Frente a frente se encontraban ambos en una posición atípica, luchando por el favor de una mujer, buscando su seguridad en su cama, si pudieran mostrarían sus colmillos, Naruto lo miraba totalmente molesto, mientras que Toneri sonreía pacíficamente, pero en su cabeza había un montón de ideas, si ella se acostaba con él debía encontrar una forma de ser diferente a él, más sensible o presente que le diera seguridad.
- Tú eres un monje, deberías dejar de acosar a su majestad, tu dios se enojará - le decía a modo de burla con un aire de superioridad.
- Eso debería decir que yo, un soldado no hace cosas indecentes a una dama que no está casada, además, disfruto su compañía mientras la instruyo - dijo saboreándose lo que impulsó al rubio a tomarlo del cuello de sus ropas.
- Jamás le pongas una mano encima o yo mismo te mataré -Toneri le apartó con suavidad.
- No puedo hacer nada si ella lo desea, le sirvo a su voluntad - quería decirle más, pero al ver a la criada de la joven correr totalmente pálida temió algo serio.
- ¡Uzumaki-sama! ¡nuestra señora lo necesita! - lo jaló para hacerlo correr.
Naruto tenía un mal presentimiento, pero no se comparaba al impacto de verla con un charco de sangre rodeando su cabeza, él mismo quiso desvanecerse, en su lugar se le acercó para saber si estaba viva, la imagen de Sakura se sobrepuso, como si lo volviera a vivir, al reconocer su respiración se sintió aliviada, aunque lo incomodaba verla con sus ojos abiertos estando inconsciente. Le quitó gran parte de sus ropas para alzarla a la recámara más cercana y pudiera atenderla el médico.
Las semanas pasaron, Naruto no la dejaba sola ni un segundo, la cuidaba y trataba de darle agua, estaba inconsciente y no era seguro que despertara, le rogaba a todos los dioses que no se la quitaran, la protegería toda la vida. Una tarde estaba Neji con Naruto hablando, por lo que no la vieron despertar en el segundo, se sentó con dificultad totalmente desorientada.
- ¡Hinata! - le gritó, pero ella parecía en otro mundo.
- ¿Quién? - su mirada era perdida y soñolienta, pero les bastó para llorar con recién nacidos.
Llamaron a la doctora que la operó, la revisó que su cabeza funcionara bien, pero no sabía quién era, al llegar a saludarlos todos en el día, Toneri pidió hablar con ella para rezar, en su lugar cerró las puertas con llave y la abrazó con cuidado.
- Estoy tan feliz que estés bien, si morías, me iría contigo - la chica se le resistió con un poco de fuerza, pero el dolor la aquejaba.
- Por favor, apártese de mí - con timidez se cubrió con su propia yukata.
- ¿Qué dices? soy yo Toneri - le tomó las manos y las besó - jamás había estado tan asustado, no soportaría perderte - de pronto se escucharon golpes en la puerta.
- ¡Sal de ahí! ¡su majestad no puede quedarse a solas! - con un suspiro se le apartó mostrando un rostro sumamente triste, como un ser desamparado.
- ¡E-Estoy bien! no se preocupen - ese gesto le bastó para entender que algo de su historia creía o era muy empática.
- ¡Hinata! - abrió con fuerza el rubio y se le acercó con tal rapidez que la aturdió, al punto que no entendía sus lágrimas - qué alivio - sollozaba a sus pies, por lo que ella sólo le acarició el cabello.
- ¿Podrían explicar qué hago aquí? - pidió con algo de timidez.
- ¿Qué? - el rubio le acarició la mejilla con sumo cuidado y compasión - ¿de verdad no me reconoces? - ella negó un poco acongojada.
- ¿Dónde está el chico de ojos verdes? - era lo único que recordaba, una penetrante mirada de ojos verdes.
- ¿Qué dices? no hay nadie así - ella bajó la cabeza un poco triste.
- Entiendo - al ver a tantas personas entrar se sentía algo invadida - ¿puedo retirarme? quiero ir a los baños - Yuka la asistió con cuidado para poder cumplir su deseo.
Mientras caminaba miraba con detenimiento el palacio, parecía estar fascinada con la hermosura del lugar, de los finos trajes y la comida exquisita, al sumergirse en el agua sintió un suave recuerdo, de unos brazos que la sostenían, pero nada más.
- Tú eres Yuka, ¿verdad? - la chica asintió con fuerza y una sonrisa mientras le servía frutas y un poco de licor frío.
