Le agradezco mucho que me sigan. Este capítulo va dedicado a mi abuelo, que ojalá descanses en tu precioso cielo. Va dedicado para ustedes también, queridos lectores, para que los disfruten con mucho amor ;). Y para quienes siguen creyendo en la bella poesía encontrada en las estrellas :3
¡Agradecería muchos sus reviews, así sabré si les ha ido gustando!
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Capítulo 6: Bondad. Alguien diferente.
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-A… A… A… ¡ATCHÍS!
Syaoran se sacudió violentamente sobre su cama tras dejar escapar ese nuevo estornudo para luego, con algo de aturdimiento, llevar un pañuelo a su nariz enrojecida. Hacía mucho tiempo no se enfermaba por lo que no consideró la posibilidad de que, en la noche que se celebró el Año Nuevo donde estuvo poco abrigado, pescara un resfriado. Frunció el ceño de forma pronunciada mientras que intentaba respirar por la nariz, sin conseguirlo del todo a causa de la congestión que presentaban las fosas. Maldijo por lo bajo mientras se enrollaba más en su cobija ya que sentía demasiado frío y malestar corporal.
Como odiaba estar enfermo.
-¡ATCHÍS!- volvió a estornudar, seguido por una tos seca. Intentó levantarse pero se sentía tan agotado que no logró resistir mucho tiempo sin marearse un poco. A regañadientes, se volvió a recostar, deseando poder dejar de tiritar. A los pocos segundos, alguien más ingresó a su habitación con una bebida caliente entre manos.
-Li, por favor, trata de descansar un poco. No es bueno para tu resfriado el que quieras exponerte al frío de afuera.- dijo Sakura con una suave voz mientras se acercaba a él y tomaba asiento a su lado. La bebida que traía consigo humeaba bastante, y se preguntó si sería otro asqueroso remedio que debía tomar. Fastidiado por ese pensamiento, desvió la vista a un lado.
-Esto es detestable- se limitó a contestar con una voz ronca saliendo de su garganta maltratada. Sakura acercó el vaso a su rostro y lo sopló suavemente, en un intento de que mermara la temperatura para que el joven pudiera beber sin problema. Ella, a diferencia de él, se mostraba muy tranquila frente la situación, así como paciente y comprensiva.
A nadie le gustaba estar tendido en una cama con malestar en el cuerpo y dificultad para hablar y respirar.
-Lo sé, lo sé. Pero debes dejar que tu cuerpo repose si deseas que todo esto se pase rápido. Ven- y tras dejar el vaso sobre la mesita de noche que reposaba al lado de la cama del castaño, le tendió una mano para ayudarlo a incorporarse. Syaoran se mostró dubitativo a causa de su enfado, pero accedió finalmente a que ella lo ayudara y, con mucho esfuerzo, consiguió sentarse y apoyar pesadamente su espalda contra el respaldar de la cama. Terminó cansado y jadeando, cosas que no pasaron desapercibidas por su vecina, así como tampoco lo fueron el color ascendiente en sus mejillas y el aumento en su calor corporal. Sakura posó la blanca mano sobre su frente: en efecto, sudaba. – Al parecer tienes fiebre…
-No tienes por qué hacer esto, Kinomoto- le recordó Syaoran pesadamente. Ella era su huésped, por lo tanto no estaba en la obligación de atenderlo. Además él ya estaba lo suficientemente grande como para cuidarse solito. Sin embargo Sakura negó con la cabeza, demostrándole así que no estaba de acuerdo con ello.
-Me has recibido en tu casa durante casi un mes y eres mi amigo. Creo que es lo mínimo que puedo hacer a cambio- contestó ella con amabilidad mientras separaba su mano de él y tomaba de nuevo el vaso que aún reposaba sobre la mesita de noche. Syaoran la miró en silencio, aún envuelto en sus cobijas.
Así que lo consideraba un amigo… definitivamente el transcurso de las semanas había obrado en grande.
