EL PRIMER DÍA
Brillaba con ímpetu el sol de la mañana, mientras la Agente 3 mantenía a duras penas el equilibrio en aquel sobrepoblado tren de hora pico, donde no cabía un alfiler. Apretujada como estaba, en cada dirección, por los cuerpos de otros pasajeros, inclinaba su cabeza unas veces a la izquierda, a fin de no arriesgarse a recibir un codazo de un desconsiderado que no sabía mantener los brazos quietos, y otras tantas hacia la derecha, alejándose de los húmedos sobacos de un alto caballero que desconocía la existencia de un pequeño pero revolucionario invento llamado desodorante.
Suspiró resignada, sabiendo que no había nada que hacer salvo esperar llegar a su estación de destino, y deslizando con gran dificultad la mano libre, palpó su bolsillo a fin de corroborar que la documentación que le había entregado el Capitán Jibión se encontraba justamente allí, donde debía estar.
Fueron necesarios diez minutos más de viaje, unos cuantos "con permiso" completamente inútiles y unos considerables empujones bastante efectivos para poder bajar del tren, cuando este finalmente llegó a su destino.
- Por los dioses, que pesadilla. No vuelvo nunca más a viajar en hora pico. - Afirmó, sabiendo que mentía, pues a partir de ahora y quien sabe por cuánto tiempo más, debería realizar tan penoso recorrido todas las mañanas.
Ya en la calle, observó los alrededores; claramente se trataba de un barrio de clase media, con sus característicos edificios de agradable aspecto y vida vecinal bastante activa, destacándose la considerable presencia de padres que llevaban a sus hijos al colegio para luego marchar rumbo al trabajo.
Sabía por el Capitán que esa cantante... ¿Cómo se llamaba? Marina, por supuesto, se había encargado de comprarle un departamento a la Agente 8, para que tuviese donde vivir. Ciertamente tenía buen gusto para elegir barrio y Ocho podía considerarse bastante afortunada por residir allí, cuando la mayoría de sus compatriotas se aglomeraban en aquel paupérrimo vecindario cercano a la Mina Costera, conocido despectivamente como Barrio Pulpo por muchos inklings y coloquialmente como El Gueto (muy apropiado) por sus residentes.
Lo curioso era que los Octarianos nunca fueron obligados a establecerse necesariamente allí, sino que iban por propia voluntad. Algunos teorizaban que lo hacían por tratarse de una zona de alquileres baratos, ya que los recién llegados generalmente no tenían más que lo que llevaban puesto. Pero esta hipótesis no explicaba porque la mayoría de los octarianos que lograban mejorar su situación (y los había), no se mudaban a otras localidades más agraciadas. Otra explicación decía que los octarianos eran obligados a vivir allí por causa de una sociedad octofóbica que los rechazaba, es decir, se agrupaban a fin de protegerse de la hostilidad que los rodeaba. Pero en los últimos tiempos, la sociedad habíase vuelto mucho más tolerante con los octópodos y estos incluso convivían junto con los inklings en muchos espacios, como Inkopolis Square, por nombrar el más importante y, sin embargo, los nuevos inmigrantes continuaban radicándose en El Gueto. De modo que no había una respuesta satisfactoria del por qué los Octarianos preferían aglomerarse en vez de dispersarse por todo Cromopolis, pero el caso es que lo hacían.
Mas la Agente 8 era una excepción... ¿Por qué el Capitán le había asignado a ella el deber de acompañarla? Solo porque la conocía, ¿pero era esto una ventaja? Después de todo, ella era ni más ni menos que el látigo que había azotado en innumerables ocasiones a la nación octópoda. Cierto, el Capitán era la mente detrás, pero había sido ella la que había empuñado las armas contra ellos, no la Agente 1, mucho menos la Agente 2, quienes parecían que se dedicaban solamente a cantar y pasar el rato en la cabaña del capitán. Y ahora, debería convivir con una Octoling que, probablemente, le guardaría un profundo rencor.
¿Qué podía hacer? Ciertamente, desobedecer las órdenes del Capitán no era una opción, pero quizás podría convencer a la Agente 8 de que venía en son de paz y hacerle saber que, si le molestaba su compañía, podía hablar con el Capitán a fin de que le asignasen "otra guía".
Golpeó la puerta del departamento, se acercaba la hora de la verdad. ¿Y si le hablaba en Octariano? Ella había aprendido algo de aquel idioma y seguramente la Agente 8 apreciaría el gesto de conversar en su lengua materna antes que en el dialecto inkling, que tal vez no dominaba.
La puerta se abrió:
- ¿Hola? - Dijo Octo suavemente, con ligera timidez.
- Good día, Agent Eight. ¿How are tú?
- ¿Eh? ¿Agente 3?
No parecía molesta por verle, eso era buena señal, debía continuar hablando en octariano, pues daba gran resultado.
