Hola, hola de nuevo. Gracias por sus comentarios :). Les invito aquí a ver el siguiente capítulo que, espero, sea de su gusto. Besos y buena lectura! :) .

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Capitulo 4: Aceptación. Todo tiene su lado bueno.

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A la mañana siguiente del incidente de las tuberías, Sakura se levantó temprano y tardó varios minutos en recordar porque se sentía tan extraña y tan mal consigo misma. Aún tenía algo de sueño, pero ya no quería seguir durmiendo. Sin embargo no fue hasta que decidió sentarse en el sofá que notó la presencia de una cobija que le había otorgado calor durante la noche. A lo mejor Syaoran se la había puesto mientras dormía.

Inconscientemente sonrió, pasando los dedos por el objeto. Posiblemente, tal y como había dicho Eriol, el joven Li era taciturno… pero no era una mala persona después de todo.

Dobló la cobija con mucho cuidado y permaneció sentada, observado minuciosamente como era la vivienda de su anfitrión. Al parecer no era muy ordenado, pues tenía varias cajas de comida regada por los suelos, sin mencionar los papeles. Notó el piso alfombrado, la cocina que si parecía ser más limpia que la sala de estar, una que otra pintura que tenía colgada en las paredes y varios libros amontonados en un rincón. No obstante, fue un objeto especial el que llamó mucho su atención después de un rato: la única fotografía que conservaba y que se hallaba sobre una repisa; esa fotografía en la que aparecía él abrazando a una hermosa mujer de cabello azabache y ojos color rubí.

¿Sería esa Meiling, la mujer que le había roto el corazón al escritor? ¿La que sólo estuvo con él por dinero? Al parecer sí. Y una prueba clara de que aún no la había olvidado era que conservara esa foto a pesar de todo lo ocurrido.

Sakura la analizó más. Meiling era una mujer hermosa y al parecer muy abierta. Syaoran se veía feliz a su lado. Un nudo se formó entonces en su garganta, sintiéndose fatal por el joven hombre… ¡él sufría bastante y ella sólo supo causarle más problemas! Deseó desde el fondo de su corazón que él volviera a sonreír como en la foto, aunque fuera sin esa mujer a su lado. Hien, a pesar de no ser afectuoso, sonreía muy a menudo, haciéndolo ver muy guapo. Seguramente Syaoran también se vería encantador a su manera. ¿Pero cómo conseguir que volviera a sentirse vivo? ¿A que viera en la vida más de mil motivos para sonreír? ¿Cómo?

Para cuándo Syaoran se levantó encontró el desayuno hecho (el de mayor porción era para él), aunque tuvo que también esperar varios minuto para recordar el porqué se encontraba la joven Kinomoto ahí en lugar de estar en el 308. Pero entonces palabras como "inundación", "baja autoestima", "ayudarle", "Fiore" y "compensar a Hien" llegaron a su cabeza cuál lluvia de meteoritos. Algo retraído y con los ojos bien abiertos aceptó el ofrecimiento, sentándose juntos a desayunar pero siempre en silencio. Sakura, quién había preparado huevos revueltos con tocineta, tostadas y jugo de naranja, no podía evitar mirarlo de reojo en algunas ocasiones pues le resultaba sumamente extraño verlo en esas fachas: con el cabello castaño más revuelto que de costumbre, los ojos ámbares un poco somnolientos todavía, el torso desnudo y llevando únicamente un pantalón gris (muy similar al negro que le había prestado a ella la noche anterior). Una vez que terminaron, Sakura recogió los platos de ambos y los llevó al fregadero para lavarlos ella misma tras el leve "Gracias por la comida… estaba rica" que soltó el escritor. La verdad era que Sakura ignoraba la cantidad de tiempo que llevaba Syaoran sin probar algo de comida casera. Tal vez por ello se ofreció a ayudarle a lavar los platos, aunque ella se negó rotundamente a ello.

-No te preocupes, yo me encargo de esto. Ya has hecho mucho por mí- dijo la joven, empezando con su labor.

Y con pequeños detalles como ese empezaban de nuevos los roces… trayendo consigo a la no muy bienvenida indiferencia entre ellos.

-Como quieras…- respondió Syaoran poniéndose en pie y dirigiéndose a su estudio, dónde se encerraría hasta la llegada del almuerzo o, incluso, de la cena.

No fue muy agradable cuando la señora Sakaichi les comunicó que el daño era relacionado con la tubería madre y eso lo hacía más grave de lo que ya suponían. Tanto la administración como Sakura tuvieron que invertir dinero en los arreglos y, mientras abrían el suelo del 503 y del 308 y hacían los arreglos necesarios, se vio en la penosa obligación de permanecer unos días más conviviendo con su vecino. Sin embargo, lo que más le extrañó fueron las diversas excusas que soltaron Tomoyo y Eriol para cuando explicó que estaba temporalmente sin un sitio donde dormir. Ambos parecían querer evitar que ella saliera de ese lugar, cosa que la exasperó bastante en su momento… ¿Qué había pasado con eso de "ven a mi casa cuando desees", o "mi casa es tu casa"? Deseaba a toda costa salir de ahí pues, a pesar de querer ayudar a Syaoran a superar lo de Meiling, le resultaba insufrible tener que vivir en la misma casa con alguien que, a duras penas, le dirigía la palabra. Además que verlo era como ver a Hien, y aquello tampoco ayudaba mucho.

Sin embargo lo que Sakura ignoraba era que había sido el mismo Syaoran quien habló con Eriol, pidiéndole que le ayudara a que ella permaneciera en su vivienda durante algún tiempo (evidentemente Eriol se lo comunicó a Tomoyo después). Le confesó acerca de la culpa que sentía desde que se enteró de la muerte de su hermano y el cómo veía a Sakura como su solución a todo… la forma de compensarlo, a pesar de las circunstancias. A Eriol obviamente le pareció absurdo aquello pero accedió, pues era brillante, y para él estaba clarísimo que esos dos podrían ayudarse mutuamente a superar los dolores del pasado.

-¿Y cómo van las cosas hasta ahora?- se atrevió a preguntarle el inglés en una de sus charlas, a lo que Syaoran solo supo llevar una mano a su cabello, incómodo.

-Nefastas. No sé como entablar conversación con ella, tenerle confianza y que ella me la tenga a mí… ¡poder ser amigos!- reconoció. Eriol rio para sí, aunque volvió a ponerse serio al poco tiempo, adquiriendo un curioso aire paternal.

