¡Hola! ¿Cómo les va? Les llego por fin con un nuevo capítulo. De nuevo, muchas gracias por la paciencia, de verdad, y por sus comentarios. Me motiva mucho a seguir saber que les está gustando. Este capítulo, como verán, es un poco mas "light" que los otros, pero es tan sólo un preámbulo de que ya se acerca lo que tanto esperan ;). Les mando un beso y muchas gracias por todo su apoyo.

.

.

Capítulo 13: Recuerdos. Editando páginas.

.

.

La mañana era fresca en Japón ese día. El cielo se veía de un azul muy intenso, apenas acompañado por la imagen de fugitivas nubes que intentaban plasmarse en éste en diferentes formas consistentes. El sol apenas se asomaba a esas horas de la mañana, pero la sensación húmeda en el aire delataba que sería un día caluroso. Syaoran suspiró, terminando de revisar la mochila que llevaba ese día, haciendo un repaso mental de lo que había empacado únicamente con el fin de confirmar que no le faltaba nada. Libros de Hemingway, ya. Cepillo de dientes, ya. Cuaderno de apuntes, ya. Algunos onigiris para el camino, ya. Agua. Le había faltado empacar la botella de agua. El muchacho se viró entonces, dirigiéndose a una alacena en la cocina de su casa y rápidamente encontró su termo: uno grande, metálico, idéntico al de su hermano, con la diferencia que el de Hien tenía la tapa roja, mientras el suyo resplandecía con una tapa verde. Syaoran lo tomó, sintiendo su frío tacto, el cual pasó una vez lo hubo mojado un poco para lavarlo. Seguidamente lo llenó con agua cristalina, y lo puso junto a sus demás cosas en el morral que colgaba de su hombro.

Syaoran a los diecisiete años ya había empezado esa etapa de crecimiento que le era seguida a un estirón abrupto, y aunque su cuerpo se veía ya como el de un hombre bien formado, su rostro seguía pareciendo joven y fresco, como el de un niño. Con las tupidas cejas, los ojos claros, el cabello que para entonces lo portaba ligeramente más largo (rozando las espesas pestañas negras que tenía) y había crecido hasta principios de su cuello, curveándose hacia arriba en la zona de la nuca. Tenía que pasar constantemente la mano por éste para despejar su rostro y poder ver mejor. Sin embargo, pese a eso, se encontraba muy bien vestido: con un jean oscuros, una camisa abierta de botones a cuadros negros y rojos, y bajo esta una playera negra básica. Inspiraba una apariencia fresca y adolescente.

En lo que salía de la cocina para tomar camino por la puerta trasera, sacó del bolsillo de su pantalón una descuidada cajetilla de cigarrillos, se puso uno entre los dedos y, tras haber sacado también el mechero, lo prendió mientras lo llevaba a su boca, aspirando y soplando de vuelta en pequeños intervalos hasta que éste ya había comenzado a humear por su cuenta. Guardó todo de vuelta, con el cigarrillo entre los dedos y dio un largo resoplido cansino, sintiendo el sabor del humo en su boca. Lo cierto era que a él no le producía especial gusto fumar. De hecho, encontraba que sabía feo; pero luego de hacerlo durante cierto tiempo, más por moda de sus amigos que por iniciativa propia, había conseguido encontrar en ello un deleite. Sobre todo, en los momentos de gran ansiedad. Pronto salió de su casa (una grande, de dos pisos y amplios jardines) cuya parte trasera daba camino a uno de sus lugares favoritos en toda la ciudad: el mirador. Un espacio donde los cuatro elementos coexistían en armonía para demostrarle al mundo que, si más allá de ellos mismos realmente había una entidad divina movilizando todo, ésta sin duda se vería reflejada en uno de esos lugares sagrados. Al ser una ciudad costera, recibían mucho el fuego del sol. Pero en el mirador, además, podía estar rodeado de una vegetación exquisita, sentir las caricias del viento mientras, a su vez, contemplaba la magnificencia del mar. Fuego, Tierra, Aire y Agua en un mismo espacio. Perfección.

Podía gastar horas enteras simplemente sentado mientras contemplaba todo con su mirada profunda y distante expresión que sólo pueden llevar consigo aquellos que se han enamorado de la vida. En otras ocasiones disfrutaba de leer y, en unas no menos contadas, de escribir. Y amaba salir por la parte trasera de su casa por dos motivos muy sensatos: el primero era que no tendría que responder preguntas sobre a donde iría y la segunda, pero tal vez la más importante, … era el camino más próximo también.

Sin embargo, cuando salió de ahí, todo se imaginó Syaoran menos que sentado en la mesa veraniega dónde a veces comían los fines de semana estaría su hermano Hien, supremamente concentrado con un montón de papeles al frente de sí (algunos ya tachados y arrugados, otros vacíos y lisos), mientras mordisqueaba distraídamente la punta del lapicero que llevaba en la mano. Hien, a diferencia de Syaoran, solía ser mucho más relajado con su apariencia cosa que encontraba normal, ya que el que se suponía que heredaría la compañía de su padre sería Syaoran, el gemelo mayor. Por ende, era él quien debía tener siempre la buena apariencia, y desde pequeños les enseñaron eso. Por ello, Hien portaba despreocupadamente un jean azul desgastado con algunos rotos en la zona de las rodillas, una camiseta negra de los Guns N Roses y botas altas de suela militar en tono beige. El cabello castaño lo llevaba tan sólo un poco más corto que Syaoran en la zona de la nuca, aunque en el flequillo si parecía algo largo, permitiéndose llevarlo un poco ladeado. No obstante, en ese momento se veía tan desordenado que era obvio que Hien debió haber pasado la mano por éste una y otra vez los minutos previos a su llegada.