- Right, right, es me, Agent 3. I am aquí for verte. Capitán orden me que I have to be your Company.
- Agente 3...
- Don't worry, my chica. Si you wanted, I can talk with Capitán for other guía.
- ¡Agente 3!
- ¿Yes, Agent Eight?
- ¿Qué haces?
Aquella pregunta la descolocó, ¿Podría ser que en realidad no le agradaba que hablase así? Aparentando una actitud despreocupada, prosiguió:
- Well, I thinked que tu like me speak Octarian.
Octo pensó si no debería confesarle que más que intentar hablar en octariano, parecía que buscaba ultrajarlo y que en el futuro, si no dominaba un idioma, mejor que se abstuviese de utilizarlo. Esto es lo que pensó y quizás lo hubiese dicho, si no fuese porque se trataba de la Agente 3 y porque ella misma no tenía una personalidad suficientemente asertiva. Por eso, en una brillante muestra de talento en el arte de manejar las situaciones incómodas con tacto, simplemente comentó:
- No es necesario que lo hagas, hablo perfectamente el idioma inkling.
- ¿De verdad?
- Sí…
La Agente 3 sabía entender entre líneas, un ligero rubor cubrió sus mejillas al darse cuenta que había hecho el ridículo. Octo, por lo visto, notó la vergüenza que sentía la inkling y, en un vano intento por hacerla sentir mejor, empeoró la situación.
- Hablas bien, es solo que… tu acento, es difícil entenderte por tu acento.
Sí, por lo visto los octarianos tenían una forma muy peculiar de expresar las cosas; donde un inkling quería decir "La verdad que hablas para el culo, mejor usemos tu lengua materna y deja de pasar vergüenza", los pulpos decían "No es que hablas mal, pero por tu acento no se te entiende".
- No importa - Decidió la Agente 3, cambiando de tema - El Capitán Jibión me ha pedido que te ayude a integrarte en la sociedad inkling, así que te estaré acompañando todos los días de 8 a 18.
- ¡Oh! - Contestó Octo - No… No sé qué decir.
- Si te incomoda, puedo hablar con el Capitán.
- No, no me incomoda, solo que no lo esperaba… ¿Me aguardas un segundo a que me cambie?
La Agente 3, al no estar ya esforzándose por hablar un idioma que no dominaba y habiéndose recuperado de la vergüenza sufrida, finalmente notó que la octoling estaba vistiendo un cómodo pijama de color rosado.
- Sí, por supuesto.
- Excelente, pasa por favor, espérame en el living mientras me cambio.
La Agente 3 observó la habitación, no había mucho que ver, una pequeña mesa, un par de sillas, una anticuada televisión al fondo y una cocina integrada a un costado. Sin embargo, estaba muy bien iluminada y el blanco de las paredes intensificaba dicha cualidad. El lugar era claramente prometedor, solo faltaba equiparlo un poco, pero ya habría tiempo para ocuparse de ello.
Se sentó como se lo habían pedido y allí esperó. Transcurrieron unos treinta minutos y comenzó a impacientarse.
- ¿Falta mucho? - Dijo en elevada voz.
- En cinco, estoy - Le respondió Octo desde la otra habitación.
Por lo visto, por "cinco" se refería a cinco horas y no a cinco minutos, pues hubo de pasar media hora más desde entonces y no parecía que la Agente 8 fuese a terminar en poco tiempo. Sin embargo, poco después, cuando ya dormitaba en su asiento, oyó:
- Lista, perdón por la demora.
La Agente 3 observó a su interlocutora y sus ojos se abrieron de estupefacción.
- Eh… ¿Vas a salir así?
- Sí, ¿qué tiene?
La joven Octariana llevaba un par de botas de cuero, una falda corta bastante ajustada y un top negro que dejaba el ombligo al descubierto.
- ¿No te parece que es un poco… revelador?
- Pero es mi traje de elite, lo uso siempre para combatir.
Seguro que en Distrito Pulpo, dicho traje era profundamente conservador y signo de decencia y pudor entre las octarianas, pero en Cromopolis la cuestión era un poquito diferente; no podía salir a la calle así, sobre todo en un barrio residencial como aquel, y arriesgarse a que una madre de familia les señalase indignada con el dedo.
Sin embargo, no podía ser cruel con la pobre octoling, quien no sabía nada de esto, de modo que intentó hacerle captar el mensaje con el mayor tacto posible:
- Mira, Agente Ocho…
- Octo.
- ¿Qué?
- Ocho es mi nombre en clave cuando estoy trabajando para el Escuadrón. Cuando no este de servicio, dime Octo.
- Octo…
- Sí.
- Tomaste el ocho y le cambiaste la H por la T.
- ¡No es por eso! - Contestó indignada - "Octo" viene de Octoling, por eso quiero usarlo como nombre.