-Se amable con ella, trátala bien… hazla reír, así sea por pequeñeces. Sakura siempre ha sido una persona que emana luz por cuenta propia. Pero es justo y necesario recordarle que puede hacer eso- le explicó, no pudiendo ser más explícito. Syaoran sólo asintió, pensando una y otra vez en lo que acababa de decirle.

Sin embargo, pasaron otros días y continuó sin aplicarlo.

No pasaban del "buenos días", "gracias por la comida" y "hasta mañana". Syaoran solía encerrarse durante horas en su estudio, tratando de hilar alguna historia, garabateando en hojas breves detalles sobre la vida de James y como afectarla con la llegada de Fiore, a quien había pintado como una mujer ruin y despiadada. Aunque, ciertamente, el escritor también hacía eso para evitarla. Sakura, como su jefe le había obligado a tomar vacaciones, no tenía más que hacer, y cada vez empezaba a deprimirse más en ese lugar.

Sin embargo, fue en la mañana del 24 de diciembre que todo cambió.

Se escuchaban de un lado a las otras personas entonando villancicos, riendo a carcajadas y repartiendo uno que otro regalo mientras exclamaba un sonoro "¡Feliz Navidad!". No asistió a la mansión Daidouji, como había prometido, porque a Tomoyo le salió un viaje de último momento. Y ni modo de llamar a Eriol, pues él había quedado de salir nuevamente con Naoko, y no quería ser el mal tercio en eso.

Así que no pudo hacer más que suspirar mientras permanecía sentada en ese sofá que se había convertido en su cama. Tenía la mirada ausente. Syaoran no había puesto adorno alguno de Navidad, otorgándole a todo un aire más lúgubre del que ya tenía. Además que esa sería su primera Navidad sin…

No hacía falta decirlo.

Soltó un suspiro largo y pesado, deseando poder animar el ambiente de alguna forma.

Syaoran salió de su estudio porque tenía algo de hambre, pero entonces notó a la solitaria Sakura sentada en el sofá, bastante decaída, limitándose a soltar suspiros cansados. La observó durante unos segundos y, nuevamente, volvió a sentirse incómodo. Aquella sería Nochebuena y ambos vestían con ropas simples (Sakura consiguió recuperar su ropa antes de que la señora Sakaichi interviniera con las reparaciones), pasarían sin regalos, sin adornos navideños, ni siquiera con una cena especial. Se sintió mal y no pudo evitar mirarla fijamente, recordando una y otra vez las palabras de Eriol: "Se amable con ella", "Trátala bien", "Hazla reír, así sea por pequeñeces".

Y entonces se le ocurrió una idea tan absurdamente brillante que no podía fallar. O al menos esperó que no fuera así. Se devolvió a su estudio y rebuscó entre sus cosas hasta que encontró un viejo CD que escuchaba de vez en cuando en su adolescencia. Eran ingleses los que cantaban en ese CD, por lo que era posible que Sakura no entendiera la letra… aunque aquello era lo de menos, pues lo importante ahí era dejarse llevar por el ritmo.

Encontró rápidamente su grabadora y, al poco tiempo, la conectó en la sala de estar. Sakura estaba tan distraída que no se dio cuenta de la presencia de Syaoran hasta que una música suave y agradable comenzó a sonar. Era una canción que muchos padres pondrían en el auto para un viaje largo por carretera.

Unos hombres empezaron a cantar, afinados, tranquilos, pensando únicamente en el mundo que creaban por cada nueva nota que entonaban. Syaoran se puso en frente de Sakura y le tendió una mano (disimulaba muy bien el leve rubor que brotó de sus mejillas, pues era un hombre bastante tímido para esas cosas), invitándola a que lo siguiera. Sakura se encontraba extrañada, con los ojos abiertos de par en par debido a la sorpresa y, aún dudosa, aceptó la mano que le era tendida, poniéndose en pie también.

Y, sin que se dieran cuenta, con ese simple acto quitaron muchos bloques del muro invisible que los distanciaba.

Syaoran mostró una pequeña sonrisa mientras tomaba con más firmeza la mano que ya tenía sujeta y, con la otra, aproximaba más a sí la cintura de la chica. En un primer lugar Sakura no pudo evitar ruborizarse, pues el contacto había sido muy imprevisto, pero no tardó en posar tímidamente su mano libre sobre el hombro de él al creer que iban a bailar.

Pero curiosamente, más que bailar, lo que Syaoran quería era improvisar.

Empezaron a dar vueltas sin sentido alguno, tambaleándose a propósito, yendo de un lado a otro… como dos niños pequeños, que al ser conscientes de que no se sabían los pasos, bailaban a su modo, dejándose llevar por el sonido… guiando el cuerpo a través de las vibraciones transformadas en música.

Syaoran la soltó y la hizo girar una vez, para después volver a sujetarla y seguir con ese extraño baile. Daban giros rápidos, luego lentos, saltaban, alzaban los brazos y luego volvían a girar. Una vez que Sakura comprendió lo que estaba sucediendo soltó un sonora carcajada, divertida como no lo había estado en mucho tiempo y, ya más animada, siguió dándole vida a esos pasos mientras el cuarteto del CD entonaban en el coro un bello y deleitable "Penny Laaaane is in my eeeaaars and in my eeeyes…".

Siguieron así un rato más, canción por canción. Probaron pasos como el baile del robot, aunque no encajaba con el ritmo, o el moonwalk, que al intentar hacerlo terminaron por los suelos. Syaoran se olvidó durante unos instantes de su hermano, de Meiling, de la historia que debía escribir si quería ganar más dinero… olvidó que tenía una vida miserable para solo concentrarse en las risas de Sakura y así reír él también, pues aquella reacción departe de ella (quién también había olvidado en esos minutos a Hien, la inundación, o incluso a Eriol y Tomoyo) era un claro indicio que lo disfrutaba… que era feliz.

No supieron cuanto tiempo pasaron en esas, repitiendo canciones, o incluso bailando con música que solo ellos en su fantasía escuchaban. Sólo supieron que, cuando ya se detuvieron por el agotamiento y decidieron sentarse en el sofá para descansar, el sol empezaba a ocultarse en el horizonte. Estaban algo agitados por todas las veces que saltaron, pero lucían bastante satisfechos. Fue Sakura la que ve aventuró a ser la primera el voltear a mirar y, aún con una sonrisa en labios, preguntó:

-¿Qué fue eso?