-Si es otro remedio nauseabundo, válgame decirte que no me lo pienso tomar- le advirtió, tomando una actitud bastante infantil. Sakura rió mientras volvía a negar suavemente con la cabeza.
-Es té con miel. Cada que me enfermaba, cuando era pequeña, mis padres solían darme un poco y al rato me sentía mejor. Pero supongo que también influían las dosis de amor que cada uno aportaba- comentó tras reflejar algo de nostalgia al rememorar su niñez. Aunque, volvió rápidamente en sí pera luego ofrecerle el vaso a su vecino- Toma.
Pero Syaoran permaneció serio, mirándola fijamente tras esa declaración. ¿Por qué hacía eso por él? En verdad lo apreciaba pero sentía no merecerlo. Sin embargo ella insistió, hasta que él hubo tomado el vaso entre sus manos y dado el primer sorbo. El calor se comenzó a propagar casi de forma instantánea a lo largo de su cuerpo, cosa que lo instó a seguir bebiendo. Era muy reconfortante.
-Es dulce…- musitó vacilante, a lo que ella le mostró la mejor de sus sonrisas.
-Y efectivo. Vas a ver como en un rato te sentirás mejor.
-Gracias.
Sakura era una muchacha muy atenta, o al menos eso le pareció a él. Terminó de beber el té con miel para luego posar el vaso nuevamente sobre la mesita de noche, y se volvió a acostar por orden de ella, para descansar. Syaoran sentía extraños tantos cuidados, pero de alguna forma tampoco le resultaron tan desagradables. Ella estuvo otro rato más a su lado, tranquila.
-Descansa- susurró, pasando su mano por los cabellos de él en medio de una caricia, como una madre a su hijo. Sakura era también una mujer muy protectora… una que, seguramente, sería una gran esposa algún día. No pudo evitar pensar en lo afortunado que había sido su hermano al tenerla como prometida y deseó, muy en el fondo, el que algún día pudiese él también encontrar una mujer así. Y dejar ya en el baúl del olvido a Meiling.
Syaoran cerró los ojos en un intento de relajarse, hasta que el estridente sonido del teléfono lo alertó de inmediato; pero Sakura le ordenó que permaneciese en su sitio mientras ella iba a contestar. Se trataba de Eriol, quién quería hablar con él, pero Sakura se negó al explicarle lo sucedido. Syaoran escuchó atento la conversación.
-Hola, ¿cómo estás?... Ah, me alegra… si, debemos vernos un día de estos…- hablaba ella alegremente, distrayéndose durante unos breves segundos- Yo estoy bien… ¿Qué quieres hablar con quién? … Oh, lo siento, pero no puedo pasártelo. Está recostado… es que pescó un resfriado… si, un resfriado…- Sakura frunció levemente el ceño por la respuesta de su amigo al otro lado de la línea- No, Eriol, no te lo voy a pasar, Syaoran necesita descansar… si, si, más tarde hablas con él… de acuerdo, cuídate.
Y colgó, dirigiéndose de nuevo a la habitación del escritor, dónde yacía un Syaoran con los ambarinos ojos abiertos desmesuradamente. Al parecer ella no fue consciente de ello y por eso seguía tan tranquila; pero él si escuchó cómo, durante una fracción de segundo, su nombre fue pronunciado por los labios de ella. Fuerte, claro y conciso. Y momentáneamente consideró que tal vez, el que lo llamara por su nombre era mejor. Li era tan sólo un apellido, uno heredado de esa familia con la que ni se hablaba y que más de uno en ella portaba. En cambio su nombre lo destacaba a él entre ellos, lo hacía un uno entre los demás. Asimismo como sentía que la relación con Sakura sería más estrecha de ser así.
Pero entonces él mismo debía empezar en llamarla por su nombre, y no como Kinomoto…
Sakura volvió a la habitación principal y le dedicó una sonrisa apenada. Syaoran la miró con un aire de embotamiento ya que el té tibio con miel le había causado algo de sueño.
