TRABAJOS
El vehículo aparcó justo en frente de la correccional; Emiliano observó la mole gris con sonrisa divertida:
- Mira, Susy, allí está, "La Tumba", donde las almas perdidas van a parar si han sido lo bastante desgraciadas como para no encontrar la muerte antes, algunas la hallarán dentro, otras saldrán peor que como ingresaron.
- Y nosotros seguramente terminemos allí algún día. - Acotó Susy al tiempo que bajaba del automóvil, mientras el octariano estallaba en estruendosa carcajada.
- Ciertamente, mas yo me encomiendo a Cthulhu para que dicho día nunca llegue; pero, si ha de llegar, le recibiré con la frente en alto.
- Sí, ajá. Espérame aquí, voy a buscar a Santi.
Ingresó al centro penitenciario. Dentro, una sala de espera pobremente decorada, con unos asientos para quienes aguardaban ser atendidos y escasamente poblada a esa hora del día, fuera del horario de visitas. Al fondo, un mostrador; tras el mismo, protegido por un vidrio blindado, un guardia que oficiaba de recepcionista y, a la izquierda de este, una puerta blindada que delimitaba el ingreso a la prisión.
- Buenos días - Saludó tranquilamente pero con respeto al susodicho.
- ¿En qué puedo ayudarle? - Preguntó el uniformado con fría indiferencia.
Le explicó que venía a buscar a su novio, nombrándolo por nombre y apellido, puesto que lo liberaban hoy. El guardia buscó, o simuló buscar, información del interno a través de su computadora. Tras unos cuantos golpeteos en el teclado, seguidos de un severo silencio en tanto revisaba los datos revelados en la pantalla, el carcelero elevó la mirada y con hostilidad dijo:
- El prisionero está realizando los trámites correspondientes para su salida, tome un asiento y aguarde.
Así lo hizo y su impaciencia fue creciendo con el pasar de los minutos, a medida que el reloj, con su rítmico tic-tac, perseveraba incansable en su constante andar, sin llegar a ninguna parte. El veloz segundero abría paso al tranquilo minutero y este último al pequeño horario, perezoso en sus movimientos. El ruido que provocaban estas inquietas agujas le mortificaban y desesperaban cada vez más y, a pesar de no haber transcurrido ni media hora, a ella le había parecido una eternidad.
Entonces, cuando su paciencia flaqueaba y pronto estaba por levantarse e increpar al guardia, percibió el suave graznar de la puerta que llevaba a la prisión. Posando los ojos sobre aquel imponente portal que separaba a las almas libres de los lamentables condenados, se mantuvo expectante ante lo que de esta pudiese revelarse.
Y a pesar de ya saber a qué atenerse, no pudo evitar ponerse abruptamente de pie cuando le vio allí, escoltado por dos guardias, emergiendo como gran superviviente de aquella siniestra boca de lobo que es la cárcel.
Dos años habían pasado, dos años en que no le había visto, aunque a ella le parecieron muchos más, y sin embargo, poco había cambiado desde aquel entonces, el mismo bello rostro, coronado por aquel peinado hacia arriba que le daba gran estilo y adornado por esos profundos ojos azules que tanto le cautivaban. Se encontraba prácticamente igual, excepto, quizás, solo quizás, por su semblante. Lo notaba mucho más serio, mucho más adusto, endurecido por las vivencias que, sin duda, ha debido de soportar.
Ocupado como estaba en los trámites finales que le sometían los guardias para oficializar su salida del penal, no captó su presencia en un primer momento, mas cuando logró liberarse de la asfixiante tutela a la que le sometían los uniformados, posó sus ojos sobre lo de ella... el ansiado encuentro había llegado.
Quién hubiese pensado que, tras tanto tiempo sin verse, tantas noches en vela pensando cómo sería su reencuentro, Susy no fue capaz de decir nada, solo se quedó allí, de pie, paralizada. Sin embargo, él, notando la actitud dubitativa de la joven, avanzó hacia ella con paso firme y, cuando solo un espacio exiguo les separaba, pronunció:
- Hola Susy.
Y fue entonces cuando su mente despertó de la parálisis que le afectaba. Con los ojos enjuagados en lágrimas, se abalanzó hacia él con gran fuerza, uniéndose en un cálido abrazo, por tantas lunas esperado.
- ¡Santi! ¡Santi! ¡Al fin te veo! ¡Te he extrañado tanto! - Gritó entre llantos, mientras su amado le consolaba teniéndola entre sus brazos.
- Yo también te he extrañado.
- ¡¿Por qué dejaste de mandarme cartas de forma tan abrupta?! ¡Estaba preocupada, pensé que te había pasado algo o que habías dejado de amarme!
- Lo siento... - Dijo seriamente, intentando no demostrar emoción alguna, aunque un halo de culpa logró filtrarse - Pensé que era muy riesgoso ponerme en contacto contigo mientras estuviese en la cárcel, temía lo que pudiera pasar si sabían de ti. - Y ahora, con visible enfado… - Nunca vuelvas a pensar que podría dejar de amarte, pues fue la esperanza de volver a verte lo que me dio fuerzas para despertarme cada día que pasé en la cárcel.
Por un momento, Susy guardó silencio, el cual nadie hozó perturbar, hasta que la joven finalmente pronunció:
- Está bien... pero no vuelvas a alejarte de mí.
- Susy... - Suspiró Santiago - Vamos, regresemos a casa.
Salían de la cárcel, mientras brillaba en lo alto el sol del mediodía.
- Entonces - Pronunció Santiago - ¿Los del Escuadrón te consiguieron un reemplazo?
- Una Octoling, aunque no lo creas.
