, Señora Sakaichi- dijo mientras se encaminaba a las escaleras para empezar a subirlas, pero se vio interrumpida tras una nueva pequeña carcajada de parte de la administradora del edificio.
-Y descuide, que no se encontrará al señor Li… debe de estar ocupado revisando lo que le obsequiaron- comentó. Sakura, sin entender la indirecta, la vio con extrañeza a la vez que una gota caía por la parte trasera de su cabeza.
-Seguro. Que duerma bien- fue todo lo que dijo la joven Kinomoto, perdiéndose por las escaleras antes de verse interrumpida por algo más. Habían pasado cosas tan inusuales ese día que necesitaba con urgencia pensar… luego consideró llamar a Tomoyo para comentarle lo sucedido… pero al final decidió que no, ya que eso la preocuparía bobamente. Soltó un cansado suspiro.
Cómo la Señora Sakaichi le dijo que Li estaba en ese instante revisando quién sabía qué, supuso que el pasillo del tercer piso estaría vacío, por lo que se extrañó bastante al ver a una muchacha de corto cabello oscuro y ondulado, piel pálida y grandes ojos marrones recogiendo unas cosas que al suelo habían caído.
Sakura se apresuró a ayudarla, por lo que escuchó un frágil "gracias" provenir de los labios de la chica. Eran bastantes libros los que tenía, y muchos eran de psicología.
-Disculpa, ¿Eres psicóloga?- no pudo evitar preguntar Sakura una vez que ambas estuvieron de pie. La curiosidad pudo más que ella en ése instante. La muchacha también pareció sorprenderse al principio, pero luego de dedicó una cálida sonrisa.
-Sí, así es- respondió con un tono de voz bastante agradable- Gracias por ayudarme, fuiste muy amable.
-No te preocupes- contestó Sakura devolviéndole la sonrisa a esa muchacha, pues había sentido bastante simpatía hacia ella- Soy Sakura Kinomoto, recién me mudé.
Y la otra muchacha rió, aunque sin burla de por medio.
-Eso noté. Yo soy Rika Sasaki, vivo en el 407- comentó, guiñándole un ojo- ve a visitarme cuando gustes.
Y sin más siguió derecho, perdiéndose por el tramo de las escaleras camino a su hogar. Sakura la vio partir, sonriendo, y considerando en verdad ir a visitarla algún fin de semana. ¿Qué mejor que una psicóloga para ayudarla con sus problemas? Aunque bueno, sonaba egoísta… pero nunca estaba demás hacer nuevas amistades. Siguió caminando hasta llegar al domicilio 308, introdujo la llave, abrió la puerta y, antes de cerrarla, lanzó una fugaz mirada a la puerta de al frente que tenía incrustada el número 309 en el centro.
¿Qué estaría haciendo Syaoran Li en esos instantes?
No era su problema, así que cerró la puerta para quedar por fin en la calma de su departamento. Encendió las luces y distinguió una sala de espacio reducido y paredes que necesitaban con urgencia ser pintadas.
A lo mejor lo haría en dos meses, cuando ya estuviera en vacaciones…
Riiiing… Riiiing… Riiiing…
Se sobresaltó al escuchar el sonido de su teléfono, pero suavizó las facciones de su visaje al tomarlo y leer en la pequeña pantalla el nombre de Tomoyo. Hundió el botón que le permitía aceptar la llamada y no tardó en llevarlo a su oído.
-¿Tomoy…?- empezó a decir a modo de saludo, pero se vio interrumpida por su mejor amiga que, eventualmente, se oía molesta.
"¡Sakura! ¿Dónde estás? ¡Se supone que nos veríamos hoy a las seis, en mi casa!" exclamó, indignada. Sakura abrió los ojos de par en par, aterrada… ¡Lo había olvidado por completo!
-¡Oh, Tomoyo, lo siento! Estaba en el trabajo… Yue… vacaciones… ¡Navidad!- quiso justificarse, pero sólo consiguió decir un montón de palabras atropelladas. Era una suerte para ella que Tomoyo tuviera tan buen oído y que la quisiera lo suficiente como para eliminar su rabia hacia ella en un solo parpadeo.
"¿Vacaciones? ¿Cómo que vacaciones?" preguntó, recuperando su tono de voz normal. Sakura llevó una mano a su cabeza de manera distraída, aunque en realidad pensaba qué palabras emplear para explicarle lo sucedido sin que sonara brutalmente extraño.