Syaoran parpadeó, desconcertado, deteniéndose un momento- ¿Hien? – lo llamó. Y el aludido dio un respingo, volviendo bruscamente en sí. Una vez alzó sus ojos negros y reconoció los claros de Syaoran, sonrió volviendo a adoptar esa expresión afable y despreocupada que lo caracterizaba tanto.

-Ah, Syaoran, hola. Me asustaste.

- ¿Por qué habría de asustarte?

-Nada, sólo andaba distraído. – reconoció Hien, encogiéndose ligeramente de hombros mientras volvía a concentrarse en los papeles que tenía al frente. Syaoran se sintió algo curioso y se acercó a él para ver en qué trabajaba, aunque Hien lo detuvo de golpe, alzando la cabeza ligeramente mal encarado- Ah no, si te vas a acercar apaga esa horrible cosa, ¿Vale? Sabes que odio el olor a cigarrillo y eso queda pegado en la ropa por horas, ¿Entiendes? ¡Horas!

Syaoran amagó una sonrisa, llevando el cigarrillo a la boca y dar una inspiración larga, antes de dejarlo caer al suelo y apagarlo con el pie. Soltó una bocanada de humo y ya se inclinó sobre su hermano, apoyando las manos en la mesa veraniega mientras Hien lo miraba mal. Syaoran, quien seguía sonriendo ligeramente, enarcó ambas cejas ante esa expresión.

- ¿Qué? Ya lo boté, no me mires así.

-Es un vicio horrible, Syaoran, y lo sabes. – ante esa réplica, el aludido rodó los ojos.

-No empieces…

-Sabes que es verdad, deberías dejarlo.

-Tú deberías vestirte mejor y no te digo nada, hermano.

-Ja-ja- soltó Hien fingidamente mientras lo seguía mirando con marcado reproche- Hablo en serio. Se ve feo, huele feo, sabe feo, daña los pulmones tuyos y de quien lo huele, mancha los dientes…- empezó a enumerar el castaño de ojos oscuros, en lo que Syaoran rodó los suyos una vez más y, soltando una risita divertida, se abrió paso sentándose al lado de Hien.

-Bueno, ¿En qué andas? – por su parte no le negó que tenía razón, porque sabía que la tenía. Tal vez si iba siendo hora de considerar dejar el cigarrillo. Pero por lo pronto, miraba a Hien con franca curiosidad, esperando ser partícipe de lo que estaba haciendo. Hien relajó la postura otra vez, volviendo a lucir más afable, mientras se concentraba nuevamente en su trabajo.

-Bueno… - terció una mueca ligeramente incómoda. Hien era de esas personas poco expresivas si se trataba de detalles cariñosos, pero era muy elocuente y extrovertido, motivo por el cual le era fácil comunicar así fuera con las solas expresiones de su rostro- … Eso de ser poeta es algo difícil, ¿Sabes?

Syaoran arqueó ambas cejas con divertida sobriedad.

-Vaya, ¿Quién lo habría pensado? – dijo con cierto dejo de sarcasmo que al parecer Hien no captó de inmediato.

- ¡Lo sé! - Hien pasó la mano impacientemente por sus cabellos castaños, revolviéndolos otro poco en el proceso en lo que sus ojos de ónice se concentraban en la hoja al frente suyo- Llevo horas pensando qué escribir, pero no se me ocurre gran cosa.

-Bueno, podrías escribir cualquier cosa, no tiene que ser algo que necesariamente rime. -propuso Syaoran discreta y frugalmente, encogiéndose un poco de hombros, ganándose la mirada incrédula de su hermano gemelo.

-Si, claro, seguro no se me ocurrió antes. – llegó el turno de Hien de responder con sarcasmo. Syaoran lo miró mal no apreciando mucho eso, aunque luego Hien suspiró, suavizando su mirada- Ya lo intenté, ¿Vale? No es …tan fácil escribirle algo a alguien y que suene bonito. – el muchacho miró a Syaoran por el rabillo del ojo con una expresión sugerente y éste, entendiendo, se acomodó mejor sobre la silla y tomó una de las hojas en blanco para ponerla en frente de sí mismo.

Sacó un bolígrafo de su propia mochila, pues no le apetecía tomar el que Hien llevaba mordisqueando un rato. Osciló un momento hasta que se detuvo, pensando en que no sabía a quién iba dirigida la carta, en primer lugar. Alzó el rostro y, con un movimiento discreto, se acomodó su cabello castaño para que le despejara los ojos ambarinos.

-Bueno, ¿Ésta para quién va? – no era la primera vez que le hacía el favor. Hien se ruborizó, apartando la mirada en lo que se hacía un poco el desentendido.

-Ya sabes… la chica de la otra vez.

- ¿La literata? -Syaoran compuso una sonrisa en un gesto de gentil burla, pero Hien pareció un poco tenso ante eso. Era raro verlo tenso- No sé, llegaste a salir con varias chicas antes de realmente interesarte en establecer algo serio con ella, no está demás que pregun...

