El dulce llanto de un bebé se colaba en los pasillos, las criadas corrían a atender a la madre agotada y a la criatura con ella, esperaba la presencia del padre, pero este se rehusaba encerrado en su estudio, bebiendo en el balcón con una melancolía que bordaba con la locura. Los años no lograban apaciguar su gran dolor, su estabilidad no era más que un espejismo social, para su trabajo era un buen líder, amado por todos. El sonido del niño lo enfurecían, lo odiaba desde el vientre, se rehusaba a la paternidad, pero debía dar a luz a un heredero, ese niño no sería como el que había soñado, en brazos de su madre y llorando sin cesar, obligando a la joven a llevarlo lejos para no perturbar su sueño, ese niño que lloraba le recordaba su fracaso y el de su padre.
Peor aún, las celebraciones se escuchaban en todos lados y de muchas naciones vendrían a felicitarlo, tendría que mostrar ese monstruo con un orgullo sumamente falso, de que es su hijo, pero nunca lo vería como tal. Su hermana entró a la oscura habitación, estaba agitada y con una gran sonrisa.
- Es un varón fuerte y sano - no hubo respuesta - Gaara, debes verlo, es un niño hermoso - lo vio bajar la copa de licor a medio llenar.
- No - la miró a los ojos, cosa que casi no hacía por tener la mirada perdida - no quiero verlo nunca, es un monstruo, un accidente, una infidelidad - la rubia suspiró pesadamente.
- Han pasado años, ella ya dejó este mundo, este niño no tiene la culpa, además debe elegir su nombre, es la tradición - bufó suavemente ante la petición de su hermana.
Se puso su bata con clara molestia, se había dejado estar para poder padecer su tristeza en paz, delegando su deber a su hermano mayor, quien además tenía el peso militar. Caminó con su hermana por detrás, quien al menos agradecía que le podría dar nombre al niño, y quizás, encariñarse un poco con él. Les abrieron las puertas y con una leve reverencia le recibió su esposa con la criatura en brazos, de cabellos cobrizos y parecía heredar sus ojos, le asqueó la visión.
- Akiro - fue lo único que dijo para volver a su habitación.
La frustración en la familia era latente, nadie era verdaderamente feliz, salvo Temari, con un matrimonio feliz con un joven y rico terrateniente que ayudó mucho para las épocas beligerantes. Gaara sentía que la vida le debía demasiado, una mierda de infancia, un paraíso tan breve como un suspiro y de vuelta al infierno, ¿esa sería su vida? ¿sin la única persona que lo hacía verdaderamente feliz? se sentía miserable, se odiaba y a todos.
- Majestad - Ibiki entró con cartas y la cena.
- Ah, eres tú - le llamaron la atención los pergaminos y se los pidió.
- Se los envía el imperio, por el nacimiento del joven príncipe - tenía sellos fastuosos en oro mezclada con cera.
Estimado Sabaku-sama
Felicidades por el nacimiento en su casa, que su presencia ilumine sus vidas con honores y dicha, espero reciba los regalos enviados como muestra de afecto hacia el joven príncipe.
Su alteza Imperial, Hinata Hyuga
Alteza real,
Saludamos con alegría el nacimiento de su primogénito, que sea un soldado fuerte que de felicidad y conquistas a su familia, esperamos que sea un niño sano y fuerte.
Naruto Uzumaki
Al pelirrojo le volvieron los colores al rostro, ese nombre escrito no podía ser verdad, releía las palabras que ella debía haber escrito, tenía tantas certezas como dudas, ¿por qué ella le escribía? ¿por qué desde el imperio?
- Qué rápidos - comentó Ibiki viendo las cajas con presentes.
- ¿Quién es la emperatriz? - le ordenó que se sentara para saber bien qué era lo que pasaba, ató su cabello para poder tener más claridad.
- Majestad, no es muy conocida, usted sabe, los Hyuga no llevan mucho tiempo en el poder, pero dicen que es de gran belleza y muy educada, aferrada a los brazos de su primo, Neji, que dentro de poco anunciarán su coronación y oficialmente sería emperatriz de todo, aunque no es casada - Gaara le entregó una bolsa con oro para él como recompensa por su trabajo.
Quedando solo admiraba los jardines, Jun le hacía compañía, pero era un triste animal, al igual que él. Si lo que pensaba era cierto, que esa mujer poderosa era su esposa, tendría que ir a buscarla, no había razones para ello, sospecharían de una visita imprevista. Si podía poner en peligro su imperio y la posición de ella, sería paciente, porque había esperanza de verla una vez más, ella también debía extrañarlo. Tampoco podía dejar sólo al mocoso que tenía por hijo, tendría que crecer un poco para poder fugarse al palacio de la emperatriz, estaba desesperado por tomar su caballo y visitarla.
