Mientras escuchaba los reclamos de Yuka al vestirla por haberse acostado con un hombre así, ella se miraba en el espejo, como si dijera adiós a una etapa de su vida luego de entregar por completo a otra persona. Pidió que la dejaran a solas para hacer algo muy importante, trajeron una caja grande con un candado de una sola llave, papel y pincel, sus manos temblaban luego de sacar de su escondite aquellos regalos que ya tenían más de un año guardados, los depositó en la caja con detalles en oro, le dejaría una carta simbólica a él.

"Querido mío,

Nunca leerás esta carta, pero debo decirle adiós a tu recuerdo en mi cabeza, tú has hecho tu vida con otra mujer y yo lo haré con otro hombre, te prometo que es una buena persona y que el destino nos une así como nos unió por un tiempo. Cada día te extraño más, pero he aprendido a vivir con esa sensación de vacío, probablemente seas padre y te deseo lo mejor. No me volverás a ver ni a tener tan de cerca como en los mejores días de mi vida, ahora vuelves a ser mi querido siervo y yo tu dueña, como siempre ha debido ser. No volveré a vestir tus regalos ni usar tus joyas porque resaltan demasiado y me duele porque sé que quien me lo dio, no podrá jamás ser mi esposo cada noche. Te amo y sé que debo dejarte en paz de una vez para poder alcanzar nuestra felicidad y lo que dictan nuestras líneas de sangre.

H."

Perfumó con dedicación la carta con lo poco que quedaba del frasco que había sacado de Suna. Le escribía como si aún viviera, pero no era más que una ficción. Selló la carta y la caja, la llave la escondió en su joyero para luego poder dirigirse al palacio, un maestro se dedicaría a educarla un poco, ya que en lo que respectaba a su naturaleza femenina sería Yuka y Ten Ten quienes la prepararían; el cuerpo le dolía, por lo que se le dificultaba caminar, en su trayecto lo pudo divisar, apenas pudieron saludarse con un gesto. En el gran salón le esperaba un hombre de cabellos blancos, ojos azules y anteojos, tenía una mirada calmada y parecía estudiar de unos pergaminos, era su nuevo maestro, Toneri Otsutsuki, de 31 años, tenía una sonrisa gentil y calmada, pero al verla se volvió torpe y sumamente descuidado por estar ante la realeza.

- Mi - al verla agachó la cabeza - mi señora - le reverenció profundamente, pero ella sólo sonrió por ser tan mayor a sus ojos.

- Usted debe ser mi nuevo profesor - le dijo mientras lo invitaba a verla a los ojos - es un placer - era una chica joven con una gran carga en sus hombros que sólo lo miraba con una expresión inocente.

- Sí, su primo me ha puesto al tanto de su situación - la siguió para que se pudieran sentar cerca del fuego.

- Necesito saber todo lo que pueda para ayudar a mi pueblo, acuerdos, diplomacia, en fin - él asintió con suavidad, pero casi pega un grito cuando ella le tocó el cabello, le llegaba más abajo de los codos y prefería usar una coleta baja que no le molestara.

- ¿Qué hace? - ella lo miraba con detenimiento.

- Es tan blanco como la nieve, nunca lo había visto antes - le alcanzaba la coleta y lo tocaba con suma curiosidad.

- Hay cada vez más personas con rasgos diferentes a los suyos, debe acercarse con distinción y no como una niña - ella retorno a su posición inicial con suma vergüenza.

- Soy mala en esto - él negó con suavidad antes de empezar la lección, sabía que ella tenía su sangre por sobre todo y se notaba.

Pasaron las horas y se empezaron a conocer y pasar el día juntos, relataron sus experiencias, había sido un monje en un convento para así estudiar y asegurar su futuro, no era tan religioso, sino inclinado a los libros, los Uchiha quemaron el convento con varios monjes dentro y la biblioteca, apenas pudo salvar unos libros que se robó mientras huía de ese lugar, Neji fue quien lo salvó y le dedicaría su vida a pagar la deuda, por lo que educar a otra sobreviviente era más que nada un placer, siendo ella una emperatriz. Al separarse ella apresuró el paso para coincidir con un joven soldado, se le veía agitado desde la distancia y ella le ofrecía un fino pañuelo.