-Si, si, es la literata. -interrumpió Hien, para luego suspirar. Lucía en cierta medida despreocupado lo cual, a su apariencia, le daba una imagen febril y llegadora. Pero lo cierto era que estaba concentrado en ver qué escribiría Syaoran sobre la hoja.

Éste compuso una sonrisa tranquila, mientras empezaba a escribir algo con una hermosa caligrafía y excelente ortografía. Hien frunció el ceño.

- ¿Qué es eso? Sabes que podrías escribir algo mejor.

-A ver… ¿Cuántos años me dijiste la otra vez que tenía ella?

-Catorce.

-Catorce. -repitió Syaoran- No creo que una niña de catorce años vaya a fijarse mucho en qué tan estilizado eres, ¿No lo crees?- pero ante esa declaración, Hien frunció el ceño.

-No sabes de qué hablas. – terció- Ella es brillante, inventiva, creativa. Interesante. Tiene un nivel de cultura admirable y escribe excelente. Es difícil escribirle algo bonito a alguien que escribe… ¡Hermoso!

Syaoran miró a su hermano por el rabillo del ojo y compuso una sonrisa burlona y amable, mientras arqueaba ambas cejas- Si es tan culta, ¿Qué fue lo que vio en ti? – le dijo con un gesto socarrón. Y Hien se ruborizó fuertemente, fulminándolo con la mirada.

-Cállate. – le dijo con dureza. Syaoran rio y, relajadamente, volvió a escribir otra cosa, que iniciaba con un "Para la dama que pinta suspiros en cada sonrisa de mi alma…" .

-Vale, no tienes porqué tomártelo a la defensiva. Es más, deberías presentarla. Si es tan culta como dices, me gustaría conocerla.

-Tú ya la conoces. – se apresuró a contestar el gemelo menor, ganándose la expresión de desconcierto de Syaoran.

-¿Ah sí? ¿Quién?- se interesó de repente el aspirante a escritor, pero su hermano retiró el rostro con el ceño fruncido.

-Deberías recordarla. – dijo Hien, tajante. Aunque bueno, si bien esa respuesta podía casi parecer un reclamo a Syaoran, lo cierto es que éste último no notó que aquella fue una respuesta evasiva, ya que Hien siguió sin responderle. Syaoran sonrió de medio lado.

-¿No te haz puesto a pensar que tú y yo somos como Charles y Sydney? – preguntó de repente en un murmullo que, de Hien no haber estado más cerca, seguro no lo habría escuchado. Pero lo hizo. El cielo resplandecía sobre ambos y Syaoran sentía el agradable tacto de este sobre su piel dorada, tan similar a la de su hermano. Aunque se lo negara constantemente a sí mismo en voz alta, lo cierto es que era consciente del parecido que había entre ambos, aún con peinados distintos o ropas disparejas. Aún con cigarrillo o sin él, sus ojos siempre serían su mayor distintivo. Hien Li soltó un suspiro y, apoyando los codos sobre la mesa, murmuró:

-¿Quiénes son Charles y Sydney?

Syaoran resopló por la nariz, en medio de una pequeña risa silenciosa en la que sólo sus hombros se movieron, mientras seguía extendiéndose en la hoja, escribiendo. Se sentía tranquilo en ese momento. Y era algo que no sabría explicar a alguien que no entendiera lo que era tener una conexión profunda con su hermano, con quién compartió vientre y respiraciones en algún momento. Así no le gustara que lo compararan permanentemente, Hien era su hermano y Syaoran se sentía bien estando con él. Cómo el complemento de la otra mitad que siempre fueron el uno para el otro. Él, además, nunca lo confundiría por obvias razones y eso le daba la certeza al mayor de que siempre en algún lugar en el mundo, sin importar el tiempo, el espacio o los momentos, habría esa persona que lo miraría directamente como Syaoran y no como el "hermano de…".

-Son de un libro de Charles Dickens, llamado Historia de dos ciudades. Charles Darnay, de la nobleza de Francia con su complaciente sonrisa, exquisitos modales y encanto inigualable. Y Sydney Carton, un abogado inglés sumido en la soledad y los malos hábitos que nublan su viciado corazón. A él casi nadie lo quiere. Y los dos se parecen entre sí físicamente, aunque no sean hermanos, como nosotros. – le relató Syaoran, con calma mientras detenía un momento la lectura de lo que había escrito y hacía una pausa para releerlo y ver si todo iba en orden- Creo que tú vendrías siendo Charles, ¿Sabes? Con tu simpatía… la manera tan fácil que haces amigos, el encanto natural que despiertas. Yo sería Sydney… oscuro, distante. Querido por pocos.

-No eres nada de eso, Syaoran, y lo sabes. No seas tan duro contigo mismo.

-No lo soy. Tan sólo fue un vago pensamiento.- murmuró el mencionado, encogiéndose ligeramente de hombros. Hien lo escuchaba atentamente. Él no era del todo bueno para escuchar a otros, pero tal vez Syaoran era su gran excepción personal. Sólo él. A Syaoran siempre le gustaba escucharlo, desde que eran niños.

-Y… ¿Qué sucedió con ellos?

