Resumen: Mirabel conoce a alguien que le muestra lo valiosa que es, por contraste le enseña lo horrible que su abuela es con ella sin siquiera darse cuenta, y la hace caer en cuenta de que no hay lugar para ella en la familia Madrigal.

Notas:

1) Los personajes no me pertenecen. Los personajes de Encanto son propiedad de quien tenga los derechos (¿Disney?)

2) Este fic fue realizado sin fines de lucro, solo por diversión.

SER ALGO QUE NO SOY

CAPÍTULO 3

La Esperanza

Cinco años después

La pequeña casa a las afueras del pueblo se había transformado con los años desde que la pareja de recién casados se instaló en ese sitio. Dos habitaciones se habían agregado en la planta superior para los cuales los esposos tenían sus planes. Se había construido un hermoso jardín aun lado de la casa en el que creían las más hermosas flores y un corral donde guardaban las ovejas. En el jardín había un par de mecedoras, y con los años se habían agregado un par de juegos infantiles.

Todo el pueblo conocía muy bien a la familia Díaz, la joven pareja que tanto se amaba, y que parecían haberse vuelto el alma del pueblo desde que habían llegado hacía cinco años, el hombre trabajando como pastor produciendo la mejor lana de la región, y la mujer siendo la mejor costurera que podían encontrar en kilómetros a la redonda.

Durante la mayoría de las tardes los niños del pueblo iban a jugar a su hermoso jardín, donde la señora Díaz siempre solía ofrecerles algún refrigerio a las madres que iban con ellos.

-Mamá, ¡vamos esta tarde con la señora Mirabel!- era la frase más frecuentemente repetida en La Esperanza.

La casa de los Díaz tenía un secreto que muy pocos conocían, y solo quienes habían entrado eran testigos de que el edificio tenía algo diferente a las demás.

El día en que Mateo y Mirabel Díaz habían llamado a este edificio su hogar, la casa había cobrado vida. Puertas, ventanas, tejas y azulejos se movían a voluntad de la pareja, y se había vuelto un ser viviente que respondía a quien hablara con ella. La familia comenzó a llamarla "Casita".

Esa tarde de junio Mirabel se encontraba bordando junto a la ventana del jardín, seguramente esperando a que alguno de los niños llegara a jugar para darles alguna golosina. Mateo se había ido a comprar víveres con Mariana solamente porque ella había querido un postre de mango y necesitaban los ingredientes para prepararlo. Sonrió levemente al recordar los eventos de esa mañana.

Mariana los había despertado desde temprano diciendo que era el cumpleaños de Tutú, su gato negro con una franja blanca por encima de sus patas traseras, y que tenían que hacerle un pastel sorpresa. Mateo rodó los ojos y se ocultó debajo de su almohada, pero a Mirabel le causó mucha gracia y declaró que iban a festejarlo. Tan pronto como terminaron de desayunar el hombre se quedó recogiendo la cocina mientras su esposa e hija terminaban de crear adornos de papel para la fiesta de Tutú. Casita ayudó, colocando algunos de los adornos viejos del cumpleaños número cuatro de Mariana de varios meses antes.

-¡Listo!- había dicho Mirabel esa mañana cuando terminaron de decorar la casa- todo está perfecto para la fiesta de Tutú-

Al escuchar a su madre decir eso, Mariana tapó las orejas del gato con sus manitas y la miró con una expresión escandalizada.

-¡Mamá!¡Es sorpresa!-

-Sí, mariposa, es sorpresa. No queremos que Tutú se entere- Mateo guiñó un ojo divertido desde la cocina. Mirabel se encogió de hombros.

-Lo siento, lo olvidé. Pero la buena noticia es que solo nos falta una cosa, preparar un postre de mango- dijo Mirabel tratando de cambiar el tema- es tradición en la familia Díaz…-

-No es cierto, eso lo acabas de inventar- dijo Mariana alzando una ceja con una sonrisa astuta, sin disgustarle la idea de que su madre preparara su postre favorito.

-Tal vez, pero así empiezan las tradiciones-

Mariana se llevó una mano a la boca, como si estuviera meditando lo que había dicho su madre, y finalmente asintió agitando sus cabellos.

