"Encontrar un amigo no es fácil, dejarlo es difícil, olvidarlo imposible".
Lillie no pudo detener el flujo de sus recuerdos en toda la mañana. Una corriente de nostalgia trajo de regreso a su verdadero hermano justo como hace seis años, de mejillas rubicundas y desbordante alegría. Ello fue su único refugio durante las largas noches solitarias solo iluminada por la luz en su mesa y las estrellas, en su plástica vida con en el Paraíso. Lusamine llegó incluso al extremo de eliminar a Gladio en los retratos familiares para lanzarlos a la hoguera. Durante todo ese tiempo, guardó la esperanza que su hermano la rescataría de ese lugar. Pero ese día nunca llegó. La brillantez de las gotas que bajaban por su rostro sujetando al Vulpix de peluche, hicieron que el real subiera regazo lleno de ansiedad, incluso ignorando el diario en la mesa de noche de su madre. La entrada más reciente, incluía a su primer pokémon como lo hubiera hecho su bondadosa madre, expresando cuanto añoraba y deseaba los abrazos de su hermano.
Un deseo que las estrellas, aún no le concedían.
—Lillie. ¿estás despierta? —preguntó Gary, después de tocar dos veces la puerta con golpes secos.
Se levantó lentamente, arrastrando los pies hasta la puerta. Un animal dentro de su pecho luchaba desesperadamente por salir a base de rasguños, contrayendo su pecho y espalda, aún más enojado cuando reconoció a Gary a través de los grandes ojos esmeraldinos de Lillie. Bajó la mirada cuando el ardor en su rostro amenazó con perder el control e hiciera explotar su estrella.
—Oye, ¿me acompañas a desayunar? Ash sigue hibernando y… —Se interrumpió en seguida. La tomó de ambos hombros con suavidad sin obtener respuesta alguna—. ¿Qué suce…?
Lillie lo rodeó entre sus brazos con fuerza, hundiendo su rostro entre su cuello. Notó la colonia de Gary, incluso recien levantado por la mañana. Era el mismo que usó en Mele Mele e idéntico al de su padre, suave y sereno. Uno que podía iluminar la cueva más oscura, las noches sin luna ni estrellas.
—Gary… abrázame. Solo abrázame en silencio… por favor.
Parpadeó un par de veces, en un medio abrazo antes de finalmente reaccionar. Decidió devolverle el gesto, colocando ambas manos en su espalda, cómplice de la calma. El silencio aún estaba en la habitación, ahora del lado de Gary.
Gladio se levantó dispuesto a salir de la gran mansión de Pueblo Po. Ya estaba harto de recordar su pasado.
—No. dije demasiado.
—¿Desconfías de mí, Teddy?
—¡No es eso! —bramó—. ¡Entiende! No solamente hice daño a Lillie, sino también a… —Se tapó la boca con una mano. Felicia estalló en risas.
—Eres muy manipulable —señaló, ignorando los reclamos de Gladio. Le tomo unos segundos ponerse sería nuevamente—. Ya solo falta terminar de contarlo, así que vamos, no pierdas tiempo.
Gladio caminó de un lado al otro en la habitación. Las palabras de Felicia no pararon de dar vueltas alrededor de su cabeza con una demoledora certeza, para su mal humor. Ir directo a un confesatorio no era su forma ideal de darse a conocer. Suspiró, sentado al lado de Felicia, observándola de soslayo ocultando lo mejor que pudo su desagrado. Muy al fondo del agujero negro que decía, guardaba en su pecho, sabía que le guardaba un cariño especial, aunque no lo hiciese feliz tenerlo.
Platicó sobre la noche que escapó después de robar a Código Cero, hace ya cuatro años. Se las arregló para convencer al guardia alegando en caso de alerta de intrusos la orden de Lusamine era dejarlo ir con los experimentos. Puso marcha y navegó lejos de Paraíso, tragando el buche de amargura pensando en la soledad que Lillie enfrentaría. Incluso con la posibilidad que lo odiase por olvidarse de ella sin escucharlo. El frío descendía por su rostro en una hilera de lamentos amargos.