-Lo siento… pero la semana pasada le prometí a Rika que la ayudaría con unas cosas de su casa y debe de estar esperándome. No planeaba que te fueras a enfermar… ¡si te sientes muy mal no tengo problema alguno en quedarme, de veras! Pero me da algo de vergüenza con ella no cumplirle lo prometido- comentó Sakura encogida de hombros, como pidiendo permiso. Syaoran la miraba fijamente, con los párpados caídos y la respiración un poco más pausada.
En definitiva, varias cosas habían cambiado en esas semanas, empezando por la frecuencia con la que ya entablaban conversación. Incluso llegaron a salir juntos en una cuantas ocasiones a algún centro comercial o a beber algo de café. Además estaba el hecho de que ella estuviese pagando la mitad de los servicios de la casa, cosa que lo ayudaba a él económicamente hablando (había insistido en cooperar con aquello ya que, así fuese de forma temporal, ella seguía viviendo bajo ese mismo techo). Le había tomado cariño, no lo negaría, así como tampoco el hecho de que la extrañaría una vez que ella retornara a su domicilio. Pero ella era una mujer libre y él no debía apegarse a alguien que llevaba conociendo tan poco tiempo.
-No te preocupes por mí, estaré bien. Ve con ella si gustas… las llaves de acá están al lado del telé…fono- masculló arrastrando las palabras, ya que había empezado a dormitar. Lo último que alcanzó a vislumbrar antes caer dormido fue a su vecina sonriéndole en señal de agradecimiento mientras asentía con la cabeza.
-Gracias, Li, te prometo que no tardaré más de una hora.
Y al rato se fue, dejándolo a él sumido en el calmo mundo dirigido por Morfeo…
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No supo cuanto tiempo permaneció en esa posición, con los ojos abiertos al igual que la boca mientras tenía la vista fija en un solo lugar. Aquella era una mujer muy hermosa, sin duda alguna. Lo decía su brillante cabello azabache cayendo como una imponente cascada por su espalda mientras sus ojos carmesís se hacían notar con mucha facilidad. La sonrisa pícara y la mirada ardiente fue algo que lo terminó de flechar. ¡Vaya que poseía carácter!
-Meiling Amamiya, veintidós años, nací en ésta ciudad. ¿Y tú eres…?- habló sin pelos en la lengua, su voz firme y quizás algo altanera. Syaoran se hizo el duro y frunció levemente el ceño, tratando de ocultar su repentina fascinación a través de un rostro indiferente; le tendió la mano a modo de presentación.
-Syaoran Li, mucho gusto- contestó secamente. Y la sonrisa de Meiling se ensanchó: era la primera persona que no respondía a su prototipo de presentación.
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-Tú me gustas- dijo Meiling con tanta frescura que parecía no decirlo en serio. Estaba en la casa en la que el escritor vivía en ése entonces, sentada sobre un sofá mientras veía televisión. Syaoran, que yacía sentado a su lado, no pudo evitar el mirarla con los ojos bien abiertos mientras un intenso rubor adornó sus mejillas. Algo en su estómago comenzó a revolotear violentamente.
-¿Qué?- fue lo único que pudo decir en medio de su estado de aturdimiento. Meiling viró el rostro hacia él, como si lo que acabase de decir fuera lo más trivial del mundo, similar al estado del clima o, inclusive, la hora.
-Tú me gustas- repitió- y sé que yo te gusto a ti. Pero creo que si sigo esperando a que des el primer paso o a que seas tú quien se aventure a besarme, jamás pasará algo entre nosotros.
Syaoran se tornó más rojo de lo que estaba pero, ésta vez, a causa de la vergüenza. Sin más frunció el ceño para dedicarle una mirada desafiante.
-Oye, para que lo sepas, soy un experto besando- le informó, más no tardó en arrepentirse de decir eso al caer en cuenta sobre lo estúpido e infantil que sonó aquello. Sin embargo Meiling se rió para luego acercarse a él provocadoramente.