-Bueno, tenemos que avisar a tus amigos que Tutú está de cumpleaños- dijo Mateo alzando a su hija en sus brazos- ¿me acompañas al mercado? Podemos comprar los mangos para el postre antes de regresar-

-¡Sí!- dijo Mariana dando un salto y corriendo al piso de arriba para recoger su bolso.

Mateo siempre había dicho que Mariana era la viva imagen de Mirabel, no solo en su apariencia sino en su actitud. La niña había nacido menos de un año después de que se establecieron en La Esperanza, y a diferencia de Mirabel a su edad, los cabellos de Mariana eran más largos y siempre atados en una coleta. Sus lentes eran verdes igual a los de Mirabel, y lo único que había heredado de su padre había sido sus ojos color miel.

-Vooooy- gritó Mariana desde arriba, como temiendo que su papá se fuera a ir sin ella.

-Está bien, te voy a esperar, catarina- dijo Mateo riendo en voz baja.

La niña bajó corriendo con una sonrisa lista para ir a la calle. Mirabel se puso en cuclillas y besó la mejilla de su hija, quien le respondió dándole un abrazo. Cuando se incorporó de pie, Mateo la besó rápidamente en los labios y tomó la mano de Mariana.

-Nos vemos en un momento- dijo Mateo sonriendo.

Después de que los dos se fueron, Mirabel terminó sus quehaceres de la casa, tomó su bordado y se sentó junto a la venta del jardín, respirando hondo y disfrutando el aire fresco de la tarde.

Desde que se había ido del Encanto, Mirabel se había sentido liberada de la familia que controlaba todo sobre ella: se había dejado crecer el cabello y ahora sus rizos llegaban por debajo de sus hombros, la primera vez que lo hacía porque su abuela siempre había controlado su apariencia y había insistido que se los cortara, seguramente porque así se parecía más a Julieta (su hija favorita). Sus atuendos eran más coloridos que nunca, lo contrario a lo que a Alma le gustaba que hiciera. En La Esperanza Mirabel corría, se reía a carcajadas sin ninguna vergüenza y se divertía como nunca lo había hecho cuando vivía con los Madrigal.

Unos gritos cerca de su casa la hicieron alzar las cejas y dejar su bordado para asomarse por la ventana. Vio a Patricio Alvarado gritando algo a Mateo, quien llevaba una canasta con los víveres que le había pedido y que había empujado a Mariana detrás de él, bloqueándola de la vista del otro hombre mientras que la niña se aferraba a la orilla de la camisa de su papá. Había un grupo de gente mirando el intercambio, y algunas personas comenzaron a salir de sus casas para mirar mejor.

-Casita, tráeme mis zapatos por favor- dijo Mirabel con un gruñido al ver lo que estaba pasando, y comenzó a caminar hacia la puerta mientras la casa ponía los zapatos en sus pies.

Patricio Alvarado era el alcalde del pueblo desde antes de que Mirabel y Mateo se mudaran a La Esperanza, y era una de las pocas personas que resentían la popularidad de los Díaz. No solo eso, el hombre había también intentado seducir a Mirabel cuando recién habían llegado, y había sido humillado cuando ella lo rechazó (como debió haber previsto cuando intentó seducir a una mujer casada).

Desde que las personas comenzaron a reunirse en casita por las tardes, Alvarado había buscado cualquier excusa para buscar pelea con Mateo. Éste solo lo ignoraba, y solo lo confrontaba cuando se metía con su esposa o su hija.

Mirabel tomó una escoba, salió de casita y caminó con los ojos entrecerrados hacia donde estaba ocurriendo el altercado. Tan pronto como se acercó, Mariana soltó a Mateo y se aferró a la falda de su madre.

-Mira nada más, aquí viene tu esposa a pelear tus batallas, Díaz- dijo el alcalde volviéndose hacia dos hombres que hacían de guardaespaldas, quienes rieron burlonamente- en serio, Mirabel, debiste haber aceptado mi propuesta. Al menos así habrías estado con un hombre de verdad-

La joven rodó los ojos al escuchar eso, sabiendo que Mateo era mil veces un mejor hombre que ese sujeto que no sabía cómo aceptar el rechazo.

