¡Holaaaa! Muchas gracias a los que comentaron, realmente me anima mucho saber qué piensan sobre esta historia. Y a los que leyeron, por igual gracias ;). Bueno, antes de continuar, me permito recordar algo que creo que evoqué posteriormente: Me interesa trabajar con las psicologías de los personajes, sumergir al lector en esta. Por ello cada personaje tiene su trasfondo, su historia y, por consiguiente, su propia psicología. Y DETESTO las historias clichés y repetitivas, por lo que trabajo siempre en hacer algo diferente al respecto.
Bueno, ya nuevamente sin más que decir, sólo me resta desearles que ojalá disfruten mucho este tercer capítulo n_n, que va dedicado con mucho amor a ustedes, queridos lectores. ¡Besos!
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Capítulo 3: Encrucijada. Tiéndele una mano al prójimo.
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La ciudad se veía agradable a la primera con esa ligera capa blanca que cubría las calles, como en las postales. Era nieve, prueba fehaciente de la llegada del invierno. Era la llegada de una época verde, blanca y roja en la que todos aprovechaban para celebrar, sonreír y disfrutar. El momento perfecto para disfrutar con la familia, salir con los amigos, dar regalos y el cariño mutuo frente una fogata.
Ah, sí, la Navidad era uno de los momentos más hermosos del año.
Ése día en especial se encontraba Sakura en el reconocido almacén de ropa fina "Daidouji", del cual Tomoyo era la dueña. Ahí se podían ver un grupo numeroso de empleados atendiendo una profusa clientela que admiraba, maravillada, los bellos diseños que mostraban los frívolos maniquíes. En la oficina personal de Tomoyo, que en verdad era su "taller" (pues era ahí donde obraba), se encontraba la joven Kinomoto frente a un espejo de cuerpo completo mientras miraba como le quedaba el famoso traje de Noche Buena que Tomoyo mencionó meses atrás. Era en verdad muy bonito, pero no podía dejar de sentirse incómoda ante lo extravagante que lucía.
Era un vestido verde esmeralda (con grandes botones negros), ajustado al cuerpo y de manga larga, que le llegada unos veinte centímetros por encima de las rodillas. Portaba una capa roja, largas medias de rayas horizontales rojas y blancas y unos botines negros. Sobre su cabeza se situaba un gorro también verde que, en lugar de ser como los gorros de Navidad normales, tenía la punta dividida en dos y en cada uno de esos extremos destacaba un cascabel.
Tomoyo la miraba maravillada. Una gota surgió de la parte trasera de la cabeza de Sakura.
-Tomoyo, es un traje realmente hermoso, como todo lo que tú haces… pero me siento como un duende- confesó la castaña admirando su reflejo e inclinando levemente la cabeza hacia un lado, provocando que los cascabeles del gorro sonaran. Tomoyo hizo un ademán con la mano, restándole importancia a eso.
-Tonterías, te vez preciosa- le aseguró, acercándose a ella y arreglándole la capa- Además que combina con tus ojos. ¡Tal vez si le agrego algo de blanco a la capa se vea más pintoresco!
Y antes de que Sakura pudiera protestar, la joven Daidouji había empezado a buscar el blanco adecuado entre los montones de telas distintas que conservaba ahí. Eriol, ajeno a todo, se encontraba en el escritorio de la diseñadora, concentrado en completar un sudoku.
Sakura, al final, no pudo evitar sonreír tiernamente.
Ésa era Tomoyo, así había sido siempre y jamás cambiaría… porque, de todas maneras si lo hiciera, dejaría de ser Tomoyo. Esa misma muchacha que desde pequeña poseía una belleza sobrehumana, una elegancia inigualable, un estilo único; una blancura tan extrema en la piel que casi costaba creer que no estaba maquillada, unos ojos amatista que sólo sabían mostrar afecto cuando de Sakura se trataba y una larga cabellera negra que caía en ondas por sus espaldas y enmarcaba a la perfección ese hermoso rostro de muñeca del cuál era dueña. Todo el mundo la admiraba por ello, por su astucia, por su destreza para los negocios, por su increíble voz al cantar y la facilidad que tenía para hacer nuevas amistades. Tomoyo Daidouji podía ser para muchos la mujer perfecta, y de hecho así era, pero increíblemente la joven no tenía novio alguno y tampoco se mortificaba por ello.
"Creo que en éstos instante sólo tengo ojos para un solo hombre, pero me temo que él no los tiene para mí. Que se le va a hacer" solía responder con total frescura cuando se le preguntaba al respecto.
Sakura, en parte, la envidiaba. Habían veces en las que deseaba poder tener la voz de ella al cantar (aunque ella misma tampoco cantara mal), el estilo, la gracia, la frescura para muchas cosas, la gentileza, el autocontrol en momento difíciles. Pero también se sentía afortunada de tener una amiga como ella, de que ella en sí fuera de esa manera y que, más allá de lo demás, se merecía todo lo bueno que le daba la vida y mucho más.
-¿En qué piensas, Sakura?- la voz de Eriol la sacó por completo de su ensoñación. Viró el rostro hacia su amigo, provocando que los cascabeles volvieran a sonar, y se encontró con los ojos grises de él, que la miraban tras esas gafas de montura redonda. El bolígrafo con el que antes completaba el sudoku se encontraba sobre la mesa, dándole a entender a la chica que ya había terminado.
Sakura sonrió levemente, apenada.
-En nada importante, no te preocupes- contestó, restándole importancia al asunto, para luego ver a su amigo con curiosidad- Por cierto, ayer te estuve llamando y no contestaste. ¿En dónde te encontrabas? ¿O saliste acaso con Naoko?