-Entonces demuéstralo- susurró, y fue entonces que Syaoran se percató de cuan rojos se veían los labios de Meiling. No pasó más de diez segundo cuando el escritor ya la había tomado dulcemente por los hombros para así unir sus labios en una sutil caricia, que pronto fue transformada en una lucha por ver quién dominaba a quién en el beso, contrastando los temperamentos fuertes de cada uno. Aquél fue el comienzo de todo.
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Él permanecía absorto, con la vista fija en la ventana y un lápiz en mano; al frente reposaba una hoja de papel en la que acababa de garabatear un poema corto. Dos pálidos brazos rodearon su cuello mientras sentía al mismo tiempo unos cálidos labios besar su mejilla. Ya despertó.
-Buenos días, mi Musa- saludó él virando el rostro levemente hacia un lado para propinarle un suave beso en la comisura de los labios. Meiling rió mientras lo abrazaba con más fuerza.
-Deberías dejar de escribir tanto…- sugirió mientras oteaba fugazmente lo que acababa de ser plasmado sobre la hoja. Syaoran dejó escapar una pequeña carcajada.
-No puedo hacer eso, es mi trabajo. Además que resulta difícil no hacerlo cuando tú me inspiras todos los días.
-Deja de decir eso, parece que fueras dependiente de mí- y él volvió a mirarla, lleno de afecto hacia ella. Era una mujer bellísima y decidida, además que su temperamento ardiente la hacía ser deseada con constancia; ¡Cuan feliz se sentía con ella a su lado!
-Te amo, Meiling- susurró poco antes de buscar los labios de ella para marcarlos con un beso.
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-¿Cómo que no ha encontrado rastros de ella? ¡Teniente, por favor, no me puede decir eso! ¡Lleva días desaparecida!- exclamó alarmado por el auricular del teléfono. La repentina ausencia de ella lo tenía hecho un manojo de nervios y los impertinentes miembros de la policía no habían hecho algo útil hasta el momento. ¿Y si la habían secuestrado? ¿Y si la dejaron herida bajo algún puente? ¿Y si habían intentado violarla? ¿¡Y si algo peor que todo lo anterior le había sucedido!?
-Señor Li, intente calmarse. Hablaré con el capitán Sakamoto a ver qué noticias tiene al respecto, prometo devolverle la llamada pronto- dijo una voz masculina al otro lado de la línea. Syaoran haló sus cabellos con desespero, más debía calmarse. Así que tomó aire en un intento casi vano de no perder los estribos.
-Vale… espero resultados, teniente- y dicho eso colgó el teléfono. Sencillamente no podía calmarse por mucho que lo intentara… ¡Oh, Meiling! Si algo llegara a sucederle a ella, el no dudaría en acabar con su propia vida. Pero entonces las imágenes de un televisor encendido atrajeron su atención y, al ver que se trataban de las últimas noticias, no dudó en sentarse a verlas rogando porque en ellas no apareciese su novia.
Más sólo encontró la imagen de una sonriente reportera que esperaba pacientemente a entrevistar a un anciano que, al parecer, iba a contraer matrimonio. Pero no le brindó mayor importancia hasta que la cámara enfocó al lado de él a una bella y alegre mujer de tez blanca, cabello negro y ojos rojos que se mostraba ante los medios como la persona más feliz del mundo. Syaoran tardó unos breves segundos en reaccionar pero, al hacerlo, se apresuró en tomar el control remoto para subir el volumen de ese aparato y así escuchar de qué hablaban. ¿¡Qué rayos hacía Meiling ahí!? Un sabor amargo en la boca le avecinó la llegada de una mala noticia… al menos para él. Sin más, esperó a que la reportera hablara.
"Se ha confirmado hoy el compromiso entre el millonario empresario americano, Edmund Brown, y la joven administradora, Meiling Amamiya, nacida en Japón. Ambos afirman que desean contraer nupcias en el otoño al ser ésta su estación favorita del año. El mundo entero celebrará esta dichosa unión que demuestra una vez más como el amor verdadero triunfa por sobre las diferencias de edades, y…"
No fue capaz de seguir escuchando y tampoco de salir por cuenta propia de ese fuerte shock. El teléfono sonó durante un rato, pero no tuvo sencillamente ganas de hablar con nadie. Sólo tuvo la certeza, pasadas las horas, de que muy en el fondo de su ser, algo tremendamente frágil terminó rompiéndose.