-No lo sé, ¿Qué crees tú que fue?- respondió Syaoran por medio de una respuesta aunque bastante animado… incluso alegre. Sakura se llevó una mano al mentón, fingiendo meditar.

-¿Sabes? Yo tampoco sé… ¡Tal vez fue simplemente la mejor coreografía del mundo!- exclamó para luego echarse a reír. Pero entonces se detuvo y, permitiendo que la vergüenza volviera, se ruborizó- Fue extraño.

-¡No vengas ahora con que te siente abochornada, Kinomoto! ¡Hace un rato mostraste todo lo contrario!- le reprochó Syaoran, burlón. Sakura no pudo evitar sonreír, un tanto ruborizada, pero sin atreverse a despegar la vista de sus rodillas. Ver esa faceta de Syaoran le había dado un poco más de confianza, aunque no por ello dejaba de ser una situación extraña.

-Fue divertido, en serio- reconoció, virando el rostro hacia él- pero lo que no entiendo es… ¿Por qué, si estabas tan ocupado trabajando en tu estudio, saliste así de la nada a bailar sin sentido?

Fue una pregunta algo infantil, pero tenía toda la razón. Sin embargo, no podía decirle que quería hacerla feliz solo para compensar su falta con Hien, ni tampoco que se sentía culpable con ella por hacerla pasar una Navidad aburrida. Así que se limitó a sonreírle serenamente, sin evitar reflejar algo (bastante poco, la verdad) de cariño en sus ojos. Esa mujer era realmente frágil… y debía ser protegida con constancia, ya fuese en medio de la tristeza para sanarla, o de la alegría para permanecer así.

-La verdad quería que sonrieras en Navidad- confesó, sorprendiendo a Sakura y de paso a sí mismo. ¿De dónde había salido eso? Bueno, qué más daba, ya lo había dicho, ya nada más podría hacer.

Sakura permanecía con los ojos abiertos de par en par, sosteniéndole la mirada en ése momento tan tenso hasta que, sin avisar, empezó a reír. Una risa muy suave y tierna. A Syaoran le descendió una gota por la parte posterior de la cabeza… ¿Había dicho algo gracioso?

-Creo que lo has conseguido- musitó la castaña entre risas, pasados unos segundos- De una forma bastante bizarra, y muy a tu extraña manera. Pero lo has conseguido.

El joven Li pareció aliviarse cuando oyó esa respuesta, por lo que también movió los hombros en una risa silenciosa. Al parecer su vecina no era una muchacha tonta como había considerado… a lo mejor sí podrían ser amigos, después de todo.

-Es bueno saberlo- repuso más para sí que para ella, quién aún seguía riendo.

Una vez llegada la noche, decidieron encender algunas velas de modo que el lugar adquiriera una atmósfera distinta así no tuviese adornos de Navidad y, en lugar de hacer alguna cena especial, prepararon ambos un par de sándwiches para cada uno. De tomar, sólo leche con chocolate. Y se sentaron en el suelo y empezaron a charlar, tal vez como dos niños que recién se conocen pero que no tardan en entablar algún juego. Charlaron un rato de cosas triviales, cómo los respectivos trabajos y las rutinas que tenían pero, conforme avanzaba la noche, los temas de conversación empezaron a dirigirse a momentos vividos en la primaria, en la secundaria, y los escritores que les gustaban.

Aquél fue un detalle que también impresionó a Syaoran: la chica, al parecer, también era una literata… aunque fuese más por pasatiempo que por cualquier otra cosa.

Hablaron de poesía, declamaron algunos versos, recordaron ensayos en su época de estudiantes y, así como hubo muchos escritores a los que amaron, también recordaron a muchos escritores que odiaron.

-¡No soporto los escritores románticos!- soltó Sakura, rodando los ojos- Me encanta su forma de ver las cosas, lo reconozco, y adoro muchos de los libros escritos en ésa época… ¡Pero vaya que se empeñaban a describir más de la cuenta! Tal vez tu pienses lo contrario, siendo tú un escritor, y a lo mejor te agrade leerlos, pero…

-¿Estás bromeando?- interrumpió el joven Li, escéptico- ¡Si yo también los odiaba! Vaya martirio que representaba hacer un ensayo con esos sujetos- y levantó la mano de forma teatral, imitando lo que podrían ser palabras descriptivas del romanticismo- Oh, florero, que posees en tu superficie flores amarillas… de esas flores que alguna vez llegó a pisar Luis XIV con sus zapatos de suelas finas en las montañas que no eran lomas porque, si fueran lomas, entonces dejarían de ser montañas. Esas flores que fueron comidas por larvas, recorridas por hormigas similares a las que se montaron alguna vez en la pierna derecha de Alejandro Magno mientras éste dormía- Sakura se vio estupefacta al oír a Syaoran criticar algo que debía amar por naturaleza, pero no pudo evitar desternillarse de la risa cuando éste siguió con la parodia. Recordaba eso en la secundaria, diez páginas para describir un florero- Y soñaba, soñaba como llegó a soñar alguna vez Jacob, tal vez no con flores amarillas, pero sí con seres de luz. Y tú, florero, parecido al que destrozó Napoleón alguna vez, finalmente no tienes importancia en la historia pero… ¿Qué más da? Necesito llenar espacio de algún modo.

-¡Oh, cállate!- bramó Sakura, roja de la risa. Pero una vez que consiguió recuperar el aliento, soltó:- Adoro a Víctor Hugo y a Isaacs, entre otros.

Syaoran, que también había empezado a reír, también se obligó a tranquilizarse para sonreírle levemente.

-Dije que hacer un ensayo sobre ellos era un martirio, no que sus libros fueran malos. Tal vez, si hubieran descrito un poco menos cada objeto, los jóvenes se aventurarían a leerlos más de seguido.

-¿De qué hablas? ¡Nosotros somos jóvenes!

-En efecto… por ahora.

-Vaya, Li, con ese tipo de comentarios alegras a cualquiera. ¡Es tan agradable sentir que el tiempo se escurre entre tus manos sin que puedas hacer un algo para evitarlo!- repuso Sakura, con sarcasmo. Syaoran alzó los hombros, haciéndose el desentendido.

El ambiente era curiosamente agradable. Las velas habían disminuido su tamaño, pero no por ello brillaban con menos intensidad. Al cabo de un rato volvieron a servir otro poco de leche con chocolate.