- Sí lo creo, va de la mano con los "tiempos modernos" - Acotó con ironía - Y Romy quiere que la vigilemos, ¿no?
- De momento, solo eso. Por ese motivo tenemos que abrir una cafetería cerca de Inkopolis Square.
- Entiendo... Será divertido tener un negocio en pareja.
- Ah, sí. - Respondió, visiblemente incómoda - Sobre eso...
- ¿Qué?
- No será en pareja...
- ¿Qué quieres decir? - Dijo extrañado.
Y tal fue su sorpresa cuando llegó al vehículo que los esperaba y encontrarse con un joven octariano de curioso peinado y rostro vivaz, platicando animadamente con una bella inkling.
Susy, visiblemente irritada, se acercó al susodicho y tosió intencionadamente, a fin de captar su atención.
- Ah, Susy - Respondió Emiliano en tono jovial - ¿Ya liberaron a tu novio?
- Sí... - Y dirigiendo la mirada hacia Santiago, quien observaba la escena con expresión adusta, procedió a presentarlos. - Santi, quiero presentarte a Emiliano; él... trabajará con nosotros.
El mencionado se dirigió tranquilamente hacia Santiago y le extendió la mano, esperando recibir un amistoso apretón como contrapartida - Encantado de conocerte, Santiago.
Mas el inkling no correspondió el saludo, quedándose allí, mortalmente callado. Sus ojos, protegidos bajo el amparo de un espeso ceño fruncido, centelleaban llenos de odio y hostilidad.
Emiliano, percibiendo la actitud amenazante de quién tenía delante, bajó la mano, desistiendo de cualquier intento de saludo y, dando media vuelta, se dirigió a Susy:
- Un tipo taciturno, tu novio.
- Discúlpalo, él es un poco serio a veces.
- Ah, ya veo.
Pero Santiago, ignorando el pequeño debate sobre su persona, observó por encima del hombro del joven octópodo, dirigiendo su atención hacia la inkling con quien este conversaba justo antes de que ellos hiciesen acto de presencia.
- ¿Quién es ella? - Inquirió.
- Ah sí, que descortesía por mi parte. - Contestó Emiliano, dirigiéndose hacia donde se encontraba la aludida. - Chicos, ella es Noelia. Noe, ellos son Susy, una amiga mía, y Santiago, su novio.
- Encantada.
- ¿La conoces de algo? - Preguntó Susy.
- No, recién nos conocemos, ella venía a visitar a su hermano y... bueno, nos pusimos a conversar.
- Entiendo...
- Bueno, Emi - Interrumpió Noelia - Fue un gusto conocerte, pero debo irme antes de que termine el horario de visita.
- Claro, entiendo, linda. Pero, ¿Qué tal si intercambiamos nuestros números? Así podemos seguir charlando más tarde. - La inkling sonrió.
- Dale. ¿Anotas?
- Sí, déjame que saque mi celular. - Y así, en una hábil pero arriesgada jugada, Emiliano se las había arreglado para obtener el número de una mujer a la que apenas y acababa de conocer.
- Listo, Emi. Me voy yendo, espero tu llamado.
- En cuento me desocupe, lo hago y cuando quieras pásate por nuestra cafetería, la abrimos hoy.
- Dale, sí, me parece bien. Hasta luego.
Cuando la joven se hubo marchado, Susy encaró al impetuoso octariano:
- Emiliano, te dije que esperaras en el auto. - El aludido le observó sorprendido.
- Eso hice.
- No es verdad, estabas afuera, charlando muy a gusto con esa chica, casanova.
- Bueno, vos no me dijiste que me quedase a dentro del vehículo. Además, era una oportunidad demasiado buena como para dejarla pasar.
- No quiero que se repita; la próxima vez, mantén la mente enfocada en tu trabajo y no en unas buenas curvas.
- ¡Por Cthulhu! - Suspiró, exasperado - ¿Siempre es así? - Le preguntó a Santiago.
- ¿Vamos? - Fue todo lo que dijo, ignorándole.
Y dicho esto, subieron al automóvil, rumbo hacia la cafetería que les serviría de tapadera.
El local era simplemente hermoso, eso ninguno de los tres podía negarlo. Romy, seguramente, habíase encargado ya de todo lo referente a la remodelación, decoración y amueblamiento del mismo, dado que contaba con las respectivas mesas donde los clientes podrían relajarse al compás de un cálido expreso; el horno, la cafetera y demás equipo necesario para la confección de los pedidos y los bellos cuadros alusivos al café, que servían para darle personalidad a las rojizas paredes.
- No está nada mal. - Fue todo lo que alcanzó a decir Susy - Emiliano, fíjate en la parte de atrás, a ver que tenemos.
- A la orden.
Mientras le esperaban, Susy se dedicó a deambular por el local, deslizó el dedo por una de las mesas y lo observó detenidamente, entrecerrando la mirada.
- Está lleno de polvo, vamos a tener que pasar el día haciendo limpieza.
- Está bien. - Respondió Santiago con sequedad.
- ¿Qué te ocurre?
- Nada.
- No, nada, no. Estás así desde que salimos de la cárcel. ¿Por qué estás tan enojado?
- Hace dos años que no nos vemos, esperaba pasar tiempo de calidad contigo, no verte en compañía de Disco Stu. - Aludiendo al corte afro de Emiliano.
- Romy ordenó que debía acompañarnos.
- ¿Y no te podías haber negado?
- ¿Vos me lo decís en serio?
- Sí, es un sucio octariano, no confío en él y no me gusta cómo te mira.
- ¿Estás celoso?