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Syaoran abrió los ojos en el acto y tardó varios segundos en recordar donde estaba y por qué sentía el cuerpo tan pesado. Luego rememoró el estar enfermo y recibiendo los atentos cuidados de Sakura, quién al parecer seguía donde su amiga. El escritor se levantó con cierto malhumor mientras frotaba su ojo derecho en un intento de poder levantarse completamente. Que sueño más desagradable.
Sin embargo, una vez que logró ponerse de pie, notó algo que le pareció sorprendente: a pesar de sentirse aun un poco cansado, sentía haber recuperado algo más de fuerza y vitalidad, así como la falta de frío delataba la baja de fiebre. Al parecer el té con miel resultaba efectivo después de todo.
Syaoran sonrió tenuemente mientras se llevaba una mano a la ya revuelta cabellera castaña. Esa Sakura, definitivamente no tenía remedio.
A paso lento emprendió camino a la sala de estar para ubicar así un reloj, donde constató que habían pasado aproximadamente cincuenta y cinco minutos desde que la castaña había partido a ayudar a la psicóloga. Luego, recordando amargamente el sueño que tuvo, viró el rostro hacia una repisa donde encontró una foto de él con Meiling devolviéndole cínicamente la mirada. Syaoran frunció el ceño mientras se acercaba un par de pasos a ese lugar.
Analizó fugazmente la foto: desde hacía días ya no sentía tanto dolor al verla, y eso había sido algo que notó fácilmente. Tal vez el querer hacer que Sakura siguiera con su vida lo llevaba, en parte, a que él hiciera lo mismo. No podía quedarse toda la vida estancado en eso, lo sabía perfectamente.
-¿Sabes? No entiendo como llegué a fijarme en ti- le dijo a la Meiling de la fotografía como si nuevamente esta pudiese escucharlo- eres altanera, caprichosa, narcisista, egocéntrica, egoísta, interesada, ¡infiel! Creo que debería agradecerle a ese tal Brown, me permitió ver el cómo eres realmente. Para nadie es un secreto que el amor enceguece.
Y permaneció callado, observando la fría imagen de ella al lado de él, como recuerdo de algo que jamás volverá. Era cierto que desde ese suceso logró ver con más claridad los defectos de Meiling y eso hizo que la repudiara más… aunque una pequeña parte de él le susurrase con constancia "ella tan sólo actúa como ella misma. Perdónala, porque no es consciente de sus acciones, y deja atrás lo que ya no necesites. Sigue con tu vida, como alguien libre…"
Suspiró, retomando una apariencia serena y estoica aunque su mirada siguiera reflejando algo de caos. Tenía el rostro pálido y unas leves ojeras cubrían sus ojos, pero no estaba dispuesto a moverse de ahí en un rato. Consideró desecharlo, al cabo no le aportaba nada en especial.
-¿Sabes, "Musa"? Espero que seas feliz… a mí me gustaría darme el lujo de serlo también- y, para su mayor sorpresa, lo dijo con sinceridad. Ya nada podría cambiar el pasado, pero él ya había decidido algo y eso fue intentar formar un futuro diferente.
Fue entonces que Syaoran escuchó como alguien injertaba unas llaves en la puerta principal de su domicilio hasta dar vista a Sakura, quién se mostró sorprendida al verlo de pie frente la repisa.
Ella pasó la vista de él a la fotografía que evidentemente había estado mirando y se tornó momentáneamente triste; por lo que avanzó para cerrar la puerta tras de sí mientras el castaño le sostenía la mirada, en silencio.
-Li, no deberías estar de pie, hace frío y…
-Syaoran- interrumpió él serio, y con los ojos intensos fijos en ella. Sakura pareció extrañarse ante aquél comentario, cosa que no disimuló al enarcar una ceja y ladear levemente la cabeza.
