Rompiendo un Tabú
Kiyohime subestimó qué tan cansada estaba. Despertó sin el peso de su hermana, y con el sol ya oculto. Se estremeció ante las consecuencias de arruinar su ciclo de sueño, y aunque difícilmente estropearía su belleza futura, no estaba dispuesta a correr el riesgo.
Se levantó y recurrió a su rutina habitual de aseo, asistida por una sirvienta que la esperaba fuera de la habitación. No había mucho que hacer a esta hora, pero no sería atrapada en su ropa de cama, antes muerta. Así que decidió dar un paseo, tal vez tendría suerte y se encontrase con Haru a mitad de sus lecciones.
Estaba la opción de leer un poco, ya que había pausado su nueva novela romántica, pero eso llevaría al uso de velas. No escaseaban o algo parecido, y dudaba que tal actividad dañase su vista, pero no lo encontraba como una situación placentera. Le gustaba la lectura mediante la luz natural, en lugar de artificial.
Tarareando una melodía, se movió a través de los pasillos. Hizo todo lo posible para no estorbar el trabajo de las personas que la rodeaban, aunque sí devolvió los saludos con ligeros asentimientos cada vez que veía una reverencia. Solo podía admirar tal ética de trabajo, siendo los primeros en despertar y los últimos en dormir.
Kiyohime casi se sentía a la deriva, en realidad. Todo lo que ellos hacían tenían un propósito inmediato, sin contar la gratificación de un trabajo bien hecho. Por supuesto que era repetitivo, se atrevería a decir que ingrato en muchas ocasiones, pero seguía siendo un trabajo honesto.
Ella, como noble, no tenía nada eso. Oh, estaba muy ocupada, de eso no había duda. Desde el amanecer hasta el anochecer, y si a eso le agregaban sus prácticas personales de artes marciales, apenas tenía tiempo para sí misma. Uno que aprovechaba para perfeccionarse, o pasarlo con Haru si sus descansos coincidían… Las historias de romance eran un placer culpable.
El punto principal recaía en el hecho de que su esfuerzo no tenía una recompensa inmediata. Todo se realizó con el propósito de ser usado en el futuro, una inversión a largo plazo. Molesto para la mayoría, pero que darían resultados de forma garantizada, siempre y cuando no se equivocase por su cuenta.
Al menos tenía la suerte de disfrutar lo que hacía. Muchos nobles solo encontraban el placer en el lujo, mas no en la responsabilidad o tareas que conllevaba su posición. Despreciaban las obligaciones. Kiyohime, de una forma extraña y hasta ilógica, las adoraba.
Bueno, no tan ilógica. Lo sabía, a pesar de su corta edad. Nació especial, como un ser superior. Nación aristócrata, sin verse obligada a labrar su propio camino. Solo esos dos aspectos eran suficientes para que las personas besaran el suelo que ella pisaba, e incluso obligar al emperador a darle una segunda mirada.
Hizo una mueca al recordar su situación menos que ideal. Ni siquiera tenía catorce años, la edad en la cual recibiría su falna de manos de Amaterasu-megami-sama, y ya se le veía como la soltera más codiciada. Tan vulgar, incluso si era un impulso a su ego al ser considerada la segunda venida de Yamato Nadeshiko.
No solo era miembro de una de las familias más importantes, además de que gobernaría una próspera ciudad costera con acceso al continente, sino que la guinda del pastel sería su sangre. No obstante, sabía que estaba a salvo de cualquier jugarreta.
Kiyohime suspiró con anhelo al recordar la primera y única vez en la cual vio a la diosa que gobernaba su nación. Al ser una ryūshu, se le concedió una audiencia el año anterior para tratar el tema de su raza, y hacerles saber que no sería obligada a nada. La palabra hermosa no alcanzaba a describirla, porque era el epítome de lo que una mujer debería ser.
Larga cabellera negra que parecía fluir hasta el infinito, ojos dorados que opacarían al mismo sol, e incluso a la corona llameante con la que hacía gala. Su itsutsugo-kariginu-mo favorecía el blanco y el rojo, sin olvidar el hilo de oro en algunas partes. Ninguna joya, porque no eran necesarias cuando nada podría ser más valioso que su sola presencia.
Kiyohime todavía se avergonzaba. Sin importar toda su etiqueta, se convirtió en un desastre ruborizado y balbuceante. Por suerte, la divinidad, que no dejaba de sonreírle, fue paciente con ella y le permitió recomponerse. Sea como fuere, fue el segundo mejor y peor día de su vida, todo en uno y solo opacado por el nacimiento de Haruhime.