-Ni lo uno, ni lo otro. Salí con Syaoran a dar una vuelta, al parecer también quería dar algo a la caridad. Es un hombre bastante solitario, si me lo preguntas- dijo el Hiraguizawa, dedicándole a Sakura de esas sonrisas enigmáticas que a él, por excelencia, le quedaban tan bien. Sakura borró la sonrisa de su rostro al escuchar el nombre del hermano de Hien y, sin poder evitarlo, desvió la mirada de los ojos de Eriol.
-Lo es por ser tan huraño… - murmuró la joven Kinomoto por lo bajo. Pero, por desgracia o por fortuna, Eriol escuchó a la perfección.
-¿Sabes? No siempre fue así. Sí, puede que tenga una personalidad algo taciturna por naturaleza, pero en general es buena persona… incluso es más abierto que Hien- ante aquella declaración Sakura volvió a mirarlo, sorprendida… ¿qué hacía dicho?- Para él éstos últimos meses tampoco fueron fáciles.
-¿Qué quieres decir?
-Syaoran goza de prestigio y dinero desde que sus libros empezaron a ganar popularidad, o al menos fue así hasta que conoció a la que sería la protagonista de todas sus pesadillas: Meiling Amamiya, una mujer de la cual se enamoró perdidamente por su espontaneidad y su fuerte carácter. Estaba dispuesto a dar todo por ella y hasta había tenido pensado el proponerle matrimonio- empezó a contarle el inglés, tornándose serio, pues a él tampoco le resultaba agradable el que su mejor amigo estuviera en una situación tan deplorable por una mujer que en verdad no valía la pena. El rostro de Sakura, por el contrario, se llenó de preocupación, pues no le gustó el rumbo que había tomado la conversación.
-¿Pero qué ocurrió?- interrogó, aunque sin evitar sentirse algo mal por su vecino. ¿En verdad actuaba de esa manera por un problema de desamor? Eriol suspiró, pensando que tal vez Syaoran lo mataría si supiera que le estaba constando eso a la ex prometida de Hien.
-El dinero de Syaoran se empezó a agotar, pues un escritor no puede vivir tan sólo de unos pocos libros cuando se está dejando conocer, y mucho menos si debes pagar deudas con ello. ¿Crees que el edificio en el que viven es un lugar dónde viviría alguien con millones en el bolsillo? Al final se adaptó a ese lugar mientras veía qué historia podía crear para su nueva ganancia. Sin embargo, Meiling no es de las que se adapta a ese tipo de cosas y se fue con un sujeto que tenía mucho más dinero que Syaoran. Eso le partió el corazón. Y de sobrepeso viene y se entera de la muerte de su hermano gemelo- dijo Eriol. Sakura tenía los ojos abiertos de par en par y una mano cubriéndole la boca. Estaba horrorizada y, al mismo tiempo, tremendamente conmovida.
¡Pobre Syaoran! Que una persona te quiera sólo por el dinero que posees... debió haberse sentido fatal cuando lo dejó. Eso explicaba también el porqué de su desconfianza cuando se vieron por primera vez.
-¿Y sus historias? ¿Ha podido escribir algo para poder recuperar algo de su vida, aunque sea sin esa mujer?- preguntó la castaña, denotando sincera preocupación por el joven Li. Pero, lastimosamente, Eriol negó con la cabeza.
-No ha sido fácil, Sakura, sobre todo por lo que ella representaba.
-¡Ya está!- exclamó una radiante Tomoyo, reapareciendo con una tela blanca entre los brazos- Ahora sí quedará más completo el traje, te dejaré como el más bello de los adornos de Navidad.
Sakura dio un respingo, asustada por la repentina reaparición de su mejor amiga, y una nueva gota se deslizó por su cabeza. ¿Cómo hacía para permanecer con tanta energía?
-Tomoyo, no es necesar…
-¡Claro que sí! ¿Crees que me perdonaré que mi mejor amiga no se vea como una estrella faltando poco para Navidad? ¡Jamás! Así que déjate arreglar- ordenó la Daidouji estirando la tela, mientras veía que tanto agregarle a la parte baja de la capa- ¡Oh, Sakura, te dejaré bella como una musa!
Eriol rió por lo bajo ante aquél comentario, por lo que Sakura se encogió de hombros con las mejillas rojas de vergüenza.
-Las musas en realidad eran consideradas como fuentes de inspiración para los antiguos griegos y por eso eran tan conocidas. Las más admiradas por su belleza natural fueron las ninfas- explicó la joven Kinomoto, aunque en el fondo era para que no se refirieran a ella de esa manera, pues sentía no merecerlo.
Sin embargo Tomoyo dejó la tela a un lado y, con mucha delicadeza, tomó las manos de su amiga entre las suyas, dedicándole una maternal sonrisa llena de dulzura. Había comprendido el significado oculto tras esas palabras.
-¿Y porque no puedes ser tú una musa? Eres bonita, dulce, amable, tienes un corazón de oro, un alma pura… ¡Tienes todas la cualidades del mundo para ser la fuente inspiración de alguien! Si no, mírate al espejo, mira el traje que llevas puesto y verás toda la dedicación y el esfuerzo que puse en hacerlo… tan sólo porque era para ti, porque tú me inspiraste a hacerlo, amiga.
-Tomoyo…- susurró Sakura, con un aprecio inimaginable hacía la de los ojos amatista y muchas ganas de darle un fuerte abrazo. Pero se contuvo al escuchar el sonido de una silla corriéndose y unos pasos aproximándose a ellas.