En ningún momento Syaoran habló de Meiling, ni Sakura de Hien… era Navidad… ¿Porqué obligarse a pensar en cosas tristes cuando podían disfrutar de una charla amena? Aunque la verdad es que no habían pensado siquiera al respecto. Tan sólo eran ellos. Ella y él. Kinomoto y Li. La empresaria amante de la poesía y el escritor.

Sin embargo, sólo en un momento de distracción en el que Syaoran cerró los ojos, Sakura trajo de nuevo a su mente el recuerdo de Hien y lo idéntico que era a su gemelo… salvo por los ojos, que no tardaron en mirarla interrogante al ver que se había dejado llevar por su propio mundo de ensueño.

-¿Te sientes bien, Kinomoto?- preguntó el de ojos ámbares, curioso. Sakura volvió en sí y, forzando una sonrisa, asintió.

-Lo siento, mi mente suele divagar con mucha frecuencia- se excusó.

-Si… sé lo que es eso.

Pero entonces fuego artificiales empezaron a tronar a las afueras, varios vecinos pusieron villancicos sin mencionar los gritos de alegría. Syaoran miró el reloj de la cocina que marcaba la media noche, cosa que lo desconcertó un poco… ¿Tan rápido había pasado el tiempo? Viró el rostro hacia Sakura, quien le devolvía la mirada bastante radiante aunque sin constatar los ojos un tanto empañados, ni sospechar que la cabeza de la joven estaba en el dilema si sentirse feliz por el día tan cálido que había tenido o si llenarse de amargura por la ausencia de Hien. Optó por sonreír con sinceridad: ya se había amargado por meses… no le haría mal sentirse bien en una noche.

-Feliz Navidad- deseó con naturalidad e, inconscientemente, con algo de gentileza, ternura y agradecimiento en el acto. Syaoran percibió bastante bien eso último, sin evitar encogerse de hombros.

-Feliz Navidad… Ki… nomoto- respondió, aliviado de haber podido corregirse a tiempo pues estuvo a punto de decir "Meiling". Un hueco se formó en su pecho, incomodándolo, invadiéndolo de oscuros pensamientos cargados de pesadumbre. Pensamientos que, en cuestión de segundos, se obligó a desechar. ¡No señor! ¡Si deseaba llenar de alegría la vida de su vecina, debía empezar por alegrarse a sí mismo! Así fuese a la fuerza y por cierto periodo de tiempo.

No tenían regalos para darse, ni tampoco la confianza necesaria para otorgarse un abrazo… pero tenían la mutua compañía y eso, al parecer, era más que suficiente. Llamaron a Eriol y Sakura habló con Tomoyo, deseándoles una muy Feliz Navidad. Luego los dos vecinos conversaron por una hora más hasta que les venció el sueño y ambos decidieron ir a dormir. Había sido una buena Navidad después de todo.

Y ya Syaoran empezaba a considerar el no poner a Fiore como una persona tan llena de defectos.

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-¿¡Cómo que todavía no sabes cuando me dejarás volver al trabajo!? ¡No pienso vivir toda la vida de mis ahorros, Yue!- exclamó una Sakura enfadada por el auricular del teléfono. Era una mañana a finales de diciembre cuando la muchacha decidió hacer una llamada a su jefe en medio del desayuno. Syaoran leía el periódico, ajeno a todo lo que ocurría, con una taza de café a su lado.

Sakura tenía en ceño fruncido, y parecía estar a punto de tirar el teléfono por la ventana. Del otro lado se oía a duras penas el tono de voz de Yue, que le respondía con la calma que tanto le caracterizaba. Su respuesta no pareció agradar mucho a la joven.

-¿Qué no sabes aún si dejarme volver en enero? ¡Mañana se celebra la llegada del Año Nuevo! ¡Si vas a reintegrarme en enero debes decirme ya!... ¿Cómo?... no, no puedes estar hablando en serio… ¿Qué si me sigo quejando no me dejarás volver hasta el próximo diciembre? Yue esto es una locura… ¡Si, te estoy hablando a ti! Oh no, no, espera… Sí, deseo volver al trabajo, lo sabes- dijo haciendo un esfuerzo sobrehumano por suavizar la voz mientras trataba de canalizar su energía intentando enrollar el cable del teléfono. Syaoran paró de leer los anuncios y la miró disimuladamente por encima del periódico. No quería admitirlo, pero la conversación se estaba tornando interesante… además que, con tantos gritos, no podía concentrarse en su lectura. Sakura golpeó con fuerza la mesa del comedor- ¡Por supuesto que me he relajado! ¿¡No escuchas lo calmada que estoy!? Ahora dime si puedo volver en enero… ¿Cómo que a mediados de febrero? ¡Eso no te lo acepto!... No, no, espera… ¿Porqué no a mediados o finales de enero?- escuchó la respuesta por el auricular sin evitar rodar los ojos. Al final soltó un suspiro, apoyando la mejilla contra la palma de la mano, bastante resignada- Bueno, vale… pero espero que el trabajo no se me haya acumulado. Vale, confío en ti. Hasta luego… Feliz Navidad, y Feliz Año Nuevo por adelantado.

Y colgó. Syaoran dobló el periódico y lo dejó sobre sus rodillas. Luego tomó con cuidado la taza de café, sin despegar la vista de la muchacha. Se sentía intrigado.

-¿Y bien? ¿Qué te dijo?- finalmente preguntó, tras beber un poco de café. Sakura se viró a él, haciendo pucheros, muestra de su evidente enfado, a lo que Syaoran arqueó las cejas para no reír ahí mismo.

-Aceptó que volviera a principios de febrero… ¡No sé qué haré durante el mes que viene! ¡Ésta inactividad me está desesperando!- exclamó. Syaoran permaneció tranquilo, dándole otro sorbo a su tasa, para luego mirarla más seriamente con sus ambarinos ojos.

-Al menos tú tienes un trabajo fijo… no sabes lo que es vivir realmente de tus ahorros- le espetó.

Sakura permaneció helada: había olvidado que el joven Li estaba temporalmente sin una fuente de dinero hasta que escribiera un libro nuevo y, al parecer, éste aún no surgía.