Todavía en las nubes, casi se perdió la luz que se filtraba en una habitación. Miró a su alrededor para ubicarse, dándose cuenta de que era la oficina de su padre. Con una mueca nada propia de una dama, se propuso pasar de largo. Entre menos interacciones tuviera con aquel hombre, mejor para ambos.
—Es un placer tenerla de visita, Rán-megami-sama.
Kiyohime se detuvo ante la odiosa voz de su padre. ¿Una deidad? Y desconocía el nombre, así que no era de Yamato, convirtiéndola en una visitante. ¿Y aquel hombre ni siquiera se molestó en dar el recibimiento adecuado a una diosa? Sin importar lo poco que esperaba de su padre, todavía lograba decepcionarla.
—Oh, ciertamente puedo verlo —la voz un tanto pomposa goteaba sarcasmo—, porque reunirme contigo en esta oficina es una gran muestra de respeto.
Escuchó un puñado de risas femeninas, demostrando que había más personas allí dentro. Kiyohime extendió sus sentidos, y se sobresaltó al percibir, además de la divinidad que habló y su donante, otras nueve diosas. Solo la planificación de una recepción adecuada ya le causaba dolor de cabeza, y lo mejor era comenzar de inmediato.
—Le ruego me disculpe, pero nuestro negocio no puede ser escuchado por curiosos. Dudo de la lealtad de mis propios sirvientes, y nada de esto debe llegar a... la mayor.
Nuevamente se detuvo. No fue mencionada de forma directa, pero su padre siempre se refería a ella con ese apodo en privado, cuando no trataba de ser ofensivo. Tenía un amplio vocabulario para hacerla sentir miserable, le concedía eso al hombre.
—Ah, sí, el obsequio. ¿No crees que es demasiado secretismo, cuando eres el dueño de este lugar? No soy un ser vulgar que se escabulle, no como Loki.
Sabía que era impropio de una dama, pero se quedó. Caminó un poco más cerca de la puerta, incluso si su buena audición le permitía estar al tanto de la conversación desde esa distancia.
—Siempre he sido un admirador de la discreción —Kiyohime evitó bufar ante esa declaración—, y como una deidad nueva en Genkai, estoy seguro de que apreciará el valor de no llamar demasiado la atención. No cuando planea ser alguien importante en el futuro cercano, eso es.
Esta vez el bufido provino de la diosa, nada divertida con el hecho de recibir «consejos». Esto llevó a lo que ella creyó fue un tenso silencio, antes de que la divinidad lo rompiera con algo de irritabilidad.
—Supongo que, si vives en este... lugar, debes saber cómo moverte mejor —lo hizo sonar como un insulto—. He decidido escucharte, mortal.
—Me siento honrado —casi podía imaginar la sonrisa—. Su alcohol… o el de su esposo, para ser más preciso, será bien recibido, y estoy seguro de que no tendrá nada que envidiar a Soma y su mercancía en Orario.
—¿Soma? —sonaba insultada, y enojada—. No compares a mi esposo con ese vinicultor de tercera categoría.
—No pretendía ofenderlo, solo lo usaba como un punto de referencia. Por supuesto que será más exitoso, y nos otorgará a una alternativa al sake de Inari.
Kiyohime tenía ganas de entrar allí y golpear algo de sentido común en la cabeza de su donante. Tal falta de respeto al dirigirse a dioses sin mostrar la debida deferencia.
—Sí, sí —ahora parecía aburrida, saltando de una emoción a otra—. Por ahora quiero saber de mi regalo. Me gusta coleccionar… cosas —su declaración vino acompañada de risitas.
—Ah, sí. Todavía es una niña —esto disparó una alarma en Kiyohime—, pero estoy seguro de que crecerá de forma adecuada. La mujer que la dio a luz es una prueba fehaciente.
—Ciertamente una niña kitsune será un...
Ni siquiera dejó que la deidad terminara cuando derribó la puerta, aunque fue más desgarrarla que otra cosa.
§
II
§
Kiyohime despertó cuando alguien soltó un quejido a su lado. A través de la neblina del sueño, apenas reconoció que se trataba de la voz de Primo. Murmuraba algo sobre demasiado caliente. Ciertamente olía a humo, o más precisamente, carne.
Dejando escapar un pequeño bostezo, frotó sus parpados mientras se levantaba. Estiró sus extremidades, gimiendo de satisfacción al escuchar sus huesos crujir. Ya era lo suficientemente malo dormir sobre pieles, hacerlo directamente en el suelo era una tortura. Sus pobres huesos no lo soportaban.
