Hola de nuevo. Me disculpo enormemente por la demora. Les aviso de antemano que por estas semanas puede que me tarde en subir capítulos, pero haré lo más que pueda para subirlos lo antes posible. Sin más les dedico este, que va dedicado a ustedes con muchísimo cariño. Y les recomiendo que, para meterse más en la primera parte del capítulo, escuchen "Las Cuatro estaciones" de Vivaldi. Así puede que entren en mayor sintonía con la linda Sakura.
Sin más, me limitaré a desearles un Bon voyage ;)
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Capítulo 8: Regocijo. Las cuatro estaciones.
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La noche había caído horas atrás en la ciudad, sumiéndolos al bullicio de los autos en las calles, que se preparaban para retornar a sus hogares. Sakura miró por la ventana y una mueca de desagrado se dibujó en su rostro mientras observaba detenidamente como un el conductor de un Nissan tocaba la bocina, cómo si eso fuese a acelerar el tráfico. En el fondo, luego de ver eso, agradeció que Rika la arrastrase a los cursos de baile que daban cerca de dónde ellas vivían. Luego de sus sesiones la joven psicóloga tenía el hábito de des tensionar su cuerpo de la rutina por medio del baile. Y, dado que Sakura había retomado su empleo en Clow Corp. hacía no mucho (y estaba al borde de una crisis nerviosa por el estrés del trabajo acumulado) decidió que era una buena idea traerla consigo para que ella también tomase un respiro.
Por el momento parecía estar funcionando. Aunque fuese un taller de música muy variada, cómo era de esperarse un poco de Rika (siendo psicóloga), el baile en sí mismo terminó siendo una terapia: La idea no era de bailar como tal, sino de dejar el cuerpo moverse libremente al son de una música. Muchas veces, con los ojos cerrados, tomando consciencia así de su propio cuerpo, de la condición de los músculos y, así mismo, del son de la música. Sus variaciones y, cómo estas, marcaban pautas en el cuerpo y en su estado anímico.
Una vez empezó la clase, Sakura logró reconocer que la música escogida fue "Las cuatro estaciones" de Vivaldi. Y se sintió más tensa que nunca al notar como, a su alrededor, la gente empezó a moverse luego que el instructor (un psicólogo veterano que pasó varias décadas estudiando los secretos del arte y la danza) indicó que podían dar comienzo al taller. Ella no sabía del todo que hacer. Se encogió sobre sí misma viendo como Rika empezó a moverse, saltando al ritmo de la música, girando, marcando las notas con sus pies. Era algo extraño pero, por sobre todo, pareció feliz. Sakura tragó pesado y, levantando las tiesas ramas que tenía por brazos, cerró los ojos y dejó que el viento de la música soplara, arrastrando consigo las flores de cerezo de la "primavera". Sin embargo, dejarse llevar por la música no terminó siendo tan difícil como supuso en un principio. De alguna forma, Rika había acertado con lo que dijo: Al dejarse llevar por la música, teniendo los ojos cerrados, se tornaba más consciente de lo que señalaba la música y, por sobre todo, de las inclinaciones de su propia anatomía. Sintió el abdomen estirarse al echar la espalda hacia atrás y, al dar varios saltos o incluso girar, notó el trabajo de su cadera, de sus glúteos. De sus rodillas al flexionarse, de la punta de sus pies amortiguando la caída, de la pantorrilla estirándose y relajándose cuando ésta concluyó. Del movimiento de los brazos aleatorio pero elegante al aire, trazando dibujos en círculo. De los intervalos en los que tomaba aire y, antes de dejarse caer en una dirección, lo soltaba, todo en ese mismo orden.
La primavera era grácil como ella. Divertida, tenía casi un dinamismo infantil que le recordaba a la pequeña Sakura, dando saltitos y tumbos entre hojas y rocas mientras reía a carcajadas, bajo la luz del sol. Mientras la adulta giraba, podía ver en su mente a la niña corriendo camino a casa, ansiosa por ir a jugar y comer galletas con sus amigos en la tarde. La niña que disfrutaba en plenitud de jugar con Eriol, de llamar a Tomoyo, a Chiharu, a Yamazaki y, muy pronto en el grupo, a Hien. Cuán feliz era en ese momento…
…
¿Cómo pudo haberlo olvidado?
Se sorprendió al abrir los ojos en medio del baile y descubrirse a sí misma sonriendo con amplitud. Afortunadamente la sala era espaciosa, y no había riesgo que chocase con nadie. Estaba demasiado metida en el cuento, pero su cuerpo se vio obligado a hacer una pausa en cuanto Vivaldi, con su música, hizo lo mismo.
Y tras unos segundos, los violines dieron entrada al verano…
De alguna forma, al cerrar de nuevo los ojos y escuchar ese inicio tan tranquilo y trémulo, marcado sólo por unos pequeños pero elegantes pasos, recordó el comportamiento de su vecino de 309, Syaoran Li. Taciturno y reservado, de palabras discretas a los desconocidos, de mirada intensa y apariencia distante. Pero que…cuando se miraban a fondo esos profundos ojos como la miel, se descubriría una mirada muy interesante. Una mirada que reflejaba lo que su alma decía a voces. Una mirada que, según los recuerdos de Sakura, estuvieron acorde con los violines que empezaron a marcar un compás más acelerado y cada vez más fuerte. Más agudo y penetrante, llamativo como la mirada del mismo Syaoran y el brillo de sus ojos cuando lo hacía de forma abiertamente. Cálido y fuerte como el sol de verano…
Se ruborizó al pensar en eso y, al tornarse la música de nuevo suave, soltó un suspiro. Otro salto, flexión de rodillas para amortiguar la caída, inclinación del cuerpo hacia adelante al ponerse en pie. Un giro.