Era Eriol, que al parecer ya se pensaba marchar de ahí.
-Bueno, ha sido un enorme placer verlas, pero me tengo que ir. Quedé con Naoko en diez minutos- comentó, sonriendo e inclinándose para darle un beso en la mejilla a Sakura, aunque en realidad se dirigió a su oído tan sólo para susurrarle unas cuantas palabras relacionadas con su anterior conversación:- Oh, y no es tan fácil para "nuestro amigo" volver a escribir historias, querida Sakura… porque Meiling era, precisamente, su Musa.
-¿Cómo?- preguntó Sakura, tremendamente sorprendida. ¿Tanto le había afectado la partida de Meiling? ¡Oh, si tan sólo pudiera hacer algo por él! Pero de seguro el no aceptaría ayuda de su parte ni aunque su propia vida dependiera de ello. Eriol sonrió para sí, con el extraño presentimiento de que algo cambiaría entre esos dos a partir de ese instante.
-Nos vemos- dijo, plantándole finalmente un fugaz beso en la mejilla- te vez bien, duende.
-Gra… ¡Oye!- exclamó Sakura, tornándose roja y frunciendo el ceño, causando una sonora carcajada en su mejor amigo.
Eriol se encaminó hacia Tomoyo, quien tan sólo le sonreía de forma suave y cariñosa mientras lo veía llegar. Eriol detuvo su carcajada y le sonrió, galante y caballeroso como era tan propio de él. Siempre ocurría así con la Daidouji: la trataba con la educación y el respeto que él consideraba que ella merecía. Sakura los vio intrigada, aunque tampoco les brindó mayor importancia pues al cabo ya era algo natural.
Y además Eriol tenía novia…
-Tomoyo…- dijo el inglés en forma de despedida.
-Eriol- dijo Tomoyo, inclinando la cabeza levemente, a modo de contestación. El Hiraguizawa ensanchó la sonrisa ante aquél acto y se agachó, para darle a ella también un beso en la mejilla, sólo que éste más dulce y duradero. Tomoyo cerró los ojos ante aquél contacto, el cuál obviamente disfrutaba, pero no dijo más.
Al final el joven se fue, dejando a ambas amigas solas. Tomoyo se sentó en su escritorio admirando lo adorable que se veía Sakura de "duende". Rió.
-Oh, Sakura, que buenos recuerdos me trae todo esto… ¿Por qué no te cortas el cabello? Así como cuando eras niña. ¡Sí que te veías hermosa!- exclamo la Daidouji, radiante. Sakura mostró una de esas sonrisas forzadas que le salían cada vez con más facilidad conforme el tiempo pasaba.
Verse bonita… ¡Sí, como si eso fuera posible!
Con la excusa de que había quedado de visitar a su vecina, Sakura consiguió que Tomoyo la dejara ir aunque no sin antes prometer que se pasearía por la mansión Daidouji para la Nochebuena. "Siempre serás bienvenida, querida… mi casa es la tuya" le dijo, antes de propinarle un fuerte abrazo a modo de despedida.
Sakura tan sólo sonrió y asintió con la cabeza, para luego marcharse del local. No fue sino hasta muchas cuadras después que notó que aún llevaba puesto el traje confeccionado por Tomoyo, razón por la cual todo el mundo (pero en su mayoría niños y niñas) detenía su transcurso para echarle un breve vistazo. Aquello la hizo enrojecer al punto que se vio obligada a pedir un taxi para ir a su domicilio cuando tuvo que reconocer que el caminar más rápido no impediría que menos personas la vieran.
Al ingresar al edificio le sorprendió el no ver a la señora Sakaichi revisando los papeles de la administración, pero pronto quedó claro lo que ocurría al ver sobre su pupitre una nota garabateada con mucha prisa en dónde explicaba que había ido a atender un problema de tuberías en el domicilio 503. Sakura deseó con toda su alma que aquello no le ocasionara problemas a esa buena mujer y que pudiera solucionar todo fácilmente: en esos meses que llevaba habitando ahí, le había tomado más cariño aún a la administradora. Sacó una golosina que casualmente llevaba consigo y, con sumo cuidado, la posó al lado de la nota, esperando que más adelante la señora Sakaichi pudiera saborearla gustosa.
Luego siguió su recorrido por las escaleras aunque, en lugar de ir al domicilio 308, se detuvo frente al 407 y llamó a la puerta. No era mentira cuando dijo a Tomoyo que había quedado de reunirse con una vecina. Y es que tanto Sakura como Rika Sasaki lograron llevarse bastante bien en el transcurso de las semanas y solían visitarse muy de seguido. Sakura supo que Rika se había graduado como psicóloga en la mejor universidad del país y tenía su propio consultorio al otro lado de la ciudad. Su actual novio había sido profesor suyo y respondía bajo el nombre de Terada. Ambos parecían ser muy unidos y, aunque la joven Kinomoto aún no había tenido el placer de conocerlo, supuso que debía ser una gran persona por todo lo que Rika decía de él.
La muchacha esperó tan sólo unos segundos antes de que la puerta se abriera y una bella muchacha con un delantal de cocina la invitara a entrar, sonriéndole serenamente.
-Hola, llegaste justo a tiempo. Estaba haciendo unas galletas de jengibre- dijo la psicóloga mientras la invitaba a tomar asiento en la sala de estar y regresaba ella a la cocina. Sakura obedeció y no tardó en sonreírle también.
