Los arreglos estuvieron listos, el palacio era más grande, Neji se sentía orgulloso de su ingenio y sabía que su prima lo recompensaría. Lo sorprendió ver a Hinata y a su general bajar juntos del carruaje, esperaba que él fuera parte de la escolta, en su lugar le hacía compañía y compartían cómplices sonrisas. No fue un matrimonio inesperado, mas fue rápido, bajo las formalidades del imperio, sin fiestas más allá de repartir oro en el palacio junto con algunos dulces. Naruto estaba feliz con su esposa, de vez en cuando dejaba su trabajo para verla a ella trabajar en la ceremonia, tan majestuosa e imponente, ya no era su fiel servidor, sino que además era su esposo, su rol de príncipe consorte era compatible con su rol de general, seguramente sus hijos serían grandes soldados, para ello se preocupaba de visitarla cada noche y tratar de asegurar un heredero.
Toneri no se lo tomó a mal el matrimonio de Hinata, era esperable que eso pasara, sin embargo, un dolor le atravesó el pecho cuando lo supo y tuvo que guardar silencio, ni siquiera ella se había dignado a visitarlo y decirle lo que pasaba, se sentía como un adolescente llorando a hurtadillas por ella, era humillante, como si fuera cualquier concubino.
- Otsutsuki-san - le llamó una criada - su majestad lo espera a tomar el té cuando de el crepúsculo - era una orden algo extraña, pero era una señal.
- Bien - se miró en el espejo y tenía los ojos rojos, de verdad se había apegado a ella.
Las horas pasaban lentamente, miraba a cada momento el jardín de su habitación para ver escapar la luz del día, se preparó con sus mejores ropas, regaladas por ella, y caminó por los pasillos, su paso era apresurado y sentía que el corazón se le iba a salir. Esperó fuera de la habitación pensando que ella daría la orden de entrar, pero pasaron los minutos y nada pasó, escuchó ruido desde el interior pero no podía llamar, tenía miedo de lo que ella le fuera a decir.
- Otsutsuki-san - la voz de la criada lo hizo sobresaltarse - puede entrar - él asintió y corrió la puerta, era un bello salón con pinturas hermosas referentes al imperio.
- Majestad - se le quiso acercar, pero ella le apuntó al cojín frente a la mesa, quedando distanciados.
- Toneri - ni siquiera lo miraba, se ocultaba bajo su flequillo, pero su piel pálida decía más que sus palabras, no hacía correr su corazón.
- ¿A qué me ha llamado? - silencio sepulcral - debo confesar que me llenó de alegría saber que me requería - parecía perdida en sus pensamientos.
- Por favor, necesito hablar con él a solas - todos asintieron y se retiraron.
- ¿Qué es tan importante, Majestad? - la chica suspiró pesadamente.
- Todo el mundo lo sabe, el General ha adquirido el cargo de Príncipe Consorte - su garganta se hizo un nudo sin poder gritar.
- Y-Ya lo sabía - bajó la cabeza mordiendo su labio inferior reteniendo sus lágrimas.
- Tiemblas como un niño - quiso calmarse y en su lugar liberó un desgarrador gemido - ten - le ofreció un poco de té mezclado con licor.
- ¡Oh, mi señora! ¡Acabe con mi miseria! ¡Se lo imploro! - el muchacho se había lanzado al suelo quedando cercano a su regazo, se desgarraba en llanto.
- Calma Toneri - le acarició sus blancos cabellos a través de sus dedos.
- ¡No lo soporto! ¡no ha llamado por mí en semanas! ¡ni siquiera para alguna lección o reclamo! ¿¡qué debo esperar de esta miseria!? - golpeaba el suelo del delicado tatami hasta dejarlo marcado, sus ojos se habían llenado de lágrimas al punto de humedecer las ropas de la monarca.
- Sabes que tengo deberes de esposa ahora - pudo sentir el frío metal rodear su delicado dedo.
- Ni siquiera pudo decirme adiós - a pesar de ser mayor que ella, al conectar sus miradas él parecía un joven muchacho que nunca había conocido los sinsabores del amor, encaprichado por una solicitada mujer.
- Porque no es un adiós, querido - le besó tiernamente las lágrimas y le limpió el rostro - lo que sucede es que ya no serás mi maestro, sino mi concubino, la verdad no puedo darte otra posición, eres mi amante después de todo - soltó una pequeña risa y él un suspiro, lo subían de rango y su único deber sería ser bonito y acostarse con la mujer que amaba hasta tener hijos.
- Majestad, me honra - se le quiso acercar un poco para sellar el acuerdo, pero su nuevo rey hizo la entrada.
- Dije que no quería ser molestada - él se ocultó detrás de la única mujer que lo podía proteger, a pesar de ello intercambiaron miradas de furia entre ellos.