-¿Qué es lo que quieres ahora, Alvarado?- dijo Mirabel cruzándose de brazos visiblemente fastidiada- no hemos hecho nada-

-Me deben la mitad de sus ganancias por sus ventas de lana- dijo Alvarado poniendo sus manos en la cintura- y que dejen de organizar fiestas en su casa, éstas deben realizarse en la plaza del pueblo-

-¿La mitad?- dijo ella mirando a Mateo, quien parecía muy molesto- ya pagamos el impuesto, y habíamos acordado que solo una décima parte, que ya es bastante-

-Bueno, cambié de opinión- dijo el alcalde cruzando los brazos.

-Y sobre las fiestas, no te estamos tratando de suplantar. No es nuestra culpa que nadie quiera ir a tus tontas celebraciones que…- dijo la mujer.

-Mirabel- la interrumpió Mateo en tono de advertencia poniendo una mano en su hombro, comenzando a detectar que el enojo del alcalde se estaba volviendo peligroso. Se volvió a Alvarado- no tenemos que pelear, ni este es es el lugar para arreglar las cosas. Sé que podemos llegar a un acuerdo contigo si solo hablamos-

Alvarado se echó a reír en voz alta al escuchar eso, volviéndose al resto de la gente con una sonrisa llena de malicia.

-¿Ven? Les dije que Díaz era un cobarde y tenía razón. ¡Y así querían que él fuera el alcalde de este pueblo!-

-Nadie quiere tomar tu puesto, Alvarado, eso es solo tu imaginación- dijo Mateo con calma, tomando la mano de Mirabel con su mano libre- solo queremos llevar las cosas en paz-

-Cobarde- repitió Alvarado en voz alta, haciendo que Mirabel se enojara más por insultar al hombre que amaba. Estuvo a punto de decirle lo que pensaba de él pero Mateo le dio un leve apretón.

-No vale la pena, mi amor- dijo él tomando la manita de Mariana antes de dar media vuelta y comenzar a caminar a su casa.

Mirabel se iba a girar también para caminar con ellos cuando vio de reojo a Alvarado enrojecer de furia por haber sido ignorado y sacar un arma corta de su cinturón. Una mujer mayor gritó asustada al ver eso, pero la joven solo pudo ver al alcalde apuntando su arma hacia su familia. No lo pensó, solo soltó la escoba que tenía en la mano y empujó a Mateo junto a Mariana del camino para evitar que fueran alcanzados justo antes de que Alvarado les disparara.

BOOM

El ruido del disparo casi a quemarropa era ensordecedor, y Mirabel sintió un golpe agudo en su costado derecho, haciéndola apretar los ojos de dolor, perder el equilibrio y caer de bruces al suelo. A pesar del timbrido en sus oídos después del disparo pudo escuchar un grito aterrado de una niña, seguramente de Mariana, que hizo que tratara de abrir los ojos.

A su alrededor un caos se desarrollaba. Había gritos, golpes y gemidos de preocupación. Se forzó a sí misma a abrir los ojos y vio que Alvarado la miraba de reojo preocupado mientras que seguía apuntando asustado hacia ellos, como si no pudiera creer que le hubiera disparado, y a Mateo furioso, aún protegiendo a Mariana con su cuerpo y mirándola de reojo asustado.

-¡¿Pero qué hiciste?!- gritó Mateo, su voz furiosa ahogando el llanto asustado de Mariana.

-Fue… fue su culpa…- dijo Alvarado aún apuntando a Mateo, su mano temblando- ella sola se atravesó… no quería dispararle a ella…-

-¡Pues lo hiciste!- Mirabel escuchó decir a su esposo- ¡te vas a arrepentir!-

-¡No… no te acerques!- dijo Alvarado dando un paso adelante, de modo que estaba de pie junto a la mujer herida sin dejar de apuntar a Mateo- te… te mataré también…-

Mirabel gruñó, el dolor no la dejaba pensar bien, pero algo tenía claro: si Alvarado disparaba otra vez podía lastimar a su esposo y posiblemente también a su hija, eso no lo podía permitir. Apretando los dientes, Mirabel hizo tropezar al alcalde de una patada, dejando escapar un grito de dolor en el proceso.