- Sí y usted es mi señora, dueña de todo esto, señora de cada persona en este lugar y más allá - Hinata parecía no comprender.
- ¿Ellos me pertenecen? - la chica asintió - ¿por qué? -en realidad sólo añoraba el calor de esos brazos.
- Usted es la emperatriz, la última Hyuga de sangre pura, la que nos guía - algo abrumada se dejaba lavar.
- ¿Y ellos quienes son? - si bien hacía un buen trabajo de criada, conocía a cada persona y los dramas que los rodeaba.
- El chico de cabello blanco es su maestro, Toneri, un monje, no lleva mucho tiempo aquí; el rubio es otra cosa, general de toda la milicia por orden de su primo, soldado férreo y si le soy sincera, el suspiro de todas aquí, su larga trenza dorada es indicio de que no ha perdido ninguna batalla, escuché que si usted no despertaba él se la cortaría por perder la batalla más importante de su vida - su relato le generó empatía por Naruto, pero la mirada triste de Toneri le hacía pensar que no se llevaban bien.
Al salir de los baños el rubio corría hacia ellas a toda velocidad, pudo apreciar la trenza rubia que cuidaba tanto, el saber que era un hombre deseado que le daba tanta atención la llevó a comportarse tímidamente.
- Hinata, ¿te sientes bien? - le miró la zona en la que antes llevaba un vendaje y que a razón de la cirugía estaba falto de cabello, el cual solía ser largo y sedoso.
- Puedo cortarlo, no es problema - con una mirada apenada y sonrojada se le dirigía de una forma que nunca había visto en ella - ¿has comido? - él negó, con el ajetreo de ese día era imposible.
- No, majestad - al verla molestarse y cruzarse de brazos pensó que le regañaría, en su lugar le dio un caramelo que llevaba en sus ropas.
- Cuida tu salud - fue lo último que le dijo para retirarse a su habitación.
- Te verías bien con el cabello corto - la chica detuvo su paso en seco.
- Mi general, las mujeres de estatus no cortan su cabello, eso lo hacen las chicas de menos recursos - Hinata le hizo una señal de silencio.
- Lo haré - la sala quedó en silencio mientras ella buscaba su habitación.
En su habitación se quiso encerrar a pensar un poco, no sabía bien quien era y debía creerle a gente que no conocía, algunos hombres lloraban y otros parecían estar en otro mundo, todo era cómodo y hasta lujoso, pero había una mirada, unos ojos que buscaba con desesperación y no podía entender quién era esa persona, si era hombre o mujer, si era alto o bajo, ni siquiera podía ver algo más allá de sus ojos, era todo tan confuso que terminó llorando toda la noche. Pidió no ser molestada y sólo queriendo recuperar sus recuerdos, su identidad, su verdadero ser. Los días pasaban sin darse cuenta, el verano se tornó en otoño y luego en invierno, la nieve la condenaba a quedarse en su habitación todo el día, sin querer ver a nadie ni tampoco pudiendo encontrar paz en su interior, era una sensación de incomodidad permanente.
- Majestad - le llamaron a la puerta - ¿puedo pasar? - el frío calaba hondo afuera, mientras que el brasero la mantenía caliente.
- Pasa - era el rubio, tenía la nariz mojada y con algo de mucosidad por el frío - por favor acércate al fuego - le dijo sin mirarlo ni con mucho interés.
- Gracias, mi señora - se quitó parte de su armadura y su cabello estaba empapado.
- Te vas a enfermar - se le acercó con un peine y una especie de toalla que era para su rostro.
- Qué vergüenza - le desenredaba el cabello con cuidado - venía a hablar con usted - el sentir sus atenciones de cierta manera lo confundían, prefería darle su espacio y no presionarla a que actuara de la misma manera que antes.
- Puedes tratarme de tú, después de todo no tengo nada de realeza - era sumamente fría en su hablar, más que nada porque la pérdida de memoria implicó una pérdida de identidad.
- Si lo tienes, aunque eres más cálida que el resto de los Hyuga - el sentir sus manos recorrer su cabello y parte de su cabeza lo relajaron.
- ¿Qué hacías afuera? el agua cae en balde aquí - el rubio lanzó un gruñido cansado.
- Había problemas en los acueductos de la ciudad, no tenía agua la población, tuve que arreglarlo con mis soldados - mientras le secaba el cabello fue notando que todo él estaba mojado.