Podía verse bajar del caballo, cruzar el palacio y burlando a los guardias, colándose en medio de la noche en sus aposentos. Ahí debía estar, escondida detrás de cortinas de seda admirando la noche en una profunda tristeza, entraría como un caballero en brillante armadura, gritaría en sorpresa de tener semejante visión ante sus ojos de luna.
- ¿Qué hace aquí? majestad, usted - le pondría un dedo sobre sus delicados labios.
- He venido por ti - diría con el rostro acalorado y sudado por la carrera.
- Esperé por usted tanto tiempo - se fundiría en sus brazos con fuerza mientras sollozaría como una niña.
- Y yo por ti - le besaría sus labios con ternura y pasión retenida por el tiempo.
Era una imagen hermosa, sobre todo por saber que ella no había muerto, que estaba en algún lugar y lo debía esperar, su amor había sido tan intenso que la llama no se apagaría por nada. No había razones para ir a la capital, ni podía descuidar su reino, tomó sus ropas y se dirigió a los baños. Hacía mucho tiempo que no disfrutaba de sus instalaciones, en general lo hacía de forma breve y descuidada. Volvía a tener una motivación, volver a ver a su amada Hinata, se hundía en las aguas soñando con ese momento, la abrazaría todo el tiempo y no la dejaría ir sola a ningún lado, y si alguien se oponía, no dudaría en robarla de ese palacio.
- ¿Ha respondido Suna por los regalos? - preguntó la chica aún envuelta en los brazos del albino.
- No majestad, sus servicios de mensajería son aún muy primitivos - le mordió suavemente la oreja, sorprendiendo a la chica.
- No hagas eso - quiso regañarlo más, pero el muchacho bajó sus labios hasta su cuello.
- No me ha visitado en varios días, permita que disfrute de la compañía de la mujer que amo - la chica suspiró pesadamente.
- Siempre sabes cómo convencerme, pero estoy preocupada, Suna no ha establecido lazos fuertes con nosotros, ni siquiera Gaara ha venido a visitarnos - al soltar su nombre, el albino la estrechó con fuerza.
- No hable de otros hombre frente a mí, ¿o quiere verme celoso? - parecía una serpiente cada vez que ella se recostaba en su pecho sentados frente al fuego.
- Quizás, pero ese hombre no te debe preocupar, ya tiene familia, ni siquiera lo he visto - su voz de quebró al sentir cómo besaba su piel sin pudor bajo su kimono.
- Si dependiera de mí, que ningún hombre se atreviera a mirarla - sus palabras eran cada día más sinceras, recorría con su lengua la piel de su ama, su señora y no le importaba aferrarse a sus faldas.
- Si tanto me deseas, usa tus manos - con sus manos, guio las de su amante a su pecho - sedúceme - dejó caer su cabeza enseñando su cuerpo a medio desnudar.
- ¿Majestad? - le llamaron fuera de la habitación interrumpiendo los suaves movimientos del albino bajo su kimono.
- ¿Quién es? - preguntó la joven sin moverse, prefería seguir en los brazos de el ahora, monje desertor.
- El Emperador subrogante la está esperando, junto con el General - era su criada, realmente detestaba ver al rubio, era tan molesto.
- Diles que estaré allá en un momento - con un suspiro pesado se quiso levantar, pero Toneri la abrazó de su cintura - ¿qué haces? - preguntaba mientras él hundía su cabeza en sus largos cabellos.
- No vaya, quédese a mi lado - Hinata le besó suavemente para luego acomodarse las ropas, cepillar su cabello y asistir.
- Podemos vernos en otro momento, mi habitación siempre estará abierta - le dio una sonrisa cálida que logró hacerlo sonrojar.
Si era sincero, aprovecharse de una mujer sin recuerdos era fácil, parecía una chica tonta y caprichosa, pero de a poco se convertía en una mujer poderosa, quería verla a cada momento, luego de su vida en un monasterio, en que los impulsos humanos eran censurados, ella lo recibía con calidez, le daba ropas caras para que no pasara frío en las noches, financiaba sus libros y en general le daba días enteros, aunque ambos trabajaran compartían el lugar, sin darse cuenta, había empezado con ella una vida de pareja, más allá de buscar asegurarse una buena vida a través de lo que ocultaba su ropa interior.