A pesar de que ya se tenían un poco más de confianza desde el incidente en Navidad y ya mantenían charlas agradables, aún faltaba bastante para romper todas las barreras. Syaoran aun se encerraba horas enteras en su estudio para trabajar, prohibiéndole el paso a Sakura a cualquier costo. Sin contar que había veces, cuando hablaban en la sala de estar, que Syaoran se quedaba mirando la foto de Meiling durante unos instantes, ido, y cuando regresaba en sí parecía que se forzaba a estar bien frente de ella.

Aquello no le gustaba a la joven Kinomoto, pues eso aún representaba que él seguía dependiendo de ésa mujer y así no podría seguir con su vida.

Por otro lado, gracias al paso de los días, la castaña empezó a ver más a Syaoran como Syaoran en lugar de verlo como Hien, pues a pesar de ser idénticos, diferían en muchos factores de sus personalidades. Y estaban también los ojos que, más que llevar un color distinto, brillaban a su propia manera.

Sakura se incorporó de la mesa y recogió los platos con sumo cuidado, para empezar a lavarlos. Syaoran volvió a abrir el periódico para continuar con su lectura.

-Tienes razón, lo siento- se limitó a decir Sakura en voz tan baja que se pudo haber confundido con un susurro y, dicho esto, siguió con su labor de lavar la losa.

Había planeado ir a ver a Tomoyo esa tarde, pues al parecer quería darle algo. Syaoran también le informó que saldría en un par de horas, pero no le dijo que era para verse con Eriol. La verdad era que ambos necesitaban tomar aire fresco y poder hablar con alguien a quien tuvieran tanta confianza que pudieran decir estupideces sin temor al bochorno o a la crítica.

Así que la muchacha aprovechó el momento, tomó la ropa que se pondría y se dirigió al baño de huéspedes para ducharse. Sin embargo, cuando se vio al espejo, se sintió fatal y se apresuró a ingresar a la ducha para refrescar sus ideas con bastante agua. La daba vergüenza verse a sí misma y, sin embargo, las palabras de Rika no dejaban de sonar una y otra vez cuando aquello ocurría… "Si tú misma no te amas, entonces ¿Quién lo hará por ti?"

Pero no podía, o al menos no sabía cómo hacer, por dónde empezar para llegar a amarse. Cubrió su cabello con shampoo y el resto del cuerpo con suave espuma que poco después la volvió a dejar desnuda y con buen olor tras el paso del agua. Al salir de la ducha se apresuró a secarse y vestirse con un jean y una camiseta poco femenina, la cual cubrió con un espeso abrigo color marrón. Peinó sin mucho cuidado su húmedo cabello y luego lo sujetó con una banda desgastada que desde hacía tiempo tenía.

Al salir, con un bolso al hombro, a penas musitó un "Hasta luego, Li", antes de desaparecer tras la puerta. Syaoran suspiró, dejando por fin el periódico de lado una vez que ella se fue. ¡Qué desesperante le resultaba todo! Y no precisamente porque Sakura lo desesperara, si no porque no estaba acostumbrado a lidiar con personas como ella. Meiling era altanera, extrovertida, decidida y casi todas las conversaciones que tenían eran de temas bastante superficiales, muy mundanos, y la mayoría sobre lo bella que se consideraba. En cambio Sakura era más bien tímida, tierna, algo torpe en ciertos casos si lo meditaba bien, pero siempre dispuesta a ayudarte aún si no era necesario. También era obstinada cuando se proponía algo, pero más que nada era frágil… tanto que podría disiparse con sólo un suspiro. Él quería protegerla, hacer que ella recuperara la confianza en sí misma y que volviera a emanar luz por cuenta propia, tal como había dicho Eriol.

Se había equivocado al comparar a Sakura con Meiling cuando eran totalmente opuestas. De seguro la castaña llegó a amar realmente a su hermano; y se preguntó si, cuando estaba con Hien, era así de frágil, y si así fue, ¿La llegó a proteger bien? Sacudió la cabeza en un vano intento de quitar esas absurdas ideas de su mente… ¡Por supuesto que la protegía bien! ¡Estuvieron comprometidos y todos! Además no le correspondía a él averiguar eso, sino hacerla feliz a pesar de todo.

Sin embargo, tras el incidente de Navidad, cuando dejó de verla como "la niña tonta que tengo de vecina", se empeñó en conseguir que volviera a ser una mujer radiante, aún si no estaba Hien entre ellos. Y ese pensamiento también lo llevaba a recordar lo frágil que era ella… y la curiosa necesidad que tenía de resguardarla. Incluso, en esas pocas noches que transcurrieron, llegó a verse varias veces a sí mismo (en su mente) enfrente de ese ser tan quebrantable y diciéndole con suma delicadeza "No tengas miedo de caer… que yo estoy aquí para sujetarte".

Pero eso era obviamente ridículo, no podía decirle eso. Lo trataría de lunático después de él mismo declararse como interdicto a la sociedad. No sentía nada en especial por la chica, tan sólo era su vecina. Pero curiosamente también le había tomado algo de aprecio.

Tal vez era por las charlas que mantenía con ella, sí. Pues, a diferencia de las charlas que mantuvo alguna vez con Meiling, con Sakura hablaba de cosas más profundas… discutía sobre filosofías de vida mientras hablaban el idioma del arte, y aquello le encantaba, no podía negarlo. Sentía que alguien veía el mundo de la misma manera que él, y eso le daba la sensación de ser comprendido por alguien aún si apenas la estaba conociendo.

-Nunca está de más hacer nuevos amigos- murmuró, mientras se ponía en pie para dirigirse a su propio baño. Debía bañarse y empezar a arreglarse también él si no quería llegar tarde a su encuentro con su mejor amigo.

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Eran las doce del medio día. El sol, posado a lo alto del cielo, resplandecía tenuemente sobre la nieve que se descongelaba cada día un poquito más (aunque no se notara mucho, la verdad). La gente caminaba de un lado al otro, algunos paseando su perro, otros en pareja, así como había madres acompañando a sus hijos a jugar. Bajo un árbol, desnudo por el invierno, se encontraba de pie nadie más que Eriol Hiraguizawa, quién sujetaba la mano de una mujer de su edad. Ella poseía un aire intelectual por sus lentes de montura redonda (como los de su novio), pero no por ello dejaba de reflejar malicia en sus inmensos ojos chocolates. Tenía el cabello bastante corto, de un intenso color marrón, y vestía generalmente con ropa casual, de colores opacos y, a veces, hasta anticuados. Pero no por ello dejaba de ser una buena amiga, buena persona o, incluso, una buena novia.