Ella ya no pudo ver qué pasó, las lágrimas nublaban su vista, pero distracción fue suficiente para que Mateo desarmara a Alvarado y le propinara un puñetazo en la cara mientras el resto del pueblo lo sometía, incluidos sus guardaespaldas.

Lo siguiente que Mirabel sintió fue a Mateo tomándola en sus brazos y apretando su herida con un trozo de tela, que después supo que había sido el chal de una de las mujeres que había sido testigo de lo sucedido y se lo había dado para detener la hemorragia.

-¿Mariposa?¿Me escuchas?- dijo Mateo suavemente levantando un poco su cabeza. Mirabel gruñó pero asintió porque le dolía mucho. Nunca había escuchado a su esposo tan asustado- habla conmigo, mi amor-

-¿Mariana?- apenas pudo preguntar.

-Está bien, está aquí conmigo- dijo Mateo con lágrimas en los ojos. Aquello la hizo relajarse, al menos su familia estaba a salvo- mi amor, no tenías que hacer eso-

-Sí tenía, no iba a perderte- dijo ella. Sintió las manitas de Mariana tomar su brazo contrario. Su llanto quedito la preocupó y la hizo volverse hacia ella- estoy bien, chatita, no te asustes-

-Mami… quiero irme a casa- dijo Mariana asustada sin poder dejar de ver la herida de su madre. Mirabel acarició su cabello sin decir nada más, le dolía incluso hablar.

El médico del pueblo, quien había escuchado la conmoción, se acercó a ellos y ayudó a Mateo a contener la hemorragia y a vendar el abdomen de Mirabel después de examinar la herida.

-La bala está alojada en su costado- dijo el médico ajustando el vendaje- esto va a hacer más lenta la pérdida de sangre, pero no hay mucho que pueda hacer, solo… solo aprovechen el tiempo que le queda. Lo siento mucho-

Mirabel respiró hondo y abrazó a Mariana con su brazo para besar su frente. Mateo se quedó en silencio por un momento antes de alzarla en sus brazos otra vez y comenzar a caminar hacia su casa. Ella apoyó la cabeza en el pecho de su esposo, resignada a que estaba a punto de morir y preferiría pasarlo con su familia.

Nunca había pensado que iba a morir tan joven, pero prefería eso a vivir sin el amor de su vida o sin su Mariana. No se arrepentía de haber empujado a Mateo, y estaba segura de que él cuidaría bien de su hija. Al menos pasaría sus últimas horas con ellos dos.

-Doctor Franco, ¿podría traerme mi caballo por favor?- escuchó de pronto decir a Mateo cuando éste la puso sobre el sofá junto a la entrada de la casa. El tono de su marido era muy serio, pero aquello la alarmó.

-¿A dónde vas?- dijo Mirabel abriendo los ojos sin poder creer que fuera a dejarla. Vio que Mariana seguía a su lado, tomando asustada su mano pero Mateo estaba rápidamente llenando una mochila de comida y algunas prendas de vestir.

-Vamos- la corrigió Mateo seriamente- aún hay alguien que puede curarte. Casita, por favor tráeme algo de ropa para Mariana-

Mirabel tardó unos segundos en entender a quién se refería su esposo. La sola idea de hacer ese viaje en su estado la asustó no solo porque sabía que le dolería mucho y que no era probable que llegaran a tiempo, sino porque no quería regresar a ese sitio.

-No, no voy a regresar ahí- dijo Mirabel frunciendo el entrecejo. Mateo hizo una pausa para mirarla, tenía una expresión de incredulidad, pero solo dudo un momento y siguió empacando.

-Vamos a regresar para que la señora Julieta te cure- dijo él cerrando la mochila y dejándola junto a ella en la puerta- no te preocupes, tenemos tiempo y tendré cuidado para no empeorar las cosas-

-No voy a regresar ahí, Mateo- repitió ella obstinadamente. Su esposo se puso en cuclillas para mirarla a los ojos. Sus dedos se hundieron en sus rizos y Mirabel cerró los ojos sintiéndose culpable al ver su expresión.