-Ah, se enamoraron de la misma mujer.- dijo Syaoran, haciendo un ademán distraído con la mano, restándole importancia. Hien, desde dónde estaba, se tensó nuevamente, aunque lo disimuló bien- Pero bueno. - Syaoran bajó el bolígrafo, sonriendo, mientras releía una última vez el escrito y se lo tendía a su hermano- No tienes por qué preocuparte por mí, nunca me fijaría en la misma chica que tú. Y si siente gusto por ti, dudo mucho que llegue a gustarle yo. Ya sé que tengo los talentos que a ti te faltan, pero vamos, sería injusto con el universo si no los tuviera, ya tú te quedaste con la simpatía. – su expresión y la sonrisa que se extendía sobre ésta delataba que lo decía a son de broma y cuando Hien recibió el papel, Syaoran se viró para acomodar las cosas dentro de su maleta, por lo que no notó la mirada de Hien sobre él, con una expresión grave, sombría e indescifrable. No era de enfado, pero si pareció algo afectado por las palabras de su gemelo, cómo si estas realmente pudieran cargar consigo un peso más grande de lo que él quería mostrar.

- ¿Y si ella tiene tus mismos gustos y se parece a ti? - respondió el menor por su lado en un murmullo bastante trémulo. Syaoran lo miró, extrañado.

- ¿Si se parece a mí, ¿qué? – Hien notó la mirada de Syaoran sobre sí y suavizó la expresión. Era increíble como los ojos de él lo absorbían tanto, con intensidad, aún si los suyos propios eran los ojos más oscuros. Sonrió, volviendo a recuperar la apariencia más febril y amena.

- No, nada… olvídalo. – le respondió, restándole importancia. Syaoran parpadeó algo desconcertado, pero luego volvió a lo suyo, restándole importancia a su vez. No notó como Hien lo miraba aún con calma, pero luego dirigía sus ojos negros al papel que ahora sujetaba entre las manos. Un papel con un escrito que iba dirigido a la inteligente y hermosa chica que le gustaba a él, compuesto a puño y letra de su propio hermano…

.

.

Syaoran fue abriendo los ojos poco a poco, aunque en un principio sentía estos bastante pesados, por el sueño. Sin embargo, se fue re acostumbrando a la luz que entraba clandestinamente por le rendija de la cortina, dándole a entender que ya había amanecido. Se restregó el rostro y se incorporó. Había tenido un sueño bastante profundo, con la consistencia de un recuerdo lejano, aunque no recordaba bien de qué se trataba. Miró alrededor, notando su cuarto y se animó, incorporándose para así empezar un nuevo día. Cumplió con la rutina del baño y el desayuno. Al cabo de una hora, ya estaba sentado al frente de su laptop, pensando en escribir nuevamente acerca de Fiore. Se había encariñado mucho con esa protagonista mujer y se sorprendió a sí mismo al recordar como hacía casi un año renegaba que no tendría una jamás. De hecho, estaba considerando seriamente re escribir toda la historia desde la perspectiva de Fiore también, y no únicamente de James. Pero en lo que pensaba cómo hacer eso, decidió ingresar a su correo electrónico. Generalmente estaba al tanto de todos los mensajes, ya que era raro que le escribieran, pero ese día vio un nombre en la bandeja de entrada que le llamó particularmente la atención.

-Midori…- murmuró. ¿Qué querría su editora con él? Tan despierta, juvenil. Ahora que lo recordaba, ella también era amiga de Meiling. Syaoran no había tenido contacto alguno con Midori desde hacia meses, en especial desde que inició su periodo de estancamiento y había parado de escribir. Le debía mucho, de todas maneras, ya que había sido ella la que se había encargado de que los libros ya publicados siguieran circulando de buena manera y le ingresara dinero por medio de éstos. Pero ¿Ahora que quería? ¿Por qué lo estaba contactando?

.

.

Sakura bostezó por tercera vez en ese intervalo de diez minutos, mientras esperaba a Syaoran a la salida de la librería principal cerca del centro de la ciudad. Las calles empezaban a estar más abarrotadas de gente, pues los días se iban haciendo más largos y ahora el frío había menguado. Ya estaban terminando el mes de marzo, después de todo, e incluso en las comitivas le dieron la bienvenida a la primavera (como fue el caso de ellos con la comitiva de la señora Sakaichi). No habían pasado muchos días, pero Sakura le había dicho a Syaoran que quería que la aconsejara con algún libro y éste usó eso de pretexto para encontrarse de nuevo. Ella, si bien quería tener establecidas alguna distancia, no podía negar que al mismo tiempo se sentía muy feliz de poder compartir con él. Hablar con Syaoran hacía sus días más dinámicos.

Bostezó nuevamente y se recriminó por no haber conseguido café en su oficina. Tenía mucho sueño, había dormido poco esa semana y, si bien ya no tuvo que atender a Touya por unos días, porque éste se fue donde Yue, la rutina en la oficina estaba siendo pesada y tediosa. Recordó lo mucho que había añorado volver a su puesto de trabajo cuando estaba en vacaciones forzadas en la casa del escritor y, ahora que estaba de vuelta en el oficio, lamentó un poco no haber disfrutado más de esas vacaciones. Sakura suspiró, observando su reflejo en la vitrina del lugar: vestía ese día con un vestido azul cielo y unas baletas de un color más oscuro. Sus piernas bien formaban se asomaban bajo éste con una línea larga y elegante. El cabello empezaba a crecer de nuevo, o al menos a ser notorio, por lo que consideró que sería sensato volver al salón de belleza a cortarlo nuevamente. La chica se examinó otro poco y, al hacerlo, notó más los residuos de la falta de sueño: el cabello más alborotado, las ojeras marcadas, la expresión exhausta.