Eriol apretó más la mano que tenía sujeta, mirando a su novia tiernamente; quien se ruborizó, respondiendo al acto con una sonrisa.

-¿Cómo te sientes, Naoko?- preguntó el inglés caballerosamente.

-Feliz, como cada vez que salgo contigo- contestó, denotando por cada poro de su piel que lo que acababa de decir era verdad. Eriol sonrió y, sin más preámbulo, la abrazó.

Recordaba a la perfección cuando la conoció, una vez buscando un libro de historia en la biblioteca. Casualmente ella necesitaba ayuda con una investigación de la cual él sabía bastante. Fue ahí que empezó todo. Siguieron frecuentando el lugar y, por cada día que pasaba, entablaban más fácilmente conversación. Al cabo de tres meses se encontraban en varios lugares tan sólo pasar el rato y, una vez que concluyeron los ocho meses, empezaron a salir. Se llevaban bien, sobre todo porque ambos eran unos intelectuales; además que Eriol la quería, sí.

Pero sólo eso.

La quería como se puede querer a una amiga muy cercana, a una hermana menor o, incluso, a una mascota que aprecias más que a cualquier otra persona. La quería y mucho. Sin embargo "querer", aunque fuese una palabra bonita, difería mucho de "amar"… y eso, por desgracia, lo tenía clarísimo el Hiraguizawa. Sin evitarlo, sus ojos azules comenzaron a desprender un brillo bastante pesaroso.

Era una suerte que Naoko estuviese distraída correspondiendo el abrazo y así no pudiese ver la cruda realidad. La realidad de que, menos que amarla, él sólo la "quería"… y precisamente por quererla no se sentía capaz de romperle el corazón. En momentos como ese se sentía ruin y en medio de esos abrazos, más que una novia o una amante, deseaba poder estar con la amiga que comprendiera su situación. Pero sabía que eso no sería posible. Así que tan sólo se limitó a abrazarla con más fuerza, dándole a entender así fuese de manera inconsciente que, a pesar de las circunstancias, él le tenía más aprecio que nadie y siempre estaría ahí para ella.

Naoko obviamente interpretó eso como una muestra de cariño de parte de su novio y lo cerró más contra sí, queriendo darle a entender que era correspondido. Apoyó la cabeza contra su pecho, relajándose, inhalando su perfume, y dejándose llevar por los tranquilos latidos de su corazón. Aquello la relajaba y, por ello, suspiró.

-¿Dónde está tu amigo, el escritor?- preguntó con voz suave.

-No lo sé, supongo que ya vend… - pero antes de concluir la frase se cortó al ver a Syaoran arribar desde el otro lado de la calle, mirándolo fijamente, conteniendo una carcajada. Eriol se apresuró a soltar a Naoko y ambos quedaron de pie frente al joven Li quien no tardó en llegar a su lado.

Vestía con un pantalón holgado, una botas desgatadas y se cubría únicamente con un abrigo negro. El cabello castaño lo tenía revuelto como de costumbre, y los ojos ambarinos brillaban con burla. Sus labios finos yacían levemente curveados hacia arriba, reprimiendo aún esa leve risa.

-Lamento la tardanza, par de tórtolos. Si les molesta mi presencia entonces me voy- dijo finalmente.

-Deja de ser payaso, sabes que tengo que hablar contigo- le reprochó Eriol arqueando ambas cejas sin molestarse en disimular una sonrisa en los labios. Luego se viró hacia Naoko y los presentó:- Naoko, él es mi mejor amigo Syaoran… Syaoran, ella es Naoko. Creo que no habían tenido la oportunidad de conocerse.

-Hola. No, no nos conocíamos, pero es un placer.

-Seguro…

Naoko pasó por alto tan olímpicamente la falta de modales de Syaoran que éste no pudo evitar preguntarse durante unos breves segundos si ella había escuchado bien su respuesta. La muchacha, por su parte, sólo podía focalizar toda su atención en Eriol.

-Iré a la librería, los dejaré solos entonces. Nos vemos después, amor- dijo, alzando la vista hacia su novio, quien reparó únicamente en despedirla con un beso en la frente. Naoko se sintió algo decepcionada por eso pero, sin nada más que decir o sin despedirse siquiera del escritor, se fue.

Eriol la vio partir mientras Syaoran lo miraba a él de forma sospechosa. Él no se consideraba el hombre más empalagoso del mundo, y tampoco deseaba serlo… pero ahí se percató de algo que simplemente no le cuadró.

-Que notoria es la química entre ustedes… ¡el amor les brota por los poros!- exclamó Li, sarcástico. Aquello atrajo por completo la atención del inglés, quién se viró hacia él sin ocultar su evidente fastidio.

-Cállate, tú no entiendes las cosas.

-Las entenderías si me explicaras que ocurre.

-No ocurre nada.

-Eriol Hiraguizawa, soy tu mejor amigo… ¡Creo que, si algo te preocupa, merezco saberlo! Tal vez pueda ayudarte.

Eriol suspiró, agotado, y empezó a caminar por el parque con los brazos a los costados (le parecía poco elegante eso de resguardar las manos del frío en los bolsillos de su abrigo: para eso estaban los guantes). Syaoran lo siguió y, a diferencia de su amigo, vaya que le daba uso a los bolsillos. Tal vez caminar ayudaría un poco a despejar las ideas.

-¿Cómo va todo con Sakura?- intervino el inglés tras largos minutos de silencio. Syaoran chasqueó la lengua, alzando su vista al cielo.

-Supongo que bien, ya hablamos más de seguido. ¿Sabías que tampoco le agradan los escritores románticos? Es extraño… tenemos muchas cosas en común- confesó- Sin embargo no sé… a veces es difícil acercarse a ella. Intento ver cómo puedo ayudarle y, de alguna forma, tengo la idea de lo que ocurre… pero no sé cómo utilizar eso a favor.

-¿Te he dicho que pienso que es ridículo eso de querer "compensar" al espíritu de tu hermano a través de Sakura?

-Sí, ya lo mencionaste un par de veces.

-¿Entonces por qué te empeñas en seguir con esto?

-Porque siento que a mi hermano no le gustaría ver a su ex prometida sufriendo por él.

-Exacto… así como, seguramente, tampoco le gustaría ver a su hermano sufriendo por él y por otra mujer.