- Unos documentos requieren tu firma, además, el Imperio es más importante que - lo miro de arriba hacia abajo con desdén - bueno, eso - Hinata se levantó haciendo que él retrocediera.
- No te permito que hables así de él, Toneri es mi concubino y yo no me meto con las tuyas, yo lo quiero y si vuelves a faltarle el respeto tendré que enviarte a una habitación diferente a la nuestra - el rubio chasqueó la lengua y se retiró.
- Majestad, no tiene que pelear así por mí - juntó sus manos con timidez mientras se levantaba y la abrazaba por detrás - yo me dejaría matar por usted - tenía muchos perfumes sobre ella, maquillaje y joyas de mujer casada, pero aún así podían seguir juntos.
- No va a ser necesario, siempre te protegeré - un leve dolor llegó a su cabeza en un destello, pero tenía que trabajar - por favor, ve a tu nueva ala, ahí tendrás nuevos sirvientes y todo lo que desees - Toneri la jaló para darle un suave beso mientras reía.
- Con esto me basta - sonrojada y apenada lo empujó juguetonamente para retirarse.
Mientras, en los caminos, un caballo en solitario corría apresurado por su jinete, sudado y emocionado, podía ver la entrada del palacio Imperial a pesar de no haberlo conocido ni en su más tierna infancia, casi como si se le hubiera presentado en un sueño. Azotó el animal para llegar, sólo portaba un par de cartas y agua, bloquearon la entrada.
- ¡Identifíquese! - ordenó un guardia apuntando su lanza hacia él.
- Soy Sabaku No Gaara y he sido requerido por su Majestad Imperial - se quitó el casco para poder respirar y bajó del caballo, quien estaba al borde del colapso.
- ¿Qué ocurre? - se escuchó una voz femenina desde dentro del palacio con flores en sus manos.
- Dice ser un rey y que su Majestad lo ha solicitado, Eri-san - se veía andrajoso y un poco repugnante.
- Creo que iré a llamar a Yuka-sempai - salió corriendo mientras con algo de resguardo le daban algo de agua al joven vagabundo.
Su corazón no podía esperar más, añoraba verla de nuevo, había dejado atrás a su comitiva con su familia hacía dos días, todo por esa mujer. Una joven de finos vestidos corría al lugar, al verlo abrió los ojos sorprendida.
- Sea bienvenido, alteza - bajó su cabeza - su Majestad está ocupada, pero podrá verla más tarde, pase que su habitación está lista y los baños también - miró hacia atrás esperando algo más - ¿y los demás? - él negó.
- Me he apresurado, lamento haber llegado tan temprano - ella negó con una sonrisa.
- Seguro usted le puede subir el ánimo a su majestad - él se sonrojó levemente como hacía mucho tiempo no lo hacía.
Se sumergió en las aguas profundas de los baños dejando ir la suciedad, estaban perfumadas y no se comparaban con Suna, los jabones eran excelentes y suaves. Como no tenía su equipaje con él le brindaron ropas del imperio, parecía un príncipe de esa ciudad, como si no fuera de ese maravilloso lugar desértico. La criada de la joven lo llamó casi al atardecer y lo hizo esperar fuera de una habitación, pudiendo escuchar la conversación, aunque sabía que lo que correspondía al momento era mantener la calma hasta volver a verla.
- Majestad, un visitante de muy lejos ha llegado - le dijo la joven emocionada.
- ¿Yamanaka? - preguntó - ella dijo que llegaría en unos días más - no parecía tan interesada, es más, se escuchaba el papeleo.
- No, Majestad, es otra persona - pudo oír la emoción en la criada que le hacía reír.
- Los Nara deben llegar en unos días - la joven negaba.
- Sabaku-sama está afuera - le susurró, escuchó cómo caía la pluma.
- ¿¡Sabaku-sama!? - gritó mientras se levantaba de su lugar - p-pero no estoy en condiciones, mira mi ropa, ¿está afuera? - la joven criada volvió a asentir entre risas.
- Si me permite la indiscreción, parece que se ha apresurado por usted - le susurró haciendo que ambos se sonrojaran furiosamente.
- Hazlo pasar - se sentó en su lugar, para luego levantarse y así mirarlo de frente.
Al abrir la puerta, el encuentro que había esperado por años se producía, nada los separaba, nadie estaba en medio, por un momento eran sólo los dos. Él entró como ella lo hizo una vez, con ropas extranjeras y en un silencio sepulcral, cuando estuvieron solos él se lanzó a sus brazos con fuerza sollozando sin poder articular palabra.
- ¿Se encuentra bien? - no hubo respuesta, la presionaba contra su cuerpo sin piedad, sin importarle nada - Sa-Sabaku - logró pronunciar a pesar de la falta de aire, haciendo que él despertara de su sueño.