Hacía unos días había visto a Syaoran y habían conversado largo rato mientras compartían un café. Y aunque este sonriese más de seguido en frente de ella, había algo en la mirada de él que no podía sino llamarle más la atención: era la intensidad. No del pigmento, sino del reflejo de su alma en este. La mirada de Hien era normalmente viva, pícara y sutilmente cáustica, brindándole de alguna forma un semblante más foráneo y des tensionado. La mirada de Syaoran, por el contrario, era profunda y absorbente. Una mirada, de alguna forma, también melancólica, la mirada de un poeta observador. La mirada de alguien que ella deseaba escarbar en su pecho para descubrir el diamante que era su corazón, oculto en cimientos de carne y venas, solidificadas por el dolor y la pérdida.
Soltó un suspiro involuntario al detenerse, no por el baile, sino por lo que representó pensar en él. Quería verlo. Deseaba verlo y no podía explicar la alegría repentina que arremetió contra su vientre al pensar en su sonrisa…
Sacudió la cabeza, ruborizada al volver en sí y, cuando menos lo pensó, el otoño la tomó por sorpresa, haciéndola dar un respingo donde chocó con alguien:- lo siento- murmuró a modo de excusa. Y agradeció que esta fuese Rika, quien le respondió con una amable sonrisa.
-Descuida, linda- Sakura se encogió de hombros sonriendo y, cerrando los ojos nuevamente, se dejó llevar por la brisa inspiradora de esa música ligeramente más grácil. De alguna forma, la melodía del otoño era más relajada que la del verano, por lo que disfrutó más danzándola con movimientos aleatorios, guiados por los ritmos y las pausas. Su cabello, al ser tan corto, se le iba a los ojos, por lo que agradecía tenerlo cerrados. "Debí traer algo con qué sujetarlo" pensó para sus adentros. En un momento la música se tornó más lenta y alzó los brazos, casi visualizando como ese chico alto y atractivo de cabellos pardos y ojos más claros (el mismo que había robado sus pensamientos segundos atrás) le sonreía sólo a ella tomándola por el talle con firmeza mientras su otra mano tomaba la de ella y comenzaban a girar en ese vals íntimo. Casi podía sentirlo. Su calor, la textura de su ropa, el cómo la hizo girar en un momento para acercarla de nuevo a sí…su masculino perfume. "Syaoran…"
De nuevo sonrió. Aquella imagen la hizo muy feliz y, aunque no encontrase el otoño realmente tan poético como sucedía en las películas o evocaciones de libros, sí encontró mágico ese instante en su mente en el que bailaba así con él, bajo los árboles cuyas hojas anaranjadas iban cayendo sobre ellos. ¿Qué aquello no era normal entre las chicas? Fantasear. Y sonreír alegremente al hacerlo. Verse a sí mismas con ese chico que les…. ¿Qué le qué? Abrió los ojos abruptamente, deteniendo el baile, viendo durante una fracción de segundo el cómo se veían los demás bailando. ¿Qué acababa de pasar? ¿Por qué pensaba en eso? Afortunadamente la música se detuvo…
Se ruborizó de golpe, puesto que no estaba bien pensar eso, ¿O sí? La música del invierno fue, de entrada, tensa. Hien había muerto hacía poco más de medio año… y era normal que ella quisiese seguir con su vida. No podía quedarse por siempre llorando frente su tumba. Pero, por otro lado, la llenó de tristeza el pensar de nuevo en Syaoran. "No, él no me gusta" con más fuerza, retomó el baile, siendo éste un poco más dinámico en un principio, permitiéndole expulsar esa energía que, de momento, se había agolpado en su pecho. Y así, cuando la música volvió a ser más serena, dejó sus músculos relajarse luego de haberse endurecido tan de golpe. Su cuerpo, tras suspirar, se hizo uno con el viento invernal y, aunque no fuese adoradora del frío, de alguna forma le había tomado cariño a esa época en diciembre. Porque justamente en esa navidad fue que se dio la oportunidad de dar un paso al cambio y dejar de lado todos esos años de baja de autoestima, para comenzar de nuevo. Porque consiguió la fuerza para querer seguir adelante y, por sobre todo… porque pudo conocer a Syaoran, que consiguió hacer todo eso.
Habían quedado de verse de nuevo el fin de semana. De salir y eso la reconfortaba bastante. Estaba disfrutando mucho de su compañía y, por sobre todo, de hablar con él. Era un muchacho culto, inteligente y sumamente interesante.
Cuando la música se detuvo, se asombró a verse a sí misma sudando y agitada. Había estado tan contenta y tan ensimismada en la música que no percibió lo cansada que había quedado. Rika se acercó a ella, con una botella de agua en la mano.
-¿Y bien?- preguntó amablemente, y con cierto grado de emoción reflejado en el temblor vacilante de la comisura de sus labios:- ¿Te gustó?
Y ahí Sakura asintió con la cabeza, mostrando su emoción. Había sido una experiencia gratificante.
-Sí, creo que lo necesitaba. Gracias, Rika.
-De nada. ¡Oye, el viernes mi novio vendrá cenar! ¿Quieres venir? Estás más que invitada, querida Sakura.
-Oh, no, lo siento, Rika… quedé de verme con Syaoran…
-Bueno, el joven Li puede venir también. Será una cita doble entonces.
Ante la pronunciación de la palabra "cita" Sakura se sobresaltó, mirándola, enrojeciendo hasta el cuero cabelludo.
-¡No…no!- exclamó de ipso facto:- ¡Sya…Syaoran no es mi novio!
Rika Sasaki era psicóloga, no había que olvidar ese detalle, por lo que no le pasó desapercibida ninguna de las reacciones de la joven y sólo mostró una sonrisa amable, para dar a entender que no la molestaría más:- vale, entiendo. Es una lástima, pero supongo que querrás pasar tiempo a solas con él.