Ambos detuvieron su marcha en seco, sosteniéndose la mirada. Uno se veía sereno. El otro se había puesto a la defensiva. Al final, ambos siguieron caminando, pero dirigiendo los ojos a lados opuestos: ese comentario había sido un golpe bajo para el joven Li. Eriol comprendió y por eso lo miró fijamente.

-Escucha, Syaoran… no pretendo que dejen a Hien en el olvido, ni tú ni Sakura. Yo también le tenía aprecio, créeme. Pero el tiempo sigue y ambos deben seguir con sus vidas. ¡Y también digo eso por Meiling! Esa mujer no merece ni que suspires por ella… ¿Cuándo la dejarás en el…?

-Ya basta- ordenó Syaoran severamente, bastante mosqueado. Eriol paró de hablar y lo escuchó, pues sabía que había tocado un punto que a su amigo le dolía bastante. Pero era por su bien- El que yo quiera seguir en eso es mi problema. Ahora, si deseas que me quite de los hombros una de esas cargas, entonces ayúdame a que Kinomoto salga de ésta y pueda continuar con una vida feliz. Seguro es lo que Hien querría… y también es lo que quiero yo en estos momentos.

Un niño pasó corriendo muy cerca de ellos, persiguiendo al perro que acababa de tomar su pelota de beisball. Eriol rodó lo ojos y, exasperado, volvió a detener su marcha. Syaoran también se detuvo y lo miró con el ceño fruncido. Vaya que había hablado en serio.

-Bien. Entonces, para hacerla feliz, solo se tu mismo. Si en verdad tienen tanto en común como dices, entonces no tardarán en tenerse más confianza- musitó finalmente el Hiraguizawa, serio- mañana habrá una pequeña reunión en la mansión Daidouji para recibir al Año Nuevo. Ahí estará Sakura, y tú por supuesto que eres bienvenido. Podrías aprovechar ese espacio más abierto para acercarte a ella y mostrarle como eres fuera de esas cuatro paredes.

-¿Cómo soy… fuera de esas cuatro paredes?- Syaoran quedó en shock, pues nunca antes se había planteado esa pregunta… ¿Cómo era él fuera de esas cuatro paredes en las que vivía?- Creo que soy un Hombre Lobo…

-Exacto, eres un… -brusca interrupción. Segundos de silencio. Una mirada estupefacta de parte de unos ojos grises hacia su mejor amigo- ¿Un Hombre Lobo?

Syaoran se encogió de hombros y empezó a mover las manos, tratando de justificarse.

-¡Mírame! ¡Mira mi nombre! Además que soy nocturno… seguramente le aullaré a la luna en una noche de estas.

-¡Syaoran, eso es lo más estúpido que has dicho desde que se te metió a la cabeza la idea absurda de remediar todo con tu hermano haciendo feliz a tu vecina!

-¡Oye!

-Escritor tenías que ser… de seguro por eso tienes tanta imaginación- dijo un Eriol exasperado, llevándose dos dedos a la sien, intentando recuperar la compostura.

Syaoran se hizo el desentendido y centró su atención en una pareja merodeando por ahí mientras le compraban flores a un vendedor ambulante que, casualmente, pasaba por esos lares. ¿Quién compraría flores en esos días tan fríos?

-Entonces, ¿Irás?- la lejana voz de Eriol lo trajo de nuevo a la realidad. El hombre ya estaba como siempre, y permanecía erguido, con las manos en la espalda, refinadamente. Syaoran se sintió entonces como un plebeyo común, pero expulsó entonces ese concepto de su cabeza para reflexionar lo que acababa de decirle. Era obvio que hablaba de la reunión en la mansión Daidouji.

-Sí, tal vez hablar con otras personas me hará algo de bien. Y supongo que no está de más que Kinomoto conozca mi faceta de Hombre Lo…

-Syaoran.

-¡Sólo bromeaba!- exclamó el nombrado, riendo. Eriol negó con la cabeza, sintiéndose posiblemente resignado.

Siguieron caminando hasta casi darle la vuelta al parque. Pero no fue hasta que Eriol propuso pasar por alguna panadería que Syaoran recordó algo. Sin más preámbulo, atrajo la atención de su mejor amigo.

-¿No piensas decirme entonces cómo va tu relación con Naoko?

Eriol quedó de piedra ante aquellas palabras, deteniéndose en el acto. Había olvidado ese detalle. Sin embargo Syaoran había sido sincero con él… supuso que, como mejor amigo, debía pagarle como mínimo del mismo modo.

Más resignado que antes, suspiró.

-Es complicado. Naoko es una gran mujer, es bonita, entretenida, inteligente… pero no puedo mirarla de otra forma que como mi hermana menor. No sé si me entiendas. Quise darme una oportunidad con ella, pero hay algo que a mí tampoco termina de encajarme.

-No hay química, ¿verdad?

-Me temo que no.

-Ya veo. ¿Y por qué no se lo dices?

-¿Estás loco? ¡Eso la destrozaría, no quiero que eso pase!

-¿Entonces antepondrás la felicidad de ella a la tuya?

Eriol permaneció en silencio, con la cabeza gacha. Su amigo tenía razón, pero simplemente no podía hacer eso. Sin embargo una parte de sí le vociferaba "Hazlo, díselo, aclárale todo de una vez… un simple "te quiero, más no te amo"… un "podemos seguir siendo amigos"", pero aquello lo hacía sentir aún más ruin. Syaoran, mientras tanto, escuchaba la risa de los niños, los ladridos de los perros y uno que otro fragmento de conversación que se escapaba por ahí. Fijó la vista a las nubes y se tornó sereno, como si algo lo hubiera iluminado momentáneamente. La respuesta, entonces, pareció obvia.

-Eriol…- lo llamó. El susodicho levantó la vista del suelo y se viró a él, dándole a entender que lo escuchaba.

-Dime- contestó por si las moscas. Syaoran suspiró, pensando qué palabras serían correctas emplear. Y luego miró al de lentes tan fijamente que solo esperó sinceridad de su parte.

-Hay otra mujer, ¿Verdad?

.

.

Poco después de las seis de la tarde llegó Sakura al 309, con varios paquetes entre brazos y una sonrisa de satisfacción en el rostro. Había pasado un buen día al lado de Tomoyo, quién le informó que estaba invitada a la reunión que tendría de Año Nuevo en su mansión y, cómo no, le regaló un vestido para la ocasión hecho con sus propias manos.