-¡Oh, vaya! Si todo lo que cocinas es como esa tarta de manzana que me diste el otro día, creo que no tendré problema en venir a vivir aquí- respondió la muchacha con toda sinceridad. Simplemente le encantaba el cómo cocinaba su vecina: le hacía recordar a su padre y el entonces en el que pasaban fines de semana inventando diversos platillos, aunque muchos no quedaran como pretendían. Y sin embargo, disfrutaban al máximo esos momentos.
Cuando Rika se hubo adentrado a la cocina, Sakura empezó a admirar todo a su alrededor y se sintió curiosamente en paz. El diseño de ese lugar era exactamente como el suyo y, sin embargo, era muy distinto… era… impecable. Los colores claros que adornaban las paredes contrastaban con la gran variedad de viejas pinturas, y la textura de las cortinas resaltaba a la perfección con el viejo florero que portaba narcisos. Pero, muy a pesar de las flores o incluso de los platillos que con frecuencia Rika preparaba, la casa conservaba siempre un distintivo especial y ese era el hecho de que emanara permanentemente un concentrado aroma a vainilla.
Sakura inhaló y exhaló varias veces, embriagándose con esa fragancia e incluso intentando saborearla hasta que su vecina volvió a irrumpir el lugar con una bandeja llena de galletitas calientes entre sus manos.
-Te vez bien con ése traje… ¿Formarás parte de una obra de teatro o algo en especial?- preguntó la joven Sasaki cortésmente tras comerse una de las galletas. Sakura se ruborizó y al instante desvió la mirada hacía el suelo.
-No… es un traje que diseñó mi mejor amiga. ¿Sabes? Se le dan muy bien éste tipo de cosas. A lo mejor hayas oído hablar de ella, se llama Tomoyo Daidouji- repuso, encogiéndose de hombros. Rika sirvió algo de té para ambas y, tras sentarse de nuevo, dio un largo y lento sorbo a su tasa humeante.
-Si, en efecto, he escuchado de ella. Me gustan mucho sus diseños, aunque son muy costosos- confesó sin brindarle demasiada importancia. Sakura admiró durante unos instantes la facilidad con la que lograba mantener la calma casi siempre- No sabía que era tu mejor amiga.
-Puedo presentártela cuando gustes, tengo la certeza que se llevarían muy bien- dijo la castaña, alargando el brazo hacia la bandeja y tomando dos galletas de jengibre. Rika sonrió.
Y así siguieron hablando largo rato, hasta que las galletas se consumieron y el té desapareció. Pero, ¿Qué más daba? Si disfrutaban de una tarde tranquila a través de una charla amena. Hablaron de política, de la música de antes, de una que otra aventura en el ambiente estudiantil y en los planes que tenían para esas fechas. Sin embargo, fue cuando Sakura le preguntó sobre términos empleados en la psicología que la charla tomó un rumbo diferente. A decir verdad, Rika se tomaba muy enserio su trabajo y eso le brindaba un aire de respeto.
Sakura se aseguró de meditar bien sus preguntas antes de hacerlas.
-Dime, Rika… en la psicología… ¿Cómo puedes ver que una persona tiene problemas consigo misma a pesar de que no diga nada?- ante aquella pregunta Rika se llevó una mano al mentón, pensativa. Y a pesar de eso, pronunciar la respuesta no le fue tan difícil.
-Hay varios factores de su personalidad que sobresalen aunque esa persona no diga nada al respecto. En la postura que siempre muestra, en las expresiones que emplea al hablar con alguien, o incluso en sus dibujos.
-¿En sus dibujos? ¿Y cómo?
-Bueno, en los dibujos depende mucho de la persona y los trastornos que lleva consigo- musitó alzando los ojos al techo mientras pensaba qué ejemplo utilizar al respecto. Luego volvió a dirigir los ojos a Sakura y sonrió- Si una persona no define bien las manos en su dibujo podemos interpretar que tiene problemas para socializar con las demás personas. Aunque, por la cara que me pones, creo que acabo de confundirte un poco. Verás…- y levantó ambas manos para explicarle mejor:- las manos son sinónimo de creación, de tacto… es gracias a tus manos que consigues hacer muchas cosas, como tocar a alguien, construir algo, cocinar, etc.… si una persona no logra definir bien las manos en un dibujo, es que le cuesta expresarse de ese modo, entrar en contacto con los demás. ¿Me hago entender?
-Más o menos. Pero bueno, prosigue.
-Vale. Siguiendo con el ejemplo de las manos, si un individuo dibuja los dedos de las manos en punta, como si fuesen garras, también nos permite ver cómo se siente rechazado por un grupo y, ante aquello, reacciona de manera agresiva. ¡Claro que no siempre es el caso! Lo importante de la psicología es, más que generalizar, tratar de comprender al paciente- y dicho esto recostó más su espalda contra el mueble, entrelazando ambas manos sobre su regazo. Sakura sonrió apenada y, casi que por reflejo, se encogió levemente de hombros.
Sin embargo le entró la necesidad de formular otra pregunta y, sin atreverse a mirar a su vecina a los ojos, la soltó. Aquél acto no pasó desapercibido para la joven Sasaki quien, a pesar de las circunstancias, prefirió no decir nada. Se limitó entonces a escuchar la pregunta formulada:
-¿Qué ocurre con una persona que "combate su existencia", por así decirlo?- musitó atropelladamente, enrojeciendo al instante. Rika tardó varios segundos en responder.