Sakura suspiró, relajando los músculos de los hombros para así devolverle la sonrisa:- Vale… gracias por entender:- aunque, muy inocentemente, pasó por alto lo sugerente que fue la frase "Pasar tiempo a solas con él".
Fueron a recoger sus cosas, tras secarse el sudor con las respectivas toallas y, agradeciendo que, para entonces, el tráfico había menguado, fueron por el carro de Rika. Ella misma lo miró con anhelo. Era un precioso Mitsubishi Colt en excelente estado, plateado, aunque se veía que llevaba cierto tiempo largo con ella (Su hermana mayor se lo ofreció cuando cambió de auto). Sakura había estado ahorrando luego de la muerte de Hien para ella comprarse su propio auto (puesto que el auto de Hien era de la empresa) y estaba próxima a tener suyo propio, muy pronto, cosa que la llenaba de orgullo y emoción. Ingresaron al vehículo y, luego de ponerse el cinturón de seguridad, empezaron a avanzar por las calles ya desérticas en casi su totalidad y prendieron la radio, para poner música más movida y actualizada que Vivaldi. Afortunadamente ya por ese mes la primavera se empezaba a ver en los árboles, en las calles, en el clima, en el cantar de las aves…
-Estoy emocionada…- dijo de repente Sakura, a lo que Rika ladeó ligeramente la cabeza hacia su dirección, dando a entender que la escuchaba:- Recibí ayer un email de mi hermano. Va a venir el próximo mes junto con Yukito. Su mejor amigo…el hermano de Yue, mi jefe. Estoy muy emocionada por verlos.
-Oh, ya veo- Rika soltó una amable y discreta risita:- Sería un placer inmenso conocerlos:- Sakura asintió.
-Yukito es un encanto de hombre. Es amable, gentil, caballeroso, atento y cocina muy bien- dijo, entusiasmada:- Y Touya… - su sonrisa se fue borrando:- bueno, él es alto… y trabajador- dijo, encogiéndose más de hombros, cosa que aumentó más la risa de Rika.
-Entiendo, será un placer conocerlos a ambos.
El camino siguió ameno entre ambas, mientras se detenían en un restaurante a comer, a hablar como dos amigas adultas que bien se entendían y luego se devolvieron juntas al edificio, dónde esta vez un muchacho joven las saludó en recepción. Un muchacho de mediana estatura, cabellos negros y ojos oscuros llamado Ken, y era el nieto de la señora Sakaichi. Éste clavó sus intensos orbes de tinta sobre Sakura, una mirada intensa que ella, olímpicamente, pasó por alto distraídamente. Subió junto con Rika y ambas, al llegar al piso de Sakura, se despidieron y emprendieron marcha cada una a sus respectivos domicilios. El clima, pese a no ser terriblemente frío, aún estaba algo fresco para su gusto, por lo que optó por prepararse una bebida caliente.
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Syaoran caminaba. Últimamente se le daba muy bien el hacerlo de seguido. Y, con una libreta en mano, estaba atento a cualquier cosa de su entorno que pudiese inspirarlo. De joven tenía esa costumbre que, con el tiempo fue soltando paulatinamente. Más aún con la llegada de Meiling a su vida. Y ahora, luego de estar un tiempo a solas tras la partida de Sakura, había tomado la decisión de dejar de lado ese estado de pesimismo estañador y hacer algo con su vida. Su "musa" no iba a alzarlo de nuevo, no escribiría por él y, mientras estuviese haciendo su vida con Brown, estaría lejos de pagar sus deudas. Pasó una mano por sus cabellos, echándolos para atrás, mirando en frente y tuvo la impulsiva necesidad de encender un cigarrillo. Él llevaba un par de años sin fumar, puesto que había comenzado a manchar su dentadura y a afectarle el ritmo respiratorio, cosa que le iba a perturbar bastante. Seguidamente suspiró, disfrutando de la limpieza de sus pulmones, y recordándose a sí mismo que debía mantener la calma. Todo parecía fluir bastante bien. Ya iba por el séptimo capítulo de Fiore y, de alguna manera, se sentía bien al seguir con esa historia.
James había crecido. Era ahora un muchacho de apellido ilustre cuya familia esperaba con ansias que él heredase lo que era el imperio financiero que había pertenecido a ellos durante generaciones. Sin embargo, su inminente atracción hacía su hermanastra, Fiore, se hacía cada días más intensa, evidente e irrefrenable, cosa que lo angustiaba porque, para entonces, oficialmente ella era presentada como su hermana de manera legal (llevaban inclusive el mismo apellido a esas alturas) y en esa parca sociedad del siglo XIX era terriblemente mal visto que alguien así se enamorase de su propia hermana. Temía que, por algo así, llegase a perder lo que sus abuelos habían construido por generaciones. Pero, al mismo tiempo no podía evitar sentirse exasperado ante la idea que ella fuese comprometida por conveniencia con un muchacho de noble familia de las afueras de la ciudad…
Sí, de alguna manera, le gustaba la forma que había empezado a tomar y, casualmente, en el libro, se detuvo en la parte que Fiore compartía espacio con James, deleitándose en conjunto con un delicioso café. Y justo él había quedado de verse con la mismísima Sakura al día siguiente, para tomarse un café…
Mordió su labio inferior, sintiéndose especialmente ansioso y, con las manos en los bolsillos de su gabardina, empezó a repiquetear con el índice derecho en el interior de uno de estos. Cada que pensaba en ella de esa manera no podía evita reprenderse al recordar a Hien, recordar la condición actual de ella, y la condición de lo que fue durante diez años. ¿Se habría sentido Hien de la misma manera para con ella en su momento? Ese deseo de verla. Esa voluntad de escuchar nuevamente su voz.
