Caminando por la capital Hinata se sentía como en casa, los olores y ruidos le recordaron lo bueno que era vivir fuera del palacio, caminaba rápidamente por los lugares, siendo seguida a duras penas por el monarca, quien se sentía un poco culpable, era como un ave en jaula de oro, pero si le podía dar un poco de felicidad lo haría. Mientras ella disfrutaba, él se dedicaba a preguntar sobre sí mismo a la gente, en algún momento su hermano le había dicho que hacía eso con su padre, pero si era sincero consigo mismo le asustaba interactuar con otras personas, no sabía como reaccionarían con él, pero era consciente de que debía llenar el rol de su padre, aunque quisiera ser su opuesto, reconocía que había hecho cosas buenas como gobernante, no así como padre.
- Buenas tardes señor - le dijo un comerciante mientras pasaba cerca de su puesto - ¿le interesan unas telas? la seda de aquí es de la mejor calidad - Gaara lo miró mientras le ofrecía unas telas.
- Claro - le respondió tocando las telas - a mi hermana le harían un buen vestido - el hombre vio que Hinata le había dejado para ir otro lado.
- ¿Ella es su hermana? - le preguntó apuntando a la chica.
- Oh no, ella sólo me hace compañía - el comerciante sonrió y le ofreció otra tela al notar la sonrisa con la que él miraba a la distancia a la morena.
- Pues con esta seda podría hacer un hermoso vestido para ella, su piel es clara como la suya - el pelirrojo enrojeció con fuerza.
- Es una buena tela - al tomar la tela vio que era blanca bordada con hilos de oro - lo llevaré, si le gusta vendré a comprar más seguido - sentenció sacando el dinero necesario.
- Hizo una buena compra, que dios lo guarde y lo proteja - le dijo envolviendo la tela en un paquete.
- ¿Sabe si es rentable un puesto aquí? Mi hermano piensa establecerse aquí - el hombre asintió con fuerza.
- Seguro le irá bien, los impuestos son razonables y tienen piedad en caso de morosidad - el pelirrojo asintió pensativo.
- Se lo agradezco - caminando lentamente hacía preguntas en lo económico y cómo se veía la vida de la gente.
Mientras que él pensaba en hacerle un buen regalo, Hinata caminaba buscando dulces, extrañaba las calles concurridas y los olores del lugar, el ruido y lo vivo de la gente, cuando vio un puesto de castañas y el vendedor era de su edad, al comerlas casi grita de lo buenas que estaban, ruborizando al chico, quien creía que era bonita desde el principio.
- Son como las que comía de niña - le decía con una enorme sonrisa, de verdad le provocaban una sensación de nostalgia.
- Pues siempre estoy aquí si quieres venir a comer, hasta te haré un precio especial - Hinata le tomó la mano y le agradeció con fuerza, le parecía un chico amable y gentil.
- Eres muy amable, pero no necesitas darme un precio especial, aunque sí hablaré muy bien de tu puesto - el chico sonrojado de verla tan afectuosa e interesada podría jurar que cualquiera podía escuchar lo fuerte que latía su corazón.
- No hago precios especiales, pero a una chica como tú, cualquiera lo haría - Hinata retrocedió disimuladamente, era claramente un coqueto con ella, lo que la hizo pensar que eso molestaría a Gaara, peor aún, que ella lo estaba traicionando.
- Gracias, pero insisto en que no me trate de forma especial - le dijo tratando de poner algo de distancia entre los dos, pero el chico no parecía ser muy perceptivo.
- Entonces vamos a tomar algo los dos - Hinata enrojeció con fuerza y negó un poco apenada.
- Es muy amable, pero tengo que trabajar hasta tarde, sólo salí a despejar la mente - el muchacho la miró un poco entristecido, por lo que Hinata le acarició la cabeza.
- ¿Hay algún lugar en el que pueda buscarte? - la chica sintió empatía por él, suspiró con suavidad, no podría entender lo difícil que era contactarla.
- Sí, en palacio - dijo tratando de ser un poco más clara de que nadie podía entrar en ese lugar.
- ¿Acaso eres una princesa? - su rostro comenzó a enrojecer, por lo que bajó la cabeza, pero el chico tomó su mentón y la hizo mirarlo a la cara.