-¿Eh?- cuestionó, sin entender.
-Syaoran- repitió él. Pasaron unos pocos segundos más en silencio, batallándose en medio de miradas tan distintas, hasta que Sakura comprendió y, sin evitarlo, bajó la cabeza tras ruborizarse violentamente.
Le estaba pidiendo que lo llamara por su nombre.
-Ay, Li, no puedo hacerlo… ¡Ha pasado tan poco tiempo! Es como faltarte al respeto y lo último que deseo es eso…- musitó tan atropelladamente que, por unos instantes, temió no haberse hecho entender. Sin embargo Syaoran permaneció calmo, pues supuso que aquella reacción de parte de su vecina había sido de esperarse. Sin más, dejó libre un suspiro.
-Hace un rato lo dijiste perfectamente… y no te costó esfuerzo alguno- sondeó, notando entonces como Sakura volvía a mirarlo con cierta incertidumbre, reflejando a través del silencio que no fue consciente de aquél acto. Syaoran viró el cuerpo por completo hacia ella más permaneció de pie en su lugar, con los brazos cruzados sobre el pecho.
-¿En serio lo dije?
-Fuerte y claro, cuando hablaste con Eriol.
-Oh…
Y volvieron a hacer un breve voto de silencio, en el que reinó únicamente el casi inaudible tic-tac del reloj. Sakura jugueteaba nerviosamente con sus manos mientras Syaoran seguía escudriñándola con la mirada. ¡Por Dios, parecía niños pequeños! ¡El tema era el más trivial del mundo! Y aún así no encontraban que decirse. Finalmente fue Syaoran quién, empezando a creer que aquello fue una mala idea, decidió intervenir:
-Tú dijiste también que me ves como tu amigo, ¿cierto?- ella asintió tímidamente con la cabeza- Bien… ¿Entonces no sería mejor que, como amigos, dejáramos de lado tantas formalidades?
-Supongo.
-Bueno, ya está, entonces asunto arreglado… Sakura- y tras decir eso empezó a caminar hacia uno de los muebles para poder sentarse en él, pero vio interrumpida su marcha por la intervención de la castaña, a quién esta vez tuvo él que mirar con extrañeza.
-Espera… Syaoran- guardó mudez durante unos instantes a lo que él esperó pacientemente. Sin embargo, fue la expresión de tristeza grabada en esos intensos ojos verdes lo que lo que lo llevó a preocuparse un tanto. No le gustaba verla de esa forma- Así como tú me pides esto, a mí también me gustaría pedirte algo… bota esa fotografía, por favor.
-¿Qué?- cuestionó con desconcierto. ¿Acaso ella sabía sobre Meiling? Cómo si hubiera leído su mente, Sakura asintió con la cabeza.
-Eriol me lo contó el otro día… y he visto como sueles mirarla. El tenerla ahí presente no aportará nada a tu vida y lo único que logrará es que sigas viviendo en el pasado. El presente es éste y creo que es el momento que empieces a vivirlo… tanto tú como yo.- concluyó, a lo que Syaoran se limitó a conservar la expresión que desde hacía un rato llevaba plasmada en el rostro.
Siendo sincera, Sakura esperó lo peor en ese momento: que le gritara, que se metiera en sus propios asuntos, que era problema de él si decidía o no estar en esas o, inclusive, que mataría a Eriol por andar contando su vida a otros. Pero, para sorpresa suya, el joven escritor tan sólo asintió con la cabeza para luego tomar el retrato con una mano y así virarse hacia su estudio.
-Ok.- puntualizó mientras se adentraba a su sitio de trabajo, en donde se escuchó cómo empezó a abrir un cajón tras otro. Sakura, algo anonadada, no pudo contener una sonrisa radiante.
-¿De verdad?- quiso preguntar, debía estar segura.