"Basta" se dijo a sí mismo tras fruncir por un instante sus pobladas cejas. Siguió andando y notaba con placer el cómo los árboles volvían a recuperar el color y las flores. Le agradaba la primavera, el pasaje por ese nuevo ciclo. Más aún en esa etapa de su vida en la que él mismo quería dar un nuevo comienzo a todo. Anduvo nuevamente por las calles de asfalto mientras mantenía la vista en alto, observando la rutina plasmadas en la calle sin mayor dificultad y, entonces, notó algo que le llamó mucho la atención. "Daidouji", la boutique resplandecía decorosamente con luces mientras unos fríos maniquíes le daban la bienvenida tras la vitrina, vestidos de manera elegante y exquisita, la nueva línea de primavera. Daidouji. ¿No era ese el apellido de la amiga de Sakura? Sintió curiosidad y, sin más, se acercó a éste pero detuvo sus pasos al reconocer la espalda de Eriol al otro lado del lugar, aparentemente en frente de una puerta. Miró la puerta de vidrio que, a esa hora, indicaba que habían cerrado. ¿Qué hacía entonces él ahí? Bueno, sabía ahora que su amigo gustaba de la joven diseñadora, pero no lo creía tan audaz como para ir a hacer algo inapropiado con ella, teniendo a Naoko por novia… ¿O sí?
Eriol guardaba las manos a sus espaldas, cosa que le gustaba ya que le daba una apariencia elegante. Pero, por igual, sujetaba estas y las removía de manera tensa, delatando sus nervios. Unos nervios que, por excelente, él nunca mostraba. Nunca. El aliento de Syaoran empañó la superficie del vidrio a causa de la proximidad de su rostro a éste pero, en cuanto Eriol se viró éste, en un acto reflejo, se ocultó, tensando la mandíbula, apretando los dientes en el acto. Tomó aire y prefirió partir de ahí antes de verse envuelto en algo que no le concernía y, sin más, pensó en más bien llamarlo en un rato y preguntarle, "casualmente" si todo estaba bien.
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Eriol miraba a Tomoyo inquietamente. Observaba sus largos cabellos negros, la blancura de su piel y, cómo era de esperarse, empezó a sentirse nervioso de nuevo. Ella salió de su oficina, como le había indicado cinco minutos atrás, vestida de la manera más radiante y elegante: un pantalón de dril entubado, más unas botas de cuero de tacón. Una camisa de botones de seda manda larga, de color amarillo pálido y una pañoleta negra alrededor del cuello. El cabello sujeto en una cola de caballo alta, con un broche de flor disimulado en su moño y, buscando sobre el perchero, una gabardina negra y larga, dándole una elegancia bastante europea. Tomoyo salió y, dedicándole una amable sonrisa, lo miró con sus ojos amatista.
-¿Está todo en orden Eriol?- éste dio un ligero e imperceptible respingo al escuchar su nombre en labios de ella.
-Claro, ¿Por qué no habría de estarlo, mi querida Tomoyo?
-Porque es extraño que aparezcas por estos lares sin avisar. ¿Ocurrió algo con Sakura o Li? – Eriol, retomando su apariencia serena y refinada, negó con la cabeza, mientras le ofrecía un brazo.
-Sólo quería disfrutar un rato de tu compañía. Me es muy placentera…- ante ese comentario, Tomoyo aceptó el brazo y le dedicó una sonrisa cortes aunque sin mirarlo a los ojos. Pero en sus mejillas se notaría un ligero rubor que sólo se manifestaba cuando Eriol estaba a solas con ella. Un rubor que, claramente Eriol había notado en numerosas ocasiones y… ¿Qué decir? ¡Le encantaba!
-Bueno pues…gracias, entonces- dijo ella en un murmullo, mientras abrían la puerta del local, y, tras cerrarla, emprendieron marcha por las calles casi vacías del lugar. No hablaron mucho, salvo que Eriol estaba interesado en los diseños que sacaría ella para la próxima línea masculina de primavera-verano. Tomoyo era una chica que amaba las estaciones. Aún si tuvo en algún momento la oportunidad de ir a sitios más tropicales, le gustaba mucho el ver todo a su alrededor cambiar constantemente. Se deleitaba y, al mismo tiempo, le inspiraba para nuevos diseños, apropiados para cada época. Tampoco le disgustaba el frío, pero le agradaba la proximidad que mantenía con ese hombre a su lado. Lo miró por el rabillo del ojo notó el perfil pulcramente definido del inglés. Recordaba como de entrada le había gustado. Fue un amor ipso facto. Y es que ella, desde muy niña, había guardado siempre una gran madurez y había sabido, con certeza, qué le gustaba y qué no.
"Es mi tipo de hombre" pensó con sólo verlo entrar al lugar. Atractivo físicamente, pero con aire intelectual. Refinado. Se veía que era caballeroso y educado. Vestía bien. Olía bien. Y, por sobre todo, guardaba una dulzura disimulada en el brillo cándido de sus serenos ojos grises. Siempre le gustó. Le había gustado desde que tenía memoria e, incluso con los años que él regresó a Inglaterra y ella siguió con sus estudios en su país, incluso si ella salió con otros hombres, y que al final, cuando volvió, se dio cuenta de lo difícil que era dejar de mirarlo. Incluso si él, ahora, tenía citas y compartía besos con Naoko. Suspiró, haciendo una mueca para sus adentros mientras seguían andando.
Y Eriol, que era tan observador como ella, lo notó pese a todo:- ¿Está todo en orden?
-¿Ah? Si, si, por supuesto- la muchacha recobró su postura elegante, febril y educada:- Ha sido un buen día. La noche es fresca y agradable. Aunque debo llegar pronto a la casa, para tener tiempo de bañarme y arreglarme.
Eriol lució desconcertado:- ¿Ah sí?- dijo en un murmullo tranquilo:- ¿Irás a algún lado?- Bueno, la muchacha tenía una vida ocupada y, por las noches, generalmente le gustaba estar tranquila. Por eso él quería aprovechar y, sorpresivamente, invitarla a un restaurante. Pero, para su mayor pasmo, Tomoyo le sonrió, devolviéndole la mirada.