Al amanecer, arribo a costas de Ula´Ula y quitó las marcas de la Fundación. Por suerte, pudo hacerse de víveres en Pueblo Po y retornar sin encuentros salvajes al barco. Excluyendo su necesidad de pellizcarse la cara cuando un castillo de arena empezó a moverse por sí solo hasta el otro extremo de la playa. Así estuvo por una semana, acompañado por los pokémon de la zona. No tardo en hacerse amigo de ellos gracias a la comida que compraba. En especial del castillo de arena Sandygast,
Gladio miraba la pokebola de Código Cero varias veces al día. Incluso llegaba a pensar que el extraño pokémon le devolvía la misma expresión desde su pintoresca prisión esférica, a la espera del momento preciso para atacarlo. Se sentía estúpido y más aún, preocupado por si alguien lo encontraba en esa situación, pensaría que se trata de otro naufrago completamente loco hablando con su compañera de desgracia, a la espera de su respuesta. Pasaba noches enteras sin dormir preocupado por sufrir un ataque sorpresivo. Hasta que decidió tomar el riesgo después de cuarenta y ocho horas sin dormir. La cogió, y se dispuso a arrojarla con todas sus fuerzas.
Perdió su concentración cuando escucho chapoteos y la voz de una chica en el agua.
La soltó y se lanzó de clavado para llevarla a nado hasta la orilla. Cuando la deposito suavemente en la arena, intuyó que era de su misma edad, o quizas unos años mayor. Lucía piel blanca, traje de baño rojo carmesí y cabello negro, corto y liso a la altura de las orejas. Parecía dedicarse al deporte por la firmeza de sus piernas y abdomen. Notó su respiración agitada al mirarla de arriba abajo, sus orejas fueron invadidas por hormigas viajaban hasta su cerebro. Nervioso, se acercó hasta su nariz y no pudo sentir su respiración. Tragó saliva, controlando los impulsos de su cabeza para convencerse que era lo correcto, mientras se acercaba a sus pequeños labios de chocolate.
Dos segundos después, escuchó el ruido del celo cortado con los dientes, seguido de un fuerte dolor en la cara. Su glúteo derecho se abultó y acabó de bruces en la arena. Escupió antes de sacudirse su rostro ocultando lo mejor que pudo su expresión de dolor.
—¡Agh…! ¡Cof…! Qué asco. Nota mental: ¡La arena no es deliciosa! —dijo tosiendo casi sin voz, tratando de recuperarse.
—¡Asqueroso pervertido! ¿Qué querías hacerme?
—¡Te desmayaste y no respirabas! ¿Qué esperabas que hiciera? —replicó.
—¿No viste que fingía? Estaba de broma.
—¡¿En serio?! Postúlate a pokestar, tu actuación fue en verdad diga de reconocimiento. —replicó sobándose la pierna, pensando en las mentiras de los cuentos de hadas que Lusamine le contaba de niño.
Volvió el calor cuando lo miró de frente. Había hecho el ridículo frente una niña y aún no podía quitarse la sensación del cuerpo, aunque se sacudiese. Parecía quejarse cuando dejaba de mirarle sus ojos de ámbar.
—Eres lindo. Me gustas.
—¿¡Qué!?
—¡No me aburriré de tus expresiones! ¡Con eso puedo perdonarte! —dijo entre carcajadas.
—¡NO DIGAS ESAS COSAS TAN DE REPENTE!
—¡Oye Selene! ¿Qué maldades haces ahora?
Un chico apareció corriendo desde el otro lado de la playa, vestido de bermudas naranjas adornada con flores blancas. También del mismo color de piel, cabello castaño hasta el punto de parecer hecho de bronce, corto y con flequillo soslayado. Lo que más llamó su atención fueron sus ojos, verde azulado muy claro. Examinó a Gladio de arriba abajo solo acompañado por la ola de reclamos de Selene.
—¡Nash, te dije que no me llames así! ¡Soy Luna!
—Ese sobrenombre te lo pusiste tú, además me gusta Selene —señaló aquel chico, antes de voltear a mirarlo otra vez. Miró su bote arqueando una ceja antes de ofrecerle una mano—. Lamento si te incomodó. Puedes llamarme Nathaniel, o Nash, como prefieras. Ella es Selene, pero prefiere Luna.
Gladio se la estrecho mientras ella les miraba roja igual que su bañador.
