Disclaimer: sigue sin pertenecerme nada de esto. Todito es propiedad de Jotaká Rowling.
CAPÍTULO 6: UN CUALQUIERA
El día antes de volver a casa para las vacaciones de verano, James encontró a Lily de vuelta a la sala común cargando con un montón de libros de aspecto bastante pesado.
— Necesitamos encontrarte un nuevo hobby, Evans. Si sigues cargando con esos libros terminará por salirte joroba – bromeó el merodeador yendo a su encuentro. Lily bufó.
— Ya que tanto te interesa, te diré que son mis lecturas para el verano – le respondió.
— Por qué será que no me sorprende – suspiró él. — Y supongo que no se te ha ocurrido enviarlos a tu cuarto con un encantamiento convocador, ¿no? – la pinchó él, enarcando una ceja. A veces, Lily podía ser muy muggle, pero no era algo que le diría en voz alta: le gustaba bastante la vida como para cometer un suicidio como ese.
Lily se quedó parada un momento y después soltó una maldición. James rio, encantado con el carácter de la chica.
— Pues no, no se me había ocurrido – admitió ella. — ¿Me echas una mano? Llevo la varita en el calcetín izquierdo y cargando con esto no puedo cogerla – pidió ella, alzando un poco el pie.
James se agachó y estiró la mano para cogerle la varita pero se quedó un momento congelado al descubrir, desde esa posición, unas vistas más que interesantes de la prefecta.
— ¿Te gusta lo que ves? – bromeó ella.
— Ya sabes que sí, preciosa – la alabó él. Finalmente, sacó la varita del calcetín y dejó que su mano le acariciase toda la pierna al tiempo que se ponía en pie. Lily lo miró aguantándose un suspiro.
James hizo un movimiento rápido con la varita de la chica y los libros desaparecieron de sus brazos. Ella le cogió la varita de las manos pretendiendo estar enfadada.
— No recuerdo haberte dado permiso para utilizarla, Potter – la prefecta lo apuntó directamente al corazón con ella.
— ¿En serio necesito tu consentimiento para usarla? – le siguió el juego, poniendo las manos en alto.
— Por supuesto que sí. La varita de una bruja es una extensión más de su cuerpo y no puede venir cualquiera y hacer uso de ella. ¿Qué te crees?
— Pues este "cualquiera" suponía que, puesto que ya ha tocado otras extensiones de tu cuerpo antes que esta – dijo tocando la varita que lo seguía apuntando, — no tendrías problema en dejar que la usase para librarte de los ladrillos que estabas sosteniendo.
— Pues la próxima vez no supongas tanto, Potter – respondió, bajando la varita y riendo.
— ¿Por qué no? ¿Había supuesto mal? ¿Soy un cualquiera para ti?
Lily volteó los ojos y emprendió de nuevo el camino hacia la sala común sin contestarle, pero James la cogió por el brazo y la arrastró hasta apoyarla contra una de las paredes del pasillo.
— James… — empezó la prefecta, pero James no la dejó seguir. Con un movimiento tan natural como podría ser respirar, se acercó a ella y la besó con la boca abierta. Fue un beso suave y lento, casi parecía que se lo daba con pereza, pero nada más lejos de la realidad. El merodeador tenía una mano abrazando su cintura y la otra acariciando la mandíbula de la chica, y ella apoyaba las palmas de las manos sobre los hombros del chico, tratando de controlarse a sí misma para no saltar a sus brazos en medio de aquel pasillo y dejarse llevar de una vez por todas.
— ¿Lo soy? – le preguntó el chico al separarse, al cabo de unos minutos.
Lily parpadeó, tratando de volver a poner los pies sobre la tierra, y lo miró unos segundos confundida antes de darse cuenta de a qué se refería. El estómago de la chica dio entonces el enésimo vuelco de la tarde, y decidió que no le apetecía ponérselo fácil.
— Mmm… ¿qué? – preguntó acercándose a él para volver a besarlo y comenzó a acariciarle la espalda por debajo de la camisa.
James le respondió al beso, claro, pero, tras toda la socarronería, tenía verdadero interés en conocer la respuesta a esa pregunta que le había salido sin querer pero que, de repente, parecía tener toda la importancia del mundo. Algo que había comenzado como un juego, un simple lío en el despacho de Slughorn, había ido creciendo a buen ritmo y, sin que ninguno de los dos pudiese hacer nada para evitarlo, se había convertido algo más. Pero, ¿qué más?
La prefecta le dio un último beso, sonriéndose, e hizo un amago bastante débil de marcharse. James la agarró suavemente del brazo y le acarició el mentón. Ella volvió a sonreír y se quedaron mirándose el uno al otro.
— Lily – insistió él.
— ¿Qué? – repitió, abriendo los ojos intentando fingir inocencia.
Él bufó y se apartó de ella, sin ocultar su fastidio.