- ¿Y por qué no usas tu verdadero nombre para eso? - Dijo el burro, hablando de orejas, olvidando que ella misma no usaba su verdadero nombre jamás.
- Es que… - Bajó la mirada - No lo recuerdo...
Claro, el Capitán Jibión había mencionado que la Agente 8 padecía de amnesia; ella lo sabía, ¿cómo pudo haberlo olvidado? Que falta de delicadeza por su parte.
- Disculpa…
- No pasa nada, no es tu culpa, Agente 3 - Le sonrió.
- Bueno, Octo, en todo caso, si vas a participar de los combates de tinta, no puedes vestir esas ropas.
- ¿No?
- No, por reglamento, todos comienzan como nivel 1 y los "Nivel 1" deben llevar la indumentaria y arma obligatorias para todo principiante. - Le dijo y era la verdad, una verdad más cómoda de decir que confesarle que su traje actual ofendería la moral de las rectas familias de clase media que tenía por vecinos, los cuales apenas y toleraban las ropas que vestía la juventud inkling, mucho más recatadas que las que ella llevaba puestas - Espera aquí, voy a comprarte lo necesario.
- ¿Te acompaño?
- No, no hace falta - La observó bien - Pareces de mi talla, vuelvo en cinco.
Y en cinco volvió, haciendo gala de una mejor noción espacio temporal de la que había demostrado Octo al cambiarse de ropas.
Entregó a la susodicha una remera amarilla con una inscripción negra en su delantera, unos tenis color crema y una cinta gris para la cabeza.
- ¿Esta es la ropa para los novatos?
- Sí, todos los principiantes deben llevarla puesta.
Octo le observó con una mirada de "¿Estas bromeando?" mas no dijo nada, se retiró a su habitación para cambiar su indumentaria.
- ¡Me veo ridícula! - Pronunció al regresar - ¿Por qué obligan a los nuevos a llevar esto?
- El estilo es algo que debe ganarse, Octo, es regla básica en la sociedad inkling. En cuanto subas de nivel, podrás llevar mejores ropas.
- ¿Y lo mismo aplica para las armas? - Protestó al tiempo que tomaba el rociador básico que le había traído la Agente 3.
- Sí y deja de quejarte, todo el equipo que llevas está pensado para beneficiar a los noobs y compensar su falta de experiencia.
- Pero yo tengo entrenamiento militar, experiencia es lo que me sobra.
- Excelente, entonces avanzarás rápido de nivel, no debes preocuparte. Ahora, vamos, tenemos cosas que hacer. - Y partieron.
Por supuesto, la emoción que Octo sentía al pensar que pronto se batiría en duelo era inconmensurable, así que igual de inconmensurable debió ser su decepción cuando la Agente 3 la llevó a un edificio público.
El lugar era simplemente maravilloso, había que hacer una fila de, como mínimo, una hora, solo para que un sujeto te preguntase de mala gana qué tramite querías realizar y luego te indicase el piso correspondiente, donde debería realizarse otra fila de, como mínimo, una hora, para ser atendido por una señora próxima a jubilarse, quién se tomaba entre cinco y diez minutos entre persona y persona, solo para pedirte de mala gana la documentación correspondiente a tu trámite en cuestión y, tras verla, comentarte que falta algún dichoso formulario que bien ella podría imprimir y entregártelo en el momento, a fin de rellenarlo, pero que prefería mandarte a buscarlo y así tendrías que formar nuevamente las dos dichosas filas de, como mínimo, una hora, para finalmente poder completar un trámite que no debería demorar más de una hora, pero que requeriría varios días.
- Sí que sabes cómo hacer divertir a una mujer - Mencionó Octo con ironía.
- Sé que esto es muy aburrido, pero debes regularizar tu situación como extranjera.
- ¿En serio?
- Octo, ¿vos te pensas que un octariano puede vivir en Cromopolis sin tener la documentación que lo respalde? Por ahora, técnicamente hablando, estás viviendo ilegalmente aquí, debemos regularizar tu situación o no podrás hacer nada, ni siquiera participar de los combates.
- ¿Y no habrá ningún problema? - Dijo con preocupación, pensando en la forma excepcional en que había ingresado, no por la frontera entre Distrito Pulpo y Cromopolis; sino desde el Metro Abisal, que se encontraba en el mar, justo en dirección contraria.
- No te preocupes - Contestó la Agente 3, adivinando su pesar - El Capitán Jibión hizo todo el papeleo necesario para explicar tu situación, además de declarar que eres parte del Escuadrón Branquias. Se te dará el visado correspondiente, al igual que un Documento de Identidad con el nombre provisional de tu elección.
- ¿El nombre lo elegiré yo?
- Legalmente, puedes llamarte Octo y, claro está, podrás cambiarlo el día en que recuperes tu memoria.
- ¿Y el apellido?