Sakura se vio en la penosa obligación de llamar a la puerta pues lastimosamente no tenía llaves del lugar. Por suerte, Syaoran había llegado mucho antes que ella y parecía que había estado un rato encerrado en su estudio. Se saludaron con cordialidad y luego cada uno retomó su rutina.

Las horas trascurrieron con aparente normalidad. Cenaron de lo que preparó la castaña, hablaron brevemente de lo que había hecho cada uno (aunque sin contar detalles) y luego Syaoran se encerró en su estudio y Sakura terminó sentada en el sofá. Aquello le incomodó un poco, pues ella tenía aún la expectativa de hablar un rato más con él.

Tras su larga charla con Tomoyo se dio cuenta que Syaoran Li cada día la intrigaba más y que quería saber, con creces, todo lo que pasaba por su mente. Se sonrojó en el acto al sentirse como una loca obsesionada con su vecino cuando él tan sólo la ayudó en un momento de apuro. Pasó un rato más, sin hacer algo realmente, hasta que su vista volvió a fijarse en el paquete de Tomoyo.

Pensó en el vestido que le había confeccionado: era simplemente hermoso.

Pero entonces se puso en pie y fue al baño para hacerse una idea de cómo se peinaría para el día siguiente, más aquél fue un error garrafal pues, apenas hubo mirado su reflejo, no tardó en notar su cabello largo, enmarañado y maltratado, sus atuendos poco femeninos, su cuerpo imperfecto. Volvió a sentirse mal consigo misma… así, ¿Quién se fijaría en ella?

El vestido era sublime, magnífico… sería un delito que le restara estilo con sólo ponérselo. Sintió ganas de llorar y, con la autoestima por los suelos, no pudo evitar dar un golpe a la pared.

-¡Maldición!- exclamó.

Había olvidado que estaba en casa ajena, había olvidado que la puerta del baño estaba abierta, había olvidado siquiera que Syaoran estaba en su estudio y, por lo tanto, ignoraba lo claro que había sido el grito para él.

Syaoran salió apresuradamente del estudio y buscó con la mirada a Kinomoto, preocupado por ella, con la ferviente necesidad de saber si estaba bien. Le tranquilizó ubicarla en el baño y notar que no estaba herida o algo por el estilo… pero volvió a preocuparse al percatarse de como ella temblaba, tratando de contener el llanto.

-¿Qué te ocurrió?- preguntó, acercándose. Sakura no levantó la cabeza y se sintió estúpida por haber olvidado que no estaba sola. Syaoran ya tenía suficientes problemas. Ella no era nadie para acrecentarlos.

-Na… nada- tartamudeó, con la voz quebrada.

-Kinomoto, qué yo recuerde, las personas no maldicen por nada- respondió el escritor acercándose un poco más para poder posar su mano sobre el hombro de ella.

Pero aquello último fue lo que bastó para que ella soltara casi que a gritos lo que estaba sintiendo. Empezó a llorar, sin poder contenerse.

-Mi cabello es un asco, me veo horrible, nadie se fijaría en una mujer como yo…- empezó a decir, respirando agitadamente con el rostro bañado en lágrimas.

Syaoran se sintió profundamente desconcertado… ¿Estaba llorando por eso? Bueno, no podía decirle algo ácido, debía consolarla… pero tampoco debía mentirle para que se sintiera mejor. Recordó el consejo de Eriol, el "sé tú mismo", y optó porque sería lo mejor. Tal vez diciendo lo que realmente pensaba al respecto podría ayudar en algo a esa mujer. Suspiró, esforzándose por sonar tranquilo al respecto.

-Puedes ser muchas cosas, Kinomoto, pero no me parece que seas una mujer fea. Ahora, si te sientes horrible viéndote así, pues entonces ve a un salón de belleza y haz que te arreglen el cabello o las uñas, yo que sé. Consigue ropa bonita. Trata de cuidarte un poco…- empezó a decir. Sin embargo Sakura se tomó muy a mal esas palabras y, sin evitarlo, se tornó bastante agresiva.

-¡No soy de esas mujeres estúpidas y superficiales que viven sólo de la ropa que tienen! ¡No soy de esas personas que desfallece por un buen peinado! ¿Con quién crees que estás hablando?- vociferó. Syaoran frunció el ceño… ¡le estaba aconsejando y así era como le respondía! ¡A ese paso ser amigos sería bastante difícil!

La soltó y se apartó de ella un par de pasos, mirándola severamente.

-¡No se trata de ser una mujer superficial! ¡Se trata de tener algo de AMOR PROPIO!- exclamó, haciendo énfasis a las últimas dos palabras- Puede que algún día vamos a morir y dejaremos todo esto atrás… pero mientras tanto éste cuerpo es el vehículo con el que nos movilizamos en éste vida y, como mínimo, deberíamos tratarlo bien. Es intentar verte bonita, sentirte bien frente el espejo… no por lo que digan los demás si no por lo que pienses TÚ de TI. Cuando las personas compramos un auto hacemos de todo para mantenerlo en buen estado… ¿Porqué te tomas a mal que te sugiera hacer lo mismo con tu apariencia? Ya te lo dije, Kinomoto, no eres fea… pero, si en verdad no estás satisfecha con lo que tienes, entonces debes hacer algo para remediar eso.

Y tras decir eso último se fue a su estudio, azotando con fuerza de sobra la puerta. Se sentía enfadado pero, ¿Qué más iba a decir? Se sentó en la silla y tomó el bolígrafo que había empleado antes para garabatear ideas. Había decidido hacerle a James un mejor amigo al que le contaría todo y éste tendría por nombre "Thomas", pero generalmente sería conocido como "Tom". También había pensado en hacer a Tom como el típico hombre bromista pero con clase, siempre fiel con sus amigos y, por sobre todo, profundamente enamorado de la linda Fiore. Y James, como buen hermanastro de ella, lo ayudaría a conquistarla.

Pero, preso de la ira, Syaoran llenó de rayones todas esas ideas y, acto seguido, arrugó el papel para arrojarlo a un bote de basura. Tonterías. Debía pensar en una historia que le diera dinero, no en un burdo borrador.

No sospechaba siquiera que, al otro lado de la puerta, frente el baño de huéspedes, se encontraba una Sakura que había parado de llorar y, aún estupefacta, no cesaba de escuchar una y otra vez las palabras que el escritor acababa de decirle.