- Por supuesto que no, sé que tienes muy buen gusto como para acostarte con él, pero es un lascivo, temo que intente hacerte algo.
- Me parece que estás exagerando, tu octofobia te ciega.
- Pero si es evidente.
- Santi, por favor.
- Lo quiero fuera de aquí, Susy.
- ¿Lo quieres fuera de aquí? ¡Pues habla con Romy, a mí no me metas en tus estupideces!
- No entiendo porque lo quieres con nosotros.
- ¡Ay, por los dioses! - Se restregó las manos por el rostro, claramente exasperada y, después, dirigió la más hostil de las miradas a su novio, espetándole: - Mira, estoy cansada, desde que llegué ayer, no he parado un segundo. No tengo ganas de que nadie me hinche los ovarios, especialmente vos con tus celos y tu octofobia. A mí, Emiliano, me trae sin cuidado. ¿No lo quieres con nosotros? ¡Bien! Pero vos lo hablas con Romy, a mí no me jodas. ¡¿Entendido?!
- Entendido.
- Bien, ahora ayúdame a limpiar este lugar. - Y así lo hizo, pronto ambos estaban restregando un trapo por los muebles, quitando el polvo acumulado y, a los pocos minutos, Emiliano hizo acto de presencia.
- Volví.
- Ah, que oportuno. - Respondió, sarcástico, Santiago - Cinco minutos antes nos hubieses sido de gran ayuda y no ahora, cuando ya estamos terminando.
- Bueno, perdón, me distraje.
- Sí, seguramente te quedaste hipnotizado con alguna luz.
El octariano, para exasperación de Santiago, se tomó la burla en broma, soltando una estruendosa carcajada.
- Tenemos mucho café, cajas y cajas. - Dijo, cambiando de tema - También algo de té.
- ¿Pastelería?
- No, de eso, nada. Deberemos encargar a una panadería.
- Bien, más tarde me encargo de eso. - Dijo Susy. - ¿Algo más?
- La parte de arriba sirve como casa.
- ¿Cómo?
- Claro, tiene todo lo necesario para vivir; tele, sofá, baño, incluso una cama matrimonial.
- Ah, bien.
- Ya que terminaste con eso, ayúdanos a limpiar.
Así, pasaron el resto del día aseando el local; barrieron, limpiaron el piso, paredes y ventanas, también los platos, vasos y bajilla diversa.
Pronto devino la tarde y los mechones escarlata del noble astro bañaron con su luz el amplio espacio del local. Susy, entonces, contactó con la panadería más cercana, cerrando un trato para que les proveyeran, a partir de mañana, la pastelería y demás dulces que sirvieran como acompañamiento de las infusiones.
Puesto que eran nuevos clientes, la panadería exigió un adelanto en concepto de Garantía. De eso se encargaron los dos hombres, dado que Santiago, en su mortal prejuicio, no confiaba en que Emiliano entregase el dinero, más tampoco deseaba dejarlo a solas con su bella amada. Una hora tardaron en lo que retiraron el dinero de una cuenta que Romy había dispuesto para ellos y llevarlo a la panadería. Para cuando regresaron, ya había anochecido y el trabajo, finalmente, concluido.
- Estoy cansadísima. - Suspiró Susy.
- Sí, fue un día largo, supongo que ahora podremos descansar. - Asintió Santiago.
- Sí, bajemos la persiana y terminemos por hoy.
- Bien, les dejo la cama matrimonial. - Dijo Emiliano, disponiéndose a subir a los pisos superiores.
- ¿Dónde te crees que vas? - Increpó Santiago.
- A dormir.
- A dormir, vas a tu casa.
- ¿Cómo?
- Vos acá no te quedas, no sé dónde sacaste la idea de que ibas a vivir en los pisos de arriba.
- Pero si estamos juntos en esto.
- ¡Vos, acá, no te quedas! ¿Entendido? Si no, te lo puedo hacer entender a los golpes.
- ¡WOW! Amigo, tranqui - Sonrió - ¿A qué viene tanta hostilidad? - Entonces posó su atención en Susy y ahí su mente comprendió - Ahhhhh Claro, ya entiendo. - Río - Mis más sinceras disculpas, amigo - Me imagino que tras tanto tiempo en la sombra, lo primero que deseas es intimidad con tu mujer. No te juzgo, yo actuaría de la misma forma. Está bien, me retiraré, disfruten... - Y cuando disponíase salir, acotó, con esa simpática sonrisa que le caracterizaba - No se olviden del mañanero, aumenta la productividad. - Y se marchó antes de que Santiago pudiese reaccionar.
En la comodidad de su suite, Romy dedicábase a sus tareas, profundamente aburrida, con los ojos cansados, atenta al contenido que revelaba la pantalla de su laptop.
El soporífero silencio fue súbitamente interrumpido por el sonar de su celular, que alertaba de una llamada entrante.
- ¿Hola?
- ¡¿Me podes decir en qué carajo pensabas cuando pusiste a ese pulpo sarnoso como nuestro compañero?!
- ¡Santiago! - Respondió con alegría - Que gusto oírte después de tanto tiempo, yo también te extrañé. ¿Qué tal la prisión?
- Responde a mi pregunta, Romy.
- Vos a mí no me das órdenes, Santi. Te sugiero que te ubiques y si tienes dudas, pregúntale a tu novia, que ella conoce mis razones.
- Lo quiero fuera.
- Me importa un carajo.
- Romy, yo tengo una reputación que cuidar, no puedo dejar que los muchachos crean que soy amigo de un pulpo. Perdería toda mi influencia sobre ellos.
- No tiene por qué ser tu amigo, di que es amigo de tu mujer y que no te queda más remedio que tenerlo como socio.