-Mi amor, te he apoyado en todo desde el día en que nos conocimos, y siempre he aceptado tus deseos- le dijo Mateo seriamente- pero esta vez no te voy a escuchar. ¿O tanto quieres dejarnos?-

Mirabel miró a su esposo e hija, quienes la miraban con lágrimas en los ojos. No quería dejarlos, pero no quería regresar.

-Pero no…-

-No te voy a perder si aún hay algo que se puede hacer para salvarte- declaró Mateo con decisión- y no voy a dejar que Mariana crezca sin su mamá solo por tu orgullo-

Mirabel los miró, su mente llena de preocupación. No quería volver al Encanto, donde no había lugar para ellos. No quería ver a la madre que no la había defendido de su abuela cuando la quisieron echar de la casa. No quería exponer a Mariana a las expectativas imposibles de su abuela. Pero la idea de Mariana llorando y sufriendo por su terquedad finalmente la convenció de aceptar el plan de su marido.

-De acuerdo, pero tengo condiciones- dijo Mirabel.

-¿Cuáles?-

-Solo veré a mamá para que me cure. No quiero ver a ninguno de los Madrigal- dijo Mirabel decidida.

-Bien, nos quedaremos en casa de mis papás y yo mismo iré por algo de comer de la señora Julieta- dijo Mateo.

El médico llegó a la puerta de la casa con el caballo de Mateo. Cuando le dijo lo que estaban a punto de hacer, el hombre le ofreció una semilla de opio para evitar que el viaje le causara excesivo dolor a Mirabel y ayudó a los tres a subir al caballo. Mateo ató a Mariana a su espalda con un fular, y la niña metió a Tutú a su bolso. Después de ello, entre el médico y Mateo subieron a Mirabel a la parte delantera del caballo, dejándola apoyarse hacia atrás en el pecho de su esposo, quien tomó las riendas y salió a toda velocidad hacia el Encanto.

x-x-x

Encanto

La noche siguiente

Antonio se cruzó de brazos preocupado. Cada día que pasaba caía más en cuenta de que su familia estaba rota, y todo había empezado cinco años antes, desde el día en que Mirabel se fue del Encanto.

Durante la discusión en la que hubiera sido la cena de compromiso de Mirabel, Isabela había confesado que Dolores siempre había estado enamorada de Mariano, y ahora ambas mujeres estaban en proceso de divorciarse de sus respectivos maridos. Incluso Mariano y Dolores habían comenzado a verse a escondidas de la familia, robando besos frustrados mientras esperaban poderse divorciar para estar juntos.

No solo eso. Luisa y Camilo estaban comprometidos también con parejas que la abuela había elegido para ellos sin consultarlos. De los dos, Camilo era el que estaba más infeliz con el arreglo que la abuela había hecho por él ya que estaba enamorado de Sofía Barajas, la nueva maestra en la escuela del Encanto, pero Alma había insistido en que se casaría con Adriana López, una sobrina de la señora Ozma.

La única que no era infeliz con su elección era Luisa, quien estaba comprometida con un muchacho llamado Jacinto Martínez. El muchacho era un carpintero que la adoraba y parecía que su prima correspondía sus sentimientos.

-Ay ay ay, Parce- dijo Antonio apoyando su hombro en la pared mientras veía a su hermano discutir con la abuela por enésima vez- ¿qué puedo hacer para ayudar a mi familia? Mis hermanos y mis primas son tan infelices…-

-No tienes mucho que hacer. Solo no cedas cuando tu abuela quiera obligarte a ti- dijo Parce

-No te preocupes, no lo haré- dijo Antonio con una sonrisa. Ya era un adolescente de quince años, y había comenzado una relación con Cecilia, y no estaba dispuesta a renunciar a ella, ni aunque su abuela lo obligara. La abuela no lo tomaba en serio de la misma manera en que no había tomado en serio a Mirabel y Mateo.

Su tío Bruno estaba preocupado también, todo el tiempo caminando nerviosamente en círculos y tirando de sus cabellos, su conducta cada vez más errática y nerviosa diciendo que la magia estaba en peligro.