Miró a su alrededor, y se dio cuenta de que Primo estaba justo a su lado, como si acabara de despertarse. Extraño, ¿no se estaba quejando sobre que algo era demasiado caliente? La fogata estaba lejos, con Ryuu y la diosa Dia allí.
No solo era fuego para cocinar la carne que Ryuu había prometido. Con madera e ingenio, había construido un ahumador para poder conservar los alimentos. Esto la hizo suspirar de alivio, porque significaba que no pasarían hambre el resto del recorrido.
La enmascarada estaba durmiendo, envuelta en su capa e ignorante del mundo. Quien vigilaba el fuego era la diosa, no tardando en sonreír cuando la notó despierta. Hizo señas para que se acercaran, y obedecieron mientras murmuraban los buenos días.
—¿Te sientes mejor, cariño? —Kiyohime asintió, avergonzada por su arrebato—. Es bueno escucharlo. Come un poco —señaló un pequeño lecho de hojas, con carne recién sacada del ahumador para consumo inmediato—, pero ten cuidado, está ca...
Kiyohime no hizo más caso de su advertencia y tomó uno, pasando por alto la sorpresa en el rostro de Primo y la diosa. Sus modales aristócratas lloraban por tal falta de cubiertos adecuados, pero no podía hacer nada. En su lugar, miró con recelo la carne. Oh, amaba la carne en circunstancias normales, pero, tras lo ocurrido con aquella asesina y ahora lo que hizo con sus propias manos...
Negó con la cabeza y dio el primer mordisco tentativo. Sus dientes desgarraron el trozo con facilidad y masticó con lentitud, todavía pasando por alto las miradas que estaba recibiendo. Se tomó su tiempo para reflexionar sobre el sueño que había tenido.
Era un recuerdo de su última noche en Yamato, y lo odiaba tanto que decidió ignorarlo. Especialmente ahora. Normalmente le daba malas sensaciones, pero era como si el sentimiento se hubiese multiplicado. No la dejaba en paz, así que lo enterró lo mejor que pudo y pasó a otra idea.
Miró a la diosa de reojo, soplando sobre el trozo de carne antes de intentar separar un trozo. Se quejó por el calor al mismo tiempo que Primo, y ambas siguieron soplando antes de volver a intentarlo. A diferencia de Kiyohime, le costó un par de tirones y masticó con dificultad. Cuando tragó, le siguió una pequeña mueca, más por lo complicado del proceso que por el sabor, estaba segura.
Ciertamente no daba el mismo aire que Amaterasu-megami-sama. Mientras la Diosa del Sol y Yamato, la Soberana del Cielo, siempre era hermosa y digna, haciendo que incluso ella, que se consideraba superior, reflexionara sobre su propia insignificancia... Dia, por otro lado...
No se estaba quejando, ni mucho menos. Amaterasu-megami-sama era la flor más bella en la cima de la montaña, inalcanzable y un ejemplo de feminidad; era... placentero estar en su presencia, llenando a todos con un anhelo insano de complacerla y evitar molestarla bajo cualquier medio.
Dia era como una cariñosa hermana mayor que estaba allí, cálida y siempre dando la bienvenida, a quien buscaban por abrazos y mimos, temas mundanos y sin importancia. Kiyohime conocería perfectamente ese rol, después de todo.
Y aunque no quiso, su mente volvió a su donante. Esta vez se preguntó si lo ocurrido llegó a la Diosa de Yamato, quien le había extendido su protección y favor como única ryūshu reconocida. Una parte de Kiyohime deseaba que así fuera, y otra prefería que todo permaneciese en silencio.
Sería divertido si Sanjō fuese castigo, pero las consecuencias serían nefastas. Si el asunto salía a la luz, ¿qué ocurriría con el clan en su conjunto? Toda su reputación sería embarrada por las acciones de un tonto sin remedio, afectando a la pequeña Haru en el proceso. Y este sería el mejor de los escenarios.
—Los últimos días han sido una pesadilla —decidió comentar para romper el silencio, y alejar los pensamientos negativos.
—¡S-sí! —Primo se aferró a la primera conversación que se deshizo de la incomodidad—. De-demasiado complicado. ¡Extraño dormir en una cama!
Kiyohime y la diosa Dia compartieron una pequeña risa. Ah, lo que daría por su propia cama. Ya se había quejado de lo mismo en el pasado, pero no podía evitarlo.