- Ese sí que no podrás elegirlo, el Capitán debe adoptarte, serás Octo Jibión.
- ¿Seré su nieta adoptiva?
- Hija.
Octo sintió un profundo escalofrío recorrer su espalda. Continuó preguntando en busca de resolver sus dudas.
- ¿Y el visado será de residencia permanente?
- Mientras te mantengas como parte del escuadrón, sí. Renuncia y lo perderás, entonces no sé si te darán otro.
Octo no pudo evitar que una sospecha se infiltrase en su corazón, ¿podría ser que el Capitán hubiese obrado a fin de tenerle entre la espada y la pared? ¿Asegurarse de que se mantuviese fiel al Escuadrón so pena de perderlo todo y ser repatriada a Distrito Pulpo? Observó detenidamente a la Agente 3, ¿Ella también estaría complotada o era un mero peón que no comprendía su función en un caso de extorsión? Y en caso de estarlo, ¿hasta qué punto?
Cerró los ojos, pensativa, su cabeza dolía a causa del esfuerzo mental que estaba efectuando, hasta que un nuevo recuerdo afloró desde las oscuras profundidades del océano de su mente.
Se veía a sí misma muchos años atrás, como tierna infante, aun incapaz de controlar correctamente su forma humanoide; A su alrededor se encontraban las sombras de los que debieron ser sus compañeros y al frente, detrás de un amplio escritorio que se elevaba sobre el estudiantado, hallábase el profesor; todos ellos recubiertos por una difusa niebla, por lo que captaba sus siluetas, mas no sus detalles.
El profesor, con voz grave que emanaba erudición, sentenció:
- […] Y recordad, mis jóvenes alumnos, nunca confiéis en los inklings. Son criaturas viles y deleznables, carentes de todo sentido del honor. Que esta advertencia se grave a fuego en vuestra memoria, dad la oportunidad a un inkling y seréis apuñalados en cuanto le deis la espalda.
Y sin embargo... ¿No podría ser que al Capitán no le quedase otra alternativa? Quizás esta era la única manera en que un octariano que se encontrase en su misma situación pudiese obtener el visado. Entonces habría sospechado malicia donde solo había buena intención. Él, desde el primer momento, habíase mostrado amable y carente de toda hostilidad hacia su persona, a pesar de ser Octariana.
¿Y la Agente 3? Apenas y habían intercambiado palabra en el Metro Abisal. Ella no conocía de primera mano ninguna de sus acciones, ni las pruebas que había realizado en aquellas estaciones, ni sus esfuerzos por salvar Cromopolis. ¿Recordaría el combate que habían entablado cuando el Comandante Tartar tomó posesión de su mente? ¿O el control ejercido había nublado todo rastro de conciencia? ¿Estaría resentida por ello? ¿Desconfiaría de ella por ser una octoling?
Suspiró, rememorando aquella pelea de la que no podía reconocer si se trataba de un recuerdo real o imaginario. Escuchó nuevamente a las Calamarciñas cantando la melodía Calamari Inkantation y vio a la Agente 3 abalanzándose sobre ella. Pero esta vez, fueron veinte segundos y, después, silencio.
Despertó sobresaltada, su compañera estaba a su lado, sacudiéndola.
- Hey - Espetó - Despierta, Octo, es nuestro turno. Vamos.
El trámite, quizás por contar con la firma del Capitán Jibión en los documentos, duró solo unas pocas horas, incluyendo el tiempo de espera para que le diesen entrega a Octo de su visa y documento de identidad. Cuando finalmente salieron de aquel gobierno de escritorios, era poco más de la una de la tarde.
…
La primera vez que Octo vio Inkopolis Square, se quedó dura. Ni en sus más fantasiosos sueños pudo haber imaginado jamás tamaña ostentación de riqueza, que contrastaba con los mugrientos trenes del Metro Abisal. Los jóvenes que por allí deambulaban, vestían las mejores ropas de las marcas más distinguidas, las cuales solo conseguían resaltar aún más su ridículo atuendo de principiante. A lo alto, cual monumento, la Torre Pulpo, centro neurálgico de todo lo que allí existía, y muy pronto entraría a ella.
- ¿Impresionada? - Sonrió la Agente 3 - Octo solo asintió - Sí, te entiendo, yo también me quedé así cuando vi por primera vez la Torre Calamar que, en aquel entonces, ocupaba el lugar de la Torre Pulpo... ¿Irás a combatir ahora mismo?
- Sin dudarlo.
- Entonces, ve.
- ¿Vendrás conmigo?
- Hace años que he colgado mis armas deportivas, no volveré a combatir. Pero conseguiré permiso para verte desde la zona arbitral. - Octo le sonrió gentilmente y corrió hacia la Torre Pulpo con pronunciado optimismo.