-Nadie es perfecto en el mundo y, sin embargo, es eso lo que nos hace hermosos a todos. El hecho de ser tan distintos entre nosotros y, a la vez, tan iguales. Una persona que carece de autoestima se obliga a sí misma a ser diferente, y no propiamente en el buen sentido de la palabra: pues se degrada a sí misma de una manera cruel e injusta- dijo la psicóloga cruzándose de piernas de un modo muy profesional. Incluso llegó a sentir durante unos breves instantes que realmente estaba en su consultorio atendiendo a una paciente. Suspiró, algo triste al ser consciente que la joven Kinomoto había formulado la pregunta porque ella misma en ese instante se sentía así. Pero bueno, ahora no podía hacer mucho, más que aconsejarla de manera indirecta:- Lamentablemente si esa persona se ve a sí misma con odio, está condenada a que todos la vean de esa manera.
-Pero así nunca sería amada, entonces- murmuró la castaña con la voz bastante apagada y los ojos bien abiertos. Rika la miró tristemente, pero manteniéndose firme a pesar de las circunstancias.
-El amor recibido por los demás comienza a brotar una vez que empezamos a amarnos a nosotros mismos. Si tú misma no te amas, ¿Entonces quién lo hará por ti?
No se dijo más. Sakura se levantó precipitadamente del sofá con los puños apretados y la cabeza agachada, tratando de ocultar las lágrimas que amenazaban con salir.
-Lo… lo siento, yo… creo que no me siento muy bien- y dicho esto salió apresuradamente del lugar para dirigirse a su propio domicilio. Rika no la detuvo, pues sabía que aquél proceso era algo que debía afrontar ella sola, aunque así no lo quisiese. Suspiró. Ojalá Dios se apiadara de ella y la iluminara de forma permanente… y le hiciera entender que no estaba sola y que le sobraban motivos para amarse. Pero bueno, a veces era mejor dejar las cosas a manos del tiempo y ver qué ocurría después con ella.
Por otra parte, Sakura corría por pasillos y escaleras con los ojos húmedos hasta que llegó a su domicilio. Abrió la puerta y entró al lugar, sin siquiera tomarse la molestia de cerrarlo de nuevo. Empezó a caminar de un lado a otro por la sala de estar murmurando todo tipo de cosas por lo bajo, azotando el sombrero que llevaba puesto y, sin contenerse, empezó a maldecir. En el suelo reposaban varios papeles viejos que encontró en unas carpetas aquella misma mañana… y entre esos papeles estaba un poema que compuso en la primaria y que ganó el primer lugar en el concurso de poesía de ese año. El poema se llamaba El bosque de Fiore. Pero, ¿Qué podía importarle aquello en un momento así? Se sentía devastada, tanto así, que pasó completamente por alto el sonido a agua contenida que salía de vez en cuando de la cocina.
-¡Amarme! ¿Cómo se supone que he de amarme cuando no encuentro motivo alguno para hacerlo?- se llevó ambas manos a la cabeza y se obligó a calmarse, a tomar aire. Comportándose como una histérica no solucionaría nada. Meditó durante unos segundos, para luego decir en voz baja:- Mejor iré a tomar un baño…
Y dicho eso empezó la marcha lenta hacia su habitación, sin dignarse a reparar en la puerta principal abierta, los poemas regados por los suelos o, siquiera, en el nuevo sonido que volvió a surgir de las tuberías. Una de estas se reventó y empezó a botar agua en cantidades alarmantes, pero para cuando aquello sucedió, Sakura ya se encontraba encerrada en su propio baño. La cocina no tardó en estar completamente inundada y pronto le siguieron los muebles, las cajas y los papeles en la sala de estar.
Vaya inconveniente más inoportuno…
Ajena a todo, con la mirada ausente, Sakura yacía de pie frente el espejo de cuerpo completo, notando como su propio reflejo le devolvía la mirada. Pensó en Hien y sintió un hueco en el estómago. Pero entonces se sintió sucia y egoísta… ¡cuántas personas estaban sufriendo en el mundo y ella sólo podía preocuparse por gente muerta y por cómo se veía frente al espejo! Además estaba Syaoran, su vecino, que tampoco había pasado los mejores meses de su vida… y unas curiosas ganas de ayudarlo la invadieron aunque fueron completamente olvidadas al recordar de nuevo a Hien.
Se sintió como una adolescente estúpida, confundida, con las emociones totalmente revueltas. Patético.
-Por Dios, Sakura, cálmate… necesitas agua helada… sí, eso- murmuró para sí, y con mucho cuidado empezó a despojar su cuerpo de los atuendos confeccionados por Tomoyo, quedando únicamente en ropa interior.
Pero antes de quitar ésta, no pudo evitar volver a mirarse al espejo y el cómo su reflejo traicionero le mostraba a una frágil mujer de tez pálida, mirada desgarradoramente triste, cuerpo imperfecto y rechazo en todo su entorno. Sin evitarlo, empezó a llorar.
¡Amarse! ¡Como podía amarse cuando no tenía motivos para hacerlo! ¡Cómo podía siquiera valer una mujer fea y egoísta como ella! Se sintió acusada por su propio reflejo y verse la atormentaba cada vez más. Las lágrimas caían libres por sus mejillas y era tanta la tensión que ni siquiera sintió los pies húmedos por el agua de los tubos de la cocina que empezaba a filtrarse por debajo de la puerta.
-¡Deja de mirarme! ¡No te soporto! ¡Vete! ¡VETE!- gritó a voz de cuello y, sin intentar detenerse (aunque tampoco sin querer hacerlo), alzó uno de los pesado botines del traje de Tomoyo en la mano derecha.