-Si. Quedé de verme con Takeru Tanaka. Me invitó a cenar hoy- estaban llegando al estacionamiento donde guardaban ambos sus respectivos carros y, paulatinamente, Eriol fue borrando su sonrisa, tornándose ligeramente más serio, aunque no menos cortes.
-¿Takeru… Tanaka?- repitió.
-Sí, Takeru Tanaka… el muchacho hijo del dueño de la cadena de hoteles…
-Sí, sí, sí, se quién es el sujeto- Claro que lo sabía, por supuesto que lo sabía. Ese muchacho de su misma edad cuyo padre era amigo del suyo propio. Ese muchacho de pulcros modales, ropa elegante, caballerosa elegancia y, por sobre todo, sonrisa encantadora. ¿Cómo no saber quién era el condenado sujeto cuando, por educación, podía ser un condenado partido perfecto para cualquier dama de la sociedad?- Lo que yo no sabía era que tú lo conocías.
-Bueno… mi último evento fue en su hotel- contestó Tomoyo sin miramientos, alzando tranquilamente los hombros. Reconoció donde estaba su carro y sacó las llaves de éste, desactivando la alarma- un muchacho muy interesante, válgame decir. Educado y tiene una belleza particular. Nos divertimos hablando largo rato en el anterior desfile.
Pero Eriol, de alguna forma, sentía que le hubiesen arrebatado el aliento de golpe. Se detuvo incluso, pero Tomoyo no notó la diferencia, pues ella, en ese momento, pensó en dirigirse hacia su auto. Eriol intentó atar cabos y, aunque no fuese el tipo de hombre que armase escándalo, claramente no le había gustado mucho esa noticia. Aunque bueno, él era un hombre con novia, visiblemente no sería la primera opción de ella como pareja. Pero no se le pasó que, por ese momento, ella podría estar considerando salir con alguien más, alguien que, sin saber si reír o llorar, conocía y era un excelente partido.
Algo en su interior emergió, haciendo click. Algo en su interior brotó, como si una bestia interna alzase la cabeza y crispara los vellos de su espalda, altivo. Pero su rostro no mudó en absoluto sino que, por el contrario, continuó apacible y sólo varió en el ligero semblante de su rostro.
-Oh…-dijo- Entiendo…- guardó silencio, para así tragar pesado, y acto seguido mostrarle una sonrisa abierta y despreocupada:- Vale entonces…que te diviertas…- y se acercó, para besar la mejilla de ella. Tomoyo se sintió algo decepcionada por eso último, por la manera tan tranquila que él aceptó que ella saliese con otros. Pero una parte de sí suspiró, pensando que quizás así era mejor. Le sonrió de vuelta, mostrándose tranquila por igual.
-Seguro. Nos hablaremos mañana.
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Viernes. Llovía a cántaros. Una lluvia que Syaoran veía desde la ventana de su casa, abrigándose con un suéter color verde oscuro, acompañado por un pantalón de dril beige. A él no solía afectarle el frío pero debía reconocer que ese día en particular la humedad del ambiente hacía que se sintiera sensible frente a este. El cielo se veía completamente nublado y solo el verde de un árbol frente a su ventana podía hacer la diferencia en ese paisaje monocromático y devastado. Una parte de si lamentaba un poco el haber tenido que cancelar la cita con Sakura esa tarde, pues las calles estaban inundadas, pero sonrió para sus adentros cuando ella le dijo que no había ningún problema. Que ella lo invitaba a pasar la tarde en su casa. Ahora, Syaoran se sentía nervioso. Miró al suelo y notó la alfombra bajo sus pies. Estaría sola, en la casa de ella. Y aunque él no fuese del tipo de hombre enamoradizo y lanzado, o que sintiese fácilmente debilidad hacia la carne femenina, debía aceptar que Sakura despertaba en él algo. Una enorme fascinación y constaba por los numerosos retratos escritos que había hecho de ella a los largo de las últimas semanas. Fiore lo sabía. Fiore era su confidente en esa situación.
Pero no, no. No podía basar sus sentires a base de un personaje de una historia hecha por el ocio. Eso no significaba nada, se dijo. Además que había pasado medio año desde la muerte de Hien. Un poco más, inclusive. Suspiró, llevando una mano a su rostro, restregándolo por un momento, puesto que cada que pensaba en eso, aún si ya había entendido la frase, aún no asimilaba el hecho. Era su hermano, después de todo. Sangre de su sangre. Un ser que, antaño, fueron el mismo, que compartieron vientre materno durante nueve meses, cuyos corazones se habituaron a latir al mismo ritmo. Y Sakura, le gustase o no, estuvo con él. Lo eligió a él desde el principio, desde hace diez largos años. Toda una adolescencia juntos, todo un único novio. Era ridículo ver su relación con Meiling, tan corta pero intensa, intentado hacerle frente a eso.
Regresando a la sala, recordó los meses posteriores en los que conoció a Sakura, la muchacha de largo cabello enmarañado cuyas bajas de autoestima la estaban llevando al borde de la locura. Y entonces, como escritor que era (tendiendo siempre a ser algo más observador) no pudo evitar el plantearse: Si Sakura fue tan feliz con Hien durante esos años, ¿Por qué pasó por todas esas crisis existenciales por su figura? De haber sido Hien un buen novio, habría notado (y, ante todo, tratado) todo ese tema personal que manejaba su novia, ¿No?
Sacudió la cabeza, mirando la hora en su reloj y notando que debería ir saliendo en dirección al 308. Rayos, no llamó a Eriol. Pensaba desde hacía un buen rato en llamar a preguntarle si "todo estaba en orden" pero el pensar tanto en la casa de Sakura lo hizo divagar un poco sobre lo que hacía. Se dirigió a la salida y, al hacerlo, no olvidó tomar entre manos el libro Claro de luna que acababa de ser autografiado, a petición de la misma Sakura a lo largo de esa semana.