Soltó un suspiro. Tal vez no era el mejor de sus días, pero…bueno, a lo mejor hablar con Syaoran le fuera a levantar el ánimo. Sonrió un poco al pensar que iba a verlo y… se ruborizó terriblemente al verse descubierta por su voz.

-¿Sakura?

- ¡Ah! ¿Qué?... ¡Ah, ah! ¡Hola! – exclamó la joven Kinomoto ruborizándose violentamente en lo que se viraba para ver a Syaoran, quien le respondió con una mirada impregnada de extrañeza. Tomó aire, volviendo en sí, y sonrió de forma más natural, tras suspirar- Hola, lo siento. Estaba distraída.

-Eso noté- Syaoran amagó una sonrisa discreta, mientras clavaba los ojos ámbares en ella en una mirada detenida y contemplativa. Sakura no supo exactamente como recibirla, así que apartó la mirada. Después de todo, el muchacho tenía tan intensidad en su expresión que sentía que casi podía abarcarla por completo cuando la observaba- ¿Cómo estás? Te ves agotada.

Y Sakura se encogió de hombros- Bueno, no he dormido mucho. Ha sido una semana fuerte en el trabajo.

-Ya veo. – Syaoran ingresó a la librería, dejando la puerta abierta para que Sakura entrara a su vez y, una vez estuvieron juntos adentro, cerró nuevamente. La librería era grande en esa zona, de varios pisos y parecían laberínticas calles de libros y ediciones de todo tipo de generaciones. Los dos lo ignoraban, pero en gran medida compartían el placer interno de poder apreciar eso como un templo de paz. Sakura suspiró, sintiendo el aroma de libros nuevos mezclados con manuscritos más viejos y miró a Syaoran por el rabillo del ojo, sólo con el fin de poder contemplar su expresión. Ésta era profunda, pero parecía despierta en ese momento. Mucho más despierta que la de ella, en todo caso. Tanto así que hasta el mismo escritor lo notó- Oye, ¿Segura que está todo en orden?

-Sí. Sólo tengo sueño, no le des mucha importancia. Es demasiado trabajo.

-Bueno, al menos valdrá la pena si te dedicas a algo que te gusta, ¿No?

-Meh…- respondió Sakura, encogiéndose de hombros. Empezó a avanzarse entre los estantes, pasando la mirada por los títulos de los libros, aunque sin detenerse en ninguno en particular, pues no los veía con real atención- No es lo que llamaría un "trabajo de en sueños" pero…algo es algo, supongo. – alzó la mirada y la detuvo en él, sonriendo tranquilamente- Aunque está lejos de ser lo que en un principio quería de niña.

Cuando detuvo la mirada en Syaoran, Sakura no pudo evitar notar lo académico que se veía con su pantalón de dril, la camisa de botones verde oliva y el chaleco de lana azul oscuro. Un atuendo que en alguien tan joven sólo ayudaba a hacerlo lucir más adulto y serio. Sin embargo, de alguna manera le agradaba un poco ese estilo en Syaoran y que, a la vez, fuera tan diferente al de Hien. Le resultaba reconfortante verlo, refrescante, pues daba la sensación de hablar con alguien a quien le gustaba estar al frente de la chimenea durante el invierno, sólo leyendo. O… tal vez, daba la abierta sensación de ser alguien que recibiría un abrazo al frente de la misma chimenea. Mordió su labio inferior en un reproche interno al descubrirse a sí misma pensando en ello. Syaoran, respetando su espacio, tomó un libro de cuero negro y lo examinó, leyendo la reseña brevemente.

- ¿Cuál sería tu trabajo de en sueños, entonces? - se aventuró a preguntar. Sakura no respondió de inmediato, razón que llevó a Syaoran a alzar la mirada con una expresión interrogante, insistiendo. Ella sólo sonrió, evadiendo su mirada.

-No importa- respondió en un murmullo- No vale la pena mencionarlo.

-¿Por qué no?

-Porque es ridículo.

-¿Más que ser escritor?- Sakura volvió a morder su labio inferior en un gesto nervioso al escucharlo preguntar eso y su mirada pareció perderse en la nada un momento. Aunque ese momento fue corto. Un silencio que se dedicó a ella misma, mientras meditaba las siguientes palabras. Syaoran se sintió desconcertado, ¿Qué podía ser tan terrible como para que se tornara así de evasiva? La notó incómoda y pensó que tal vez había sido una mala idea preguntarle, por lo que quizá lo mejor sería retirar lo dicho. O eso iba a hacer hasta que vio a Sakura alzar de nuevo la cabeza y devolverle la mirada.

-Es… ser escritora, de hecho- murmuró por lo bajo. Y de no haber estado en un sitio tan silencioso, seguramente Syaoran no la habría escuchado, pero lo hizo.

El silencio pareció instalarse aún más en el lugar, dónde sólo los pasos de un anciano con apariencia de decano interrumpieron al pasar cerca, para desviarse a la sesión de política, pero ni eso fue suficiente para que Syaoran quitara la vista de ella en ese momento. Él se sentía absolutamente sorprendido, y ella delató sus nervios con el rubor de sus mejillas.

-¿Qué?- insistió el castaño- ¿Y por qué no lo dijiste antes?

-¡No importa! – intentó marcar Sakura una vez más, mientras se viraba hacia los estantes, sacando de entre estos el primer libro que encontró y fingió que lo ojeaba. Pero al leer el título, abrió más los verdes ojos con grata sorpresa- Oh, ¡Amo este libro!