-Curiosamente, estuve considerando hacerlo hace menos de diez minutos. Gracias por pedirlo, con ese ya tengo dos pretextos para quitar esa imagen de mi vista- y dicho esto siguió buscando el sitio apropiado para guardar bajo llave ese recuerdo amargo. No se sentía capaz de botarla ya que aquella fotografía, le gustase o no, formaba parte de su pasado; sólo no quería verla más. Aparte que, sin en unos años ya tenía esa herida sanada del todo, no tendría problema alguno en sacarla para rememorar, así fuese de forma fugaz, lo que fue de sí mismo durante los primero años de la veinteañés.
Sakura, ya bastante animada, se dirigió a la cocina con una sonrisa en rostro. No entendía por qué, pero se sentía extrañamente feliz.
-De acuerdo. Ahora recuéstate un rato o quédate sentado, mientras te preparo una cena deliciosa. ¡Vas a ver como mañana estarás mejor!
"No lo dudo" hubiera querido decir él, pero optó por guardarse sus palabras mientras seguía buscando un cajón especialmente vacío que no tuviese que abrir durante un tiempo. Después de haber visto el efecto que tuvo en él el té con miel, no dudaba en que lo próximo lo repondría también bastante.
Otra cosa que, sin duda, extrañaría una vez que ella se marchara de nuevo sería la comida que, tal como ella decía, era deliciosa. Resultaba una suerte que Sakura, a diferencia de Meiling, sí supiera cocinar.
Su escritorio estaba hecho un desastre; había libros y papeles regados por doquier, por lo que fue bastante difícil encontrar un buen cajón aunque, finalmente, lo halló. El más bajo de todos, que solía llevar más telarañas que cualquier otra cosa. Después de dejarlo ahí se puso en pie para luego, más ligero y relajado, observar lo que reposaba en la superficie de su escritorio: hojas garabateadas sobre más hojas garabateadas y, en el centro de todo, su preciado portátil que llevaba casi un mes sin encender.
Extrañaba la época en la que las historias le salían sin problema alguno, aunque tenía que inventar una cuanto antes pero ¿Qué debía hacer? Sin pensárselo realmente miró uno de los papeles que tenía garabateado varias ideas acerca de la historia de James y su amor imposible hacia su hermanastra, Fiore. No era muy bueno escribiendo cosas de ése tipo pero nunca estaba demás intentarlo, así fuese como un borrador. Sin embargo, el tiempo tampoco le sobraba para aquello.
¿Sabría Dios la respuesta a todo eso?
-¡Y Syaoran, no vayas a olvidar que tengo un libro en mi casa esperando a que sea firmado!- exclamó una inocente Sakura desde la cocina. El aludido sonrió levemente mientras llevaba una mano a la cabeza, algo entretenido pero igualmente cansado.
Curiosamente, le resultaba agradable escuchar su nombre en labios de ella y se preguntó si su hermano pensó también lo mismo. Pero se recriminó al instante por ello: no debía olvidar cual era su posición al respecto.
La cena no tardó en ser servida y, tal como había previsto, estaba deliciosa. Charlaron un rato mientras el tiempo transcurría en lo que Sakura le transmitió su emoción al recordarle que pronto entraría de nuevo a su trabajo y estaría viviendo en su domicilio, a lo que el castaño forzó una sonrisa y cambió de tema. La extrañaría, eso era seguro, mucho más de lo que habría querido… por eso no deseaba hablar al respecto, pues su comportamiento no resultaba del todo explicable. Sakura era una muchacha dulce y supremamente bondadosa, eso le había agradado de ella… pero no dejaba de ser la mujer que estuvo a punto de contraer matrimonio con su propio hermano, por lo que no podía permitirse tener ese tipo de pensamientos. Sin embargo, si la relación que tenían era tan sólo de amistad entonces no había problema por pensar aquello ya que ¿Quién no se alegraría de presumir el tener una amiga llena de dulzura y bondad? Y ahí comenzaba el dilema que llenaba sus noches de insomnio. Al final concluía que Sakura era su amiga, no había problema por pensar en ella como tal, y que lo único que buscaba su conciencia era mortificarlo absurdamente con cosas sin sentido.