Una vez en combate, quedaron patentes los frutos de su entrenamiento, alzándose por encima de novatos indefensos. En su primera batalla, logró obtener treinta kills y cero bajas. En la segunda, veintisiete kills y una baja (pisó en falso y cayó del mapa). La tendencia se mantuvo hasta que finalmente comenzó a ser emparejada con inklings veteranos, entonces sus estadísticas se acomodaron en torno a los valores promedio, que seguían siendo bastante buenos pero no la exageración de los primeros.
Pronto alcanzó el nivel 10 y tomó un descanso para poder cambiar sus ropas por unas más decentes, así como comprar armas nuevas, decantándose por un rodillo.
Vuelta a la acción, eligió el competitivo y tocaba pintazonas. Dicha modalidad no se apartaba demasiado de la lógica subyacente en el amistoso; esto y su gran pericia le facilitaron subir rápidamente de rango, hasta finalizar en A+, momento en que decidió terminar por el día de hoy, agotada de tantos enfrentamientos. Entonces, eran las cuatro de la tarde.
…
La lata bajó decidida por el camino marcado en la máquina expendedora y Octo la tomó con ansia, buscando saciar su pronunciada sed. Bebió con gran júbilo mientras caminaba hacia la mesa donde le esperaba la Agente 3 y se sentó a su lado.
- Vaya, que día - Comentó al terminar su refresco.
- Lo has hecho estupendamente.
- Fue bastante fácil.
- Sí, es normal, ya tenías experiencia en combate, además de entrenamiento militar, mientras tus contrincantes eran completos novatos. Para la próxima, te enfrentarás contra inklings más experimentados.
- Bien, eso espero, no es divertido si no es un desafío - Entonces su atención fue desviada de su interlocutora hacia un grupo de inklings que entraban y salían de un viejo almacén escondido tras la Torre Pulpo - ¿Qué hacen esos inklings?
- ¿Cuáles?
- Esos de allí, a tu izquierda.
La Agente 3 volteó hacia la dirección señalada.
- Son trabajadores de Don Oso SA.
- ¿Don Oso SA?
- Sí, es una empresa (la única, en realidad) dedicada a la recolección y distribución de huevecillos dorados. Contratan personal temporario y los mandan a tierras salmónidas para recolectar los huevecillos de los salmónidos.
- Parece bastante sencillo.
- Sería bastante sencillo si los salmónidos no tuviesen algo que decir al respecto.
- ¿Ah, entonces oponen resistencia?
La Agente 3 le observó con seriedad, como si no pudiese creer lo que acababa de escuchar, como si Octo hubiese preguntando una obviedad.
- No, ¿cómo crees? - Comentó irónicamente - Un grupo de inklings invaden sus tierras y les preguntan amablemente, "Disculpe, señor salmón, ¿tiene algún huevecillo dorado que le sobre?" y los salmónidos responden, "Pero por supuesto, mi estimado calamar, aquí tiene el fruto de mi vientre y llévese también a su hermano, por favor, faltaría más".
- No hace falta que seas sarcástica - Respondió con ligero enfado.
- Perdona, Octo, pero es una obviedad, básicamente los inklings que hacen ese trabajo son traficantes de menores, al menos ante los ojos de los salmónidos. ¿Cómo no van a oponer resistencia?
- Bueno, está bien, tienes razón... ¿Y se gana bien en ese trabajo?
- No lo sé, yo nunca lo he hecho, no tengo necesidad, pero tengo entendido que sí, aunque hay que realizar bastantes encargos.
Octo pensó detenidamente el asunto, los combates le habían registrado una importante cantidad de dinero. Sin embargo, la mitad se lo había gastado en ropa y armamento, una pequeña parte en un poco de comida en el puesto de Adolfrito y el remanente, según palabras de la Agente 3, le podría alcanzar para vivir una semana si decidía ser asceta.
¿Cómo podía ser que con tanto pudiese adquirirse tan poco? Habíase preguntado Octo, siendo la respuesta tan sencilla como un poco de sentido común y elementales conocimientos económicos. Sabido es que el precio de un bien depende del libre juego de la oferta y la demanda, ascendiendo el mismo al aumentar su escasez, ya sea por reducción de stock o aumento de compradores, y disminuyendo cuando se da el caso contrario. Así, los productos más abundantes en relación a su demanda, tenderían a bajar de precio; mientras los más escasos tenderían a subir.
¿Y no es el dinero un bien más, sujeto a las mismas leyes que el resto de los bienes? Entonces, cuando este escaseaba, su precio debería subir; pero en Cromopolis la situación era justamente a la inversa, el dinero podía obtenerse fácilmente a través de una racha duradera de victorias e, incluso, las derrotas en amistoso dejaban algo, sin olvidarse de Don Oso SA, trabajo predilecto de la juventud inkling, ni de los demás empleos realizados por el resto de la población Cromopolita.