- Eso sería peor, voy a parecer un pollerudo.
- ¡Ohhhh! Así que se trata de eso. Ustedes, los hombres, y su masculinidad frágil.
- Romy...
- ¡Frágil! ¡Muy frágil! ¡Fragilísima!
- ¡Romy!
- ¿Qué?
- ¿Debo recordarte que mi relación con los muchachos es afín a los intereses de La Familia? Si pierdo su respeto, no voy a tener forma de generar el contexto político que necesitamos.
- Santiago, ¿no seré yo quien deba recordarte que vos y tu noviecita están en deuda conmigo?
- No.
- ¡¿No, qué?!
- No, Romy, yo lo recuerdo, pero...
- Bien, si lo recuerdas, entonces no es necesario mencionarte que primero respondes ante mí y después ante La Familia. Emiliano se queda y no quiero volver a discutirlo o te voy a procesar como comida para Salmónidos. ¿Entendido?
- Si...
- Bien, un placer hablar contigo. Mándale saludos a Susy. - Y cortó.
Santiago se quedó de piedra, mientras observaba, lleno de resignación, la pantalla de su celular; la cual mostraba, insensible, el estado de "llamada cortada". Sintió como el gélido soplido del Padre Tiempo penetraba en lo más profundo de sus huesos; sintió el paso de los años que, aunque pocos, eran abundantes en experiencias; sintió el peso de las responsabilidades que La Familia había colocado sobre sus hombros, incontables trabajos marcaban, cual migajas de pan para gemelos extraviados, el camino que le llevaba, cada vez más, en espiral descendente, hacia lo más recóndito del averno, donde su alma atormentada ya nunca más podría escapar; sintió la espada de Damocles suspendida sobre su cabeza, amenazante, que caería como cruel castigo por parte de los altos mandos de La Familia si este les fallaba y sintió la profunda desesperanza que la negativa de Romy le había generado, completamente inconsciente o, peor, completamente indiferente del riesgo en que le colocaba a él, al ordenarle cooperar con ese pulpo despreciable; tantos esfuerzos, tantas noches en vela, tantos sacrificios, incluyendo un tiempo en la sombra, todo para nada, para ser tirados a la basura por el capricho de aquella pérfida mujer... Sintió todo esto y pensó que ya no podía más, solo quería descansar.
Susy le observaba, desde la puerta de su habitación, ya en pijamas, con compasión en la mirada y gran amor en su alma. Al verle tan indefenso, tan desdichado, a aquél hombre que era su amado, su corazón no pudo soportarlo y a él se aproximó, para abrazarle cálidamente por la espalda.
- ¿Está todo bien? - Preguntó.
- Sí, está todo bien. Romy, simplemente, se negó. Tienes suerte, nos quedaremos con ese octariano.
- A mí no me interesa Emiliano, Santi. Me da igual si se queda o no, a mí solo me interesas tú, eso quiero que te quede claro. - El joven no respondió - ¿Quedó claro?
- Sí.
- Bien... Y porque me interesas, quiero que sepas que me preocupas, Santi. Me preocupa tu actitud. Sé que eres octofóbico, no lo niegues, bastante bien te conozco. Más no me parece normal que tu odio hacia ellos sea tan intenso, que te lo quieras quitar de encima a toda costa.
- Susy, hay cosas que ignoras.
- Pues dímelas; si entre nosotros hay confianza, no hay razón para que nos guardemos secretos.
Santiago cerró los ojos por unos segundos, intentó meditar, mas solo podía sentir el cálido cuerpo de su enamorada aferrándose a su espalda, sus delicados brazos entrelazándose sobre su pecho, la dulce fragancia de su perfume, los suaves senos y, tras estos, el relajante latir de su corazón.
Respiró profundo y se soltó del abrazo en que ella le contenía, dando media vuelta y perdiéndose en su mirada, encontrando la paz interior que necesitaba. Tan bella, tan perfecta, tanto le había echado de menos, no valía la pena amargarse por problemas justo ahora, era tiempo de disfrutar el momento que tenían juntos, por tantos meses anhelado.
Aproximó lentamente el rostro, cerró los ojos y posó sus labios sobre los de ella, en un ansiado beso que enterneció sus corazones. Deslizó las manos por su espalda, recorriendo lentamente sus esbeltas curvas, para apoyarse finalmente sobre sus posaderas.
Besos y caricias, caricias y besos, se sucedieron en procesión interminable. Lentamente, poco a poco, las distintas ropas fueron cayendo, desparramadas por el suelo y formando un sendero que llevaba directo al lecho. Las respiraciones se aceleraron, se hicieron más profundas, más sucesivas, mientras los gemidos se abrían paso, tímidamente en un principio, en desvergonzada vertiente con el transcurrir de los minutos, hasta volverse escandalosamente atrevidos cuando la diosa Venus, de cautivante figura, bendijo su amoroso acto.
Y tras unas horas de consumado aquel acto, el silencio reinaba en el ambiente, interrumpido, únicamente, por los grillos trasnochadores. Su amada descansaba sobre su pecho, mientras él, con la mirada perdida sobre el techo y el corazón más calmo, supo lo que debía hacer para tener una posibilidad de quedar, ante La Familia, bien parado.
Con cuidado de no despertar a su novia, se movió cuidadosamente a fin de tomar su teléfono celular que descansaba sobre la mesita de noche. Buscó entre sus contactos el número que necesitaba y marcó.
- ¿Hola? - Dijo, al otro lado de la línea, una voz que revelaba que, hasta hace poco, su propietario dormía.
- Buenas noches, Capitán Alan.
- ¿Quién habla?