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Syaoran subía por las escaleras a paso lento, queriendo mantener consigo y sus abrigos algo de calor corporal. Si había algo que no soportaba era el frío.
-Me… me pregunto… cómo estará la señora Sakaichi… co…con las tuberías… del 503- tartamudeó a ver si hablar le propinaba algo de calor. Aunque ciertamente se encontraba un tanto preocupado por ella pues, lo primero que pensó al leer la nota que había dejado en recepción fue que esa pobre mujer no estaba en edad de hacer ése tipo de trabajos.
No tenía prisa por llegar a su domicilio, tampoco es que alguien lo estuviese esperando… pero sí sintió algo de desconcierto una vez que llegó frente su puerta y se encontró con que "Cerezo" había dejado la puerta de ella abierta.
Se sintió algo intrigado, pero tampoco le brindó mayor importancia por lo que abrió su propia puerta tras murmurar un leve "qué niña más tonta". Sin embargo, cuando volteó a ver por segunda vez antes de entrar a su propio domicilio se topó con la no muy grata sorpresa de que el de su vecina estaba totalmente inundado y esa agua empezaba a tocar una pequeña parte del pasillo. Syaoran suspiró exasperado, dejó la entrada de su casa abierta y se dirigió al interior del 308, sigiloso, queriendo ver qué ocurría. ¿Cómo "Cerezo" no se había dado cuenta aún que tenía la casa inundada? La puerta estaba abierta, así que no era difícil deducir que ella estaba adentro.
¿Pero entonces qué estaba haciendo como para dejar pasar desapercibido el sonido del agua agolpándose en toda la cocina, la sala y posiblemente las habitaciones? Syaoran murmuró varias cosas por lo bajo, con el ceño fruncido, mientras se abría paso a través de agua que le llegaba uno diez centímetros por encima del pie y que, por cierto, estaba helada. Sin evitarlo, maldijo a la nada por ello.
-Eres un idiota, Li, no deberías estar aquí- se reprochó a sí mismo, hasta que un papel flotando sobre la superficie líquida atrajo por unos instantes su atención. Se inclinó para recogerlo e intentó leer qué decía en medio de la tinta levemente corrida: Era el poema de Sakura, El bosque de Fiore, cosa que sorprendió un tanto a Syaoran… ¿¡A ésa mujer le gustaba escribir!? Sin hacerse rogar, o sin siquiera pensar en pedir permiso, empezó a leer la primera estrofa.
Bajo los árboles frondosos
Canturreaba la bella Fiore,
Oculta bajo sombras y luceros,
Perdida entre ríos y valles,
Mientras los Espíritus del Bosque
Rogaban por su alma siempre libre.
Y el joven escritor detuvo su lectura, tornándose momentáneamente pensativo. Fiore… era un nombre bonito… ¡Sí, le gustaba! Y en lugar de destrozarse la cabeza pensando en nombres de flores para la hermanastra de James, podía emplear ese que era elegante, sencillo y bonito.
Fiore…
Ya era definitivo, así se llamaría su personaje, aunque sólo viera esa historia cómo un borrador qué hacer hasta que se le ocurriera algo mejor. Además que no tenía aún una trama bien definida.
-¿Sabes, Hien?- dijo al aire, olvidando durante unos breves instantes que se encontraba en una casa ajena- En momentos como estos me gustaría tenerte al lado, para que me aconsejaras sobre cómo hacer mi historia ésta vez. Aunque de nada serviría, siempre odiaste esto. Sin embargo, también siempre hay una primera v…
¡TRAZ! El sonido de un fuerte impacto seguido por algo grande y frágil que se rompía atrajo su atención de inmediato y, alarmado, dirigió su vista al dormitorio principal. ¿Esa había sido Sakura gritando "Vete"? Durante unos instantes se quedó sin respiración, pensando que posiblemente alguien se estuviera aprovechando de ella en esos instantes. La chica no significaba mucho para él, salvo que había sido prometida de su hermano… pero tampoco se sentía capaz de dejarla sola en un momento crítico.
Cómo pudo se abrió paso entre el agua y llegó a la habitación principal dónde vio la puerta del baño cerrada. Sin pensarlo dos veces se dirigió a ella y la abrió con algo de brusquedad aunque, para sorpresa suya, en el interior sólo encontró a una Sakura en ropa interior arrodillada sobre el suelo con la cabeza gacha y varios pedazos de espejo rodeándola. En el agua que se había alcanzado a filtrar corría un sutil hilo carmesí y eso era porque tanto las manos de Sakura cómo sus pies se encontraban sangrando levemente.
Sin embargo, ésta no parecía reanimarse ante aquello. Syaoran tardó un par de segundos en reaccionar, pues se sentía incomodo al verla con tan pocas prendas encima, pero ella estaba herida y él no era del tipo de sujetos que se dejaba llevar fácilmente por las hormonas, así que optó por arrodillarse a su lado y, con sincera preocupación, posó una mano sobre el hombro de ella. Ya estaba algo mojado, qué más daba si se mojaba un poco más.
-Oye, ¿Estás bien? ¿Qué ocurrió?- preguntó, serio. Sakura no se inmutó ante aquello, cosa que consiguió asustarlo un poco. Sin contenerse, y un tanto enfadado, la sacudió (aunque cuidando de no ser muy brusco al hacerlo)- ¡Respóndeme!