-Sí, tomaré vacaciones en dos meses y sinceramente no sé cuando me dejarán volver al trabajo. Cortesía de Yue y su manera extraña de ver la vida- confesó realmente fastidiada, pero sólo pudo alejar al menos treinta centímetros el auricular de su oído ante el grito que profirió Tomoyo con la noticia. Conociéndola como la conocía, eso sólo podía significar que los ojos amatistas de la Daidouji estaban llenos de estrellitas, rebosantes de ilusión.
"¡Oh por Dios, Sakura, esto es perfecto! ¡Significa entonces que podré tenerte para mí por un tiempo! ¡Te probarás todos los vestidos que con mucho cariño te he confeccionado, mi querida y hermosa amiga! Tengo un diseño perfecto para la Noche Buena, con cascabeles y diversas tonalidades de rojo y verde, que podrían ser empleados junto con…" y así siguió largo rato mientras Sakura sólo podía escucharla con una risa algo incómoda y una inmensa gota cayendo por la parte trasera de su cabeza.
Sí… esa era justamente Tomoyo Daidouji, la exitosa diseñadora, su prima lejana, su mejor amiga. Toda una cajita de sorpresas.
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Por otra parte, en la casa de en frente, Syaoran Li sólo miraba el contenido de la caja que Eriol le había dejado, diciendo algo cómo "escoger los libros que más le gustaran, porque el resto los llevaría a la caridad". Sin embargo, Syaoran encontraba esa situación algo exasperante… ¿Quién era el inepto que había considerado siquiera el regalar esas valiosas joyas?
-El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde… ¿¡Cómo puede alguien querer desprenderse de El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde!? – vociferó, rebuscando entre Los Miserables de Víctor Hugo y Drácula de Bram Stocker algún otro tesoro literario. Para él ver ahí la obra de Camus fue como si alguien le hubiera propinado una bofetada delante del Papa y con un guante hecho de acero. No le brindó tanta importancia a Sófocles y a Corneille, pero se sintió aún más ofendido al ver las historias de Oscar Wilde.
¿Qué más vería ahí? ¿Al Quijote de la Mancha y Rocinante en medio de una batalla contra Moby Dick para poder subsistir en esa caja que casi parecía gritar a todo pulmón la palabra "OLVIDO"? ¿Al perfumista Grenouille debatiéndose con Robinson Crusoe por algo de atención? ¿A Ebenezer Scrooge volviendo a su vida de avaricia y crueldad porque su encuentro con los espíritus de las Navidades Pasadas, Presentes y Futuras no conmovió a nadie?
Dio un golpe a la caja y llevó una mano a su cabeza, crispado. Por supuesto, no permitiría que todos esos libros cayeran en manos que no sabrían valorarlos… no de nuevo.
Pero entonces pensó en los niños de la caridad, en esos que no tenían juguetes en buen estado, familia que los atendiera, ni buenos libros que leer cosa que le removió el corazón e hizo que se sintiera como la persona más ruin sobre la faz de la Tierra.
Bueno… a lo mejor podría esperar a calmarse un poco y, ya con la mente más despejada, revisar qué dejaba y que no. Además, podría conseguir más tarde unos cuentos infantiles que de seguro sí disfrutarían al máximo y más con la Navidad tan próxima.
Viró la cabeza hacia el retrato de él con Meiling, puesto aún sobre la repisa de la sala principal.
-Estoy seguro que, de estar acá, reprocharías el que quiera darle algo a esos pobres niños y pedirías, en su lugar, unos pendientes que viste en alguna tienda. Siempre fuiste una persona egoísta… una vil harpía que me tiene a sus pies. Soy patético- y ante aquellas palabras tan duras y, a la vez tan ciertas, bajó la cabeza lleno de pesadumbre, con un nudo de amargura intacto en su garganta.- Soy patético…- repitió, furioso consigo mismo y con la vida.
¿Hasta cuándo? ¿Hasta cuándo seguiría desfalleciendo por ella? Esa zorra, esa traicionera, esa… esa…
…
Musa… su Musa… la fuente de toda su inspiración. La causante de que se encontrara en ése estado tan deplorable. Con la mirada ausente viró la cabeza y vio sobresalir del montón de libros uno pequeño y peculiar que tenía de título Veinte poemas de amor y una canción desesperada.