—Al menos tenemos a Kiyohime para mantenernos calientes —aportó la divinidad, sonriendo.
La aludida se ruborizó ante el extraño elogio. Ciertamente decía algo el hecho de que una dama noble estuviese siendo usada como calentador.
—Yo extraño los baños —confesó Kiyohime, ganando un par de asentimientos—. Simplemente... me siento sucia.
Y ahora tenía que coser sus prendas. Nada nunca era fácil.
Ryuu no se sentía bien, no desde hacía un tiempo, pero había emporado. Le dolían las extremidades, la cabeza e incluso los huesos. La noche fue demasiado fría para su gusto, y seguía siendo demasiado frío para su gusto. Cualquier brisa la hacía tiritar, o lo intentaba; se resistía a mostrar debilidad.
Estaba segura de que habría estado vomitando si su estómago no estuviera en una constante protesta. Demasiado hambrienta, y no podía seguir impulsándose solo con agua. Pero no había encontrado fruta, y no quería comer bocado alguno por todos los sentimientos que se arremolinaban en ella. Y solo eso con respecto a su estado físico.
Mató elfos. Ni de cerca el número de otras razas que asesinó en su hogar, pero ese no era el punto. Mató a los suyos sin siquiera dudarlo. Vio armas. Vio que la estaban atacando, y en lugar de hablar para intentar apaciguarlo, respondió con fuerza letal.
Todo fue tan instintivo otra vez. La más mínima amenaza y de inmediato su primer pensamiento era eliminarlo sin un titubeo. Pulso firme y tajo a la yugular, el corazón o intentar apuñalar en cualquier lugar que pudiera asesinar o, en su defecto, incapacitar. Simple, efectivo y lo único que sabía.
Dejó escapar una risa hueca. Oh, los ancianos estarían tan orgullosos de ella, al menos escondido debajo de todo el desprecio por sus acciones. Fue adiestrada para actuar de esa manera; suprimir cualquier amenaza sin hacer preguntas. Y eso hizo, solo para que las cosas resultasen en asesinar a los suyos.
No, no era así de simple. No podía ser así de simple. Sabía qué tan territoriales eran los elfos, y estaba con un grupo de bandidos que no dudarían en quemar el bosque y sus habitantes. Profanadores de la peor calaña, porque, al menos, los viajeros y mercaderes no eran un peligro, no sin provocación.
Sin importar lo que Ryuu hubiera intentado para convencerlos, todavía habrían intentado asesinarlas, ¿no? Se repetía eso una y otra vez. Porque tenía que ser verdad. No harían excepciones por su grupo, y si eran de los que odiaban a los dioses...
Pero debía salvarse a sí misma y sus acompañantes, volvió a decirse. Y no mató por humanos o mestizos. Protegió a una deidad, su deidad patrona para ser más exacta, una a la que sí le importaban los mortales. Una niña elfa cuyo único pecado era la ignorancia, desconocer las costumbres de su propia raza. Y una dracónida, una chica con sangre y carne de dragón.
No mató a sus hermanos y hermanas por seres inferiores. Protegió a sus iguales y superiores. Para eso fue entrenada, ¿no? Para luchar por algo que estaba por encima de ella. ¿Qué importaba si era un ser vivo en lugar de un árbol adorado por todo un pueblo?
—No necesito ver tu rostro o leer tu mente para saber lo que estás pensando —dijo la diosa con suavidad.
Ryuu no tuvo energía para alejarla, solo la miró de reojo, momento en el que se dio cuenta de que había caminado demasiado rápido. Se había alejado del grupo, aunque Kiyohime mantenía una conversación agradable con Primo. Hablaban lo suficientemente bajo para que las orejas de Ryuu no captaran nada. Tampoco intentaba escuchar activamente.
—Está bien sentirse mal —continuó, como si la elfa no la hubiera ignorado—. Eran tu gente.
—He matado antes.
Era algo que se entendía sin necesidad de decirlo, pero sentía que necesitaba darle voz. Oh, sí, era una asesina. Despiadada, si había que agregar. Nadie vio lo que hizo en la cocina, pero sus reacciones no podían engañar ni siquiera a un ciego. Y solo tenía trece años.
—Y nunca has lastimado a un elfo —agregó con seguridad.
Tenía un punto, porque las sesiones de entrenamiento no contaban. Todos se lastimaban allí con el objetivo de mejorar. Lo anterior fue una carnicería, así de simple.