El agua seguía fluyendo de forma precipitada, a diferencia de los leves hilos de sangre que cada vez empezaban a ser más mesurados. Sakura comenzó a temblar y levantó el rostro hacia él, mostrándole la cantidad de lágrimas que soltaba sin control junto a la tristeza y rabia que la invadían por completo. El escritor se sintió desconcertado y a su vez sorprendido de verla así, pero no dijo más. Esperó a que ella respondiera por su cuenta, como supuso que haría al ver como abría y cerraba los labios, tratando de pronunciar algo entendible.
-¿A qué vienes? ¿A seguirte burlando de mí, a recordarme a tu hermano? ¿A humillarme aún más? ¡Soy yo la que debería pedirte que respondieras! Dime, ¿¡A qué has venido, Li!? ¡Deja de mirarme de esa manera! ¿¡Por qué no lo dices de una vez!? ¡Dilo! "¡Oh, Kinomoto, vaya que eres horrible y miserable!"- gritó con la voz ahogada por el llanto. Sin embargo, al caer en cuenta de lo que dijo y al ver que era a Syaoran al que justamente le estaba hablando se sintió peor aún y, sin evitarlo, cubrió su boca con una de las manos lastimadas y siguió llorando a más no poder- Yo… lo siento, no quise…Oh, por favor, perdóname.
Syaoran, por otra parte, no sabía si sentirse indignado o más desconcertado de lo que ya estaba. ¿Qué era todo lo que decía esa chica? Aunque no se llevaran del todo bien no pensaba en ella como si fuera una mujer horrible y miserable… de hecho, ahora que lo notaba, era una mujer bastante atractiva. Pero definitivamente afectada por una muy, muy baja autoestima. Sin pensarlo dos veces la abrazó, intentando que se calmara un poco.
Ésta vez fue el turno de Sakura para sorprenderse, pues nunca había recibido un abrazo fraternal de parte de Hien y era bastante extraño recibirlo ahora de su gemelo. Pero no dijo más y siguió llorando hasta que las lágrimas cesaron un poco.
Syaoran no sabía que decir… es más, una parte de él deseaba irse de ahí… pero otra parte sabía que no era correcto dejarla de ese modo. Así que se quedó un rato más en ésa posición, a la espera que la respiración de ella se acompasara más. Ya con el agua no había más que hacer, ahora debía llamar a la señora Sakaichi para que también revisara esas tuberías.
Pero entonces una idea le vino a la cabeza, iluminándolo por completo. Se sintió brillante durante unos instantes… ¿simplemente cómo no lo había pensado antes? ¡Si estaba clarísimo! Miró a Sakura entre sus brazos y pensó nuevamente en su hermano… ¿Qué mejor forma de compensarlo que ayudando a la que fue su prometida? Serían amigos… y él le ayudaría a tener un poco más de confianza en sí misma. No sabía cómo, pero lo haría.
Permanecieron un poco más en esa posición hasta que Syaoran la soltó y la cubrió con su propio abrigo. Ella lo miró asustada. Él tenía frío. Pero bueno, habían que hacer ciertos sacrificios y el primer paso para ganarse su confianza era demostrándole que no era tan terrible como pensaba... aunque fuese contra su voluntad.
Además, tampoco se sentía capaz de dejarla sola en un domicilio inundado con trozos de vidrio esparcidos y ella lastimada. Así que se levantó y le tendió una mano.
-Ven… te quedarás conmigo esta noche- dijo con la voz ronca. Sakura no se movió, pero si se aferró al abrigo algo temblorosa. Syaoran puso los ojos en blanco, ahora exasperado por la actitud de su vecina, y sin molestarse en pedir permiso, la alzó en brazos. Llegó el turno de Sakura para asustarse y, más por reflejo que por cualquier otra cosa, se aferró al cuello de él. Syaoran volvió a rodar los ojos y empezó a andar hacia el 309. Sin embargo, en medio del trayecto, se percató de algo que le extrañó muchísimo: encima de la mesa de noche de ella reposaba su libro, Claro de luna, posiblemente ya terminado. Eso causó que la mirará con los ojos bien abiertos, aunque ella no fuera consciente de ello… ¿Se había leído su libro a pesar de lo aparentemente mal que se llevaban? Tuvo curiosidad de preguntarle qué tal le había parecido, pero se contuvo. No era el momento indicado. Así que siguió con su camino, simulando que no había visto nada en especial.
El agua ya cubría buena parte del pasillo.
Sakura se hallaba consternada… ¿Cómo había terminado con el apartamento inundado y en los brazos del hermano de su ex prometido, vistiendo únicamente con ropa interior? Se ruborizó y, bastante avergonzada, desvió la mirada. Syaoran posó a su huésped en el sofá con mucho cuidado, cerró la puerta del domicilio y, acto seguido, llamó a la señora Sakaichi para informarle sobre el daño en las tuberías del 308. Le informó que Sakura se quedaría con él hasta que todo estuviera listo en su departamento, en caso de que la necesitara, y si necesitaba que le echaran una mano él no dudaría en cooperar. La señora Sakaichi agradeció los detalles, especificando entonces que era una suerte para ella tener en su edificio a un "hombre tan encantador" cómo él.
Luego de colgar el teléfono Syaoran se dirigió a su habitación y sacó unas cuantas prendas de él para prestarle a Sakura, quién se mostró sorprendida al ver como él se las tendía y le indicaba dónde estaba el baño para que se cambiara. La castaña aceptó las prendas en silencio y, cuando estuvo en el baño, evitó mirarse al espejo. Se sentía aún algo frustrada y bastante incómoda con lo sucedido, pero más que nada molesta e impotente. ¿Por qué de todas las personas que vivían ahí tenía que estar en deuda con la que menos mejor la trataba? Se puso la camiseta gris y el pantalón negro… ambos le quedaban bastante holgados, pero le brindaban algo de calor que era lo importante.