- Lo siento, te lastimé - le tomó con suavidad su mejilla para mirar esos preciosos ojos - son tal como los recuerdo - la joven monarca notó el tono del hombre y le empujó, se acomodó sus ropas y buscó recuperar la compostura.
- ¿Acaso todos en Suna saludan así? nadie puede tocar a la familia imperial si no es de su rango, le pido sea precavido en tierras extranjeras - estaba sonrojada y acelerada, ¿y si Naruto los encontraba? los rumores no serían decorosos.
- Pensé que estarías más feliz de verme, no he pensado en nada más en estos años - soltó algo decepcionado como un muchacho.
- Usted era mi amigo epistolar, no entiendo lo que dice - estaba un poco ofuscada, la mejor forma de lograr comunicarse era apartarse un poco.
- Por favor, pareciera que quisieras ignorarme, si estás jugando conmigo, te suplico que no seas tan cruel conmigo - ambos estaban confundidos, sin saber qué hacer ni para dónde mirar.
- Es mejor de que descanse, conversaremos mañana - le hizo una señal para sacarlo de la habitación, sin otra opción que retirarse hacia sus aposentos, eran lujosos y con un gusto que desconocía.
¿Quién era esa mujer? ¿era una suplente? su apariencia era la misma que él recordaba, si no podía hablar con ella tendría que recurrir al espionaje, lo que no era fácil en el palacio imperial, contaba con cientos de sirvientes que podían ver y oír todo. Si no podía saber algo, debía recurrir a acciones diplomáticas con la servidumbre, incluso a su concubino, lo que era por demás desagradable, nunca pensó que ella tendría más de un amante. Perdido en sus pensamientos se cruzó con un joven rubio, se sorprendió de tan fornido cuerpo, muy diferente al suyo, enfermizo y con vicios.
- Sabaku-san - lo saludó con una reverencia y una sonrisa - supe que se había adelantado - ¿quién era?.
- S-Sí, un poco, ¿es usted el general de las fuerzas militares? - él asintió.
- Además de príncipe consorte - ¿príncipe consorte? con disimulo miró su mano y pudo ver la alianza en su dedo.
- Alteza imperial, es un honor conocerlo - su pecho se estrujaba al decir esas palabras, ¿ella había cometido el crimen de haberse casado con otro hombre?
- El honor es mío, Sabaku-san, su presencia es un agrado para la familia imperial, imagino que viene de hablar con la Emperatriz - su esposa, se mordía la mejilla tratando de mantener la compostura.
- Es encantadora, llena de gracia - sus mejillas lo traicionaron, detalle que pudo notar el rubio - pero me encuentro fatigado por el viaje, no soy buena compañía para ella - el rubio sonrió con fuerza y le alcanzó el brazo.
- Debería unirse con nosotros, haremos un banquete - no podía rechazar la invitación del hombre que era casi emperador.
- Por supuesto, nos vemos esta noche - pasó de largo, directo a su habitación, anhelaba tanto un leve toque de ella, una caricia, una mirada, una palabra.
La festividad la componían sólo hombres, atendidos por doncellas que dejaban a los militares y políticos tomarse ciertas licencias con ellas a cambio de una recompensa. Estaba de pésimo humor, sobre todo cuando le tenía que ver la cara a ese idiota, Naruto era un imbécil, poco criterioso y delicado, ¿ese hombre le había llamado la atención? él le dedicaría sus noches a ella, la llenaría de lujos y de tiempo para sólo mirar el cielo estrellado desde su balcón, ahora debía estar con su corte, totalmente sola.
- ¿Y su familia? ¿se ha casado? - le dijo Lee mientras bebía un poco de sake.
- S-Sí, mi esposa, Matsuri viene en camino con Akiro, mi - se tomó un respiro - mi hijo - era vergonzoso tener un lastre como ese niño.
- La flor de la vida, que hermoso - dijo mientras se emborrachaba más, él sabía que si bebía rompería en llanto y se descubriría todo.
Incluso estaba en concubino de la Emperatriz, un consorte de piel blanca, mucho más similar a él, pero de todas formas era un borracho que fumaba opio, ninguno parecía digno de seducir a una mujer como Hinata, eran un montón de fantoches, que por favor todo fuera para olvidarlo.
La noche era casi el amanecer, estaba un poco ebrio y pudo soltar sus lágrimas en su habitación, cercana a los aposentos de esa mujer. No podía quedarse dormida a menos que hubiera silencio, cuando todos se habían ido a dormir, escuchaba un molesto sollozo, se levantó para hacerlo callar, debía ser Lee, que era un ebrio sentimental. Guiada por el sonido se topó con el ala de invitados, era un llanto acallado, intentando no ser detectado.
- ¿Sabaku? - preguntó abriendo la puerta, siendo sorprendido.