- ¿Qué hace su majestad con ese muchacho? - preguntó a un criado que pasaba cerca de él.

- Oh - su rostro enrojeció - es el amigo personal de su majestad - apartó la mirada con rapidez, pero Toneri lo detuvo.

- ¿Amigo personal? ella no puede tener amantes - decidido a intervenir la escena grotesca casi tropieza al verla cómo se lanzaba a sus brazos y él la alzaba.

Naruto por su lado se sentía más alegre de lo normal, ella le parecía un sol luego de la primera noche juntos, fue difícil, pero ver que quería poner de su parte para hacer funcionar una relación amorosa era valioso, los amores son fruto de una construcción mutua, le tomó la muñeca y la acercó para poder susurrarle.

- Te espero en mi habitación - ella enrojeció y asintió suavemente.

- Apenas pueda te iré a visitar - se mordió el labio pensando en volver a yacer con él.

- No demores - soltó una ligera carcajada - apenas puedo caminar - avergonzado juntó sus manos y dejó que sus mangas lo cubrieran.

- Adiós - se dio la vuelta para ir con Yuka a los baños.

Se perfumó con intensidad y cepillaba su largo cabello, hacía mucho no sentía la ansiedad tan propia de la juventud y el amor por esa persona. Corrió sin compañía antes del atardecer despistando a la corte, pero no fue capaz de quitarse la mirada de halcón sobre ella, no sospecharía que él sería su sombra sin descanso para mantener el honor de su apellido.

- Su majestad ha llegado, señor - le dijo fuera de su habitación sin deslizar la puerta, lo escuchó aclararse la garganta y contener el aliento.

- Hazla pasar - se acomodaba la yukata cuando unas manos lo recorrieron por detrás - ¿¡qué haces!? ¡retírate! - al querer alejar a la criada le sorprendió que era la misma Hinata.

- Qué grosero - le dijo en el suelo riendo suavemente - tú me llamaste aquí - al verla detenidamente el kimono era burdo y fácil que quitar, revelaba sus piernas y parte del pecho.

- Yo - al entender que era un juego de su parte enrojeció - no hagas eso, me volverás loco - bajó suavemente para darle un tierno beso.

- Pensé en ti todo el día, esperaba que me visitaras - le susurró tan cerca del oído que se le erizó la piel.

- Yo también, Neji no me dejó en paz en todo el día - logró quitar la amarra de su yukata exponiendo el torso, de cuerpo fornido y marcado por el trabajo, la provocó lo suficiente para llenarlo de besos en zonas cada vez más sensibles.

Dejó que le quitara su kimono con facilidad, deseaba volver a sentir su piel, su fuerza dentro de ella, pero en su lugar sintió el tierno recorrido de unos dedos, que tímidamente acariciaban su pecho y luego su intimidad, le abrió más las piernas para darle acceso y con temor introdujo un dedo, luego otro y los movió dentro con una lentitud casi criminal, la podía ver retorcerse en lo que parecía un angustia que no acabaría. Fuera de la habitación el albino estaba sumamente intrigado con su nueva estudiante y pensó que sería bueno poder visitarla para tomar un poco de té, pero al caminar vio un movimiento demasiado acelerado en el palacio, en el cual fácilmente se podía perder, se dejó llevar por la belleza del mismo y sus piezas de arte que eran bastante nuevas y de las pocas que habían podido sacar de lo que había quedado de la guerra. De pronto, pudo escuchar a una joven mujer hablar con un criado, se les veía preocupados.

- Si nuestro señor se entera, le cortará la cabeza al general, ella debería estar en su habitación, no con un soldado - la joven movió la mano en gesto de despreocupación.

- Vamos, ella es la que está en la cima, si le toma cariño, tu señor está asegurado, después de todo, él es quien debe hacer méritos para ganar a nuestra señora - era Yuka, sumamente segura de sus palabras.

- ¿Acaso ellos se casarían? - la chica suspiró con un poco de tristeza.

- No lo sé, de vez en cuando sufre de episodios de tristeza en que nada parece animarla, pasa días en su habitación, ni siquiera yo puedo pasar - con pesar se separó del criado para toparse con el chico de cabellos blancos.