Sin más se encaminó hasta la salida tras tomar sus llaves y, acto seguido, salió, cerrando la puerta con llave para así ir directamente al apartamento contiguo. Sakura no tardó en ir a abrir la puerta. Tenía los cabellos algo alborotados, delatando que hacia no mucho acababa de tomar una ducha, pero no por ello lucía menos adorable. Ya era un hecho, para Syaoran, el aceptar que esos ojos (más aún cuando sonreía) tenían la abierta capacidad de robarle los pensamientos por varios minutos.
-¡Syaoran!- la joven salió, contenta de verlo nuevamente:- ven, pasa, pasa.
-Toma- le tendió el libro, manteniendo aún esa postura sobria, tan característica de él. Sakura, por su lado, fue la que se emocionó, recibiéndolo.
-¡Vaya! ¡Gracias!- lo abrió y los músculos de su rostro parecieron más flexibles al componer una amplia sonrisa, una sonrisa que se fue suavizando paulatinamente al leer afinada lo que Syaoran, con tinta negra, grabó en la página blanca (la primera del libro): "Para la flor de Cerezo. Cuyo precioso lirismo llena de versos el resplandor de la primavera, y la caricia de sus pétalos impregnan de inspiración el alma de los poetas. Que estas páginas se bañen de suspiros y se ganen la contemplación más exquisita de esas refulgentes esmeraldas de mujer. Disfrútalo. Syaoran".
Sakura sintió sus mejillas arder momentáneamente. El apretar los labios fue una muestra patente de lo que era la manifestación de sus nervios y, por igual, de la alegría que emergió de su interior al leer esas palabras. "Esas refulgentes esmeraldas de mujer". Que linda manera de evocar sus ojos. Alzó la vista y notó como Syaoran la miraba detenidamente y, aunque su rostro no mostraba mayor expresión, su mirada era vacilante, como quien espera de alguna forma un comentario al respecto. Sakura conservaba aún sobre su rostro la suave sonrisa y, al percibir su ambarina mirada, sus propios ojos verdes se tornaron más cálidos.
-Que linda dedicatoria…-manifestó- tienes realmente un don con la prosa…- cerró el libro y lo abrazó contra su pecho, bajando la mirada tímidamente, mientras seguía sonriendo:- ¿Te gustan mucho las esmeraldas?- indagó mientras emprendía marcha al interior del apartamento, indicándole seguidamente al joven escritor que podía sentarse en el sofá mientras tanto.
-Sí, me gustan. Puesto que tienen mi color predilecto- contestó Syaoran, quien echaba un vistazo discreto a su alrededor, apreciando lo bonita que podía ser esa casa sin estar inundada. La alfombra se notaba que era nueva, puesto que con el agua seguramente se dañó la otra. Era de un discreto color beige, muy similar al de las paredes. Cómo hacia no mucho se había mudado, la joven sólo tenía un sofá grande forrado de cuero que sobrevivió a la inundación y, frente ese sofá había una mesita de madera, con grabados de flores entrelazadas en todos los bordes. De alguna forma, esa mesita le recordó a Syaoran aquella que tenían en la casa de sus padres cuando Hien y él eran niños. El sofá daba de frente a la inmensa ventana, de cortinas doradas, abiertas de par en par. El dosel era de madera, seguramente cedro negro, así como el de su propio apartamento. Y la ventana abarcaba la vista de parte de la ciudad, sumergida en un laberinto de altos árboles y edificios.
Sakura dejó el libro sobre la mesita y se dirigió camino a la alacena, buscando algo:- Tengo un lindo collar de esmeraldas, Tomoyo me lo regaló de cumpleaños hace un par de años- le comentó, dándole la espalda, empinándose para alcanzar unos tres paquetes que reposaban en lo alto:- Ella viaja mucho por el tema de sus desfiles. A China…a Italia, a España…a Francia…a Inglaterra…Australia…Estados Unidos, Brasil…ah…- tuvo que dar un saltico para lograr asir entre sus dedos esos paquetes:- Estuvo en México hace un año. Y en Argentina hace seis meses. Ese collar de esmeraldas lo trajo de un viaje que tuvo a Colombia en esa época.
Syaoran arqueó las cejas, ligeramente asombrado al respecto. Y le fascinó al mismo tiempo escuchar eso puesto que, como escritor, como autor, le atraía mucho la idea de viajar, de conocer varios lugares alrededor del mundo. Ver con sus propios ojos el Big Ben, la torre Eiffel. Deleitarse con las obras del Louvre, adentrarse a los confines de la Capilla Sixtina. Ver las pirámides Aztecas, y las pirámides egipcias. Las cataratas del Niagara, y el cañón de Colorado. Todo. Todo y mucho más, para plasmarlo en páginas y páginas de sus libros. Ir a Alemania, conocer el Taj Mahal tras visitar India. Incluso el país donde residía. Viajar y conocer la cultura y los diferentes pueblos y ciudades de Japón.
-Vaya…-Sakura rio al ver su expresión de asombro, abriendo la bolsa que parecía tener varias bolsas de café y, al igual que las imágenes de sus pensamientos, ese café era también internacional.
-Bueno, tú dime… ¿Café de Etiopía, colombiano o italiano?
Syaoran soltó una risita, desviando la vista mientras negaba con la cabeza, cómo quien dice "no tienes remedio" y murmuró un discreto:- ¿Hay algo en esa casa que sea nacional?- Sakura se encogió de hombros.
-¿Todo lo demás?- se aventuró a decir también entre risas la joven. Syaoran le dedicó una mirada enternecida, mientras reía a su vez.