Así, el dinero en aquella ciudad era abundante y, por ley económica, su precio debería caer. ¿Pero cuál es el precio del dinero? Ciertamente no es expresable en dinero mismo; un dólar es un dólar y un euro es un euro, esto no es más que una tautología. Sin embargo, con un dólar pueden comprarse tantos calcetines y con un euro, cierta cantidad de botines. ¿No es, entonces, el precio del dinero la cantidad de bienes y servicios que este puede comprar? Efectivamente, así es.
Luego, el dinero en Cromopolis era abundante pero, por eso mismo, su poder adquisitivo, es decir, su precio, debería caer. En su exceso estaba la razón por la cual tanto del mismo pudiese comprar tan poco, tan simple como aquello.
Así, Octo se encontraba con que habiendo ganado tanto dinero, aun no tenía suficiente para mantener un buen nivel de vida por demasiado tiempo. También sabía que, si lo dicho por la Agente 3 era verdad, en poco tiempo se cruzaría con combatientes más experimentados, lo que podría significar una menor frecuencia de victorias. Asimismo, estaba su deseo de no depender de las ayudas de Perla y Marina, así como saldar la deuda que, ella sentía, tenía con la DJ.
Puede que trabajar para Don Oso SA fuese la respuesta a sus plegarias. ¿Por qué no? Las armas no se le daban mal y ningún salmónido podía ser tan terrible como aquellos octarianos sanitizados que había enfrentado en el Metro Abisal.
Se puso de pie y fue decidida hacia el almacén de aquella firma, seguida por la Agente 3.
- ¿Vas a trabajar?
- Sí, me hace falta.
- Mira que yo solo dispongo de poco menos de dos horas, luego debo irme a casa.
- Está bien, con ese tiempo alcanza.
Dentro, el almacén lucía lúgubre, lleno de trastos inútiles dispuestos en orden caótico, lo que generaba una atmosfera opresiva que alarmaba el corazón. Octo recorrió con su mirada la plenitud de aquel lugar, en busca de un alma que le diese la bienvenida y le ofreciese el empleo que tanto ansiaba.
- Buenos días, jóvenes, ¿buscan trabajar?
Octo fue sobresaltada ante una repentina voz que nunca hubiese esperado, pues nadie más que ellas dos se encontraba allí.
- Estoy aquí, bajen la mirada.
Así lo hicieron, enfocando su atención en lo que aparentaba ser la estatua de un oso grizzli, ahora convertida en radio emisora-receptora.
- ¿Has hablado tú? - Preguntó Octo.
- Así es, joven. Dejen que me presente, soy Don Oso, presidente y máximo accionista de la empresa Don Oso SA.
- Ah, pues mucho gusto, nosotras somos...
- Unas jóvenes entusiastas dispuestas a darlo todo por la prosperidad de Cromopolis.
- Ahí tiene razón, Octo. - Acotó la Agente 3.
- ¿Qué les parecería ayudarme a hacer de esta ciudad un lugar mejor?
- ¿Qué tendríamos que hacer?
- Los huevecillos de los salmónidos se han vuelto una materia prima indispensable para numerosas industrias de las que depende la buena salud de nuestra economía. Esto me lleva a mover cielo y tierra para obtener la mayor cantidad posible de huevecillos, pero no puedo hacerlo solo. Necesito jóvenes intrépidos y valientes que me ayuden en esta cruzada y ustedes parecen ser justo ese tipo de jóvenes.
- Ahí tiene razón de nuevo, Octo y me alaga por lo de jóvenes - Acotó nuevamente la Agente 3.
- ¿Paga bien?
- Ah, directo a los negocios, me gusta. Por supuesto, trabaja duro y obtendrás tu justa recompensa. Aquí pagamos por destajo, tanto en dinero como en especie.
- Suena bien.
- Me alegra que pienses así. Entonces, ¿qué me dicen?
- ¡Acepto el trabajo! - Contestó emocionada, Octo.
La Agente 3 se acercó a la radio-estatua y mostró sus documentos ante los ojos de la misma.
- No sé si puede ver a través de esa cosa.
- Claro que puedo... - Respondió Don Oso con suspicacia.
- Entonces, como podrá notar por mis documentos, soy la Agente 3 del Escuadrón Branquias, unidad de elite del ejército de Cromopolis.
- ¿Ejército? - El miedo se asomó a través de la voz del empresario - Agente, tengo todos mis papeles en orden, estoy legalmente autorizado para desarrollar esta actividad, tengo los impuestos y aportes a la seguridad social al día y cumplo con todas las disposiciones sanitarias y de prevención de riesgos en los lugares de trabajo, como marca la normativa vigente.
- Estoy segura que sí, señor Don Oso, no pongo en duda su honorabilidad, pero es mi deber, como parte de las fuerzas del Orden, echar un vistazo a sus papeles.