Syaoran abrió la boca para replicar, pero cayó al leer el título grabado en letras doradas sobre la portada: Historia de dos Ciudades, por Charles Dickens. Sintió una mezcla de familiar desconcierto al ubicarlo, pues lo embargó la vaga sensación de que en algún rincón de su subconsciente lo había mencionado. Se le vino la imagen de Hien a la cabeza y luego miró a Sakura, quien había parecido recuperar el entusiasmo al examinar las páginas del libro.

-Amaba a Défarge como personaje. – se aventuró a decir la joven Kinomoto, y la voz de ella hizo eco en la cabeza de Syaoran de manera distante, hasta que sacudió la cabeza, volviendo en sí distraídamente.

-Ah… ¿No es el mismo que sólo se hace amigos de los Jacques?

-Sí, es ese- confirmó Sakura mientras lo seguía oteando y al final soltó un suspiro con una sonrisa complacida, devolviéndolo a su lugar- Es grato volver a verlo, pero… no, creo que prefiero gastar dinero en algún libro que no me haya leído.

Mientras Sakura miraba el libro detenidamente, y luego se concentraba en dejarlo de regreso a su estante, Syaoran la miraba a ella de una manera intensa y significativa, pero…¿ Cómo leer eso? ¿Cómo interpretar eso? Sakura y él… eran muy parecidos.

Ese pensamiento le hizo volver a tener una extraña sensación de familiaridad en su interior, que no supo descifrar. Aunque ese elemento, más que resultarle incómodo, le era agradable, natural. Placentero. Se sentía muy cómodo de pensar que estaba con alguien con quien podía compartir gustos, hablar de esos pequeños placeres. Syaoran no supo qué lo movió, pero cuando menos lo hubo calculado se aproximó a ella y posó la mano sobre la que Sakura mantenía en el libro. Un gesto inocente para llamar su atención, pero que fue significativo para ambos: el tamaño de la mano áspera de él, en comparación de la tierna mano de ella, incluso eran demasiado conscientes de sus respectivos aromas. Syaoran tal vez no lo había sido tanto desde la vez que la besó.

Se ruborizó, pensando en ello y la soltó para preguntar en un murmullo- ¿Por qué abandonaste la idea de ser escritora?

-Syaoran, no importa, en serio. Es una idiotez. – dijo Sakura una vez más ante la pregunta en un intento de zanjar el tema de conversación. Sin embargo, fue inútil, pues Syaoran no se movió.

-Cuéntame.- le pidió, suavizando la voz, mientras se apartaba, y luego fingía que buscaba otro libro, para no intimidarla tanto. Sacó uno de Verne y fingió observarlo. Sakura sabía de antemano que lo fingía, pues ese libro ya Syaoran le había dicho que lo había leído. No pudo evitar sonreír, enternecida, y más aún por la voluntad de él de darle valor a sus palabras.

-Bueno, siempre me gustó la literatura fantástica…- murmuró Sakura, cediendo finalmente- Me encantaba escribir. Me encanta hacerlo aún ahora. Siempre me dijeron que tenía talento para eso, pero…- guardó silencio y se viró, suspirando- Supongo que me concentré en otras cosas. Es una pena.

Syaoran se sintió conmovido al escuchar eso, sobre todo que cualquier cosa se imaginó menos que ella en ese momento compartiera ese gusto con él. De alguna manera en el fondo de sí mismo la sintió mucho más cercana que nunca- Y… ¿Qué pasó?

-Mm… no lo sé. Estudio, trabajo, familia…- empezó a enumerar la joven Kinomoto con desgana, mientras volvía a recorrer los pasillos en la búsqueda de un libro. Para ella era algo extraño hablar un poco de sus sueños de infancia, ya que después de todo había optado hacía muchos años por dejarlos de lado. Incluso el mismo Hien fue de lo que facilitó, a través de sus padres, que consiguiera un empleo en Clow Corp. – No puedo quejarme realmente. Vivo bien en la actualidad, y tu familia me ayudó mucho en ese aspecto una vez comencé a trabajar más en forma. Así que supongo que, progresivamente, lo fui dejando.

Syaoran frunció sus pobladas cejas en un gesto de desaprobación y se avanzó algunos pasos para cortarle el camino, decidido. Sakura no tuvo tiempo de protestar, porque Syaoran, de inmediato, la silenció:- ¿Y qué importa, Sakura? ¿Qué importa lo que los demás te digan? Es tu sueño. No puedes simplemente renunciar a tus sueños solo porque se presentan obstáculos en éste. No sería correcto para ti, ni para los propios principios que te traces a partir de eso.

Sakura se sintió extraña con eso, y le sostuvo la intensa mirada a Syaoran. Notaba la fuerza en él, la masculinidad, y se ruborizó una vez más. Pero más que un atractivo físico, que ciertamente influyó, lo que en ese segundo la hizo estremecer fueron sus palabras: La estaba apoyando a perseguir un ideal que hacia mucho había dado por acabado. Un ideal que, aún en esas circunstancias, le hacía palpitar el corazón a un ritmo diferente al resto. En el pasado, si bien Hien nunca le reprimió el que escribiera, si fue de los que más insistió que tomara su puesto en Clow Corp. En ese entonces no lo había notado, pero ahora que escuchaba a Syaoran, sintió clara cual era la postura de Hien en ese momento y le hizo sentir la garganta seca, incluso una vaga sensación en su interior que podía traducirse a contrariedad: Hien había perdido a un hermano por éste querer ser escritor. Syaoran había perdido su herencia en ese proceso. Y luego de que el menor de los Li aceptó la presidencia, lo más probable era que quisiera una novia que diera la talla de sus padres y que no, a los ojos de ellos, ella diera la talla de un Syaoran. De un escritor.