- Soy yo, Santiago.
- Ah, Santiago. ¿Te dejan llamar a esta hora desde la cárcel?
- Ya salí.
- ¿Sí? ¿Desde cuándo?
- Hoy... Bah, ayer para ser exactos - Notando el hecho de que la medianoche ya había pasado.
- Bueno, me alegro por ti.
- Gracias.
- ¿Y qué necesitas? No creo que me llames a esta hora solo para charlar de los viejos tiempos.
- Quería hablar de ese temita de los octarianos.
- A ver, te escucho.
- Se me ocurrió una idea para generar el contexto político que necesitamos...
Emiliano llegó temprano a la mañana siguiente, encontrándose con el par de tórtolos ya despiertos y las puertas del local abiertas, listos para recibir a la camada de clientes que próximamente arribaría.
- Buenos días, muchachos. ¿Cómo están?
- Hola, Emi. Bien, ¿y vos? - Saludó Susy, con ánimo alegre, mientras que Santiago se mantuvo callado, persistiendo en su gran animadversión hacia el joven octópodo, el cual esbozó una juguetona sonrisa.
- Vaya, Susy, ¿es idea mía o estás de muy bien humor el día de hoy? La atendiste bien anoche, ¿eh, campeón?
Y no tuvo tiempo a reaccionar cuando Santiago se abalanzó hacia él, tomándole por el cuello de la camisa y le hubiese mandado directo al hospital de no ser por la rápida intervención de su pareja.
- ¡Basta los dos, sepárense! ¡Van a espantar a los clientes!
- ¡¿Pero vos escuchaste lo que dijo?! - Respondió Santiago, visiblemente enojado.
- Lo escuché, pero el trabajo es primero y tienes que saber controlarte, Santi o lo echarás todo a perder. - El susodicho respiró profundo, tragó bronca y se apartó, ofendido. ¿Cómo podía ser que ella le increpase a él, cuando fue ese sucio octariano quien le había faltado el respeto con una pregunta impertinente? Mas Susy hizo caso omiso de su frustración y encaró a Emiliano - En cuanto a ti, te sugiero que te comportes, somos compañeros de trabajo, nada más. Hay confianzas que no te puedes permitir, no te confundas.
El joven pulpo volvió a sonreír, esta vez con ánimo conciliador y, con acento respetuoso, dijo:
- Perdón, Susy; perdón, Santiago, no volverá a ocurrir.
- Perdonado estás. - Respondió Santiago, con aire solemne y seriedad en la mirada.
Susy rio tímidamente, la respuesta de su novio y la forma en que la dijo, le causaron gracia. Pero la misión debía continuar, así qué, dando por concluido el incidente, pronunció:
- Muy bien, chicos. Vamos a ponernos manos a la obra. Como ya saben, hay que vigilar a la supuesta Agente 8. Suele estar acompañada por la Agente 3 y rondar por Inkopolis Square. Tenemos que recordar dos cosas: la primera, es que nadie del Escuadrón Branquias debe saber que la vigilamos, seamos discretos; la segunda, derivada de la anterior, es menester mantener nuestra tapadera, así que compórtense como trabajares honestos, no hagan el imbécil y repriman sus impulsos criminales. ¿Entendido?
- Está bien, evitaré empujar a dulces ancianitas por las escaleras, pero solo porque tú me lo pides, Susy. - Respondió Emiliano.
- Estoy seguro que el octariano sabrá comportarse, a duras penas, pero lo hará. - Acotó Santiago.
- En realidad, Santi, eres tú el que más me preocupa.
- ¡¿Yo?!
- No te hagas el ofendido, fuiste a prisión por golpear a un hombre hasta mandarlo al hospital.
- Y casi me mandas a mí. - Agregó Emiliano.
- Vos, pulpo, te lo merecías.
- En todo caso, Santi, resulta evidente que tienes serios problemas con la ira. Te pido, por favor, que te controles. - El aludido miró a su novia con hastío, mas simplemente suspiró.
- Ya qué...
- Bien... Dicho esto, considero que debemos trabajar por turnos, dos de nosotros atenderemos en la cafetería y el tercero saldrá a vigilar. - Tomó una pila de panfletos y se las entregó a Emiliano - Vas primero, reparte esto por Cromopolis, ubica a la octariana, obsérvala como actúa, que hace, que dice.
- ¿Y por qué yo?
- Eres un octariano, confío que sabrás interpretarla mejor que cualquiera de nosotros.
- ¿Estás segura, Susy? - Acotó Santiago - ¿No sería sospechoso un octariano trabajando?
- ¡Santi, basta! - Sentenció.
- Deja que hable, Susy - Comentó Emiliano, risueño - Solo proyecta en otros sus propias carencias.
- ¿Qué estás queriendo decir? - Retrucó Santiago.
- Dedúcelo por ti mismo si te crees tan listo. Los octarianos no necesitamos denigrar a otros, hemos sufrido lo indecible y nos hemos levantado una y otra vez, porque el Gran Cthulhu está con nosotros, no podemos perder.
- Que yo sepa, la historia de tu pueblo no es más que la de una derrota tras otra.
- Y la vuestra no es más que la de la soberbia que anticipa su propia caída...
Y por un momento, Santiago creyó ver, a través de la mirada del joven octópodo, el odio y la ira asesina que se esforzaba por esconder, ardiendo en lo más profundo de su ser con la intensidad de mil soles. Mas esto fue solo un instante, un parpadeo y, como si nunca se hubiese ido, como si siempre hubiese estado ahí, su amistosa aura volvió a envolverle. Entonces, con una gran sonrisa, este dijo:
- Pero ahora, hemos de trabajar juntos, olvidemos nuestras diferencias. Iré a vigilar a esta Agente 8.