Miró de reojo su estante, donde aún reposaba el peluche que Mirabel le había regalado diez años atrás, el día de su ceremonia junto a una cajita llena de las cartas que había recibido de ella en los últimos cinco años a escondidas de su familia.

La abuela les había prohibido hablar con los Díaz o visitarlos, pero Pico iba por las cartas a casa de los padres de Mateo y las llevaba a la casa con Antonio.

"Casita", pensó Antonio.

Dos días después de que Mirabel se fue, casita perdió todo el poder de moverse como antes y la luz de las puertas disminuyó considerablemente, alarmando a Alma. Más alarmantemente, la vela del milagro desapareció y por más que la buscaron jamás apareció de nuevo. A pesar de ello, las puertas aún tenían algo de luz y los dones de la familia se mantuvieron intactos. Cómo era eso posible, Antonio no tenía idea, y a pesar de conservar sus poderes aún extrañaba a casita.

Aún pensaba en ello cuando Pico cruzó la puerta y se posó en su hombro graznando rápidamente, pero Antonio no lo entendió.

-Espera, espera…- dijo él preocupado. Cuando su tucán se emocionaba graznaba sin parar y no lograba entenderle, como en esa ocasión que solo había captado algunas palabras dispersas, pero entendió el nombre de su prima- habla más despacio. ¿Llegó otra carta de Mirabel?-

-No, no llegó pero está aquí- dijo Pico.

-¿No llegó una carta pero la carta está aquí?-

-No, no, ella está aquí- dijo Pico ansiosamente, agitando sus alas- pero tienes que tener cuidado, hay sangre, mucha sangre-

Antonio tardó en entender lo que le estaban diciendo.

-¿Mirabel está en el Encanto?¿Y tiene sangre?- dijo Antonio cuando finalmente entendió, y el tucán asintió.

-¡Mucha sangre!- dijo Pico sin dejar de agitar sus alas- todos están preocupados, quieren ayuda de tu tía-

-¡¿Quieres decir que Mirabel está herida?!- dijo Antonio poniéndose de pie de un salto y comenzando a correr hacia la puerta. Pico y Parce corrieron detrás de él.

Antonio casi tropieza por las escaleras y cae sobre su tío Bruno si no fuera porque se sujetó bien del pasamanos, una parte de él sintiendo como si casita lo hubiera salvado, pero eso era imposible, la casa había perdido su poder.

-¿Antonio?¿Te encuentras bien?- dijo su tío nerviosamente.

-¿Dónde está tía Julieta?- dijo Antonio- ¡hay alguien herido!-

-Ah, se acaba de ir- dijo Bruno- vino Emilio Díaz a pedirle ayuda, y se acaba de ir con una canasta de arepas. ¿Será la misma persona?-

Pero el adolescente no respondió y solo corrió fuera de la casa seguido de Parce y Pico. Bruno lo vio alejarse tomando un puñado de sal y echándola por encima de su hombro.

x-x-x

Casa de los Díaz

Poco antes

Mateo no supo cómo llegó al Encanto tan rápido, pero con el amor de su vida al borde de la muerte no había pensado. Mirabel aún estaba dormida en sus brazos gracias a la semilla de opio que el doctor le dio antes de que salieran, y Mariana se quedó dormida aún aferrada a su espalda.

-¡Dios mío!- dijo Emilio sorprendido al ver a su hermano llegando a casa de sus padres en esas condiciones- ¿qué pasó con ella?-

-Un estúpido la hirió por mi culpa- dijo Mateo cabizbajo desatándose el fular con el que tenía sujeta a Mariana- necesitamos a la señora Julieta-

Emilio tomó a Mariana y se la pasó a su madre, quién rápidamente la metió en la casa, y después ayudó a su hermano a bajar a Mirabel del caballo. Una vez que estuvo en suelo firme y con su esposa en sus brazos, Mateo entró a la casa y la puso en la habitación vacía.

-Emilio, corre a la casa Madrigal y trae a la señora Julieta- dijo la señora Díaz aún con Mariana en sus brazos, quien comenzaba a despertar en brazos de su abuela y pataleaba para que la bajaran al suelo.