Palabra alguna salió por la radio-estatua, justo lo que la joven inkling esperaba. No fallaba, los empresarios, especialmente los dedicados a cuasi monopolios, raramente tienen sus papeles en regla y su susto era tal cuando recibían la visita de una autoridad que no conocían con anterioridad y, que por ende, no estaba sobornada.
- Claro que... - Continuó - yo no planeaba acudir a este lugar y mi visita no consta en ninguna orden oficial. Además, no quisiera quitarle el trabajo al personal que tiene asignada la visita de control. Quizás si lograra distraerme de alguna manera...
- ¿En qué sentido, Agente? - Inquirió intrigado.
- Permítame acompañarles en los viajes a tierras Salmónidas, quisiera observar a mi amiga en acción.
- ¿Eso le distraería?
- Completamente.
- Bien, no tengo inconvenientes.
- Excelente.
- Entonces, ¿puedo empezar a trabajar? - Irrumpió Octo.
- No tan rápido, joven octoling. Antes debes pasar por la tutoría correspondiente, donde se te instruirá en las nociones básicas de este empleo.
- ¿Pero es necesario?
- Naturalmente, la ley no me permite envíar al frente a un empleado sin la instrucción básica. Además, no sabrías que hacer; no ganarías nada, yo no ganaría nada, nadie ganaría nada, excepto los salmónidos.
- Bueno, está bien. - Se resignó Octo.
Y así, se le dio entrega de la indumentaria laboral correspondiente, de la cual opinó que era menos ridícula que las ropas de los novatos. Acto seguido, abordó la embarcación asignada y zarpó, junto con la Agente 3 y Don Oso (quién, en realidad, se encontraba solo en espíritu, a través de su susodicha radio-estatua, estando su ser a salvo, vaya uno a saber dónde), a las tierras Salmónidas, donde aquellos espartanos seres dirigíanse con el fin de enterrar sus preciados huevos cuando la naturaleza llamaba.
Allí fue instruida en los elementos básicos de la tarea que habría de desempeñar. Se le enseñó respecto a los huevecillos de poder, cuyo color era un anaranjado opaco, y los más valiosos huevecillos dorados; los distintos enemigos que componían el fiero ejército salmónido; las distintas clases de Grandes Salmónidos y la manera adecuada para acabar con cada uno de ellos; sobre qué hacer con los mencionados huevecillos dorados y como debía evitar que los salmónidos los recuperasen.
Instruida, como fue, en el arte de Salmon Run, como era conocida coloquialmente aquella riesgosa actividad, Don Oso le derivó a un bote próximo a zarpar, a fin de realizar su primer encargo, junto con otros tres compañeros, inklings todos ellos, no sin antes recomendarle leer el manual.
- No gracias, no es necesario - Contestó soberbia ante aquella sugerencia.
- ¿Segura? Mira que tiene información adicional que podría serte útil.
- No, no es necesario, ya sé todo lo necesito. Además, no dispongo de mucho tiempo.
- Como quieras... - Suspiró Don Oso - Nadie lee el manual.
Así, con plena confianza en sí misma, Octo y sus compañeros efectuaron un supersalto desde la embarcación en la que se encontraban, hacia el terreno donde habrían de batirse en duelo contra la horda salmónida, en periodos de tres holeadas, mientras Don Oso (en radio-estatua) y la Agente 3 observaban desde la seguridad del barco.
Todo podría haber sido mejor; antes de empezar la primera oleada, la marea subió, alcanzando a un sorprendido inkling, de modo que contaban con una baja incluso antes de empezar. La situación no mejoró demasiado con el inicio de la primera oleada; la confusión y la desorganización hiciéronse presentes, al menos en el lado de los moluscos, pues los salmónidos, en realidad, se encontraban bastante organizados. No quedó claro si alcanzaron a superar o no el minuto, pero definitivamente fue bastante breve.
- ¡¿Reventaron a todo el equipo?! Espero que lo cubra el seguro - Se lamentó Don Oso - Veamos cuantos huevecillos dorados recolectaron... ¿Uno? Qué lástima...
- Don Oso, eso fue una vergüenza. - Sentenció la Agente 3.
- Por los dioses, tiene toda la razón, agente. ¡Capitán!
- ¿Sí, señor? - Preguntó una medusa entrada en años, asomándose desde la cabina de la nave.
- ¿Fueron grabados los sucesos acaecidos?
- Por supuesto, señor, como siempre.
- Excelente, se lo venderemos a ese youtuber... ¿Cómo se llamaba?
- ¿Octoboy, señor?
- ¡Octoboy, cierto! Se lo venderemos a él para que lo publique como parte de su video de "Los Grandes Bloopers de Salmon Run" y con suerte lograremos cubrir los costos de esta bazofia.
Y mientras Don Oso se debatía sobre métodos de financiación creativa, Octo se lamentaba, cual alma en pena, en su salvavidas, profundamente avergonzada...