- Recuerda - Dijo Susy - La Agente 3 le acompaña, si la encuentras, también encontrarás a ella.
- ¿Sabes quién es la Agente 3? - Preguntó Santiago.
- No hay octariano que no lo sepa. - Contestó, al tiempo que se iba.
La burlona pregunta hecha por Santiago desde lo más profundo de su intolerancia, haciendo alusión a una supuesta holgazanería intrínseca a todos los octarianos, encontró en Emiliano un caso afirmativo.
No es que el octópodo desistiese de cumplir con la tarea asignada, pues ni bien llegó a Inkopolis Square, comenzó a repartir panfletos a todo aquel que se cruzase en su camino, al tiempo que, con vista de halcón, escrutaba atentamente los rostros de los transeúntes, en busca de la temida Agente 3 y, con ella, a la octoling que debían vigilar.
No obstante, su atención no duró demasiado, ni bien cruzó vistas con una bella inkling que pasaba por allí. Apenas captó su atención, le dedicó una dulce sonrisa a la que la chica correspondió. Entonces, viendo su oportunidad, se acercó a ella y le ofreció uno de los panfletos.
- Buenos días, señorita. ¿Le interesaría un folleto?
- Ay, gracias. ¿De qué es?
- Una cafetería, está justo enfrente de la estación. Abrimos hoy, yo junto con unos amigos.
- Uy, qué bueno. Un joven empresario.
- "Empresario" suena pomposo; pero sí, soy un emprendedor. Es que en este mundo, uno tiene que tratar de abrirse paso y arriesgar, sobre todo arriesgar, o sino pasarás el resto de tu vida en un trabajo de 8 horas que te hace infeliz.
- Mal, es verdad, si se quiere algo distinto, hay que hacer algo distinto.
- Por supuesto, sí, estamos de acuerdo... ¿y cómo te llamas?
- Vanesa, ¿y vos?
- Emiliano.
Y así, logró iniciar una conversación. Continuaron con los tópicos de siempre; ¿de dónde eres?, ¿qué te gusta hacer en tu tiempo libre?, ¿cuál es tu bebida favorita?, etc. La charla fluía con naturalidad y así, los segundos fueron pasando y pronto se transformaron en minutos y de esta manera hubiesen proseguido de no ser, por mera casualidad, que Emiliano reconoció, tras mirar por encima del hombro de Vanesa, a la Agente 3, acompañada de una Octariana que, sin lugar a dudas, se trataba de la Agente 8.
Les siguió con la mirada, atento, viendo como ingresaban a la Torre Pulpo para, seguramente, matar el tiempo con unos buenos combates de tinta.
- ¿Hola? ¿Sigues ahí?
- ¿Cómo? - Dijo Emiliano, profundamente desorientado. La joven río.
- ¿Qué pasa? Estabas como en las nubes.
-Ah… sí, perdón, es que me pareció ver a un conocido con el que hace mucho tiempo no me cruzo.
- ¿Un amigo?
- No, amigo no, conocido nada más. Pero no importa.
- Ok…
- Dime, ¿Te gusta combatir?
- ¿Eh? ¿Te refieres a los combates de tinta?
- Por supuesto.
- No… Bueno, sí, como todo inkling, pero….
- ¿Pero?
- Me da vergüenza decirlo.
- ¿Qué cosa?
- No, no te puedo contar, me da mucha vergüenza. - Respondió la inkling, cubriéndose el rostro con las manos, a fin de ocultar su rubor. Emiliano, con la naturalidad del experto, las tomó con delicadeza y cruzó miradas con la bella calamar, quien se encontraba completamente roja.
- Tranquila, puedes contarme lo que quieras, te prometo que no me voy a burlar.
- ¿Lo prometes?
- Por mi querida madre, a la que tanto amo y respeto. Que la conexión me sea eternamente inestable si miento a un ser tan bello y delicado como usted. - Valentina se soltó de las manos del galante octariano, volviendo a su anterior postura, más ruborizada que antes.
- ¡Qué tierno eres!
- Tú me provocas serlo.
- ¡Basta, que me apenas! - Emiliano sonrió como toda respuesta y esperó a que la joven calamar recuperase la compostura. - Está bien, te contaré. - Dijo al superar la vergüenza previa. - No soy buena en los combates, soy nivel cincuenta y mi rango más alto es C+ en pintazonas.
- ¿Era eso?
- Sí, soy un desastre.
- No sos un desastre, simplemente no se te da bien combatir y tampoco es tan importante, es solo un divertimento. Seguro eres buena en muchas otras cosas.
- Bueno… me han dicho que dibujo muy bien.
- ¿Lo ves? Y el arte es mucho más productivo que un mero combate de tinta. Este es un lenguaje universal que une a los pueblos, mientras que los combates no son más que una actividad lúdica que recrea la cruel guerra que tanto dolor trae.
- Vaya… Que sabias palabras, eres un hombre muy inteligente.
- Gracias, linda. - Entonces, recordando su misión… - De todos modos, combatir es divertido mientras sea una actividad deportiva.
- Sí, eso también es cierto.
- Entonces, ¿no te gustaría combatir un rato?
- ¿Tu y yo?
- Sí, solo por diversión. ¿Qué te parece?
- Pues… Dale, sí, me parece genial.
Y se dirigieron a la Torre Pulpo. Batallaron por un buen rato, unas veces en amistoso, otras en competitivo. Quiso el azar que, en unas cuantas ocasiones, coincidiesen en el mismo mapa con la Agente 8. ¿Pero dónde se encontraba la Agente 3? No importaba, realmente, era una oportunidad única para observar la destreza en combate de esta curiosa octoling que se codeaba con quien era, sin lugar a discusión, el azote de sus compatriotas.