Esa noche se fueron a dormir temprano considerando el estado de salud del escritor, quién no opuso resistencia al respecto. Sin embargo, ya bastante avanzadas las horas, tuvo que aceptar que no podía dormir aunque tal vez fuese porque había dormido durante la tarde, así no hubiese sido por más de una hora. Daba vueltas de un lado al otro, sin lograr conseguir sentirse del todo cómodo.
Finalmente decidió que lo mejor sería ocupar su mente con otra actividad hasta que el cuerpo accediera a descansar, por lo que se levantó de la cama para ir al estudio en dónde encendió el portátil, esperando poder escribir algo. Una fina capa de polvo cubría el artefacto, razón por la cual varias moléculas de este mismo quedaron flotando en el aire una vez que Syaoran las sopló. Sin embargo, a pesar de estar varios minutos dispuesto a seguir con ésa labor, no se le ocurrió nada que escribir. Nada. Aquello era frustrante.
-No puede ser cierto- susurró para sí mismo, ladeando la cabeza con enfado, hasta que sus orbes ambarinas chocaron desprevenidamente con los trozos de papel que había visto durante la tarde. Estaba el perfil psicológico de James, su signo zodiacal, sus preferencias y disgustos; así como los de Fiore, Thomas y los otros personajes que hasta ahora había inventado. Las ideas de hacer a un James que estaba profundamente enamorado de Fiore pero resignado a todo ya que éste amor resultaba prohibido al ser ambos hermanastros; y el cómo nuestro protagonista le contaba todas sus dolencias a Tom, quien le servía de consejero fiel y lo impulsaba a luchar por sus ideales. Sin embargo, era tal la presión ejercida por la sociedad de ese entonces que, a pesar de no tener ningún vínculo consanguíneo, su relación se veía como incestuosa desde cualquier punto de vista.
Suspiró. No era lo mejor del mundo, pero era lo único que tenía hasta el momento. Y todo gracias a Sakura quien, aún de forma inconsciente, ayudó a dar vida a la dulce Fiore. Así que, sin nada mejor en mente, Syaoran tomó el portátil entre sus manos y se fue hasta la sala de estar, en donde reposaba la muchacha sobre el sofá más largo. Se sentó frente ella y la observó minuciosamente durante unos instantes, con el portátil encima de las piernas y la mejilla derecha apoyada sobre la palma de su mano.
Era supremamente distinta a Meiling, pero también muy bonita a su propio modo. Lo que más le gustaba de ella, Sakura, eran sus ojos ya que poseían su color favorito; además de su cabello, su sonrisa y su forma de ser. Era una muchacha amable y cálida, pero asimismo demasiado frágil que buscaba en alguien más la protección que, junto con su hermano, desapareció.
Él, de alguna forma, deseaba ser ese protector.
Y, casi sin evitarlo, Syaoran fijó sus ojos ámbares al artefacto que tenía encima para luego empezar a teclear. No pensaba mucho, tan sólo se dejaba llevar. Ya más adelante vería que resultado había dado aquello.
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"Capitulo 1: El encuentro.
La noche era húmeda y fría. Las calles vacías le daban un aire desértico a Londres, así como la niebla brindaba la falsa ilusión de ser un sitio fantasmal. Era una ciudad gris, aún por encima de los postes de luz que insistían en hacerse notar por medio de la inmensa oscuridad. Sin embargo; aquella noche de noviembre fue la más hermosa que James pudo recordar a lo largo de su vida, aún con los escasos siete años que tenía para el momento, y todo por la llegada de un nuevo ángel a quien pronto debía empezar a llamar "hermana", una dulcísima niña que respondía bajo el nombre de Fiore."
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Y así siguió durante unas horas más, dejando que las palabras fluyeran como hacía tanto no ocurría y permitiéndose a sí mismo el poder imaginar algo nuevo. Pasó así unas horas hasta que luego, por el cansancio, decidió guardar lo escrito para después poder ir a dormir.