…
Y profundamente avergonzada deambulaba por las tranquilas calles de su vecindario, mientras el sol del ocaso cubría, con sus rojizos cabellos, las solitarias casas de los alrededores.
- Ya, Octo, no es para tanto. - Espetó la Agente 3.
- Para ti es fácil decirlo, no fuiste tú la que hizo el ridículo frente a esos salmones.
- Octo, para empezar, todos fueron un desastre, no solo vos. Además, ¿te piensas que te van salir todas bien? Todos tienen sus tropiezos y mira que te lo digo por experiencia.
La Octoling detuvo su andar y, dando un giro de ciento ochenta grados, enfrentó a su compañera...
- ¿Tú has tenido momentos vergonzosos en combates?
La Agente 3 recordó las veces donde, estando cerca de reventar a un rival, descubría con horror que había agotado su tanque de tinta, siendo ella la reventada al final; las veces donde habíase caído en las Torres Merluza o, pisando en falso, sumergido en la piscina del Spa Cala Bacalao.
- Sí, unos pocos, pero que los hay, los hay.
- Pero eres la Agente 3, ¿Cómo puede ser?
- ¿Y qué tiene que ver que sea la Agente 3?
- En Distrito Pulpo eres conocida como una formidable guerrera, si recuerdo bien...
- Sí... - Desvió la mirada - Supongo que debe incomodarte mi compañía, puedo pedirle al Capitán que te asigne otro compañero.
- ¿Eh? - Octo no entendía a que venía ese comentario - Vos no me incomodas, me gustó pasar el día contigo.
- ¿De verdad? - Se sorprendió la Agente 3.
- Claro, ¿por qué lo dudas?
- Y... No sé, vos sos octariana y...
- ¿Y qué?
- Y bueno, me pareció normal que me guardases rencor, por haber combatido tantas veces contra los tuyos...
- ¿Te refieres al combate contra el Gran Líder?
- ¿Te refieres a Octavio?
- Sí, yo no te guardo rencor por eso, comprendo que un soldado debe cumplir con su deber y el tuyo era proteger Cromopolis.
- He hecho... He hecho muchas cosas en nombre de tal deber... cosas terribles. - Bajó la mirada, recordando a la ex Agente 4, que caro le había salido cumplir con su deber...
Octo le observó penetrante, se acercó en silencio y colocó sus manos sobre los hombros de la Agente 3.
- A mí no me importa lo que hayas hecho, tu pasado es tu pasado y no te voy a juzgar por ello. Eres una buena persona y, en lo que a mí respecta, una amiga.
De pronto, la Agente 3 tomó conciencia de la cercanía de la octariana, podía sentir el cálido aire de su aliento, oler su agradable perfume, admirar sus gráciles facciones. Se impulsó hacia atrás a fin de soltarse de su suave agarre.
- ¿Amiga? A penas y nos conocemos...
- Pero me salvaste la vida, te estoy agradecida por ello, por tal razón te considero mi amiga.
- So...Solo cumplía con mi deber, no sabía que estabas ahí, pensaba que solo estaba el Capitán. Además, perdí el conocimiento, no ayudé en nada y esa... esa cosa tomó posesión de mí, y los ataqué.
- Eso fue culpa del Comandante Tartar, no la tuya y te lo repito, salvaste mi vida, eres una heroína; sin ti, no hubiésemos tenido oportunidad de detener a ese maldito - Guardó silencio por unos segundos, esperando una respuesta de la Agente 3; al ver que esta no llegaba, continuó - Bien, en todo caso eres mi amiga, al menos yo te considero así. No sé qué pensarás vos.
- Yo... - Intentó decir algo, pero las palabras simplemente no salían de su boca, no podía imaginarlas siquiera, no sabía que pensar.
- Bien... - Suspiró Octo y se dio vuelta - Ya es tarde, yo puedo continuar sola desde aquí y supongo que tienes una vida aparte de ser mi compañía, así que puedes irte a casa si lo deseas. Si quieres, puedes decirle al capitán de no continuar con esta tarea, dile que yo puedo cuidarme sola, que no necesito de un guía...
La mueca de estupefacción se dibujó en el rostro de la Agente 3, mientras veía a Octo alejarse e, imbuida por una fuerza desconocida proveniente desde lo más recóndito de su ser, gritó...
- ¡Octo! - La susodicha se detuvo en el acto, giró la cabeza y sus ojos se encontraron.
- ¿Sí, Agente 3?
- Que no te considere mi amiga no significa que no desee serlo...
- ¿Entonces?
- Te veré mañana.
La joven octoling le sonrió.
- Pues te esperaré. Adiós, Agente 3, hasta mañana.
- Adiós, Octo, hasta mañana.
Y cada una se fue por su camino.
CONTINUARÁ...