Unas veces la tuvo como compañera; otras tantas, como adversaria; y, en todos los casos, desplegaba una técnica sin igual. Emiliano se esforzó, puso de sí todo su empeño, no tanto por forzar a la Agente 8 a luchar a lo máximo de su capacidad, como por impresionar a Valentina, quien se encontraba a su lado. Sin embargo, no fue capaz de hacer frente a la octoling, quien le superó ampliamente en toda ocasión.
Así, transcurrieron las horas y ya despuntaba el ocaso cuando decidieron cesar en las batallas. Se encontraban en las afueras de la Torre Pulpo, conversando.
- Me divertí mucho hoy, Emi.
- Lo mismo digo, Vale.
- Y la verdad que peleas muy bien.
- Gracias, tú también.
- Que chamuyero que sos.
- ¿Yo? ¿Chamuyero?
- Sí, porque no dejas de hacerlo.
- ¿Cuándo he hecho semejante cosa?
- Justo ahora, cuando me dices que peleo bien.
- Y lo haces.
- Mentira.
- Te digo la verdad, Vale. - Y la joven, levemente ruborizada, solo atinó a decir:
- Bueno, dejémoslo así.
- Se está haciendo tarde, ¿no? - Comentó Emiliano, cambiando de tema con total naturalidad.
- Sí, es verdad.
- Es mejor que vuelva al café, me deben estar esperando.
- Ay, Emi, te hice perder el tiempo hoy, seguro que tus compañeros estarán enojados contigo por mi culpa.
- Nah, despreocúpate, no tienes la culpa de nada. ¿No quieres acompañarme? Te invito un cafecito.
- ¿No será mucha molestia?
- Para nada, ¿venís?
- Bueno, dale.
Pero sí fue mucha molestia, especialmente para Santiago, cuando le vieron llegar de la mano con una joven inkling. Por supuesto, nadie dijo nada y lo disimularon muy bien, se le invitó un café por cortesía de la casa y la chica lo pasó espléndidamente por el término de una hora. Entonces, viendo su reloj, se dio cuenta de que ya era tarde y debía volver a casa. Emiliano se ofreció a acompañarla hasta la estación y, en el andén, antes de que llegase el tren, se las arregló para obtener de ella un beso, su número y la promesa de seguir en contacto.
Luego, regresó al café, donde fue recibido por Santiago con la calidez y educación que le caracterizaban.
- La puta que te parió, pulpo de mierda. Se suponía que debías encontrar y espiar a la Agente 8, no chamuyar mujeres. ¿Es que no podes concentrarte en tu trabajo por un segundo, flor de pajero?
A lo que Emiliano, tranquilamente respondió:
- Chupala. - Semejante muestra de diplomacia no será nunca igualada.
- ¡¿Qué dijiste?!
- Lo que escuchaste; a la supuesta Agente 8 la encontré y, no solo eso, combatí con y contra ella, de modo que pude ver cómo era en combate.
- ¿De verdad? - Dijo Susy - ¿Y qué conclusiones sacas?
- Es verdad que estaba en compañía de la Agente 3, las vi juntas en las afueras, aunque luego esta última no la encontré en los mapas.
- Lo más probable es que la vigilase a la distancia. La conozco lo suficiente como para suponer que hizo eso. No levantaste sospecha, ¿no?
- No, tranquila.
- Bien, al menos eso muestra que el Escuadrón la reclutó.
- No realmente. - Acotó Santiago - La Agente 3 puede acompañarla por otra razón.
- ¿Cuál? Es una octofóbica, el reclutamiento es la única explicación.
- No, es la más verosímil, pero la verosimilitud no es condición suficiente de veracidad.
- En eso tiene razón tu novio, Susy.
- Bien, pues seguiremos espiando. ¿Algo más que decir, Emiliano?
- Esta octoling fue soldado.
- ¿Tú crees?
- Sin dudas y de élite. De su estilo de combate se deduce que ha recibido un intensivo entrenamiento militar que solo se imparte a las mejores promesas que la Madre Patria puede poseer.
- Es decir que es una amenaza para La Familia.
- No es para tomarla a la ligera, ciertamente. Lo que no sé, es que le llevó a traicionar a sus hermanos.
- ¿Traicionar? ¿Pero no estabas de acuerdo con Santi de que no era seguro que fuese parte del Escuadrón?
- Sí, pero el mero hecho de estar al lado de esa fría asesina conocida como Agente 3, es motivo suficiente para acusarla de alta traición.
- ¿Y si no sabe que es la Agente 3? Seguro que vestía de civil.
- Su rostro está grabado a fuego en la memoria de todo octariano, no hay forma de que no la haya reconocido. - Respondió de forma sombría. Nadie supo que responder.
- Bien… vayamos cerrando, mañana continuaremos. - Dijo Susy, fue todo lo que alcanzó a decir.
Y así continuaron, día tras día, espiando a la Agente 8, unas veces desde la distancia, otras a gran cercanía; se turnaban y cada uno, con minuciosidad obsesiva, recopilaba todo lo que podía obtener cuando el peso de la tarea caía sobre sus hombros. Escudriñaron sus movimientos, escucharon sus palabras, la siguieron a casa y a todo lugar que visitara. Pronto fueron conociéndola cada vez más, hasta el punto de semejar el saber que solo se atribuiría a un personaje cercano, un amigo, un familiar.