Pero… no había nada de vergonzoso de dar la talla de un Syaoran. De hecho, Syaoran ahí, de pie, le parecía uno de los hombres más admirables que había conocido en mucho tiempo. Por atreverse a estar ahí de pie, hablándole. Por tener fe en sus sueños, así hubiera tenido obstáculos en estos. Y por querer hacerle creer a ella que era capaz de un algo más.

El labio inferior de Sakura tembló, en un gesto vacilante y temeroso- Pero… Creo que ya es tarde para eso… ¿No? - aunque más que una convicción, Sakura pareció en ese momento una persona vulnerable que buscaba certeza en una respuesta. Que buscaba realmente un respaldo, y estaba confiando en él para dárselo. Syaoran sonrió con ternura y pasó la mano por los cortos y suaves cabellos de ella para acercarla hacia sí y en un gesto absolutamente espontáneo, darle un tierno beso en la frente.

-Nunca es tarde para ser tú misma… ni luchar por lo que te hace serlo- le contestó con voz ronca, pero gentil. Sakura se ruborizó hasta el cuero ante eso, aunque no lo apartó. Sintió su piel hormiguear, pero fue realmente muy reconfortante y cálido, pero, sobre todo fue conmovedor. Con los ojos ardiéndole tras escucharlo, se acercó a Syaoran y terminó la escasa distancia que quedaba entre ambos en un abrazo tierno; un abrazo que se facilitó por la postura que ya tenía el escritor. El castaño en otro momento seguro se habría sorprendido, ya que él era alguien más bien reservado, pero con ella no le nacía serlo. De alguna manera el instante se sentía bien, correcto y con dulzura la recibió.

Los abrazos de Syaoran eran realmente muy cálidos, protectores. Sakura se sintió extraña en un principio, debido a que con Hien nunca tuvo esa costumbre. Él no era expresivo. Hien la quería mucho, pero era del tipo de persona que le requería tiempo y le demandaba de alguna manera siempre. Syaoran…era de los que daba.

Al final terminaron comprando Cumbres Borrascosas de Emily Brontë, Los años de peregrinación del chico sin color de Haruki Murakami y El amor en los tiempos de cólera de Gabriel García Márquez. Éste último fue un regalo hecho por Syaoran, quien insistió que no podía quedarse sin leerlo, ya que el autor había sido un premio Nobel de literatura. Decidieron regresar a pie al departamento, ya que no se encontraban excesivamente lejos y la noche, que empezaba a caer, era fresca y amena. Resultaba agradable poder sentir el abrazo del sol luego de unos tediosos meses tan cargados de frío. Además, era hermoso poder ver los árboles florecer de nuevo. Se veía bien y muy colorido.

-Oye, ¿Qué opinas sobre hacer críticas de libros y obras para los medios?- dijo de repente Syaoran, que miraba hacia adelante con un aire distraído. Sakura pareció extrañada por esa pregunta, pero el escritor sólo se encogió de hombros, tras suspirar- Nada del otro mundo. Hoy recibí un correo de Midori, mi editora. Dice que están solicitando que escriba algunas críticas para los periódicos en la sección artística. Me pareció bien, ya que sería dinero extra que entra y… bueno, me tendría ocupado en otra cosa.

-Pero Syaoran, ¡Eso es genial!- le dijo Sakura sorprendida, pero luego sonrió con franca alegría. Si bien admiraba el talento del escritor, sabía que probablemente empezar a ocuparse en otras cosas y abrir campo por nuevos medios podría ser muy favorable para él.

-Si, bueno, algo es algo. Estoy agradecido con Midori, la verdad… Ella siempre ha sido muy buena conmigo.- y sonrió, en un gesto que demostró sus palabras. Por la mirada que tenía era claro que, además, le agradaba. Sakura supuso que era bueno e importante ya que, después de todo, era su editora, sería terrible no llevarse bien con su propia editora.

-Me siento feliz por ti, ya era hora que las cosas se fueran despejando para bien- le dijo la castaña, sonriendo, para así acercarse y darle un codazo juguetón- Además quien sabe, tal vez te terminen llamando a algún evento importante y conozcas a alguien- agregó entre risas a son de broma, aunque con un tono algo sugerente.

Syaoran la miró, sintiéndose incómodo por eso, y algo decepcionado de que ese comentario viniera de ella, pero… ¿Por qué? Si se ponía a pensarlo, no tenía nada del otro mundo.

-No lo creo.- contestó en castaño con una serenidad pausada- No estoy interesado en buscar eso en este momento. Ven, cuidado- le indicó con una ceña que el semáforo había cambiado, y que debían aguardar para cruzar la calle. Esperaron pacientemente a que volviera a cambiar, mientras continuaban con su charla- ¿Tú?- la miró. Hubo algo en sí que pareció mucho más atento a la respuesta de ella, así su rostro lo estuviera disimulando. Sakura amagó una sonrisa.