-Dame el menos fuerte- pidió entonces, referente al café. Sakura asintió, sacando la bolsa de café apropiado, dirigiéndose de nuevo a la cocina.
-En estos días le pediré a Eriol que haga de nuevo su borsch ruso. Tiene un sabor muy particular, pero me gusta. Así comeremos algo diferente y compartiremos entre amigos.
-Claro. Porque de seguro no hay nada más común que vivir en Japón y pedirle a un inglés que te haga comida rusa.
-Syaoran.
-¿Qué?
Cuando menos lo hubo creído, un indomable trapo de cocina atravesó los aires y se impactó contra su rostro, sostenido por las mutuas carcajadas de ambos, a son de broma. Syaoran recuperó el trozo de tela y se la devolvió a la joven castaña, mientras él mismo se incorporaba y se dirigía por igual a la cocina. Al haber dejado los zapatos en la entrada del recinto, sentía con mucha claridad la textura de la alfombra bajo sus calcetines. La cocina era muy similar a la de su propio apartamento, salvo que esta se veía claramente que era limpiada con mayor frecuencia y que tenía en su interior más comida. Sakura terminaba de hervir el agua del café, dándole la espalda al muchacho.
-Planeaba hacerte un pastel, pero llegaste antes y yo misma salí un poco tarde del trabajo, lo siento.
Syaoran miró a su alrededor nuevamente y su mirada se detuvo en la estrecha cintura de ella, que aclamaba porque la abrazara por detrás, pensamiento que lo llevó a ruborizarse de nuevo y, al su vez, a recriminarse: primero, por no hacerlo; y después por pensar en hacerlo. Desvió la vista nerviosamente, llevando la mano a su nuca.
-Eh…si quieres podemos hacerlo ya- Sakura detuvo lo que hacía para mirarlo con extrañeza.
-¿Ya? ¿Aquí mismo?- Syaoran se encogió de hombros, frunciendo ligeramente a causa de la vergüenza que aspiraba disimular.
-Pues sí, ¿Por qué no? Es decir, estamos los dos solos, y nuestros planes se vieron cancelados por la tormenta. Además, hace rato que no hago un pastel…- abrió la nevera discretamente:- ¿Te pasó los huevos?- sugirió, para luego guardar silencio y alzar la cabeza, mirándola:- ¿Necesitas huevos, no?
Sakura rio, suavizando su expresión y se ruborizó, encontrándolo sumamente atractivo. Recordó cuando cocinaba con Hien, aunque generalmente él era un desastre para eso. Pero luego, a los minutos, descubrió como, nuevamente, Syaoran demostró ser el caso contrario de eso. Syaoran si parecía amar la cocina. Y le iba bien por igual.
-No lo entiendo…-dijo Sakura al cabo de un momento, mientras enjugaba sus manos en agua en lo que Syaoran batía la mezcla del pastel con experticia:- Si sabes cocinar, ¿Por qué comías así de mal cuando estuve en tu casa?
Un tenue rubor cubrió las mejillas de Syaoran, batiendo aún la mezcla y, dándole la espalda aún, se encogió de hombros muy ligeramente:- tú has conocido lo que es la depresión…-le recordó con voz ronca. Y Sakura entendió, sintiendo un amargo sabor en la boca muy repentinamente. Seguido de un vuelco en su estómago poco placentero.
-Oh…- pareció tornarse más fría, en lo que secaba sus manos con una toalla tras cerrar el grifo y, luego, le pasaba el recipiente donde debían poner la mezcla para ingresarla al horno de una vez. Y después de eso un silencio incómodo se implantó, uno que les hizo ser conscientes del repiqueteo de las gotas de lluvia contra el cristal de la ventana, des frío de las afueras, de esa sensación primaveral que los llenaba de más humedad, flores y cantos de aves. Syaoran la miró por el rabillo del ojo un momento, en lo que vertía la mezcla en dicho recipiente para hornear.
-Bueno… todo ha mejorado desde entonces…-le sonrió, en busca de ser agradable de nuevo:- me nace cocinar de nuevo ahora…
Sakura no entendió la indirecta al respecto, pero sólo suspiró, suavizando sus facciones, dejándola ver como una muñeca nuevamente. Delgada y alta, elegante. Largas pestañas que enmarcaban unos ojos grandes y expresivos. Unos labios que, como tantas veces había pensado en el pasado, parecían plasmados en un lienzo por medio de finas pinceladas. Y su bondad era algo que, sin lugar a dudas, atrajo de sobremanera la atención del escritor. Sakura alzó la vista y se topó con que estaban peligrosamente cerca el uno del otro. Y al percibir esos penetrantes ojos ámbares fijarse en los suyos, su respiración se cortó un momento de golpe, ruborizándose. Había visto millones de veces ese rostro acercarse al suyo, para recibir un beso, salvo que ese rostro era el de Hien. Pero lo que realmente hizo a sus rodillas vacilar fue la intensidad y, ante todo, profundidad de esa mirada dorada. Esa mirada tan trasparente y, a su vez, tan indescifrable. Esa mirada que abarcaba el brillo de la juventud gloriosa y la sabiduría de los versos más antiguos.
Aclarándose la garganta, la muchacha desvió la vista y, tras encender el horno integró el recipiente en este tras esperar varios minutos para que calentara. Al virarse y verlo, Sakura recordó las clases de baile que estuvo con Rika esa semana, y recordó cómo bailaba junto al muchacho, bajo el resplandor incandescente de las frías hojas de otoño, que caían al son del venidero viento helado de invierno. ¿Él la abrazaría para protegerla de ese frío? Se ruborizó aún más de sólo pensarlo. Y, aclarándose nuevamente la garganta, se viró hacia el vestíbulo, donde observó detenidamente el frío sofá vacío, forrado en ese cuero negro.