Así transcurrió el tiempo, hasta que cierto día en que Susy, tras una agotadora jornada de espionaje, regresó al café, encontrándose a Emiliano charlando con un grupo de clientes; algunos jóvenes, otros mayores, unos cuantos ya ancianos; hombres todos ellos, quienes le escuchaban con gran interés.
Susy observó intrigada la curiosa escena y se acercó a Santiago, quien descansaba indiferente detrás del mostrador.
- ¿Qué ocurre?
- El Don Juan les narra sobre la primera cita que tuvo con una chica.
- Fuimos a un bar - Dijo el aludido a su expectante público - Un lugar muy elegante, de ambiente tranquilo. Conversamos por bastante tiempo y todo se desarrolló con normalidad. Nos reímos, no hubo silencios incómodos y todo fluyó a la perfección. Entonces, tras hacerse tarde, y como caballero que soy, pagué la cuenta y me ofrecí a llevarla a casa. Yo no esperaba mucho más en una primera cita, solo nos estábamos conociendo, pero cuando detuve mi auto frente a su casa y tras despedirnos mutuamente, nuestros ojos se cruzaron y en su mirada vi un brillo mágico, el cual me decía más de lo que pudiese hacer palabra alguna. Entonces, me acerqué decidido a ella y… le di un apasionado beso. - Y la clientela aplaudió.
- Yo no puedo creer lo que veo. - Comentó Susy.
- Pues créelo. ¿Cómo te fue con la Agente 8?
- Bien, creo que ya sabemos todo lo que necesitamos. Voy a hablar con Romy.
- Muy bien, ve, yo cuidaré de que nuestro amigo no seduzca a cualquier inocente jovencita que cruce nuestra puerta.
- Te lo encargo, Santi.
Entonces subió a los pisos superiores y allí se comunicó con la pícara mafiosa. Intercambiaron saludos y la conversación rápidamente se centró en la cuestión de importancia.
- ¿Entonces esta Agente 8 es una prodigio militar? - Interrogó Romy.
- Así es y no hay dudas de que trabaja para el Escuadrón Branquias. La Agente 3 tiene órdenes de acompañarla para que se integre a la sociedad inkling.
- ¿Y Bebu la tolera?
- No solo eso, parece que se vuelven cada día más cercanas. La Agente 3 intenta disimular cierta hostilidad pero se nota que le tiene afecto y una gran confusión por esto mismo.
- Ya veo…. Puede ser un problema que esta octoling sea parte del Escuadrón, especialmente si se integra tan bien a ellos.
- Sabemos dónde vive y su rutina diaria. ¿Procedemos a aniquilarla?
- ¡Vaya, Susy! ¡No te creía capaz de semejante sugerencia! Se nota que te has endurecido.
- Solo cuando hace falta. No soy partidaria de la violencia, pero considero conveniente cortar el problema de raíz.
- Es una posibilidad, pero quiero saber más. ¿Qué le llevó a esta joven a unirse al Escuadrón? ¿Y cómo logró ganarse su confianza?
- No lo sabemos.
- ¿No ha dicho nada al respecto?
- No, pero cabe destacar dos hechos: Uno, la Agente 8 padece amnesia.
- ¿Ah, sí?
- Sí, la hemos escuchado suspirar en ocasiones, parece no recordar nada sobre su familia y amigos y le embarga cierta soledad por esto.
- Interesante. ¿Y lo segundo?
- Conoce a las Cefalopop.
- Ah, sí, que raro, alguien que conoce a las estrellas del momento y presentadoras del noticiero de la ciudad. Sí, completamente extraño, sin lugar a dudas.
- No te hace falta ser irónica, Romy. Me refiero a que las conoce en persona, trata con ellas.
- ¿En serio?
- Sí, incluso las hemos visto visitarla a su casa.
- ¿Perla y Marina la visitaron?
- En efecto.
- Bueno, esto me intriga. Una octoling es parte del Escuadrón Branquias y padece amnesia. No solo esto, sino que también conoce a dos de las artistas más famosas de Cromopolis.
- Así es.
- Pero también sabemos que esta Agente 8 apareció en escena poco después de un incidente en la costa este sobre el cual hay poca información. No hay forma de que en tan breve periodo de tiempo conozca a esas dos celebridades.
- ¿Las conocerá de antes?
- Puede ser, pero yo creo que esas dos estuvieron involucradas en ese incidente, lo mismo que Jibión, la Agente 3 y esta octariana.
- Ya veo.
- Todo esto es muy raro, no parece un secreto militar común. Quiero saber más al respecto.
- ¿Órdenes?
- Susy, quiero que sigas a la Agente 8 personalmente, vigílala a toda hora y ve si no hace algo fuera de lo ordinario.
- Entendido.
- Cuando esto ocurra (si ocurre), date a conocer y atráela hacia ti, esto permitirá posteriormente que venga hacia mí.
- Muy bien.
- El Escuadrón Branquias debe seguir ignorante de tu presencia, hasta que llegue el momento de presentarte ante la Agente 8. ¿Entendido?
- Sí, Romy.
- Muy bien, estaremos en contacto. Adiós.
- Adiós.
Y así, Susy se puso manos a la obra. No debió pasar mucho tiempo hasta que la oportunidad se presentase, cuando cierto día, vigilando a las Agentes 3 y 8, vio que estas se separaron. Entonces siguió a la octariana y vio cómo se metía por un oscuro callejón cercano a la Torre Pulpo. Siguiendo sus pasos, fue conducida hasta las profundidades abisales, donde halló un metro submarino del que nadie tenía registro y fue entonces cuando decidió que aquello era lo suficientemente extraño como para darse a conocer, tal como Romy le había ordenado y lo demás es historia conocida.
CONTINUARÁ…