-Pues… no lo sé. Supongo que en algún momento…tendría que intentarlo de nuevo, ¿No? Soy joven, después de todo. Es sólo que…

-Entiendo…

-Lo siento…

-¿Por qué te disculpas?- Syaoran enarcó una ceja, sin entender. El semáforo cambió y continuaron con su marcha, cruzando la calle. Sakura se quedó callada un momento, sin ella misma entender a qué se debió esa disculpa. Sólo salió. Así como rato atrás salió el abrazo en la librería.

-No importa- se apresuró a responder, sonriendo, e intentó cambiar el tema- ¿Y esa Midori qué? ¿Es joven? ¿Es linda? ¿Te agrada?

-¿A qué juegas, Kinomoto?

-¡A nada, nada! Sólo es curiosidad. – ella intentó hacerse la desentendida, pero él encontró divertida sus reacciones, por lo que soltó una pequeña carcajada mientras la miraba de vuelta.

-Tiene mi edad y sí, supongo que es linda. – respondió finalmente, con desenvoltura- Pero no sé hasta qué punto quiera involucrarme con ella, o ella quiera hacerlo conmigo.

-¿Por qué?

-Porque me dijo que le gustaba y tuve que decirle que no hace tiempo.

-¿Qué?- apenas Sakura preguntó eso, Syaoran apartó la mirada hacia un lado, haciéndose el desentendido.

-Es amiga de Meiling- respondió en un murmullo. Alzó la cabeza para notar que ya habían llegado al edificio y entraron juntos, tras haber saludado en la recepción a la señora Sakaichi. Sakura cerró la boca de inmediato al darse cuenta de su imprudencia, y sus mejillas se tornaron rojas. Aunque, por otro lado, no entendía del todo porqué se estaba sintiendo incómoda en esa conversación, o… por qué su repentina necesidad de saber de esa dichosa editora. Más aún, el porqué se sintió extraña cuando Syaoran dijo lo que dijo. Bueno, él era un hombre atractivo, era normal que hubiera salido con otras personas. Que se hayan interesado en él o que él, a futuro, quisiera interesarse en alguien más. Entonces… ¿Por qué se sentía molesta?

-¿Nos reunimos para escribir?- preguntó Syaoran en lo que empezaban a subir las escaleras, ya cada vez más cerca de sus domicilios.

-¿Qué?

-Reunámonos para escribir.- insistió el castaño sonriendo tranquilamente, mientras le guiñaba un ojo- Vamos, de verdad quiero leer lo que haces.- ella soltó una carcajada, divertida.

-Syaoran, no.

-Por favor.

-No pongas esa cara, que no puedo decirte que no con esos ojos.

-¿Qué ojos?- ya habían terminado de subir las escaleras y en ese transcurso de tiempo, se avanzaron por el pasillo hasta llegar a sus respectivas puertas. Sakura se detuvo al frente del 308 y se viró hacia Syaoran para notar toda la atención de él puesta sobre ella. Sakura se ruborizó una vez más, aunque esa vez supuso que no podía echarle la culpa a los halos de aire frío del invierno que acababa de pasar y circulaban de vez en cuando aún por la ciudad. Alzó la vista y lo notó al frente de ella, alto, tan parecido a Hien, pero… tan él también. Si, habló de sus ojos: el mayor distintivo de él con su hermano. Sakura sonrió, y su expresión pareció luminosa al hacerlo.

-Los ojos de Syaoran.- respondió en un murmullo que Syaoran escuchó y, al hacerlo, se ruborizó. Ella soltó una risita, divertida, encontrándolo adorable y tras despedirse, entró a su departamento. Tenía una sonrisa grande dibujaba en su rostro. Luego de haber empezado una jornada agotadora después de no haber dormido mucho pensó que el día terminaría de manera terrible, pero no lo hizo. Al contrario, lo consideró un muy buen día. Y… se sentía algo extraña por haber hablado con Syaoran acerca de escribir.

Se dirigió a su alcoba, colgó la cartera y puso los libros nuevos sobre la cama. Pensó en sentarse y ver cual leía, pero dudó y luego se acercó al armario, agachándose, sacando una caja empolvada con viejos papeles y libros. Eran algunas de sus cosas de escuela y cartas que había recibido en esos años. Sacó un cuaderno viejo, con alguno de sus escritos y sonrió con cierta nostalgia al re leer algunos. Incluso cuando éste se abrió en una página en particular, que tenía una de las viejas cartas de Hien para ella. Sonrió con cierta nostalgia al apreciarla, recordando que fue con esas cartas que Hien empezó a enamorarla más, pues vio en él a una persona interesante, elocuente y sensible. Se sorprendió tiempo después cuando descubrió que no le gustaba escribir del todo, porque antes le entregaba cartas muy lindas. Cómo esa que tenía en la mano.

"Para la dama que pinta suspiros en cada sonrisa de mi alma…" iniciaba. Y al leerlo, Sakura parpadeo, confundida. Observó la firma, que decía sin margen de error "Siempre tuyo, Hien". Pero entonces…

Se incorporó y tomó de la mesa de noche la copia de Claro de luna, para abrirlo en la primera página, dónde Syaoran le había escrito una dedicatoria, y puso junto a ésta la carta de Hien.

Durante años ella había creído que Hien, como toda persona, fue cambiando su letra conforme iba creciendo y por eso con el tiempo dejó de parecerse a la de sus primeras cartas. Pero ¿Cómo iba eso a explicar que la carta sí conservara la misma letra que la dedicatoria de Syaoran?