El escritor, por su parte, se hallaba molesto consigo mismo y con su hermano. De no ser por el sentimiento de culpa que se había forjado en su interior durante los últimos dos meses, no se vería con la responsabilidad de tratar bien a esa mujer tan sólo para compensarlo. Claro, no podía decirle a Hien "Eso no estuvo bien, la próxima vez trata de no morirte", como decían los padres antes para cuando te comías un caramelo sin permiso. Era una situación confusa pero más que nada desesperante. ¿Qué era tratar bien a esa mujer? Hacerla feliz, podría ser el primer punto, seguido de "hacerla sentir más segura, con más confianza en sí misma"… también estaba eso de ser amigos, pero ¿cómo?
Para cuando Sakura salió del baño tenía en sí un rostro inexpresivo y procuró únicamente en recuperar asiento en el sofá. Permanecieron en un tenso silencio, que Syaoran aprovechó para ir a la cocina y preparar rápidamente dos tazas de té. Una la dejó para él, obviamente; la otra se la ofreció a ella, pero lastimosamente la rechazó.
Syaoran no pudo sentirse más exasperado pero, obligándose a ser paciente, insistió.
-Toma algo… hace frío y eso podría hacerte daño- dijo. No obstante, Sakura la volvió a rechazar. Esto equivalió a un disgusto para el joven Li, quien no contuvo el hecho de fruncir el ceño- No seas testaruda ahora, si sigues con ésa actitud vas a hartar a más de uno- aún nada. Syaoran bufó, dejando la taza de té en la mesita de al lado de ella. Estaba serio, pero hacía un gran esfuerzo por mantener los estribos… además que, por casualidades del destino, recordó todo lo que ella le había gritado en el baño hacia unos momentos:- Escucha, Kinomoto… no sé a qué viene tu repelencia al mundo, pero yo solo trato de ser amable contigo. Ahora, si quieres seguir hundiéndote en esa absurda idea de que eres fea y miserable, no es mi problema. Intento llevarme bien contigo, pero tú me la pones difícil al no aceptar la mano que te es tendida. Dime, ¿Qué pretendes que piense al respecto?
Sakura no lo miraba, ni tampoco se atrevía hacerlo. Pero sí mantenía el rostro serio y una mirada postizamente indiferente. De nuevo había vuelto a ocultar sus sentimientos tras esa fría fachada… pero una parte de esas palabras lograron llegar al fondo de ella. Sin embargo, no se dio el lujo de demostrarlo y siguió firme en su posición.
-La tolerancia es la mejor religión- citó la joven Kinomoto a un viejo escritor de siglos pasados. Su voz había sonado suave… incluso algo ida. Aquello fue más que suficiente para acabar con la poca paciencia que le quedaba a Syaoran y, con el ceño aún más fruncido, no se molestó en ocultar su enfado en las demás expresiones.
-¡No me cites a Chateaubriand ahora!- exclamó. Pero esa contestación, más que intimidar a Sakura, provocó que lo mirara con una expresión aún más fría que la de antes. Pareció algo ofendida ante ese comentario.
-Es una frase de Víctor Hugo- soltó severamente, pudiendo haber dicho un claro "imbécil" al final de esa frase, pero que contuvo más por educación y respeto que por cualquier otra cosa. Syaoran quedó sorprendido y sin palabras.
¿Cómo pudo ella acertar a eso y él no? ¡Si se suponía que era el escritor! Recordó el poema que vio antes y pensó en Fiore… ahora estaba más decidido que nunca a hacer que James la odiara como hermanastra.
Se mantuvieron es silencio, esperando a que bajara la tensión, hasta que Sakura se estiró en el sofá, más que todo acomodándose para dormir. Fue ahí que Syaoran volví en sí.
-Mejor ve y acomódate en mi habitación. Yo me quedaré aquí- se ofreció. Pero Sakura volvió a rechazarlo en silencio y se acomodó mejor en el sofá.
-No te preocupes, estoy bien así. Además que ya has hecho bastante por mí – murmuró suavemente, acurrucándose en posición fetal para contrarrestar el frío. Syaoran rodó los ojos nuevamente al ser consciente que, por mucho que le insistiese, ella no se movería de ahí. Sin más, dejó su tasa en la cocina y le dio la espalda, dispuesto a ir a su habitación.
-Haz lo que quieras…- musitó.
Había sido un día de locos, no se desgastaría en más discusiones.
-Oh, y Li…- escuchó de nuevo esa voz que lo llamaba. Syaoran suspiró, contando mentalmente hasta diez, ¿y ahora que quería esa mujer? ¿Tratarlo aún mal a pesar de que la estaba ayudando? ¿Insultarlo en su propia casa?
Se giró hacia ella para darle a entender que la escuchaba, pero desprendiendo un aire amenazante. Sin embargo, no pudo evitar bajar un poco la guardia al notar en los intensos ojos verdes de Sakura un destello lleno de congoja y algo de temor, aunque aún así el escritor sabía que se sentía algo segura ahí.
-Gracias- dijo la castaña, y se oyó sincera. Syaoran sólo la miró unos segundos más, viendo sus reacciones. Luego se dio la vuelta y continuó la marcha hacia su habitación. Lo mejor sería irse y dormir. A lo mejor con la mente despejada por el sueño podrían sentarse juntos y empezar de nuevo con una charla amena y civilizada… como dos conocidos que realmente se entienden… o dos amigos que se cuentan un secreto, aunque eso último sonara realmente imposible.