—No hace ninguna diferencia —mintió—. Sangre es sangre, sin importar su origen.
Oh, pero no era así, o por lo menos no tan sencillo. Podía recordar la forma en la cual fue adoctrinada para hacerle creer que la suya y la de sus congéneres era mejor y más valiosa. O casi adoctrinada, ya que obviamente no funcionó muy bien a largo plazo.
—Te equivocas, ¿sabes? —Ryuu pensó que había escuchado mal, así que miró a la diosa—. Quiero decir, ¿a los mortales les interesa en realidad lo que suceda con el ganado? Y ni hablar de la indiferencia de los dioses hacia la vida en general.
—¿Estás diciendo...
—No son mis palabras —se apresuró a interrumpir—. Ya lo hablamos, ¿no? Vivimos mucho, demasiado. Tanto que, hasta ahora, ningún dios ha muerto de forma natural.
—¿Mueren? —no pudo evitar preguntar.
—Querida niña —sonaba melancólica y divertida—, nada escapa de la Muerte. No es una cuestión de "si", sino de quién hace el trabajo; Ker, o Tánatos.
Eso era una sorpresa, por decir lo menos. Sabía que las divinidades podían ser desterradas de regreso a... Bueno, de regreso a donde sea que vivan, nadie lo sabía con certeza. Eran seres de inmensurable poder, y la única razón por la cual podían estar junto a los mortales sin asesinarlos por accidente era porque sellaban su propia divinidad.
Así que, ¿escuchar el hecho de que esos seres en realidad podían morir? La dejó boquiabierta. ¿Qué decía eso del mundo? Ahora que aquello que creía intocable, en realidad se rendía a la Muerte, ¿en qué la convertía entonces? Tantas preguntas, pero sin el tiempo o las ganas de hacerlas.
—Es normal sentir indiferencia hacia lo que no entiendes, lo que no forma parte de tu mundo. No disminuye la afrenta, o la justificada. Solo significa que tu único pecado es la ignorancia.
Lo último fue dicho con una sonrisa, como si hubiera leído sus pensamientos con respecto a Primo. Bien podría ser cierto, todo el asunto de las falnas seguía siendo un misterio.
—Lo que intento decirte —la diosa la miró a los ojos, exhibiendo una sabiduría impropia de su aspecto—, es que te entiendo. No estás bien, ellos eran tu gente. Debes sentir que los traicionaste. Estás en tu derecho de sufrir.
Ryuu se mantuvo en silencio, admitiendo a regañadientes que ella tenía razón. Bueno, no era una sorpresa que una divinidad tuviera respuestas a sus dilemas, cuando tenían una larga vida para reflexionar.
¿Quién mejor para saber lo que sentía que una diosa? Todavía dudaba de la supuesta empatía de la mayoría de las divinidades, así que no era extraño que vieran a los mortales como estos lo hacían con el ganado. Los humanos y mestizos, al menos.
Sea como fuere, no era esto lo único que la molestaba. Su crianza estaba pinchando sus defensas mentales, otra vez. Quería sentirse mal por todas las personas que había matado en el pasado, reconocer que sus vidas también importaban, pero simplemente no podía, no de la manera en la cual debería.
El único sentimiento negativo era el de haber sido utilizada. Nada más, nada menos. No se comparaba al dolor abrasador al pensar en sus hermanos muertos por su propia mano. La asqueaba.
Se suponía que estaba aquí para ser mejor, y ni siquiera lo estaba intentando.
—¿Por qué no eres así de sabia siempre? —decidió cambiar de tema.
—¡Qué mala! —se quejó con un puchero infantil, el cual quedaba bien en su rostro—. Ser todo serio es algo malo. Me gusta mucho Atenea, pero ¡podría intentar divertirse de vez en cuando!
Ryuu puso los ojos en blanco. Podía ver el objetivo de su repentino cambio de ciento ochenta grados. Quería animarla, y lo consiguió, solo un poco. Era casi imposible enojarse con la Diosa de la Juventud; demonios, Ryuu se sentía mucho más madura que ella, en realidad.
—Por eso prefiero a Astraea. Sabe equilibrar la diversión con toda la seriedad.
Sin saber qué decir, la elfa optó por el silencio. Fue ese el momento que tomó su estómago para anunciarse. De inmediato se ruborizó, empeorando cuando se dio cuenta de que ahora no solo la diosa la escuchó, sino también Primo y Kiyohime.
—Parece que alguien está hambrienta —bromeó Dia.
—No lo estoy.