— Vale, olvídalo – aceptó, metiéndose las manos en los bolsillos y echando a andar hacia la sala común. – De todas formas, no me sorprende… — añadió hablándole por encima del hombro. — ¡La prefecta es una rajada!
— ¡Oye! ¿Estás tonto? – le gritó al muchacho, que ya estaba a punto de girar la esquina. — ¡Y no me dejes con la palabra en la boca, que te estoy hablando, Potter!
— Nos vemos en la cena, pelirroja – se despidió él.
Lily se quedó sola en el pasillo, ligeramente enfadada y notando una presión en el estómago que nada tenía que ver con el agradable tirón que había sentido unos minutos antes. Estaba jugando, nada más, no había querido herir a James. Tenía más que clara la respuesta a su pregunta. "Por supuesto que no eres un cualquiera, pedazo de imbécil", pensó con hastío la chica.
Los merodeadores entraron esa noche en el Gran Comedor cuando los elfos ya habían hecho desaparecer el primer plato. Lily se los quedó mirando con una ceja enarcada, preguntándose en qué andarían metidos para haber llegado tarde a una de sus actividades favoritas: comer.
Sirius y Peter pasaron por su lado riendo a carcajadas de alguna broma interna, con Remus detrás, también sonriéndose, y se dirigieron a un hueco libre, a varios metros de donde estaba ella cenando con Alice y Marlenne. James, que había entrado algo más rezagado, se paró un momento junto a ella y se agachó para quedar a su altura.
— Hola – le dijo, con una media sonrisa y los ojos brillando.
— Hola – respondió ella, seca, lo que hizo que la sonrisa de él se ampliase un poco más.
— ¿Ahora no saludamos así? – le preguntó arqueando las cejas.
— Sí. Así es como saludo yo a los cualquiera – le soltó con rencor.
— Ah… — fingió pensar James. – Entonces sí sabías por lo que te estaba preguntando esta tarde…
La prefecta bajó los ojos hasta su plato y bufó, frustrada por haber picado en la trampa.
— Joder, era una broma – se justificó. – Llevas muy mal los puteos para ser alguien que se pasa la vida puteando a la gente – pinchó. Él asintió.
— Tienes razón. Supongo que me esperaba otra respuesta, es todo – explicó, encogiéndose de hombros, quitándole importancia. – Voy a cenar, hablamos luego – dijo, poniéndose en pie.
— Espera – lo frenó ella. Odiaba pensar que James se volviese a marchar dejándola con la palabra en la boca después de la conversación de esa tarde. — ¿Nada más? – preguntó.
— ¿Qué? – dudó el chico. Lily sonrió y le hizo un gesto con la mano para que se acercase.
— Que si no hay nada más… — repitió, susurrando contra los labios del chico y haciéndole sonreír a él también. James cerró la poca distancia que todavía los separaba y le dio un beso cariñoso que, si bien no ponía fin al pique, sí servía para tranquilizar los corazones agitados de ambos.
— Bonita – le susurró cuando se separaron, guiñándole un ojo. – Que aproveche, señoritas – dijo ya en voz alta despidiéndose también de Alice y Marlenne, que lo saludaron mientras se alejaba en busca de sus amigos.
— ¿Problemas en el paraíso? – inquirió Marlenne una vez se cercioró de que James estaba a una distancia prudente.
Lily se encogió de hombros y suspiró mientras removía el puré de patata que no tenía la más mínima intención de comerse.
— Yo qué sé – empezó. – Es una chorrada, una tontería… Pero ha estado a punto de convertirse algo grande…
— No entiendo nada – dijo Alice.
Lily volvió a suspirar antes de coger aire para pasar a relatar lo ocurrido esa tarde.
— … joder, ¡que se ha picado muchísimo y yo solo quería hacerme de rogar un poco! ¿entendéis? – trató de explicarse la chica al final de la narración. – Que hay preguntas que son obvias, y esta es una de ellas, ¿no? ¿No os parece? – pidió.
Alice y Marlenne se miraron y medio sonrieron.
— Ay, Lily, yo no sé en qué momento te has enchochado tanto por Potter – rio Marlenne, apoyando la mejilla en una mano con aire soñador.
— Pobrecillo Potter, preocupado por no saber si es uno más en tu lista de conquistas… – añadió Alice.
— Pero Alice, ¿qué dices tú de conquistas? – se indignó Lily, ignorando la intervención de Marlenne. – Si ya sabes que aparte de James solo he salido con un par de chicos – dijo, bajando la voz. – Además, con ninguno había sido… No había estado… Ni me había sentido… Bueno, así – añadió, con elocuencia.
— Pero él no lo sabe, Lil – puntualizó la aludida. — ¿Cuánto os conocíais antes de empezar a salir?
— No estamos saliendo – cortó la pelirroja.
— No, estáis entrando – se rio Marlenne. – Mira, Lilianne, no me jodas, que el cuento de que estáis viendo a ver qué pasa ya no se lo traga nadie, cariño.