Hinata se sentía algo contrariada, adoraba pasar el tiempo con su maestro, pero algo estaba fuera de lugar, una pieza importante, se sentía intranquila desde que empezó a enviar presentes a otras naciones, entre ellas Suna, de quienes sospechaba estaban en contra de ella por ser joven o una mujer, muchos no responderían ante una emperatriz y eso no beneficiaría al imperio, a pesar de que era quien tenía mayor derecho al trono. Entró en el salón con la cabeza en otro lado, evitaba mirar a Naruto, aunque él ni se molestaba en visitarla después de la última pelea, y con toda razón, ambos habían sido muy groseros.
- Bien, aquí estoy - Neji la saludó de beso en la frente, eran muy afectuosos, él la adoraba, después de todo, la había recuperado en medio de una guerra.
- Bienvenida - el castaño parecía de buen humor - ya se acerca la ceremonia de coronación, tenemos que traer a todas las naciones para presenciar este momento, también buscar entre las familias más ricas, un buen esposo, es hora que des al imperio la felicidad de un heredero - Hinata enrojeció y bajó la mirada.
- Suna ha respondido por los presentes y ha enviado uno para su majestad - el rubio le señaló unas cajas.
- Eso fue rápido - dijo la chica soltando una suave carcajada.
- Debe ser la felicidad de su hijo, ha sido un varón, si tienes una niña podríamos hacer una buena alianza - Hinata hizo caso omiso al comentario, en un cofre pequeño habían joyas que no eran usuales.
- Son hermosas - precisamente, eran las mismas que el pelirrojo había dado en el pasado a la misma mujer.
- Algo extravagantes - entre ellos vio el anillo de esmeraldas, se sintió atraída por él.
- Parece como si las hubiera visto en un sueño - soltó una pequeña risa, era nostálgico y muy bonito.
- Al rey le encanta la orfebrería - soltó el joven general, pero ella no parecía escucharlo.
Abría cofre tras cofre fascinada, perfumes, joyas, vestidos con incrustaciones, diamantes y piedras preciosas, casi como decoración. Nunca había recibido presentes de gente fuera del palacio, incluso le sorprendían que fueran de su talla, pero no le prestó demasiada atención.
- Esperaba que enviaran regalos más genéricos - soltó el rubio, le molestaba un poco la atención que recibía, aún más desde que sus relaciones se habían dificultado.
- Hinata - Neji carraspeó para hacerla salir de su concentración - insisto en que debes pensar en tu matrimonio - la chica se sentó, con el anillo puesto, para poder volver con ellos.
- No tengo a nadie que me interese para casarme - dijo con desgano, era un tema deprimente, adoraba a Toneri, pero lo peor que podía hacer era casarse con él, tampoco la dejarían, sería mejor como amante.
- Ya sabemos, los Nara están aliados con Suna, los Uchiha ya no existen, los Yamanaka sólo tienen una hija - su pensamiento en voz alta se cortó al mirar al rubio y luego a su prima.
- Ni hablar - dijo ella sin mirarlo para luego levantarse, y ellos le siguieron por protocolo - busca a alguien más - ordenó a los criados que le llevaran los regalos a su habitación y se retiró.
¿Casarse con el general? era una estupidez, se sentía molesta, pidió que nadie entrara a su ala personal, ni Toneri podía hacerlo. Estaba ofuscada, incómoda, como si fuera prisionera de ese lugar, condenada a servir a la corona.
- No lo entiendo, ustedes parecían llevarse muy bien - fumaba de su pipa para poder calmarse, si bien era una chica dócil, no podía cruzar a ciertos territorios.
- Tuvimos una pelea - le avergonzaba confesarle esto a alguien que era familiar de ella - fui muy grosero, le pedí explicaciones de algo que no me compete, no soy su marido - Neji se cruzó de brazos, Hinata era una buena mujer, pero no tan dócil como para aceptar un matrimonio con un hombre que la tratara mal.
- Tendrás que disculparte y enmendar las cosas con ella, necesitamos que te unas a la familia, además, darás herederos fuertes - detrás de la puerta, Hinata pudo escuchar la discusión.
No rehusaría el matrimonio si le insistían, era lógico, él era el mejor candidato, tenía riquezas y un gran ejército, no tenía a alguien que le impulsara a rechazarlo de frente, sólo esa sensación de incomodidad, pero podía ser el golpe, algo le faltaba, quizás alguien.