- Hola, ¿saben dónde está su majestad? - con una calma disimulada podía perfectamente hacer creer que estaba en paz, pero los rumores lo incomodaron.

- Ella está ocupada - respondió sumamente nerviosa - es imposible verla - dentro del silencio se escuchó un suave jadeo que no dudó en seguir - señor, no puede pasar - él no se dejó detener y cerca de la puerta se quedó congelado.

- Hi-Hinata, no puedo más - pudo escuchar perfectamente el acto entre ellos.

- Yo tampoco - suspiró bastante complacida.

Luego de que calmaran sus respiraciones se escuchaba que bebían algo.

- Dame de tu pipa - al intentar fumar tosió suavemente, lo que hizo reír a su acompañante.

- Te ves linda así - la besó con ternura.

- ¿Cómo iré a la cena? estoy hecha pedazos, tanto esmero para que un momento todo se arruine - se dejó caer en el suelo siendo seguida por él.

- ¿A qué te refieres? - su comentario pareció indignarla.

- Son unos imbéciles, si nos preocupamos de nuestra apariencia no es ni siquiera notado, incluso mi kimono era especial, tal vez deberías ser tú el que pone cuidado - el rubio rio con fuerza.

- Oh vamos, no me digas que vamos a ser como una pareja casada - le siguió un silencio que mató al hombre dentro y al de afuera.

- Quiero casarme contigo - se arregló el kimono para poder irse, chocando con su maestro, lo que la hizo gritar, haciendo que el rubio saliera con cuchillo en mano para protegerla.

- Lo siento, majestad, me he perdido - con un jadeo de miedo fue amparada por el rubio.

- Será mejor que te vayas ahora - parecía un animal enojado, lo que hizo reír al monje.

- No es nada, es mi profesor - de todas formas el rubio no se movió, sobre todo de ver que le saludara con una mano.

- Es un placer conocerlo, debe ser un soldado de su majestad, ¿infantería? - el rubio indignado parecía salivar de rabia.

- Claro que no, es mi general - dijo la joven, antes de corregirse apenada - digo, general de las fuerzas armadas imperiales - con una mano en su rostro trataba de retirarse, pero al flaquear sus piernas fue atajada por ambos.

- ¿Estás bien? - la jaló hacia él con fuerza para apartarla del intruso - debería retirarse de aquí, no tiene nada que hacer en el área residencial - Hinata le apartó y en obligada reverencia tuvo que soltarla.

Tenía mucho calor, se sentía peor que en Suna, quiso acercarse al aire fresco caminando por la orilla del pasillo que daba a los jardines, logró acercarse a su habitación, se declararía enferma para no ver a nadie, siquiera Naruto le haría compañía, pero falló tan cerca que cayó al suelo del jardín con hermosas piedras decorativas que le rompieron la cabeza y se tiñeron de sangre, no fue sino hasta varios minutos que Yuka la encontraría y daría un grito estrepitoso que tendría a todo el palacio en ascuas.

Lejos del palacio, muy lejos se encontraba él, durmiendo plácidamente en su habitación para volver a soñar con ella, luego de mucho tiempo que no tenía una visión de ella, pero era grotesca, llena de sangre y bañada en lágrimas con una ropa extraña, cada vez que tenía una visión lo invitaba al balcón, ésta vez se dejó caer en el suelo, a lo que se levantó corriendo.

- Ya es hora - le decía entre sus brazos con una sonrisa.

- ¿Qué dices? - se le acercó para escucharla mejor.

- Para estar en paz, mi vida termina - el pánico lo atacó y la sacudió.

- No, tú debes estar bien, yo, iré a buscarte y te salvaré - negó suavemente.

- Ya es suficiente, mi último deseo era verte - el pelirrojo lloraba desconsoladamente.

- ¿Fuiste feliz? - Hinata soltó una carcajada.

- No - fue lo último que le dijo antes de despertar.

Estaba llorando de verdad, incluso Matsuri se despertó al escuchar a su esposo tan agitado, bañado en sudor y lágrimas. Era demasiado real la sensación, su calor, su sangre, su mirada; al darse cuenta de que su esposa lo miraba le dijo con una voz desgarrada.

- Hinata está muerta - se levantó para poder vomitar y llorar hasta que perdió la voz.