-Vamos a sentarnos…-sugirió a lo que Syaoran, sin parar de mirarla, sólo asintió con la cabeza, obedeciendo.
Resultaba arrullador estar ahí, sentados juntos en ese estrecho sofá, observando el baile de las cristalinas gotas de agua que empañaban el vidrio, y bailoteaban sin dirección alguna sobre esa fría superficie. El cielo nublado inspiraba a meterse bajo las cobijas y a beber ese café que pronto estaría listo. Syaoran estaba sentado en dirección a ella, mirándola fijamente, pensando para sus adentros y quizás, agregar una escena por el estilo sería exquisito para la historia de Fiore. Sería una tarde lluviosa en Londres, en la que sencillamente charlarían. Compartirían pensamientos líricos. James mordiéndose discretamente el labio inferior, deseoso de finiquitar esa conversación con un beso (aunque, sin darse cuenta, el mismo Syaoran mimaba aquél pequeño acto en ese instante). Fiore (Sakura) tenía la vista fija en la ventana, de un aire meditabundo e interesante. Y cuando viró el rostro hacia él nuevamente, Syaoran sintió atravesar su mente los versos de Víctor Hugo, "Me lanzó una mirada suprema que fulgura en la beldad vencida que cede a la pasión".
-¿Qué piensas?- la voz de ella lo trajo de nuevo a la realidad y ella misma viró el cuerpo de tal forma que le resultó más fácil mirarlo de frente. Syaoran se ruborizó, distrayéndose momentáneamente de sus pensamientos y llevó una mano a su boca, fingiendo que tosía.
-Emmm… nada en particular.- Sakura lució desconcertada, pero prefirió no insistir al respecto, si él no quería hablar.
-Pronto tendré una visita muy esperada. Uno de ellos es el hermano mellizo de mi jefe. Pero, aunque Yue no acepte que está emocionado por ver de nuevo a Yukito, se le puede ver sus ojos brillando de manera sutil cada que habla al respecto.
-¿Yukito?- repitió Syaoran, arqueando las cejas con vago interés, aunque demostrando claramente que escuchaba.
-Si- Sakura rio- pero ellos, pese a ser hermano, no se parecen en nada, a diferencia de Hien y tú. Cuando era mucho más pequeña, me gustaba Yukito. Lo consideraba una especie de príncipe- Syaoran enarcó una ceja.
-Un príncipe…- repitió.
-Si bueno…ya sabes cómo son las niñas pequeñas- se incorporó:- ¿Quieres una copa, mientras esperamos lo demás?- Syaoran sonrió ligeramente de vuelta.
-Por favor.
Pero al incorporarse, la joven no percibió que el zapato de Syaoran estaba justo pegado a su pie, provocando que se tropezara. A punto de caer, Syaoran reaccionó, sujetándola, provocando que cayera nuevamente en el sofá, aunque muy pegada a él.
-Ay.
-¿Estás bien?
Sakura alzó el rostro y contuvo el aliento al sentir como sus ojos conectaron directamente con esos ojos ambarinos y, por sobre todo, como su aliento chocó contra el de él ante la cercanía, y como la mano de él aún sujetada su talle por la caída. De ipso facto su cuerpo entero comenzó a hormiguear y de repente sintió como el baile de otoño se desvanecía en su mente, transformándose en el resultado de esa cercanía. El corazón empezó a responder, por igual ante la cercanía, batiéndose dolorosa y desbocadamente contra su diafragma. Oh, Dios, Syaoran olía tan bien. Y, por sobre todo, su mano…la sujetaba con una firmeza…con una seguridad que Hien no manejó en el pasado nunca.
-Si… -susurró sin aliento. Y Syaoran se estremeció por igual. ¿A qué sabría Sakura? ¿A qué sabrían los labios de tan dulcísima niña? ¿Sabrían igual de dulces que su dueña? No hubo tiempo para nada más, puesto que el momento era ahí. Y sin saber quién de los dos dio el primer paso, sus labios se rozaron con una exquisitez aterciopelada, con la delicadeza de quien besa a una dulce y hermosa princesa. Aunque fuera un beso suave, Sakura sintió el cuerpo entero hormiguearle, pero pronto suspiró, relajando su postura, correspondiéndole más, tornando por igual el beso menos superfluo.
Y quiso reír. Quiso gritar, saltar, llorar. Y luego, nuevamente reír. Compartían poesía y eso, en la mente de un escritor, era el deleite en su más puro estado. ¿Hien la habría besado así?... ¿Sentiría ella lo mismo que con los besos de Hien?
Pero al pensar en su hermano, la ilusión se rompió, como quien impacta una piedra contra un vidrio endeble, descomponiéndolo en millones de fragmentos. Y sacudió su espíritu elevado, obligándolo a separarse, mirándola con los ojos como platos. La realidad de pavoneó en frente de él en forma de un mortífero tango, virándose, y devolviéndole la vista recordándole lo siguiente: Él, Syaoran, era total, afirmativa y absolutamente idéntico a su gemelo Hien Li y todos y cada uno de sus aspectos físicos… excepto en sus ojos, que claramente no se verían en medio de un beso.
Sakura seguía disfrutando un poco del momento, de la intimidad. Pero cuando abrió los ojos para dedicarle una amable sonrisa, su expresión se vio transformada en una de extrañeza al ver la mirada más distante de él. Este se incorporó.
-¿Syaoran?
-No voy a ser tu reemplazo de Hien-y antes de siquiera escuchar la voz de Sakura de vuelta, son probar el pastel ni nada más, el muchacho fue a buscar sus zapatos, partiendo a su departamento. Y Sakura, sentada en el sofá sólo se quedó mirando la puerta, con los ojos abiertos de par en par, los labios rojos al igual que sus mejillas y el profundo desconcierto grabado en sus ojos verdes. En la cocina, un silbido sonó. El café estaba listo.