Lily frunció el ceño y apretó los labios para no entrar en una discusión que sabía que no tenía sentido.
— A lo que yo me refería era a que, por lo que a él respecta, eres una chica de la que no sabe prácticamente nada más allá de que eres prefecta, que eres hija de muggles y que tienes mucho genio. No tiene por qué saber si has estado un lío similar al que tienes con él antes, o si tú le das la misma importancia que le da él a esto – aclaró Alice.
— Pero eso también me pasa a mí – se defendió. — ¿Yo qué sé si para él es un rollo de colegio y pasado mañana, cuando esté en su casa, empieza un lío nuevo con la vecina de al lado? ¿Qué pasará todo el verano? ¿Cuando volvamos en septiembre seguimos donde lo dejamos? ¿Nos olvidamos y si te he visto no me acuerdo? ¿Eh?
— Pues todo eso lo podríais haber hablado cuando él sacó el tema esta tarde – siguió Alice.
— Pero… es que no me di cuenta – puchereó la prefecta.
— No pasa nada, Lils – intervino Marlenne, más apaciguadora de lo normal. – Te ha dicho que os veis más tarde, ¿no? – Lily asintió. – Pues es un buen momento para que habléis.
— ¿Tú tienes claro lo que quieres decirle? – preguntó Alice.
Lily abrió la boca para contestar cuando un gran estruendo sobresaltó a todos en el gran comedor.
Las chicas levantaron la vista sobresaltadas y apenas tuvieron tiempo de encogerse para tratar de protegerse de una densa nube de humo naranja que inundó el gran comedor. Los más pequeños empezaron a chillar y pudieron oír el ruido de vajilla romperse cuando la gente trató de levantarse para irse.
— ¡Permaneced todos en vuestros asientos! – bramó Lily. – Si os movéis ahora solo conseguiréis haceros daño o lastimar a alguien más – pidió.
Apenas era capaz de oír su propia voz entre los gritos, así que no le extrañó que todo el mundo pareciese ignorarla. Entre todo el caos, destacó la voz del director Dumbledore:
— Finite incantatem – pronunció con la voz clara y calmada.
En un par de segundos, el humo había desaparecido como si nunca hubiese existido y la prefecta dirigió la mirada automáticamente hacia la esquina en la que sabía que estaban cenando los Merodeadores. Allí estaban, limpiándose las lágrimas de la risa y tratando de aguantar las carcajadas. Lily miró directamente a James, que tenía un brazo por encima de los hombros de Sirius y que, cuando sintió su mirada sobre él, se giró para verla. Ella negó con la cabeza, decepcionada, y él se mordió el labio, incapaz de sentirse culpable por haber sido cogido en una travesura.
— Lily, mira – llamó Alice.
La prefecta desvió su mirada de la de James para dirigirla hacia donde le indicaba su amiga: la mesa de los Slytherins.
Allí, algunos estudiantes habían comenzado a notar que en su cara estaban apareciendo unas pequeñas durezas, similares a escamas. Otros, se sujetaban la nariz o las orejas con gesto de dolor. Incluso había algunos que, en un intento de pronunciar alguna palabra para pedir ayuda, descubrieron con horror que de su boca salía una lengua alargada y bífida que, sin duda alguna, no había estado allí hacía diez minutos. Efectivamente, los orgullosos alumnos de la casa de las serpientes estaban sufriendo una dolorosa e involuntaria transformación en reptiles. La última broma de los Merodeadores había superado a cualquier otra que hubiesen hecho en el pasado.
Mientras los profesores y prefectos de otras casas se acercaban a socorrer a los Slytherins, Lily se levantó tratando de mantener la calma y dijo:
— Chicas, se me han quitado las ganas del postre. Nos vemos en la habitación.
— Pero Lils… — llamó Marlenne.
— Solo necesito tomar el aire – aseguró ella. – No pasa nada.
La prefecta se despidió con una sonrisa y emprendió el camino hacia las escaleras. A lo lejos, le pareció oír un "¡Lils! ¡Lils, espera!" en la voz de un chico, pero lo ignoró deliberadamente. No quería verlo, no quería escucharlo, no quería ni olerlo. En esos momentos, no quería tenerlo a menos de un kilómetro de distancia. "Puto niñato malcriado, joder".
HE VUELTO. ESTÁ PASANDO. UALA.
No sé por qué, pero hoy, después de años sin que me surgiese inspiración para esta historia, he sentido la necesidad de retomarla, y bueno, aquí estamos. No prometo que vaya a pasar inmediatamente, porque los antecedentes hablan por mí, pero creo que escribiré uno o dos capis más para resolver todo esto en un futuro no muy lejano ;)
¡Y a propósito! Muchas gracias por los comments tan bonitos que me habéis escrito en estos años. Sois geniales y me llenáis de alegría, de verdad.
CONTINUARÁ ^^