—Soy Gladio. —dijo.
—¿Gladio eh? —Tragó saliva, maldiciendo por no inventarse un nombre falso—. Oye… ¿ese yate es tuyo?
—Sí… ¡Digo no! —se corrigió a sí mismo, negando con ambas manos. Sudaba cuando ambos chicos lo miraban con curiosidad—. Es de mis padres. Ellos están… paseando por la playa.
—¿Qué edad tienes?
—Doce
—¿Tienes la Nintendo Switch? —preguntó Luna. Gladio afirmó con la cabeza, cohibido—. Sip. Es rico.
—¿¡Eh!? ¿Solo por eso?
—¿Nos dejas subir? —preguntó Nash con ilusión.
—¡Por supuesto que no! Digo… se molestarían mucho si lo hago sin supervisión. —replicó horrorizado. Allí, el símbolo de la Fundación en los camarotes lo delataría.
—Bueno olvídalo. Mejor ven a jugar con nosotros.
Nash dejó salir un pequeño Zorua y un Elektrice. Selene por otro lado tenía un Gastly con una apariencia extraña que nunca había visto. Enseguida lo invitaron a formar parte de su juego de volley, aunque Gastly tenía prohibido volar más alto que la improvisada red que marcaron con ayuda de las palmas. El juego se interrumpió cuando uno de los castillos de arena se movió a su regreso para jugar con Gladio. Electrike, del susto, lo atacó con su mejor Chispas, que Gladio recibió directamente para protegerle. Luna no pudo contener la risa cuando su apariencia imitó la misma al recibir su bofetada.
A pesar de eso, jugó y rio con ellos toda la tarde. Ambos, prometieron regresar al día siguiente.
Esas tres semanas, Gladio pasó los mejores días de su vida. Ahora tenía amigos, aunque Luna constantemente se valiera de sus encantos para sacarlo de sus casillas, lujo que Lillie solía reservarse. Se llevó una sorpresa cuando un día trajo su juego de tiro con arco y flecha. Para demostrar su pericia, disparo a un blanco suspendido en medio del aire a treinta metros de distancia. Nash por el contrario, solía retarle a un combate usando a Zorua como pokémon. Nash siempre obtenía más victorias en sus treinta combates diarios. Si embargo, Electrike nunca desobedecía las ordenes de Gladio y le animaba a seguir luchando cuando se desinflaba. Supo que eran originarios de Ula´Ula y se conocían desde niños, pero Nash se la pasaba quejándose de sus ocupados padres. Vicía metido en casa de Luna, la que consideraba su familia putativa si bien cuando Luna lp llamaba primo hermano enfurecía. Incluso llegaba a ofenderse y quedarse callado un buen rato antes de volver con el mismo ahínco a su entrenamiento.
—Entrena con el tío Nanu. Aunque sea cascarrabias, con los niños suele ser más amable. —comentó Luna una ocasión, quitándole sus aires de grandeza. Nash se encogió de hombros por su traición.
—¿Uno de los Kahunas? ¡Increíble, que suerte tienes! Escuche que Nanu no suele aceptar enseñarle nada a nadie.
—¿Conoces a los Kahuna? Pensé que habías dicho que eras de otra región.
—Bueno… lo que pasa es que… lo leí en una guía turística. —mintió Gladio.
—Oye. ¿Y tienes hermanos?
Gladio no respondió. Solo se quedo sentado apoyando la cabeza sobre sus rodillas, pensando en la soledad de su hermana y en como él la pasaba bien con un par de desconocidos. Durante una semana tuvo la ridícula ilusión de entrar a Paraíso junto a Selene y Nash para rescatarla, y huir los cuatro en su yate lejos de Alola. Solía pasársele por alto cuando recordaba que tenían tres pokémon. Se alegraba de que Luna riñera a su "primo hermano", por preguntar cosas indebidas
—¡Que cuchi! Eres un excelente hermano mayor. —señaló Luna, cuando Gladio decidió contarles sobre Lillie, días después.