-No… no les digas- dijo Mirabel débilmente, tomando la mano de Mateo- recuerda tu promesa-

-No se me olvida, mariposa- dijo Mateo poniendo una mano en su frente- no hables, guarda tus fuerzas-

-¿A qué se refiere?- dijo Emilio.

-Tienes que traer a la señora Julieta sin alertar a los demás de que estamos de regreso- dijo Mateo- por favor-

-Ugh, eso no va a ser fácil, pero lo haré con gusto- dijo su hermano haciendo una mueca antes de correr fuera de la casa.

Mariana por fin bajó de los brazos de su abuela y fue a acurrucarse junto al lado izquierdo de Mirabel sollozando quedito. Su madre la envolvió con su brazo y frotó su espalda.

-Tengo miedo, mami- dijo con un sollozo.

-Estoy bien, Marianita- Mateo escuchó a su esposa decir- ya viene alguien que va a curarme, y pronto podremos hacer la fiesta sorpresa de Tutú aquí-

Mirabel cerró los ojos haciendo una mueca de dolor. Verla así estaba matando a Mateo, quien pensaba que debió haber ignorado los deseos de su esposo y llevarla a casita a que su madre la curara, y ya tendría tiempo de pedirle disculpas.

Sintió la mano de su esposa tomar la suya.

-Voy a estar bien, mi amor- dijo ella en el mismo tono con el que habló con su hija- todo va a estar bien-

Un rugido interrumpió el intercambio, haciendo que todos menos Mirabel dieran un salto. Un adolescente moreno cruzó la entrada de la casa y llegó se dirigió decididamente hacia donde estaba la mujer herida, y solo se detuvo cuando Mateo bloqueó su paso.

-Alto ahí. ¿Qué quieres?-

-¿Mateo? Soy yo, Antonio Madrigal- dijo el muchacho con una expresión alarmada, tratando de rodear a Mateo- ¿qué le pasó a Mirabel?-

Mateo se relajó. Llevaba cinco años sin verlo y por eso no lo había reconocido, y sabía que ese chico era el único Madrigal al que Mirabel aceptaría ver. Antonio no esperó la respuesta y se acercó a donde estaba su prima.

-¿Mirabel?- dijo Antonio en voz baja. La mujer se esforzó por abrir los ojos.

-Hey, Toñito- dijo Mirabel sonriendo levemente- ¿en qué momento… te pusiste tan grande…?-

Antonio tomó la mano de Mirabel y se volvió a Mateo preocupado.

-Voy por mi tía Julieta- dijo el adolescente.

-Está bien, mi hermano Emilio ya está en camino- dijo Mateo sentándose al lado de Mirabel y acarició el cabello de su esposa- resiste, ya falta solo un poco-

-Mami- dijo Mariana. Mirabel no había dejado de abrazar a su hija, pero cada vez le era más difícil mantenerse despierta. Mateo tomó a Mariana y la sentó en su regazo, abrazándola para consolarla.

No pasó mucho tiempo cuando Julieta llegó cargando un plato con arepas con una expresión preocupada en el momento en que Mirabel perdía la consciencia.

-¡Mami!¡Mami!- lloraba Mariana. La recién llegada palideció mortalmente al darse cuenta que la persona herida por la que había sido llamada a la casa de los Díaz era su propia hija. Al ver que no se movía, Mateo la apuró.

-¿Señora Julieta? Por favor apresúrese…- dijo Mateo sacándola de sus pensamientos.

-Claro. Sí. Necesito una naranja y un vaso- dijo Julieta.

La señora Díaz le entregó los objetos solicitados sin decir nada. Julieta exprimió la naranja en el vaso lo más rápido que pudo y lo acercó a los labios de Mirabel para que bebiera el jugo mientras que Antonio ayudaba a levantar la cabeza de la mujer inconsciente. Poco a poco Julieta administró el jugo en la boca de Mirabel, esperando algunos minutos que a todos los presentes les parecieron una eternidad.

x-x-x

CONTINUARÁ…

¡Hola a todos! Mateo llevó a Mirabel de regreso para que la curaran aunque ella no estuviera tan convencida, dándole un susto a Antonio y a Julieta en el proceso. Pobre Marianita, vio mucha sangre y se asustó. Espero que les esté gustando esta historia. Abrazos.

Abby L.