- No - si lo miraba bien era un chico lindo, de ojos verdes y cuerpo atlético, sus cabellos iban atados en una cola, no negaba que era atractivo para ella, pero sus sentimientos por el pelirrojo eran más grandes - soy una chica común y corriente que trabaja en un lugar importante - le dijo antes de dar la vuelta y ver al pelirrojo mirarla de una forma horrorizada.
- ¿Hinata? - le llamó dejando caer el paquete.
- Majestad, lo siento, pero debo irme - la chica corrió a sus brazos y le tomó el rostro por la mejilla - ¿se siente bien? - el pelirrojo parecía un animal en la lluvia, así que Hinata recogió las telas para caminar de la mano con él.
Mientras caminaban Hinata no podía sacar de su cabeza lo mucho que él la regañaría por querer ir con otro hombre, lo que quería decir que él la estaría celando, lo que a su vez le parecía injusto, ¿por qué un hombre podía tener muchas mujeres y la mujer no? aunque ella siempre pensó que lo mejor era estar con un solo hombre. El pelirrojo trataba de no hacer una escena por verla con otro hombre, al que trataba de una manera tan cariñosa que se sentía como uno más entre los muchos hombres que debían gustar de ella; quería exigirle que fuera sólo suya, pero no era su esposa ni su prometida, tampoco podía exigirle nada porque implicaría declararle sus sentimientos, lo que le parecía patético y poco valioso.
- Lamento molestarlo por eso, no quería que eso pasara, le juro por mi vida que no - su fuerza al abrazarlo fue capaz de frenar al pelirrojo y sus palabras lograron que su tristeza comenzara a disiparse, por lo que soltó un suspiro contenido.
- Entiendo su intención, eres la chica con la que cualquier hombre soñaría, tu piel es clara - Hinata tocó su rostro un poco avergonzada - y pues pareces el prototipo de esposa ideal, quizás muchos aquí te propongan matrimonio - le dijo tocando su cabeza con la ternura de un hermano mayor.
- Yo no quiero casarme, quiero vivir sin ataduras - el pelirrojo asintió tratando de disimular lo mucho que le dolía que ella sólo quería ser libre, y eso lo incluía a él, mientras que él empezaba a imaginar una vida a su lado y hasta cómo serían sus hijos.
Al caminar por la ciudad lograron reconocer al pelirrojo, quien ordenó que la chica fuera lejos de la multitud por miedo de que la aplastaran o agredieran. Entre la atención que podía dar muchas mujeres le decían lo guapo que era, por lo que él sonrojado trataba de ignorar los elogios; sabía que no había posibilidad de que su físico impresionara a Hinata, ella debía querer a hombres mucho más musculosos, fuertes y extrovertidos.
Mientras él se ocupaba de su trabajo, ella se dedicaba a escuchar a las mujeres reunidas fuera del templo, describían al monarca con lujo de detalles, que era fuerte, valiente, atractivo y masculino, pero para Hinata le parecía más femenino y delicado, como si fuera un hombre genuinamente hermoso. Sus mejillas ardían de pena y de celos, parecían ser mujeres de la corte y querían pretenderlo, aunque sabían que Matsuri era la mejor elección, soñaban con ser su amante.
Luego de cerca de una hora el pelirrojo pudo volver con la muchacha, lo había esperado pacientemente, eso lo conmovió un poco. Caminaron juntos con las manos entrelazadas, de vez en cuando se apegaban más al cuerpo del otro, nunca había sostenido de esa manera la mano de una mujer, era cálida y quería besar cada parte de ella. Llegando al palacio ambos se separaron, Gaara se dejó caer en su cama, no podía dejar de sentir una emoción que recorría sus venas, una adrenalina por esa mujer, la adoraba tanto que en su escritorio comenzó a garabatear.
"Que se abandone este cuerpo, que sea viento, viento que se prende a tu ventana y te siga, o que sea fuego para darte el calor que fluye por mis venas, mejor aún, quisiera ser agua, el agua que toque tus labios y sacie tu sed"
- ¿Tratas de escribir poesía? - la voz de su hermana hizo que soltara un pequeño grito, para luego sustituir su susto por un rostro apenado.
- No, no podría componer nada - la rubia lo miró detenidamente para luego sonreír.