Una ocasión, conoció al Kahuna Nanu, un hombre mayor e inexpugnable, con una voz lozana y pastosa, de gesto cansado y siempre serio, como si no hubiese sonreído en años. Vestía completamente de negro, un conjunto sencillo de guayabera, vaqueros de capri, sandalias y cabello gris. Un buen día, los llevó a entrenar en el Monte Lanakila, forzándoles a subir la montaña en busca de un pokémon para Gladio. Valiéndose de la ayuda de Electrike y Nash, logró capturar un Sneasel con el que entabló una relación tormentosa por varios meses. Una ocasión, trató de cortar el cinturón de sus pantalones para poder huir, hasta que finalmente pudo dominarlo. Lo mismo sucedió con el Zubat que capturó en su viaje de ocio hasta Akala. Le costó trabajo acostumbrarle a salir despierto de su pokebola con la presencia del sol, sobretodo porque volaba de regreso para resguardarse, obligando a su entrenador a tragarse las burlas de Luna.
Así transcurrieron dos años de intenso entrenamiento y congoja diversión para Gladio, cada vez más presionado por asaltar Paraíso. Poco importó cuanto lo evitara, todas las noches su cabeza se hacía un laberinto sin salida. Por más que evitara pensarla, terminaba atormentado. Ya era una costumbre en sus sueños. Ni los sentimientos que sospechaba, Selene desarrollo o su intoxicante belleza, eran suficientes para sacarle de la prisión que era su mente. Una en la que ni los Herdier guardaban la llave. Aventurarse a pedir que lo acompañaran a rescatarla y revelar que no era huérfano como mencionó, era cada vez más la opción que se planteaba.
—Entrenar, ya lo sé… —replicó Luna en un refunfuño de frustración cuando negó por cuadragésima ocasión, salir con ella—. Siempre dices lo mismo, solo pasas tiempo con los hombres. Demuestrame que eres un caballero y no dejes que una chica vaya sola a un lugar público.
—Dile a Nash. El seguro que te acompaña. —sugirió Gladio camino de regreso a la ciudad. Para todos era evidente que el chico más codiciado de ciudad Malie, solo tenía una dueña.
—Ya he ido demasiadas veces con él —dijo con fastidio, tomándole de una mano con insistencia—. ¡Vamos anímate, no seas aburrido!
Gladio se dispuso a contestarle, pero en su lugar, la cogió por ambos hombros y la abrazó con fuerza ocultandose en la capucha de su sueter. Un par de funcionarios de la Fundación Aether surcaban la ciudad, igual que los Murkrows buscando pepitas en un pastizal, pasaron a su lado. Luna parecía una estatua tratando de comprender lo que sucedía, devolviéndole el abrazo con entrega.
—Ahora ella también escapó. Pero no solo eso, dicen que desapareció en una luz brillante, con el más grande descubrimiento de la Presidenta.
—¡Shh! ¡Baja la voz! —dijo uno de ellos insistentemente—. Debemos encontrarla cuanto antes, no quiero trabajar con esos ineptos del Equipo Skull y su líder Guzma por mucho tiempo.
Se perdieron entre la multitud. Gladio pensó que se había quedado sordo, pues su mundo se quedó sin voz. Sin vida. Como si los Exploud hubieran robado todo el ruido citadino para sí mismos. Supo de boca de Selena que se trataba de un grupo de maleantes vestidos de negro y entregados al estilo punk y al rap. Se dedicaban a molestar a los niños y retar a cualquiera a una batalla pokémon en una demostración de su "ruido urbano", como ella lo llamaba. Su única especialidad estudiada, era pulir sus medallones hechos de plata, el mantenimiento de stereos y la improvisación.
—Oye… ¿dónde está Nash?
—Debe estar en el Mercado comprando para el mes. ¿Por qué?
—Llámalo. Voy a cumplir su deseo.
En cuando supo que irían en el yate de los padres de Gladio, Nash soltó las bolsas apenas puso un pie en su casa y corrió hasta la ruta quince igual que un Tauros al encontrar maíz. La emoción se notaba en su rostro cuando zarparon a Akala. Luna y Nash no pararon de hablar en todo el viaje, disfrutando el ritmo de las olas y la brisa salina acompañados de los Pelipper y Wingull. Uno de ellos se posó en los hombros de Luna, graznando alegres cuando les obsequió una de sus bayas a cada uno.