Era una mentira descarada, y todo el mundo lo sabía. Su última comida fue la noche anterior al secuestro... No, ni siquiera en la noche. Estuvo de mal humor como para ingerir cualquier cosa, y luego se distrajo hablando con la dracónida.
Hizo una mueca. Su estómago no recibía sustento desde hacía demasiado tiempo, pero tampoco sentía ganas de comer. Solo de pensar en ingerir algo le provocaba nauseas.
—Necesitas comer, Ryuu-san —aportó Kiyohime.
Oh, lo sabía, por supuesto que sabía que no podía seguir de esa manera, sin importar las quejas infantiles que su cuerpo podría estar expresando. No obstante, solo había un pequeño inconveniente.
—No hay comida —murmuró, mirando a la dracónida.
Solo pudieron hacerse con la mochila de Ryuu, quien había decidido cargar el agua y la caja misteriosa que dio paso a todo este fiasco. Kiyohime, la más fuerte físicamente, tenía la comida, además de una extra en la que iban artículos varios como la ropa o mantas. Primo y la Diosa solo llevaban las sobras, en las que se contaban vendajes u otros bienes medicinales.
Y cuando partieron, solo pudieron hacerse con las cosas de Ryuu y una mochila aleatoria. Así que, incluso si tuviera la voluntad, no había nada para su ingesta. La ponía de peor humor, pero no había nada que hacer excepto resistir.
—Tenemos esto —dijo Kiyohime, ofreciendo la carne ahumada.
Aunque no sabía qué expresión estaba haciendo, el asco debió ser evidente en sus ojos, porque Kiyohime estaba cubriendo un rubor. Solo pensar en llevarse tal cosa a la boca le revolvía el estómago.
¡Era carne, por amor a todo lo divino! ¡¿Qué clase de elfo cuerdo se llevaba esa porquería a la boca?! Tendría que estar desquiciado, ser algún tipo de degenerado o demasiado desesperado como para recurrir a una práctica como esa.
Tan desesperado como estaba ella. El rugido del estómago se sobrepuso al asco que estaba sintiendo. ¿Debería?... No, todavía estaba a tiempo para llegar al pueblo más cercano. Allí podría tomar algo de fruta, pan o algún vegetal, cualquier cosa menos carne.
Cuando iba a negarse, Kiyohime se acercó un poco más. Sus ojos estaban prácticamente suplicando. Era obvio que quería invadir su espacio personal, pero se estaba resistiendo.
Con un gruñido de disgusto, Ryuu lo aceptó, maldiciendo todo lo que conocía en su cabeza. Iba a romper un tabú, consolándose en lo escandalizados que estarían los ancianos si se enteraban de esto. Cada día que pasaba lejos de su bosque era mucho menos elfa que el anterior.
Como si supiera que quería tener algo de privacidad, Kiyohime se detuvo para que se hiciera algo de distancia entre ambas. Primo la imitó, dejando solo a Dia para hacerle compañía. No tardó demasiado en volver a hablar, ahora que estaban fuera del alcance del oído.
—No tienes que obligarte si no quieres —parecía dudosa a pesar de que era promotora de la idea.
—La dracónida tiene razón —negó con la cabeza, haciendo una mueca cuando sintió como si su cerebro rebotase—. Necesito comer.
Retiró la máscara, aunque se aseguró de que la capucha estuviese en su sitio. Tenía suerte de que el viento no viniese desde el frente, o estaría obligada a sostenerla de forma constante.
Suspirando con irritación, olfateó el trozo de carne. Apestaba. Su estómago gruñó, pero no de hambre. Le estaba advirtiendo que era una pésima idea lo que estaba a punto de hacer. Maldita sea si no lo sabía.
El primer mordisco llenó su boca de un sabor repugnante, pero apretó los dientes. Fue difícil arrancar un pedazo y terminó por dolerle la mandíbula, luego los dientes cuando tuvo que masticar. Asqueroso. Duro. Frío. Demasiado desagradable como para ponerlo en palabras.
Hizo una mueca luego de tragar, sintiendo que la bilis amenazaba por subir a través de su garganta. Con un gruñido, siguió comiendo. Se obligó a morder un segundo pedazo a pesar de que su estómago estaba prácticamente suplicando. El dolor de cabeza empeoraba, pero se sobrepuso a los síntomas.
Cuando tragó el segundo bocado, con más esfuerzo que el primero, fue como si se hubiera activado un interruptor. Lo último que recordaría de ese día era haberse doblado antes de vomitar.