Ah, Neruda… cómo olvidarlo. De ése libro sacó el primer poema de amor que dedicó a una mujer, aunque en ése entonces no era más que un mocoso inmaduro. El poema era el número 7, bien se acordaba… empezaba con una frase sutil, directa e increíblemente bella: "Inclinado en las tardes tiro mis tristes redes a tus ojos oceánicos…". La muchacha, por supuesto, no entendió lo que quiso decirle y se fue, con la cabeza en alto. A Syaoran le dio francamente igual, sus hormonas apenas empezaban a despertar en ése entonces y le tenía sin cuidado la palabra "amor".
Tomó el libro, examinó la portada repetidas veces y decidió abrirlo en el poema 20, que bien podía expresar lo que él sentía en aquellos instantes. No importaba, nadie se enteraría. Ya era un hombre adulto, estaba en la intimidad de su casa… podía hacer lo que se le antojara.
-Puedo escribir los versos más tristes esta noche… escribir, por ejemplo: "La noche está estrellada, y tiritan, azules, los astros, a lo lejos"… El viento de la noche gira en el cielo y canta…- empezó a leer en voz baja, con la mirada ida, dejándose llevar por la ola de sentimientos que empezaban a invadirlo.
Leyó la siguientes palabras, ésta vez en silencio…
"Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Yo la quise, y a veces ella también me quiso.
En las noches como ésta la tuve entre mis brazos.
La besé tantas veces bajo el cielo infinito."
Odioso poema… odiosa su voluntad de continuar su vida como escritor. ¿Por qué no podía ser como los demás citadinos, ignorantes, sin gusto por la lectura? De ser así tal vez no estaría leyendo esas palabras que tanto empezaban a desgarrarle el corazón…
"Ella me quiso, a veces yo también la quería.
Cómo no haber amado sus grandes ojos fijo.
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido"
Odiosa Meiling… odiosa ella por robarle el corazón… por ilusionarle e irse sin avisar. Por pensar sólo en el dinero y todos los lujos que con éste podía ganar. Se sintió pobre, y no hablaba precisamente del contenido de sus bolsillos… ¿Quién querría estar con un escritor fracasado?
"Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella.
Y el verso cae al alma como al pasto el rocío.
Qué importa que mi amor no pudiera guardarla.
La noche está estrellada y ella no está conmigo.
Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos.
Mi alma no se contenta con haberla perdido.
Como para acercarla mi mirada la busca.
Mi corazón la busca, y ella no está conmigo."
Bueno, para muchos no era un "escritor fracasado" propiamente hablando. Si no uno de los mejores autores contemporáneos del país, había ganado varios premios, millones en su momento y el reconocimiento de las grandes mentes literarias. Pero él sentía que había fallado, que en verdad lo había estropeado todo: pues uno de los mejores talentos de los escritores era el de manejar los sentimientos, y él había fracasado justamente en el amor.
"La misma noche que hace blanquear los mismo árboles.
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.
Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise.
Mi voz buscaba el viento para tocar su oído.
De otro. Será de otro. Como antes de mis besos.
Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos."
Pasó a la siguiente página, neutro, desanimado. ¿Pero que importaba? También su gemelo estaba muerto… no era un motivo para saltar sobre un pie. Y Meiling… cuanto odiaba a Meiling.
"Porque en noche como ésta la tuve entre mis brazos,
Mi alma no se contenta con haberla perdido."
-… Aunque éste sea el último dolor que ella me causa… y éstos sean los últimos versos que yo le escriba.- terminó de leer en un susurro casi inaudible. Era un hermoso poema, aunque no el más alegre del mundo.
¿Y el Amor? ¿Qué era el Amor? La más vil de las mentiras.
Dejó el libro a un lado y, con inmensas ganas de tomarse toda una botella de vino como en tantas otras noches, se quedó mirando un punto fijo en el suelo alfombrado… pensativo… exhausto.
-Si tan sólo pudiera compensarte de alguna manera, Hien…- musitó desviando una preocupación a otra y tratando de olvidarlo todo por un minuto… a Meiling, a la vecina del 308, a Eriol, a su hermano e incluso a los versos más tristes que, en medio de esa noche nostálgica, acababa de leer.