Cuando tocaron tierra en Ciudad Kantai, Gladio les pidió separarse y buscar una chica vestida de blanco, quizás con un gran sombrero del mismo color, rubia y ojos verdes. Gladio montó guardia en el Centro Pokémon, ocultando su rostro entre la muchedumbre cuando un agente de la Fundación pasaba por allí. Llevaba consigo la pokebola de Código Cero, deseando con todas sus fuerzas no tener que utilizarlo para salvar a Lillie. La multitud cruzaba las calles, entraba a los negocios entre conversaciones inentendibles. Nadie parecía preocupado por un chico de catorce años inspeccionándolos entre miradas fugaces. Más bien, lo miraban con expresión casi de asco, como un bicho raro.
Cayó la noche cuando regresaron a Malie y Gladio no soportaba más la ansiedad. Supo por medio de Nash y Selene los rumores de que su base estaba en algún lugar al norte de la isla en una ciudad abandonada, completamente bajo su control. Esa noche, cuando se despidieron, Gladio atravesó la ruta quince y la dieciséis con la ayuda de su yate.
Al llegar, lo que más llamo su atención era la singular y extraña lluvia que caía, solamente en esa sección de la isla y sin expandirse. La ciudad estaba casi a oscuras, solo iluminada por faroles con luces de neón. A donde mirase, las casas y todo lo demás estaba cubierto de grafitis de calaveras negras imitando la forma de una "S". Se las arregló para abrirse paso a través de la complicada red de arbustos que en más de una ocasión se engancharon en su ropa, sin contar los muros a medio romper resguardados por reclutas hasta llegar a la gran mansión al otro extremo de la ciudad. Luna tenía razón con respecto a sus líricas. Pero lo que Gladio encontró más ofensivo, y a la vez estúpido era el precio de su lealtad: diez pokecuartos. Incluso menos que el agua. El hecho de tener que pagarle al personal del Equipo Skull para restaurar la salud de sus pokémon, sin prestar atención al hecho que serían utilizados para derrotar a sus compañeros.
—Al fin llegaste Gladio, te estaba esperando —dijo Guzma soltando una risa sardónica, sentado en una gran silla hecha de madera cuando entró por la puerta—. ¿Qué te parece este lugar?
—Corta el número de camarada, que no lo soy ¡Dime qué quiere la Fundación con ustedes!
—No sé de qué estás hablando —dijo Guzma sobre las quejas de sus hombres. Alzó una mano y el ruido murió al instante—, pero si te nos unes, es posible que pueda contártelo. Nos vendría bien alguien fuerte de nuestro bando.
—Como si alguien quisiera unirse a un grupo deslustre de raperos —replicó tomando la pokebola de Código Cero con una mano temblorosa—. Me vas a dar la información que necesito.
—Te he observado todo este tiempo —prosiguió sin prestarle atención. Plumeria, seguía recostada en la pared opuesta, sin quitarle la vista de encima—. Todo eso de los capitanes, Kahunas y la tradición es pura basura, nunca te interesó. En el mundo, importa el que tiene poder para hacer, deshacer e imponer su voluntad sobre el más débil sin que nadie pueda ayudarle.
—¡Contesta, Guzma!
—Trata de obligarme —respondió, mientras sus hombres rodeaban por completo a su inesperado huésped—. Hazte un favor Gladio y no seas como esos dos niños. Yo sé, que eres más listo. La Fundación dará un golpe a este mundo en cuanto recuperen lo que les robó una niñita de nombre Lillie.
—¡Mentira, ellos nunca negociarían con delincuentes!
—Hasta los más rectos tienen las manos manchadas, niño. La adorada presidenta Lusamine nos contactó en persona para unirnos a sus planes.
Gladio respiraba con dificultad. Su garganta parecía hecha de fuego y a penas pudo contener las ganas de abalanzarse sobre ellos utilizando a Código Cero. Solo podía sentir odio. Odio por ellos, y por la que llamó su madre hasta ese día, no solo dispuesta a perseguir a Lillie por cielo y tierra, sino que estaría dispuesta a utilizar métodos sucios para continuar con sus investigaciones, aun si significaba aliarse con los criminales del bajo mundo. Miró a su alrededor, completamente rodeado. Los reclutas lo miraban con impaciencia, esperando las ordenes de su líder para atacarle. Las manos le sudaban, tratando de pensar una solución para escapar en una pieza de la telaraña donde fue a meterse. Dejarse capturar, salir herido o morir en manos de ellos, era un lujo que no podía darse.