- Kankuro tenía razón, tu rostro ha cambiado, no soy tan ingenua como para pensar que esto no lo ha provocado la chiquilla que corretea en el palacio como una cortesana - le preguntó mientras se sentaba frente a él - así que dile a tu hermana, ¿qué es lo que movió ella en ti? - si no se disponía investigar no podría encontrar alguna solución al problema de su hermano, era un joven dormido, una vez despierto se transformó en esclavo de las pasiones, no dejaría que ella se fuera sin confesarle lo que sentía.
- ¿Movió? - repitió le pelirrojo tocó su mentón con su mano - pues todo y nada, mi cuerpo quiere estallar en mil pedazos, quisiera fundirme con ella y no separarnos, pero a la vez quiero ver como vuela como el hermoso gorrión que es - soltando un suspiro trataba de contener sus sentimientos - quiero pertenecerle y seguirla como Jun lo hace - Temari suspiró con pesadez.
- Hermanito, Hinata es una chica de juguete, no puede ser tuya como esposa, tu matrimonio nos podría dar ejércitos y tierras, ella no tiene nada que ofrecer a Suna, te suplico que vuelvas a la tierra desde las nubes - Gaara se levantó dándole la espalda.
- Ella no se quiere casar conmigo, ni siquiera sé si ella gusta de mí, no, ¿qué vería en mí? - Temari lo abrazó por detrás como una madre.
- Yo creo que ve todo en ti, eso angustia a cualquiera, pensé en motivarla a que fuera tu esposa, pero las amenazas a nuestro hogar se harán más fuertes si ven que no seguimos creciendo - el pelirrojo le devolvió el abrazo con fuerza.
- Pero no puedo estar con otra mujer, mis manos no pueden tocar a otra mujer, otra piel, me pides que muera en vida - la rubia le besó suavemente la nuca y se apartó de él.
- Esto es lo difícil de gobernar, no tenemos espacio para el amor en nuestras vidas, debí haberte relacionado con niñas más ricas - el pelirrojo bufó hastiado.
- ¿Cómo Matsuri? - le preguntó con desdén.
- Ella sería una buena esposa para ti, te quiere de verdad - Gaara volvió a bufar, esta vez de forma más fuerte.
- No la quiero, no tolero ni mirarla, mucho menos casarme con ella - Temari suspiró un poco angustiada.
- Sé que quieres a Hinata, lo veo en tus ojos y es difícil para nosotros poner primero el imperio que tus deseos, tal vez te enamores de tu esposa con el tiempo, no eres el primero que se casa sin amor - la confesión de la rubia le hizo reflexionar, era cierto, el imperio no le importaba si no estaba con la chica que tanto quería.
- Yo la quiero - se dijo casi tratando de concretar en voz alta lo que sólo el papel había visto - la quiero, Temari, me había resignado a mi trabajo de por vida y no ser verdaderamente feliz, ¿cómo puedo despedirme de la felicidad luego de conocerla? ¿que ella se vaya sin al menos decirle que la quiero? - la rubia veía como se empañaban sus ojos aquamarina, quería romper en llanto.
- Piensa si hay otra solución, Suna debe seguir creciendo y Hinata detendrá ese crecimiento, nuestro hogar es aún pequeño, debemos seguir la expansión o no demorarán en invadirnos, una esposa rica nos dará ejércitos, yo también elegí ese camino - el pelirrojo rió de forma sarcástica ante la sentencia de su hermana.
- Tú amas a tu esposo, los Nara son una familia de riquezas, ¿por qué yo tenía que querer tanto a una chica sin nada? - Temari no sabía cómo consolar a su hermano menor, se le rompía el corazón el ver cómo ese muchacho se quebraba por ella.
Al quedar en soledad en su balcón dejó caer sus lágrimas, había sido tan feliz unas horas atrás y se encontraba en una miseria absoluta, sabía que un día ella volvería a su vida normal y él no sería más que un recuerdo, mientras él padecería el mismo infierno de no tenerla en su lecho cada mañana, su voz se difuminaría en su memoria, olvidaría su figura y sus ojos blancos, pero no podría olvidar su calor y sus palabras. Antes de que terminara todo le confesaría su amor, que la amaba con todo su ser y disfrutar las últimas noches a su lado.