- Es mejor que digas lo que tienes que decir rápido, deberías ir a cambiarte ahora - el poder ver aunque fuera a través de la ropa sus músculos le dio una punzada en la cabeza.
- ¿Te duele algo? llamaré al médico - ella le detuvo con un gesto.
- No es necesario, no quiero más médicos aquí, ninguno me ayudó a saber quién era que no sea mi cargo en esta nación - él levantó su mentón para ver una vez más sus ojos.
- Imaginé que te sentirías sola, quería pasar tiempo contigo y ayudarte a recordar - le besó tiernamente la frente.
- ¿Qué éramos tú y yo? sé muy bien que eres popular entre las mujeres, pero ninguna ha logrado ser tu esposa, así que no esperes algo así de mí - Naruto soltó una carcajada estridente que la asustó un poco.
- Es cierto, me halaga un poco que me tengas vigilado tan de cerca, podríamos decir que era tu amante, pero cuando queríamos llegar más lejos pasó el accidente - se rascó un poco la nuca algo apenado.
- ¿Lejos? - ¿se habían acostado? la duda la estaba matando con esta historia que él le contaba.
- Queríamos casarnos, ambos teníamos pasados difíciles, por eso queríamos estar juntos, tú perdiste a ese misterioso hombre y pues yo a mi único amor, pudimos encontrar paz en nuestro dolor conjunto - era un sonrisa nostálgica, hacía mucho no pensaba en ese pasado tan remoto, un par de años que la guerra había terminado y no se había dado cuenta.
- Eso es muy triste, tu rostro es muy triste - se le acercó con suavidad viendo sus ojos empañados y desesperados.
- Es que no sabes lo mucho que sufrí mientras dormías - de forma exploratoria y algo curiosa le besó con suavidad y delicadeza.
- No tienes que estar triste - le susurró frente a sus labios.
- Hi-Hinata - se sentía absurdamente tentado por el avance de ella, después de todo, posterior al accidente no le prestaba atención ni hablaban mucho - aún estás débil - la chica se colgó de su cuello algo aturdida.
- Estoy cansada que me vean así, con esa misma mirada que tienes - insistió nuevamente en besarlo, pero él se rehusaba, como si fuera una criatura frágil.
- No te esfuerces - la sentó en el piso y le sirvió un poco de agua - no debes moverte mucho, la doctora dice que aún debes recuperarte - con una dulce sonrisa le acompañó mientras veían el atardecer enrojecer el ambiente del jardín.
- ¿Sabes lo humillante que es esto? no son capaces de ver que soy un ser humano, no un animal herido que cuidar - le interrumpió el sentir su mano cálida sobre la suya.
- No te quiero apresurar a que hagas cosas que afecten tu salud, tampoco tengo intenciones de seguir nuestro compromiso hasta que sientas algo más fuerte por mí, sino yo mismo te buscaré un buen esposo - por primera vez en muchos días sentía su corazón correr a toda velocidad, estaba inquieta y enrojecida.
- Entonces no deberías rechazar mis avances - lo dijo sin mirarlo, era una Hinata diferente a sus ojos, frágil y tímida, ni cercana a esa guerrera que le salvó la vida, sin embargo, sus sentimientos no cambiaban.
- Podemos empezar a salir como lo hacen afuera del palacio, ya sabes, pasear a caballo o comer juntos, me asusta lastimarte en la cama y no quiero que por mi culpa te pase algo - le besó con ternura la frente sin soltar su mano.
- Es extraño que te guste alguien como yo - le buscó con sutileza sus labios - es más normal que me arda el pecho cuando estás tan cerca de mí - susurraba en sus labios con la intención de provocarle algo más que ternura.
- Hinata, no quiero hacer esto - eso la detuvo en seco - quería descansar un poco a tu lado - ella asintió y preparó el futón para él - ven conmigo, los días fríos son mejor así - le obedeció y de acostó en su pecho - recuerdo que hacías mucho este tipo de cosas para que no me deprimiera, ahora yo te haré compañía hasta que sanes - le acarició el cabello, todavía mantenía su olor.
La noche los acogió sin que se dieran cuenta ni les importaba, se sentía acogida por esa figura masculina, mientras que él lo hacía por protegerla del albino, quien pudo ver la escena grotesca entre dos casi amantes, entreabrió la puerta y la mirada azul se encontró con la celeste diciendo con sus expresiones toda clase de insultos por el descaro mutuo de buscar el favor de una mujer sin pasado ni presente claro.