Solo había una opción, y debía tomarla por el bien de su hermana.
Guardó la pokebola y dejó caer los brazos a ambos lados, para mirar directamente a Guzma, que sostenía una sonrisa socarrona, arqueando una ceja.
—Está bien, Guzma. Me uniré a ustedes. Solo tengo una condición.
—¿Llegando y ya estás exigiendo? Eres muy osado mocoso, pero me gusta tu estilo.
—No quiero que nadie de la Fundación sepa que estoy aquí, ni siquiera la presidenta Lusamine. Si lo haces, el mundo sabrá sobre su alianza, y sus planes se vendrán al piso.
—¿Y qué me garantiza que no saldrás de aquí e iras directo a la policía?
Gladio metió la mano en el bolsillo y sacó una pequeña memoria y la arrojó directo hasta Guzma.
—Allí tienes la grabación de nuestra conversación. Si la usas, yo me hundiré con ustedes. Además, si Lusamine nos traiciona, soy el único que conoce todas las entradas y salidas ocultas de Paraíso.
—¡Ja! ¿Ves Plumeria? Te dije que era buena idea tenerlo de nuestro lado. El mocoso sabe jugar —dijo Guzma riéndose con ganas, entregándole la información a su jefa de personal—. ¿Qué hay del yate que manejas?
—Pueden usarlo cuando quieran, solo…
La puerta se abrió de golpe. Escuchó como si un par de bultos fueran arrojados pesadamente al suelo entre quejidos. Gladio se puso azul. Conocía a ese par de bultos.
—¡Así no se trata a una chica, stereo andante! —gritó Selene.
—¡En cuanto me logre desatar, me las pagaran!
—¡Cállense no skulls, sus rimas me harán llorar! —bramó uno de los reclutas profinandole un par de punta pies en las costillas a ambos—. Este par en la zona Sur estaban, entrar sin registrar, casi lo lograban.
—¡Déjennos ir y suelten a Gladio! —bramó la chica de Malie, ganándose un puntapié.
—¡No se metan con ella!
—¿Cómo supieron que estaba aquí? —preguntó Gladio sin voltear a mirarlos. Esforzándose por ocultar cualquier preocupación en su voz.
—Te vimos preocupado todo el día mientras buscábamos a esa chica. Supusimos que vendrías a esta zona de la isla, así que el tío Nanu nos dejó sus pokemonturas de Sharpedo para atravesar el mar.
—¡Idiota! ¡Quién te dijo que podías venir tu solo hasta aquí! Nos hubieras pedido ayuda en un principio y hubiéramos venido a ayudarte. Hay contratiempos, pero vamos a sacarte de aquí.
—No hay nadie a quien rescatar —dijo. Nash y Selene casi se vuelven estúpidos al escuchar esas palabras. Por un instante, pensaron que se había vuelto loco—. Diles que los suelten, Guzma.
—En el futuro te dirigirás a mi como Jefe Guzma, o Gran mal. —dijo enfático. Hizo un gesto con la mano y los reclutas cortaron las cuerdas que los amarraban.
—Gladio… ¿De qué está hablando ese idiota? —preguntó Nash.
—Parece que es muy claro no niño. Ha decidido formar parte del Equipo Skull.
Ninguno de los dos dio crédito a lo que escuchaban. Selene parecía a punto de desmayarse mientras que Nash clavó sus ojos en la espalda de Gladio. El azul de sus ojos comenzó a volverse gris en vez de tener su tonalidad verde.
—Es verdad —afirmó Gladio. Su voz se endureció, al punto de ser igual a una roca—. Ya no avanzaré más si me quedo con ustedes. Les agradezco todo lo que hicieron, pero, ya no deseo formar parte de su grupo. Esta es la despedida.
—Si piensas que voy a dejarte aquí, estás muy equivocado Gladio. Te voy a traer de regreso, así sea a base de golpes. —dijo Nash.
—¡Esto no se trata de ustedes, ni de mí! No se metan en mis asuntos. Lo mejor es que se vayan.
—¡Y yo no me voy a ir sin ti!
Gladio arrojó la pokebola de su último pokémon. Código Cero. Lanzó un rugido ensordecedor y chirriante, como si el metal chocara con el metal. Miró a Nash desafiante, apretando sus garras de águila contra el suelo y rasgando el piso. Selene contuvo un grito de terror, pero Nash se negó a retroceder dispuesto a defenderse con Zorua. Los Skull se quedaron en silencio apreciando al extraño pokémon que saltó a la batalla sin recibir órdenes de Gladio. Atacó con sus Garras después de esquivar el Atactrueno de su rival, estampándole contra una de las paredes.
Insatisfecho de su combate, se dirigió hasta Selene buscando una mejor pelea, y saltó para atacarle directamente con su Garra de Choque. Gladio trató de detenerle usando su pokebola, pero fue Nash quien se interpuso entre su atacante y recibió el golpe directo. Pudo regresarlo a su pokebola, pero el daño ya estaba hecho. Selene le dirigió una mirada de furia, de no haber ayudado a Nash a levantarse y tenerlo sobre su hombro, se hubiera lanzado sobre y lo hubiese cogido por el pescuezo.
—¡Eres un despreciable Rattata, bastardo, traidor! ¡Y yo que llegue a quererte! —bramó Selene temblando de ira.
—Este par es muy insistente. Plumeria, encárgate de ellos, ¿sí?
—¡No! ¡No les hagan daño! —dijo Gladio con firmeza, alzando una mano para interponerse entre ellos—. Ya entendieron el mensaje y se irán por su cuenta.
—Ya lo escucharon tontos. Gladio tiene otros amigos ahora. Váyanse si no quieren terminar peor.
—Así que… eso fue lo que pasó con tus mejores amigos.
—Nunca supe de ellos después de eso, y fue mi culpa... —dijo Gladio con voz quebrada, abrazado a sus rodillas—, no pude contarles la verdad y pedirles ayuda para entrar en Paraíso y sacarla. Lo único que hice bien, fue dañar la vida a todos aquellos que me querían.
—Pensar de esa forma no te ayudará a salir del problema Gladio. Ya no estás solo y es lo que importa, los dos estamos en esto.
Llamaron a la puerta, poniéndose de pie de un salto. Felicia empujó a Gladio lejos de su abrazo, como si que los pillasen fuera un crimen horrendo que pudiera ser castigado con cárcel indefinida. Los reclutas solicitaron su presencia en la sala principal con carácter de urgencia. Fueron hasta la tele que mostró un enorme alboroto provocado por la multitud de reporteros incluso de todas las regiones frente del cuartel de policía en Ciudad Malie. Reconocieron a Gaby, de Pokémon sin Fronteras, incluso a la misma Alexa, extrañamente cubriendo la noticia para la región Unova. Otros medios de Kanto y personal identificado con la estación de radio de Goldenrod en Jotho, también estaban allí. La imagen mantenía niveles de estática. Las voces iban y venían, como si algo estuviese evitando que se conociera, sin éxito.
—¡Nos encontramos en... Zzzt... Malie en la región para... Zzzzt... Alola... noticia de última hora! —gritó Gaby de forma escueta, más pálida que de costumbre. Parecía esforzarse por no perder la calma—. ¡Después del ataque al Domo, fuentes anónimas... Zzzzzzzt... los fugitivos están aquí, revelan sus identidades: Los conocidos cabecillas y ejecutivos de los equipos Archie, Maxie, Saturno, Gethis y Xerosic. La operación de escape fue atribuida a Giovanni, máximo líder del Equipo Rocket. La Oficial Jenny en conjunto con la Detective Anabel, aseguran...!
El silencio reinó en toda la mansión al escuchar el nombre de sus aliados en televisión. Los reclutas comenzaron a patear las sillas y romper objetos antiguos dentro de la mansión gritando obscenidades llenas de odio buscando un culpable entre ellos. Era tal el caos que Gladio también se vio metido en él, arrojando un adorno y lanzando contra la pared. Felicia también expresaba su frustración a su manera, maldiciendo a quienes los hubieran traicionado. Gladio cogió su holomisor y marcó como pudo a Liliana, tapándose una oreja para poder escucharle.
—¡¿Qué diablo significa esto Liliana?!
Continuará…
